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La primera ciudad egipcia. La fuente milagrosa
He visto a la Sagrada Familia entrar en un lugar desolado: se habían extraviado y vi que se acercaban reptiles de diversas clases, entre ellos unos lagartos con alas de murciélagos, que iban anastrándose y muchas serpientes. No les hicieron daño alguno, más bien parecía que querían indicarles el camino. Algún tiempo después, no sabiendo ya qué dirección tomar, vi que les fue mostrado el camino por medio de un gracioso milagro. A ambos lados del camino brotó la rosa llamada de Jericó con ramas de hojas rizadas que tenían florecitas en el centro. Avanzaron con alegría en medio de ellas, viendo que se alzaban las flores en toda la extensión que alcanzaba la vista. Este prodigio continuó por todo el desierto. A la Virgen le fue revelado que más tarde vendrían gentes del país a recoger estas flores, para venderlas a viajeros extranjeros y comprar pan con el producto de la venta. En efecto, he visto que así sucedió más tarde. El nombre del lugar era Gaz o Gose. Los he visto arribar a un lugar llamado, si mal no recuerdo, Lep o Lap, donde había agua, fosos, canales y diques. Para atravesar el arroyo lo hicieron en balsas de madera, en las cuales había unas tinas donde metían a los asnos. Los que los pasaron en balsas fueron dos hombres de feo aspecto, cetrinos, con narices muy chatas y labios gruesos, que andaban medio desnudos. Más tarde llegaron a unas casas apartadas de la población, pero al ver a los habitantes tan altaneros y soeces, no pararon ni hablaron con ellos. Habían llegado a la primera población pagana egipcia, habiendo viajado durante diez días en territorio de Judea y otros diez en el desierto. He visto a la Sagrada Familia en un país llano, en territorio egipcio. Aparecían grandes praderas donde pastaban los rebaños. Vi árboles a los cuales habían sujetado algunos ídolos semejantes a niños fajados. Las tiras que los sujetaban estaban cubiertas de figuras y caracteres. Algunos hombres gruesos, de corta estatura, vestidos al modo de los hilanderos que he visto en el país de los tres Reyes, rendían homenajes a esos ídolos. La Sagrada Familia se refugió en un corral del cual salieron las bestias para dejarles lugar. No tenían en ese momento ni agua ni alimento y nadie les dio cosa alguna. María apenas podía alimentar a su Niño. Soportaron todos los sufrimientos humanos en esos días. Cuando finalmente llegaron algunos pastores a dar de beber a sus animales en un pozo cerrado, le dieron a José un poco de agua para satisfacer su pedido. Más tarde vi a la Sagrada Familia, desprovista de todo socorro humano, atravesando un bosque, a la salida del cual había un datilero muy alto con gran número de dátiles en su extremidad superior pendientes de un racimo. María se acercó al árbol, tomó en sus brazos al Niño Jesús, y alzándolo, rezó una oración. El árbol inclinó su copa como arrodillándose ante ellos, y pudieron así recoger su abundante fruta. El árbol quedó en la misma posición. Toda clase de gente del lugar seguía luego a la Sagrada Familia, mientras María repartía dátiles a muchos niños desnudos que corrían detrás de ella. Como a un cuarto de legua llegaron cerca de un sicomoro de grandes dimensiones y se metieron dentro del hueco del árbol que estaba en gran parte vacío, ocultándose a la vista de la gente que los seguía, de tal modo que pasaron de largo por el lugar sin verlos y así pudieron pasar la noche ocultos. Los he visto al día siguiente seguir a través de un arenal. Sin agua y cansados se detuvieron junto a un montículo del camino. María rezó con fervor y vi entonces brotar un manantial, de agua abundante que regaba la tierra reseca del arenal. José le abrió un cauce para apresar el agua en un hoyo que hizo y se detuvieron a descansar. María lavó y refrescó al Niño, y José llenó su odre de agua y dio de beber al asno. He visto que se acercaban para refrescarse unos animales muy feos, como grandes lagartos, y también tortugas. No hicieron daño alguno a la Sagrada Familia, sino que, por el contrario, la miraban con expresión de cariño amistoso. Vi que el agua brotada, después de recorrer un camino bastante largo, volvía a resumirse en la tierra a poca distancia de la primera fuente. La tierra regada por esta agua fue fecunda, de modo que pronto se cubrió de abundante vegetación y creció allí el árbol del bálsamo en abundancia. A la vuelta de Egipto, pudieron sacar bálsamo de esos mismos árboles. Más tarde este lugar fue conocido como «el monte del bálsamo». Se establecieron allí varias personas, entre ellas la madre del niño leproso curado en la choza de los ladrones. Volví después a ver este lugar. Un hermoso cerco de árboles de bálsamo rodeaba todo el monte, donde habían plantado otros frutales. Abrieron un pozo ancho y profundo del cual sacaban agua por medio de una noria tirada por bueyes y que, mezclada con la fuente de María, la utilizaban para regar jardines y huertas. Sin esa mezcla he entendido que el agua del pozo hubiera sido mala y dañosa. Noté también que los bueyes que tiraban de la noria dejaban de trabajar desde el sábado al mediodía hasta el lunes por la mañana.
El ídolo de Heliópolis
Después de haber descansado y tomado alimentos se encaminaron a una gran ciudad, bien construida, aunque por entonces medio ruinosa; era Heliópolis, llamada también On. Este era el lugar donde, en tiempos de los hijos de Jacob, habitaba el sacerdote egipcio Putifar, en cuya casa vivía la joven Asenet, la hija que había tenido Dina después que fue robada por los siquemitas, y que se casó más tarde con José, virrey de Egipto. He visto que allí vivía, cuando murió Jesús en la cmz, Dionisio el Areopagita. La ciudad había sido devastada por la guerra; y fueron a establecerse toda clase de gentes en sus ruinosos edificios. Pasaron allí por un puente muy ancho y muy largo, a través de un río con varios brazos. Llegaron a una plazoleta situada delante de la puerta de la ciudad, bordeada por una especie de paseo. Había allí sobre una columna tronchada, más ancha en su base que en la altura, un ídolo grande con cabeza de buey que tenía en sus brazos algo así como un niño fajado. Alrededor del ídolo había unas mesas de piedras sobre los cuales ponían sus ofrendas las gentes que venían de todas partes de la ciudad. Cerca de allí había un árbol corpulento bajo el cual la Sagrada Familia se detuvo a descansar. Hacía algunos momentos que estaban allí descansando cuando tembló la tierra; el ídolo tambaleó sobre su base y cayó a tierra. Este hecho fue causa de gran tumulto: la gente comenzó a dar voces y acudieron varios hombres que trabajaban en el canal. Un buen hombre, que había acompañado a la Sagrada Familia por el camino, acudió también y la condujo rápidamente a la ciudad; creo que era uno de los trabajadores del canal. Se hallaban fuera de la plaza cuando el pueblo, atribuyendo a ellos la caída de su ídolo, se enfureció contra ellos y los amenazaba e injuriaba. Mientras sucedía esto la tierra tembló nuevamente, el árbol se desplomó, cortándose sus raíces, y el suelo donde habían estado el árbol y el ídolo se convirtió en un lodazal de agua negra y fangosa, donde se hundió el ídolo hasta los cuernos, que sobresalían. También se hundieron en el pantano algunos perversos de aquella multitud furiosa. La Sagrada Familia continuó tranquila su viaje, dirigiéndose a la ciudad. Fueron a albergarse en un edificio sólido junto al templo grande de un ídolo donde encontraron sitios desocupados.
La Sagrada Familia en Heliópolis
Una vez que atravesé el mar y fui a Egipto vi a la Sagrada Familia habitando aún en la gran ciudad en ruinas. Esta ciudad se extiende a lo largo de un gran río de varios brazos y se ve desde lejos debido a su elevada posición. Hay algunas partes abovedadas, debajo de las cuales corre el río. Para pasar a través de los brazos del río usan vigas colocadas sobre el agua. Vi allí, con gran admiración mía, restos de grandes edificios, torres en ruinas y templos en bastante buen estado. Había columnas que parecían torres, a las cuales se podía subir por la parte exterior; otras muy altas terminadas en punta y cubiertas con imágenes extrañas y figuras semejantes a perros acurrucados con cabeza humana. La Sagrada Familia habitaba las salas de un gran edificio, sostenido por un lado por gruesas columnas de poca altura, unas de canto recto y otras redondas. Bajo las columnas habitaban muchas personas. En la parte alta, encima del edificio, había un camino por el que se podía transitar, y enfrente un gran templo de ídolos con dos patios. Delante de un espacio cerrado por un lado y abierto por otro, bajo una hilera de gruesos pilares, había hecho José una construcción liviana de madera, dividida en varias partes por medio de tabiques, donde habitaba la Sagrada Familia. Noté, por primera vez, que detrás de aquellos tabiques tenían un altarcito ante el cual oraban: era una mesa pequeña cubierta por un paño rojo y otro blanco transparente. Encima pendía una lámpara. Más tarde vi a José, ya bien instalado allí y que a menudo salia afuera a trabajar. Hacía bastones con pomos redondos en la extremidad, cestos y banquitos de tres pies y levantaba tabiques livianos con ramas entrelazadas y tejidas. Las gentes del país las untaban con un baño especial y las utilizaban para dividir las viviendas en compartimentos, contra los muros y aún dentro de los muros, que eran de mucho espesor. Con tablas delgadas y largas hacían torrecitas livianas de seis y ocho lados terminados en punta con adorno redondo por remate. Una parte quedaba abierta de modo que podía una persona refugiarse dentro como en una garita: tenían escalones por fuera para poder subir hasta la punta de la torre. Delante de los templos de los ídolos y sobre las azoteas vi estas torrecitas, que parecían refugios para guardianes como defensa contra los ardores del sol. Vi a la Virgen Santísima ocupada en trenzar alfombras y en otros trabajos para los cuales se servía de un bastón con pomo: me parecía que hilaba o hacía otra labor semejante. Vi a menudo gente que iba a visitarla y a ver al Niño Jesús que estaba a su lado, en el suelo, en una cunita. Esta cunita la vi con frecuencia colocada sobre una tijera parecida a la dé los aserradores. He visto al Niño graciosamente acostado y una vez lo vi sentado mientras María tejía a su lado teniendo junto a si una cestilla con utensilios. Había otras tres mujeres allí. Los hombres que se habían refugiado en la ciudad ruinosa vestían como aquéllos que hilaban algodón que vi cuando fui al encuentro de los Reyes Magos; pero éstos llevaban unos vestidos cortos en torno del cuerpo. Vi muy pocos judíos, rondando con precaución, como si no tuvieran autorización para habitar la ciudad. Al norte de Heliópolis, entre la ciudad y el río Nilo, que se dividía en varios brazos, estaba el país de Gessen. Allí había un lugar, entre dos canales, donde vivían muchos judíos que habían degenerado en la práctica de la religión. Como varios conocían a la Sagrada Familia, María hacía para ellos toda clase de labores femeninas con que ganarse el sustento. Estos judíos de Gessen tenían un templo que comparaban con el de Salomón, pero que era muy distinto. Vi otras veces a la Sagrada Familia viviendo en Heliópolis, cerca del templo de los ídolos de que ya he hablado. José había construido, no lejos de allí, un oratorio para los judíos, porque antes de llegar José no tenían lugar donde ejercer su culto religioso. El oratorio terminaba en una cúpula liviana, que se podía abrir al aire libre. En el centro había una mesa donde colocaban rollos escritos. El sacerdote o escriba de la ley era un anciano; los hombres se colocaban a un lado y las mujeres a otro, cuando se reunían para rezar. Vi a la Virgen Santísima la primera vez que fue con el Niño al oratorio: estaba sentada en el suelo, apoyada sobre un brazo. El Niño Jesús, vestido de celeste, estaba delante de ella, con las manecitas juntas sobre el pecho. José parábase detrás de ella, cosa que hacía siempre, a pesar de que los demás se sentaban. Me fue mostrado el Niño Jesús cuando era ya grandecito y recibía la visita de otros niños. Ya podía hablar y corretear. Estaba casi siempre al lado de José y lo acompañaba cuando salía. Tenía un vestidito semejante a una túnica hecha de una sola pieza. Como habitaban junto a un templo de ídolos, algunos de ellos cayeron hechos pedazos. Había quienes se acordaban de la caída de aquel gran ídolo que estaba delante de la puerta cuando ellos llegaron y atribuían el hecho a la cólera de los dioses contra ellos. A causa de esto tuvieron que sufrir muchas molestias y persecuciones.
La matanza de los inocentes
Se apareció un Ángel a María y le hizo conocer la matanza de los niños inocentes por el rey Herodes. María y José se afligieron mucho y el Niño Jesús, que tenia entonces un año y medio, lloró todo el día. He sabido lo siguiente: Como no volvieron los Reyes Magos a Jerusalén, y estando Herodes ocupado en algunos asuntos de familia, sus temores se habían calmado un tanto; pero cuando regresó la Sagrada Familia a Nazaret y oyó las cosas que habían acontecido en el templo y las predicciones de Simeón y de Ana en la ceremonia de la Presentación en el templo, aumentaron sus temores y angustias. Mandó soldados que con diversos pretextos debían guardar los lugares alrededor de Jerusalén, a Gilgal, a Belén hasta Hebrón, y ordenó hacer un censo de los niños. Los soldados ocuparon esos lugares durante nueve meses, v mientras Herodes se hallaba en Roma. Después de su vuelta se produjo la degollación de los inocentes. Juan tenía entonces dos años, y había estado escondido en casa de sus padres antes que Herodes diera la orden para que las madres se presentaran con sus hijos de dos años o menos ante las autoridades locales. Isabel, advertida por un ángel, volvió a huir al desierto con el niño Juan. Jesús tenia entonces año y medio. La matanza tuvo lugar en siete sitios diferentes. Se había engañado a las madres, prometiéndoles premios a su fecundidad; por eso ellas se presentaban a las autoridades vistiendo a sus criaturas con los mejores trajecitos. Los hombres eran previamente alejados de las madres. Los niños, separados de sus madres, fueron degollados en patios cerrados y luego amontonados y enterrados en fosos. Hoy, al mediodía, vi a las madres con sus niños de dos años o menos acudir a Jerusalén, desde Hebrón, Belén y otro lugar donde Herodes había ordenado a sus soldados y fimcionarios. Se dirigían a la ciudad en grupos diversos: algunas llevaban dos niños montados en asnos. Cuando llegaban eran conducidas a un gran edificio siendo despedidos los hombres que las habían acompañado. Las madres entraban alegremente, creyendo que iban a recibir regalos y gratificaciones en premio a su fecundidad. El edificio estaba un tanto aislado y bastante cerca del que fue más tardé el palacio de Pilatos. Como se hallaba rodeado de muros, no se podía saber desde afuera lo que pasaba adentro. Parecía aquello un tribunal pues vi unos pilares en el patio y bloques de piedra con cadenas colgantes. También vi árboles que se encorvaban y ataban juntos y luego, soltados rápidamente, despedazaban a los desgraciados a ellos atados. Todo el edificio era sombrío, de construcción maciza. El patio era casi tan grande como el cementerio que hay al lado de la iglesia parroquial de Dülmen. Se abría una puerta entre dos muros y se llegaba al patio, rodeado de construcciones por tres lados. Los edificios de derecha e izquierda eran de un solo piso y el del centro parecía una antigua sinagoga abandonada. Varias puertas daban al patio interno. Las madres eran llevadas a través del patio a edificios laterales, y allí encerradas. Parecía aquello una especie de hospital o posada. Cuando se vieron encerradas, tuvieron miedo y empezaron a llorar y a lamentarse. Pasaron la noche allí dentro. Hoy, después de mediodía, vi el cuadro horrible de la matanza de los niños. El gran edificio posterior que cerraba el patio tenía dos pisos. El inferior era una sala grande, desprovista, parecida a una prisión, o a un cuerpo de guardia, y en el piso superior había ventanas que daban al patio. Allí vi a algunas personas reunidas en un tribunal; delante de ellas había rollos sobre una mesa. Creo que Herodes estaría presente, pues vi a un hombre con manto rojo adornado de piel blanca, con pequeñas colas negras. Estaba rodeado de los demás y miraba por la ventana de la sala que daba al patio. Las madres eran llamadas una a una para ser llevadas desde los edificios laterales hasta la sala inferior grande del cuerpo que estaba detrás. Al entrar, los soldados les quitaban los niños, llevándolos al patio, donde unos veinte hombres los mataban atravesándoles la garganta y el corazón con espadas y picas. Había niños aún fajados, a los cuales amamantaban sus madres, y otros que usaban ya vestiditos. No se ocuparon de desvestirlos, sino que tal como venían los tomaban del bracito o del pie y los arrojaban al montón. El espectáculo era de lo más horrible que puede imaginarse. Entre tanto las madres eran amontonadas en la sala grande, y cuando vieron lo que hacían con sus niños, lanzaban gritos desgarradores, mesándose los cabellos y echándose en brazos unas de otras. Al fin se encontraron tan apretadas que apenas podían moverse. Me parece que la matanza duró hasta la noche. Los niños fueron echados más tarde en una fosa común, abierta en el mismo patio. Me fue dicho el número de ellos, pero ya no me acuerdo. Creo que había setecientos, más una cifra donde había un siete o diez y siete. Cuando vi este cuadro horrible no sabía donde estaba ocurriendo eso, y me parecía que era aquí, donde estaba yo. A la noche siguiente vi a las madres sujetas con ligaduras y conducidas por los soldados a sus casas. El lugar de la matanza en Jerusalén fue el antiguo patio de las ejecuciones, a poca distancia del tribunal de Pilatos; pero en la época de éste había sufrido varios cambios. Cuando murió Jesús, vi que se abrió la fosa donde estaban los niños inocentes y que sus almas salieron de allí apareciéndose en diversos lugares.
Santa Isabel vuelve a huir con el niño Juan
Santa Isabel, avisada por un ángel antes de la matanza de los inocentes, se refugió con el pequeño Juan nuevamente en el desierto. Vi que estaba buscando durante mucho tiempo una cueva que le pareciera segura y escondida: cuando la encontró pennaneció allí con el niño durante unos cuarenta días. Más tarde volvió a su hogar, y un esenio del monte Horeb fue al desierto para llevar alimentos al niño y ayudarle en sus necesidades. Este hombre, cuyo nombre he olvidado, era pariente de la profetisa Ana. Al principio iba cada semana y después cada quince días, mientras Juan necesitó ayuda. No tardó en llegar el momento en que al nifío le gustaba más estar en el desierto que entre los hombres. Estaba destinado por Dios para crecer allí en toda inocencia, sin contacto con los hombres y sus maldades. Juan, como Jesús, no fue a la escuela, y era instruido por el Espíritu Santo. A menudo vi una luz a su lado o figuras luminosas como las de los ángeles. El desierto no era estéril ni desolador, porque entre las rocas brotaban abundantes hierbas y arbustos con frutas y bayas de diversas clases. He visto allí fresas silvestres que recogía el niño para comer. Tenía extraordinaria familiaridad con los animales, especialmente con los pájaros que venían volando para posarse sobre sus hombros; y mientras él les hablaba, parecía que le comprendieran y le servían de mensajeros. A veces iba a lo largo de los arroyos: los peces le eran familiares, porque se acercaban cuando los llamaba y le seguían cuando caminaba al borde del agua. Vi que se alejaba mucho de los lugares habitados por el peligro que le amenazaba. Los animales lo querían tanto que le servían en muchas cosas. Lo llevaban a sus refugios o a sus nidos, y cuando los hombres se acercaban, él podía huir a los escondites sin peligro. Se alimentaba de frutas silvestres y de raíces; no le costaba mucho encontrarlas, pues los animales mismos lo conducían donde estaban y se las mostraban. Llevaba siempre su piel de cordero y su varita y se intemaba cada vez más en el desierto. A veces se acercaba a su pueblo y dos veces vio a sus padres que anhelaban vivamente su presencia. Ellos debían tener revelaciones, pues cuando Isabel o Zacarías deseaban ver a Juan, éste no dejaba de acudir a su encuentro desde muy lejos.
La Sagrada Familia se dirige a Matarea
Estuvieron diez y ocho meses en Heliópolis, y teniendo ya Jesús alrededor de dos afios, dejaron la ciudad por falta de trabajo y por las persecuciones de que eran objeto. Al mediodía se encaminaron hacia Menfis. Mientras pasaban por una pequeña ciudad, no lejos de Heliópolis, descansaron en el vestíbulo del templo de un ídolo; éste cayó por tierra y se rompió en pedazos. El ídolo tenía cabeza de buey, con tres cuernos; en su cuerpo había varias aberturas donde ponían a quemar las ofrendas. La caída del ídolo produjo un gran tumulto entre los sacerdotes paganos, que detuvieron a la Sagrada Familia con amenazas e injurias. Uno de ellos, sin embargo, dijo que quizás fuera mejor encomendarse al dios de esa gente, recordándoles las desgracias que habían sufrido sus antepasados que persiguieron a la raza a la cual pertenecían estos extranjeros, y les recordó la muerte de los primogénitos de cada familia la noche anterior a La salida de Egipto. Después de esto dejaron marchar a la Sagrada Familia sin hacerle daño. Caminaron hasta la ciudad de Troya, en la orilla oriental del Nilo, frente a Menfis. Había en esa villa mucho barro. Pensaron quedarse; pero no los recibieron en ninguna parte y hasta les rehusaron el agua para beber y los pocos dátiles que pedían. La ciudad de Menfis se veía en la otra orilla. El río era muy ancho en ese punto, había algunas islas y una parte de la ciudad se extendía al otro lado. He visto el sitio donde fue descubierto Moisés, siendo niño, entre juncos y cañaverales. En tiempos del Faraón había un gran palacio con jardines y una alta torre a la cual subía a menudo la hija del Faraón. Menfis formaba como tres ciudades en ambos lados del río. La ciudad de Babilonia, en la orilla oriental del Nilo, un poco más adelante, casi formaba parte del conjunto de edificación de Menfis. En la época del Faraón, toda esa región del Nilo entre Heliópolis, Babilonia y Menfis, estaba llena de altos diques de piedra, de canales y de edificios, unos contra otros, de modo que el conjunto constituía como una sola ciudad. En la época de la Sagrada Familia había grandes separaciones y lugares desocupados. La Sagrada Familia se dirigió al Norte descendiendo el río en dirección a Babilonia. Esta ciudad estaba despoblada y aparecía mal construida y llena de fango. Costearon la ciudad, pasando entre el Nilo y la población, y dirigieron sus pasos en dirección opuesta a la que llevaban. Recorrieron unas dos Leguas por la ribera del Nilo. Al borde del camino se alzaban edificios en ruinas. Atravesaron un canal y un pequeño brazo de río y llegaron a un paraje cuyo nombre primitivo no recuerdo, que más tarde se llamó Matarea. Estaba cerca de Heliópolis, situado sobre una lengua de tierra, de modo que el agua lo rodeaba por ambos lados; bastante despoblado, con casas muy aisladas y mal trazadas, hechas de madera de datileros con limo del río reseco, cubiertas de cañas. José encontró allí algún trabajo. Con ramas entrelazadas construyó casas más sólidas, abriendo encima galerías para poder pasear por ellas. Se instalaron en un lugar solitario, bajo una bóveda oscura, no lejos de la puerta por la que habían entrado. José construyó una casita liviana delante de esta bóveda. También aquí cayó un ídolo, que estaba en un templo pequeño, y después todos los ídolos fueron derrumbándose uno tras otro. Un sacerdote tranquilizó al pueblo enfurecido recordándoles las plagas de Egipto. Más tarde, cuando se hubo reunido allí una pequeña comunidad de judíos y de paganos convertidos, los sacerdotes les dejaron el pequeño templo, cuyo ídolo había caído al llegar la Sagrada Familia. José lo transformó en una sinagoga, convirtiéndose él mismo en el padre de la pequeña comunidad; les enseñaba a cantar los salmos con regularidad puesto que habían ya olvidado en gran parte el culto de sus antepasados. Había algunos judíos tan pobres que vivían en hoyos abiertos en el suelo. En cambio, en la aldea judía, entre On y el Nilo, vivían muchos israelitas que tenían un templo de propiedad; pero habían caído en el culto idolátrico, porque poseían un becerro de oro, una figura con cabeza de buey y en torno animales pequeños parecidos a garduñas, bajo doseles. Eran animales que defienden contra los cocodrilos. Tenían una imitación del Arca de la Alianza, dentro de la cual conservaban cosas abominables. Practicaban cultos detestables con toda clase de impurezas que ejercían en un pasaje oscuro subterráneo, pensando de esta forma invocar y atraer la venida del Mesías. Eran impenitentes y no querían corregirse de sus vicios. Más tarde varios de ellos se fueron adonde estaba José, con su pequeña comunidad, a dos leguas de distancia. No podían ir directamente por causa de los canales y malecones, debiendo hacer un rodeo por Heliópolis. Los judíos del país de Gessen habían ya conocido a la Sagrada Familia cuando se hallaba en On, y María hacía para ellos toda clase de labores de tejidos y bordados. María no quiso nunca hacer cosas de puro lujo o inútiles, sino sólo objetos de uso habitual y las ropas que se ponían en las ceremonias del culto y cuando rezaban. He visto que a varias mujeres que habían ido a encargarle ropas y adornos de vanidad y de moda, María rehusó hacerles esos trabajos, aunque tenía mucha necesidad de recibirlos. Algunas de estas mujeres la insultaron. Desde un principio la estadía de la Sagrada Familia en Matarea estuvo llena de dificultades; no había allí ni agua potable, ni leña para el fuego. Los habitantes quemaban hierbas secas y cañas. La Sagrada Familia no comía la mayoría de las veces sino alimentos fríos. Más tarde José halló trabajo arreglando las cabañas del país. La gente lo trataba como a un pobre esclavo, pagándole el trabajo con lo que les parecía; a veces un salario, otras veces nada. Los hombres eran muy inhábiles para construir viviendas. No había maderas, y si bien es cierto que vi lugares con árboles, la gente no tenia herramientas para trabajar. La mayoría usaba cuchillos de piedra o de hueso, y escarbaba la tierra para extraer la turba. José llevaba consigo los instrumentos más indispensables, y así pudo instalarse con regular comodidad. Dividió su habitación en varios departamentos, con tabiques de zarzos; fabricó un hogar, varias mesitas y banquitos, ya que la gente del lugar comía sentada en el suelo. Vivieron en este lugar varios años, y pude ver escenas de las diversas épocas de la vida de Jesús. Vi el lugar donde dormía. En el muro de la bóveda donde descansaba María, José había abierto una cavidad donde se puso el lecho del Niño Jesús. María dormía a su lado y pude ver a María a menudo, durante la noche, rezando de rodillas ante el lecho de Jesús. José se había acomodado en otro sitio. Vi también un oratorio que José había hecho bajo el mismo techo, en un pasillo apartado. José y María tenían sus sitios deterninados y había un lugarcito para el Niño, donde rezaba de pie, sentado o de rodillas. María tenía un altarcito, delante del cual oraba: consistía en una mesa cubierta de tela roja y blanca que se sacaba de un compartimiento abierto en el muro y después podía cerrarse. En el hueco del muro había una especie de relicario. Allí he visto la extremidad de la vara de José florecida, por la cual había sido designado esposo de María en el templo de Jerusalén. Vi ramitos dentro de vasos en forma de cálices. Además, vi otro relicario, sin poder decir lo que fuera.