Tomo XII — Desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima

Sección 1: capítulos I – V

Primeros actos de culto después de la Resurrección — Segunda celebración y la Cena Eucarística. Tomás toca las llagas de Jesús

12345Sección 1 de 5

En esta sección:

Capítulo I

Primeros actos de culto después de la Resurrección

En el vestíbulo abierto de la sala de la última Cena preparó Nicodemo una cena para los apóstoles, las santas mujeres y una parte de los discípulos. Tomas no estaba con los demás: se había retirado de propia voluntad. Todo lo que aquí se hacfa era según lo estaba ordenado por el Señor. Jesús había, en la última Cena, instruido a Pedro y a Juan, que estaban al lado, y a los que había ordenado de sacerdotes, acerca de todo lo referente al Santísimo Sacramento, mandándoles que luego instruyesen a los demás repitiéndoles las enseñanzas recibidas. He visto a Pedro y a Juan en medio de ocho apóstoles abrir los misterios que el Señor les había confiado; hacerlos participantes de ellos y conferir con ellos acerca del modo de administrar esos misterios. Todo lo que Pedro decía era confirmado por Juan. Los ~póstoles tenín vestidur::~s bl::~nc::~s de fiest~; Pedro y J un tenín::~dems un::~ estol::~ que colgaba desde los hombros al pecho, cruzada allí y sujeta por una grapa. Los demás apóstoles llevaban una estola desde un hombro, que pasaba por la espalda y el pecho, cruzada debajo del brazo y sujeta allí con una grapa. Pedro y Juan habían sido consagrados sacerdotes por Jesús; los demás eran sólo diáconos. Después de esta conferencia he visto entrar a las santas mujeres en número de nueve y a Pedro que las instruía. Pedro hacia esto en la sala mientras Juan recibía a los discípulos más antiguos: en número de diecisiete, en la puerta. Eran los que más habían estado con el Señor. Entre ellos figuraban Zaqueo, Natanael, Matías, Barsabás y otros. Primero Juan sirvió en el oficio de lavarles los pies y luego se revistieron de vestiduras blancas con cinturones. He visto que Pedro envió a Mateo, después de la instrucción impartida, a casa de Lázaro, en Betania, para que allí, en otra cena y delante de muchos otros discípulos, repitiera lo que aquí se había enseñado y hecho. Después he visto preparar en el vestíbulo de la sala una mesa larga, de modo que algunos de los discípulos quedaban fuera del vestíbulo del Cenáculo, en el patio sombreado por tupidos árboles Se habían dejado tres entradas a las mesas para servir los alimentos. Las santas mujeres ocupaban el final de la mesa. Llevaban largas vestiduras blancas, con velos, pero sin cubrirse los rostros. Se sentaban a las mesas sobre pequeños y bajos taburetes, con asideros, y tenían las piernas cruzadas. En el medio de la mesa se sentaron Pedro y Juan, de frente: así cerraban la hilera de los hombres separándola de la de las mujeres. Los asientos no eran como lo fueron en la última Cena: tenían unos almohadones bajos, entretej idos, sobre los cuales se reclinaban. Delante tenían un rodete abotagado que estaba sobre dos pies más elevados, sujeto con maderas atravesadas. Todos estaban en la mesa echados, de modo que los pies de uno se extendían a lo largo de las espaldas del siguiente. En la ultima Cena he visto que estaban echados de manera que extendían los pies totalmente afuera. Esta comida transcurrió con todo orden. Primero oraron de pie; luego comieron echados, como he dicho, mientras Pedro y Juan enseñaban. Al final de la comida presentaron a Pedro un pan acanalado y chato. Pedro lo dividió en partes y puesto sobre dos fuentes lo hizo pasar a derecha e izquierda de la mesa. Se pasó también por la mesa un recipiente de vino bastante grande, y todos bebieron de él. Aunque Pedro bendijo ese pan, no era el Sacramento, sino sólo un ágape lo que celebraban. Pedro enseñó que todos debían ser uno, como uno era el pan que se distribuyó y como era uno el vino del cual bebieron todos. Después de esto se levantaron y cantaron salmos. Cuando se hubo terminado el ágape y limpiado las mesas, las santas mujeres se reunieron en grupo al final de la sala. Los discípulos estaban de ambos lados. Los apóstoles iban de un grupo a otro ensenando e instruyendo a los discípulos más antiguos lo que debían saber sobre el santo Sacramento. Era la primera catequesis después de la muerte de Jesús. He visto como yendo de unos a otros se daban las manos y declaraban que querían tener todo en común y alegres, dar de lo que tenían; ser uno y permanecer unidos. En esto vino como una conmoción entre ellos. Los he visto a todos como inundados de luz, como que se fundían en amor recíproco. Toda esa luz se levantaba como formando una pirámide, y en la cúspide de esa luz apareció la Virgen María como coronación y punto céntrico de todo. Desde donde estaba María salieron rayos de luz que se derramaban sobre los apóstoles. Era una representación de la unión de todos y símbolo de las relaciones de unos con otros. He visto como Mateo ensenaba en casa de Lázaro, en ocasión de un ágape semejante, entre muchos más discípulos que no estaban todavía en grado de comprender las enseñanzas como éstos del Cenáculo.

Capítulo II

La Comunión de los apóstoles

A la mañana muy temprano he visto como Pedro y Juan con Andrés entraban en la sa la del Cenáculo y se revestían de los hábitos de sacerdote. Los demás apóstoles hacían lo mismo en la sala contigua Los primeros tres apóstoles descorrieron la cortina, que era una colgadura entretejida en la parte media, y entraron en el sector de la sala que habían reservado para el Santísimo. Esta parte se había transformado en oratorio separándola del resto de la sala con un cortinado no tan alto, de modo que pudiera penetrar dentro la luz que venia de una ventana abierta en medio del salón. La cortina estaba adornada con borlas y se podía abrir por el medio para dar entrada a la luz. La mesa de la ultima Cena estaba allí. El cáüz con el resto del sanguis y la fuente con los restos del pan consagrado, estaban guardados en un nicho de la pared que formaba como un tabernáculo. Delante del Santísimo ardía una lámpara de un candelabro de varios brazos. Con esta luz encendieron la lámpara que había ardido en la Pascua. Trajeron al centro de la sala la mesa de la última Cena, pusieron sobre ella el Sacramento y apagaron la lámpara que había ardido delante. Los demás apóstoles, entre ellos Tomas, se colocaron en torno de la mesa. Del pan consagrado por Jesús y cambiado en su Cuerpo había aun bastante en la fuente pequeña, sobre el cáliz, cubierto con un fanal en forma de campana que tenía arriba un botón para asirlo. Sobre todo esto. cubriéndolo, estaba tendido un lienzo blanco. Pedro sacó el tirador de la base, lo cubrió con el lienzo y puso sobre él el plato con el santo Sacramento. Detrás de Pedro Juan y Andrés recitaban oraciones. Pedro y Juan. inclinados, recibieron el Sacramento; luego Pedro hizo circular el plato y cada uno recibió por si mismo el Sacramento. En el cáliz que había consagrado el Señor habían echado un poco de vino y de agua, y bebieron luego de él. Después cantaron salmos, oraron, cubrieron el cáliz y lo llevaron de nuevo a su lugar, como también la mesa. Esta fue la primera función que he visto celebrar por los once apóstoles Después vi que Tomas se fue con otro discípulo de Samaria a un pueblo de los alrededores.

Capítulo III

Los discípulos de Emaus

Lucas. que está desde hace poco entre los apóstoles, pero que ya había estado con Juan Bautista y recibido el bautismo de él, formaba parte del grupo de los discípulos que habían escuchado la instrucción de Mateo en casa de Lázaro, en Betania. Después de esta instrucción. permaneció pensativo y dudoso; por la tarde se fue a Jerusalén y pasó la noche en casa de Juan Marcos, donde había otros discípulos reunidos, entre ellos Cleofás, nieto del hermano del padre de María Cleofás, que había estado en la instrucción del Cenáculo. Los discípulos hablaban de la Resurrección de Jesús, pero dudaban. Lucas y Cleofás, especialmente, estaban muy dudosos en su fe. Como salió de nuevo la orden de los sacerdotes de que nadie diese albergue ni comida a los discípulos de Jesús, resolvieron los dos, que se conocían con anterioridad, ir a Emaús y vivir allí retirados. Abandonaron la reunión y uno, saliendo de la casa de Juan Marcos, se encaminó por lderech~ ~fuera delciudd por el Norte, y el otro por 1~ parte opuesta, para no despertar sospechas y no ser vistos juntos. El uno no tocó la ciudad; el otro, atravesando muros, salió por la puerta. Junto a una colina, fuera de la ciudad, volvieron a juntarse: tenían bastón de caminantes y alforjas. Lucas lleva una bolsa de cuero: lo veo salir a veces del camino y juntar hierbas. Lucas no estuvo en los últimos tiempos con el Señor. En Be tania no estaba s iempre en la instrucción de Mateo. sino más bien en e l albergue con otros discípulos Lo he visto también en Maqueronte. No había sido hasta ahora un discípulo permanente: ahora empieza a serlo; con todo había estado mucho con los discípulos y era muy deseoso de saber. Yo sentía que ambos estaban inquietos y dudosos y querían hablar de las cosas que se decían. No podían especialmente comprender como el Señor hubiese permitido ser crucificado tan villanamente por sus enemigos. Más o menos a mitad del camino se les acercó Jesús de un lado. Cuando lo vieron, retardaron el paso como deseando que pasara delante y no oyese la conversación. Jesús retardo también el paso y se unió a ellos cuando estaban delante algunos pasos. He visto al Señor caminar un momento detrás de ellos; luego se adelantó y les pregunto qué hablaban. Cuando estaban por llegar a Emaús, hermoso lugar donde el camino se ctividía en dos, quiso el Señor tomar el camino hacia Belén en dirección al Sur. Ellos le rogaron y le forzaron a entrar en una casa de Emaús, en la segunda hilera de la población No he visto a mujeres en la casa; me pareció una sala de fiesta abierta, donde hubiese tenido lugar una reunión. La habitación era cuadrada y limpia; la mesa estaba preparada; había almohadones y divanes en tomo, como en la última Cena. Un hombre trajo un panel de miel en una bandeja entretejida y una torta bastante grande de forma cuadrada. Delante de Jesús, como a huésped, le pusieron un pan pequeño, delgado, casi transparente, como los panes de Pascua. Este hombre me pareció bueno: llevaba un de lantal como si fuera cocinero o servidor de la casa. No estuvo presente en la acción que realizó luego Jesús. La torta estaba acanalada y señalada en partes del grosor de dos dedos. Sobre la mesa había un cuchillo blanco de hueso o de piedra, curvo y grande como una cuchilla nuestra. Rezaron y comieron parte de la torta y del panal de mie l. Primero comió Jesús, tendido en el diván. Luego tomó el panecillo que tenía las hendiduras y con el c uchillo blanco de hueso lo dividió en tres partes. lo colocó sobre ambas manos, un plato y lo bendijo; panes y oro con los ojos elevados al cielo. Los dos hombres estaban delante de Jesús, conmovidos, como fuera de sí mismos. Jesús separó los bocados y ellos se acercaron con la boca abierta al Señor, quien con su mano le dió a cada uno su parte. He visto que al mover Jesús la mano hacia la boca, el tercer bocado desapareció de entre sus dedos. No puedo decir que en realidad haya tomado el tercer bocado. Los bocados brillaban cuando los hubo bendecido. A los dos discípulos los vi por un rato como transportados; luego, entre lagrimas de ternura, se echaron entre sus brazos llenos de santa emoción. Esta escena fue en particular emocionante por la exquisita bondad de Jesús y la alegría tranquila de los dos discípulos, mientras aun no lo conocieron, y más por el éxtasis en que se sumieron cuando lo reconocieron y El desapareció de sus ojos. Cleofás y Lucas volvieron de inmediato a Jerusalén. La tarde del mismo día estaban los apóstoles, menos Tomás con varios discípulos y con José de Arimatea y Nicodemo, en la sala donde brillaba una lámpara que colgaba del techo. Estaban entregados a la oración: me parecía que en acción de gracias después de un ~cto ele li turgi~. ele condolencí~. pues en.Terusl én se cerrb~n hoy las fiestas de 1:~ Pascua. Todos llevaban trajes blancos muy largos. Pedro, Juan y Santiago el Menor tenían vestimentas especiales y rollos de la Escritura en las manos. Sobre sus vestiduras llevaban un cinturón ancho como la palma de la mano, del cual pendían dos cintas del mismo ancho, hasta las rodillas, terminando en forma dentada. Tanto el cinturón como las dos cintas pendientes tenían letras blancas sobre el fondo negro. Por detrás el cinturón tenía un nudo y las dos partes se cruzaban y caían más abajo todavía que las dos cintas delanteras. Las mangas de la vestidura eran muy amplias y una de ellas servía para guardar los rollos de la Escritura. Del codo del brazo izquierdo pendía un manipulo ancho, terminado en borlas del mismo color y hechura que el cinturón y las cintas. Pedro Llevaba una estola, angosta en el cuello, y más ancha al caer sobre el pecho, donde se cruzaban las dos partes, sujetas por un escudo en forma de corazón, lustroso y adornado de piedras. Los otros dos apóstoles llevaban estola cruzada y las cintas del cinturón eran más cortas. Durante la oración solían cruzar las manos sobre el pecho. La primera hilera debajo de la lampara estaba formada por los apóstoles; las otras dos por los discípulos. Pedro, entre Juan y Santiago, estaba de espaldas a la puerta cerrada de la sala del Cenáculo. Detrás de él no había sino pocos, y delante, los que formaban circulo, dejaban abierto el medio que daba al lugar del Santísimo. María Santísima estaba en compañía de María Cleofás y María Magdalena, presentes a este acto en el vestíbulo de la sala cerrada. Después de la oración hubo también instrucción por parte de Pedro. Me maravilla ver que la mayoría de Jos apóstoles y discípulos no acababan de creer, aun cuando el Señor se había aparecido ya a Pedro, a Juan y a Santiago. Pensaban que tal aparición no era verdadera, si no una visión o algo así como solían tener Jos profetas cuando predecían el futuro. No creían todavía en una aparición corporal y verdadera. Después de la instrucción de Pedro se habían reunido nuevamente para la oración. En ese momento Lucas y Cleofás llegaban a la puerta del Cenáculo y golpeaban. Volvían de Emaús y contaron la alegre nueva de la aparición del Señor. La oración fue interrumpida. Cuando prosiguieron la oración, de pronto todos se s intieron conmovidos, resplandecientes de contento. Jesús había entrado a puertas cerradas. Aparecía en blanca y larga vestidura, ceñida por un cinturón. Sintieron su proximidad antes de que Él se adelantara y se pusiera debajo de la lámpara del centro. Todos estaban admirados y conmovidos. Jesús les mostró sus manos y sus pies llagados, y abriendo su pecho, la herida de la lanza. Les hablaba y como vio que estaban espantados, pidió algo de comer. De su boca salían rayos de luz que iban a los presentes, que estaban como fuera de sí. Entonces vi que Pedro se dirigió a un rincón de la sala, donde colgaba una cortina ocultando una parte del salón. Yo no había reparado en e llo, porque la cortina era del mismo color que las paredes. En esa división de la sala, ademas del lugar del Santísimo, había un sitio para guardar una mesita alta de un codo que usaban para los ágapes después de la oración. Sobre esta mesita había un plato ovalado y hondo, cubierto con un lienzo blanco. Pedro trajo el plato y lo puso delante del Señor. En el plato había un trozo de pescado y algo de un panal de miel. Jesús dio gracias, bendijo el aUmento, comió y dio del mismo a algunos, no a todos. También a su Santísima Madre, que estaba con otras mujeres en el vestíbulo, dio parte del alimento, como a las que la acompañaban. Después Jo he vísto enseñando y dando poderes y fuerzas a los apóstoles. El círculo que Jo rodeaba era triple; adentro estaban Jos diez apóstoles. Tomas no estaba allí. Me causaba maravílla ver que una parte de sus palabras las oían sólo los diez apóstoles. Pero no puedo decir qué oían. Yo no veía mover los labios a Jesús. Él iluminaba; despedía luz de sus manos. de sus pies y de su costado, y de su boca, como si soplase sobre ellos. Esa luz entraba en ellos y ellos entendían y comprendían todo. Yo no he visto movimiento de labios ni oía voz alguna, ni veía que ellos entendieran palabras por el oído. Entendieron que podían perdonar los pecados; que debían bautizar a las gentes: que podían curar enfermedades; que debían imponer las manos, y que podían probar veneno sin daño alguno. Yo no sabia explicar esto; pero yo entendía que todo esto lo decía sin palabras; que lo decía no para todos: que sólo lo entendían los que debían entenderlo, y que todo esto lo comunicaba como si fuera una substancia, algo existente. como un rayo que penetra en e llos. No podría tampoco decir si ellos entendían que lo recibían así o si pensaban recibir esto por oído natural. Lo que puedo decir es que solamente los del circulo interior recibieron estos poderes, es decir. los apóstoles. Todo esro lo puedo comparar a un oír interior, sin conversación, en voz tan baja que ni siquiera era un susurro. Jesús les explicó y declaro varios pasajes de la Sagrada Escritura que se referían a Él y al Santo Sacramento, y ordenó un rito y ceremonias para honrar el Santo Sacramento para después de la festivídad del Sábado (es decir, para el Domingo). Les habló del misterio del Arca de la Ahanza; de las reliquias de los Patriarcas y de su veneración, y como debían usar de su intercesión delante de Dios. Les dijo que Abraham ponía huesos y reliqu.ias de Adán cuando ofrecía sacrificios. Un punto del sacrificio de Melquisedec, que entendí entonces y me pareció muy importante, ahora no Jo puedo recordar. Les dijo además que la vestidura polímita que Jacob dio a José era una figura de su sudor de sangre en el huerto. En este momento vi la túnica de José. Era blanca con rayas gruesas coloradas, tenía sobre el pecho tres cordones negros al través y en medio un adorno amarillo. Arriba era ancha como para guardar algo sobre el seno y en el medio ceñida. Debajo tenía a los lados dos cortes para facilitar el andar. Por delante llegaba casi a los pies y por detrás era algo más larga. Hacia el pecho, hasta el cinturón, estaba abierta. La túnica ordinaria de José, en cambio, le llegaba sólo hasta las rodillas. Jesús dijo también a los apóstoles que en el Arca de la Alianza había huesos de Adán, de los cuales Jacob entregó a punto fijo qué era lo que le daba su padre. Jacob se lo dio como prueba de amor, como quien le daba una defensa, una protección, porque sabía que sus hermanos no Jo querían bien. José tenía esos huesos sobre su pecho en una bolsita de cuero, de forma cuadrada abajo y arriba redondeada. Cuando sus hermanos lo vendieron a los mercaderes, le quitaron la túnica polí mita y el vestido interior. Pero José tenía todavía una especie de escapulario sobre su cuerpo y en el pecho la bolsita con la reliquia. Cuando Jacob fue a Egipto pregunto a José si conservaba esa bolsita y le declaró que contenía huesos de Adán. En esta ocasión he vuelto a ver los huesos de Adán enterrados en el monte Calvario. Los he visto blancos, como la nieve, pero muy duros. Más tarde se conservaron en el Arca huesos del mismo José. Jesús hablo del misterio del Arca de la Alianza declarando que ese misterio era ahora su cuerpo y su sangre que les había dejado en el Santísimo Sacramento. Les habló wdavía de sus dolores y de su Pasión, explicándoles cosas maravillosas de David, que ellos ignoraban. Por último les mandó que después de unos días fueran a Sichar y diesen testimonio de su resurrección. Luego desapareció. He visto que todos estaban como fuera de sí, por el éxtasis y la emoción. Abrieron la puerta y salieron y entraron nuevamente. Más tarde Jos vi de nuevo reun idos bajo la lampara, dando gracias y cantando salmos.

Capítulo IV

Los apóstoles predican la Resurrección

La misma noche he visto que, según la orden de Jesús, unos iban a Betania y otros a Jerusalén. En Betania quedaron algunos de los discípLLios más antiguos para instruir a los más nuevos y a los indecisos en la fe; lo cual hacían parte en casa de Lázaro y parte en la sinagoga. Nicodemo y José de Arimatea se hospedaban en casa de Lázaro. Las santas mujeres estaban en un departamento aparte de la misma casa de Lázaro, rodeado de un patio y de excavaciones. Tenía entrada por la calle y estaba habitado ordinariamente por Marta y por Magdalena. Los apóstoles con algunos discípulos, entre ellos Lucas, se dirigieron hacia Sichar. Pedro les dijo con alegría: «Queremos ir al mar a pescar», entendiendo decir: a salvar almas. Llegados alli se dividieron en varios grupos, y enseñaban en los albergues y al aire libre hablando de la Pasión, muerte y resurrección de Cristo. Era como una anticipación de lo que harían después de Pentecostés. En el ~lbergue de Tenat-Silo se reunieron de nuevo tocios. Tmb i én Toms llegó con dos discípulos hasta allí, mientras estaban reunidos para una comida. Esta comida la había preparado el padre de Silvano, que tenía la custodia del albergue para los apóstoles. Los apóstoles contaron a Tomas la aparición de Jesús en medio de ellos; pero él hacia ademanes con la mano diciendo que no creería hasta que no tocase sus llagas. Lo mismo decía delante de los discípulos que le contaron lo que habían visto. Tomás se había separado de la comunidad y había flaqueado en la fe. Pedro enseñó en la escuela de Tenat-Silo hasta muy entrada la noche. Habló bien c laro de como los judíos habían tratado a Jesús. Contó muchas cosas de lo que Él les había predicho de su Pasión y de su doctrina. Habló de su amor indecible, de su oración en el Huerto de los OHvos, y de la traición y la triste muerte de Judas. Sobre esto se mostraron muy afectados y tristes: habían conocido a Judas y aun lo estimaban, pues durante la vida de Jesús, había estado entre ellos y ayudado y hasta obrado milagros. Pedro no dejó de contar sus propios pecados; sus imprecaciones y sus negaciones. Derramó muchas lágrimas, y todos lloraban con él. Así se fue animando cada vez más, y contó como los judíos habían llegado al exceso de crueldad con el Señor. Declaró que había resucitado y se les había aparecido a él y a los demás, y pidió dieran los demás testimonio de haberlo visto y estado con Él. He visto que un centenar de ellos alzaron las manos y los dedos en testimonio. Tomás permaneció silencioso sin alzar la mano: no podía acabar de creerlo. Pedro pidió a los oyentes lo dejasen todo, siguiesen a los discípulos y se juntasen a la comunidad para ir en pos de Jesús. A los indecisos los invitó a Jerusalén, donde dividirían lo necesario entre ellos. Les dijo que no temieran a los judíos, pues ellos nada harían en contra porque estaban poseídos de temor. Todos estaban muy conmovidos y muchos se convirtieron. Querían que se quedasen por más tiempo los apóstoles entre ellos; pero Pedro les dijo que debían volver a Jerusalén. Los apóstoles hicieron aquí muchas curaciones, inclus ive de algunos lunáticos y endemoniados. Lo hacían como Jesús lo había dicho: soplando sobre ellos, imponiéndoles sus manos y aun extendiéndose sobre ellos. La mayoría eran enfermos a los cuales Jesús había dejado para más tarde cuando estuvo aquí la LLltima vez. He visto a esta población muy encarnada con los apóstoles. Los discípulos no curaban enfermos; pero ayudaban en llevar, traer, alzar y encaminar a los enfermos; especialmente Lucas, que era médico. se constiruyó en enfermero de éstos. A la Madre de Dios la veo en Betania, silenciosa, seria y triste, pero no como el común de las mujeres, sino de un modo conmovedor inexplicable. María Cleofás. que es extremadamente compasiva, se inclina muchas veces hacia María procurando darle consuelo: es la más semejante, en esto de consolar, a la Madre de Dios. El dolor de la Magdalena no conoce limites; muestra su dolor y su amor sin medida; no puede estar sosegada. La veo salir a veces a la cal le con los cabellos sueltos, y donde encuentra gente, en las casas y afuera, se lamenta de lo que han hecho con el Señor: y habla con vehemencia de su encuentro con Él y de su Resurrección. Cuando no encuentra gente, va por el jardín y el huerto, y se lamenta como si hablara con las plantas, las flores y las fuentes. Algunas veces veo que se reímen hombres en torno de ella: muchos la compadecen; otros la desprecian por su vida pasada. No tiene crédito en las grandes reuniones, pues recuerdan su mala vida. He visto que su modo de ser y de manifestar su dolor por la muerte de Jesús, escandalizaba a varios judíos, que pensaron ~poderrse de ell~. Especialmente cinco de ellos trataron de realizarlo: pero él no se cuidaba de ningún peligro y transitaba en medio de la gente sin pensar en otra cosa sino en su Jesús. Marta, en cambio, sufrió y sufre aun por la dispersión de los apóstoles y por la Pasión y muerte del Señor: estaba como anonadada por el dolor, pero ayuda a todos y es compasiva con los necesitados. Alberga y da de comer a todos los dispersos. los cu ida y los asiste. Le ayuda mucho Juana, la viuda de Chusa, procurador de Herodes. Simón el Cireneo está ahora con los discípulos en Betania: igualmente sus dos hijos. Simón era un buen hombre de Cirene, que solía venir a Jerusalén en los días santos. Aquí solía trabajar con varias familias conocidas, arreglando sus jardines y recortando los cercos de sus propiedades. De este modo comía ya en una ya en otra casa. pues era muy buscado por ser hombre callado y justo. Sus hijos estaban ya desde algún tiempo en el extranjero y frecuentaban las reuniones de los discípulos del Señor sin que su padre se hubiese enterado. En Jerusalén andaban por estos días los partidarios de los sacerdotes visitando las casas, cuyos dueños estaban o habían estado en relaciones con Jesús o con sus apóstoles, y los declaraban privados de sus empleos públicos y rompían relaciones con ellos. Ya Nicodemo y José de Arimatea no tenían relación con esos judíos desde la sepultura de Jesucristo. José de Arimatea había sido hasta entonces como un jefe de asamblea; por su modo de ser callado, servicial y emprendedor se había granjeado la estima hasta de los malos, que lo respetaban por su prudencia. Me ha alegrado mucho ver que también el marido de Verónica ha cambiado de sentimientos y deja ahora en paz a su mujer, la cual le declaró que antes lo dejaría a é l, su marido, que separarse de Jesús Crucificado. He visto que ahora ya no toma tanta parte en los asuntos públicos, aunque lo hace más bien para estar bien con su mujer que por amor a Jestís. Los judíos mandaron cubrir de obstáculos y cerrar los caminos y senderos que conducen al Calvario y al Sepulcro, porque veían que muchas piadosas personas peregrinaban a ese lugar y sucedían allí prodigios. También Pilatos se ausentó de Jerusalén por inq uietudes interiores que le acusaban. A Herodes lo veo ahora en Maqueronte, en busca de paz; pero tampoco allí se encontraba tranquilo e inrernábase hasta Madián. Aquí, los que un día no habían querido recibir al Señor, abrieron las puertas al malvado ases ino de Juan Bautista. En estos días veo a Jesús apareciéndose en diversos lugares, como en Galilea, en un valle junto al Bordan donde había una escuela. había allí muchas personas juntas que hablaban de lo que se decía de su resurrección y dudaban de ello. Entonces apareció Él en medio de ellas, habló algunas palabras y desapareció. De este modo apareció en varios lugares. Los apóstoles volvieron de Sichar a Jerusalén y enviaron aviso a Betania anunciando su partida, e invitándolos a ir a Jerusalén para la festividad del Sábado. Otros debían celebrar el Sábado en Betania. tenían sobre esto establecido cierto orden. Los apóstoles van cruzando varias poblaciones, pero no se detienen en runguna de ellas. Tadeo, Santiago el Menor y Ehud precedieron, en trajes de viajantes, a los demás en dirección de la casa de Juan Marcos, donde estaban María, la Madre de Jesús, y María Cleofás, las cul»lles se l»llegrl»lron mucho y los recibieron como sí hiciera mucho tiempo que no se veían. He visto que Santiago traía cons igo un vestido sacerdotal, un manto, que las santas mujeres habían confeccionado en Betania para Pedro. Santiago lo depuso luego en el Cenáculo. Los apóstoles llegaron tan tarde al Cenáculo, que no pudieron tomar parte en la comida preparada y comenzaron en seguida a festejar el Sábado. Se vistieron sus vestiduras de fi esta, después del lavado de los pies. Se encendió la lampara ritual, y noté entonces una variante en las ceremonias de los judíos. Se descorrió la cortina que ocultaba el Santísimo y se puso delante e l asiento que Jesús había ocupado en la última Cena. Lo cubrieron con un tapete y pusieron sobre él los rollos de las Escrituras. Pedro se hincó delante; Juan y Santiago algo más atrás; los demás apóstoles detrás de ellos, y después los discípulos. Cuando se hincaban solían indinar la cabeza hasta el suelo. teniendo las manos sobre su rostro. Se quitó el cobertor del cáliz; pero el lienzo blanco quedó sobre él. Asistían al acto sólo aquellos discípulos que estaban más enterados en los misterios del Santo Sacramento. Pedro, con Juan y Santiago a ambos lados, guió una meditación y oración conmemorando la institución del Santísimo Sacramento y la Pasión del Señor, y cada uno ofreció uo sacrificio de su devoción en su interior. Después comenzaron las acostumbradas ceremonias del Sábado, bajo la lampara, que hacían de pie. Luego tomaron algún alimento en el vestíbulo. En la sala de la institución del Sacramento en la última Cena, no los he visto ya celebrar sus comidas, salvo un ágape de pan y vino. Jesús les había enseñado lo que añadieron a la celebración del Sábado, respecto del Sacramento. La Santísima Virgen fue llevada por María Marcos a Jerusalén y la Verónica, que ahora va públicamente con María, la acompañó con Juana Chusa desde Betania a Jerusalén. La Virgen Santísima prefiere estar en Jerusalén, pues allí va sola, al oscurecer y por la noche, por el camino que anduvo Jesús en su Pasión; reza y medita en los lugares donde Jesús ha padecido o caído. No puede llegar a todos esos lugares, porque los judíos han puesto obstáculos para impedirlo, levantando barreras o cercando los senderos. María hace el Vía Crucis en casa o en lugar apartado, pues conserva en la memoria los pasos y lugares, y así hace, recorriendo mentalmente las estaciones, el camino del Calvario. Es cosa cierta que la Virgen fue la primera que inicio esta práctica con la meditación de la Pasión y muerte de Cristo, práctica que se fue generalizando con el andar de los tiempos.

Capítulo V

Segunda celebración y la Cena Eucarística. Tomás toca las llagas de Jesús

Después de la fiesta del Sábado, cuando los apóstoles dejaron sus vestiduras sacerdotales, tuvieron una comida importante en el vestfbulo. Era un ágape fraternal como el del pasado Domingo. Tomás debe haber celebrado el Sábado en otro lugar, pues he visto que llegó al término de la comida y entró en la sala del Cenáculo. No había oscurecido y la lámpara no estaba encendida en la sala. Algunos apóstoles estaban allí y otros entraban en ese momento. Iban y venían porque se revestían de sus largas vesüduras blancas y se disponían para la oración como la vez pasada. Pedro, Juan y Sanüago ya se habían revesüdo. Mientras se disponían para la oración vi entrar a Tomás. Cruzó la sala entre los ya revestidos y se dispuso a tomar sus vestiduras. Unos le hablaban; he visto que alguien le tomb~ de ls ~ngs; otros levntb~n 1~ mno en formde jurmento y de testimonio contra su incredulidad. Tomás se portaba como un hombre que esta apurado en revestirse, ya que no podía o no quería creer lo que los otros le aseguraban. En este momento entró un hombre con un delantal, que parecía un servidor de la casa, con una lámpara encendida en una mano y en la otra un bastón terminado en gancho, con el cual ensartó la gran lámpara del medio, la bajó a su alcance, la encendió y la volvió a subir; luego salió. Vi a María Santísima, a Magdalena y a otra mujer que se disponían a entrar en la sala. Pedro y Juan les sa lieron al encuentro. La otra mujer quedó en la antesala, abierta por el medio y una parte de las salas laterales. Las puertas del patio y las que daban a la calle estaban cerradas. En los espacios de la sala lateral había muchos discípulos de Jesús. Al entrar María Santísima y la Magdalena, cerraron las puertas y se dispusieron para la oración. Las santas mujeres permanecieron reverentes a los lados de la puerta, de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Los apóstoles oraron de nuevo hincados delante del Santísimo como primer acto; Juego, debajo de la lampara, de pie, cantando salmos alternativamente, como en el coro. Pedro estaba de cara vuelto al Santísimo y Juan y Santiago el Menor a sus lados. Los demás apóstoles estaban alineados en torno de la lámpara a ambos lados. El espacio del medio que miraba al Santísimo estaba libre. Pedro tenía sus espaldas hacia la puerta. Detrás de ellos, más distantes, estaban las santas mujeres. Hubo una interrupción en la oración: parecía que ésta había terminado. Vi que hablaban como si quisieran ir hacia el Mar de Tiberíades y repartirse por Jos pueblos de esa región. De pronto se vieron sus rostros como esclarecidos y transformados por la presencia del Señor. Vi en ese momento al Señor, resplandeciente, venir por el patio. Llevaba vestidura blanca y cinturón de igual color. Se acercó a la puerta de la antesala, que se abrió y se volvió a cerrar detrás de Él. Los discípulos vieron como se abría la puerta y se apartaron dando lugar al Señor. Jesús avanzó rápidamente y se colocó junto a Pedro y a Juan, los cuales se retiraron, cediéndole el lugar del medio. Su modo de caminar no era como el andar acostumbrado de los hombres ni tampoco de fantasma. Me recordó a un sacerdote que avanza sereno y grave en medio de los fieles, que están respetuosos a ambos lados y le dejan paso. De pronto todo era en la sala brillante. Jesús estaba rodeado de resplandor. Los apóstoles se retiraron. pues, de otro modo, estando dentro de esa luz, no lo hubieran pod ido contemplar. Jesús dijo: «La paz sea con vosotros». Luego habló con Pedro y Juan. Me pareció que era una advertencia para ellos: habían hecho algo no conforme a lo mandado, sino por su voluntad; por eso no habían tenido éxito en lo que hicieron. Se refería a ciertas curaciones que habían intentado al regreso de Tenat-S ilo y Sichar, donde no habían obrado todo según lo prescrito por el Señor, sino según sus propias ideas. Les dijo como debían hacer otra vez cuando volvieran. Después de esto se acercó a la lámpara y todos se agruparon en torno de Él. Tomás, muy avergonzado en la presencia del Señor, se había retirado algo más atrás. Jesús tomó con su mano derecha la mano derecha de Tomás e introdujo el dedo índice de Tomás en la llaga de su mano izquierda. Luego tomó la mano izquierda con su izquierda, introduciendo el dedo pulgar del apóstol en su llaga derecha. Después con su mano derecha volvió a tomar la derecha de Tomás y, sin descubrir su pecho, pasó la mano de Tomás debajo de su vestidura, introduciendo el dedo indice y el medio del apóstol en la llaga de su costado derecho. Dijo algunas palabras mientras hacia esto. Tomás cayó como desmayado y conmovido, mientras decía; «Mi Señor y mi Dios». Jesús retenía su mano derecha. Los presentes lo sostuvieron y Jesús lo levantó con su divina mano. Esta caída y este levantamiento tenían su significado. Cuando Jesús tomo la mano de Tomas he visto las llagas del Señor, no como llagas sangrientas, sino como pequeños soles resplandecientes. Los demás discípulos estaban muy conmovidos por esta aparición del Señor y levantaban y estiraban sus cabezas para ver lo que el Señor hacia con Tomas. A la Virgen Santísima la vi durante esta acción como fuera de sí por el éxtasis, silenciosa y recogida. La Magdalena mostraba más su emoción. aunque menos exteriormente que los discípulos. Jesús no desapareció en segu ida: habló aun y pidió algo de comer como la primera vez. He visto de nuevo como sacaron del lugar donde estaba oculta la mesita, una puentecilla ovalada con un pez. Jesús comió del pez después de haberlo bendecido y dio parte de él mismo, primero a Tomás, luego a los demás. Jesús declaró por qué estaba en medio de ellos, que lo habían abandonado, y por qué no estaba siempre con aquéllos que le habían permanecido fieles. Explicó por qué había dicho a Pedro que confirmara a sus hermanos. Volviéndose a todos los presentes les dijo que quería dejarles a Pedro como jefe, aun cuando éste le había negado. Añadió que debía ser pastor del rebaño y habló del ardor de Pedro. Juan trajo en sus brazos, desde el lugar del Santísimo, aquel manto bordado, amplio, a modo de capa pluvial, que Santiago había recibido de María, confeccionado en los últimos tiempos por las santas mujeres de Betania. Treron también un báculo imitando un bastón de pastor: era alto, hueco, esbelto y doblado en la parte superior como los báculos episcopales. El manto o capa era de color blanco, con anchas rayas rojas; tenía bordados de espigas, racimos de uvas y un cordero con otros adornos de distintos colores. La capa era amplia, larga hasta los pies y estaba sujeta por delante con una especie de escudo cuadrado de metal. Los lados de la capa tenían listas de color rojo y letras bordadas. Tenía una capucha blanca que podía alzarse para cubrir la cabeza. Ahora veo a Pedro hincado, delante del Señor, que leí da un bocado redondo, como un panecillo: no vi que lo haya sacado de ningún plato o lugar de allí; el bocado brillaba. Tengo la persuasión de que Pedro recibe en este momento una fuerza extraordinaria. Veo que sopla sobre él y le da con eso una fuerza, un poder, infundiéndole una potestad. No era en realidad un soplar sobre él: era algo real, existente, palabras y fuerza que pasaban de Jesús a Pedro por medio de las palabras. Veo que Jesús acerca su boca a la de Pedro y derrama en la boca y en los oídos de Pedro una fuerza, una potencia, que veo pasar del Señor a Pedro. No era todavía el Espíritu Santo, que vino sobre é l en Pentecostés: era algo que pasaba a Pedro y que sería vivificado el dia de Pentecostés. Jesús le impuso también sus manos y le comunicó un poder sobre los demos. El mismo Señor le cubrió Juego con el manto que sostenía Juan en sus brazos y le entrego el báculo. Dijo en esta ocasión que ese manto debía mantener toda la fuerza que Él le había comunicado y que debía llevarlo todas las veces que convenía hacer uso de la potestad que le había comunicado. Jesús les habló de otro gran bautismo, cuando Él les mandase el Esyíritu Santo; y añadió que Pedro daría a Jos demás, ocho días después, la potestad que Elle había dado ahora a Pedro sólo. Ordenó además que algunos dejaran las vestiduras blancas y usaran otras de diversas formas con un escudo en medio y que otros usaran de nuevo la vestidura blanca. Eran indicaciones de diversos grados, consagraciones y órdenes que debían ejercer entre ellos. Después Jesús les dijo a Jos discípulos que se dispusieran en siete grupos y a la cabeza de cada grupo puso a un apóstol. Santiago el Menor y Tomás debían permanecer junto a Pedro. Se ordenaron según mandó Jesús. Parecía que debían ser como siete comunidades, siete iglesias. Jesús dijo también a Pedro que fuera al mar de Galilea a pescar. Pedro dirigió la palabra a los demás en su nueva dignidad. Parecía transformado en otro hombre. lleno de potestad y de fu erza. Ellos escucharon sus palabras, muy conmovidos, entre lágrimas. Pedro los consoló y recordó muchas cosas que Jesús había predicho y que se realizaban entonces. Recuerdo que dijo, entre otras cosas, que Jesús sostuvo durante diez y ocho horas los desprecios y las vi llanías de todo el mundo. También dijo lo que faltaba para que se cumplieran los treinta y cuatro años de la vida de Jesús. Cuando Pedro comenzó a hablar, Jesús ya había desaparecido. Ninguna maravilla, ninguna extrañeza interrumpió las palabras de Pedro en su discurso, pues aparecía ahora con una fuerza y con un poder renovados. Cantaron unos sanos de acción de gracias. No he visto que Jesús haya hablado con su Madre ni con Magdalena en esta ocasión.