Tomo I — El Antiguo Testamento

Sección 2: capítulos VI – IX

Consecuencias del pecado de Adán y Eva — La familia de Adán

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build Errata corregida: En el volcado original, este capítulo aparecía sin numeral (solo el título), y el siguiente capítulo (“Adán y Eva son arrojados del Paraíso terrenal”) estaba duplicado como “VII” en vez de “VIII”. Numeración corregida aquí.
Capítulo VI

Consecuencias del pecado de Adán y Eva

Antes del pecado eran muy distintos Adán y Eva de lo que somos nosotros ahora, miserables mortales. Con el gustar de la fruta prohibida tomaron una forma en sí mismos y una realización de cosas y lo que hasta entonces había sido espiritual se hizo carnal, cosa material, instrumento, recipiente. Hasta entonces eran unos en Dios, se amaban en Dios y por Dios; ahora estaban desligados en su propio amor y voluntad, y esta propia voluntad es amor propio, afición al pecado, impureza. Por el gustar de la fruta prohibida se apartó el hombre de su Creador y se efectuó algo así como si el hombre tomase en sí mismo la creación; y de este modo todas las fuerzas, propiedades y su relación entre sí y con la entera naturaleza se hicieron en el hombre corporales y tangibles, cosas de infinitas fases y variadas maneras. Antes era el hombre, por Dios, el señor de toda la naturaleza; ahora todo lo que hay en el hombre se le ha hecho naturaleza y siendo como un señor esclavizado y sujetado por su mismo servidor. Ahora tiene que pelear con el que había sido su esclavo. Yo no lo puedo expresar mejor, pero me parece poder decir que antes era el hombre el centro y fundamento de todas las cosas creadas, cuando estaba en Dios y con Dios, y por el pecado recibió en sí esta naturaleza que se ha hecho dueña del hombre, y lo tiraniza. He visto en cuadros todo el interior del hombre, sus órganos como en carne y cuerpo, a modo de forma caída y corrupta. He visto la relación que existe entre los seres de la naturaleza desde las lejanas estrellas hasta el más pequeño de los animales. Toda esta naturaleza obra y tiene influencia sobre el hombre; de todas estas cosas depende y tiene con ellas que entender y proceder, y con todas ellas tiene alguna dependencia y ocasión de sufrimiento y de lucha. No lo puedo decir más claro, precisamente porque yo también soy un miembro de la humanidad caída. El hombre ha sido creado para llenar los coros de los ángeles caídos. A no haber habido el pecado, se habría multiplicado la descendencia de Adán hasta llenar el número de los ángeles caídos, y entonces se habría completado la creación. Si hubiesen Adán y Eva vivido siquiera durante una generación sin pecado, habrían sido confirmados en gracia: ya no habrían caído. Se me ha asegurado que el fin del mundo no vendrá sino cuando el número de los ángeles caídos se haya completado con elegidos y se haya recogido en los graneros del Señor todo el trigo separado de la cizaña. He tenido una vez una visión completa e interminable de todas las culpas y pecados y de su remedio y reparación. Veía todos estos misterios claros y los entendía, pero ahora no atino a expresarlos con palabras. He visto la culpa desde la caída de los ángeles y el pecado de Adán hasta los pecados de los tiempos presentes en todas sus infinitas ramificaciones, y he visto también todos los preparativos del remedio y de la redención a través de todos los tiempos hasta la muerte de Jesús. Jesús mismo me mostraba la inconcebible corrupción y la interna impureza de todas las cosas y todo lo que desde un principio hizo para purificar y restablecer lo caído y perdido. Con la caída de los ángeles vinieron muchos malos espíritus sobre la tierra y en el aire. He visto como muchas cosas están como embebidas y posesionadas de su influencia maléfica. El primer hombre era una imagen de Dios; era como un cielo. Todo era uno en Él y con Él. Su forma misma era una semejanza de la forma divina. Estaba destinado a poseer las cosas creadas y a gozarlas; pero debía hacerlo en Dios y por Dios, y en agradecimiento de su bondad. Era también libre y, por esto, sujeto a prueba: por esto se le prohibió comer de la fruta del árbol. En un principio todo era uniforme y llano. Cuando la colinita, la luminosa altura donde estaba Adán, se levantó, y se formó y se hundió el vallecito blanco de polvillo fructífero, donde estaba Eva, ya se había acercado el tentador. Después de la culpa todo quedó cambiado y alterado. Todas las formas de lo creado se relajaron y se dispersaron en mil maneras. Lo que era uno se hizo múltiple, y los hombres ya no tomaron sólo de Dios, sino sólo de sí mismos. Ahora eran en verdad dos, y fueron luego tres, y, finalmente, muchedumbre. Imagen de Dios habían sido antes: ahora eran imágenes de sí mismos. Ahora estaban en relación y contacto con los ángeles caídos. Recibieron de sí mismos y de la tierra, con los cuales los ángeles caídos tenían influencia. Por esta causa se produjo una inacabable mezcla y dispersión de la humanidad entre sí y con la naturaleza caída, siguiéndose una interminable secuela de pecados, de culpas, de miserias de toda clase. Mi Esposo divino me mostró todo esto muy claramente, tan inteligible y llanamente como se ve la vida y las cosas de cada día, y yo pensaba entonces: ‘Esto lo puede entender un niño. No obstante, ahora no me es posible explicarlo’: Jesús me mostró el plan y los medios de la Redención desde el principio y me hizo ver todo lo que Él había hecho en ese sentido. He entendido también que no es acertado decir: «Dios no necesitó hacerse hombre y morir en la cruz por nosotros; Él hubiera podido, en su omnipotencia, hacerlo de otra manera». He comprendido que Él obró así por su infinita perfección, por su infinita bondad y por su infinita justicia; que no hay en Dios un debe, sino que Él obra lo que obra y es lo que es.

Capítulo VII

La promesa de la Redención

Después de la caída del hombre mostró Dios a los ángeles la forma en que deseaba reparar la humanidad caída. He visto en el trono de Dios, en la adorable Trinidad, un movimiento de las Personas divinas. He visto los coros de los ángeles, y como Dios les reveló de qué modo quería Él reparar la humanidad caída en el pecado. Al oírlo he visto una alegría indescriptible en todos los coros angélicos. Vi aquella colinita de cristal y de piedras preciosas, donde estuvo Adán, ser llevada hasta el trono de Dios por los ángeles. Este montículo estaba relleno, creció, se hizo un trono, una torre y se extendió de modo que lo cubría todo. Vi los nueve coros de los ángeles en torno de esta torre y sobre estos ángeles, en los cielos, la imagen de la Inmaculada Virgen. Era María, no en el tiempo: era María, en Dios y en la eternidad. Era algo que venía de Dios. La Virgen entró en la torre, que se abrió y se fundió el todo en uno. En ese momento vi salir algo de la Santísima Trinidad y entrar en la torre. Entre los ángeles he visto como un ostensorio en el cual todos trabajaban. Parecía también una torre con algunas figuras misteriosas; entre ellas vi dos figuras que se daban la mano mutuamente. Este Ostensorio crecía y se volvía más esplendoroso y magnífico. He visto salir de Dios algo entre los coros de los ángeles y penetrar en el Ostensorio, algo sagrado, que se hacía más perceptible a medida que se acercaba al Ostensorio. Me pareció que era el germen de la bendición divina para una descendencia pura que Dios había dado a Adán y que le quitó al punto que estaba por escuchar la voz de Eva y consentir en gustar de la fruta prohibida. Este germen de bendición fue dado después a Abraham y quitado a Jacob cuando luchaba con el ángel. Más tarde pasó, por medio de Moisés, al interior del Arca de la Alianza y, finalmente, se le dio a Joaquín, padre de María, para que pudiera ella ser concebida tan pura e inmaculada como fue sacada Eva del costado de Adán sumergido en el sueño por Dios. El Ostensorio entró también en la torre primera. Vi preparar por los ángeles un cáliz de la misma forma que el cáliz de la última Cena, el cual también fue a entrar en la torre. En la parte exterior derecha de la torre se veía, como sobre una nubecilla, una espiga de trigo y una vid entrelazados como dos manos que se enlazan. De esta unión nacía como un árbol genealógico, sobre cuyas ramitas había pequeñas figuras de hombres y mujeres que se daban las manos. El último brote terminaba en una cuna con el Niño. He visto, pues, en cuadros el misterio de la Redención como promesa hasta cumplirse los tiempos, como también los efectos de una acción contraria diabólica. Finalmente, vi sobre la colinita o peña luminosa un grande y espléndido Templo, que era la Una, Santa y Católica Iglesia, que lleva en sí, viviente, la salud de todo el universo. En todos estos cuadros había una maravillosa correlación entre una cosa y otra. Vi que aún lo malo y perverso, que era echado a un lado por los ángeles, servía al fin para el mayor desarrollo de la salvación y redención. Así vi levantarse el templo antiguo desde abajo, parecido a la Iglesia santa; pero no tenía torre. Era bastante grande; pero fue echado a un lado por los ángeles y quedó inclinado de un costado. Vi aparecer una concha marina (culto idolátrico) que pretendió entrar en el templo; pero fue echada a un lado por los ángeles guardianes. Luego vi aparecer una torre ancha y roma (pirámide egipcia), a través de cuyas puertas cruzaban numerosas caras como las de Abraham y los hijos de Israel. Esto indicaba la esclavitud de los judíos en Egipto. También esta pirámide fue echada a un lado, como otra torre egipcia de varios pisos, que significaba la observación vana de las estrellas, la astrología y la adivinación. Finalmente vi un templo egipcio, el cual también fue echado de lado, quedando inclinado sobre su base. Por último vi en un cuadro sobre la tierra, cómo Dios anunciaba a Adán la redención, donde aparecía una Virgen que le había de traer la perdida salud y salvación. Adán, empero, no supo cuando se había de realizar esto, y así lo vi, más tarde, muy triste al ver que Eva le daba los primeros hijos y posteriormente una hija. Vi a Noé y su sacrificio, durante el cual recibió la bendición de Dios. Luego tuve visiones de Abraham, de su bendición y de la promesa de Isaac. Vi como esta bendición de la primogenitura pasaba de un primogénito a otro, siempre como sacramental. Vi que Moisés recibió el misterio (el germen de la pura descendencia quitado a Adán) en la noche de la salida de Egipto y que sólo Aarón tenía conocimiento de la existencia de tal misterio y sacramento. Vi este misterio guardado en el Arca de la Alianza, y que sólo el Sumo Sacerdote y algunos santos, por revelación de Dios, tenían conocimiento de la existencia de este misterio. Así vi el curso de este misterio: pasaba del árbol genealógico de Jesús hasta Joaquín y Ana, que fueron los consortes más puros y santos de todas las edades, de quienes debía nacer María, inmaculada Virgen. Desde ese momento, era María misma el arca que contenía el misterio en su realización.

Capítulo VIII

Adán y Eva son arrojados del Paraíso terrenal

He visto a Adán y a Eva errando de un lado a otro, llenos de tristeza y desconsuelo. Sus rostros estaban oscuros, y caminaban separados, como quienes buscaran algo perdido. Se avergonzaba el uno del otro. A cada paso que daban descendían más abajo; parecía que se escurría el suelo bajo sus pies. Donde ponían el pie se agostaban las plantas y perdían su resplandor, se tomaban grises; y los animales huían de ellos espantados. Buscaron y tomaron unas grandes hojas y se hicieron fajas alrededor de las caderas, y seguían caminando distanciados uno de otro. Cuando hubieron andado largo tiempo en esta forma, se había alejado ya el lugar de donde habían salido, y parecía una distante elevación o montaña. Adán y Eva buscaron un refugio, por separado, entre las matas de un oscuro valle. Entonces los llamó una voz que venía de lo alto. Ellos, empero, no comparecieron. Se asustaron más, huyeron más lejos y se escondieron en la espesura. Esto me causaba mucha pena. La voz se hizo más severa. Ellos se hubieran escondido aún más; pero se vieron obligados a mostrarse. Un rostro severo y esplendoroso apareció. Ellos se presentaron con la cabeza inclinada y no se atrevían a mirar el rostro de Dios. Se miraban uno a otro y se culpaban mutuamente de su desobediencia. Entonces Dios les señaló un lugar aún más abajo, donde había arbustos y árboles, y recién aquí se hicieron más humildes y reconocieron de lleno toda su miseria y su pecado. Cuando estuvieron solos los vi rezando. Se separaron y se echaron de rodillas en el suelo, levantaron las manos al cielo, clamaron y lloraron. Al ver esto pensé cuánto ayuda y cuán saludable es apartarse en la soledad para entregarse a la oración. Tenían ahora una vestidura que les cubría el cuerpo desde los hombros hasta las rodillas. En torno del cuerpo tenían una faja de cortezas. Mientras ellos huían, parecíame que el Paraíso terrenal, detrás de ellos, se alejaba y subía a lo alto, como una nube. En esto vino del cielo como un anillo de fuego, tal como un halo en torno del sol o de la luna, y se posó en lo alto donde había estado el Paraíso. Habían estado solo un día en el Paraíso. Aún ahora veo el Paraíso terrenal, a lo lejos, como un banco debajo del sol cuando este se levanta. El sol, al parecer, se levanta a la derecha, al extremo de este banco. Está situado al oriente del Monte de los Profetas, allí donde el sol se levanta y se me aparece siempre como un huevo flotando entre unas aguas admirablemente claras y limpias, que lo separan de la tierra. El Monte de los Profetas parece una montaña colocada delante del Paraíso. En el Monte de los Profetas se ven lugares verdes, y entre ellos pro- fundos barrancos llenos de agua. He visto entes subir al Monte de los Profetas, pero no llegaron muy alto. Después vi a Adán y a Eva llegar a la tierra de penitencia. Era un cuadro conmovedor ver a nuestros primeros padres penitentes, echados en el desnudo suelo. Adán pudo sacar un ramo de olivo del Paraíso, que plantó ahí mismo. Más tarde se sacó leña de este árbol para la cruz del Salvador. Nuestros padres estaban sumamente tristes. Desde el sitio donde yo los veía, ellos apenas podían divisar el Paraíso. Ellos se habían ido alejando siempre, avanzando hacia abajo, y parecía también que algo se invertía; y así llegaron de noche, en la oscuridad, hasta el lugar donde debían hacer penitencia.

Capítulo IX

La familia de Adán

Era el lugar donde estuvo después el Huerto de los Olivos donde he visto a Adán y a Eva llegar y detenerse. La configuración del terreno era entonces distinta; pero se me ha mostrado que era el mismo sitio. Los he visto vivir y hacer penitencia en el lugar donde Jesús sudó sangre. Ellos trabajaron esta tierra. Los he visto rodeados de hijos y en grande tristeza clamar a Dios que les diese hijas. Tenían la promesa de que la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Eva le daba hijos a Adán, en determinados tiempos; pero siempre había unos años de penitencia entre estos períodos. Así nació Set, el niño de la promesa, después de siete años de penitencia; nació precisamente en la gruta de lo que fue Belén más tarde. Un ángel le dijo a Eva que se le daba a Set por el inocente Abel. Set estuvo bastante tiempo oculto en esa gruta y en otra gruta cercana, llamada gruta de la lactancia de Abraham, porque sus hermanos le perseguían de muerte, como los hermanos envidiaban y persiguieron a José. Una vez he visto en torno de Adán once personas: eran Eva, Caín, Abel, dos hermanas y otros niños pequeños. Todos estaban vestidos con pieles, que les caían como escapularios ceñidos a la cintura. Estas pieles eran más anchas delante del pecho y servían como bolsillos. Alrededor de las piernas estaban más abiertas y cerradas con ataduras a los lados. Los hombres llevaban pieles y vestidos más cortos, y un bolsón para guardar sus enseres. Sobre los hombros, hasta la mitad del antebrazo, eran estas pieles blancas y finas, y en las mujeres sujetas también bajo el brazo. El aspecto de estas personas así vestidas era muy hermoso y noble. He visto sus chozas que estaban algún tanto metidas en el suelo, cubiertas con ramas y plantas como techo. Noté que tenían una perfecta organización doméstica. He visto praderas cubiertas con árboles frutales de pequeño talle, pero de robusto tronco. También vi allí trigo y diversos cereales que Dios había dado a Adán para sembrar. No recuerdo haber visto en el Paraíso terrenal trigo ni vides. Allí no había ninguna fruta que necesitara ser preparada para comerla. La preparación de la comida es una pena del pecado y un símbolo del dolor. Dios dio a Adán todo lo que debía sembrar. Recuerdo a este propósito haber visto en tiempos de Noé a algunos hombres, como ángeles, que daban a este patriarca algo cuando entraba en el arca; me pareció que era un gajo de vid metido en una manzana. Por este tiempo ya crecía una especie de trigo silvestre, y Adán tenía que separar el buen trigo de este cereal agreste. Esto mejoraba el silvestre, pero con el andar del tiempo este cereal fue desmejorando hasta volverse malo. Este cereal agreste crecía en los primeros tiempos bastante bien y mejorado, especialmente hacia la región del Oriente, como en la India y en la China, cuando había aún muy pocos hombres en el mundo. En regiones donde abunda la vid y hay aguas con peces, no prospera este cereal. He visto que tomaban leche de algunos animales y hacían quesos que secaban a los rayos del sol. Entre los animales he visto ovejas. Todos los animales que Adán había nombrado en el Paraíso le siguieron después a la tierra; pero huían de él, y Adán tenía que atraerlos y domesticarlos dándole alimentos. He visto revolotear muchos pájaros, pequeños animalitos y cabritos saltadores. Reinaba allí un orden doméstico patriarcal. He visto a los hijos de Adán comiendo en una choza parte; los alimentos estaban colocados sobre una gran piedra que servía de mesa. Los he visto rezar y dar gracias por el alimento. Dios había enseñado a Adán a ofrecer sacrificios, y Adán era sacerdote en su familia. Caín y Abel lo eran también en sus familias. Los preparativos se hacían en chozas separadas. Tenían la cabeza cubierta con una caperuza en forma de nave, tejida de juncos y hojas, con una parte saliente delante para aferrarla con facilidad. El aspecto y el color de sus rostros era algo hermosamente amarillento, brillante, como seda, y tenían cabellera rubia color de oro. Adán llevaba la cabellera larga. Al principio lo vi con barba corta, y más tarde con barba larga. A Eva la he visto al principio con los cabellos sueltos y largos; más tarde los tenía recogidos en trenzas, sobre la cabeza, como una cofia. El fuego que usaban lo veía como brasas, que conservaban ocultas en hoyos en la tierra. Lo recibieron del cielo por primera vez. Dios les enseñó el uso del fuego. Era una materia amarilla, como tierra o greda, que usaban como carbón para quemar. No los he visto cocinar; en cambio los veía al principio exponer al sol y tostar. También los he visto exponer al rayo del sol granos de trigo triturados, colocados en pequeñas cavidades hechas en el suelo, tapadas con cobertores hechos de ramas entrete- jidas. Los cereales que Dios les dio fueron trigo, centeno y cebada. Dios los instruyó en su cultivo, como también los guiaba en otros trabajos y necesidades primeras. No he visto por entonces grandes ríos, como el Jordán; pero brotaban fuentes que ellos dividían en canales o apresaban en lagunas. Antes de la muerte de Abel no habían comido carne. Sobre el monte Calvario tuve una vez la visión de cómo un profeta, el compañero de Elías, se metió en unas cuevas que entonces había debajo de ese monte, amuralladas, que servían de sepulcros. Allí tomó un sarcófago de piedra que contenía huesos de la calavera de Adán. Aparecióle entonces un ángel, que le dijo: ‘Esta es la calavera de Adán». Y le prohibió sacar esos huesos de allí. Había aún sobre esa calavera cabellos delgados y rubios en partes. He sabido que por la narración de este profeta se dio a ese lugar el nombre de la Calavera. Justamente sobre el lugar de esa calavera vino a dar la cruz de Jesucristo con sus sagrados pies. He sabido en visión que ese lugar es el punto medio del mundo. Se me mostró esto con números, calculando hacia el Oriente, el Sur y el Occidente. Pero he olvidado estas cifras. –