Tomo X — Últimas enseñanzas de Jesús y entrada triunfal en Jerusalén

Sección 2: capítulos VI – X

Jesús enseña en casa de Lázaro. Reprende a Pedro — Última unción de la Magdalena

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En esta sección:

Capítulo VI

Jesús enseña en casa de Lázaro. Reprende a Pedro

Hoy estuvo Jesús todo el dia en casa de Lázaro con sus apóstoles y las santas mujeres. Por la mañana enseñó en el albergue a los discípulos y a las mujeres. Hacia las tres de la tarde hubo una comida general en las bóvedas subterráneas. Las mujeres sirvieron en la mesa y terminada la comida escucharon, apartadas en la vivienda con rejas, la enseñanza de Jesús. El Señor les anunció que no estarían mucho tiempo juntos: que aquí, en la casa de Lázaro, ya no volverían a comer: que lo harían todavía en la de Simón el leproso, pero que no estarían tan tranquilos. Los invitó a que le tuvieran confianza y que le preguntaran con toda libertad, como si fuera Él uno de ellos. Preguntaron muchas cosas, especialmente Tomás, que tenía muchas dudas. Juan preguntó algunas veces, pero siempre con calma y humildemente. Cuando Jesús, después de la comida, habló de la proximidad de su tiempo y cómo sería entregado por una traición, no pudo contenerse Pedro, y preguntó a Jesús por qué siempre decía que sería traicionado: que si era posible creer que uno de ellos pudiera ser el traidor, y añadió que él salía en garantía que ninguno de los doce sería capaz de hacerle traición. Dijo esto con toda audacia, como ofendido en su honor de jefe de los apóstoles. Jesús le contestó tan severo como nunca, más que cuando le dijo: “Apártate de mi, Satanás”. Les dijo que si su bondad y gracia no los socorría, caerían todos; que cuando llegase el peligro, todos lo abandonarían; que entre ellos había uno que no flaqueaba, pero que también él huiría, aunque volveria después. Se refería a Juan, el cual, al ser tomado preso Jesús, huyó dejando la sábana en que iba envuelto. Los apóstoles se pusieron tristes: sólo a Judas Iscariote lo vi en esta ocasión muy servicial, amigable y sonriente. Como preguntaran a Jesús sobre el reino que debe venir a ellos, les habló dulcemente del tema, anunciándoles que vendría sobre ellos el Espíritu Santo, y entonces comprenderían todas estas cosas. Les dijo que Él debía volver al Padre para poder mandarles el Espíritu Santo que procede del Padre y de Él mismo. Añadió algo que no sé expresar, como lo siguiente: Que Él vino a hacerse carne para redimir al hombre; por eso su acción es más corporal sobre ellos, sus apóstoles, pues el cuerpo obra más corporalmente, y para que pudieran llegar a entenderlo les mandaría al Espíritu Santo, que les daría un desarrollo espiritual. Luego habló del tiempo de la tribulación, que ya venía sobre Él: les advirtió que ellos también sufrirían como dolores de parto. Después pasó a tratar de la belleza del alma, hecha a imagen de Dios, y qué meritorio era salvar las almas y llevarlas al cielo. Repitió que ellos muchas veces le habían interpretado mal y no le habían entendido; que Él siempre los había tratado con suma paciencia: que ellos también tuviesen mucha paciencia en el trato con los demás, cuando Él se hubiese alejado de ellos, especialmente hacia los pecadores. Como Pedro le notara que Él también se había mostrado a veces severo y decidido, Jesús les enseñó lo que es celo verdadero por la gloria de Dios y el falso celo. Todo esto se prolongó hasta muy entrada la noche. Todavía vinieron secretamente Nicodemo y un hijo de Simeón. Era ya pasada la medianoche cuando se retiraron a descansar. Jesús les dijo que durmiesen tranquilos una vez más, que pronto vendría un tiempo que estarían con angustia, sin poder dormir. Les anunció que más tarde, en las persecuciones, dormirían con una piedra bajo la cabeza, tranquilos, como Jacob en la visión de la escala hasta el cielo. Cuando Jesús terminó de hablar, dijeron todos: «Señor, qué corta nos pareció esta tarde la cena y la noche con esas palabras que nos dijiste”.

Capítulo VII

La ofrenda de la viuda

Al día siguiente muy temprano, dirigióse Jesús al templo, no al sitio ordinario, sino a la galería donde tuvo lugar la presentación de María. Cerca de la entrada estaba instalado el cepillo de limosnas, que era una columna de la mitad de la altura de un hombre, con tres aberturas como embudos donde los que ofrendaban ponían las monedas para el culto del templo. Debajo tenía una puerta por donde se retiraban las limosnas. El cepillo estaba cubierto con telas rojas y blancas. A la izquierda había un asiento para el sacerdote que guardaba el orden y una mesa donde se colocaban los dones de palomas y otras cosas que ofrecían los devotos. A derecha e izquierda había asientos para hombres y mujeres; detrás estaba la sala cerrada por una reja, con el altar donde María ofrecio a Jesús Niño. Jesús ocupó hoy el asiento junto al cepillo de la limosna: era un día de ofrendas para todos los que se purificaban para la próxima Pascua. Los fariseos se fastidiaron grandemente al ver a Jesús sentado en ese lugar, y cuando Jesús dejó el asiento ellos no quisieron ocuparlo. Los apóstoles estaban en torno de su Maestro. Al cepillo se acercaron primero los hombres, luego las mujeres: salían afuera por la puerta de la izquierda. Los que ofrecían estaban fuera, en largas filas, esperando pasar de cinco en cinco. Jesús permaneció aquí unas tres horas. Hacia el mediodía se cerró la puerta de las limosnas como de costumbre. Jesús seguía aún sentado, de lo que se irritaron nuevamente los fariseos. Era el mismo lugar donde Jesús perdonó a la mujer adúltera. El templo tenía como tres partes, una a continuación de otra. Había tres grandes arcadas. En la primera estaba la sala redonda de la enseñanza. El cepillo de la limosna estaba a la derecha de este sitial de enseñanza, hacia el santuario. Para llegar al cepillo había que andar por largos corredores. La última persona que ofreció su moneda en el templo era una pobre y humilde viuda. No se podía ver, en realidad, lo que cada uno ponía, pero Jesús sabía lo que había depositado, y habló a los discípulos diciendo que ella había puesto más que todos los otros. Había puesto lo último que le quedaba para comprar su pan diario. Jesús le mandó decir que lo esperase junto a la casa de Juana Marcos. Por la tarde enseñó Jesús de nuevo en el lugar ordinario. Ese sitio redondo estaba precisamente de frente a la puerta y a la derecha e izquierda había gradas que llevaban al santuario y de allí al Santo de los Santos. Cuando los fariseos llegaron habló Jesús de que ayer no pudieron echarle las manos, aunque tuvieron el tiempo, oportunidad y voluntad decidida de hacerlo: esto ocurrió así porque su tiempo no había llegado aún y esa hora ellos no la podían anticipar. La hora había de venir; pero los fariseos no celebrarían su Pascua tranquilos como de costumbre: no sabrán dónde esconderse en esa hora. Toda la sangre derramada de los profetas caería sobre ellos: saldrán de sus sepulcros, y la tierra temblará de espanto. A pesar de todo, ellos permanecerían obstinados en su malicia. Luego se refirió a la ofrenda de la pobre viuda y cuando a la tarde salió del templo, habló Jesús en el camino con ella: le dijo que su hijo viniese con Él: esto alegró grandemente a la pobre mujer. En efecto, este joven se unió a los discípulos aún antes de la muerte de Jesús. La viuda era muy piadosa y observante, pero sencilla y fiel.

Capítulo VIII

Jesús anuncia la destrucción del Templo

De camino, uno de los apóstoles señaló hacia el Templo, hablando con Jesús y los demás de su magnificencia. Jesús dijo que no quedaría de él piedra sobre piedra y fue con ellos al Huerto de los Olivos, donde hay, en sus suaves alturas, lugares de esparcimiento y un sitial de enseñanza con graderias de césped para los oyentes. Aquí solían venir a sentarse los sacerdotes después del trabajo del día para tomar algún descanso. Jesús se sentó en el sitial y como los apóstoles preguntaran cuándo sería la destrucción del templo, Jesús pronunció todas las amenazas que están en el Evangelio. Concluyó diciendo: “Bienaventurado quien perseverare hasta el fin». Con esto terminó y se alejó. No había durado todo esto sino un cuarto de hora. Desde este lugar el templo ofrecía una espléndida vista. Con el sol poniente brillaba de tal modo que apenas se podía fijar la mirada. Había piedras brillantes, coloradas y amarillas embutidas en las paredes del edificio. El templo de Salomón tenía más riquezas en oro; éste brillaba por sus piedras de construcción. Los fariseos estuvieron hoy muy irritados, celebraron consejo esta misma noche y enviaron espías tras de Jesús. Deploraban que Jesús no volviese a tratar con ellos: sin Él no podían llegar a nada concreto. Judas no había vuelto a conversar con ellos desde aquella noche pasada. A la mañana siguiente estuvo Jesús de nuevo en ese lugar del monte de los Olivos y volvió a hablar de la destrucción del templo con la comparación de una higuera que allí estaba. Dijo que Él ya estaba entregado: que el traidor ya había tratado con sus enemigos; que los fariseos ahora deseaban ver de nuevo al traidor, y que Él deseaba que el traidor volviera en sí, se arrepintiera y no dudara en volver de su mal paso. Jesús decía estas cosas mientras Judas oía sonriente: por otra, parte Jesús no dio a conocer al traidor, hablando sólo con palabras algo vagas del asunto. Mandó a los apóstoles que no se mezclasen en cosas mundanas, porque les dijo que se dispersarían: que no olvidasen las cosas que estaban por suceder y que no cubriesen como con un manto sus sentimientos para no ser conocidos. Usó de la comparación del manto con el cual uno suele cubrirse para no darse a conocer. También les reprochó sus murmuraciones ante las unciones de la Magdalena. Dijo esto quizás para recordar a Judas su primer mal paso y principio de su traición, que hizo precisamente después de esa unción, como una advertencia a lo que haría Judas luego de la próxima unción de la Magdalena, después de lo cual completó el traidor su mala acción. Otros de entre ellos también se habían escandalizado de la unción de la Magdalena, pero más por razón de economía o de inconveniencia, pues sabían que estas unciones costosas constituirían uno de los desórdenes de las gentes mundanas, sin comprender que esta misma acción hecha al Santo de los Santos era altamente laudable. Jesús les anunció que por dos veces más enseñaria públicamente. Y hablando del fin del mundo y de la destrucción de Jerusalén dio las señales por las cuales podían conocer que el tiempo y la hora de su partida estaba cerca. Les dijo que había entre ellos una disputa sobre quién era el mayor: ésta sería una señal de que se acercaba la hora en que los iba a dejar. Repitió que uno de ellos lo traicionaría. Estas cosas se las decía para que estuviesen vigilantes y fueran humildes. Todo esto lo dijo con infinito amor y paciencia. Hacia el mediodía enseñó Jesús en el templo con la parábola de las diez vírgenes y con la de los talentos que se le confían a cada uno. Reprochó a los fariseos: trató del profeta que habían matado entre el templo y el altar y aludió a las malas intenciones que llevaban ahora en sus corazones. A este respecto dijo a sus apóstoles que allí donde no se esperaba conversión ni mejora, debían, sin embargo, avisar y reprender. Cuando dejó el templo se le acercaron muchos extranjeros que no habían podido oír su predicación, por ser paganos y no poder entrar en el templo. Estos estaban convertidos por las maravillas que habían oído y por la entrada triunfal que habían presenciado el Domingo de Ramos. Estaban entre ellos aquellos griegos que habían hablado antes con Él. Jesús los dirigió a sus discípulos y se encaminó al Huerto de los Olivos donde pasaron la noche en un albergue de forasteros. A la mañana siguiente, cuando llegaron los demás apóstoles, les anunció algunas cosas que habían de suceder: que estaría aún dos veces con ellos en una comida; que deseaba celebrar con ellos la última cena, en la cual quería darles todo lo que como hombres les podía dar aún. Después se dirigió al templo, donde habló de su retorno al Padre: expresó que Él era la voluntad del Padre, cosa que yo no entendí bien. Dijo que Él era la salud de los hombres, que Él era el que quitaba el peso de los pecados de los hombres y explicó por qué los ángeles caídos no fueron redimidos, y lo fueron los hombres. Los fariseos se turnaban, espiando sus palabras. Jesús dijo que había venido para terminar con el dominio del pecado en el mundo. En un jardín comenzó el pecado: en un jardín terminará su dominio, y en ese mismo jardín le prenderían a Él. Y hablando a los fariseos les dijo que desde la resurrección de Lázaro ellos habían querido dar muerte al que les hablaba; pero que Él se había ausentado para que se cumpliera todo lo que debe cumplirse en Él. Dijo que su viaje se dividía en tres partes: no recuerdo si dijo si en tres veces cuatro o cinco o seis semanas. Dijo a los fariseos cómo lo tratarían: que lo harían morir como un malhechor, pero que no conseguirían hacerle olvidar después de su muerte. Habló de los justos asesinados que resucitarían y hasta señaló el lugar donde se levantarían esos muertos. Ellos, los fariseos, no alcanzarían el objeto de su odio, y estarían entonces llenos de temor y de angustia. Habló de Eva, de quien vino el pecado en el mundo: por eso son castigadas las mujeres de modo que no pueden entrar en el Santuario. Pero que por una Mujer había venido la salud al mundo: por eso ahora la mujer es librada de la esclavitud, pero no de la sujeción al hombre. Jesús permaneció esta noche en la posada del Huerto de los Olivos. Bajo la lámpara rezaron las plegarias prescritas para el Sábado. Al día siguiente fue Jesús con los suyos a través del torrente Cedrón y luego hacia el Norte entre una hilera de casas donde había pequeñas praderas con rebaños de ovejas, Allí estaba la casa de Juan Marcos. Torció hacia Getsemaní, un poblado como Betfagé, a ambas orillas del Cedrón. La casa de Juan Marcos estaba a un cuarto de hora delante de la puerta, a través de la cual se conducían los animales al mercado al Norte del templo, en una colina que más tarde se cubrió de casas. Había un cuarto de hora a Getsemaní y de aquí, por el Huerto de los Olivos, una hora a Betania. Betania está en línea recta al Este del templo, a una hora de Jerusalén. Desde Betania se podían ver algunos puntos del templo y los edificios que estaban detrás. Desde Betfagé no se podía porque estaba en una hondonada y tenía delante el monte de los Olivos: sólo en un punto del camino donde había una garganta de montaña se podía ver el templo. Mientras Jesús iba con sus discípulos a través del torrente Cedrón a Getsemaní, dijo a los apóstoles, señalando una profundidad del Huerto de los Olivos: “Aquí me abandonarán: aquí me tomarán preso”. Jesús estaba muy triste. Se dirigió a Betania, a la casa de Lázaro, luego al albergue de los discípulos, con los cuales caminó por los alrededores de Betania, consolando a muchas gentes, como quien se despide de ellas. Por la tarde hubo una comida en casa de Lázaro, con la presencia de las santas mujeres, en el salón separado por la verja. Al fin de la comida dijo a todos que descansasen tranquilos por última vez.

Capítulo IX

Ultimas enseñanzas de Jesús en el Templo

Jesús fue muy temprano con los discípulos a Jerusalén. Cuando llegó frente al templo, a través del Cedrón, anduvo fuera de la ciudad hacia el Sur; luego entró por una puerta pequeña y llegó al pie del monte Sión a un puente amurallado, sobre una profunda hondura. Bajo el templo había cuevas y grutas: de aquí, por un corredor largo que tenía luz sólo por arriba, encaminóse al patio de las mujeres: de aquí torció al Este y pasó por la puerta donde se ponían a las mujeres acusadas; luego por el gazofilacio, y llegó al sitial de la enseñanza. Esta puerta estaba siempre abierta; otras eran cerradas por los fariseos cuando Jesús enseñaba. Ellos decían: “La puerta de los pecadores quede siempre abierta para el pecador”. (Aludian a Jesús). Jesús enseñó admirablemente sobre la unión y la separación. Trajo la comparación del fuego y del agua, que se repugnan uno a la otra; pero si el agua no es superior al fuego, no hace sino avivar la llama. Habló de persecuciones y martirios. Bajo el fuego entendía a los discípulos que le permanecieron fieles; bajo el agua aquellos que se separaron de Él y amaron más el abismo. Declaró y explicó el agua como martirizador del fuego. Habló de la mezcla de la leche y el agua, que se unen de modo que no se pueden separar. Entendía la unión de su Persona con los suyos, notando la bondad de la leche como alimento. De este modo se refirió a la unión conyugal, ya que los apóstoles le habían preguntado sobre las relaciones de los casados después de la muerte. Jesús les dijo que había una doble unión: la de la carne y la sangre que la muerte deshace y separa para no volverse a unir, y la unión de los espíritus que se perpetúa después de la muerte. Añadió que no se angustiasen pensando si allá se encontrarán juntos o no. Los que están unidos en el espíritu se encontrarán también unidos. Habló de la Iglesia como su esposa. Les dijo que no se asustaran de los que martirizan a los cuerpos: los del alma son de temer. Como los apóstoles no entendían y olvidaban muchas cosas, les dijo que las anotasen en seguida. He visto a Juan, a Santiago el Menor y a otro, con unas tablillas sobre sus rodillas donde de vez en cuando anotaban algo. Escribían sobre pequeños rollos, con pintura que llevaban consigo en una especie de cuerno. Sacaban los pequeños rollos del bolsillo del pecho y escribían algo de lo que oían. Jesús habló de su unión con ellos: que se realizaría en la última cena y que ya nadie podría separarlos. El deber de la continencia perfecta la propuso en una serie de preguntas: “¿Podéis hacer esto o aquello en seguida?” Habló de un sacrificio que debían hacer y la conclusión de todo esto fue la necesidad de la continencia perfecta. Les trajo el ejemplo de Abraham y de otros patriarcas, quienes antes del sacrificio se purificaban largamente y observaban la continencia. Cuando habló del bautismo y los otros sacramentos les anunció que les mandaría al Espíritu Santo, el cual, por su bautismo, los hacía a todos hijos de la Redención. Mandóles que después de su muerte bautizasen en el estanque de Betesda a todos los que se presentasen pidiéndole. Que si venían muchos, tomasen de a dos en dos, pusiesen las manos sobre los hombros y los bautizasen bajo el chorro de la bomba que hay en el estanque. Como en otro tiempo venía el ángel a remover las aguas, ahora vendría el Espíritu Santo sobre los bautizados, no bien hubiese Él derramado su sangre, aunque ellos no hubiesen recibido todavía al Espiritu Santo. Pedro, que había sido designado primero entre los demás, preguntó, como tal, si siempre tendrían que hacer así, sin examinar antes o instruir a los bautizandos. Jesús contestó que las gentes se cansan de esperar las fiestas y desmayan en la dureza y rigor; conviene que hagan como les dijo. Cuando hayan recibido el Espíritu Santo ya sabrán lo que deberán hacer en cada caso. Habló también a Pedro de la penitencia, de la confesión y de la absolución. A todos habló del fin del mundo y de las señales que le habían de preceder. Dijo también que uno de ellos tendría una visión de esos tiempos. (Aludía al Apocalipsis de Juan). Y al hablar de este tema usó algunas figuras de la Revelación. Habló de los señalados en la frente y anunció que la fuente del agua viva que viene del Calvario, sería al final de los tiempos enturbiada y como envenenada; pero que toda el agua buena sería juntada en el valle de Josafat. Me pareció que decía: toda agua tendrá que ser agua de bautismo. Durante esta enseñanza no estaba presente ningún fariseo. Por la tarde Jesús volvió a Betania, a casa de Lázaro. Durante todo el día siguiente Jesús enseñó en el templo sin ser molestado. Habló de la verdad, del cumplimiento y de la observancia de aquello que se enseña: ahora quería Él cumplir. No basta la fe sola; hay que completar y llenar la fe con las obras. Todos, ni los fariseos, no lo podrán acusar de haber dicho o enseñado algo falso. Ahora llenará y completará su obra con su retorno al Padre. Antes de apartarse de ellos, quiere dejarles lo que Él tiene. Oro y plata no tiene: les quiere dejar su fuerza y su poder, y quiere fundar con ellos una Sociedad que durará hasta el fin de los tiempos. Esta unión deberá ser más íntima de la que tienen ahora con Él. Quiere unirlos entre sí y con Él como miembros de un mismo cuerpo. Les dijo tantas cosas que quería hacer que Pedro concibió la idea de que Jesús permanecería más tiempo con ellos; por eso manifestó a Jesús que si pensaba hacer todo eso, se quedaría con ellos hasta el fin de los tiempos. Jesús habló de los misterios y de la fuerza de la última cena, sin nombrarla claramente. Les dijo que quería celebrar la última Pascua con ellos; y como Pedro preguntara dónde quería celebrarla, respondió Jesús que a su tiempo indicaría el lugar. Después de esta última Pascua volvería a su Padre. Pedro preguntó si se llevaría a su santa Madre, a la cual todos amaban y reverenciaban. Jesús contestó diciendo que permanecería con ellos quince años, porque dijo una cantidad donde entraba el número cinco. Habló mucho todavía de su santa Madre. Hablando de la fuerza y virtud de la cena eucarística, refirióse a Noé que se embriagó con el vino, y al pueblo judío a quien se le hizo pesado el pan del cielo y habló del ajenjo con el cual debemos amargarlo. Jesús quiere ahora preparar el pan de la vida, antes de su partida: aun no está cocido y amasado. Añadió Jesús que Él les había predicado la verdad tantas veces, pero que ellos habían dudado y aún dudan al presente. Jesús ya no les puede ser útil con su presencia corporal: les dará pronto todo lo que tiene y sólo se reservará lo que cubra su cuerpo. Esto no lo entendieron: pensaban, quizás, que iba a morir o a desaparecer de su vista. Ayer, cuando habló de la persecución de los judíos contra Él, preguntó Pedro por qué no se alejaba, que ellos estaban dispuestos a seguirle adonde Él fuera: ya lo había hecho una vez, huyendo después de la resurrección de Lázaro. Cuando Jesús a la tarde dejó el templo, dijo, despidiéndose de él, que ya no vendría más a él con su cuerpo. Lo dijo con tanta ternura, y los apóstoles se conmovieron tanto, que se postraron en tierra, llorando y clamando en alta voz. Jesús también lloraba. Sólo Judas no lloró: manifestaba terror y miedo como en estos últimos días. Jesús, desde ayer, no dijo nada más del traidor. En el lugar de los gentiles lo esperaban muchos que querían verlo. Habían visto a los apóstoles llorar. Jesús les dijo que se volvieran a sus apóstoles, a quienes Él les dejaba todo su poder: ahora ya no había más tiempo. Jesús se alejó por el camino del Domingo de Ramos, fuera de la ciudad, y con la mirada y con dolorosas palabras se dirigió varias veces al templo. Se encaminó al albergue del Huerto de los Olivos, y al oscurecer entró en Betania. Le esperaban las santas mujeres y enseñó durante la cena: ahora se habían arrimado más al Señor. Para la tarde encargó Él mismo una cena más abundante en el albergue de la casa de Simón el leproso. Este día hubo mucha tranquilidad en Jerusalén. Los fariseos no fueron al templo, sino que se reunieron en consejo y se manifestaron preocupados de que Judas no se hubiese presentado de nuevo. Mucha gente buena de Jerusalén estaba en gran tristeza porque habían conocido por los apóstoles las últimas palabras de Jesús sobre el templo. He visto muy aflìgidos a Nicodemo, José de Arimatea, los hijos de Simeón y otros; pero todavía no se habian apartado de los demás judíos. A la Verónica la he visto afligida, llorando y clamando, retorciéndose las manos de dolor. El marido le preguntó por qué andaba tan afligida. Su casa en la ciudad estaba entre el templo y el monte Calvario. En las galerías del Cenáculo se hospedaban diecisiete discípulos.

Capítulo X

Última unción de la Magdalena

En la mañana del siguiente día enseñó Jesús en el patio de la casa de Lázaro: estaban presentes más de sesenta discípulos. Por la tarde, hacia las tres, se prepararon mesas para los discípulos en el local del patio, y Jesús mismo sirvió a los discípulos, ayudado de los apóstoles. Iba de mesa en mesa, servía y enseñaba al mismo tiempo. Judas no estaba presente: hacía compras para la comida preparada en la casa de Simón. Magdalena también había ido a Jerusalén a comprar perfume. María Santísima, a quien Jesús había anunciado su próxima Pasión y Muerte, estaba indeciblemente triste. Su sobrina, María Cleofás, estaba siempre en torno de Ella para consolarla: la acompañó, llena de aflicción, al albergue de los discípulos. Jesús habló con sus discípulos de su próxima muerte y de sus consecuencias: uno que le debía todo y que le era familiar, le había de vender y entregar a los fariseos; no negociaría ni siquiera por el precio; preguntará: “¿Qué me queréis dar por Él?» Cuando los fariseos compran un esclavo preguntan el precio; el traidor lo venderá por lo que le den: lo venderá peor y a más vil precio que a un esclavo. Los discípulos lloraban amargamente: no podían ya comer de pura aflicción y pena. Jesús, al ver esto, los invitó amablemente a comer. Muchas veces he comprobado que los discípulos eran más sensibles y más tiernos con Jesús que los apóstoles: creo que, como no estaban tan familiarizados con Jesús, eran más humildes y más atentos. Con los apóstoles habló Jesús mucho esta misma mañana. Como no comprendían todo, les volvió a decir que tomaran anotaciones de sus palabras. Cuando les mande al Espíritu Santo entenderán también las cosas anotadas. He visto que Juan y otros anotaban muchas cosas. Jesús dijo algo de la huida de los suyos cuando a Él lo llevasen a los tribunales. Ellos no podían ni pensarlo; sin embargo, lo hicieron. Les anunció cosas que sucederían después y les enseñó cómo debían portarse. Habló de su santísima Madre: que Ella padecería juntamente con Él todos los martirios; que Ella moriría con Él de amarguísima muerte; y que viviría con ellos aún quince años más sobre la tierra. A los discípulos les dijo dónde debían ir después: unos a Arimatea, otros a Sichar, otros a Kedar; a los tres jóvenes, que le habían acompañado en su viaje, que no volviesen a sus casas. Les avisó que cuando tuviesen tentaciones de desaliento no fuesen nunca a sus propias casas, pues darían escándalo y sería fácil la caída y la apostasía. Eliud y Eremenzear fueron, creo, a Sichar. Silas quedó aquí. Así les enseñó Jesús y les aconsejaba en todas las cosas. He visto que la misma tarde algunos ya se alejaron. Mientras enseñaba Jesús, llegó la Magdalena con sus perfumes. Había estado con Verónica y esperó en su casa, mientras esta le compraba el perfume en la ciudad. Había de tres clases: lo más precioso que pudo encontrar. Magdalena gastó lo que aún tenía en adquirir esos perfumes: había entre ellos esencia de nardo. Se compraba con los envases, que eran de una sustancia brillante, algo dúctil, semejante en el brillo a la concha de mar. Tenían forma de urnitas y estaban atornillados con un pie y enroscados con botoncitos. Magdalena traía los cofrecitos de perfumes bajo su manto, en un bolso que le colgaba de los hombros sobre el pecho. La madre de Juan Marcos fue con ella a Betania y la Verónica la acompañó un trecho del camino. Cuando llegaron a Betania se encontraron en el camino con Judas, que dijo algo a Magdalena, irritado contra ella. Magdalena había oído a Verónica que los fariseos habían resuelto apoderarse de Jesús para darle muerte; pero no ahora, por causa de los muchos extranjeros paganos partidarios de Jesús. Se lo contaron a las otras mujeres. Estas fueron a la casa de Simón y ayudaron a preparar la comida. Judas había hecho compras: había abierto su bolsa y pensaba que por la noche la tendría de nuevo llena. De un hombre de Betania compró hierbas, ensalada, dos corderos, fruta, pescados, miel, etc. La sala de Simón no era la misma donde habían comido después de la entrada triunfal en Jerusalén. Hoy era un local abierto y adornado, detrás de la casa que miraba al patio. Tenía una claraboya en el techo en forma de cúpula. De ambos lados de esta cúpula colgaban pirámides verdes y varias colgaduras de ramas con pequeñas hojas. Estas pirámides se juntaban abajo y me parece que las mantenían siempre verdes. Debajo de estos adornos estaba el asiento de Jesús. Una parte de la mesa de donde se traían los alimentos estaba desocupada. Simón, que ahora servía, solía sentarse en ese lugar. De ese lado había, debajo de la mesa, tres recipientes de agua. Los comensales estaban esta vez sobre asientos bajos con un brazo delante para apoyarse. Los bancos eran tan anchos que podían estar de dos a dos enfrente. Sólo Jesús se apoyaba en el medio en un asiento. Las mujeres comían a la izquierda, en un salón abierto, y podían ver las mesas de los hombres. Cuando estuvo todo preparado fue Simón con su criado a buscar a Jesús, a los apóstoles y a Lázaro. Llevaban vestidos de fiesta. Simón llevaba un vestido largo, una faja con figuras y letras y en el brazo un manípulo largo con borlas. El siervo llevaba un vestido superior sin mangas. Simón acompañó a Jesús; el siervo a los apóstoles. No fueron por la calle, sino a través del jardín a la sala de la casa. Había mucha gente en Betania, y debido a que muchos forasteros deseaban ver a Lázaro, hubo bastante alboroto. Llamó la atención de la gente que Simón hubiera hecho tantas compras en la ciudad y que su casa, habitualmente abierta, ahora se mantenía cerrada. Había inquietud mezclada de curiosidad: ésta era tanta que la gente subió hasta por las paredes para ver. No recuerdo haber visto antes de la comida un lavatorio de los pies: sólo unos lavados en la puerta de entrada. En la mesa había varios vasos grandes, y siempre dos más pequeños al lado con tres clases de bebidas: una verdosa, otra amarilla y otra colorada. Creo que una era jugo de frutas. Primero trajeron un cordero: estaba extendido con la cabeza entre las patas anteriores sobre una fuente larga, redondeada; y lo pusieron con la cabeza en dirección de Jesús. Él tomó un cuchillo blanco de hueso o de piedra y cortó el cordero extendido así en varias partes en forma de cruz. Dio de lo que había cortado una parte a Juan, otra a Pedro y la tercera para Si mismo. Luego Simón hizo otras porciones a ambos lados dando su parte a cada uno, según el orden, a los apóstoles y a Lázaro. Las santas mujeres estaban en su mesa. La Magdalena, siempre llorosa, estaba frente a María. Eran siete o nueve. Tenían un cordero, algo menor y estaba en la fuente con la cabeza hacia María, que lo cortó en partes para las demás. Después del cordero trajeron tres pescados grandes y otros más pequeños. Los pescados grandes estaban colocados, como si nadaran, en una gran fuente con una salsa espesa. Luego trajeron una torta, panecillos o confituras en forma de peces, de corderitos, de aves con alas tendidas; miel, ensalada con jugo y peras. En el medio había una gran fruta y a los lados otras más pequeñas con los tallos metidos en la grande. Las fuentes eran blancas, amarillas por dentro, playas y hondas, según la clase de alimentos. Jesús enseñó durante toda la comida: hacia el fin he visto que los apóstoles estaban literalmente con la boca abierta escuchando su palabra. Hasta Simón, que estaba sirviendo, quedó parado y suspenso, escuchando. Magdalena, entre tanto, silenciosamente se había levantado de su asiento entre las mujeres. Llevaba un manto azul celeste muy fino, que me recordó el de los Reyes Magos. Tenía los largos cabellos sueltos y ocultos bajo el velo. Con el ungüento bajo el manto se encaminó hacia el sitio de Jesús, se echo a sus pies, llorando, inclinando el rostro sobre los pies de Jesús, que estaba recostado a la mesa. Magdalena le quitó las sandalias y le ungió los pies con sus perfumes. Luego tomó sus sueltos cabellos con ambas manos y los pasó sobre los pies de Jesús, calzándole de nuevo las sandalias. Hubo una interrupción en la palabra de Jesús. Él había visto la venida de la Magdalena: a los otros les sorprendió grandemente. Jesús dijo: “No os escandalicéis en esta mujer». Luego le habló a ella en voz más baja. Magdalena se puso detrás de Jesús y le derramó sobre su cabeza el precioso perfume, que se esparció sobre el vestido, y pasó su mano sobre la sagrada cabeza, ungiéndola toda, mientras el agradable aroma llenaba toda la sala. Los apóstoles cuchicheaban o murmuraban; el mismo Pedro estaba contrariado por este contratiempo. Magdalena se alejó, llorosa, cubierta con su velo. Como pasara junto a Judas extendió éste la mano a su paso, de modo que Magdalena se detuvo. Judas habló, irritado, de aquella prodigalidad, y de que eso se hubiera podido dar a los pobres. Magdalena no habló, sino que lloró más amargamente. Jesús intervino, diciendo que la dejasen en paz, que lo había ungido para su muerte y que más tarde ya no lo podría hacer. “En todas partes donde se predique este Evangelio -añadióse contará este hecho suyo y la murmuración de los otros”. Magdalena se retiró triste y llorosa. En el resto de la comida el tema fue las murmuraciones de unos y la reprensión que Jesús les dio. Después se dirigieron todos a la casa de Lázaro. Judas, lleno de irritación y de avaricia, pensó para si mismo: “Esto es intolerable y no puede seguir así”. Disimuló, dejó su vestido de fiesta y mostró como que tenía que ir a la sala del banquete para repartir a los pobres el resto de la comida; pero en realidad corrió desalado derechamente a Jerusalén. He visto junto a él al demonio en forma de un ser colorado, puntiagudo y enjuto: estaba a veces delante, a veces detrás de él, como haciéndole luz en el camino. De este modo Judas caminaba apresuradamente en la oscuridad, sin tropiezos. Lo vi entrar en la casa donde Jesús fue burlado en Jerusalén. Los fariseos estaban aún reunidos con el Sumo Sacerdote. El no fue introducido en la sala de la reunión. Salieron dos de ellos y hablaron con él abajo, en el patio. Cuando dijo que quería entregar a Jesús y preguntó qué le darían por ello, demostraron mucha alegría y fueron a avisarlo a los demás. Vino entonces uno y ofreció treinta monedas de plata. Judas quería que se las diesen en seguida, pero ellos no quisieron. Dijeron que ya habia estado una vez aquí y después no apareció más: que cumpliera primero su palabra y después le pagarían. He visto que sellaron el contrato con un apretón de manos y rompieron algo del vestido de ambos. Querían que se detuviese aún y les dijese el cómo y el cuándo. Judas contestó que tenía que partir para no despertar sospechas. Dijo que tenía que estudiar la situación y que sería posible mañana mismo, sin llamar la atención. He visto siempre al diablo junto a él. Corrió de nuevo a Betania, se puso el traje de fiesta y estuvo entre los demás como si nada hubiera sucedido. Jesús permaneció en la casa de Lázaro mientras los demás se retiraban al albergue que tenían los discípulos. La misma noche llegó todavía Nicodemo, y Lázaro lo acompañó de vuelta a Jerusalén un trecho de camino.