Tomo IX — Viaje de Jesús al país de los Reyes Magos y Egipto

Sección 4: capítulos XV – XVII

Jesús en el templo de los Reyes Magos — Jesús deja la ciudad de los Magos. Azarías de Atom

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Capítulo XV

Jesús en el templo de los Reyes Magos

Cuando Jesús visitó por primera vez el templo de los Reyes Magos, era de día. Vinieron a buscarlo solemnemente los sacerdotes. Traían una especie de mitra; de un hombro colgábanles escudos de plata y del brazo derecho largos manípulos. El camino estaba cubierto de tapices. Jesús iba descalzo. En los alrededores del templo habíanse apostado algunas mujeres deseosas de ver a Jesús: llevaban una especie de sombrilla para defenderse contra los rayos del sol. Cuando Jesús pasó, se levantaron y se inclinaron hasta el suelo. En medio del templo había una columna de donde partían cuatro cabos a los ángulos de la sala, y en el centro colgaba una gran rueda con estrellas y esferas que iluminaban las fiestas cuando celebraban sus cultos. Mostraron a Jesús un pesebre de nacimiento que habían hecho al volver de Belén y según lo habían visto en visión en la estrella. Toda la escena estaba circundada de estrellas de oro. El Niño, también de oro, estaba en un pesebre, como el de Belén, sobre una tela colorada: tenía las manos cruzadas sobre el pecho y estaba fajado desde el pecho hasta los pies. Veíase también la paja del pesebre. Detrás de la cabeza del Niño habían puesto una corona blanca. No se veían en el templo otras figuras. De las paredes colgaba una especie de pizarra que contenía su escritura sagrada. Más que letras parecían figuras. Entre la columna y el pesebre había un pequeño altar con aberturas a los lados. Usaban como agua bendita para rociar en torno del altar. Tenían una rama sagrada con la cual hacían varias ceremonias, unos panes redondos pequeños, un cáliz y carne de sacrificio sobre un plato. Cuando mostraron todas estas cosas a Jesús, Él les enseñó y corrigió lo errado y falso. Condujeron a Jesús a las criptas del difunto rey Saír y de su familia, en pórticos cerrados alrededor de la pirámide, como excavados en las paredes. Las momias yacían con largos vestidos blancos: hermosos tapices colgaban sobre sus sepulcros. He visto sus rostros semicubiertos y sus manos blancas como la nieve. No se si eran los huesos 0 los músculos resecos; sólo pude ver profundos surcos entre los dedos. En estas criptas se podía permanecer con agrado: había asientos al lado de cada uno. Los sacerdotes trajeron fuego y quemaron incienso y aromas. Lloraron como niños, especialmente el anciano rey Mensor. Jesús se acercó al cadáver y habló de la muerte. Teokeno había contado a Jesús que veian con frecuencia a una paloma posarse sobre la rama que, según su costumbre, ponen a la entrada de cada tumba; y preguntaba qué significado podría tener eso. Jesús preguntó cuáles eran las creencias de Saír. Teoceno dijo: «Señor, sus creencias eran como las mías. Desde que hemos adorado al Rey de los Judíos, siempre y en todas las cosas, hasta su muerte, en lo que hacía y decía, pedía que no se hiciera en él sino lo que fuera voluntad del Rey de los Judíos”. Jesús declaró que la paloma sobre la rama significaba que Saír había sido bautizado con el bautismo del deseo. Jesús dibujó sobre una tabla al Cordero que está con una banderita sobre los hombros, que suele dibujarse en la portada del libro de los siete sellos, y les dijo que hicieran una imagen como esa y la pusieran sobre la columna frente al pesebre. Desde que habían vuelto de Belén, los Reyes festejaban durante tres días, cada año, el aniversario de aquel día en que, quince años antes del nacimiento de Cristo, habían visto por primera vez la estrella con la figura de la Virgen, que tenía en una mano el cetro y en la otra la balanza con trigo y uvas. Los tres días los dedicaban a Jesús, a María y a José, a quien honraban de un modo especial porque los había recibido con tanta amabilidad. El tiempo de esta fiesta había llegado de nuevo; pero por humildad no se atrevían ahora a celebrar esos cultos y pedían a Jesús quisiera emplear esos días en enseñarles. Jesús les dijo que celebrasen las fiestas para no dar que hablar a la gente, ya acostumbrada. He visto en esta ocasión tres figuras de animales en torno del templo: un dragón de boca grande; un perro de cabeza grande; y un pájaro de patas largas con cuello como cigüeña y pico algo encorvado. No parece que tuvieran como dioses a estos animales, sino como representación de ciertas virtudes y enseñanzas. El dragón representa la mala naturaleza que hay que mortificar; el perro, con relación a una constelación, significa la fidelidad, la gratitud y la vigilancia, y el pájaro, el amor a los padres. Les daban otras significaciones que ahora no puedo reproducir: sé, con seguridad, que no había en su culto idolatría ni abominación, sino mucha sabiduría, humildad y admiración de las maravillas de Dios. Estos animales no eran de oro, sino oscuros, como hechos de la escoria al fundir el oro en el crisol. Debajo de la figura del dragón leí cinco letras: A.A.S.C.C. ó A.S.C.A.S. Al perro lo llamaban Sur. No recuerdo ya el nombre del pájaro. Los cuatro sacerdotes enseñaban en cuatro distintos lugares alrededor del templo: a los hombres, a las mujeres, a los jóvenes y a las doncellas. He visto que abrían las fauces del dragón y decían: “Si él estuviera vivo, tan feo y espantoso, y nos quisiera tragar ¿quién nos podría salvar, sino el Dios Omnipotente?” A Dios lo llamaban con una palabra que no puedo recordar. Bajaban la rueda, la ponían sobre una mesa y uno de ellos la hacía girar. Las esferas de oro eran huecas y producían un sonido al girar. Cantaban, mientras tanto, al poder de Dios, preguntándose qué sucedería si Dios no guiase en su camino a las estrellas. Después ofrecían incienso al Niño que tenían en el pesebre, imitando al de Belén. Jesús les mandó que en adelante apartasen a esos animales y enseñasen la bondad de Dios, el amor al prójimo y la Redención. Les enseñó que reconociesen a Dios y lo alabasen en sus criaturas, le diesen gracias y lo adorasen a Él solo. La tarde del primero de los tres días festivos comenzaba para Jesús el Sábado: por eso se apartó con sus tres acompañantes en una sala del palacio para celebrarlo. Se revistieron de vestiduras blancas, fajas con letras y una especie de estola cruzada sobre el pecho. Sobre una mesa cubierta de colorado y blanco pusieron un candelero con siete velas. Durante la oración Jesús estaba en medio de dos jóvenes, y el tercero detrás. No estuvo presente ningún pagano en esta fiesta. Durante todo el Sábado estuvieron los paganos en torno de su templo. Hombres, mujeres, doncellas y jóvenes tenían sus asientos en diversos grados. Terminado el Sábado, Jesús volvió con ellos y entonces vi una notable maravilla. La figura del dragón estaba en medio de los asientos de las mujeres, que vestían, según su condición social, de diversas formas. Las pobres tenían, bajo sus largos mantos, vestidos sencillos y cortos. Las ricas vestian como una que ahora se adelantaba ante la imagen del dragón: era una mujer noble, de unos treinta años. Bajo el largo manto, que dejaba a un lado al sentarse, llevaba un rico vestido con adornos y cadenas, y en las orejas, varias alhajas que colgaban hasta el pecho. Antes que el sacerdote empezara su lección acercóse esta mujer, como lo hacían otras, ante el dragón, se echó y besó el suelo, con devota ansiedad. Entonces Jesús se adelantó y le preguntó por qué hacía eso. Ella dijo que todas las mañanas era despertada por el dragón, que se levantaba al punto, iba adonde estaba el dragón y lo adoraba. Jesús le preguntó: “¿Por qué te postras ante Satanás? Tu creencia es obra de Satanás. Es verdad que eres despertada; pero no lo serás ya por Satanás, sino por tu santo ángel. ¡Mira ahora a quién adoras!”. De pronto apareció delante de ella y de todos los presentes un abominable espectro rojo, con cara de zorro. La mujer se espantó a esta vista y Jesús le dijo: “Éste es el que te despertaba. Pero cada persona tiene también su ángel bueno que lo guarda. Delante de él debes inclínarte y seguir sus avisos». En ese momento todos pudieron ver a un hermoso ángel junto a esa mujer, la cual, al verlo, se echó, llena de admiración, con el rostro en el suelo. Mientras Satanás permanecía junto a ella, el ángel estaba detrás; cuando Satanás desapareció, el ángel bueno se puso al lado de la mujer. Ésta, muy conmovida, volvió a ocupar su sitio. Se llamaba Cuppes, y más tarde, bautizada por el apóstol Tomás, se llamó Serena. Fue martirizada durante las persecuciones y venerada como santa. Delante del pájaro el Señor enseñó a las doncellas y a los jóvenes la justa medida en el amor al hombre y a los animales. Había algunos que exageraban el amor a sus padres, hasta casi la adoración, y otros que estimaban más a sus animales que a sus semejantes. El último día de la fiesta quiso Jesús enseñar en el templo a todos: a los sacerdotes, a los reyes y al pueblo. Para que el enfermo Teokeno pudiera participar, dirigióse Jesús con Mensor adonde yacía el rey, y le mandó levantarse y seguirle. Diciéndole esto, lo tomó de la mano, lo levantó y Teoceno, lleno de fe, se incorporó de su lecho y comenzó a caminar. Jesús lo acompañó al templo y después pudo caminar sin impedimento alguno. Jesús mandó abrir las puertas del templo, para que todos lo vieran y pudieran oirle. Enseñó a todos; después, separadamente, a los hombres, a las mujeres, a los jóvenes, a las doncellas y a los niños. Dijo muchas de las parábolas que ya había contado en la Judea. Permitía que le preguntasen: antes bien, les había pedido que lo hicieran. A veces nombraba a alguno y le mandaba decir en voz alta la duda que tenía, manifestando así que conocía los pensamientos de cada uno. Algunos preguntaron por qué Él no resucitaba a algún muerto y sanaba a los enfermos, ya que el Rey de los Judíos lo había hecho en la Palestina. Les contestó que no hacía esto entre los infieles; pero que les mandaría a uno que haría esos prodigios y les daría el bautismo para purificarlos de sus pecados. Añadió que creyeran en sus palabras. Delante de los sacerdotes y de los reyes dijo que su doctrina contenía alguna apariencia de verdad; que lo demás era mentira y engaño; que el diablo trata de presentar formas vacías como si estuvieran llenas de verdad. Que recordaran que no bien se aleja el Ángel custodio de un hombre, ocupa su puesto Satanás, gastando el culto bueno y poniendo de lo suyo. Les dijo que habían venerado en parte lo que habían visto en Belén, pero que desde la vuelta ya habían mezclado lo falso. Les mandó que los animales los sacaran de allí, los fundieran y les indicó a quienes debían repartir el valor de lo fundido. Todo su culto y su saber no era nada: que debían, sin figuras, enseñar el amor, la misericordia y la gratitud al Padre celestial, que misericordiosamente los había llamado a la Verdad. Les repitió que les mandaría a uno que les enseñaría mejor todo lo que debían hacer, y que entretanto quitaran también la rueda con lo demás. Esta rueda era grande, como la de un enorme carro, con siete llantas, en las cuales estaban las esferas, unas más altas que otras, para ser iluminadas. El punto medio era una esfera mayor que representaba la tierra, y alrededor había doce estrellas y doce figuras diferentes artísticamente colocadas. Vi, por ejemplo, la imagen de una Virgen con ojos brillantes y con diamantes en la boca y sobre la frente. Vi otra figura de animal con algo brillante en la boca. No pude ver más distintamente porque la rueda giraba de continuo. Algunas de las figuras quedaban a veces veladas, mientras brillaban otras. Jesús les quiso dejar pan y vino bendecido por Él. Los sacerdotes prepararon panecillos blancos, como tortas, y trajeron una jarra de vino. Jesús les dijo cómo debían conservar estas cosas y la forma del recipiente. Tenía la forma de un almirez con asas y cubierta, y en el interior dos compartimentos: en la parte superior pusieron los panes y en la inferior, con su puerta, el vino. El recipiente brillaba en el exterior como mercurio y el interior era amarillo. Jesús puso los panes y el vino sobre el altar, oró y los bendijo. Los dos reyes y los sacerdotes estaban de rodillas, a los lados de Jesús, con las manos cruzadas sobre el pecho. Jesús oró sobre ellos, les puso sus manos sobre los hombros y les enseñó cómo debían renovar el pan, y les dijo las palabras con que debían bendecirlo, al mismo tiempo que partió el pan en forma de cruz. Ese pan y ese vino debía ser para ellos como un recuerdo de lo que sería luego la santa Eucaristía. Los reyes conocían el sacrificio de Melquisedec y habían preguntado mucho sobre ello a Jesús. Mientras Él bendecía el pan les habló de sus padecimientos y de su última Cena. Les dijo que usaran del pan y vino bendecidos al ocurrir el primer aniversario de su viaje a Belén, y luego lo hicieran tres veces al año, 0 cada tres meses: esto no puedo ahora recordarlo bien. Unos días después enseñó de nuevo en el templo. Salía y entraba y hacía entrar un grupo después de otro. Hizo venir a las mujeres y a los niños; a las madres les enseñó cómo debían enseñar a rezar. Es la primera vez que veo aquí a todos los niños reunidos: éstos llevaban un vestido muy corto, y las niñas tenían unos mantitos encima. Vi también a los niños de la mujer convertida; su esposo era un hombre de gran estatura, que servía al rey Mensor: tenían diez hijos. Jesús bendijo a éstos y a otros niños poniéndoles las manos sobre el hombro, mientras a los niños judíos las ponía sobre la cabeza. Habló de su misión y de su próximo fin: que era un secreto para los judíos que Él se encontrase ahora aquí, entre ellos, en lugar de estar en la Judea. Dijo que se hizo acompañar de estos jovencitos, que no se escandalizaban de su proceder: los judíos le habrían dado muerte ya, si no se hubiese ocultado de ellos. Añadió que había venido hasta aquí, porque sabía que lo deseaban, habían creído en Él, esperado en Él y le habían amado. Les dijo que debían dar gracias a Dios porque no había querido dejarlos en su culto idolátrico: que debían ser fieles creyentes y observar sus mandamientos. Me parece que les anunció también el tiempo de su vuelta al Padre y cuando vendría un enviado suyo para ayudarles. Dijo que pensaba ir antes a Egipto, donde había estado con su Madre, porque allá había algunos buenos que le habían conocido desde niño. Dijo que su viaje a Egipto lo haría de incógnito, porque allá había judíos que podían apresarlo, pero que su tiempo aún no había llegado. Ellos no podían entender esto, respecto de la naturaleza humana: cómo era posible que fuera perseguido, maltratado y muerto, siendo Dios. Lloraban como niños de pura compasión. Les explicó también que era verdadero Hombre, y que su Padre celestial le había enviado a la tierra para juntar a los dispersos: que como Hombre podía padecer y ser muerto por los hombres, cumplida ya su misión; y porque era verdadero Hombre, era posible que ellos le viesen, conversasen y estuviesen con Él familiarmente. Los exhortó nuevamente a dejar toda idolatría, a amarse unos a otros; y como hablase de su futura Pasión, refirióse a la verdadera compasión: que dejasen de ocuparse tanto de los animales que enfermaban y diesen su compasión y su amor al hombre, compuesto de alma y cuerpo; y que, si no había entre ellos necesitados, socorriesen a los que vivían lejos de allí, y orasen unos por otros. Les dijo que lo que hacían con los necesitados, Él lo tenía como hecho a Sí mismo. Añadió, por otra parte, que no maltratasen tampoco a los animales. Dijo esto porque tenían tiendas llenas de animales enfermos, algunos en camillas, a los cuales cuidaban. Había, sobre todo, perros: de éstos he visto muchas clases, algunos de grandes cabezas.

Capítulo XVI

Llegada de un jefe extranjero

Jesús ya había enseñado bastante, cuando llegó una caravana de camellos, que acampó a cierta distancia. Desmontó el anciano jefe y se acercó acompañado de un criado a quien mucho apreciaba. Ninguno se preocupó de ellos hasta que concluyó la enseñanza de Jesús. Éste y sus jóvenes discípulos se retiraron a la tienda para tomar algún alimento. Entonces el rey Mensor recibió al extranjero y le señaló una tienda. El jefe encaminóse con su siervo adonde estaban los sacerdotes y les expresó sus dudas, pareciéndole imposible que Jesús fuera el prometido Rey de los Judíos, porque los judíos, dijo, tenían un Arca, donde estaba su Dios, y que nadie se atrevía a acercarse a ella ni tocarla. Al ver ahora cómo Jesús trataba tan familiarmente con ellos, le parecía imposible que pudiera ser un Dios. El siervo también dijo algo desfavorable de María, su Madre. Esto no lo decían por malos, sino por ignorancia y porque lo habían oído a otros. Este reyezuelo había visto también la estrella, pero no había querido seguirla. Habló luego con encomio de sus dioses, que le eran favorables, y le habían ayudado en todas las cosas hasta el presente. Habló de una guerra que había tenido, donde sus dioses le ayudaron y que su siervo fiel le había traído una noticia. Este rey era de rostro más blanco que Mensor, y sus vestidos y turbante algo diferentes. Tenía mucha estima de sus llamados dioses y llevaba uno consigo, con muchos agujeros en el cuerpo, donde ponía las ofrendas. En la caravana había varias mujeres y entre todos eran unas treinta personas. Por lo demás era un hombre sencillo y tenía veneración por su siervo, a quien honraba como a un profeta. Lo había hecho venir hasta aquí, para que él le presentase al mayor de los dioses (pensando en Jesús), pero al llegar y ver que Jesús andaba en medio de las gentes, no le pareció que fuera un Dios. Lo que oyó decir a Jesús sobre la compasión le gustó mucho, porque él era compasivo y consideraba un crimen olvidar a los hombres para atender a los animales. Se le preparó una comida en la cual no estuvo Jesús: no he visto que Jesús hablase con él. Su nombre suena como Acicus. Su criado era observador de los astros. Vestía como un profeta, ropa larga y banda con muchos nudos, turbante del cual colgaban bandas blancas y usaba larga barba blanca. Desean permanecer algún tiempo en esta comarca. Las mujeres y el resto de la comitiva estaban acampados bastante lejos. Venían de una distancia de varios días de camino. No vi que Jesús les hablase; pero le oí decir que serían iluminados y alababa la compasión del rey con sus semejantes necesitados. Oí los nombres de Ormusd y Zoroast. El marido de Cuppes era hijo del hermano de Mensor y cuando joven había estado en Belén con los Reyes Magos. Él y Cuppes eran de color amarillo oscuro y descendían de Job. Jesús enseñó todavía por la noche en el templo y en los alrededores. Todo estaba iluminado en el templo, donde estaban reunidos los habitantes del lugar de toda edad y condición. A la primera palabra de Jesús habían retirado los ídolos del templo. He visto arriba, en la techumbre del templo, un cielo estrellado, y entre las estrellas, jardines pequeños, árboles, arroyuelos, espejándose entre luces y reflejos ordenados con mucho arte. Era una representación muy hermosa y no pude tener idea clara del modo que lo habían hecho.

Capítulo XVII

Jesús deja la ciudad de los Magos. Azarías de Atom

Al clarear la aurora, cuando aún ardían las lámparas, Jesús dejó la ciudad de los Magos. Le habían preparado un acompañamiento solemne como a la venida. Jesús no quiso, empero, que lo hicieran, ni recibió tampoco el camello que le daban para continuar su viaje. Los jóvenes discípulos sólo llevaron algunos panes y cierta cantidad de bálsamo para mezclar con agua. El anciano Mensor rogó mucho a Jesús para que se quedase con ellos. Tomó la corona que traía y con ella puso a los pies de Jesús todo lo que tenía. Sus tesoros estaban debajo, en un sótano cerrado con rejas de hierro: eran barras, placas y montones de granos de oro. Mensor lloraba como un niño. Las lágrimas corrían como perlas por sus mejillas. Job, de quien descendía Mensor, era de una tez amarillo-oscura, un amarillo brillante, no tan oscuro como veo en las gentes del Ganges. Con el rey, todos los habitantes lloraban en la despedida de Jesús. Éste tomó por el lado del templo, llegando así a la espléndida casa de Cuppes, la cual le salió al encuentro con sus hijos. Jesús acercó a las criaturas y habló con la madre, que se echó a sus pies. Mensor, los sacerdotes y muchos otros, le acompañaban, estando siempre dos a los lados de Jesús, que llevaba un bastón de viaje igual que sus tres discípulos. Cuando Mensor y los sacerdotes volvieron, ya había oscurecido y se encendían las lámparas. Todo el pueblo estaba en el templo o alrededor, rezando, unos de rodillas, otros con el rostro pegado a la tierra. Mensor declaró que todo el que no estaba dispuesto a vivir según las enseñanzas de Jesús y no creyera su doctrina, abandonara el país que él gobernaba. Había algunas tribus de color más oscuro que las gentes de Mensor. Esta ciudad de tiendas y su templo, con la sepultura de sus reyes, era como el centro del reino de estas tribus dedicadas al culto y estudio de los astros. En los alrededores, a varias horas de camino, vivían otras tribus y poblaciones. Jesús tomó un camino hacia el Sur. Su primera parada, para pasar la noche, a once horas de la capital de Mensor, fue un lugar de pastores que obedecían a Mensor. Pernoctó con sus discípulos en una tienda redonda con varias divisiones. A la mañana abandonó el lugar antes que despertaran sus moradores. Vi que llegó a un río y que se dirigió al Norte donde era posible vadearlo. A la tarde llegó a una choza redonda, de barro y paja, donde había un pozo cercado de plantas. Se lavaron los pies y pernoctaron en una choza terminada en punta, con un cerco, y otro más lejos de tejidos, hecho contra las fieras del desierto. La región era bastante fértil. He visto hermosas praderas con avenidas de árboles de sombra y bajo los árboles las chozas de techo puntiagudo. Eran gentes brónceadas por el sol, aunque no tan apuestas como las de Mensor. Sus vestidos eran semejantes a los primeros que encontró Jesús antes de entrar a la comarca de los Magos. Las mujeres tenían calzones amplios y mantas. Parece que se ocupaban en tejer o hilar, porque había telas extendidas de un árbol a otro y muchas trabajaban. Los árboles estaban recortados con arte y en las ramas más bajas había asientos para descansar. En las primeras horas de la mañana, cuando aún lucían las estrellas en el cielo, vinieron algunos a la choza, y al ver a Jesús y a sus discípulos, se echaron sobre sus rostros en tierra, llenos de reverencia. Habían recibido, de un mensajero enviado por Mensor, la noticia de la llegada de Jesús y no sospechaban que ya estuviese entre ellos. Jesús se levantó, se ciñó su amplia túnica, y se puso el manto que en los viajes solía llevar como un bulto enrollado. Se lavaron los pies, y rezaron. Jesús salió afuera, y al ver que estaban todavía echados en el suelo, les dijo que no debían temer su presencia. Luego se encaminó con ellos hacia el edificio que parecía un templo: un edificio redondo, bastante amplio, con una terraza donde se podía caminar. Esta azotea tenía parapetos con tubos que miraban hacia el cielo. Delante del templo había un pozo cerrado y un depósito de fuego que consideraban sagrado. Estaba bastante elevado del suelo, de modo que se podía ver a través por debajo de ese brasero. Alrededor del templo había asientos para el pueblo, con divisiones. Los sacerdotes llevaban vestiduras largas y blancas, con cintas de colores para cerrar las túnicas y una faja ancha con adornos de piedras brillantes y letras. Desde los hombros caíanles cueros con escuditos y emblemas. Cuando Jesús se acercó, llamó a un sacerdote que miraba en la terraza hacia los astros. El jefe de los pastores era hijo de un hermano del rey Mensor. Vino desde el templo al encuentro de Jesús y le dio el ramo de la paz, que Jesús entregó a Eremenzear, éste a Silas y Silas a Eliud. Eremenzear lo recibió de nuevo y lo llevó al templo, adonde se dirigió Jesús con los demás. Aquí había un altar redondo y pequeño; sobre él, un cáliz sin pie y dentro un jugo amarillento, donde Eremenzear metió el ramo de la paz. El ramo estaba seco, con hojas a ambos lados; pero parecía artificial y me parece que Jesús mandó que brotase y se volviese verde. Las figuras del templo estaban ocultas por un velo, un género muy liviano. Alrededor del templo se preparó un sitial para que Jesús enseñase. También aquí hacia preguntas como un maestro a sus alumnos. Las mujeres oían desde cierta distancia. La gente recibía la enseñanza con sencillez infantil. Jesús pasóse el día enseñando y de noche se hospedó en la casa del jefe de los pastores. La vivienda tenía varios pisos con escaleras exteriores y era redonda. Sobre la puerta había un escudo oval de metal brillante con esta inscripción: Azarías de Atom. Azarías no podía estar de acuerdo con Mensor y se dividieron los campos de pastoreo. Después de la visita de Jesús cambió completamente. El interior de la casa estaba adornado con colgaduras y tapices; un largo corredor techado conducía a las habitaciones de su mujer. Al acercarse el Sábado Jesús se retiró con sus discípulos para celebrarlo como había hecho en la ciudad de Mensor.