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Resurrección de un pecador
A una hora al Este estaba la casa de un jefe de pastores, que había muerto de repente no lejos de su casa. La mujer y los hijos estaban en la mayor aflicción. La familia envió mensajeros a Jesús y a la gente del lugar invitándolos al entierro. Jesús fue allá con sus tres jóvenes, con Salatiel y su mujer y otras personas más, unas treinta. El cadáver estaba pronto para ser llevado, puesto bajo un emparrado de plantas delante de la casa. Este hombre había muerto en castigo de sus pecados: oprimía a los trabajadores, y como algunos de éstos se fueron del lugar, se apropió de sus objetos. Precisamente ahora acababa de apoderarse del campo de un colono, y le sobrevino el castigo. Delante del cadáver habló Jesús diciendo que ahora nada le aprovecha su cuerpo, su casa que debió pagar, sus campos. Dijo que había amontonado deudas pesadas sobre su alma, por causa de su cuerpo, deudas que ahora ya no podía satisfacer. La mujer del hombre estaba sumamente triste y decía: “El Rey de los Judíos de Nazaret podría resucitar a los muertos... ¡Si Él estuviera aquí!» Jesús dijo: «Sí, el Rey de los Judíos lo puede hacer; pero se lo persigue porque lo hizo y lo quieren matar a Él, que da la vida… y no lo quieren reconocer como el Mesías”. Dijeron todos: “Si Él estuviera entre nosotros, lo reconoceríamos por Mesías”. Jesús quiso ponerlos a prueba. Les habló de la fe: si ellos creían en ese Rey de los Judíos, Él podría ayudarlos. Luego separó a la familia del difunto, a Salatiel y a su mujer, y a los demás los mandó que volviesen a sus casas. Habló con la mujer, la hija y el hijo del difunto. La mujer dijo, antes que Jesús alejase a los demás: “Señor, Tú hablas como si fueses ese Rey de los Judíos”. Jesús le indicó que callara. Cuando se hubieron alejado los demás, dijo a los presentes que si escucharan sus enseñanzas, creyeran en Él y le siguieran, callando lo que iba a suceder, el muerto volvería a la vida, pues su alma aún no ha sido juzgada y está en el campo donde murió y se apropió de lo ajeno. Ellos prometieron de corazón obediencia a sus enseñanzas y callar el hecho, y Jesús se encaminó al campo donde había muerto el hombre. Yo he visto el estado del alma del difunto. La vi sobre el lugar de su muerte, en un circulo, en una esfera donde se le mostraban cuadros de todos sus pecados, y todas las consecuencias que de esos pecados se derivan; y esto consumía y devoraba de pena a esa alma. He visto también todos los castigos que debía sufrir por sus pecados, y recibió en ese estado una vista de los dolores de Jesús satisfactorios de las culpas cometidas. Mientras esa alma estaba asi desgarrada por el dolor y pronta para entrar en el castigo, Jesús oró y llamó a esa alma, con el nombre Nazar, que así se llamaba el hombre, para que volviera a entrar en su cuerpo. Dijo a los presentes: “En cuanto lleguemos encontraremos a Nazar sentado y con vida». Yo vi las palabras de Jesús y a esa alma volar al cuerpo, estrecharse la esfera y entrar en su boca; vi al hombre levantarse al punto y sentarse en su cajón. Yo veo siempre al alma humana como posando sobre el corazón, de donde parten infinidad de hilos o líneas a la cabeza. Cuando Jesús volvió con sus acompañantes a la casa, encontraron a Nazar, envuelto en las telas de la sepultura, con las manos atadas, sentado en su cajón. Su mujer le desató las manos, y él se levantó del cajón, se echó a los pies de Jesús y quería abrazar sus rodillas. Jesús se apartó, le mandó que fuese a lavarse, a purificarse y a mantenerse oculto en la casa, hasta que Él se alejase, y a no hablar de su resurrección. La mujer lo llevó a un lugar oculto de la casa donde se lavó y se vistió. Jesús con Salatiel y los tres jóvenes tomaron algún alimento, y permanecieron en la casa. El sarcófago fue guardado en el sótano. Jesús enseñó allí hasta entrada la noche. Al día siguiente Jesús lavó los pies a Nazar y lo amonestó a cuidar más de su alma que de su cuerpo y a reparar todas las injusticias. Hizo traer a sus hijos, les habló de la bondad de Dios, que su padre había experimentado, los exhortó al temor de Dios, los bendijo y los llevó ante sus padres. También a la mujer la llevó ante el marido y le dijo que lo tuviera como un hombre nacido de nuevo y que vivíesen más austera y honestamente. Habló muchas cosas sobre el matrimonio con las comparaciones de la viña y de los sembrados. Se volvió a Salatiel y le dijo: “Tú te has movido por la belleza exterior de tu mujer. Piensa cuán bella y preciosa es un alma, por la cual Dios mandó del cielo a su Hijo, para que con los dolores y muerte de su cuerpo se salvaran las almas. Quien cuida su cuerpo, descuida su alma. La belleza despierta la pasión y la pasión echa a perder el alma. La incontinencia es como una planta parásita y trepadora, que ahoga el trigo y es vicio”. Así les habló del trigo y de la vid, y que debían arrancar especialmente dos clases de plantas parásitas del trigo y de la vid. Por último les avisó que el Sábado estaría en Kedar, donde enseñaría en la escuela, donde podrían oír cómo hacerse partícipes de su reino y cómo seguirle a Él. Como le preguntaran por qué quería ir adonde estaban los paganos, que adoran a las estrellas, contestó que tenía allí amigos que siguiendo una estrella fueron a saludarlo cuando Él nació. A éstos quería Él visitarlos e invitarlos a entrar en la viña y en el reino de su Padre y prepararles el camino para ese reino. En Kedar se había reunido una gran muchedumbre en torno a Jesús. Entonces sanó también públicamente a muchos enfermos. Algunas veces, pasando al lado de los enfermos, les decía sólo: “¡Levántate y sígueme!”. Y ellos se levantaban sanos. La admiración y la alegría de todo el país se hizo tan extraordinaria, que si Jesús no se retiraba se hubiese producido un levantamiento general en su favor. Salatiel fue con su mujer a Kedar, donde Jesús les habló de nuevo sobre su estado, diciéndoles cómo debían conducirse en todos los casos para llegar a ser una vid noble que diera tales frutos que pudiesen sus hijos ser un día discípulos de los apóstoles y de los mártires. Les recomendó la pureza de costumbres, la oración, la mortificación y la absoluta continencia después de la concepción. Les habló de la recíproca confianza y de la obediencia de la mujer: que el hombre no calle cuando ella pregunte; que el hombre honre y cuide a su mujer como a un ser más débil delicado; que el hombre no desconfíe por ver que ella habla con alguno, ni ella tenga celos por ver que el hombre trata con otra mujer; que ambos traten de no ser ocasión de escándalo; que no admitan entre ellos a una tercera persona en sus tratos sino que deben hablarse directamente. Dijo a la mujer que fuera una piadosa Abigail. Les señaló una región buena para sembrar trigo. Les mandó hacer un cerco en torno del viñedo, entendiendo la observancia de sus avisos. Antes de abandonar a Kedar habló largamente en la sinagoga, declarando en general varias enseñanzas que había dado en particular. Habló de la caída del primer hombre, en modo sencillo, claro y con imágenes, de la progresiva corrupción de los hombres; de la misericordia de Dios, que eligió al pueblo hebreo, y de todo lo hecho hasta la Virgen Santísima, del misterio de la Encarnación y de la renovación de lo caído en el Hijo de la Virgen hasta sacar al hombre de la muerte a la vida eterna. Se llamó a Sí mismo “el grano de trigo que debe ser enterrado para resucitar». Ellos no entendieron esto. Les dijo que procurasen seguirlo no sólo en este corto camino, sino hasta el último juicio. Les habló de la resurrección de los muertos y del Juicio final: que vigilasen. Refirióse al siervo inútil: el juicio viene como el ladrón, por la noche; en cada momento puede venir la muerte. Ellos, los ismaelitas, son los siervos; sean fieles; Melquisedec fue su figura: su sacrificio fue de pan y vino; en Él será su carne y su sangre. Al fin les dijo que Él era el Salvador. Muchos, entonces, se volvieron algo esquivos y retraídos; otros, al contrario, más consolados y animosos. Les recomendó el amor mutuo, la compasión y la participación en el dolor y en la alegría común, como miembros de un mismo cuerpo. En esta enseñanza estaban presentes algunos paganos de la otra parte de la ciudad, que escucharon desde cierta distancia. Habían sido hasta entonces muy contrarios a los judíos: ahora se acercaron a ellos y les preguntaban muchas cosas de Jesús, de sus enseñanzas y de sus milagros.
Jesús llega a la primera ciudad de los Magos
Cuando Jesús abandonó con sus tres jóvenes a Kedar, le acompañaron un trecho el jefe de la sinagoga Nazor, descendiente de Tobias, Salatiel, el joven Tito y Eliud. Pasaron el río a través de la ciudad pagana, donde se celebraba una fiesta de ídolos y se ofrecía sacrificios. El camino llevaba hacia el Oriente, luego al Sur, entre dos barrancos, a veces entre paganos, a veces entre campos judíos: había una arena amarilla y piedrecitas blancas. Cuando llegaron a un lugar verde, donde había una tienda grande y otras más pequeñas, entre palmeras, se despidió Jesús de sus acompañantes, los bendijo y siguió hasta las tiendas de los magos o astrólogos. El día iba cayendo cuando llegó Jesús junto a un hermoso pozo en una pequeña hondura, rodeado de un vallado, donde había un instrumento para sacar agua. Tomó agua y se sentó junto a la fuente: los jóvenes le lavaron los pies y Jesús a ellos. Era una escena conmovedora. En esta pradera había palmeras, prados y grupos de tiendas desparramadas. Se veía sobresalir de la comarca una torre, alta, como una pirámide, más o menos como una iglesia. De vez en cuando salía alguno a mirar con recelo a Jesús y a sus acompañantes, pero nadie se acercó. No lejos del pozo se levantaba la tienda mayor que tenía varios pisos en forma de torres pintiagudas y se componía de tiendas unidas y cubiertas con cueros, artísticamente arregladas. Salieron de la tienda principal cinco hombres con ramas al encuentro de Jesús. Cada uno tenía una rama con una fruta diferente: uno tenía hojas amarillas y frutos, otro bayas coloradas, otro una palma, otro una vid con hojas y el quinto traía uvas. Vestian túnicas hasta las rodillas y arriba otro vestido de lana de fina trama. Eran de rostro blanco, barba corta y negra y cabellera larga y rizada. Sobre la cabeza llevaban una especie de mitra. Vinieron contentos al encuentro de Jesús, lo saludaron y lo invitaron a entrar en la tienda, mientras le ofrendaban las ramas que traían. A Jesús le dieron la rama de la vid y el que los guiaba tenía otra en su mano. En la tienda se acomodaron sobre grandes almohadones que tenían delante adornos de borlas. Les ofrecieron frutas. Jesús habló poco. Luego los llevaron a otra tienda, donde había cierto número de divisiones con poltronas para descansar. En el centro estaba instalado el comedor. En el medio de la sala se levantaba una columna que sostenía el edificio, artísticamente adornado de hojas, frutas, vides y, entre ellas, cabecitas tan expresivas que parecían naturales. Pusieron delante del Señor una mesita baja, extendieron una alfombra con figuras de hombres en diversas actitudes y pusieron encima recipientes y comestibles. Las paredes interiores estaban cubiertas de colgaduras y telas. Cuando estuvieron acomodados Jesús y sus tres jóvenes, les ofrecieron unas tortas, que en el medio estaban más prensadas, frutas y miel. Ellos se sentaron con las piernas cruzadas en torno de sus mesitas sobre las cuales había fuentes. Servían a sus huéspedes turnándose. Delante de la tienda, afuera, estaban los criados que preparaban y ordenaban los alimentos que llevaban adentro. Los he visto ir a una cocina y traer unas aves que estaban asándose sobre asadores. Esta cocina era una especie de hogar, y se veía salir el humo por la parte superior. Las aves las traían arregladas artísticamente: se veían como cubiertas con plumas cual si fuesen vivas. Después de la comida los acompañaron a los dormitorios, y como vieran que Jesús lavaba los pies a los jóvenes que le habían lavado a Él, se quedaron mirando llenos de extrañeza. Jesús les habló sobre estas muestras de afecto de unos a otros y dijeron que querían hacerlo también ellos en adelante. Después vi que los cinco hombres fueron a un templo en forma de pirámide de base cuadrada: no era de piedra, sino de materia liviana, madera y cuero, y por fuera tenía escalones para subir a la cúspide. Los hombres vestían mantos más largos detrás que delante, con cintas que colgaban por detrás desde los hombros. El templo estaba edificado en una hendidura, alrededor de la cual habia gradas y asientos. El recinto estaba circundado por un vallado, de tanto en tanto cortado para el acceso y todo cubierto de plantas verdes. He visto sentadas como a cien personas en torno de la pirámide: las mujeres detrás de los hombres, más atrás aún las doncellas y por último los niños. En los diversos pisos de la pirámide había globos que se iluminaban imitando astros y estrellas. No pude ver cómo hicie ron eso. Estaban las luces en el orden como suelen verse las constelaciones. En el interior del templo había muchas personas, y en el medio una columna muy alta de la cual salían maderas sosteniendo diversas luces que iluminaban los globos, que por el exterior brillaban como estrellas. En el interior había una luz agradable como la de la luna y toda la techumbre se veía llena de estrellas, la luna, y encima de todo la figura del sol. Todo estaba artísticamente combinado y daba la impresión de estar mirando el cielo en una noche estrellada. También vi en torno de la columna tres ídolos: uno como un hombre con cabeza de pájaro con un pico grande y retorcido, donde le metían toda clase de comestibles y aves, cosas que caían afuera por la parte baja. El otro ídolo tenía cabeza como de buey, y estaba sentado como un hombre contrahecho. Sobre sus brazos ponían aves, como se ponen a las criaturas. Tenía agujeros en el cuerpo, de donde salía fuego: delante de él había una mesa donde sacrificaban aves, las cortaban y las ponían en el ídolo para quemarlas. El humo entraba por un caño que iba bajo tierra y salía del templo. No se veían llamas, pero sí a los repugnantes ídolos colorearse por el fuego interior entre la media luz del templo. Comenzaron un canto muy armonioso: a veces una sola voz, luego todo el coro. La tonada era triste con arranques briosos a intervalos. Cuando salieron la luna y las estrellas, alzaron la voz con fuerza. Creo que la reunión se prolongó hasta la salida del sol. Jesús, a la mañana siguiente, antes de proseguir su camino, les dio algunas enseñanzas. A las preguntas que le hacían de dónde era y adónde iba, habló del reino de su Padre y que salía a buscar a sus amigos que le habían ido a saludar en su nacimiento en Belén. Les dijo que después pensaba ir a Egipto para ver a los amigos de su niñez y llamarlos al reino de su Padre, y finalmente se volvería a su Padre, de donde había venido. Les reprochó su culto idolátrico, con el cual se daban tanto trabajo y sacrificaban tantos animales. Les dijo que debían adorar a Dios Padre, que ha hecho todas las cosas; que los sacrificios de las aves no debían dárselos a esos ídolos, que son obras de sus manos, sino a los pobres que hubiera entre ellos. Las viviendas de las mujeres estaban separadas de los hombres, pero he visto que cada uno tenía varias mujeres. Éstas tenían vestidos largos, con adornos en las orejas y una especie de mitra sobre la cabeza. Jesús alabó la separación de las mujeres: que era bueno que estuvieran detrás de los hombres en las reuniones, pero les reprochó enérgicamente su poligamia. Les dijo que debían tener una sola mujer, y no como esclava, sino sólo sujeta y obediente. Todo lo decía con tanta gracia y bondad que le rogaron se quedase con ellos. Querían traer, le dijeron, a un anciano sacerdote muy sabio, pero Jesús no lo consintió. Después trajeron unos escritos antiguos, que estuvieron leyendo. No eran rollos, sino materia gruesa como corteza de árbol: las letras y signos estaban grabados adentro. Me parecieron que eran de cuero bastante grueso. Insistieron en que Jesús se quedase y les enseñase. Les dijo que le siguieran cuando Él hubiese vuelto a su Padre, y que les mandaría a alguno que los instruyera. Al dejarlos, tomó un estilete y grabó en una piedra del piso cinco nombres de su genealogía. Me parecieron como cuatro o cinco caracteres retorcidos, entre los cuales reconocí sólo una letra o signo parecida a una M. Estos signos estaban grabados profundamente. La gente leyó y conoció estos caracteres en seguida, porque le tributaron grandes muestras de reverencia y más tarde he visto que sacaron del piso de la tienda esa piedra y les sirvió de altar. Yo veo esa misma piedra ahora, metida en la pared, en un rincón de la Iglesia de San Pedro, en Roma. ¡A esta piedra no la podrán sacar de ese lugar los enemigos de la Iglesia! No permitió Jesús que lo acompañasen, y con sus tres jóvenes fue caminando en dirección al Sur, pasando entre las tiendas dispersas, por delante del templo piramidal. Jesús comentaba con los jóvenes cómo le habían tratado bien estos paganos a los cuales no había hecho beneficios y cómo en cambio le perseguían los judíos a quienes había colmado de beneficios y milagros. Anduvo durante todo el día con mucha prisa. Me parece que tiene que andar varios días para hacer las cincuenta millas hasta el país de los Reyes Magos.
La esfera maravillosa
Poco antes de comenzar el Sábado vi a Jesús en las cercanías de unas tiendas de pastores; y hallando un pozo se sentó junto a él con sus acompañantes y allí se lavaron los pies unos a otros. Luego celebró el Sábado, aunque estaba en el extranjero, en contradicción de lo que le acusaban los fariseos, de que profanaba el Sábado. Pasó la noche al aire libre, con sus tres discípulos, junto al pozo. No había viviendas estables ni se veían mujeres entre los pastores: sólo tenían aquí unos refugios nocturnos en las praderas. A la mañana siguiente se agruparon en torno de Jesús para escucharle. Él les preguntó si no habían oído decir que 33 años atrás unos hombres habían sido guiados por una estrella para saludar al recién nacido Rey de los Judíos. Contestaron: «Sí, sí”. Jesús les dijo que Él era ese Rey de los Judíos, que ahora iba a visitar a los mismos que habían ido a visitarlo a Él. Mostraban estos pastores una alegría infantil y mucho amor. Le prepararon un lugar para descansar bajo las ramas de unas palmeras. Me admiró la ligereza con que cortaban ramas y plantas con sus cuchillos de piedra afilada o de hueso; en un momento prepararon un cómodo asiento. Jesús, sentado en medio de ellos, les enseñó en hermosas parábolas; y estos cuarenta hombres le escuchaban con sencillez de niños y rezaron después con Jesús. Por la tarde levantaron una tienda y la juntaron con otra, haciendo de este modo una sola más grande, donde prepararon una comida que consistió en frutas, una especie de sopa o jugo y leche de camello. Como Jesús bendijera los alimentos, preguntaron por que lo hacia, y como entendieron el fin quisieron que bendljese los demas alimentos que tenían de reserva. Jesús los complació. Como le trajeran cosas blandas que no durarían, Jesús les dijo que trajeran frutas y otros alimentos que podían conservarse bendecidos. He visto que esas especies de bolas blancas que habían traido para comer, eran de arroz. Les dijo Jesús que a estos alimentos que ahora bendecía les mezclasen siempre otros nuevos antes que se acabasen los bendecidos; les aseguró que no perdían la bendición y que nunca se les echarían a perder esos alimentos. Me fue dicho que los Reyes ya saben por un aviso recibido en sueños que Jesús está en camino hacia sus tierras. Hoy vi de nuevo al Señor sentado bajo las palmeras, rodeado de los pastores. Les enseñó de la creación del mundo, de la culpa del hombre, de la promesa de la Redención. Les preguntó si ellos no tenían acaso en sus tradiciones algunas promesas. Sabían algo de Abraham y de David, pero muy mezclado con fábulas. Se portaban con la sencillez de los niños en la escuela: si alguno sabía algo de lo que Jesús preguntaba, lo decía con ingenuidad. Como Jesús vio esta su sencillez infantil, hizo allí una maravilla. En el momento que explicaba y le escuchaban con tanta atención, extendió Jesús su mano derecha hacia un rayo del sol, y vi en su mano una pequeña esfera luminosa, que después, agrandada, colgaba de su mano derecha. Todo lo que Jesús explicaba se podía ver en esa esfera luminosa. Allí veían todo lo que Jesús les iba explicando. Yo, en cambio, vi a la Santísima Trinidad en esa esfera luminosa. Como yo viera al Hijo en la esfera, no lo veía más allí sentado, sino a un ángel que se movía en torno de la esfera. Una vez vi que Jesús tomó la esfera en su mano, otra me pareció que su misma mano era la esfera luminosa, donde se veían sucederse innumerables cuadros y figuras. Oí también algo sobre números, creó que 360 ó 365, como dias del año y se veían figuras de lo mismo en la esfera luminosa. Jesús les enseñó después una oración breve, que me recordó al Padrenuestro, y les señaló tres intenciones con las que convenía que orasen: una acción de gracias por la Creación, la segunda por la Redención, y la tercera, creo, recordando el Juicio final. En esa esfera luminosa he visto desenvolverse todos los cuadros de la creación, de la caída del hombre, y luego de la Redención con los medios para participar de esa redención y salvación. En los cuadros de la creación se veía cómo todas las cosas creadas venían de la Santísima Trinidad por medio de rayos luminosos. Otros cuadros se desarrollaron arrancados de ese centro. Jesús les hizo entender, por haberse formado y salido de su mano la esfera luminosa, que toda la creación salió del poder de Dios. El colgar la esfera como de un hilo de su mano explicó el peligro de esa creación separada de Dios por el pecado, y el tenerla por último en su mano era para dar una idea de su poder en el Juicio final. Habló de los años y días conforme a lo que veían en esos cuadros de la creación y del trabajo, descanso y culto a Dios. Cuando Jesús terminó su explicación, se desvaneció la esfera luminosa sin saberse cómo se había formado. Las gentes quedaron tan admiradas y llenas de confusión por su propia miseria que, juntamente con los tres jóvenes, se echaron al suelo con el rostro pegado a la tierra, llorando en actitud de adoración. También Jesús se mostró afligido y se postró como los otros sobre su rostro. Después de algún tiempo los jóvenes se alzaron y Jesús y los demás se levantaron. Como preguntaran a Jesús por qué estaba tan triste, contestó que Él estaba triste con los que están tristes. Pidió luego una flor de jacinto, que aquí crecen casi silvestres, aunque más gruesas y más hermosas que las nuestras, y preguntó si no conocían las propiedades de esa flor. Dijo que cuando el cielo se nubla, se contrae, se aflige y palidecen sus colores, como si se hubiese extendido una nube sobre su sol: añadió otras maravillas y rarezas de esa flor y su significado. Oí también un nombre extraño y maravilloso de esa flor, y entendí que hablaba del jacinto. Jesús les preguntó qué culto religioso tenían, aunque bien lo sabía Él. Pero era como un buen maestro que pregunta como se pregunta a los niños en la escuela. Le trajeron todos sus ídolos: animales que habían imitado en la forma, ovejas, camellos, asnos. Eran de metal, pero estaban recubiertos de las pieles correspondientes. Causaba risa el ver que habían formado todos esos ídolos de forma femenina, con grandes bolsas en lugar de senos. Llenaban estas bolsas de leche y en sus fiestas tomaban de allí, comían, danzaban y brincaban delante de sus animales. Separaban con tiempo el mejor animal de la majada, lo cuidaban y lo tenían como sagrado; luego hacían el ídolo tomando como modelo el animal elegido, y de su leche echaban en los senos. Cuando celebraban su culto traían sus ídolos bajo una hermosa tienda y se reunían como en una feria. Hombres, mujeres y niños, todos estaban allí: se comía, se bebía, se cantaba, se danzaba y adoraban a esos ídolos en forma de animales. No celebraban el Sábado sino el siguiente día. Esto lo supe en esta forma: mientras ellos ingenuamente le contaban a Jesús sus fiestas y le mostraban sus ídolos, tuve una visión del modo que hacían sus cultos. Jesús les hizo ver qué abominable idea tenían del culto verdadero: luego les dijo que el cordero sin mancha era Él mismo, del cual debían esperar únicamente el conseguirlo todo, la salud del alma y el sustento del cuerpo. Les mandó, por fin, que quitaran esos ídolos de en medio de ellos: a los animales vivos los pusiesen entre los otros de la majada, y a los ídolos, si había algo de valor en ellos, los rompiesen y distribuyesen lo que valía entre los pobres. Les mandó hiciesen altares y ofreciesen incienso al único Dios del cielo y le diesen gracias de los beneficios recibidos. Añadió que pidiesen en sus oraciones la salvación y redención y se tuviesen mucha compasión y amor entre ellos y con los pobres, de los cuales había algunos en el desierto que nada poseían, a veces ni una tienda. Cuando sacrificasen animales, lo que no podían comer, lo ofreciesen en sacrificio, quemándolo, y una parte del pan, luego que hubiesen dado a los pobres; y que las cenizas de esos sacrificios, añadió, las echasen sobre un terreno estéril que les mostró, para que se volviera fructífero con la bendición que les daba. Todas estas instrucciones se las dio diciéndoles las razones. Luego habló de nuevo de aquellos Reyes que le habían ido a visitar. Ellos dijeron que sabían que hacía 33 años habían pasado por allí, para buscar al Salvador y habían creído que traerían felicidad y suerte: añadieron que los Reyes habían vuelto a sus tierras, que habían variado su culto, pero después no supieron más nada de ellos. Jesús dirigióse con estos pastores por sus tiendas y sus rebaños; les enseñó muchas cosas y les indicó cómo aprovechar diversas hierbas. Les prometió que les mandaría a alguno que les enseñaría todo lo necesario: que Él había venido para salvar a todos y a cada uno de los que deseaban recibirle, y no sólo a los judíos como ellos creían en su humildad. Estos hombres sabían pocas cosas de Abraham. Los tres jóvenes, compañeros de viaje de Jesús, estaban muy admirados desde el milagro de la esfera luminosa. En cuanto a sus relaciones con Jesús eran muy diferentes de las de los apóstoles. Éstos eran callados, humildes, no hablaban ni preguntaban, como solían hacer los apóstoles; servían a Jesús con infantil sencillez, mientras los apóstoles se disponían para cumplir un cargo y un apostolado.
En la comarca de los Reyes Magos
Cuando Jesús salió para dirigirse al país de los Reyes Magos, le acompañaron unos doce hombres que al parecer iban a ofrecer un don o a cumplir con un tributo: llevaban canastos con aves. El viaje se hizo por lugares solitarios: en todo el camino no encontraron vivienda, a pesar de estar transitado. A lo largo había árboles que daban unas frutas como higos: también encontraban otras bayas en el trayecto. A cada trozo de camino como de un día, hallaban un pozo cubierto rodeado de árboles, cuyas ramas estaban atadas por arriba formando sombra sobre el pozo mismo. Los viajeros encontraban sitios para descanso, comodidad para hacer fuego y techumbre para pasar la noche. Allí también se lavaban los pies. De los otros viajeros no quería admitir este servicio. Los jóvenes se hicieron muy familiares en su sencillez infantil con Jesús; pero a veces, recordando las maravillas y milagros que habían presenciado, se sentían temerosos, confundidos y se miraban unos a otros, llenos de temor reverencial. He visto varias veces que Jesús desaparecía de sus miradas, pero ordinariamente les hablaba e instruía de todas las cosas que se ofrecían ante su vista. Caminaban una parte de la noche. Los jóvenes hacían fuego frotando unos leños contra otro; llevaban una linterna en un palo que proyectaba una luz rojiza hasta cierta distancia. No sé en que consistía esta lámpara. He visto que pasaban a veces durante la noche algunos animales salvajes corriendo. El camino subía a veces a grandes alturas progresivamente. En un campo encontraron hileras de nogales y mucha gente que recogía las nueces en sacos, pero parecía sólo el resto de lo que había quedado de la cosecha. Otras veces había árboles sin hojas, todavía con frutos: melocotones en las alturas, matas delgadas plantadas en hileras y árboles como nuestros laureles. A veces descansaban sobre enebros de tronco tan grueso como el brazo de un hombre robusto: arriba se presentaban tupidos y debajo con las ramas recortadas, tomando un aspecto agradable. La mayor parte del viaje fue por desiertos arenosos; otros lugares, de piedrecitas blancas, piedrecitas pulidas como huevos; otros extensos lugares de piedras negruzcas, que parecían cacharros quebrados, porque aparecían como vaciados. Algunos eran tan hondos que las gentes del lugar los usaba como fuentes, recipientes y marmitas. En la última montaña había sólo piedras grises; al otro lado un tupido vallado de plantas y un arroyo agradable bañaba una tierra cultivada. En la orilla había una balsa de troncos y mimbres entretejidos: con ella lo atravesaron. Caminaban entre chozas de troncos y mimbres, cubiertos de musgo y de ramas. Estas chozas tenían techos puntiagudos y lugares de descanso en el medio. La gente aquí vestía mejor y llevaba unos ponchos a semejanza de mantos largos. A alguna distancia veía yo tiendas más sólidas y mejores, con base de piedras y varios pisos con escalones por fuera para subir. Al llegar a las primeras chozas Jesús se sentó junto a un pozo y los jóvenes le lavaron los pies. Luego lo llevaron a una tienda destinada a los forasteros. Las gentes se muestran buenas. Los hombres que habían acompañado a Jesús se volvieron a sus lugares llevando alimentos. Esta comarca es muy extensa. Se ven muchas chozas en los campos, praderas, jardines. Las grandes edificaciones no se divisan por estar bastante lejos aún: se las veía desde la montaña al bajar la cuesta. La comarca es muy fértil y agradable. En la montaña se ven muchos balsameros, cuyo licor recogen en las marmitas que encuentran en abundancia entre las piedras ahuecadas. Veo hermosos campos de trigo, de tallo grueso, viñedos, rosas y otras flores grandes como la cabeza de un niño. Serpentean arroyos claros que a veces están cubiertos de plantas cuyas puntas se unen por arriba. Recogen las flores de estas plantas y setos y pescan las que caen en las aguas del arroyo. Tienden especies de redes en algunos lugares de los arroyos, donde se detienen las flores caídas. Las gentes traen y muestran a Jesús todas las clases de frutas que cultivan. Cuando Jesús habló a esta gente de aquellos hombres que habían seguido una estrella, ellos contaron que a la vuelta de Palestina fijaron su residencia común en el lugar donde habían visto por primera vez la estrella: edificaron una pirámide donde oraban y en derredor una ciudad de tiendas para vivir juntos, pues antes habían vivido separados. Tenían la seguridad de que el Mesías los visitaría un día; y si Él los dejaba, ellos querían seguirle. Mensor, el más anciano, vivía aún con buena salud. Teokeno, el segundo en edad, vive, pero ya no puede caminar por la debilidad. Saír, el tercero, había muerto hacía unos años y su cuerpo descansaba sin corrupción en una de las pirámides sepulcrales. En cada aniversario de su muerte la gente va a su sepulcro y lo recuerdan con solemnidad. Conservan entre ellos el fuego. Preguntaron a Jesús sobre algunas personas del séquito de los Reyes que se quedaron en Palestina y enviaron un mensajero al rey Mensor con la noticia de que les parecía había llegado un enviado de aquel Rey de los Judíos que ellos habían visitado hacía años. Como comenzaba el Sábado pidió Jesús una tienda para Sí y sus acompañantes. Como no usaban aquí las lámparas de acuerdo con el rito judaico, se prepararon una y festejaron el Sábado.
Jesús se dirige al palacio del rey Mensor
Cuando el Rey recibió el aviso de la llegada del Enviado, hizo grandes preparativos para recibirlo. Ataban las copas de los árboles formando arcos de triunfo, que adornaban con telas, colgaduras, hojas y frutas. Fueron enviados siete hombres vestidos con solemnidad, con mantos largos que se arrastraban, con adornos de oro y con turbantes adornados de plumas variopintas: éstos debían ir a la tienda donde estaba Jesús e invitarlo a pasar al palacio de Mensor. Jesús les habló, mostrándose contento de encontrar entre los paganos gentes de buen corazón. La comarca donde viven los Reyes, mejor que una ciudad, es un parque hermoso con varias edificaciones grandes y agradables. La casa principal es parecida a un castillo. Tiene bases de piedra y sobre ellas se levantan varios pisos. La parte baja se compone de bases de paredes no cerradas y en la parte alta están las habitaciones. Alrededor del palacio hay balcones cubiertos. Se ven varios de estos castillos unidos entre si por sendas y caminos: están adornados con piedras de diferentes colores, con los cuales forman estrellas, flores y dibujos diversos. Las sendas van por entre jardines y prados de hierba verde, con manchones de flores y hermosos árboles de hojas finas: parecen mirtos, laureles y arbustos aromáticos. En medio de uno de estos parques se ve una fuente de agua que salta con fuerza arrojando sus gotas a distancia. Hay asientos en torno y detrás está el templo con pórticos y columnas. De un lado está abierto y del otro tiene puertas que llevan a las sepulturas, entre ellas a la del rey Saír. El templo forma una pirámide de base cuadrada, pero no tan chato como el que había visto ya en este viaje. Corren escaleras alrededor de la pirámide hasta la parte superior, que es transparente. Veo una tienda donde reciben instrucción los niños que ocupan un lado de la casa: las niñas están separadas. Las viviendas de las mujeres están fuera de este conjunto de casas. No es posible decir con qué delicado arte está todo ordenado aquí. Todo es limpio, sencillo, liviano, de gusto infantil. Por todas partes hay hermosos jardines y asientos para descansar. He visto una casa donde se podía contemplar toda clase de pájaros raros que revoloteaban dentro. Más lejos, tiendas y talleres donde viven trabajadores de varios oficios y obreros del metal. Vi extensas praderas con cantidad de camellos, asnos grandes, ovejas de lana fina y vacas algo diferentes de las nuestras: tenían las cabezas más pequeñas y los cuernos más gruesos. No hay montañas altas, sino colinas. En éstas he visto que por arriba barrenaban el interior en busca de oro y otros metales. Si en la punta del barreno aparecían señales de oro o de otro metal precioso, entonces se abrían paso por los lados de la colina hasta llegar a la mina. El oro lo fundían allí mismo, en las cercanias de la colina. No quemaban leña, sino unos trozos oscuros o más claros que sacaban excavando la tierra. Mensor, aunque creyó que sólo venía un enviado de Jesús, puso en movimiento a toda la ciudad para recibirlo solemnemente como si fuera el Rey de los Judíos mismo. Tomó consejo con los otros jefes y sacerdotes para preparar el recibimiento. Se repartieron mejores vestidos, se distribuyeron regalos, los caminos fueron arreglados y adornados. Todo era seriedad, regocijo y expectación. Mensor venía al encuentro de Jesús montado en un camello ricamente enjaezado, que llevaba recipientes como cajones a ambos lados, con un séquito de veinte hombres de los más nobles del país, algunos de los cuales le habían acompañado en el viaje a Palestina hacía 33 años. Jesús iba con sus tres jóvenes y los siete mensajeros enviados antes. La comitiva de Mensor cantó una melodía triste, aunque solemne, como la que habían cantado la noche que salieron para Belén. Mensor, el más anciano de los tres reyes, de un color algo moreno, llevaba una mitra con turbante blanco y un manto blanco y largo con adornos de oro. Como signo de honor precedía a la comitiva una especie de bandera o trofeo que flotaba al aire sujeta a un asta larga terminada en punta. El sendero atravesaba la pradera en cuyo centro sobresalía un musgo blanco como hongos. Al llegar a la fuente, rodeada de plantas cortadas con arte formando un pabellón, Mensor bajó de su camello para esperar a Jesús que se acercaba. Uno de los siete mensajeros se desprendió de la compañía de Jesús y anunció a Mensor su proximidad. Entonces sacaron de los cofres, que tenían a los lados del camello, vestiduras muy ricas, con adornos de oro, vasos de oro, vasijas llenas de frutas y colocaron todos estos regalos sobre una alfombra extendida junto a la fuente. El anciano Mensor, sostenido por sus familiares, se adelantó humildemente hacia Jesús teniendo en su mano derecha una vara larga, adornada de oro, que terminaba arriba como un cetro. Al ver a Jesús recibió, como en Belén, una sobrenatural iluminación que le hizo caer el primero de rodillas, en Belén como aquí, mientras le entregaba su bastón de mando. Jesús se apresuró a levantarlo del suelo. Luego se hizo traer los regalos y se los ofreció al Señor, el cual los entregó a los discípulos, que los volvieron a poner sobre el camello. Jesús tomó los vestidos, pero no se vistió con ellos. Mensor le regaló también el camello, pero Jesús se lo agradeció sin aceptarlo. Se pusieron bajo el dosel de plantas, junto a la fuente, donde Mensor le ofreció una bebida refrigerante echando en el agua fresca algunas gotas de esencia de bálsamo que llevaban en frascos. Le ofreció, sobre pequeños platillos, varias clases de frutas. Con mucha humildad y alegría infantil preguntó a Jesús sobre el Rey de los Judíos, pues seguía creyendo que era sólo un enviado de ese Rey, aunque sentía un interior movimiento que no sabía explicarse. Los demás hablaron con los jóvenes y lloraban de alegría al saber que Eremenzear era un hijo de aquéllos que habían acompañado a los Reyes y se habían quedado en la Palestina, Estos reyes eran descendientes de Abraham por su mujer Ketura. Mensor deseaba que Jesús se sentase sobre su camello para ir al palacio, pero Jesús quiso marchar delante del cortejo. Después de una hora llegaron junto a las blancas colgaduras que circundaban la casa de Mensor. Bajo el arco de triunfo levantado se adelantó al encuentro de Jesús un cortejo de doncellas muy ataviadas, con canastillos llenos de flores que echaban en el camino por donde debía pasar Jesús. Iban por una senda sombreada por árboles, las puntas de los cuales, inclinadas y atadas, formaban una tupida avenida, Las doncellas llevaban bajo sus mantos túnicas blancas, sandalias en los pies con la punta levantada, en la cabeza cintas blancas, y en el cuello, brazos y pecho adornos de flores y plumas variopintas. No llevaban velo, pero vestían muy modestamente. Al término de la avenida había un puente cubierto sobre el rio que bañaba el parque. Delante del puente fue recibido bajo un arco de honor por cinco sacerdotes de largas vestiduras, manípulos que tocaban el suelo, y coronas con puntas y una especie de escudito cordiforme sobre la frente, de la cual salía una punta. Dos de ellos traían un bracerito de oro con brasas, donde ponían incienso. Al llegar junto a Jesús recogieron sus mantos largos que hasta entonces los sostenían los criados y acompañaron al Señor, que marchaba sereno en medio de ellos, como el Domingo de Ramos. A través del jardín, bien dividido en parques, con flores y plantas y regado con arroyuelos por todas partes, se llegaba a otro puente cubierto. Las plantas estaban cortadas en forma tal que parecían animales y hasta figuras de hombres. Estos parques estaban rodeados por árboles altos y adentro contenían arbustos, flores, bancos y sitios de recreo. Después del segundo puente se llegaba al centro del parque, donde había una fuente con techumbre de pieles sostenida por columnas y en frente de esta islita, rodeada de arroyuelos, estaba la gran tienda del rey. Cuando Jesús pasó el segundo puente, fue recibido por niños que tocaban flautas y tamboriles, los cuales tenían sus habitaciones en largas tiendas a derecha e izquierda del puente. Estos jóvenes eran como guardias de honor: se turnaban en la vigilancia; llevaban espadines, gorras de plumas y colgaduras a los lados entre las cuales distinguí la forma de una media luna. Delante de la islita se detuvo el cortejo. El rey bajó del camello y llevó a Jesús y a sus discípulos a la fuente, que tenía muchos caños de metal brillante en diversas direcciones. Cuando se abrían estos caños salía el agua con fuerza a gran distancia regando los prados. En torno de esa fuente había asientos. Los jóvenes lavaron los pies a Jesus y Jesús a eilos. Había un pasadizo cubierto que llevaba a la tienda real de Mensor y de Teokeno. De un lado estaba el templo, que era una pirámide rectangular, algo más bajo que la tienda real. En el templo estaban las tumbas de los reyes difuntos, y en torno corrían escaleras descubiertas que llevaban hasta la cúspide transparente. Entre el templo y la fuente de la isleta estaba el fuego sagrado que conservaban en una excavación cubierta con una semiesfera terminada en una figura con una banderilla en la mano. Este fuego lo mantenían siempre encendido: se veían las llamas, que no salían fuera del borde. Los sacerdotes lo mantenían echando, creo, carbones que extraían de la tierra. El palacio de los Reyes tenía varios pisos. La parte inferior, que contenía árboles, jardines y paseos, servía de recreo a Teokeno, que ya no podía andar. Había escaleras cubiertas que iban a los diversos pisos. Las ventanas estaban sin orden simétrico. Adornaban el techo banderitas, estrellas y lunas. Después de un descanso junto a la fuente llevaron a Jesús al palacio, a una sala espaciosa, de forma octogonal, con una columna de sostén en medio. En derredor de esta columna habia placas redondas, unas sobre otras, para depositar sobre ellas diversos objetos. Las paredes estaban cubiertas de tapices con figuras de flores y de niños con copas en las manos. El piso estaba cubierto de alfombras. El Señor se hizo conducir adonde estaba Teokeno, que vivía en la parte inferior. Descansaba sobre almohadones, y luego tomó parte en la comida donde se veían fuentes y recipientes muy hermosos. Los alimentos los traían ordenados en forma artística. Los vasos eran de oro. Entre las frutas, había una gruesa y amarilla coronada de hojitas. Los panales eran grandes. Jesús comió sólo pan y algunas frutas y bebió en un vaso que no se había usado nunca. Lo veo ahora comer en medio de gente pagana, cosa que no solía hacer. Después lo vi enseñando todo el día: sólo de tanto en tanto tomaba algún alimento. Enseñó durante la comida y al fin dijo que no era el Enviado del Rey, sino el Mesías mismo. Todos se echaron al suelo, llenos de reverencia, llorando de emoción. Mensor, especialmente, no sabia contener sus lágrimas de alegría y de admiración al ver que el Mesías se había dignado venir hasta ellos. Jesús declaró que había venido tanto para los judíos como para los paganos: para todos aquéllos que quisieran creer en Él. Pensaban que era el tiempo de dejar su país y seguirle a la Judea. Jesús les dijo que su reino no era temporal; que ellos se escandalizarían al saber cómo lo tratarían, y que los judíos lo matarían en Palestina. Ellos no podían comprenderlo y le preguntaron cómo era que había tantas gentes malas a las cuales les va bien, y tantos buenos que tienen mucho que sufrir. Les contestó que los que tienen su contento aquí tendrán que rendir estrecha cuenta y que esta vida no era para gozar, sino de expiación. Los Reyes sabían de Abraham y de David; y como Jesús hablase de su genealogía, trajeron escritos antiguos para examinar si no tenían ellos también parte en esa genealogía. Estos escritos eran como pizarras que se desenrollaban en zigzag, unas después de otras, como un álbum de paisajes. Parecían ingenuos como niños y querían hacer todo lo que Jesús decía. Sabían que a Abraham se le había ordenado la circuncisión y preguntaban si también ellos debían someterse a ella. Jesús les contestó que ya no era necesario, puesto que ya ellos habían cortado sus pasiones malas y que siguiesen haciéndolo. Conocían el sacrificio de Melquisedec de pan y vino. Dijeron que ellos tenían un sacrificio de pan y de una bebida verdosa, sobre los cuales decían unas palabras, como: “Quien me come y es bueno, tenga toda felicidad”. Jesús les dijo que el sacrificio de Melquisedec era un simbolo de otro sacrificio santo y que Él era ese Sacrificio. Añadió que ellos tenían apenas algunas formas de la verdad y aún éstas mezcladas con las mentiras del reino de las tinieblas. La noche anterior a la llegada de Jesús y las siguientes se iluminaban todos los caminos que llevaban al palacio real y hasta muy lejos. Encima de palos largos había esferas luminosas y transparentes, y sobre cada una de éstas había una estrella luminosa.