Tomo XII — Desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima

Sección 3: capítulos XIV – XVIII

Crecimiento de la comunidad — La Iglesia en la piscina de Bethesda

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En esta sección:

Capítulo XIV

Crecimiento de la comunidad

El número de los creyentes iba s iempre aumentando. Muchas gentes venían desde la Galilea con sus asnos y sus equipajes y había continuo trabajo para acomodar a los recién venidos. Venían generalmente primero al albergue de los apóstoles en Betania, donde siempre vivían algunos discípulos que se turnaban para dar informaciones y consejos a los recién llegados Por medio de estos discípulos eran dirigidos a Lázaro que tenía muchas posesiones. En Jerusalén, en las cercanías del monte Sión, vivían muchos judíos pobres que habitaban antiguos muros y núnas. En los contornos veía pacer bastantes asnos. Algunos extranjeros, que venían para las fiestas, solían tener allí sus albergues. Cerca del Cenáculo había un antiguo edificio, bastante grande, aunque ruinoso, sobre el monte Sión, que un día fue famoso (castillo de David), donde se halló refugio para mucha gente, que vivía en chozas o en casas pegadas a Jos muros. He visto que sohre gme.<:os muros, debajo de los cuales hilbía gentes se extendíiln tiendils con tapices y alfombras para improvisar habitaciones. Los caldeos de Sikdor, que habían venido a ver a Jesús y que Él había enviado al régulo de Cafarnaúm y de allí iban vuelto a sus tierras, llegaron ahora con sus animales de carga y sus equipajes en crecido número. Colocaron sus animales en el patio de la casa ruinosa. Los judíos no han hecho hasta ahora nada en contra. Sólo han obstruido e l camino hacia el monte del templo y por el lado del monte Sión hacia la piscina de Bethesda. donde muchos cristianos tienen sus habitaciones. Las paredes que han levantado en muchas partes dividen y separan a estos fi eles del resto de la ciudad. Los recién llegados estén ocupados en apartar gran cantidad de géneros, algunos finos, otros groseros. de lana blanca o amarilla, como también alfombras y telas para tiendas. Han formado gruesos rollos y los envían para uso común de la comunidad. Nicodemo y José de Arimatea distribuyen y ordenan todas estas cosas. Con estos géneros harán vestiduras sacerdotales y otras para Jos recién bautizados. A los necesitados se les da Jo necesario y todos son atendidos convenientemente. Junto a la piscina de Bethesda tomaron Jos apóstoles para su uso una antigua sinagoga frecuentada sólo por extranjeros: está algo más elevada que la piscina misma. Aquí se reúnen Jos recién venidos y son instruidos por los apóstoles. Los recién llegados no son recibidos en seguida dentro de la comunidad ni tampoco entran en el Cenáculo. Por el momento no veo que los apóstoles ni los discípulos ni los recién llegados frecuenten el templo. Si después de Pentecostés iban al templo era para predicar, después de haber recibido el Espíritu Santo. El templo de esta comunidad es el Cenáculo, donde esta el Santísimo Sacramento. La Madre de todos estos fieles es la Virgen Santísima. Los apóstoles se aconsejan con Ella y Ella es para ellos un apóstol. Veo que la mujer y la hija de Pedro y otras mujeres, como la de Marcos. se trasladaron de Betsafda a Betania, donde habitan bajo tiendas. Estas mujeres ya no tienen relación con sus maridos. Se juntan con los apóstoles sólo cuando hay instrucción y se ocupan de tejer y trenzar telas diversas; en este trabajo están ocupadas muchas a la vez. También María Santísima. Marta y Magdalena cosen, tejen, bordan, a veces sentadas. a veces caminando. con los trabajos en las manos. He visto a María bordar, en colores pálidos, figuras de apóstol o del Señor, sobre telas amarillas, grises o azu l-celestes. Las figuras no eran tan envueltas como las había visto antes. Una vez la he visto bordar una representación de la Santísima Trinidad: Dios Padre e entregaba al Hijo, que vestía como sacerdote. la santa Cruz; de ambos procedía el Espíritu Santo, no como paloma, pues las alas eran brazos. Éstas figuras estaban más bien en los ángulos de las vestiduras. He visto en antiguas igles ias ornamentos que María Santísima había bordado. Los apóstoles ayudaban para procurar habitación a los recién venidos. Los he visto traer madera, esteras y cargar tapisqué entretejidos. Los pobres reciben vestidos y comida. Lázaro es el principal proveedor. Las santas mujeres, entre las cuales veo a la de Zaqueo, se ocupan de proveer a las mujeres de la comunidad. Ninguno tiene cosa propia; el que tiene algo lo trae y el que no tiene nada recibe lo necesario. La casa de Simón, llamado el leproso, está llena de recién llegados. Él mismo ya no vive en su casa: la entregó a la comunidad y reside como los demás, mezclado con ellos. Sobre la terraza de su antigua casa se ha levantado y formado una especie de sala con tabiques movibles, colocándose allí un púlpito para la enseñanza. Se sube a esa terraza desde afuera por escalones practicados en la pared. En todas partes se fabrican y se levantan tiendas, se acomodan habitaciones junto a los muros y se ocupan casas vacías aquí y en Jerusalén. Algunos se retiraron del país después de la crucifixión del Señor. Después de Pentecostés aumentó tanto el número de los creyentes que los apóstoles tuvieron que tratar con las autoridades para procurarse nuevos sitios para los recién llegados. Los apóstoles enviaron a Nicodemo, a José de Arimatea, a Natanael y a otros más conocidos de los judíos a tratar con las autoridades; y los veo reunidos. unos veinte, en la sala sobre la puerta del atrio de las mujeres en el templo. Les fueron señalados tres lugares fuera de la ciudad, apartados de los caminos más frecuentados. Un lugar estaba entre Betania y Betfagé, al Oeste de Betania, donde había ya chozas y galpones: dos lugares al Sur de Betfagé, algo apartados del camino. Debían desocupar el albergue junto a Betania, en el camino, y no debían hospedarse tampoco en el albergue junto a Jerusalén, hacia Belén, donde María se hospedó cuando la presentación en el templo. He visto como los jefes les indicaban con la mano los lugares desde el templo, cómo fueron los enviados a anunciar el cambio a los apóstoles y cómo salían algunos grupos para ocupar los lugares que Pedro y Juan les indicaban para edificar sus habitaciones. Veo asnos cargados con todo lo necesario y trasportar agua en recipientes, pues el lugar entre Betarua y Betfagé no tenía agua. Pero cuando empezaron a cavar un pozo les saltó un torrente de agua hasta sus rostros. A Simón de Betania, que había tenido practica de economía y entendía de negocios, lo veo ocupado en una tienda junto a la piscina de Betunes, anotando Jos regalos, las contribuciones y el estado de los recién venidos que traían ovejas, cabras, palomas, grandes pájaros con patas y picos colorados. Mantas y tejidos de varias clases eran distribuidos a los necesitados. había en esta distribución un orden perfecto. Los hombres recibían lo necesario por medio de los hombres, y las mujeres eran socorridas por las santas mujeres de la comunidad. Había gente de todos los países que traían por amor de Dios sus cosas para la comunidad, aunque entre ellos no se entendían por el idioma. Sólo los apóstoles eran entendidos por todos los extranjeros. Magdalena y Marta e ntrega ron su casa de Betania para la comunidad de los nuevos convertidos. Lázaro entregó todas sus posesiones y sus casas. Lo mismo hicieron Nicodemo y José de Arimatea: ellos cuidaban de la distribución de las limosnas y de las necesidades de la comunidad. Cuando más tarde fueron estos tres hombres consagrados sacerdotes, Pedro puso en su lugar a los diáconos.

Capítulo XV

Los postreros días antes de la Ascensión

En estos últimos días Jesús estuvo mucho tiempo con sus apóstoles y discípulos. Comía y rezaba con ellos y les repetía muchas cosas que les había enseñado mientras recorría los caminos que había andado antes. Aparecióse también a Simón Cireneo que estaba en ese momento trabajando en una huerta entre Jerusalén y Betfagé: Jesús se le acercó resplandeciente, como flotando en el aire. Simón se echó de cara al suelo y besó la tierra delante de los pies del Señor, el cual le hizo una señal de silencio y desapareció. Otros trabajadores que estaban cerca de Simón también lo vieron y se echaron de cara al suelo. Cuando Jesús caminaba con Jos apóstoles a Jerusalén, algunos judíos tuvieron también la dicha de verlo. Pero estos infelices se espantaban, se escondían y se encerraban en sus habitaciones. Los mismos apóstoles se mostraban algo cohibidos en su presencia: tenía para ellos algo de espiritual en su modo de ser. Jesús aparecía también en otros lugares, como en Re tén y Nazaret, especialmente a ciert.as personas con las cuales Él o María habían tenido alguna relación o amistad. En todas partes llevaba la bendición: las gentes buenas que lo veían, creían luego en Él y se juntaban con los apóstoles. En el penúltimo día antes de su Ascensión, he visto a Jesús con cinco de sus discípulos venir desde el Este hacia Betan ia, adonde también se dirigía María con otras santas mujeres desde Jerusalén. En la casa de Lázaro estaban reunidos ya muchos discípulos, los cuales habían oído que Jesús pronto los había de dejar. Querían verle aun una vez y despedirse de Él. Cuando Jesús llegó a la casa de Lázaro, dejaron entrar a todos estos discípulos y cerraron las puertas. Jes ús tomó, de pie, con los apóstoles. algún alimento, y como viera que lloraban amargamente porque los iba a dejar, les dijo, indicando a María: «Por qué lloráis, queridos hermanos? … Mirad … como ella no llora». María estaba con las santas mujeres cerca de la entrada de la sala. En el patio había una mesa larga dispuesta para los numerosos presentes. Jesús salió de la sala, bendijo los pequeños panes y los repartió; luego hizo señal de que iba a alejarse. Entonces se acercó humildemente María su Madre para hacerle una petición. Vi que Jesús le tendió la mano y le dijo que no podía concederle lo que ahora pedía. María dio gracias con humildad y se retiró tranquila De Lázaro se despidió de una manera conmovedora: le dio un bocado resplandeciente, lo bendijo y le tendió la mano. Lázaro, que generalmente se mantenía oculto, cuando Jesús con sus apóstoles se dirigió a Jerusalén por el camino que había hecho el Domingo de Ramos, aunque por sendas extraviadas, permaneció también escondido en su casa Jesús y los suyos marcharon en cuatro grupos con cierto intervalo uno de otro. Los once partieron con Jesús los primeros. Las santas mujeres fueron las últimas en salir de Betani a. Yo veía a Jesús resplandeciente, siempre sobresaliendo entre todos. Sus llagas no las veía siempre: cuando las veía eran como soles resplandecientes. Todos estaban abatidos y con temor; algunos lloraban; otros hablaban en voz baja: «Ya otras veces ha desaparecido», decían. No acababan de creer que los podía abandonar para siempre. Sólo Pedro y Juan aparecían más tranqu ilos y entendían mejor al Señor. Jesús se detenía a ratos para declararles algunas cosas. Algunas veces se hacia invisible; luego reaparecía, como si Jos quisiera acostumbrar a la ausencia definitiva. Los veía bastante turbados. El camino Jlevaba a ciertos lugares amenos, a jardines, donde los judíos estaban ocupados en cortar y recortar, en formas de pirám ides, arbustos y plantas y ordenar los cercos. Estas gentes se tapaban los ojos con las manos; otros se echaban a tierra y otros se ocultaban entre los ramajes. No sé si lo hacfan por temor o por reverencia, si veían o no veían al Señor. Una vez oí al Señor que decía a los discfpulos: «Cuando todos estos Jugares sean creyentes por vuestra predicación y cuando otros dispersen a los creyentes y lo destruyan todo, serán tiempos difíciles. Vosotros no podéis entenderlo ahora. Cuando estés conmigo, por última vez en la cena, Jo entenderéis mejor». Nicodemo y José de Arimatea habían preparado una comida, que tuvo lugar en el vestfbulo del Cenáculo abierto. Por la izquierda del vestfbulo se Jlegaba a un corredor hacia el patio cubierto de árboles; luego a un edificio pegado a las murallas donde se había arreglado el hogar y la cocina. A la derecha del vestfbulo había corredores abiertos con las mesas para los discípulos: eran simples tablas dispuestas para el caso. La mesa para Jesús y los once estaba preparada en el vesubulo. Había allí pequeños cantaros y otro mayor con una cobertera encima; sobre ella se veía un pescado adornado con finas hierbas y pequeños panes en torno. En las mesas de los discípulos se pusieron fuentes de forma triangular con panales de miel, frutas y cuch iJlos de hueso. Junto a cada fuente había tres tajadas de pan; para cada tres comensales había una fuente. El sol había caído y empezaba a oscurecer cuando Jesús se acercó con sus apóstoles a la mesa. María Santísima, Nicodemo y José de Arimatea lo recibieron a la entrada. Jesús se encaminó con su Madre a la habitación de esta, y los apóstoles fueron hacia el vestfbulo. Cuando llegaron más tarde los discípulos y las santas mujeres, Jesús acercase a los once que estaban en el vestfbulo. La mesa, de la cual ocuparon un lado. era de mayor altura de la que se acostumbraba. Los apóstoles estaban recostados sobre asientos transversales. Jesús se mantuvo de pie; a su lado se sentaba Juan que se mostró más alegre que los demás. Era Juan como un niño en todo su modo de ser: pronto se entristecía, pero pronto también volvía a su acostumbrada serenidad y buen humor. Habían encendido la lámpara sobre la mesa. Nicodemo y José de Arimatea cuidaban y proveían. A la Santísima Virgen la he visto de p.ie, a la entrada de la sala. Jesús bendijo el pescado, los panes y las hierbas; mientras tanto enseñaba repartiendo los alimentos. Su modo de instruir era muy serio. Yo veía a las palabras de Jesús salir como rayos de ILIZ que entraban con más o menos fuerza, en cada uno de los apóstoles, según la disposición de sus corazones y el deseo y el ansia de escucharlas. Al fin de la comida Jesús bendijo la copa y bebió de su contenido; luego la hizo pasar a los demás. No era una consagración. Después de esta cena fraternal, los comensales se reunieron bajo los árboles del patio. Jesús habló largo tiempo con eJlos, y al final los bendijo. A su Madre, que estaba al frente de las santas mujeres, le tendió la mano. Todos estaban muy conmovidos. Yo sentía que Magdalena tenía mucho deseo de abrazarse a sus pies; pero no lo hizo. El modo de ser de Jesús era tan imponente que no tuvo valor y todos estaban Henos de temor reverencial. Cuando Jesús los dejó, los apóstoles Jloraban. No era un llanto exterior: era como si e l alma Jlorase. A la Madre de Jesús no la he visto Jlorar. No la he visto nunca Jlorar ostensiblemente, sino sólo cuando perdió al Niño Jesús, a los doce años, después de las fiestas de Pascua, y cuando Jesús murió en la cruz. Los presentes permanecieron aquí hasta la medianoche.

Capítulo XVI

La Ascensión de.Jesucristo a los cielos

La noche anterior a su gloriosa Ascensión he visto a Jesús con su Santísima Madre y los once en la sala interior del Cenáculo. Los discípulos y las santas mujeres oraban en las salas laterales. En la sala estaba la mesa de la última Cena con los panes de Pascua y el cáliz, debajo de la lámpara encendida. Los apóstoles estaban con sus vestiduras de fiesta. María Santísima estaba frente a Jesús, el cual consagró pan y vino como Jo hizo el Jueves santo. El santo Sacramento lo he visto entrar en las bocas de los apóstoles como un cuerpo resplandeciente y las palabras de la Consagración las vi como rayos rojos entrar en el contenido del cáliz. En estos últimos días, Magdalena, Marta y María Cleofás habían recibido la Comunión. Hacia la mañana se recitaron los maitines, bajo la lámpara, con la solemnidad que de costumbre. Jesús volvió::~ d::~r la potest::~d a Pedro sobre los ciemás, cubriéndolo de nuevo con aquel manto o capa adornada y repitiendo lo que había dicho a la orilla del lago y en la aparición sobre la montaña de Galilea. También los instruyó sobre el modo de dar el bautismo y de bendecir el agua. Durante los maitines y la enseñanza de Jesús he visto a diez y siete de los discípulos más adictos que escuchaban detrás de María Santísima. Antes que abandonasen la casa, Jesús presentó a María Santísima como Madre de ellos. intercesora y medianera. Luego dio la bendición a Pedro y a los demás, que la recibieron con profunda reverencia. En ese momento vi a María. con un manto azul celeste y la corona, ser elevada sobre el trono. Era una imagen de su grandeza y dignidad. la Reina de la misericordia. Cuando clareaba Jesús salió del Cenáculo con los once; María los siguió muy de cerca, y el grupo restante a corta distancia. Atravesaron las calles de Jerusalén: todo era silencio y quietud. La población estaba entregada al sueño. Jesús se ponía cada vez más apremiante y serio en su modo y en sus palabras. En la tarde de ayer me pareció más asequible y compasivo en sus palabras. Yo conocía bi.en el camino que harían: el mismo del Domingo de Ramos, y sentia que Jesús tomaba esos senderos para grabar mejor en las memorias sus exhortaciones y sus instrucciones, señalando donde se habían cumplido las profecías y sus palabras. En cada lugar donde había tenido lugar una escena de su Pasión, se detenía un momento y les mostraba el cumplimiento de las palabras proféticas y las palabras de promesas, explicando el significado de cada lugar. En los lugares donde los judíos habían puesto obstáculos al paso, con fosos cavados, piedras y otros impedimentos, mandó Jesús a sus discípulos que le precediesen y quitasen esos impedimentos; cosa que ellos hicieron con presteza. Luego dejaron pasar a Jesús, se inclinaron en su presencia y ocuparon el lugar anterior detrás de los apóstoles. Delante de la puerta que llevaba al monte Calvario, se desvió del camino hacia un lugar ameno de árboles, que era de oración, como había varios en Jerusalén. Aquí se sentó Jesús en medio de ellos y los instruyó, consolándolos de su próxima partida. Mientras tanto se hizo día y los apóstoles recobraron animo. pareciéndoles que no los dejaría tan pronto. Vinieron entre tanto nuevos discípulos. todos hombres; no habfa mujeres entre los nuevos. Jesús retomó el camino del Calvario. pero no llegó hasta él. sino que, rodeando la ciudad, se dirigió al Huerto de los Oli vos. También en este camino había obstáculos puestos por la malicia de los judíos: los discípulos removieron esos impedimentos. Los instrumentos para el trabajo los encontraban en los huertos y jardines que allí abundan. Recuerdo las palas redondeadas, que me recordaban nuestras palas de panaderos. En el Huerto de los Olivos se detuvo Jesús con los suyos en un lugar ameno y fresco cubierto de hermosa hierba. Me maravillo de que aquí no hayan hecho desperfectos. La muchedumbre de los discípulos de Jesús se hizo aquJ tan numerosa que ya no pude contarla. Jesús habló largamente de tal manera que parecía dar punto final a sus palabras. Ellos lo escuchaban persuadidos de que se acercaba la hora de la despedida, pero no creían que el tiempo pasara. tan pronto. El sol ya estaba más alto, más apartado del horizonte. No sé si lo que digo es lo cierto: en ese país me parece que el sol no sube tanto como entre nosotros; me parece como si estuviera más cerca de nosotros. No lo veo como aquí, pequeña esfera que se levanta: lo veo allá con más brillo, y sus rayos no son tan finos, sino son anchos rayos de luz. Estuvieron aquí como una hora. En Jerusalén todo revivía y se admiraban de la muchedumbre que veían alrededor del Huerto de los Olivos. De la ciudad también comenzaban a afluir gentes hacia el huerto: eran de las que el Domingo de Ramos lo habían recibido en triunfo. En las calles estrechas de la ciudad se amontonaba la gente: sólo en tomo del huerto había c laros. Jesús se dirigió hacia Getsemaní, y del huerto subió al Monte de los Olivos. El camino por donde fue tomado preso no lo recorrió. La muchedumbre le seguía por diversos senderos, algunos atravesando los vallados y los cercos de los jardines. Jesús aparecía cada vez más resplandeciente; sus pasos eran más apresurados. Los discípulos lo seguían a veces sin lograr a lcanzarlo. Cuando llegó a la cima del monte, resplandecía como un sol con luz gélida y blanca. Desde el cielo descendió un cerco de luz, que formo como un arco-iris de varios colores. Los espectadores lo contemplaban como deslumbrados. Jesús brillaba más vivamente que la gloria que lo envolvía. Jesús púsose la mano izquierda sobre el pecho y con la mano derecha bendijo, volviéndose a todos lados, al mundo entero, La muchedumbre permaneció en silencio: los he visto a todos bendecidos. Jesús no bendecía como los rabinos, con la palma de la mano, sino como lo hacen los obispos actualmente. He sentido la bendición sobre todo el mundo con gran regocijo. Desde ese momento la luz que descendía del cielo se unió con el resplandor de Jesús, y he visto el brillo de su cabeza como fundirse en una luz con la del cielo y desaparecer en lo alto de los cielos. Parecía como si un sol entrara en otro sol, una llama en otra llama, un rayo flotara en una llama, como si se mirase el sol en pleno día; pero la luz era más brillante y más blanca. El día parecía nublado aliado de esa luz sobrenatural. Cuando ya no pude ver más su cabeza resplandeciente, seguí viendo s us pies, hasta que desapareció completamente dentro de la gran luz y resplandor. Innumerables almas he visto venir y entrar dentro de ese resplandor del Señor y desaparecer luego con Él. No puedo decir que lo haya visto desaparecer empequeñeciéndose a nuestros ojos a la distancia, sino que desapareció de entre la luz que lo circundaba desde arriba. Desde esa nube luminosa descendió un roció de luz sobre todos los presentes. Cuando ya no pudieron ver más ese resplandor, les sobrecogió a todos un gran temor y una gran admiración. Los apóstoles y discípulos. que estaban más cerca de Él, no pudiendo ya soportar tanta luz, quedaron como cegados, y miraban hacia abajo, y muchos se echaron de cara a tierra María Santísima estaba detrás, junto a ellos, y miraba tranquila hacia arriba. Después de unos momentos y cuando la luz había disminuido algo, miraron todos, en gran silencio y con diversos sentimientos, hacia la nube luminosa que siguióse viendo largo tiempo. Yo he visto dentro de esta nube dos figuras resplandecientes, al principio pequeñas, luego agrandándose, descender hacia la muchedumbre, con blancas y largas vestiduras y bácu los en la mano, al modo de los profetas. Hablaron a los presentes: su voz era como de trompeta y creo que deben haberlos oído en Jerusalén. No se movían: estaban rectos, inmóviles y dijeron: «Varones de Galilea; ¿qué estáis aqLLÍ mirando hacia el cielo? Este Jesús que fue arrebatado de vosotros a los cielos, vendrá, como lo habéis visto subir a los cielos. (La vidente dijo sólo: «Dijeron algunas palabras». Lo demás es del texto de Los Actas). Después de estas palabras desaparecieron los ángeles, pero el resplandor continuó por algún tiempo hasta que se disipo, como se oscurece el día con la noche. Ahora están Jos apóstoles como fuera de sí; ahora comprenden lo que les aconteció: Jesús se había apartado de ellos para subir a su Padre celestial. Entonces muchos se echaron a tierra, ll eno.~ de dolor y confusión. Cu:mclo el resplandor se clesvaneció, los dems se agruparon en torno de ellos. Se formaron varios grupos; las santas mujeres también se acercaron. Deliberaron allí, conferenciaron, a veces miraban a lo alto de los cielos. Después se dirigieron los apóstoles al Cenáculo y las santas mujeres los siguieron. Unos lloraban como niños; otros estaban muy conmovidos. María Santísima, Pedro y Juan estaban tranquilos, y se mostraban más consolados. Pero he visto también entre la muchedumbre a algunos que no mostraban conmoción; estaban dudosos. incrédulos y se alejaron de allí. En la cima del monte había una piedra. Jesús había estado sobre ella: desde allí habló y bendijo, antes que el resplandor lo envolviese. La marca de sus sagrados pies quedó impresa en esa piedra, y sobre otra se vefa la huella de una mano de María. Había pasado el mediodía cuando los presentes se desparramaron y se alejaron. Cuando los após toles y los discípulos se encontraron solos, sintiéronse como desamparados, y se inquietaron. Consoláronse, empero, ante la presencia tranquila y suave de la Virgen María; comprendieron que era, según las palabras de Jesús, su consoladora, su Madre y su intercesora, y recobraron la paz y la confianza. En Jerusalén he visto, entre los judíos, un sentimiento de temor y de espanto. He visto cerrarse varias puertas y ventanas y en otros puntos reunirse los judíos. En Jos días anteriores experimentaban cierta inquietud y temor; hoy especialmente se sentían embargados de terror. En Jos siguientes días he visto a los apóstoles reunidos con la Virgen en la sala del Cenáculo. Después de la última Cena con el Señor, vi siempre a Maria frente a Pedro, que ocupaba el lugar de Jesús, tanto en la oración como en las comidas. Yo sentía que ahora María adquiría mayor importancia para los apóstoles y representaba a la Iglesia de los fieles. Los apóstoles se mantenían más retirados. No veía a ninguno de los otros grupos de creyentes entrar con ellos en la sala del Cenáculo. Se mantenían más precavidos por las persecuciones de los judíos, con mayor orden y retiro en la oración. Los discípulos, en cambio, se reúnen en las salas abiertas del Cenáculo, van y vienen. entran y salen más libremente; muchos de ellos visitan de noche los caminos por donde anduvo Jesús durante su apostolado y su Pasión. Para la elección del apóstol M atías he visto a Pedro en el Cenáculo revestido con su capa,. en medio del coro de los discípulos, que estaban de pie en las salas laterales abiertas. Pedro propuso a José Barsabás y a Matías, que estaban entre los más adictos discípulos de Jesús. Entre los reunidos había varios que deseaban ser elegidos en lugar del traidor Judas; estos dos, en cambio, no habían pensado en ello ni tenían deseos de ser elegidos. Al día siguiente echaron la suerte, mientras ellos estaban ausentes. Cuando la suerte cayó sobre M atfas, rue uno a la sala de los discípulos reunidos a buscar al nuevo apóstol.

Capítulo XVII

El sagrado día de Pentecostés

Toda la sala del Cenáculo estaba, la víspera de la fi esta, adornada con plantas en cuyas ramas se colocaron vasos con flores. Guirnaldas verdes colgaban de uno y otro lado de la sala. Las puertas laterales estaban abiertas; sólo la entrada principal del portón estaba cerrada. Pedro estaba revestido de sus vestiduras episcopales con capa adornada, delante de la cortina del Santísimo, debajo de la lámpara, donde había una mesa cubierta de paño blanco y rojo con rollos escritos. Frente a Pedro, cerca de la entrada del vestíbulo, estaba María cubierta con el velo, y detrás de ella, las otras santas mujeres. Los apóstoles haUábanse en dos hileras, a ambos lados de la sala, con el rostro vuelto hacia Pedro. Detrás de los apóstoles, en las salas laterales, estaban los discípulos de pie, para formar el coro en el canto y en la oración. Cuando Pedro bendijo los panes y los distribuyó, primero a María Santísima, luego a los apóstoles y discípulos, cada uno le besaba la mano. T.a Virgen Santísima también lo hizo. Estaban presentes en la sala del Cenáculo ciento veinte personas, sin contar a las santas mujeres. A medianoche se sintió una conmoción extraordinaria en toda la naturaleza, que se comunicó a los que estaban junto a las columnas y en las salas laterales, en profunda devoción, orando con los brazos cruzados sobre el pecho. Una sobrenatural tranquilidad y sensación de quietud se espa rció por toda la casa, y en los alrededores reinaba religioso silencio. Hacia la mañana he visto sobre el Huerto de los Olivos una nube blanca, resplandeciente, bajando del cielo en dirección al Cenáculo. A distancia era como una bola redonda cuyo movimiento acompañaba un vientecillo suave y reconfortante. Al acercarse se hizo como una nube resplandeciente sobre la ciudad; luego se fue comprimiendo sobre Sión y sobre la sala del Cenáculo. A medida que se comprimía la nube se volvía más brillante y transparente. Se detuvo; luego, como impulsada por un viento impetuoso, descendió. Al sentir esta conmoción muchos judíos que habían visto la nube, corrieron, espantados, al templo. Yo misma me senti, como una niña, invadida de temor, y buscaba donde esconderme para cuando estallara la tempestad, pues todo el conjunto tenía semejanza a Jo que sucede cuando se desencadena una súbita tempestad; sólo que esta venía del cielo y no de la tierra, en lugar de oscura era toda luz, y en vez de tronar marchaba zumbando como un viento. Este viento se esparció como suave y confortadora corriente de luz. La nube luminosa descendió sobre el Cenáculo y con el zumbido del viento se torno más brillante. Yo veía la casa y su alrededor cada vez más resplandecientes. Los apóstoles, los discípulos y las santas mujeres se sentían más conmovidos y silenciosos. De pronto de la nube luminosa en movimiento partieron rayos blancos con ímpetu sobre la casa y sus contornos, en siete lineas que se cruzaban y se deshacían hacia abaj o en rayos más delgados y en gotas como de fuego. El punto donde los siete rayos se cruzaban estaba rodeado de un arco iris. Apareció una figura luminosa y movible que tenía unas alas a modo de rayos de lu z. En ese momento estuvieron la casa y los contornos llenos de luz y de resplandor. La lámpara de cinco brazos ya no daba luz. Los presentes estaban corno arrebatados; levantaron sus cabezas a lo alto. como sedientos, abriendo la boca. En la boca de cada uno de ellos entraron torrentes de luz. como lenguas de fuego. Parecía que aspirasen esas llamas, sedientos, y que sus deseos se dirigían al encuentro de esas llamas. Sobre los discípulos y las mujeres, que estaban en el vesu’bu lo, también se derramaron estas llamas, y de este modo la nube preñada de luz se deshizo poco a poco a medida que echaba sus rayos sobre los congregados en el Cenáculo. He visto que estas llamas descendían sobre cada uno de los presentes en diversas formas, colores y cantidad. Después de esta lluvia maravillosa estaban todos reanimados, ardorosos, como fuera de sí por el gozo. llenos de santo arrebato. Todos rodearon a María Santísima, a la cual vi durante este tiempo tranquila, en santo recogimiento. Los apóstoles se abrazaron, llenos de entusiasmo: unos a otros se decían: «¿Qué eramos nosotros? …; ¿Qué somos ahora?... » También las santas mujeres se sintieron animadas y se abrazaban. Los discípulos que estaban en los alrededores se sintieron conmovidos y los apóstoles fueron hacia ellos. En todos había una nueva vida, llena de contento, de confianza y santa audacia Esta alegría se exteriorizo en acciones de gracias. Se reunieron en oración y dieron gracias a Dios muy conmovidos. Mientras tanto la luz había desaparecido. Pedro hizo entonces una exhortación a los discípulos y envió a varios de ellos a diversos albergues donde se reunían los convidados para las fiestas de Pentecostés. Entre el Cenáculo y la piscina de Bethesda había varios galpones y lugares abiertos que servían de dormitorios para los muchos forasteros que acudían a las fiestas de Pentecostés. Habían recibido ellos también impresiones de la venida del Espíritu Santo. En toda la naturaleza había un movimiento inusitado de alegría. Personas bien intencionadas habían recibido internas ilustraciones; los malos se asustaron más y se endurecieron en sus perversos intentos. Muchos de estos forasteros estaban desde las fiestas de Pascua. pues la distancia de sus pueblos no les permitía ir y volver para esas fiestas. Habían oído y visto maravillas desde la fiesta de Pascua, se mostraban muy adictos a los discípulos, y éstos les decían ahora que se habían cumplido las cosas prometidas para la fiesta de Pentecostés. Entonces comprendieron por que se sintieron también ellos conmovidos, y se reunieron con los discípulos en torno de la piscina de Bethesda. En el Cenáculo, Pedro impuso las manos sobre cinco apóstoles, los cuales debían instruir y bautizar en la piscina de Bethesda. Eran: Santiago el Menor, Bartolomé, Matías, Tomás y Judas Tadeo. En esta consagración tuvo Judas una visión: le pareció que abrazaba el cuerpo de Cristo con sus brazos cruzados sobre el pecho. Al partir para bendecir el agua y bautizar en la piscina de Bethesda, recibieron de rodillas la bendición de la Virgen María. Antes de la Ascensión, la solían recibir de pie. He visto repetir este acto de obsequio a María en los días siguientes, antes de salir y entrar en el Cenáculo. La Virgen María llevaba en estas ocasiones, y siempre que aparecía delante de los apóstoles en su dignidad de Madre de la Igles ia, un gran manto blanco un velo amarillo y dos cintas de color azul celeste que desde la cabeza caían a ambos lados hasta el suelo: estaba adornado de bordados y sobre la cabeza sujeto con las cintas por una corona de seda.

Capítulo XVIII

La Iglesia en la piscina de Bethesda

Los bautismos en la piscina de Bethesda fueron instituidos por el mismo Jesús. Los discípulos habían ordenado diversas cosas, tanto en la vieja sinagoga tomada para su uso como en la piscina de Bethesda. Las paredes de la sinagoga la habían cubierto de tapices y colgaduras y habían hecho un corredor cubierto que iba desde ella hasta la piscina de Bethesda. Los apóstoles y los discípulos se dirigieron en forma procesional hasta la piscina. pero en grupos separados. Los discípulos llevaban un odre de cuero con agua bendita y un manojo como aspersorio. Los cinco apóstoles que habían recibido la consagración de manos de Pedro, se repartieron las cinco entradas de la piscina y exhortaron a los presentes con gran entusiasmo. Pedro ocupó un púlpito dispuesto por los discípulos en el tercer círculo de la piscina, a contar desde afuera, porque era esta terraza la más amplia. Los oyentes llenaron todas las azoteas de la piscina Cuando los ~póstoles hblh~n, se quedban todos ~dmirdos, pues caduno oía en su propia lengua lo que decían los apóstoles. En esta ocasión s uced ió lo que narra el libro de los Actos de los apóstoles. Como muchos manifestaron deseos de recibir el bautismo, Pedro, Juan y Santiago el Menor consagraron las aguas solemnemente. Pedro, tomando agua bendita traída en el odre desde el Cenáculo, bendijo las aguas de la piscina con el aspersorio. La preparación y el bautismo de las gentes ocupó todo el día. La muchedumbre se acercaba en grupos. uno después de otro, al púlpito de Pedro. Los otros apóstoles instruían y bautizaban en las entradas de la piscina. María Santísima y las santas mujeres estaban en la sinagoga ocupadas con e l reparto de las vestiduras blancas a los recién bautizados. Las mangas de estos vestidos tenían una atadura de cinta negra. que después del bautismo se desataban y colocaban en un montón. Los bautizados se arrimaban a una baranda que daba a la piscina; los apóstoles tomaban agua con un recipiente y la derramaban por tres veces sobre sus cabezas; el agua volvía a caer a raudales en la piscina. El recipiente alcanzaba para diez pares de bautizados. Dos recién bautizados traían a otros dos y les ponían las manos como padrinos. Estos bautizados fueron los que ya lo habían sido por Juan Bautista. Las santas mujeres fueron bautizadas aquí. Eran como tres mil personas las que formaron la nueva Iglesia este día. Por la tarde volvieron Jos apóstoles y los discípulos al Cenáculo; tuvieron una cena y repartieron panes bendecidos. Después tuvo lugar la oración de la noche. Los judíos ofrecían hoy en el templo, en canastillos, dos nuevos panes hechos con los granos de este año. He visto grandes montones de estos panes, que luego fueron distribuidos a los pobres. He visto también que el Sumo Sacerdote ten ia en la mano un manojo de trigo grueso como maíz. Ofrecían en el templo ciertas raíces y frutos desconocidos para mí. Las gentes tenían paquetes de estas cosas sobre sus asnos y el pueblo compraba de estos frutos. El pan era de su propia hechura. Los apóstoles ofrecieron sólo los dos panes por medio de Pedro. Al s iguiente día hubo bautismos en la piscina de Bethesda. Antes de partir los apóstoles y los discípulos a la piscina, recibieron, como ayer, la bendición de María Santísima. La piscina de Bethesda este situada en la hondura del valle que separa el monre Sión del templo y del resto de la ciudad y que declina hac ia el Oriente en el valle de Josafar. Parecería que la edificación de esta piscina hubiese separado por el Oeste el valle del templo. pues de una parte de e lla no se podía andar a lrededor como por las otras. Había aquí. en realidad, un camino ancho; los muros estaban en parte derruidos y el sendero lleno de hie rbas, arbustos y juncos, y al descender hacia el valle, más repleto de vegetación. Desde la piscina se puede ver el ángulo del Santísimo del templo, e nU’e el Sur y el Oeste. La piscina de las ovejas (probática) este situada al Norte del templo, en el mercado de los animales, junto a la puerta probática y está amurallada. Desde el Cenáculo. que este al Este de la altura de Sión, el camino lleva hacia Bethesda, primero al Oriente, por la altura de Sión, luego en semicírculo al Norte, después de nuevo por el Este, por un sendero en curva hacia arriba. Toda esta parte de Sión hasta la piscina de Bethesda y de allí adelante hasta el valle de Josafat, está lleno de ruinas y devastaciones. Entre los muros ruinosos viven familias pobres con sus viviendas adosadas a las paredes; en los declives crece mucho enebro común y en las hondonadas hierbas y juncos. Los judíos evitan pasar por estos lados: por esto los nuevos convertidos se establecieron aquí sin oposición. La piscina de Berhesda es un edificio ovalado, con cinco terrazas, como en anfiteatro. Cinco senderos con gradas llevan a la piscina hasta la pequeña barca adonde se hacen conducir los enfermos para ser bañados por las aguas movidas por el ángel. Había en la piscina un pilón de bronce que sobresalía de las aguas, a la altura de un hombre, del grosor de una mantequera. A este pilón se llegaba por un puente de madera con baranda. En este puente he visto un caño y dentro una can illa en comunicación con el pilón; por medio de esta canilla se abría el pilón y saltaba un chorro de agua, que podía graduarse en mayor o menor cantidad. Se podía variar la dirección del chorro y cerrar la abertura superior para que saliera el agua por los lados derramándose en varias direcciones. A menudo he visto enfermos hacerse llevar hasta ese pilón y abierta la abertura hacerse bañar por el chorro de arriba o de los lados. La entrada a este pilón estaba generalmente cerrada y sólo se abría para los enfermos. Ahora, en el día de Pentecostés, he visto que este pilón no funcionaba; pero en los primeros días, los discípulos lo arreglaron de modo que funcionaba como en otros tiempos. Las paredes posteriores de las terrazas tenían galerías pequeñas y en ellas lechos cavados en la piedra en forma de artesa para los enfermos. Estos podían ver desde todos los puntos de las terrazas la piscina y notar cuando las aguas se removían. La parte delantera de las terrazas tiene una baranda hacia la piscina El fondo de la piscina es de una arenilla blanca de donde brotan tres saltos de agua que a veces se levantan sobre la superficie. La sangre de las víctimas sacrificadas en el templo llega por caños hasta la piscina. Esta piscina, junto con los edificios adyacentes, medio ruinosos, ocupa una vasta extensión. Antes que se llegue a e lla, lleva el camino a un vallado, desde el cual sólo tres entradas conducen a e lla. Al Este de la piscina la montaña cae a pico y al Oeste e l valle es menor y hay puentes para pasarlo. La parte Norte está cortada a pico y está llena de vegetación; al Noreste hay un sendero que lleva al templo ahora obstruido y lleno de ruinas. Pequeños senderos llevan a la ciudad sin que se tenga Jesús diversas veces durante su vida publica. Todo este conjunto de edificios de la piscina estaba por este tiempo fuera de uso, ruinoso y abandonado, como e ntre nosotros a lgunos oratorios descuidados y olvidados. Sólo algunos creyentes piadosos lo tenían en veneración y se llegaban hasta él. Desde la curación del enfermo, milagro que obró Jesús allí, recobró la piscina alguna importancia; pero a los fariseos se les hizo el lugar más odioso que antes. L os muros exteriores estaban en parte en ru inas y algunos puntos de las te.rrazas muy deteriorados. Ahora todo está como renovado; las paredes caídas en parte han sido reparadas con tabiques, y se formó un corredor cubierto con telas desde la sinagoga hasta la piscina. Esta antigua sinagoga se levanta aislada y está más libre de edificios que el Cenáculo. que por una parte del patio li mita con una serie de casas. Los apóstoles y los discípulos están, desde Pentecostés, ocupados en arreglar esta sinagoga como iglesia cristiana Mientras tanto, Pedro, Juan, Andrés y Santiago el Menor se turnan en diversos lugares de la piscina y de la tercera terraza donde se levantó el púlpito de Pedro. Había siempre muchos fieles entregados a la oración, con los rostros hacia tierra. No me es posible decir cuenta actividad hay en estos días entre los creyentes en tejer, extender telas, formar tabiques y hacer arreglos para la nueva iglesia y para los pobres. Esta iglesia es un edificio rectangular con ventanas colocadas muy alto. De la parte de afuera se puede subir por escalones a la terraza cubierta, donde hay tres pequeñas cúpulas que se pueden abrir para la luz y el aire. La parte interior este dotada de galerías a Jos lados para Jos oyentes y el todo forma una iglesia donde en la parte posterior está el altar, separado de tal manera de la pared, que el espacio forma como una sacristía de nuestras iglesias. Estas reparticiones estén formadas por tabiques movibles cubiertos por delante de paño blanco y por detraes de otros comunes. El altar es portátil, rectangular, de madera, cubierto de tapices y levantado en tres gradas. A ambos lados hay una grada que se puede abrir para poner dentro las alfombras. Por detrás se abre una puerta en el altar para contener los ornamentos sagrados. Sobre el altar hay un tabernáculo en forma de campana, cubierto con un velo blanco muy fino, que por delante se cierra con dos broches de metal. Por la parte de arriba tiene un remate para ser removido. A ambos lados del tabernáculo hay candeleros de varios brazos con mechas para encender. Todo el altar está cubierto por un dosel que llega hasta un poco más abajo que la altura del altar. La parte superior del trono forma como un nicho sostenido por una figura que representa a un Sumo Sacerdote revestido y que parece sostener, por cinco anchas cintas, todo el dosel. Esta figura fue bordada por las santas mujeres y tiene sobre la cabeza un triángulo; mira por la abertura del dosel hacia abajo y con una mano bendice y con la otra sostiene las cintas del dosel. Detrás está el dosel fijo. pero los lados pueden correrse y cerrar por delante el altar y el tabernáculo. Desde el altar hasta el púlpito hay un espacio suficiente para Jos apóstoles y djscípulos, para cantar, como en coro, Jos salmos y para la oración. Desde la Resurrección he visto a los apóstoles y a los discípulos todos los días reunidos para el canto del coro y la oración en el Cenáculo. Los apóstoles están de pie, a ambos lados del Santísimo, y Jos discípulos a los lados de las galerías. Cantan y rezan, alternándose como en el coro. A Nicodemo, José de Arimatea y Obed los veo siempre allí con los discípulos. María Santísima está generalmente debajo de la entrada del vestíbulo con la mirada hacia e l Santísimo. Lleva su manto blanco muy amplio y se cubre la cabeza con el velo. Jesús les enseñó y ordenó este modo de cantar y de orar, cuando les descubrió el misterio de la oración, en la ocasión de la pesca milagrosa y cuando se apareció en el Cenáculo y le mostró las llagas a Tomás. He visto aparecer a Jesús en medio de ellos una vez que estaban, antes de la aurora, reunidos para el canto de los salmos. Se reunían dos veces al día para este fin: por la tarde hasta entrada la noche y por la mañana antes de la aurora. Después del púlpito este el espacio cerrado con una reja para el resto de los fie les; a través de estas rejas se da la comunión, casi como en las rejillas de los conventos. A ambos lados del púlpito hay entradas por las cuales vienen los apóstoles para la oración y el canto. A los fieles los veo con cierto orden en la iglesia, separados los hombres de las mujeres. Veo a los apóstoles y discípulos ir en procesión, desde el Cenáculo hasta la nueva iglesia de la antigua sinagoga, Levando el Santísimo Sacramento. Primero vi a Pedro instruyendo, rodeado de unos veinte hombres, debajo del portón del patio, a la muchedumbre que le escuchaba: habló con mucho entusiasmo y ardor. He visto que acudieron algunos judíos malintencionados para estorbar el acto, pero no lo consiguieron. Después se dirigieron a la nueva iglesia de la piscina. Pedro llevaba el Santísimo Sacramento en un cáliz, delante del pecho, sostenido con ambas manos, cubierto con un velo blanco y dentro de una especie de bolsa que colgaba de su cuello. Le seguían los apóstoles y María Santísima con las otras mujeres y los discípulos. Se veía en algunas partes cubierto el camino con tapices y alfombras, y cerca de la piscina formaban una techumbre. Pusieron el Santísimo sobre el altar, en el nuevo tabernáculo. Tenían allí el recipiente lleno de panes bendecidos. El piso de la nueva iglesia está cubierto de tapices como el del Cenáculo: por eso van descalzos por la iglesia El Santísimo Sacramento está en pequeñas porciones o bocados en un recipiente, cuya cubierta se puede retirar. Estos bocados estaban dispuestos sobre una plancha que cubría el fondo del recipiente, el cual, por medio de una manija, se podía extraer para tomar con comodidad los bocados colocados muy atrás.