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Los Esenios
Los antepasados de Santa Ana fueron Esenios. Estos piadosísimos hombres descendían de aquellos sacerdotes que en tiempos de Moisés y Aarón tenían el encargo de llevar el Arca de la Alianza, los cuales recibieron, en tiempos de Isaías y Jeremías, ciertas reglas de vida. Al principio no eran numerosos. Más tarde vivieron en Tierra Santa reunidos en una extensión como de 48 millas de largo y 38 de ancho, y sólo más tarde se acercaron a las regiones del Jordán Vivían principalmente en el monte Horeb y en el Carmelo. En los primeros tiempos, antes que Isaías los reuniese, vivían desparramados, entregados a la penitencia. Llevaban siempre los mismos vestidos y no los remendaban, no cambiándolos hasta que se les caían de puro viejos. Vivían en estado de matrimonio, pero con mucha pureza de costumbres. A veces, de común acuerdo, se separaban hombre y mujer, y vivían cierto tiempo entregados a la oración. Cuando comían estaban separados los hombres de las mujeres; comían primero aquéllos y cuando se alejaban los hombres, lo hacían las mujeres. Ya desde entonces había, entre estos judíos, antepasados de Ana y de la Sagrada Familia. De ellos también derivan los llamados «hijos de profetas». Vivían en el desierto y en los alrededores del monte Horeb. En Egipto también he visto a muchos de ellos. Por causa de las guerras estuvieron un tiempo alejados del monte Horeb; pero fueron nuevamente recogidos por sus jefes. Los Macabeos pertenecieron también a ellos. Eran grandes veneradores de Moisés: tenían un trozo de vestido de él, que éste había dado a Aarón y que les había llegado en posesión. Era para ellos cosa sagrada, y he visto que en cierta ocasión unos quince murieron en lucha por defender este sagrado tesoro. Los jefes de los Esenios tenían conocimiento del misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Los que permanecían célibes formaban una agrupación aparte, una orden espiritual y eran probados largamente durante varios años antes de ser admitidos. Los jefes de la orden los recibían por mayor o menor tiempo, según la inspiración que recibían de lo alto. Los Esenios que vivían en matrimonio observaban mucho rigor entre ellos y sus mujeres e hijos, y guardaban la misma relación, con los verdaderos Esenios, que los Terciarios Franciscanos respecto a la Orden Franciscana. Solían consultar todos sus asuntos al anciano jefe del monte Horeb. Los Esenios célibes eran de una indescriptible pureza y piedad. Llevaban blancas y largas vestiduras, que conservaban perfectamente limpias. Se ocupaban de educar a los niños. Para ser admitidos en la orden debían contar, por lo menos, catorce años de edad. Las personas de mucha piedad eran probadas por sólo un año; los demás por dos. Vivían en perfecta pureza y no ejercían el comercio; lo que necesitaban para el sustento lo obtenían cambiando sus productos agrícolas. Si un Esenio faltaba gravemente, era arrojado de la orden, y esta excomunión era seguida generalmente de castigo, como en el caso de Pedro con Ananías, es decir, moría. El jefe sabía por revelación divina quién había faltado gravemente. He visto que algunos debían sólo hacer penitencias: se ponían un saco muy tieso, con los brazos extendidos, que no podían doblar y el interior lleno de puntas agudas. Tenían sus cuevas en el monte Horeb. En una cueva mayor se había acomodado una sala de mimbre donde a las once reuniánse todos para la comida en común. Cada uno tenía delante un pequeño pan y un vaso. El jefe iba de uno a otro, bendiciendo los panes. Después de la refección cada uno volvía a su celda. En esa sala vi un pequeño altar, y sobre él panes bendecidos cubiertos, que luego se distribuían a los pobres. Poseían muchas palomas tan mansas que picoteaban en las manos. Comían de estas palomas, y supe que tenían algún culto religioso por medio de ellas, porque decían algo sobre las aves y las dejaban volar. De la misma manera he visto que decían algo sobre corderos, que luego dejaban vagar por el desierto. Tres veces al año iban al templo de Jerusalén. Tenían sacerdotes entre ellos, que cuidaban de las vestiduras sagradas, a las cuales purificaban, hacían de nuevo y costeaban su hechura. Se ocupaban de agricultura, de ganadería y especialmente de cultivar huertas. El monte Horeb estaba lleno de jardines y árboles frutales, en medio de sus chozas y viviendas. Otros tejían con mimbres o paños, o bordaban y adornaban vestiduras sacerdotales. La seda no la usaban para sí: la llevaban atada al mercado y la cambiaban por productos. En Jerusalén tenían un barrio especial para ellos y aún en el templo un lugar reservado. Los judíos comunes no congeniaban con ellos. Vi llevar al templo ofrendas como uvas de gran tamaño, que cargaban dos hombres, atravesadas en un palo. Llevaban corderos, que no eran sacrificados, sino que se dejaban correr libremente. No los he visto ofrecer sacrificio cruento. Antes de partir para el templo se preparaban con la oración, riguroso ayuno, disciplinas y otras penitencias. Quien se acercaba al templo con pecados no satisfechos penitencialmente temía ser castigado con muerte repentina, cosa que a veces sucedía. Si en el camino a Jerusalén encontraban a un enfermo o necesitado, no proseguían su camino hasta no haber ayudado al desvalido. Los he visto juntar yerbas medicinales, preparar bebidas y curar enfermos con estos medios: les imponían las manos o se tendían con los brazos extendidos sobre los mismos enfermos. Los he visto sanar a veces a la distancia. Los enfermos que no podían acudir, mandaban algún mensajero, en el cual hacían todo lo que el enfermo verdadero necesitaba, y éste sanaba en el mismo instante.
Ascendientes de Santa Ana
En tiempo de los abuelos de Ana era jefe de los Esenios el anciano Arcos. Este hombre tenía visiones en la cueva de Elías, en el monte Horeb, referentes a la venida del Mesías. Sabía de qué familia debía nacer el Mesías. Cuando Arcos tenía que profetizar sobre los antepasados de Ana, veía que el tiempo se iba acercando. Ignoraba, empero, que a veces se retardaba e interrumpía el orden por el pecado, y por cuánto tiempo era la tardanza. Sin embargo, exhortaba a la penitencia y al sacrificio. El abuelo de Ana era un Esenio que se llamaba Estolano antes de su matrimonio. Por su mujer y por las posesiones de ésta se llamó después Garesha o Sarziri. La abuela de Ana era de Mara, en el desierto, y se llamaba Moruni o Emorún, esto es, madre excelsa. Se unió con Estolano por consejo del profeta Arcos, que fue jefe de los Esenios por noventa aüos, y era un santo varón con quien siempre se aconsejaban antes de contraer matrimonio, para oír su palabra y acertar en la elección. Me extrañaba ver que estos santos hombres y profetas siempre profetizaban sobre descendencia de mujeres y que los antepasados de Ana y la misma Ana tenían siempre hijas mujeres. Parecía que fuera su intento religioso preparar recipientes puros, que debían dar hijos santos, como el Precursor, el Salvador, los apóstoles y los discípulos. He visto que Emonín, antes de su casamiento, fue a consultar a Arcos. Tuvo que entrar en la sala de reunión, en el monte Horeb, en un lugar señalado y hablar, a través de una reja, con el jefe supremo, como se usa en el confesionario. Después se encaminó Arcos por muchos escalones a lo alto del monte Horeb, donde estaba la cueva de Elías. La entrada era pequeña y unas gradas llevaban hacia abajo. La cueva estaba limpia y aseada y la luz entraba en el interior por una abertura superior. He visto, contra la pared, un pequeño altar de piedra, y sobre él, la vara de Aarón y un cáliz brillante como hecho de piedra preciosa. En este cáliz estaba depositada una parte del sacramento o misterio del Arca de la Alianza. Los Esenios habían adquirido este tesoro en ocasión en que el Arca había caído en manos de los enemigos. La vara de Aarón estaba guardada en una vaina en forma de arbolito con hojas amarillas alrededor. No podría decir si el arbolito era verdadero o sólo un trabajo artístico, como una raíz de Jessé. Cuando rezaba el superior de los Esenios, por causa de un casamiento, tomaba la vara de Aarón en sus manos. Si la unión se refería a la genealogía de María Virgen, la vara daba un brote y éste varias floraciones con la señal de la elección. Los antepasados de Ana fueron elegidos brotes de esta genealogía, y sus hijas lo fueron por medio de estas señales, las cuales daban otros brotes cuando estaban por contraer matrimonio. Este arbolito con sus retorcidas ramas, era como el árbol genealógico, como la raíz de Jessé, mediante el cual se podía conocer, según lo que hubiera crecido, la proximidad del nacimiento de María. Había allí otros pequeños arbustos en tarros, sobre el altar, los cuales tenían significación cuando reverdecían o se agostaban. En tomo de las paredes habían espacios guardados por rejillas, donde se conservaban, envueltos en seda y lana, huesos de antiguos santos varones israelitas que habían vivido y muerto en el monte y en los alrededores. También en las mismas cuevas de los Esenios vi semejantes huesos delante de los cuales rezaban, ponían flores o encendían lámparas. Arcos se revestía al modo de los sacerdotes del templo, cuando oraba en la cueva de Elías. Su vestidura se componía de ocho partes. Primero se ponía sobre el pecho un vestido que había llevado Moisés: una especie de escapulario, que tenía una abertura para el cuello y caía en igual largo sobre el pecho y las espaldas. Sobre esto se ponía un alba blanca de seda, ceñíida con un ángulo ancho y una estola cruzada sobre el pecho que le llegaba hasta las rodillas. Luego se ponía una especie de casulla de seda blanca, que por detrás llegaba hasta el suelo, con dos campanillas en la parte inferior. Sobre el cuello llevaba una especie de corbata tiesa, cerrada por delante con botones. Su larga barba descansaba sobre esta corbata. Por último se ponía un pequeño manto brillante de seda blanca, que se cerraba por delante con tres garfios con piedras, sobre los cuales había letras o signos grabados. De ambos hombros colgaba una especie de piedras preciosas en número de seis, algunas también grabadas. En medio de la espalda había un escudo con signos y letras. En el manto se veían flecos, borlas y frutos. En el brazo llevaba un manípulo. La mitra era de seda blanca arrollada a modo de turbante y terminada en un adorno de seda que tenía en la frente una plancha de oro con piedras preciosas. Arcos rezaba postrado o echado sobre el suelo delante del altar. Vi que tuvo una visión en la cual vio que salía de Emorún un rosal de tres ramas. En cada rama había una rosa y la rosa de la segunda rama estaba señalada con una letra. También vio a un ángel que escribía una letra en la pared. A raíz de esto declaró Arcos a Emorún que debía casarse con el sexto pretendiente que tendría una hija, con una señal, que sería un vaso de elección de la cercana promesa. Este sexto pretendiente era Estolano. No vivieron mucho tiempo en Mara, sino que pasaron a Efrén. He visto también a sus hijas Emerencia e Ismeria consultar al anciano Arcos, el cual les aconsejó el casamiento porque eran ellas también vasos elegidos para la próxima promesa. La mayor, Emerencia, casóse con un Levita de nombre Afras y fue madre de Isabel, madre, a su vez, de Juan el Bautista. Otra hija de Estolano se llamó Enué. lsmeria fue la segunda hija de Estolano y Emorún. Esta tuvo en su nacimiento la señal que dijo Arcos haber visto en la segunda rosa en su visión de Emorún. Ismeria casó con Eliud, de la tribu de Leví. Eran de condición noble y ricos de bienes. Lo he visto esto en la vasta economía de la casa. Tenían mucho ganado, pero todo parecía que lo destinaban para los pobres y no para sí mismos. Vivían en Séforis, a seis hojas lejos de Nazaret, donde poseían una heredad. Tenían una posesión en el valle de Zabulón, adonde iban en los tiempos buenos del año y donde Eliud fijó su residencia después de la muerte de su mujer Ismeria. En el mismo valle se había establecido el padre de Joaquín con su familia. La piadosa educación que había tenido Estolano y Emorún pasó a su hija Ismeria y a Eliud. La primera hija de Ismeria se llamó Sobe. Ésta se casó más tarde con Salomón, y fue la madre de María Salomé, que se casó con Zebedeo, padre de los apóstoles Santiago el Mayor y Juan. Como no llevase Sobe la señal dicha por Arcos se contristaron mucho los padres y fueron al monte Horeb, a ver al profeta, quien les impuso oración y sacrificio, y los consoló. Por espacio de dieciocho años no tuvieron hijos, hasta el nacimiento de Ana. Tuvieron entonces ambos una visión nocturna. Ismeria vio a un ángel que escribía una letra en la pared, junto a su lecho. Contó esto a su marido, que había visto lo mismo, y ambos vieron la letra al despertar. Era la letra M, que Ana había traído al mundo al nacer, grabado en el bajo vientre. Los padres amaban a Ana de una manera particular. He visto a la niña Ana: no era hermosa en grado notable, pero sí más que otras niñas de su edad. No fue de ningún modo tan hermosa como lo fue María; pero era muy sencilla, inocente y piadosa. Así la he visto en todo tiempo, como joven, como madre, como anciana, de manera que cuando veo a una campesina realmente sencilla, pienso siempre: «Esta es como Ana». Ana fue llevada a la edad de cinco años al templo, como más tarde María. Vivió doce años allí y a los diecisiete volvió a su casa. Entre tanto tuvo su madre una tercera hija, llamada Maraha, y Ana encontró a su vuelta a un hijo de su hermana mayor Sobe, llamado Eliud. Maraha consiguió más tarde la posesión de la casa paterna, en Séforis, y fue madre de los discípulos Arastaria y Cocharia. El joven Eliud fue más tarde marido segundo de la viuda de Naíam, Maroni. Un año después enfermó Ismeria y murió. Desde el lecho de dolor hizo venir a su presencia a todos los de la casa, los exhortó y aconsejó y designó a Ana como ama de casa después de su muerte. Luego habló con Ana y le dijo que debía casarse, pues era un vaso de elección y de promesa.
San Joaquín y Santa Ana
Un año y medio más tarde se casó Ana con Helí o Joaquín, también por un aviso profético del anciano Arcos. Hubiera debido casar con un levita de la tribu de Aarón, como las demás de su tribu; pero por la razón dicha fue unida con Joaquín, de la tribu de David, pues María debía ser de la tribu de David. Había tenido varios pretendientes y no conocía a Joaquín; pero lo prefirió a los demás por aviso de lo alto. Joaquín era pobre de bienes y era pariente de San José. Era pequeño de estatura y delgado, era hombre de buena índole y de atrayentes maneras. Tenía, como Ana, algo de inexplicable en sí. Ambos eran perfectos israelitas y había en ellos algo que ellos mismos no conocían: un ansia y un anhelo del Mesías y una notable seriedad en su porte. Pocas veces los he visto reír, aunque no eran melancólicos ni tristes. Tenían un carácter sosegado y callado, siempre igual y aún en edad temprana llevaban la madurez de los ancianos. Fueron unidos en matrimonio en un pequeño lugar donde había una pequeña escuela. Sólo un sacerdote asistió al acto. Los casamiento eran entonces muy sencillos; los pretendientes se mostraban en general apocados; se hablaban y no pensaban en otra cosa sino que así debía ser. Decía la novia «sí», y quedaban los padres conformes; decía, en cambio, «no», teniendo sus razones, y también quedaban los padres de acuerdo. Primeramente eran los padres quienes arreglaban el asunto; a esto seguíase la conversación en la sinagoga. Los sacerdotes rezaban en el lugar sagrado con los rollos de la ley y los parientes en el lugar acostumbrado. Los novios se hablaban en un lugar aparte sobre las condiciones y sus intenciones; luego se presentaban a los padres. Éstos hablaban con el sacerdote que salía a escucharlos, y a los pocos días se efectuaba el casamiento. Joaquín y Ana vivían junto a Eliud, el padre de Ana. Reinaba en su casa la estricta vida y costumbre de los Esenios. La casa estaba en Séforis, aunque un tanto apartada, entre un grupo de casas, de las cuales era la más grande y notable. Allí vivieron unos siete años. Los padres de Ana eran más bien ricos; tenían mucho ganado, hermosos tapices, notable menaje y siervos y siervas. No he visto que cultivasen campos, pero sí que llevaban el ganado al pastoreo. Eran muy piadosos, reservados, caritativos, sencillos y rectos. A menudo partían sus ganados en tres partes: daban una parte al templo, adonde lo llevaban ellos mismos y que eran recibidos por los encargados del templo. La otra parte la daban a los pobres o a los parientes necesitados, de los cuales he visto que había algunos allí que los arreaban a sus casas. La tercera parte la guardaban para sus necesidades. Vivían muy modestamente y daban con facilidad lo que se les pedía. Por eso yo pensaba en mi niñez: «El dar produce riqueza; recibe el doble de lo que da». He visto que esta tercera parte siempre se aumentaba y que muy luego estaban de nuevo con lo que habían regalado, y podían partir de nuevo su hacienda entre los demás. Tenían muchos parientes que solían juntarse en las solemnidades del año. No he visto en estas fiestas derroche ni exceso. Daban una parte de la comida a los pobres. No he visto verdaderos banquetes entre ellos. Cuando se encontraban juntos se sentaban en el suelo entre tapetes, en rueda, y hablaban mucho de Dios con grandes esperanzas. A veces había entre los parientes gente no tan buena que miraba mal estas conversaciones y cómo dirigían los ojos a lo alto y al cielo. Sin embargo, con estos malos, ellos se mostraban buenos y les daban el doble. He visto que estos mal criados exigían con tumulto y pretensiones lo que Joaquín y Ana daban de buena voluntad. Si había pobres entre su familia les daban una oveja o a veces varias. En este lugar tuvo Ana su primera hija, que llamó también María. He visto a Ana llena de alegría por el nacimiento de esta niña. Era una niña muy amable; la he visto crecer robusta y fuerte, pero muy piadosa y mansa. Los padres la querían mucho. Tenían, sin embargo, una inquietud que yo no entendía bien: les parecía que ella no era la niña prometida (de la visión del profeta) que debían esperar de su unión. Tenían pena y turbación como si hubiesen faltado en algo contra Dios. Hicieron larga penitencia, vivieron separados uno de otro y aumentaron sus obras de caridad. Así permanecieron en la casa de Eliud unos siete años, lo que pude calcular en la edad de la primera niña, cuando terminaron de separarse de sus padres y vivir en el retiro para empezar de nuevo su vida matrimonial y aumentar su piedad para conseguir la bendición de Dios. Tomaron esta resolución en casa de sus padres y Eliud les preparó las cosas necesarias para el viaje. Los ganados eran divididos, separando los bueyes, asnos y ovejas; estos animales me parecían más grandes que los de nuestro país. Sobre los asnos y bueyes fueron cargados utensilios, recipientes y vestidos. Estas gentes eran tan diestras en cargarlos, como los animales en recibir la carga que les ponían. Nosotros no somos tan capaces de cargar mercaderías sobre carros como eran diestros éstos en cargar sus animales. Tenían hermoso menaje: todos sus utensilios eran mejores y más artísticos que los nuestros. Delicados jarrones de formas elegantes, sobre los cuales había lindos grabados, eran empaquetados, llenándolos con musgo y envueltos diestramente; luego eran sujetados con una correa y colgados del lomo de los animales. Sobre las espaldas de los animales colocaban toda clase de paquetes con vestimentas de multicolores envoltorios, mantas y frazadas bordadas de oro. Eliud les dio a los que partían una bolsita con una masa pequeña y pesada, como si fuera un pedazo de metal precioso. Cuando todo estuvo en orden acudieron siervos y siervas a reforzar la comitiva y arreaba los animales cargados delante de sí hacia la nueva vivienda, la cual se encontraba a cinco o seis horas de camino. La casa estaba situada en una colina entre el valle de Nazaret y el de Zabulón. Una avenida de terebintos bordeaba el camino hasta el lugar. Delante de la casa había un patio cerrado cuyo suelo estaba formado por una roca desnuda, rodeado por un muro de poca altura, hecho de peña viva: detrás de este muro por encima de él había un seto vivo. En uno de los costados del patio había habitaciones de poca monta para hospedar pasajeros y guardar enseres. Había un cobertizo para encerrar el ganado y las demás bestias de carga. Todo estaba rodeado de jardines, y en medio de ellos, cerca de la casa, se levantaba un gran árbol de una especie rara; sus ramas bajaban hasta la tierra, echaban raíces y así brotaban nuevos árboles formando una tupida vegetación. Cuando llegaron los viajeros a la vivienda encontraron todo arreglado y cada cosa en su lugar, pues habían los padres enviado a algunos antes con el encargo de preparar todo lo necesario. Los siervos y siervas habían desatado los paquetes y colocado cada cosa en su lugar. Pronto quedó todo ordenado y habiendo dejado instalados a sus hijos en la nueva casa, se despidieron de Ana y Joaquín, con besos y bendiciones, y regresaron llevándose a la pequeña María, que debía permanecer con los abuelos. En todas estas visitas y en otras ocasiones nunca los he visto comer con exceso o despilfarro. Se colocaban en rueda, teniendo cada uno, sobre la alfombra, dos platitos y dos recipientes. No hablaban generalmente en todo el tiempo sino de las cosas de Dios y de sus esperanzas en el Mesías. La puerta de la gran casa estaba en medio. Se entraba por ella a una especie de antesala, que corría por todo lo ancho de la casa. A derecha e izquierda de la sala había pequeñas piezas separadas por biombos de juncos entretejidos, que se podían quitar o poner a voluntad. En la sala se hacían las comidas más solemnes, como se hizo cuando María fue enviada al templo. Desde entonces comenzaron una vida completamente nueva. Queriendo sacrificar a Dios todo su pasado y haciendo como si por primera vez estuviesen reunidos, se empeñaron, desde ese instante, por medio de una vida agradable a Dios, en hacer descender sobre ellos la bendición, que era el único objeto de sus ardientes deseos. Los vi visitando sus rebaños y dividiéndolos en tres partes, siguiendo la costumbre de sus padres: una para el templo, otra para los pobres y la tercera para ellos mismos. Al templo enviaban la mejor parte; los pobres recibían un buen tercio, y la parte menos buena la reservaban para sí. Como la casa era amplia, vivían y dormían en pequeñas habitaciones separadas, donde era posible verlos a menudo en oración, cada uno por su lado, con gran devoción y fervor. Los vi vivir así durante largo tiempo. Daban muchas limosnas y cada vez que repartían sus bienes y sus rebaños, éstos se multiplicaban de nuevo rápidamente. Vivían con modestia en medio de sacrificios y renunciamientos. Los he visto vestir ropas de penitencia cuando rezaban y varias veces vi a Joaquín, mientras visitaba sus rebaños en lugares apartados, orar a Dios en la pradera. En esta vida penitente perseveraron diecinueve años después del nacimiento de su primera hija María, anhelando ardientemente la bendición prometida y su tristeza era cada día mayor. Pude ver también a algunos hombres perversos acercarse a ellos y ofenderlos, diciéndoles que debían ser muy malos para no poder tener hijos; que la niña devuelta a los padres de Ana no era suya; que Ana era estéril y que aquella niña era un engaño forjado por ella; que si así no fuera la tendrían a su lado y otras muchas cosas más. Estas detracciones aumentaban el abatimiento de Joaquín y de Ana. Tenía ésta la firme convicción interior de que se acercaba el advenimiento del Mesías y que ella pertenecía a la familia dentro de la cual debía encarnarse el Redentor. Oraba pidiendo con ansia el cumplimiento de la promesa, y seguía aspirando, como Joaquín, hacia una pureza de vida cada vez más perfecta. La vergüenza de su esterilidad la afligía profundamente, no pudiendo mostrarse en la sinagoga sin recibir ofensas. Joaquín, a pesar se ser pequeño y delgado, era de constitución robusta. Ana tampoco era grande y su complexión, delicada: la pena la consumía de tal manera que sus mejillas estaban descarnadas, aunque bastante subidas de color. De tanto en tanto conducían sus rebaños al templo o las casas de los pobres, para darles la parte que les correspondía en el reparto, disminuyendo cada vez más la parte que solían reservarse para sí mismos.
La Santa e Inmaculada Concepción de María
Cuando Joaquín, que se encontraba de nuevo entre su ganado, quiso ir de nuevo al templo para ofrecer sacrificios, le envió Ana palomas y otras aves en canastos y jaulas por medio de los siervos para que fuesen a llevárselas a la pradera. Joaquín tomó dos asnos y los cargó con tres animalitos pequeños, blancos y muy despiertos, de cuellos largos, corderos o cabritos, encerrados en cestas. Llevaba el mismo una linterna sobre su cayado: era una luz en una calabaza vacía. Subieron al templo, guardando sus asnos en una posada, que estaba cerca del mercado. Llevaron sus ofrendas hasta los escalones más altos y pasaron por las habitaciones de los servidores del templo. Allí se reunieron los siervos de Joaquín después que les fueron tomadas las ofrendas. Entró Joaquín en la sala donde se hallaba la fuente llena de agua en la cual eran lavadas las víctimas; se dirigió por un largo corredor a otra sala a la izquierda del sitio donde estaba el altar de los perfumes, la mesa de los panes de la proposición y el candelabro de los cinco brazos. Se hallaban reunidas en aquel lugar varias personas que habían acudido para sacrificar. Joaquín tuvo que sufrir aquí una pena muy cruel. Vi a un sacerdote, de nombre Rubén, que despreció sus ofrendas, puesto que en lugar de colocarlas junto a las otras, en lugar aparente, detrás de las rejas, a la derecha de la sala, las puso completamente de lado. Ofendió públicamente al pobre Joaquín a causa de la esterilidad de su mujer y sin dejarlo acercarse, para mayor injuria, lo relegó a un rincón. Vi entonces a Joaquín lleno de tristeza abandonar el templo y, pasando por Betania, llegar a los alrededores de Maquero. Permaneció tan triste y avergonzado que, por algún tiempo, no dio aviso del sitio donde se encontraba. La aflicción de Ana fue extraordinaria cuando le refirieron lo que le había acontecido en el templo y al ver que no volvía. Cinco meses permaneció Joaquín oculto en el monte Hennón. He visto su oración y sus angustias. Cuando iba donde estaban sus rebaños y veía a sus corderitos, se ponía muy triste y se echaba en tierra cubriéndose el rostro. Los siervos le preguntaban por qué se mostraba tan afligido; pero él no les decía que estaba siempre pensando en la causa de su pena: la esterilidad de su mujer. También aquí dividía su ganado en tres partes: lo mejor lo enviaba al templo; la otra parte la recibían los esenios, y el se quedaba con la más inferior. También Ana tuvo que sufrir mucho por la desvergüenza de una criada, que le reprochaba su esterilidad. Mucho tiempo la estuvo sufriendo hasta que la despachó de su casa. Había pedido ésta ir a una fiesta a la cual, según la rigidez de los esenios, no se podía acudir. Cuando Ana le negó el permiso ella le reprochó duramente esta negativa, diciendo que merecía ser estéril y verse abandonada de su marido por ser tan mala y tan dura. Entonces despachó Ana a la criada, y por medio de dos servidores la envió a la casa de sus padres, llenándola antes con regalos y dones, rogándoles la recibiesen de nuevo ya que no podía retenerla más consigo. Después de esto se retiró a su pieza y lloró amargamente. En la tarde del mismo día se cubrió la cabeza con un paño amplio, se envolvió toda con él y fue a ponerse bajo un gran árbol, en el patio de la casa. Encendió una lámpara y se entregó a la oración. Permaneció aquí mucho tiempo Ana clamando a Dios y diciendo: «Si quieres, Señor, que yo quede estéril, haz que, al menos, mi piadoso esposo vuelva a mi lado». Entonces se le apareció un ángel. Venía de lo alto y se puso delante, diciéndole que pusiera en paz su corazón porque el Señor había oído su oración; que debía a la mañana siguiente ir con dos criadas a Jerusalén y que entrando en el templo, bajo la puerta dorada del lado del valle de Josafat, encontraría a Joaquín. Añadió que él estaba en camino a ese lugar, que su ofrenda sería bien recibida, y que allí sería escuchada su oración. Le dijo que también ya había estado con Joaquín, y mandóle que llevase palomas para el sacrificio, y anuncióle que el nombre de la criatura que tendría, luego lo vería escrito. Ana dio gracias a Dios y volvió a su casa contenta. Cuando después de mucho rezar en su lecho, se quedó dormida, he visto aparecer sobre ella un resplandor que la penetraba. La he visto avisada por una inspiración interior, despertar e incorporarse en su lecho. En ese momento vi un rostro luminoso junto a ella, que escribía con grandes letras hebreas a la derecha de su cama. He conocido el contenido de la frase, palabra por palabra. Expresaba en resumen, que ella debía concebir, que su fruto sería único, y que la fuente de esa concepción era la bendición que había recibido Abraham. La he visto indecisa pensando como le comunicaría esto a Joaquín; pero se consoló cuando el ángel le reveló la visión de Joaquín. Tuve entonces la explicación de la Inmaculada Concepción de María y supe que en el Arca de la Alianza había estado oculto un sacramento de la Encarnación, de la Inmaculada Concepción, un misterio de la Redención de la humanidad caída. He visto a Ana leer con admiración y temor las letras de oro y rojas brillantes de la escritura, y su gozo fue tan grande que pareció rejuvenecer cuando se levantó para dirigirse a Jerusalén. He visto, en el momento en que el ángel se acercó a ella, un resplandor bajo el corazón de Ana, y allí, un vaso iluminado. No puedo explicarlo de otro modo sino diciendo: había allí como una cuna, un tabernáculo cerrado que ahora se abría para recibir algo santísimo. No puedo expresar cómo he visto esto maravillosamente. Lo vi como si fuera la cuna de toda la humanidad renacida y redimida; lo vi como un vaso sagrado abierto, al cual se le quita el velo. Reconocí esto con toda naturalidad. Este conocimiento era a la vez natural y celestial. Ana tenia entonces, según creo, cuarenta y tres años.