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San Nicóstrato
Aquella reliquia que he señalado con una N es de San Nicóstrato. Era griego de nacionalidad, y fue con su madre y con otros cristianos conducido prisionero a Roma. La madre fue martirizada con otros cristianos, y el hijo, abandonado, recibió una educación pagana. Se hizo escultor y lo he visto trabajando con tres compañeros. Los escultores habitaban en una parte propia de la ciudad donde se veían por doquiera grandes pedazos de mármol en bruto. Trabajaban en vastas y escondidas salas donde la luz venía de lo alto; llevaban a veces capuchones de pieles oscuras para defenderse el rostro de las esquirlas de los mármoles. He visto que Nicóstrato y sus compañeros iban en busca de ciertas cavernas para cavar piedras, donde secretamente vivían escondidos algunos cristianos. Allí conocieron a Cirilo, viejo sacerdote, muy benigno y alegre en el trato. Cirilo tenía algo parecido al dean Overberg. Era con todos muy amigable; bromeaba; no obstante estaba lleno de dignidad, y cuando se presentaba la ocasión sabía ganar a la fe a mucha gente. Los escultores bromeaban a menudo con él y por darle una sorpresa se propusieron esculpir para él una pequeña imagen de la Madre de Dios. Habían sabido algo de la historia de la Madre de Dios, y así ejecutaron una bellísima escultura de una señora cubierta de un largo manto, con velo, y en cuyo rostro se pintaba la aflicción de la persona que busca algún objeto querido. Esta imagen era indescriptiblemente bella y expresiva. La cargaron sobre un carro y Nicóstrato y Sinforiano la transportaron con la ayuda de un jumento hasta donde estaba Cirilo. He aquí, le dijeron, que te traemos a la Madre de tu Dios que busca a su Hijo. Rieron de la gracia y le presentaron la estatua. Cirilo se alegro mucho al ver la artística imagen; les agradeció el regalo y les dijo algo asi como que iba a rezar por ellos para que esa Madre de Dios los buscase también a ellos, y los encontrase, y se convirtiera en verdad lo que habían hecho de broma. Estas palabras graves las dijo sonriendo, con entera bondad, y ellos las recibieron de igual modo, como en broma. Durante el tiempo de vuelta sintieron una extraña conmoción en sus ánimos; pero no osaron hablarse. Vi mas tarde que trataban de hacer una estatua de Venus; pero no sé de qué modo maravilloso resultó que, en lugar de la estatua de la Venus proyectada, hicieron la imagen de una virgen cristiana mártir, muy devota y recatada. Vi que en número de cuatro se hicieron luego instruír y bautizar por Cirilo. Después de esto ya no quisieron hacer mas imágenes de dioses paganos; tan sólo estatuas que no fueran deidades. Se hicieron cristianos fervorosos y señalaban los mármoles que iban a trabajar con la señal de la cruz: los trabajos les salían muy hermosos. Vi que hadan la estama de un joven santo mártir, estando atado a una columna, traspasado por flechas. Vi otra de una virgen, de rodillas delante de un tronco de columna, traspasada por el cuello con una espada. Vi una piedra, semejante a un sarcófago, sobre la cual estaba escu lpido un santo mártir que yacía sobre un trozo de mármol. Vi a un quinto escultor, de nombre Simplicio, que parecía el jefe y que era aún pagano. Oí que les decía: «Os conjuro por el sol que me digais por qué vuestras obras os salen tan bien y artísticas». Ellos entonces le hablaron de Jesús y le dijeron que señalaban los mármoles con una cruz. Conmovido Simplicio por lo que había visto y oído, se hizo instruir y bautizar. El emperador Diocleciano los tenía en gran aprecio por su arte, y cuando supo que se habían hecho cristianos, les mandó hacer un ídolo, que era una estatua de Esculapio. Como no lo quisieran hacer, fueron puestos en la cárcel, conducidos al juicio y martirizados. Un hombre piadoso puso en una caja de plomo los sagrados cuerpos y los escondió bajo agua. Después de algunos dias, de modo maravilloso, salieron a flote, y fueron retirados y sepultados con sus respectivos nombres. Hoy se celebra su fiesta (8 de noviembre de 1821). Creo, sin embargo, que su martirio fue el dia 7 de enero.
Santa Teoctista
Ana Catalina, después de reconocer una reliquia perteneciente a Santa Teoctista, narró lo siguiente: He visto la vida de esta santa virgen, que me era desconocida, durante mi viaje a Tierra Santa. Era de una ciudad de la isla de Lesbos, delante de la cual, sobre una colina, se levantaba una capilla dedicada a la Madre de Dios; pero se veía a la Virgen sin el Niño en los brazos. Había sido trabajada por un santo escultor de Jerusalén, a quien durante la persecución le fueron cortados las manos y los pies. La imagen era semejante a la pintada por San Lucas. Alrededor de esta capilla habitaban en celdas algunas piadosas mujeres. Observaban una regla calcada en la imitación de la Virgen Santísima, como otras que habitaban cerca de Éfeso. Había en aquella colina un Vía Crucis semejante al de la Virgen, junto a Éfeso. Estas piadosas mujeres se ocupaban de educar a niñas pequeñas. Según sus reglas. debían estudiar las inclinaciones naturales de las educandas y luego instruirlas en un género de vida del cual no debían separarse ya. Teoctista había estado entre estas educandas y habría deseado permanecer siempre con ellas. Cuando murieron sus padres y la capilla y el convento fueron destruídos por las guerras, Teoctista se retiró a un convento situado en otra isla. Las religiosas tenían sus celdas en las cavidades de las montañas y vivían según las reglas de una santa mujer, que había reconocido en visión las cadenas de San Pedro. He olvidado su nombre. Teoctista permaneció en aquel convento hasta la edad de veinticinco años. Mientras se dirigía por mar a visitar a una hermana que vivía en otra isla, el buque fue sorprendido por piratas árabes de la isla de Creta, y los viajeros fueron reducidos a la esclavitud. Los piratas llegaron a la isla de Paros, donde había minas de mármoles, y mientras allí discutían el precio del rescate de los prisioneros, Teoctista logró fugarse. Se escondió en una de las cavernas de mármoles, y allí vivió por espacio de quince años, como ermitaña, sin ayuda alguna humana, hasta que fue encontrada por un cazador. Ella le contó su historia y le rogó que le trajese en una cajita o píxide el santo Sacramento, cuando volviese al lugar. Esto era concedido entonces a los laicos, porque los cristianos vivían muy dispersos y no tenían sacerdotes suficientes. Lo he visto después de un año traerle el Santísimo Sacramento. Ella lo recibió como viático, pues murió el mismo día. El cazador la sepultó, no sin antes cortarle una mano, que llevó consigo como reliquia con algunos fragmentos de sus vestiduras. Debido a la reliquia que llevaba consigo pudo hacer su travesía de navegación, muy peligrosa por causa de los numerosos piratas que merodeaban en aquellos mares. Cuando mostró aquella mano al obispo del lugar, hubo que lamentar que no hubiese traído consigo el santo cuerpo.
Santa Cecilia (*)
(22 de Noviembre de 1819) He visto a la santa sentada en una estancia cuadrada de simple apariencia. Tenía sobre sus rodillas una pequeña caja triangular de superficie plana, algunas pulgadas de alto, sobre la cual estaban extendidas cuerdas armónicas que ella tocaba con ambas manos. Su mirada estaba vuelta al cielo y sobre ella se veían resplandores y ciertas formas de ángeles o de niños beatos. Me pareció que ella tenía conocimiento de tales apariciones. He visto a un joven de extraordinaria belleza y dulzura acercarse a ella; parecía mayor; pero se mostraba humilde y sujeto a ella cuando Cecilia le decía algo. Creo que era Valeriano, porque después lo he visto con otro atado a un palo, azotado con varas y decapitado. Esto no sucedió en aquella pista de arena redonda destinada a los mártires, sino en un lugar solitario. He visto el martirio de Santa Cecilia en un patio redondo, cerca de su casa. Su casa era cuadrada y cubierta de un techo de superficie plana, donde se podía pasear como en una azotea. En los cuatro ángulos se veían cuatro globos de murallas. y en el medio había una estatua. En el patio de la parte baja había fuego ardiendo en una caldera, en la cual he visto a Cecilia, con los brazos abiertos y luminosa con su vestidura blanca, adornada de piedras preciosas. Un ángel resplandeciente, con un nimbo rojizo, muy hermoso, le daba la mano y otro tenía suspendido sobre su cabeza un ramillete de flores. Me parece obscuramente haber visto que llevaban allí, atravesando la puerta que daba al patio, y atado. un animal con cuernos, como un toro salvaje, aunque no era igual a estos animales que hay entre nosotros. Sacada de aquella caldera, Cecilia fue traspasada tres veces por el cuello con una espada corta y ancha. No he visto el momento en que era herida, pero he visto la espada. La vi luego, herida, seguir viviendo y hablando con un anciano sacerdote, a quien había visto ya antes en su casa. Más tarde he visto esa pieza muy cambiada, habilitada para iglesia. He visto muchas reliquias suyas y su sagrado cuerpo, al cual habían quitado varias partecitas. En esa iglesia vi celebrar los divinos oficios. Esto es lo poco que puedo recordar de los muchos cuadros que vi de la vida de Santa Cecilia. (22 de Noviembre de 1820). La casa paterna de Cecilia no estaba en el centro de Roma, sino más bien a un lado. Era como la de Santa Inés, con patios, pórticos, columnas y una fuente de agua. Sé poco respecto de sus padres. He visto que Cecilia era de aspecto muy hermoso, dulce y ágil, con mejillas sonrosadas y lineamientos finos y delicados, como María. La he visto entretenerse y jugar con otras niñas en aquellos patios. Casi siempre veía un ángel a su lado, en forma de amable niño, que hablaba con ella, y a quien ella veía, aunque no lo veían los demás. El ángel le había prohibido hablar de sus apariciones con las demás niñas. A menudo he visto acercarse a ella otros niños: entonces el ángel se alejaba de allí. Cecilia estaba en los siete años. La he visto solita en su estancia y al ángel cerca de ella, enseñándole a tocar cierto instrumento; le enseñaba a colocar los dedos sobre las cuerdas y a menudo le sostenía una hoja delante. A veces cargaba sobre las rodillas una caja llena de cuerdas: el ángel estaba delante de ella, en el aire, sosteniendo un rotulo que ella miraba. A veces la veía con un instrumento semejante al violín, que apoyaba entre el mentón y el cuello; con la mano derecha tocaba en las cuerdas y con la boca soplaba dentro de aquel instrumento, por una abertura cubierta de una piel muy sutil. Este instrumento daba un sonido muy dulce. A menudo estaba con ella un joven llamado Valeriano, y también sus hermanos mayores y otro hombre cubierto de un manto largo y blanco, que parecía ser el preceptor. El niño Valeriano tomaba parte en sus juegos y me pareció educado juntamente con ella y destinado también a ella. Un aya de Cecilia era cristiana y por medio de ésta ella conoció al Papa Urbano. He visto a menudo a Cecilia y a sus compañeras de juego llenarse con toda clase de comestibles y frutas los largos pliegues de sus vestidos, que luego llevaban como sacos a sus costados y escondían cubriéndolos con sus mantos. Así cargadas, pero cubiertas con arte, las veía salir una después de otra por cierta puerta. Yo veía siempre al ángel de Cecilia ir en su compañía, lo cual era muy gracioso. He visto a estas niñas ir en el campo abierto hacia un edificio de gruesas torres y muros. Entre las murallas habitaban muchos pobres, y en ciertas cuevas y subterráneos vivían muchos cristianos. No sabría decir si estaban allí escondidos o presos. Parecía que los que habitaban entre los muros de entrada estuviesen puestos allí por los cristianos, para vigilar por los que habitaban en los escondrijos de las ruinas. Las niñas distribuían entre los pobres lo que habían llevado: me pareció que lo hacían guardando secreto, para no ser descubiertas. Una vez Cecilia se ató fuertemente con una faja la túnica estrecha que llevaba en torno de los pies y se deslizó a lo largo de una pared hacia abajo, y penetró en el subterráneo; otra vez penetró. por una abertura redonda, dentro de una especie de cantina donde había un hombre que la condujo adonde estaba San Urbano. Él la instruyó haciéndola leer ciertos rótulos. Ella llevó consigo ocultos algunos de esos rótulos para leerlos en su casa. Recuerdo vagamente que ella fue bautizada en ese subterráneo. He visto una vez al joven Valeriano con su preceptor junto a aquellas jóvenes que se divertían, y vi que Valeriano, en uno de esos juegos, quiso tomar de los brazos a Cecilia, y ella lo rechazó. Valeriano se quejó ante su preceptor, y éste contó lo sucedido a los padres, que castigaron a Cecilia prohibiéndole salir de su cuarto. Allí la he visto con su ángel Custodio que la instruía en tocar varios instrumentos y cantar. Valeriano podía penetrar donde ella estaba y a veces quedaba mucho tiempo allí; pero Cecilia pronto se ponía a tocar y a cantar. Una vez Valeriano pretendió por la fuerza abrazarla; pero el ángel la cubrió de una vestidura resplandeciente y cándida como la nieve. Después he visto a Valeriano conquistado enteramente por Cecilia. A veces lo veía en la estancia de Cecilia, mientras ella se iba adonde se encontraba Urbano. Los padres creían que los dos se entretenían juntos. Vi un cuadro respecto a su desposorio. Los padres de los dos jóvenes y muchos hombres. mujeres, jóvenes y doncellas estaban en una sala con hermosas estatuas. Cecilia y Valeriano estaban adornados de coronas y llevaban vestiduras propias de la solemnidad. Había una mesa mas bien baja, llena de exquisitos manjares. Los padres llevaron a los jóvenes esposos y ambos bebieron de una copa un vino denso y rojo. Se pronunciaron algunas palabras, se leyó algo en los volumenes y se hizo una escritura del acto. Los circunstantes comieron de pie lo que había sobre la mesa. Yo veía siempre al ángel entre Cecilia y Valeriano. Después encamináronse todos hacia la parte posterior de la casa, en solemne procesión, donde aparecía, en medio de un espacio libre, un edificio redondo sostenido por columnas. En el centro se veían, sobre un pedestal, dos figuras estrechándose en apretado abrazo. En esta procesión llevaban una larga hilera de flores pendientes de blancos lienzos que sostenían varias niñitas. Cuando llegaron ante la estatua situada en el templete, he visto que de lo alto descendía la imagen de un niño, que parecía inflado y lleno de viento y que por medio de un artificio se mantenía en el aire: luego descendía y caía poco a poco, de modo que primero se acercaba a la boca de Valeriano para que lo besara y luego a los labios de Cecilia. He visto que el ángel puso la mano delante de los labios de Cecilia cuando aquella figura estuvo cerca de ella. Después los dos esposos fueron enteramente envueltos con la cadena de flores que llevaban las niñas, de manera que las puntas iban estrechándose en torno de los esposos hasta aprisionarlos. He visto que el ángel se había interpuesto entre Valeriano y Cecilia, y no podía aquél acercarse a ella, porque se retiró y no permitió que la cadena se uniese por los cabos. Me pareció que ella le decía algo a él sobre cosas que no podía ver, que ella tenía otro amigo que la defendía y que no debía tocarla. Entonces Valeriano se puso muy serio y preguntó si acaso ella amaba a algún otro de los presentes. Ella contestó que si él persistía en tocarla, el amigo que la acompañaba lo cubriría de lepra, y lo castigaría. El replicó que si ella amaba a otro, el trataría de matarlos a ambos. Todo esto se lo dijeron en voz baja, y los presentes creian que se trataban asi por modestia. Cecilia le dijo que luego le explicaría todo. Después los vi solos en una estancia. Cecilia le dijo que tenía un ángel consigo, y cuando Valeriano deseo verlo, ella le dijo que eso no podía ser, si no se hacía bautizar. Cuando lo envió a Urbano, ya vivían como esposos en otra casa. (*) El Kirchenlexicon dice: El carácter histórico del martirio de Santa Cecilia se vio plenamente confirmado por los descubrimientos de Rossi. San Antonio escribe la historia de la Santa conforme con la vidente. Cuando el Cardenal Sfrondati hizo abrir el sepulcro de la Santa encontró su cuerpo intacto, inclinado hacia el lado derecho como había caído al morir.
Santa Inés
He visto a una graciosa y delicada virgen arrastrada por la soldadesca. Estaba cubierta con un largo vestido de lana de color oscuro y un velo sobre la cabeza, de cabellos entrelazados. Los soldados la llevaron, aferrándola por las faldas, de tal manera que algunas partes de su vestido estaban desgarradas. Mucho pueblo la seguía, entre él algunas mujeres. Pasando a través de una alta muralla y penetrando en un patio cuadrado fue llevada a una estancia, donde no había otra cosa dentro que una caja grande con algunos almohadones. Metieron adentro a la santa virgen, y llevándola de un lado a otro, le arrancaron el manto y el velo. Ella estaba allí como un cordero inocente y paciente en medio de los verdugos, y se movía lista y ligera como un pajarillo. Mientras la empujaban de un lado a otro, parecía que volase. Le quitaron el manto y la dejaron. Inés permaneció entonces en un ángulo de la estancia, envuelta en una blanca túnica sin mangas, abierta a los lados; tenía levantada la cabeza y con las manos alzadas rezaba tranquilamente. Las mujeres que habían acudido tras ella no pudieron entrar en la casa. Algunos hombres de mala catadura aguardaban a la puerta, como si la santa debiese ser entregada a sus desmanes. La vi sangrar del cuello por una herida que había recibido quizás en el camino a la carcel. Primeramente entraron en el recinto dos o tres jóvenes desalmados, que se echaron sobre la delicada virgen y la llevaban de un lado a otro y le arrancaron del cuerpo el vestido semiabierto que la cubría. Vi sangre en su cuello y en el seno; pero no tuvo que defenderse, puesto que en ese momento sus cabellos se desataron y cayeron sobre ella cubriéndola. He visto a un joven luminoso, volando sobre ella, que la envolvió como en un vestido de luz. Aquellos malvados se espantaron y huyeron al momento. Entonces un amante temerario, burlándose de la cobardía de los otros, se precipitó adentro. Quiso apoderarse de ella, pero ella opuso con ambas manos tanta resistencia que lo rechazó. Cayó en tierra, pero se levantó y con mayor furia se arrojó contra ella. La joven Inés lo rechazó con fuerza hasta el umbral y allí el joven cayó inmóvil en el suelo. Ella permaneció firme, y siguió rezando; estaba luminosa y su rostro semejaba una fúlgida rosa. A los gritos del caído acudieron algunos personajes, uno de los cuales era el padre del joven caído. Se mostró irritado y habló de magia; pero cuando oyó decir a la virgen que si él lo pedía en nombre de Jesús, estaba pronta para implorar la vida de aquél infeliz, él se aplacó, y le rogó que lo hiciera. Entonces Inés llamó al muerto, el cual se levantó en seguida y aún vacilante fue sacado de allí. Otros hombres más vinieron contra ella, pero todos, espantados, tuvieron que huir. Después de algún tiempo vi de nuevo acercarse algunos verdugos, que le trajeron un vestido oscuro abierto y suspendido de un lado y un velo ruin, como los que daban a los que estaban destinados al martirio. Ella se revistió, se recogió los cabellos sobre la cabeza, y fue conducida al pretorio. Era un espacio cuadrado circundado de muros y edificios, en los cuales había cámaras y cárceles; en lo alto se podía estar de pie y ver en la plaza abajo. Había allí bastante gente. También muchas otras personas fueron llevadas ante el juez; las sacaban de una cárcel que parecía no estar muy lejos del lugar donde Inés había sido maltratada. Creo que aquellos prisioneros eran un viejo abuelito con dos yernos y sus hijitos: estaban atados juntos con cuerdas y nudos. Cuando fueron presentados al juez, sentado en aquel patio cuadrado sobre un sillón de mármol elevado, también Inés fue presentada y amonestada amigablemente y exhortada por el juez. Luego fueron interrogados y amonestados los otros. Fueron llevados allí solamente para ser examinados y asistir al martirio de otros. Las esposas de estos hombres eran aún paganas. Después que fueron examinados unos tras otros por el juez, fue presentada nuevamente Inés, por tres veces. La virgen fue conducida a un lugar donde había un lugar elevado de tres gradas; allí se alzaba un palo, donde se la quiso atar; pero ella no lo consintió. En torno de ella había una pira de leña a la cual se le aplicó fuego. Vi sobre ella una aparición alada que difundía sobre lla una gran cantidad de rayos luminosos que le servían de escudo y hacían que las llamas se inclinasen hacia los verdugos, que sufrieron mucho daño. Ella seguía ilesa. Entonces otros verdugos la sacaron de allí y la llevaron otra vez delante del juez. De nuevo fue conducida a un cepo de piedra, y se le quiso atar las manos; ella no lo consintió: las tenía juntas sobre el pecho. Vi en lo alto una figura luminosa que la sostenía por los brazos. Entonces un verdugo la aferró por los cabellos, y le cortó la cabeza, como a Cecilia. La cabeza pendía de un lado casi enteramente separada del tronco. Luego su cuerpo vestido fué arrojado al fuego, y los otros examinados fueron llevados de nuevo a la cárcel. Durante el juicio y la ejecucion he visto a algunos parientes y amigos que lloraban desde lejos. Muchas veces me pareció maravilloso que en semejantes martirios nada sucediese de malo a los amigos que tomaban parte en el acto, ayudando o consolando a los mártires. El cuerpo de Inés y sus vestidos no ardieron. He visto su alma, desprendida del cuerpo. volando al cielo cándida y luminosa como una luna. Esta ejecución se hizo, me parece, antes del mediodía, y antes que cayese la tarde los amigos habían retirado el cuerpo de la hoguera y lo sepultaron honrosamente. Muchos asistieron a las exequias, pero cubiertos y ocultos en sus mantos, quizás para no ser reconocidos. Me parece que aquel joven, a quien había hecho levantar, se encontraba en el lugar del martirio, pero aún no se había convertido. Después he visto a la santa, fuera del cuadro general, como una aparición aislada, cerca de mí, de una manera extraordinariamente luminosa y resplandeciente con una palma en la mano. Aquel nimbo de gloria que circundaba toda su persona era internamente rosado y terminaba en rayos de color azul. Ella me consoló amigablemente en mis intensos dolores y me dijo: «Padecer con Jesús y en Jesús, es cosa dulce». Yo no puedo expresar suficientemente cuán grande es la diferencia entre la gente de hoy y los antiguos romanos. Entre ellos no había mezcla; eran de una especie o de otra, simple y absolutamente. Al contrario, entre nosotros todo es tibio, todo embrollado; parecería que en el espíritu nuestro hubiese mil celdillas o escondrijos, de los cuales se derivan muchos otros más.
Santa Emerenciana
He visto un cuadro relativo a otra virgen. Como de noche visitase la tumba de Santa Inés y postrada delante oraba, envuelta en sus velos, y se movía tan secretamente, me recordó a Magdalena cuando fue al sepulcro de Cristo. La he visto sorprendida por los perseguidores de los cristianos, que la espiaban y la condujeron a la cárcel. Vi luego una pequeña iglesia octogonal y sobre ella un altar. En el altar los santos celebraban una fiesta onomástica con alegría infantil, con inocencia y con graciosa elegancia. Una hermosa virgen y mártir fue colocada sobre un trono y adornada de coronas de flores por otros mártires romanos de ambos sexos, todos de los primeros tiempos de la Iglesia. Vi que asistía también Santa Inés, que tenía consigo un corderillo. El Peregrino le dio una reliquia donde estaba escrito claramente: San Mateo, pero Ana Catalina había declarado que pertenecía a Santa Emerenciana. Apenas tuvo la reliquia dijo: ¡Oh, qué amable niña! ¿Y de donde viene tan graciosa criatura? He aquí que viene también una mujer con otra criatura. (Al día siguiente narró): En la pasada noche tuve mucho que hacer con dos amables criaturas y con una sirvienta. Primeramente he visto a un niño de cerca de cuatro años pasar por la puerta abierta de un muro que de la parte interna se abría hacia una columnata. Después vino una mujer de cierta edad, de nariz aguileña, que salía de casa; tenía la fisonomía de una hebrea, cubierta de un vestido largo y alrededor del cuello un collar con partecitas muy menudas y en el pulso adornos que parecían manípulos. Una niñita que la vieja llevaba de la mano parecía de cinco años y medio. Llegó con ella hasta la columnata y allí los niños comenzaron a jugar. Las columnas de este lugar de reunión que se levantaban en medio eran redondas, con capiteles de hojas talladas, rodeadas de imágenes o bajorrelieves en forma de serpientes, que en el extremo superior mostraban una bella figura humana que miraba hacia abajo. Las columnas de los ángulos eran cuadradas y en ambos lados internos mostraban largas figuras fantásticas, en la cumbre como cabezas de bueyes esculpidas y debajo tres aberturas redondas puestas una sobre la otra, y abiertas precisamente en el ángulo. El muro posterior estaba interrumpido por pilastras y en un punto de este muro había un balcón que salía hacia afuera donde se podía estar cómodamente y al cual conducían algunas gradas. En el centro había algo como un tabernáculo abierto, donde parecía que se podía extraer algo oculto en el muro. En torno se veían asientos que formaban la parte posterior de la columnata. Debajo y alrededor de los asientos había escondrijos donde los niños ponían sus juegos. La sirvienta se sentó sobre uno de ellos. Los dos niños llevaban túnicas de malla, largas camisas sostenidas con cinturón. Vinieron otros muchos niños del vecindario y comenzaron sus graciosos juegos, especialmente en torno de aquel tabernáculo que hacían girar y donde tenían recogidos sus juguetes. Estos consistían en muñecos hechos con mucha arte, guarnecidos de hilos que los niños tiraban, haciendo mover los miembros. Saltaban los niños por las gradas que conducían al tabernáculo y se posaban sobre el plano del balcón. Tenían pequeños vasos y utensilios, y jugaban alrededor de los asientos y ponían debajo sus utensilios en cavidades semicirculares. Yo tomé a una de las niñas y la coloqué atravesada sobre las rodillas, pero no quiso estarse quieta y se retorcía; me turbé y creí no ser digna de tenerla en mi regazo. Después, los otros niños se fueron a casa y la sirvienta entró por la puerta con los dos niños, atravesando un patio y subiendo un piso más alto a una estancia donde estaba la madre de uno de aquellos que parecía leer ciertos folios. Era una mujer de apariencia robusta, vestida con hábito de pliegues, de andar lento y arrastrado, de aspecto severo; no usaba mucha familiaridad con los niños: no los acariciaba; pero les hablaba y les daba alimentos y pequeñas figuras de colores. En aquella estancia había sillas plegadizas con almohadones con un solo manubrio. Los almohadones eran de pieles oscuras y de lana. El techo y las paredes de la estancia estaban llenos de pinturas; en las ventanas no había ni vidrios ni cristales: estaban entretejidas por unas redes donde se veían figuras diversas. En los ángulos de la cámara había estatuitas sobre pedestales. Aquella dama parecía que se ocupaba mucho menos aún del niño extraño que del suyo. Vi a la sirvienta ir con los niños a un pequeño jardín, en el centro del edificio, como un patio. Alrededor había estancias y en el medio surgía una fuente. En este jardín se divertían los niños y comían de los frutos que allí había. No he visto al padre de esta familia. Después he visto otro cuadro; vi a estas dos niñas ya crecidas. Estaban solas y oraban. Oi una voz interna que me decía que la sirvienta era secretamente cristiana y vigilaba los pasos de las niñas. La he visto reunirse secretamente con otras vírgenes en una de las pequeñas casas, construidas lateralmente al gran palacio. De noche algunas personas se aproximaban sigilosamente a los muros del palacio, en el interior del cual dormían aquellas mujeres y que tomando algo del agujero de la pared daban una señal a las moradoras, las cuales, despertadas, se levantaban y salían. La sirvienta las acompañaba por un corredor hasta que se viesen fuera y ella quedaba dentro. Las he visto cubiertas con sus mantos, con otras, junto a un muro antiguo y penetrar en un espacio subterráneo donde muchos ya se hallaban reunidos. He visto dos espacios de esta clase: en uno no había altar alguno; allí se enseñaba y se oraba solamente; en el otro había un altar sobre el cual deponían una ofrenda los que iban llegando. He visto a las dos niñas ir ocultamente a estos subterráneos y asistir a estas secretas asambleas de los cristianos. Me encontré otra vez delante del palacio donde he visto a las niñas jugando y deseé ardientemente verlas de nuevo. Vi entonces a un niño que había participado en sus juegos y lo envié a casa para que le dijese a la sirvienta que saliese fuera con las niñas. Vino y traía a Inés en sus brazos; era todavía una niña lactante de año y medio. Me dijo, empero, que la otra niña no estaba. Le dije que ciertamente vendría sin tardanza. Vino conmigo a la sombra de un tilo y la otra niña me fue traída por una joven que salió de otra casa más pequeña del vecindario. Las dos sirvientas no quisieron permanecer allí mucho tiempo porque tenían que hacer, y yo les rogué encarecidamente que me dejasen un rato a las niñas. Ellas consintieron y se fueron a sus casas. Yo tenía a aquellas niñas sobre mis rodillas y las acariciaba; pero pronto se volvieron inquietas y comenzaron a gritar. Nada tenía para aquietarlas, y como me encontré en grande apuro, las estreché a ambas contra mi seno, y se aquietaron. Extendí sobre ellas un gran manto que llevaba y sentí con gran estupor mío que ellas recibían realmente alimento de mi seno. Luego volvieron las sirvientas y les entregué a las niñas, y pronto aparecieron las dos madres. Aquella de Emerenciana era pequeña de estatura, mas vivaz y noble y más simpática. Llevó por si misma la niña a casa, mientras la otra hizo llevar la suya por la sirvienta. Sentí entonces com espanto que mi seno se había hinchado con el mamar de esas criaturas; sentía ardor y opresión y estaba llena de inquietud. Me decidí a volver a casa; pero a mitad de camino, se vinieron a mi dos pobres niños que yo conocía y haciéndome sufrir mamaron de mi seno, y tras ellos vinieron otros y otros, que hicieron lo mismo; sobre estos había una cantidad de insectos que quité de ellos, de modo que a un tiempo los alimenté y los dejé limpios y aseados. Me encontré aliviada de mi angustia y pensando que todo esto me había sucedido por tener esas reliquias en mis manos, las repuse nuevamente en el armario.
Santa Ágata (*)
La noche pasada estuve en aquella ciudad donde he visto una gran revolución (Palermo). He visto aún mucha desolación y devastaciones en las iglesias y en las casas particulares, como también una grande y curiosa fiesta religiosa. En la iglesia colgaban de los muros tapetes y en el centro pendía de lo alto una especie de tienda, como se acostumbra entre nosotros, que se llama la tienda del hambre o del ayuno en tiempo de Cuaresma. He visto en la plaza un gran fuego como el de la algazara de San Juan y he visto que los sacerdotes iban hacia el fuego en procesión, llevando un tapete. Era una fiesta muy solemne, con muchos preparativos y mucha pompa. El pueblo allí muestra siempre tanto ardor y celo para estas cosas; mientras tanto, no dejan de darse bastonazos y de pelearse unos con otros. En la iglesia había mucha pompa y esplendor. Durante la Misa he visto presente a Santa Ágata con muchos otros santos. He visto que fue martirizada en Catania. Sus padres habitaban en Palermo; su madre era secretamente cristiana y su padre era pagano. Su madre la instruía desde pequeña, a escondidas, en el Cristianismo. Tenía dos ayas y desde pequeña gozaba de familiaridad con Jesús. La he visto a menudo sentada en el jardín, teniendo a su lado un niño todo resplandeciente de belleza que con ella jugaba y hablaba. He visto que ella le preparaba un asiento en la hierba, y como sentada con él, con las manos juntas sobre el pecho, lo escuchaba con toda atención y reflexión. La vi jugar con varitas y con flores y como aquel niño crecía poco a poco junto a ella. A medida que ella crecía, él se presentaba de mayor estatura, pero únicamente cuando estaba ella sola. Creo que ella lo sabía, porque la he visto preparar diversas cosas en relación con la presencia del niño. La he visto crecer maravillosamente pura y fuerte, decidida de ánimo. Es imposible decir como estas cosas se ven: es como si se viese algo volverse cada vez mas espléndido y magnífico; como si un fuego se hiciese un sol, un esplendor se volviese una estrella y el oro se hiciese más oro y más brillante. He visto también cómo ella cooperaba extraordinariamente, cómo constantemente removía de sí aún la mínima impureza e imperfección y cómo se castigaba cualquier descuido. Cuando de noche se disponía a descansar, estaba junto a ella el ángel custodio, muchas veces visiblemente, le recordaba alguna cosa que se hubiese olvidado y ella se apresuraba en seguida a ejecutarla; esto consistía en oraciones, limosnas o en cualquier otra obra de caridad, de pureza, de humildad, de obediencia, de misericordia o alejamiento del mal bajo cualquier forma. La he visto frecuentemente, aun siendo niña, desaparecer secretamente del lado de su madre para dar limosnas y alimentos a los pobres. Era tan magnánima y tan amante de Jesús que la he visto combatirse continuamente: en cualquier apetito de tentación o de la más pequeña falta, se flagelaba y se hería. En todo se mostraba liberal y valerosa, de un ánimo muy sincero. He visto que siendo de ocho años de edad fue llevada con muchas otras niñas en una carroza hasta Catania. Esto sucedió por voluntad de su padre, que la quería educar con mas libertad y paganamente. Fue allí entregada a una mujer muy libertina, que tenía cinco hijas. No puedo decir que fuese aquella una casa de mala vida, según el común sentir, como he visto en aquellos tiempos; pero la matrona me pareció una mujer de mundo, de modales muy libres y coqueta. He visto a Ágata habitar allí por mucho tiempo. Aquella casa era muy hermosa y cuanto había dentro era precioso, pero no podía salir con entera libertad. La he visto la mayor parte del tiempo con otras niñas alegres, en un espacio delante del cual había un estanque en el cual se espejaba el palacio entero, cerrado y guardado de la otra parte. Aquella mujer y las cinco hijas se dieron todo imaginable trabajo para sacar a Ágata de sus hábitos de virtud. La he visto pasear con ellas en graciosos jardines y mostrarle toda clase de elegantes trajes; pero Ágata era siempre igual y desdeñaba todas estas vanidades. También vi aquí al celeste Niño junto a ella, la cual se volvía siempre mas seria y mas firme en sus propósitos. Se había convertido en una esbelta joven, no muy alta, pero perfecta. Tenía cabellos negros, grandes ojos negros, nariz perfecta, un rostro ovalado y un modo de ser dulce, pero firme, y una expresión maravillosa en el semblante, que venía de la fuerza y generosidad de su espiritu. He visto que la madre murió de dolor por la ausencia de su hija. En casa de aquella mujer he visto a Ágata luchar del modo más perseverante contra las inclinaciones de la propia naturaleza y contra toda seducción. Un tal Quinciano, que más tarde la hizo martirizar, venía frecuentemente al palacio. Era un hombre casado, pero no podía soportar a la propia mujer. Inspiraba repugnancia; era muy vulgar en sus modos y altanero. Daba vueltas por la ciudad, espiaba todo y fastidiaba y atormentaba a la gente. Lo he visto en la casa de aquella mujer y he visto que de vez en cuando miraba de soslayo a Ágata, con el mirar propio del que ve algo que le agrada. No se permitió ningun inconveniente. Por lo demás, he visto que con Ágata estaba el celestial Esposo, sólo visible para ella y entendí que decía: «Nuestra esposa es pequeña; no tiene senos, y cuando los tenga, le serán quitados. puesto que nadie hay aquí que los pueda vaciar». El celestial Esposo dijo esto mirando a Ágata, y esto significa que aquí hay aún pocos cristianos y pocos sacerdotes. He visto también que le fueron mostrados por su celestial Esposo los instrumentos de su martirio; creo aún mas: que se puso en cierto modo a divertirse con esos instrumentos. Más tarde la he visto de nuevo en su ciudad natal, cuando su padre ya no vivía. Tenía trece años de edad. Profesaba públicamente la fe Cristiana y tenía en torno de sí a muy buena gente. La ví sacada de su casa por gente que Quinciano había enviado desde Catania, y saliendo de la ciudad se ató mas estrechamente sus sandalias. Entonces, volviéndose hacia atrás, vió que todos sus amigos la habían abandonado y habían entrado de nuevo en la ciudad. Rogó al Señor que dejase memoria de esta ingratitud y al punto se levantó allí un olivo estéril e infructuoso. La ví de nuevo junto a aquella mala mujer, como también la aparición de su celestial Esposo, que una vez le dijo: «Cuando la serpiente, que nunca había hablado, habló, Eva debió darse cuenta que era el diablo». He visto también como aquella mala mujer tentaba de todos los modos para seducir a Ágata a fuerza de lisonjas y de placeres, y entendí que Ágata le aplicaba las enseñanzas de su celestial Esposo, puesto que cuando aquella mujer mundana quería persuadirla para darse a una vida relajada, ella le dijo: «Tu carne y tu sangre son criaturas de Dios, como lo era la serpiente: pero el que ahora habla en tu carne, es el diablo». Vi las intrigas de Quinciano con esta mujer y conocí muy bien a dos de sus amigos. Más tarde he visto a Ágata metida en la cárcel, ser examinada y azotada. Después le cortaron los senos con un instrumento que parecía una planta de adormidera: un verdugo la sujetaba y otro le arrancaba los senos. Este instrumento estaba hecho de tal manera que abriéndose en tres partes, como si se abriera la boca humana, y luego cerrándose, desgarraba y llevaba consigo los senos que estaban dentro encerrados, de una dentellada. Los verdugos tuvieron la desvergüenza de ponerle ante los ojos los senos arrancados y luego se los arrojaron a sus pies como sobre una mesa. En medio de estos martirios Ágata dijo a Quinciano: «¿No te horrorizas tu de arrancar de una criatura humana esos senos que sirvieron a tu madre para nutrirte?» Por lo demás se mostraba fuerte y tranquila, y añadió: «Mi alma tiene senos mas nobles, que tu jamás podrás arrancar». He visto que esos senos eran pequeños porque apenas estaba Ágata en edad de pubertad. Las heridas eran redondas y no había ninguna otra herida; la sangre manaba de pequeños poros, como de fuentecillas. He visto a menudo usar este instrumento en los martirios; con él arrancaban pedazos enteros de carne de los cuerpos de los mártires. Es admirable la fuerza y la ayuda que ellos reciben de Jesús. A menudo lo veo a Él mismo junto a los mártires y darles ayuda: no caen desmayados en los casos en que cualquier otra criatura caería desvanecida. He visto después a Ágata en la cárcel, donde se le apareció un santo viejo que le dijo que quería sanarla y restituirle sus senos. Le respondió que jamás había usado medicinas humanas, que tenía a Jesús, quien podía sanarla si Él quería. El otro dijo: «Soy un viejo cristiano, no tienes que tener vergüenza de mí». Mas ella respondio: «Mis heridas nada tienen que puedan ofender la pureza; Jesús me sanará si Él lo quiere: ha creado el mundo y puede crear también mis senos». Entonces aquel anciano sonrió y dijo: «Yo soy tu siervo Pedro; mira: tus senos están ya curados». Y desapareció. He visto después como un ángel ataba en la parte superior de su cárcel una banda en la cual estaban escritas estas palabras, pero ya no sé cuál era su sentido. Ágata se encontró con ambos senos perfectamente sanos, como los había tenido antes. No era aquello una simple cura de la epidermis, sino que eran senos nuevos y perfectos. En torno de ellos veía yo un nimbo de luz y el circulo interno de este nimbo estaba lleno de radiosos rayos de luz coloreados con todos los matices del arco iris. Después vi a Agata conducida de nuevo al martirio. En un subterráneo de boveda había como braseros, en los cuales se encendían carbones: eran profundos como cajas y en el fondo cubiertos de hierros agudos. Había muchas de estas cajas, porque a veces eran muchos los martirizados a la vez; estaban algo separadas. Debajo de estas cajas serpenteaban las llamas; de modo que los que eran colocados allí dentro se abrasaban con el fuego sobre las agudas puntas. Cuando Ágata fue echada en una de esas aberturas, se hizo sentir un terremoto muy grande; un muro se desplomó y aplasto a dos de los amigos de Quinciano. Se originó una agitación popular y Quinciano huyó. La mártir fue de nuevo sacada de allí y llevada a la cárcel, donde murió. Después he visto que Quinciano moría miserablemente, ahogado en un rio, mientras estaba de viaje para apropiarse de los bienes de Santa Ágata. Luego ví que un volcán vomitaba fuego y lava y que la gente, para salvarse de aquel líquido ardiente, se refugiaba junto a la tumba de Ágata. Pusieron la tapa del sepulcro de la santa contra la lava y ésta se detuvo y se apagó el volcán. (*) El autorizado Diccionario Eclesiástico (Kirchenlexikon) dice: «Las actas recogidas por Los Bolandistas sobre el martirio de Santa Agata, exceptuadas algunas añadiduras, son muy antigüas y dignas de todo crédito. San Antonio (VI-6-5) trae las mismas palabras. Sólo hay una diferencia explicable: Afrodisia aparece con siete hijas, porque cuenta entre ellas quizás a las mujeres de la servidumbre. La vidente sólo ve cinco. Santa Ágata es patrona de Sicilia. Su velo se venera en Catania como preciosa reliquia, protectora comra las erupciones del Etna.