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Longinos
El 15 de Marzo de 1821 Ana Catalina comunicó estos conceptos sobre una visión que por la noche había tenido acerca de San Longinos, cuya fiesta caía en ese mismo día, cosa que la hermana ignoraba. Longinos, que había tenido otro nombre, hacía un servicio, entre civil y militar, aliado de Pilatos, que le encargaba vigilar lo que pasaba y contárselo. Era bueno y servicial; pero antes de su conversión faltábanle firmeza y fuerza de carácter. Lo hacía todo con apresuramiento; le gustaba darse importancia, y como era bizco, por ende, sus compañeros con frecuencia le hacían burla. Lo he visto muchas veces esta noche, y con ese motivo toda la Pasión: no sé como pudo ocurrírseme esa idea; lo que recuerdo es que fué con motivo suyo. Longinos era oficial de clase inferior. En la noche en que Jesús fue conducido al tribunal de Caifás, estaba en el vestíbulo con los soldados: iba y venía sin cesar. Cuando Pedro tuvo miedo de las palabras de la criada, él fue uno de los que le dijo: «Tu eres de los partidarios de ese hombre». Cuando condujeron a Jesús al Calvario, estaba cerca de la escolta por orden de Pilatos, y el Salvador le echó una mirada que le conmovió. En seguida lo vi sobre el Gólgota con los soldados. Estaba a caballo, y tenía una lanza. Le vi en casa de Pilatos después de la muerte del Señor: decía que no se debían romper las piernas de Jesús. Volvió de prisa al Calvario. Su lanza estaba hecha de muchos pedazos que encajaban uno en otro, y estirándolos se le podía dar tres veces su longitud. Así lo había hecho cuando se determinó súbitamente a dar la lanzada a Jesús; se convirtió sobre el Calvario, y manifestó a Pilatos su convicción de que Jesús era el Hijo de Dios. Nicodemo obtuvo de Pilatos la lanza de Longinos. He visto muchas cosas relativas a esta lanza. Longinos, después de su conversión, dejó la milicia y se unió a los discípulos. Fue uno de los primeros que recibieron el bautismo después de Pentecostés, con otros dos soldados convertidos al pie de la cruz. He visto a Longinos y a esos dos hombres volver a su patria vestidos en traje largo y blanco. Habitaban en el campo, en un país estéril y pantanoso. En este mismo sitio murieron los cuarenta mártires. Longinos era diácono, y, como tal, andaba por el país anunciando a Cristo y contando la Pasión y la Resurrección como testigo ocular. Convertía a mucha gente y curaba a muchos enfermos, haciéndoles tocar un pedazo de la santa lanza que llevaba consigo. Los judíos estaban muy irritados contra él y contra sus dos compañeros, porque publicaban por todas partes la verdad de la resurrección del Salvador, y revelaban sus crueldades y sus tramoyas. A instigación de los judíos, mandaron soldados romanos a la patria de Longinos para prenderlo y juzgarlo por desertor y perturbador de la paz pública. Estaba cultivando sus tierras cuando llegaron, y los condujo a su casa, donde los hospedó. Ellos no lo conocían, y cuando le dijeron el objeto de su viaje, mandó llamar a sus dos compañeros, que vivían en una especie de ermita a poca distancia, y dijo a los soldados que ellos tres eran los que venían a buscar. Lo mismo sucedió con el hortelano Focas. Los soldados se afligieron, porque le habían tomado cariño. Los vi conducir a los tres a un pueblecito vecino, adonde fueron interrogados; no estaban en la cárcel: solo presos bajo su palabra, pero tenían una señal particular sobre el hombro. Después los decapitaron a los tres sobre una altura situada entre el pueblo y la casa de Longinos, y los enterraron allí. Los soldados pusieron la cabeza de Longinos en la punta de una lanza, y la llevaron a Jerusalén para probar que habían cumplido con su encargo. Me parece que esto sucedió pocos años después de la muerte del Señor. Tuve después una visión de época posterior. Una mujer ciega, del país de San Longinos, fue en peregrinación a Jerusalén, esperando sanar en la ciudad santa, donde se habían curado los ojos de Longinos. La conducía su hijo, pero este murió, y se quedó abandonada y sin consuelo. Entonces San Longinos se le apareció, y le dijo que recobraría la vista si sacase su cabeza de una cloaca donde los judíos la habían echado. Era un hoyo con una boveda, donde se juntaban las inmundicias por diversos conductos. Yo vi algunas personas conducir allí a la pobre mujer: entro en la cloaca hasta el cuello, y sacó la santa cabeza. Se curó, y regresó a su patria; los que la habían acompañado conservaron la cabeza. Esto es todo lo que recuerdo.
El centurión Abenadar
El 1º de Abril de 1823 la hermana Emmerick dijo que ese día era la fiesta de San Ctesifón, el centurión que había asistido a la crucifixión, y que por la noche había visto muchas particularidades de su vida. Pero los padecimientos y las distracciones exteriores le hicieron olvidar la mayor parte. He aquí lo que contó. Abenadar, llamado después Ctesifón, era de un país situado entre Babilonia y el Egipto, en la Arabia Feliz, a la derecha de la residencia última que tuvo Job. Había allí, sobre una montaña poco elevada, una reunión de casas cuadrangulares, con tejados planos. Había muchos arbolitos: se recogía incienso y bálsamo. Yo he estado en la casa de Abenadar, que es grande y espaciosa, como de un hombre rico, pero muy baja. Todas las casas están construidas así, sin duda por causa del viento, pues la posición es muy elevada. Abenadar había entrado como voluntario en la guarnición de la fortaleza Antonia, en Jerusalén. Servía en el ejército romano para ejercitarse mejor en las artes liberales, pues era erudito. Fué un hombre muy vivo, de cara morena y talle corto. Las primeras predicaciones de Jesús y un milagro de que había sido testigo le habían convencido de que los judíos lograban la salvación, y había adoptado la ley de Moisés. No era aun discípulo del Salvador; sin embargo, no abrigaba malas intenciones contra Él; al contrario, le profesaba veneración secreta. Era un hombre muy grave: cuando vino sobre el Gólgota a relevar la guardia, mantuvo el orden y el decoro hasta el momento en que la verdad triunfó en él, y dio testimonio delante de todo el pueblo de la divinidad de Jesús. Como era rico y voluntario, le fue fácil dejar al instante su empleo. Ayudó al descendimiento de la cruz y al entierro de Nuestro Señor; esto le puso en relaciones íntimas con los discípulos de Jesús: después de Pentecostés, recibió el bautismo, uno de los primeros, en la piscina de Betesda, y tomo el nombre de Ctesifón. Tenía un hermano en Arabia; le contó los milagros de que había sido testigo, y le llamó al camino de la salvación. Este vino a Jerusalén, y fue bautizado con el nombre de Cecilio. Fue encargado con Ctesifón de ayudar a los diáconos en la nueva comunidad cristiana. Ctesifón acompañó a España al apóstol Santiago el Mayor, y volvió también con él. Mas tarde fue enviado a España por los apóstoles, y llevo el cuerpo de Santiago, que había sido martirizado en Jerusalén. Fue Obispo, y tenía su residencia habitual en una especie de isla o de península cerca de Francia. Ese sitio fue después destruido por una inundación. El nombre de su residencia se parece a Vergui. No me acuerdo que Ctesifón fuese martirizado. Ha escrito muchas obras que contienen detalles sobre la Pasión de Jesucristo: pero algunos libros falsificados han corrido con su nombre, y libros suyos se han atribuido a otros. Roma ha desechado mas tarde esos escritos, la mayor parte apócrifos, aunque había en ellos algo suyo. Uno de los guardias del sepulcro, que no había querido dejarse corromper por los judíos, era compatriota suyo y amigo. Su nombre se parecía a Sulei o a Suleii. Después de haber estado algún tiempo en la cárcel, se retiró a una caverna del monte Sinaí, donde vivió siete años. Este hombre recibió grandes gracias y escribió libros muy profundos, por el estilo de los de Dionisio Areopagita. Otro escritor se ha aprovechado de sus obras, y así ha llegado algo de ellas hasta nosotros. He sabido todo eso, y también el nombre del libro, pero se me ha olvidado. Ese compatriota de Ctesifón lo acompañó después a España. Entre los compañeros de Ctesifón en ese país estaban su hermano Cecilio, Indalecio, Hesicio y Eufrasio. Otro árabe, llamado Sulima, se convirtió en los primeros tiempos, y mas tarde, en el de los diaconas, un compatriota de Ctesifón, cuyo nombre sonaba como Sulensis.
Nicodemo y la Verónica
Ana Catalina había dicho varias veces que en su cajita de reliquias debía haber una de Nicodemo, pues había tenido una visión de la visita nocturna de éste a Jesús. Encontrada la reliquia narró lo siguiente: He visto que Nicodemo, después de haber vuelto de sepultar a Jesús con José y con otros, no fue al Cenáculo donde habían quedado escondidos algunos apóstoles, sino que fue a su casa. Tenía consigo los lienzos que habían servido para descender el cuerpo del Salvador de la cruz. Era espiado y vigilado por los judíos en todos sus pasos. Lo tomaron preso y lo encerraron en una estancia. Tenían la intención de dejarlo allí todo el Sábado y luego presentarlo en juicio. Vi que un ángel se le acerco durante la noche. No había ventana en aquella pieza, pero me pareció que el ángel alzaba el techo y llevaba al prisionero sobre los muros del edificio. Lo vi la misma noche encaminarse adonde estaban los demás en el Cenáculo. Lo escondieron allí, y cuando supo la resurrección del Señor, José de Arimatea lo llevó consigo y lo ocultó cierto tiempo en su casa, hasta que con él asumió las funciones de distribuidor y dispensador. Fue entonces cuando las mantas usadas en la deposición de Jesús, llegaron a manos de los judíos. Vi un cuadro del tercer año después de la Ascensión del Señor, cuando el Emperador romano hizo ir a Roma a Verónica, Nicodemo y un discípulo de nombre Epafras, pariente de Juana Chusa. Deseaba el Emperador ver y oír a testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Epafras era un discípulo de mucha simplicidad de ánimo y pronto a complacer a todos en cualquier servicio. Había sido un siervo del templo y mensajero de los sacerdotes. Había visto a Jesús junto a los apóstoles después de los primeros días de la resurrección y otras varias veces. Vi a la Verónica junto al Emperador, que estaba enfermo, colocado sobre un sitial de gradas, delante de un gran cortinado. La estancia era cuadrada, no muy grande. No había alli ventana alguna, sino que la luz venía de lo alto y se veían pender algunos cordones de ciertas válvulas que permitían abrir o cerrar para dar entrada al aire y a la luz a voluntad. No había ninguno en la sala cuando entró la Verónica; los servidores habían quedado en la antecámara. He visto que Verónica tenía consigo el Sudario y otro paño que había sido usado en la sepultura de Jesús. Extendió delante del Emperador el santo Sudario, donde el rostro del Señor aparecía impreso en uno de los lados. Era un pañuelo largo o velo extenso que Verónica solía usar en el cuello o sobre la cabeza. La imagen del Salvador no era como si fuera pintada, sino que parecía grabada con la sangre y era de un lado mas larga. El Sudario había cubierto y circundado todo el rostro del Señor. Sobre el otro paño se veía la imagen sangrienta de todo el cuerpo flagelado. Creo que era un paño con el cual habían lavado el cuerpo antes de la sepultura. No he visto que el Emperador fuese tocado con esos paños ni que él los tocase. Pero he visto que se encontró de pronto completamente sano al ver tales objetos. Quiso retener a Verónica, darle dones, casa y personas de servicio. Ella imploró por gracia volver a Jerusalén para poder morir allí donde había muerto el Salvador. Luego vi en otro cuadro que Pilatos fue llamado por el Emperador, muy indignado contra él. He visto que Pilatos, antes de presentarse al Emperador, se puso sobre el pecho, bajo el vestido, un pedazo del manto de Jesús que le habían puesto los soldados. Lo vi en medio de los guardias, esperando para presentarse ante el Emperador. Parecía que conocía el enojo del Emperador. Cuando el Emperador apareció, lo vi que estaba realmente indignado; pero llegado cerca de Pilatos de pronto se volvió bondadoso y benévolo, y lo escuchó con interés. Cuando Pilatos se alejó, el Emperador se indignó de nuevo y lo hizo llamar a su presencia; pero lo vi de nuevo volverse benévolo, y supe que esto provenía de la proximidad del manto del Salvador que llevaba Pilatos sobre el pecho. Creo haber visto luego a Pilatos, habiendo partido ya de allí, languideciendo en la desolación y la miseria. En cuanto a Nicodemo, lo he visto mas tarde maltratado por los judíos y dejado por muerto. Gamaliel se lo llevó a una posesión suya, donde había sido sepultado Esteban. Murió allí y allí fue sepultado.
La santa mártir Susana
He visto muchos cuadros relativos a santa Susana, cuya reliquia tengo aquí. Susana me ha hecho compañía durante toda una noche. Ahora sólo recuerdo algunos episodios de su vida. La he visto en Roma en un gran palacio. Su padre se llamaba Gabino; era cristiano; y su hermano era Papa. La casa del Papa se encontraba junto al palacio paterno. He visto la casa de Gabino con su peristilo y su corredor de columnas. La madre estaría seguramente ya muerta, porque nunca me fue mostrada. Había muchos cristianos en esa casa. Tanto Susana como su padre distribuían cuanto tenían a los pobres cristianos. Hacían esto con cierto secreto. He visto a un mensajero enviado por el emperador Diocleciano a Gabino, pues eran parientes. Pedía en ese mensaje a Susana, para darla en matrimonio a su yerno, que había perdido a su mujer. Vi que al principio Gabino se alegró de la proposición, y la participó a Susana, la cual le manifestó su repugnancia de unirse en matrimonio con un pagano y le dijo que ya estaba unida con Jesucristo. Vi que Diocleciano, a consecuencia de tal respuesta, la hizo sacar del lado de su padre y llevarla a la corte de su mujer Serena para que mudase de opinión. Vi que ésta era secretamente cristiana y que Susana se quejó con ella de su situación y las vi orar juntas. Fue conducida de nuevo a la casa de su padre. He visto que el Emperador le envió un pariente (Ciaudio), que apenas entrado en la casa, quiso besarla, no ya por impudencia temeraria, sino por costumbre y por parentesco. He visto que ella con la mano se apartó de aquel abrazo y cuando él le expuso sus honestas intenciones, oí que le dijo que una boca profanada con las alabanzas a los falsos dioses no la habría de tocar. Vi luego como él se dejo instruir sobre la falsedad de sus dioses y los errores del paganismo y se hizo bautizar por su tío el Papa, juntamente con su mujer y sus hijos. Viendo el Emperador que pasaba tanto tiempo sin darle respuesta, envió a un hermano a preguntar qué había acontecido. El hermano encontró a Claudio con la mujer y los hijos de rodillas, orando y se maravilló mucho al oír que se habían hecho cristianos. Cuando luego requirió una respuesta a propósito del matrimonio de Susana, Claudio le propuso ir adonde estaba Susana, para que viese si una persona como Susana podía ser mujer de un adorador de ídolos. Los dos hermanos se fueron hacia donde estaba Susana y también el hermano de Claudio fue convertido y hecho cristiano por medio de Susana y del tío el Papa. La emperatriz Serena tenía cons igo una dama y dos s iervos que también eran cristianos. Los he visto con Susana ir secretamente, de noche, a una pequeña cámara subterránea situada debajo del palacio imperial. Había allí un altar y ardía siempre una lámpara. Ellos oraban allí, adonde llegaba ocultamente un sacerdote que consagraba y administraba los sacramentos. Vi que el Emperador, al conocer la conversión de los dos hermanos, entró en grande enojo y los hizo arrestar juntamente con todos los de su casa. Luego fueron todos martirizados. El padre de Susana fue encarcelado. Más tarde vi un cuadro: Susana estaba sola dentro de una gran sala junto a una mesa redonda sobre la cual se veían figuras doradas. Tenía las manos cruzadas, los ojos en alto y oraba fervorosamente. Aquella sala tenía en lo alto aberturas redondas. En los ángulos había estatuas blancas y grandes como niños; se veían cabezas de animales talladas especialmente en las cabeceras de los muebles. Vi figuras recostadas en las patas posteriores, que tenían alas largas y colas largas, y vi algunas que con las patas anteriores sostenían rotulos y volúmenes (ornamentos arquitectónicos de leones alados y grifos). Mientras Susana rezaba vi que el Emperador le envió a su propio hjjo para que le hiciera violencia. Este, dejando a muchos individuos que le habían acompañado en la antecámara, se adelantó furtivamente hacia Susana; pero le salió al encuentro una aparición, y cayó al suelo como muerto. Recién entonces Susana miró y dió voces de ayuda al verlo en tierra. Acudieron varias personas, llenas de maravilla, levantaron al joven y lo llevaron. Aquella aparición se había mostrado a un tiempo a Susana y al seductor que estaba detrás: no bien se había interpuesto entre los dos, el hombre cayó al suelo. Después he visto otro cuadro. Acercóse a Susana otra persona, con otros veinte hombres más; dos sacerdotes idólatras llevaban un ídolo dorado. Debía estar vacio, pues era muy liviano. Lo llevaban sobre una superficie plana que tenía dos manijas. Lo colocaron en el patio del palacio dentro de un nicho, entre dos columnas; tomaron una madera redonda, que pusieron sobre un trípode y la colocaron delante del ídolo. Muchos entraron entonces en el palacio y sacaron a Susana de la sala, en la parte alta. La llevaron delante del ídolo para que sacrificase. Ella rogaba fervorosamente al Señor, y antes que llegase al lugar he visto una maravilla. Aquel ídolo huyó de allí atravesando entre el patio y la columnata cercana, como si fuese llevado por fuerza y pasando por encima descendió a la calle, donde se deshizo en pedazos. Un hombre que pasaba por la calle, entró anunciando lo sucedido. Luego he visto que los hombres arrancaron a Susana los vestidos, de modo que sólo sobre el seno pudo conservar un trozo de paño con que cubrirse; las espaldas y el dorso estaban descubiertos: en este estado tuvo que pasar por entre los soldados que la punzaban y herían con las astas, de tal modo que cayó desvanecida. La llevaron a una estancia del palacio, donde la dejaron casi muerta. Más tarde volví a verla dentro de un templo, donde debía sacrificarse a los dioses; pero el ídolo cayó postrado por tierra. Después fue arrastrada por los cabellos hasta su casa y decapitada en el patio de su mismo palacio. Durante la noche vino la Emperatriz y un aya de Susana, y se llevaron el cuerpo, lo envolvieron en lienzos y lo sepultaron. La Emperatriz cortó los cabellos y algún fragmento de los dedos. Vi que el Papa pronto celebró la Misa sobre el lugar de su martirio y sepultura. El aspecto de Susana era de lineamientos redondos y fuertes; su cabellera negra. Vestía todo de blanco y los cabellos estaban entrelazados sobre la cabeza. Tenía un velo atado bajo el mentón que le cubría la cabeza y que caía por detrás, en dos puntas, sobre las espaldas.
Santa Justina y San Cipriano (*)
He visto a Justina desde la infancia, cuando estaba en el patio de la casa de su padre, que era sacerdote de los dioses. Este patio estaba separado del templo sólo por una calle. En presencia de su aya descendió a una cisterna, en la cual se paró sobre una piedra rodeada de agua. A este lugar conducían entradas subterraneas, donde se alojaban diversas especies de serpientes y de otros animales de horrible apariencia que allí eran alimentados. He visto a Justina tomar, sin temor, una serpiente entre sus manos y otros animales mas pequeños. Los tomaba por la cola y mucho se alegraba cuando se alzaban derechos como velas y contorcían la cabeza de un lado a otro. No le hacían daño y se mostraban familiares y domésticos. Había allí ciertos animales que entre nosotros llamamos cabezas grandes (salamandras), largos como de un pie, que eran empleados en el culto de los ídolos. Oí que Justina oyó predicar en una iglesia cristiana sobre el pecado original y la redención. Se conmovió, se hizo bautizar y convirtió también a la madre. Esta se lo dijo al marido, que estaba muy angustiado por causa de una aparición, y se hizo bautizar juntamente con la madre de Justina. Vivieron luego retirados, con gran piedad. Me llamó la atención especialmente un cuadro. Justina tenía un rostro agraciado, ovalado y cabellos rubios de mucha belleza, relucientes como el oro; los llevaba anudados sobre la cabeza, en trenzas mórbidas como seda, que caían en muchos rizos sobre sus espaldas. Ví que estando ella a la mesa con sus padres comía pequeños panes, y el padre, mirando sus cabellos, le dijo: «Temo, hija mía, que así no te irá bien, sino que, como Absalón, quedarás atada al mundo». Justina se puso muy pensativa al oír estas palabras; no había jamás reparado en este peligro. Se alejó de allí y no sé qué hizo con sus cabellos; pero gastó enteramente su belleza y deterioró sus cejas. Parecían chamuscados con fuego. Así desfigurada paso por la ciudad y se presento a su padre, que apenas la reconoció. Un joven que la amaba, quiso raptarla por fuerza, ya que por otro medio no la podía poseer. Con otros compañeros armados la esperaba escondido tras los muros por donde pasaba un camino solitario. Después que la tuvo en su poder, ella lo rechazó con ambas manos y le ordenó que no se moviera. Por milagro el joven no pudo seguirla hasta que la joven estuvo fuera de peligro. He visto luego a este joven pedir ayuda al mago Cipriano, que con mucho orgullo y confiado en su poder, se la prometió. A Cipriano lo he visto muy metido en sus artes mágicas y de encantamiento, aunque era hombre de ánimo noble y magnánimo. Desde la infancia había sido instruido en la magia; había viajado por paises remotos para aprender más y vivía gozando de gran fama en la ciudad de Antioquia, donde Justina residía con sus padres. Había llegado a tanta audacia en sus artes, que públicamente, hasta en la iglesia cristiana, se burlaba de Jesús. Usando de sus artes mágicas obligaba a veces a la gente a salir de la iglesia. He visto como evocaba al demonio. Tenía en su casa una especie de bóveda, medio sepultada en la tierra con una abertura en la parte superior para dar entrada a la luz. En torno de las paredes había imágenes nefandas de ídolos bajo forma de serpientes y otros animales. En un ángulo había una estatua vacía por dentro, con las fauces abiertas, del tamaño de un hombre y estaba sobre el borde de un ara redonda, sobre la cual se veía un brasero. Cuando Cipriano evocó al diablo, estaba cubierto de un vestido que usaba especialmente en esos casos. Encendió el fuego sobre el altar; leyó ciertos nombres en un volumen; subió al ara y pronunció aquellos nombres, vociferando en las fauces del ídolo. Bien pronto el espíritu infernal apareció junto a él en forma humana, más o menos en apariencia de un servidor. Hay siempre algo de tétrico y de inquieto, como el remordimiento de una conciencia, en los lineamientos de estas apariciones. Vi entonces que el maligno tentó a Justina por dos veces para excitarla al mal, bajo la apariencia de un joven. Se le hizo encontradizo en el peristilo de su casa. Justina se libró del enemigo haciendo la señal de la cruz, y se puso bajo la protección de la misma cruz que hizo en todos los ángulos de su estancia. La vi en la pieza secreta de su casa, de rodillas, orando. Dentro de un nicho de su casa había una cruz y un cándido niño; este parecía estar como en una custodia; la parte superior estaba libre y tenía el niño las manitas cruzadas. Mientras estaba arrodillada avanzó hacia ella un joven con malas intenciones. Entonces apareció, saliendo del muro, una señora de gran majestad, y el joven cayó a tierra aún antes que Justina lo hubiese visto. La aparición desapareció en seguida de la vista. Luego la he visto destruir con un ungüento toda su belleza. He visto también que Cipriano se deslizaba por los muros de la casa echando un liquido contra las paredes. Esto aconteció en un momento en que Justina no estaba en oración, lejos de sospechar ningún peligro. Se sintió fuertemente agitada y comenzo a errar de un punto a otro de su casa; finalmente se refugió en su pieza, ajustó las cruces que había fijado en los ángulos de la pieza y se puso de rodillas, orando, hasta que el encantador tuvo que ceder y retirarse. Cuando Cipriano hizo la tercera tentativa, el tentador se presento bajo la forma de una piadosa virgen que comenzo a hablar de la pureza y virginidad con Justina. Al principio gustó a Justina la conversación de la doncella, pero cuando comenzó a razonar de Adan y Eva y del matrimonio, Justina reconoció al tentador y se refugió al lado de su cruz. Cuando Cipriano supo lo que le había acontecido al maligno espíritu, lo vi decidido a hacerse cristiano. Lo he visto con el rostro postrado en tierra, dentro de una iglesia, y se hizo pisotear por otros que entraban, como si fuese un demente. Sintió un gran arrepentimiento y quemó todos sus libros de magia. Llegó, con el andar de los años, a ser obispo y eligió a Justina como diaconisa. Ella habitaba cerca de la iglesia y se ocupaba de confeccionar y bordar ornamentos sagrados. Mas tarde los he visto martirizados a ambos. Cipriano y Justina pendían de una mano de un arbol curvado a la fuerza y me pareció que habían sido destrozados con agudas puas de hierro. (*) El Kirchenlexikon trae la historia de Justina y Cipriano conforme a las visiones de Ana Catalina. La historia es aprovechada por Calderón de la Barca en «El mágico prodigioso», con algunos arreglos, quedando el fondo histórico conforme al Martirologio Romano y a San Antonino.
San Dionisio Areopagita (*)
He visto al santo en su infancia, cuando era hijo de padres paganos. Feé siempre profundo escrutador de la verdad, y recomendábase siempre a un Dios de naturaleza superior. Fue ilustrado por Dios en sueños por medio de visiones. Lo he visto amonestado por los padres por incuria en el culto de los dioses, y luego encomendado a la enseñanza de un preceptor muy severo. Durante la noche vino una aparición, la cual le dijo que se fugase de la casa, mientras el preceptor estaba entregado al sueño. Dionisio fue por la Palestina, donde oyó hablar mucho de Jesucristo; todo lo escuchaba reteniendo cuanto le decían con avidez.. En Egipto lo vi aprendiendo astronomía en aquel lugar donde había estado la Sagrada Familia. En esta escuela lo vi con otros observando el eclipse de sol que sucedió a la muerte de Jesús. Exclamó: «Esto no es natural; o un Dios muere en este momento o este es el fin del mundo». He visto que su antiguo preceptor fue, animado por una aparición, a ir en busca de Dionisio. Lo encontró y Dionisio fue con él a Heliópolis. Por mucho tiempo no podía comprender la idea de un Dios Crucificado. Después de su conversión, viajó mucho con San Pablo. Estuvo con él en Éfeso para visitar a María Santísima. El Papa Clemente lo envió a París. He visto su martirio. Tomó su cabeza decapitada, entre las manos cruzadas sobre el pecho y con ella fue girando en torno del monte. Los verdugos huyeron espantados. Un vivo resplandor salía del santo. Una buena señora le dió sepultura. Era muy anciano cuando murió. Tuvo muchas visiones celestiales, y San Pablo le manifesto sus propias visiones. Ha escrito magníficos volúmenes, de los cuales muchos se conservan. El libro de los Sacramentos no fue escrito por él en todas sus partes; fue terminado por otro escritor. (*) Natal Alejandro (111-168) trae muchos testimonios de Dionisio Areopagita que concuerdan con lo visto por Ana Catalina. Dice que Dionisio, ya de 90 años de edad, fue a Roma donde lo recibió el Papa Clemente, y enviado a las Galias donde sufrió el martirio. San Amonio añade que había sido instruído durante años por San Pablo. Decapitado, llevó su cabeza — angelo duce et caeleste lúimine praecedente — desde el lugar de Montmatre hasta lo que es hoy la iglesia de San Dionisio.
Santa Úrsula y sus compañeras
Úrsula y sus compañeras fueron masacradas por los Hunos en el 450, a una hora de distancia cerca de la ciudad de Colonia. Otras compañeras lo fueron en otros lugares más distantes. Úrsula había sido suscitada por Dios para preservar de la seducción y del ultraje a las vírgenes y viudas de su tiempo y guiarlas a la celeste esfera de los mártires coronados. Cumplió su misión con maravillosa fuerza y empeño. Se le había dado por guía especial al Arcángel Rafael, y él le manifestó la misión que se le había confiado. La misericordia de Dios no quería que en aquella época de destrucción, tantas vírgenes y viudas que caían indefensas en manos de los bárbaros, a causa de sangrientas guerras, fuesen infelices presas de total ruina espiritual; por eso debieron antes morir como inocentes vírgenes que caer en pecado y perderse eternamente. Úrsula era muy decidida y rápida en sus movimientos; de estatura alta y robusta complexión; su aspecto no era hermoso, pero severo, y sus maneras varoniles. Cuando sufrió el martirio tenía treinta y tres años de edad. La he visto siendo niña en la casa de su padre Deonoto y de su madre Geruma en una ciudad de Inglaterra. La casa estaba situada en una calle larga; tenía escalones delante de la puerta y en la calle una reja de hierro con botones amarillos: era semejante a la casa de Benito, en Italia, que tenía también rejas y canceles de bronce. Úrsula tenía diez compañeras de juego que se reunían con ella todos los días antes y después del medio día para correr en desafío divididas en dos escuadras, dentro de un recinto rodeado de muros; a veces luchaban al parecer apretándose las manos o lanzando a distancia picas o lanzas. No todas estas jovenes eran cristianas; pero Úrsula y sus padres ya lo eran. Úrsula era tenida como guía de sus compañeras y todo lo que hacía con ellas era por sugestión de su ángel Custodio. Los padres consideraban todo esto con alegría. En aquella época Maximiano dominaba la isla de Inglaterra como jefe; era pagano y no sé ahora si era marido de Otilia, hermana mayor de Úrsula, pero sé que Otilia estaba casada, mientras Úrsula se había consagrado al Señor. Vi que un poderoso guerrero y noble Señor se llegó al padre de Úrsula, porque había oído hablar de sus ejercicios, y quería presenciarlos. El padre quedó contrariado y tentó todas las formas de evitar el encuentro. He visto que aquel hombre, a quien el padre de Úrsula no osaba contrariar, se adelantó para presenciar las destrezas de las jóvenes y como quedó admirado de la habilidad y de la presencia de Úrsula, la desease por esposa. Sus compañeras debían ser esposas de su gente de armas y de sus oficiales y debían habitar mas allá de los mares, en tierras aun muy despobladas. Pensé en Bonaparte (Napoleon) que así daba jóvenes por esposas a sus oficiales. He visto la gran turbación del padre y el espanto de la hija cuando supieron la irrecusable propuesta del noble guerrero. Úrsula fue de noche al lugar donde practicaba ejercicios, y allí clamó, en fervorosa oración, al Señor. Se le apareció el Arcángel Rafael y la consoló diciendo que debía exigir para cada una de aquellas vírgenes otras tantas compañeras y pedir un plazo de tres años para ejercitarse en ciertas naves en toda clase de maniobras de agilidad y de lucha. Por lo demás debía tener confianza en el Señor, que la ayudaría para mantener intacto el voto de virginidad. Le dijo también que debía convertir durante esos tres años a todas sus compañeras a la fe cristiana, prometiéndole de parte de Dios su protección. He visto que Úrsula dijo todas estas cosas a su padre, el cual se las comunicó al pretendiente, que consintió en la propuesta. Úrsula y sus diez compañeras obtuvieron entonces a otras diez jóvenes como asociadas y las primeras debían ser las guías de las recién agregadas. El padre les hizo armar cinco pequeñas naves y sobre cada una de ellas había veinte niños con algunos marineros que los instruían en el manejo y adiestramiento sobre cubierta. Practicaba toda suerte de ejercicios sobre sus naves, primeramente en el río, luego en la orilla del mar y finalmente en el mar. Ellas guiaban las naves, se perseguían, se separaban, se pasaban de una nave a otra y hacían otros ejercicios semejantes. He visto que mucha gente acudía a ver el espectáculo de tales destrezas; el padre y el pretendiente miraban desde la orilla y éste especialmente se mostraba orgulloso pensando que tendría con el tiempo por esposa a una mujer tan resuelta y tan digna por su valor de un guerrero como él. Después he visto que aquellas jóvenes continuaron sus ejercicios solas y sin ningún hombre que las ayudase. Solo había quedado Bertrando, el confesor, con otros dos eclesiásticos. Durante este tiempo Úrsula había convertido ya a todas sus compañeras, que fueron bautizadas por los sacerdotes; he visto que su confianza en Dios y su firmeza se habían aumentado esperando que el Señor realizaría las promesas hechas. Había allí hasta niñas de doce años en las naves que se habían hecho bautizar. Otras veces las veía bajar a tierra y proseguir sus ejercicios de marinería. Todo esto lo hacían mezclando preces, oraciones y cantos, con valor y entera libertad. La gravedad y el valor de Úrsula eran sorprendentes. Las jóvenes estaban con vestiduras que llegaban hasta las rodillas. Calzaban sandalias; tenían el pecho defendido, y estaban cubiertas con vestidos ajustados, pero muy esbeltos. Tenían en parte los cabellos sueltos y entrelazados sobre la cabeza; otras llevaban en la cabeza pañuelos que terminaban sobre los hombros. En sus juegos de lucha usaban astas livianas, sin punta. He visto que cuando iban terminando los tres años de plazo aquellas jóvenes eran de un solo corazón y de una sola alma. Cuando después estuvieron a punto de ponerse en viaje para ir a las tierras donde debían ser esposas de los guerreros, y se despidieron de sus padres, Úrsula estaba en oración. Entonces se le puso delante una figura luminosa, la cual le dijo que debía confiar plenamente en Dios; que el Señor había determinado que muriesen todas mártires, como vírgenes puras y esposas suyas; que debía difundir la fe de Cristo por todas partes donde la guiase el Señor y que por su medio muchas otras vírgenes se verían libres de ser deshonradas por los paganos y llegarían como mártires al cielo. El ángel le dijo que ella, con una parte de las compañeras, debía llegar a Roma. Confió todas estas cosas a las otras diez vírgenes que con ella capitaneaban a las demás, y quedaron muy consoladas. Pero vi también que muchas otras vírgenes se mostraban desanimadas y se quejaban contra Úrsula, alegando que como podrían ser esposas de Jesucristo siendo que iban a ser entregadas para esposas terrenas. Ella pasó por todas las naves y les habló del sacrificio de Abraham y de su hijo Isaac, y como Dios intervino maravillosamente en este sacrificio: también Dios iba a intervenir para que pudieran ofrecer una víctima pura y perfecta. Les dijo que las que no se sentían animosas, dejaran las naves: pero todas se sintieron fuertes y permanecieron fieles. Cuando zarparon de las costas de Inglaterra, creyendo que iban a las tierras de sus futuros maridos, he aquí que una tempestad separó las naves de las jóvenes de las que las acompañaban y las llevó hacia las costas de Holanda. No fue posible usar remos ni velas y cuando se acercaron a las costas el mar se levantó en olas muy peligrosas. Cuando llegaron a tierra por primera vez se vieron rodeadas por un pueblo grosero y salvaje, que se apoderó de ellas. Úrsula se adelantó a ellos, animosa, y pudieron volver a las naves, después que les habló con energía. Cuando dejando el mar empezaron a remontar el rio Rin, encontraron una ciudad donde sufrieron angustias y agravios. Úrsula habló en nombre de todas y respondió por todas. Como algunos más osados tentaran poner las manos sobre ellas, éstas se dispusieron valerosamente a la defensa y obtuvieron protección del cielo. Vi que sus opresores quedaron paralizados y nada hicieron en su daño. En el resto del viaje se le asociaron muchas otras vírgenes y viudas con sus hijos. Antes que hubiesen llegado a Colonia fueron muchas veces detenidas e interrogadas por grupos de observadores de pueblos feroces que habitaban en aquellas orillas: con amenazas les preguntaban a donde iban y qué querían. Era siempre Úrsula la que respondía por todas y exhortaba luego a las compañeras a remar y a proseguir el viaje con nuevo ardor. De este modo, incólumes y sin ofensa, llegaron a Colonia. Había aquí una pequeña comunidad cristiana con iglesia, donde se detuvieron por algún tiempo, y las viudas y jóvenes que se les habían agregado quedaron alli permanentemente. Ursula las exhortó a todas a sufrir más bien el martirio como vírgenes y matronas cristianas, que tolerar la violencia de los bárbaros paganos. Las que quedaron se esparcieron por el país y permanecieron fieles a los sentimientos y a las exhortaciones de Ursula. Ella navegó con cinco naves hacia Basilea, donde muchas de sus compañeras quedaron con las naves y ella, con cuarenta personas, entre las cuales iban algunos sacerdotes y guías, se encaminó a Roma. Iban como peregrinos en procesión atravesando lugares desiertos y asperas montañas. Rezaban y cantaban salmos, y donde acampaban Úrsula les hablaba de las castas nupcias con Jesús y de la pura muerte de las vírgenes cristianas. Por todas partes encontraban gente que se asociaba por algún tiempo a ellas, y luego se separaban. En Roma visitaron los lugares de martirios y las tumbas de los mártires. A causa de los vestidos mas bien cortos y de los modos más bien libres a que se habían acostumbrado en sus años de ejercicios, fueron advertidas, y desde entonces se cubrieron con vestidos y mantos mas largos. El Papa León el Magno quiso ver a Ursula: la examinó, interrogándola sobre varias cosas. Ella le confió el secreto de su misión y le manifestó sus visiones y con mucha humildad y obediencia escuchó las exhortaciones del Papa. El Pontífice le dió, con su bendición, muchas reliquias de Santos. En el viaje de retorno se unieron a Ursula el obispo Ciriaco, un sacerdote de Egipto de nombre Pedro, y un sacerdote de la ciudad nativa de San Agustín, nieto de aquel hombre que donó al santo los terrenos donde fundó monasterios, dotándolos de algunas rentas. Estos eclesiásticos acompañaron a Ursula y a sus vírgenes principalmente por motivo de las preciosas reliquias que llevaban. Ursula llevo a Colonia un fragmento de hueso de San Pedro, el cual es reconocido aún por tal, aunque se ignora el origen del mismo. Asimismo llevó reliquia de San Pablo; cabellos de San Juan Evangelista y un fragmento de la vestidura que lo cubría cuando fue metido en la caldera de aceite hirviente. Cuando llegaron a Basilea fueron tantos y tantos los que se le unieron que navegaban en once barcos hacia Colonia. Los Hunos se habían apoderado por entonces de la ciudad de Colonia y todo estaba en la mayor confusion y desorden. Mientras estaban aún lejos de Colonia, el Arcángel Rafael se apareció de nuevo a Úrsula y le anunció la próxima corona del martirio y la instruyó en todo lo que debía hacer; le dijo, entre otras cosas, que se resistiera hasta tanto todas las compañeras fueran bautizadas y convenientemente dispuestas. Úrsula comunicó esta visión a sus compañeras más decididas y fieles, y todas se dirigieron pidiendo auxilio al Señor. Estando ya a poca distancia de Colonia, fueron recibidas con gritos salvajes por tropas de Hunos que lanzaban sus flechas sobre las naves. Remaron navegando rápidamente mas allá de la ciudad, y no hubieran bajado a tierra a no haber dejado allí a muchas de sus compañeras. A una hora de distancia de Colonia desembarcaron y se reunieron en una pequeña llanura entre matorrales y formaron una especie de campamento. He visto que allí muchas de las que habían quedado y otras mujeres se unieron a ellas. Úrsula y los sacerdotes instruíanlas divididas en grupos y las preparaban a la lucha por la fe. He visto a los Hunos acercarse y a sus jefes tratar con Úrsula. Pretendían a la fuerza escogerse a algunas jóvenes y dividírselas entre ellos. Las heroicas jovenes se reunieron y se defendieron: con ellas se habían reunido también muchos habitantes de la ciudad y de los contornos, oprimidos por los invasores. Otros que se habían hecho amigos de las vírgenes que habían quedado en el primer viaje de Ursula, determinaron proteger aquella colonia de jóvenes, y comenzaron a luchar y a defenderse con astas y palos y con toda clase de armas que encontraban a mano. Esta resistencia le había sido ordenada por el ángel a Ursula para ganar tiempo y preparar a todas las compañeras al martirio. Durante la lucha por la resistencia he visto a Úrsula correr por las escuadras dispuestas mas atrás, hablar y orar con gran celo, mientras los sacerdotes bautizaban a las que no eran aun cristianas, ya que para esto se habían agregado muchas jóvenes y mujeres paganas. Cuando estuvieron todas bautizadas y dispuestas al martirio y que los enemigos las habían rodeado por todas partes, cesaron en la defensa y se prepararon al martirio, cantando alabanzas al Señor. Los enemigos comenzaron a herirlas con clavas y a traspasarlas con lanzas. He visto caer una fila entera de vírgenes traspasadas por los dardos de los Hunos, que las habían cercado; entre ellas había una de nombre Edit, de la cual poseo una reliquia. Ursula fue traspasada por una lanza. Entre los cuerpos que cubrían el campo de martirio, ademas de las vírgenes que habían venido de Inglaterra, había muchas mujeres ya doncellas que de varias partes se habían juntado a ellas, como también sacerdotes venidos de Roma y otros hombres, y algunos de los enemigos. Muchas otras fueron masacradas a bordo de las mismas naves. Córdula no había ido con Úrsula a Roma, sino que había quedado en Colonia, donde ganó a muchos a la fe cristiana. Durante la persecución se había mantenido oculta por temor. Luego se presentó y se juntó a las compañeras para ser martirizada. Los Hunos querían a toda costa retenerla a ella como a otras compañeras; pero hicieron tanta resistencia a sus pretensiones, que al fin las ataron las unas a las otras por el brazo, y dispuestas en linea las traspasaron con flechas. Cantando alegremente, como si fueran a las bodas, sufrieron el martirio. Muchas otras se presentaron a los Hunos confesando su fe cristiana y fueron en diversos lugares masacradas. No mucho después, los Hunos se fueron de Colonia. Los cuerpos de los mártires fueron recogidos en el lugar del martirio, llevados cerca de Colonia y sepultados en un recinto. Se hicieron vastas excavaciones, fueron murados muchos subterráneos y las sagradas reliquias, distribuidas ordenadamente, fueron conservadas piadosamente. Los barcos de estas jóvenes eran muy hermosos, muy ligeros, abiertos, con galerías en torno, guarnecidas con banderitas; tenían un mástil y un borde sobresaliente. Para remar las mujeres se sentaban en bancos que servían también para dormir. Nunca había visto barcos pequeños tan bien dispuestos. En la época en que Úrsula partió de Inglaterra, vivían en Francia los santos obispos Germano y Lupo. El primero visito a Santa Genoveva, que había llegado a los doce años de edad. Cuando Germano y Lupo fueron a Inglaterra para luchar contra las herejías, consolaron a los padres de Ursula y de las otras vírgenes. que estaban afligidos por la ausencia de sus hijas. A los Hunos los he visto, en su mayor parte, con las piernas desnudas. Usaban anchos jubones con largas correas de cuero, que les cubrían la parte inferior del cuerpo y largos mantos que llevaban enrollados sobre las espaldas. (*) Alberto Gereon Stein, Parroco de Santa Ursula, Colonia, recogió en su libro Die Ursula und lhre Gesellschaft-Bachem (1879) todos los datos y pruebas sobre la Santa, llegando a las conclusiones siguientes: 1º Úrsula es hija de un rey de Gran Bretaña y conductora de las compañeras; 2° El número de las mártires es de once mil y eran de Gran Bretaña; 3° Fueron martirizadas por los Hunos que entonces devastaban la Germanio, Galia e Italia.