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Jesús confunde a los sabios de Nazaret
A los cinco discípulos se han añadido cuatro parientes o amigos de la Sagrada Familia. Uno de ellos era descendiente de Rut, que habíase casado con Booz en Belén. Había en Nazaret tres jóvenes de familias ricas, conocidos de Jesús, delicados y bien educados. Los padres, que habían oído la predicación de Jesús, convencidos de su sabiduría, persuadieron a sus hijos que hicieran una tentativa con Jesús; que le ofrecieran dinero para que Él los recibiese en su compañía, pudiesen oírle y aprender su ciencia. Estos padres estimaban mucho a sus hijos y pensaban que Jesús no tendría reparos en recibirlos como ayo e instructor de sus hijos. Los jóvenes acudieron hoy a la sinagoga. Por medio de los fariseos y por estos mismos jóvenes concurrió a la escuela cuanto de distinguido o sabio había en Nazaret para presenciar una prueba de la sabiduría de Jesús. Se encontraba entre ellos un letrado de la ley y un médico. Este era un hombre corpulento, de anchas espaldas y larga barba; llevaba una faja con señales en el vestido, a la altura de los hombros. Jesús entró y lo vi bendiciendo a los niños que le traían las madres: había entre éstos algunos leprosos, que Él curó. Cuando predicaba, los sabios le interrumpían, intentando envolverle en sus preguntas y cuestiones. Pero a todos los fue confundiendo con sus respuestas y aclaraciones. Las afirmaciones del letrado las contestó con citas de Moisés, y cuando se trató del divorcio, fue decisivo. Si el hombre no puede vivir con su mujer, o viceversa, pueden separarse, pero permanecen un solo cuerpo y no pueden casarse de nuevo mientras viva uno de los dos. Esta doctrina no gustó a los fariseos ni a los judíos en general. El médico preguntó si Jesús sabía quién era de naturaleza húmeda o seca, bajo qué constelación ha nacido cada uno, qué clases de yerbas habría que dar a uno y a otro según su temperatura, y cómo estaba constituido el cuerpo humano. Jesús les respondió con gran sabiduría: habló de las diversas complexiones de los presentes, de sus enfermedades y remedios, y se refirió a la composición del cuerpo humano en términos totalmente desconocidos por el flamante médico. Habló del alma y cómo obra sobre el cuerpo; trató de las enfermedades que sólo pueden curarse con la oración y la mejora de la vida, y de otras que se curan con los remedios humanos de yerbas y medicamentos. Todo esto lo trató con tanta profundidad y tanta gracia que el médico se declaró vencido, confesando que lo oído excedía en mucho a sus conocimientos. Me parece hasta que desea seguir a Jesucristo. Él describió al médico todo el cuerpo humano: sus miembros, músculos, venas, nervios y entrañas; su importancia y sus propiedades, con tanta precisión y al mismo tiempo tanta brevedad, que el pretendido sabio quedó completamente humillado y admirado. Hallábase presente un astrólogo, y Jesús comenzó a hablar del camino de las estrellas, de cómo un astro influía sobre otro, y de cómo los diversos astros ejercen distintas influencias. Refirióse a los cometas y a las señales del cielo. Habló también con un arquitecto sobre edificación y le dijo cosas muy significativas del tema. Al tratar del comercio y del intercambio con países extranjeros, dijo cosas severas acerca de las vanidades, modas y lujos provenientes de Atenas. Se habían introducido ciertos juegos y artes de magia en el país por medio de estos extranjeros, que habían pasado también por Nazaret y otros pueblos vecinos. Añadió que ciertas artes malas son imperdonables, porque no se tienen por malas y no se pide perdón ni se hace penitencia por ellas. Todos quedaron altamente maravillados de su sabiduría y comenzaron a decirle que se quedara entre ellos, que le iban a edificar una casa y le proveerían todo lo necesario. Le preguntaron por qué se había establecido con su madre en Cafarnaúm. Él les contestó sencillamente que no pensaba permanecer allí, hablándoles de su misión y de su destino; que, además, habíase establecido en Cafarnaúm porque deseaba estar en el centro del país. Ellos no comprendieron la referencia a su misión, y se ofendían porque no quisiera quedarse. Creían haberle ofrecido una posición muy ventajosa y que rehusaba por orgullo y presunción. Al atardecer dejaron el local de la escuela. Los tres jóvenes, que eran de unos veinte años, pidieron tratar con Jesús en particular, pero Él no los quiso recibir hasta que llegasen los nueve discípulos que le habían seguido: esta negativa los entristeció. Jesús dijo que procedía así para que fuesen testigos de lo que iba a hablar con esos jóvenes. Ellos entonces, con todo comedimiento, le dijeron cual era la voluntad de sus padres, que deseaban ser sus discípulos, que sus padres le darían dinero para los viajes, que ellos querían acompañarle y ayudarle en todas sus obras. Jesús se entristeció al tener que darles una negativa, ya por sí mismos, ya por causa de los discípulos, pues debía exponer motivos que ellos no podían comprender aún. Les dijo que quien ofrece dinero quiere sacar ganancia de ese mismo dinero, y que, en cambio, quien quisiere seguirle a Él debía renunciar a toda conveniencia humana. Más aún: el que quisiere seguirle debía renunciar hasta a sus parientes y amigos. Añadió que sus discípulos no buscaban ni pretendían conveniencias de casamientos. Les dijo cosas tan serias que aquellos quedaron muy abatidos. Atinaron a decir que también los esenios en parte vivían casados. Jesús les respondió que los esenios hacían bien siguiendo sus leyes, y que, por lo demás, ellos preparaban el camino para cosas que Él estaba por establecer con mayor perfección. Los despidió recomendándoles que meditasen lo que les convenía hacer. Los discípulos se asustaron por sus palabras, pareciéndoles una doctrina muy severa: no lo podían entender y decayeron de ánimo. Jesús anduvo con ellos por las afueras de Nazaret; se dirigió a casa de Eliud y durante el camino les dijo que no desmayasen ni se desalentasen; que las causas por las cuales habló así a aquellos jóvenes eran secretas, y que alguno le seguiría más tarde y otros nunca; que ellos le siguiesen sin preocuparse. Se ha suscitado un gran tumulto en Nazaret. No pueden perdonarle que no se haya querido quedar entre ellos, y dicen que todo lo que sabe lo ha aprendido yendo de un lado a otro. Añadían: «Es cierto que es diestro en responder y en enseñar, pero es demasiada soberbia para el pobre hijo de un carpintero». He visto regresar a sus casas a los tres jóvenes. Los padres interpretaron muy mal las dificultades que Jesús les puso, y los jóvenes pensaban lo mismo: de modo que todo el mundo estaba allí en contra de Jesús. Con todo, los tres jóvenes volvieron al día siguiente y prometieron a Jesús obedecerle y servirle. Jesús los despidió nuevamente y se entristeció de que no pudiesen comprender el motivo de su negativa. Luego habló con sus nueve discípulos, que le siguieron algún trecho, según les había dicho, para dirigirse luego al bautismo de Juan. Respecto de los jóvenes agregó que ellos pensaban sacar algún provecho, pero que no estaban dispuestos a dejarlo todo por amor; que los discípulos lo dejaban todo y recibirían, en cambio, mucho más. Díjoles cosas muy profundas sobre el bautismo de Juan, y les ordenó ir a Cafarnaúm, a anunciar a su madre que Él se dirigía al bautismo de Juan, que hablasen con los discípulos Juan, Pedro y Andrés, para ir al bautismo y que avisasen al Precursor que Él también se ponía en camino para ser bautizado.
Una leprosería en el río Kisón
He visto a Jesús caminando de noche con Eliud en dirección del Mediodía y Occidente. No hacían un camino directo, porque Jesús quería ir a Chim, lugar de leprosos. Llegaron al amanecer, y he visto que Eliud quería impedir que Jesús entrase para que no contrajese impureza legal: que no lo dejarían ir al bautismo si se llegaba a conocer su proceder. Jesús le contestó que debía cumplir su misión: que quería entrar porque había allí un hombre bueno que deseaba verlo. Para llegar debían pasar el río Kisón, porque el lugar estaba en un lago que recibía las aguas del Kisón donde se purificaban los leprosos. Esa agua no volvía al río Kisón. El lugar estaba completamente aislado y nadie llegaba hasta allí. Los leprosos vivían en chozas aisladas. Fuera de la gente que les servía nadie más vivía allí. Eliud se mantuvo lejos y esperó a Jesús, que entró en una choza aislada donde yacía un hombre enfermo en el suelo envuelto en lienzos. Jesús habló con él. Era un hombre bueno y no recuerdo por qué causa contrajo la enfermedad. Se incorporó, sumamente conmovido al ver que Jesús había querido visitarlo. Jesús le mandó que se levantase y se bañase en un recipiente que había junto a su casita. El hombre obedeció y Jesús puso sus manos sobre las aguas. De pronto el hombre se encontró sano y flexible, se vistió con otras ropas, y Jesús le mandó que no hablase de su curación hasta que Él volviera de su bautismo. Este hombre acompañó luego a Jesús y a Eliud un trecho de camino, hasta que Jesús le mandó que regresara. Más tarde vi a Jesús y a Eliud caminando por el valle de Esdrelón hacia el Mediodía. A menudo hablaban entre si; otras veces andaban aislados, como ocupados en la meditación y en la oración. El tiempo no es bueno: con frecuencia hay nieblas en estos valles y el cielo está nublado. Jesús no usa bastón; nunca lo llevó; los demás llevaban bastón curvado al uso de los pastores. Jesús calzaba sólo unas suelas, mientras otros llevaban un calzado más completo hecho de cortezas de árbol o entretejidos. Una vez, al mediodía, los vi descansando junto a una fuente, comiendo trozos de pan.
Jesús se transfigura delante de Eliud
De noche he vuelto a verlos caminando. He visto luego una hermosa escena: mientras Jesús caminaba delante de Eliud, éste comenzó a maravillarse de la corrección de sus modales y de la perfección de su cuerpo. Jesús le dijo: «Si vieras, dentro de pocos años, este cuerpo, no hallarías en él nada de hermoso: de tal manera lo pondrán los hombres y lo maltratarán». Eliud no podía entender esto. No podía imaginar cómo Jesús en tan corto tiempo pudiese constituir su reino, pues creyendo siempre en un reino temporal, pensaba que no podía hacerlo sino en diez o veinte años, hasta darle forma y consistencia. Mientras caminaban, dijo Jesús a Eliud, que marchaba pensativo detrás de Él, que se acercara, pues quería mostrarle lo que Él era en realidad, lo que era su cuerpo y cómo sería su reino. Eliud estaba a pocos pasos de Jesús. Jesús miró a los cielos, orando. De pronto descendió una nube que envolvió a los dos en un torbellino. Desde fuera no se los podía ver. Sobre sus cabezas se abrió el cielo y parecía descender hasta ellos la luz. Vi arriba una ciudad de luminosas murallas, que era la Jerusalén celestial. El interior de esta aparición estaba rodeado de un esplendor semejante al arco iris; adentro vi un rostro, como de Dios Padre, y a Jesús con Él, en una comunicación de luz y de esplendor. Jesús estaba resplandeciente y transparente. Eliud estuvo al principio admirado, mirando hacía arriba; luego se echó sobre su rostro, hasta que la luz y la visión se fueron perdiendo. Jesús siguió su camino y Eliud permaneció silencioso, maravillado de lo que había contemplado. Fue un cuadro como el de la transfiguración; pero Jesús no se elevó. Creo que Eliud no sobrevivió hasta la crucifixión de Jesús. Jesús se mostraba más familiar con él que con los mismos apóstoles, pues el anciano estaba muy iluminado en las cosas del cielo y en los secretos de la Sagrada Familia. Eliud honraba a Jesús como a un compañero y amigo: dióle todo lo que podía dar e hizo mucho por la comunidad de Jesús. Era uno de los esenios más instruidos. Los esenios, en los tiempos de Jesús, ya casi no vivían desparramados en los montes, sino más bien en torno de las ciudades. Esta aparición y transfiguración tuvo lugar de noche, cerca de las once. A la mañana siguiente vi a Jesús y a Eliud llegando a un campo de pastores. Amanecía y los pastores, ya con sus rebaños, salieron al encuentro de Jesús, a quien conocían, se postraron delante de Él, y llevaron a ambos a la choza donde tenían sus aperos. Allí les lavaron los pies, les prepararon un sitio para descanso y les pusieron delante panes y copas; asaron unas palomitas que tenían nidos en las mismas chozas y que andaban por todas partes familiarmente como las gallinas. Después he visto que Jesús despachó a Eliud, bendiciendo antes al anciano, que estaba de rodillas. Los pastores estuvieron presentes en esta escena. Le dijo que a él le convenía cerrar sus días en paz y tranquilidad, pues su misión era muy pesada e imposible que le pudiese seguir. Le dijo que lo consideraba de su comunidad, ya que había hecho su parte en la viña del Señor, y que recibiría el premio en su reino. Declaró esto con la parábola de los trabajadores en la viña. Eliud estaba muy serio y silencioso desde la aparición de la noche. Creo que fue más tarde bautizado por los apóstoles. Eliud acompañó todavía a Jesús un trecho de camino desde este lugar de los pastores; finalmente Jesús lo abrazó y se despidieron con varonil emoción. Se puede ver desde aquí el lugar adonde se dirige Jesús para pasar el sábado. En un tiempo lo habitaron parientes de Jesús. El lugar hacia donde se encamina ahora el Salvador solo se llama Gur y está sobre una altura. Un hermano de José, que luego se retiró a Zabulón, muy relacionado con la Sagrada Familia, estuvo habitando aquí. Jesús entró inadvertido en una posada, donde le lavaron los pies y le dieron alimentos. Tenía una pieza para Él solo; se hizo traer un rollo de la sinagoga y oró, leyendo unas veces de pie, otras hincado, mirando hacia arriba, en un sitio apartado. No fue a la escuela. He visto que algunos intentaban hablar con Él, pero los despidió. He visto llegar a Cafarnaúm a los cinco discípulos más íntimos que Jesús había despachado. Hablaron con María y dos se dirigieron a Betsaida para buscar a Pedro y Andrés. Santiago el Menor, Simón, Tadeo, Juan y Santiago el Mayor estaban también allí. Los discípulos contaban muchas cosas de la mansedumbre, bondad y sabiduría de Jesús. Los demás hablaban elogiosamente de Juan, de su austeridad y de su enseñanza, añadiendo que jamás habían oído a otro semejante expositor de los profetas y de la Ley. El mismo Juan hablaba entusiasmado del Bautista, aunque ya conocía a Jesús, pues sus padres habían vivido a pocas horas de Nazaret y Jesús le amaba desde niño. Celebraron aquí el sábado. Algunos días después he visto a los nueve discípulos guiados por los antes nombrados, camino de Tiberíades, desde donde se dirigieron, a través de Ephron y el desierto de Jericó, adonde estaba Juan Bautista. Pedro y Andrés hablaban con mayor entusiasmo del Bautista: que era de estirpe sacerdotal; que fue instruido por esenios en el desierto; que era tan severo como sabio y no podía tolerar desorden alguno. Los discípulos, en cambio, encomiaban la mansedumbre y sabiduría de Jesús. Otros alegaban que por su indulgencia se promovían desórdenes y daban algunos ejemplos. Decían que también Él había sido instruido por los esenios, cuando había viajado. A Juan no le oí hablar en este viaje. No iban siempre juntos: a veces un trecho o durante algunas horas. Yo pensaba: «Los hombres eran entonces como son ahora».
Jesús en Gofna
El sitio llamado Gur, donde Jesús oró solitariamente en la posada, no estaba lejos de la ciudad de Mageddo y lugar del mismo nombre. Yo había visto que hacia el fin de los tiempos habría una gran batalla en este lugar contra el Anticristo. Jesús se levantó al amanecer, arrolló su lecho, se ciñó la faja, dejó una moneda y salió. Atravesó varios pueblitos y no trató con la gente, ni entró en población alguna: caminaba junto al monte Garizim, en Samaria, a su izquierda. Se dirigía al Mediodía. De vez en cuando se alimentaba de cerezas y otras frutas, y con el hueco de la mano o con alguna hoja bebía agua de la fuente. Por la tarde llegó a una ciudad, en las montañas de Efraín, llamada Gofna, situada sobre un terreno irregular, bajo y alto, con muchos jardines y granjas. Vivían aquí algunos parientes de Joaquín que no habían tenido mayores relaciones con la Sagrada Familia. Jesús se hospedó en una posada, donde le lavaron los pies y le dieron una refección. Luego llegaron algunos parientes acompañados de los principales fariseos y lo llevaron a una de las mejores casas. La ciudad era de cierta importancia y tenía la sede de una circunscripción de pueblos. El pariente de Jesús era empleado y se ocupaba de escrituras. Creo que la ciudad pertenece a Samaria. Se trató a Jesús con respeto. Tomaron una refección mientras caminaban bajo una especie de glorieta. Jesús pasó aquí la noche. Desde Jerusalén hasta aquí había un día de camino. Un riachuelo surcaba el paraje. Cuando María y José perdieron al Niño en el templo, habían llegado a este lugar: creían que Jesús pudo haberse adelantado para llegar a casa de estos parientes puesto que lo perdieron de vista en Michmas. María temía hasta que hubiera podido caerse al agua. Jesús pidió algunos rollos de los profetas y enseñó acerca del bautismo y del Mesías. Explicó una profecía, según la cual el Mesías ya había llegado. Habló de acontecimientos que ya se cumplieron y de otros que debían cumplirse en un término de ocho años, no recuerdo si de una guerra o que el cetro de Judá había de ser quitado. Manifestó varios testimonios de hechos sucedidos que debían preceder a la venida del Mesías y habló de las sectas en que estaban ellos divididos y de muchas observancias que se habían convertido en vanas ceremonias. Dijo que el Mesías estaría entre ellos y no lo reconocerían. Aludió a Juan y añadió más o menos lo siguiente: «Él indicará al Mesías y no lo reconocerán por tal; querrán ver a un triunfador, a un guerrero brillante, rodeado de esplendor y de gente sabia y distinguida; no querrán reconocer por Mesías a uno que aparecerá sin brillo, sin hermosura, sin riquezas, sin aparato exterior; a uno que andará entre los pobres, campesinos y artesanos y se mezclará con los mendigos, lisiados, leprosos y pecadores». Habló mucho tiempo refiriéndose a las profecías y declaró lo que sucedería con el Mesías y con Juan. En todo esto nunca decía: «Yo», sino que hablaba como de otra persona. Estas enseñanzas llenaron casi todo el día y la gente y sus parientes terminaron por creer que Él sería un mensajero, un enviado del Mesías. Cuando Jesús volvió a su habitación, ellos trajeron un libro en el cual habían escrito lo que había sucedido en el templo con Jesús, el hijo de María, al tener doce años. Recordaron ciertas cosas dichas por Él entonces y las que decía ahora y al notar la semejanza quedaron admirados y extrañados. El dueño de la casa era un anciano viudo, con dos hijas, tambíén viudas, quienes hablaban entre ellos recordando lo que habían visto en el desposorio de José y María: como habían sido lucidas esas fiestas en el templo de Jerusalén; ponderando las riquezas de Ana, y añadiendo como esa familia había decaído en esplendor. Estas cosas las decían, como se acostumbra en el mundo, con cierto aire de reproche y desprecio hacia el decaimiento social de tales familias. Mientras charlaban, como mujeres que eran, de las bodas de María y de sus trajes, veía yo un cuadro admirable de la ceremonia y del traje de bodas de María, con su significado. Los hombres volvían a leer las cosas escritas de Jesús niño en el templo: cómo los padres del Niño lo habían buscado con tanta ansia. La noticia de cómo y cuando lo encontraron en el templo se extendió fácilmente tanto más cuanto que se trataba de personas emparentadas con ellos. Mientras estos parientes se maravillaban de la semejanza de sus enseñanzas y comenzaban a entusiasmarse, Jesús declaró que debía dejarlos, y partió, a pesar de los muchos ruegos para que se quedara más tiempo. Varios hombres lo acompañaron. Pasaron un riacho sobre un puente amurallado donde crecían arbolillos. Durante algunas horas lo acompañaron a una pradera de pastoreo donde había estado el patriarca José cuando su padre Jacob lo envió a ver a sus hermanos, en Siquem. En esta comarca estuvo también mucho tiempo Jacob. Muy tarde ya, Jesús se retiró a un lugar de pastores, al otro lado del riacho, y sus acompañantes lo dejaron. Del otro lado se extiende una comarca más extensa; la sinagoga estaba de este lado. Jesús se albergó en una posada. Se habían reunido aquí dos grupos de bautizandos que iban por el desierto al bautismo de Juan: éstos habían hablado de la venida de Jesús. Él conversó con ellos por la tarde y ellos partieron por la mañana. Lavaron los pies al Salvador, quien tomó una refección y se apartó para la oración y el descanso.
Jesús habla contra los vicios de Herodes
Por la mañana fue Jesús a la escuela donde se había reunido mucha gente. Habló como de costumbre del bautismo de Juan y la proximidad del Mesías, a quien no querían reconocer. Les echó en cara su dureza de juicio en cuestiones de antiguas costumbres, que era la falta propia del lugar. Recibieron bien la reprensión, pues eran de hábitos sencillos. Jesús se hizo llevar por el jefe de la sinagoga adonde se hallaban unos diez enfermos: no sanó a ninguno porque había dicho a Eliud y a sus discípulos que antes de su bautismo no curaría enfermos en las cercanías de Jerusalén. Estos enfermos eran en su mayoría hidrópicos y artríticos, y había entre ellos algunas mujeres. Los exhortó a todos en general y en particular dijo, a cada uno, lo que debía hacer en lo espiritual, pues sus enfermedades eran, en su mayoría, castigo por sus desarreglos y pecados. A algunos les mandó que se purificasen para marchar al bautismo de Juan. En la posada se preparó una comida a la cual concurrieron muchos hombres del vecindario. Antes de la comida hablaron algunos de ellos de la conducta de Herodes, reprochándole el mal proceder en su casamiento prohibido y querían saber lo que Jesús pensaba de ello. Jesús condenó el mal proceder con palabras severas, pero añadió que cada uno debía juzgarse a sí mismo antes y habló severamente acerca de los pecados que atentan contra el matrimonio. Había muchos pecadores, y Jesús habló en particular a cada uno condenando sus pecados e infidelidades en el matrimonio. Declaró a muchos sus pecados ocultos en este sentido, de tal manera que quedaron impresionados y prometieron hacer penitencia. De aquí partió hacia Betania, a unas seis millas. De nuevo lo vi andando por la montaña. Ahora reina tiempo invernal; hay neblina, el cielo está nublado y de noche caen heladas. Jesús se cubría la cabeza con un paño. Lo veo caminando hacía el Oriente. He visto a María y a las santas mujeres de camino por una pradera cerca de Tiberíades, después que salieron de sus casas. Llevan en su compañía a dos criados de los pescadores del lugar: uno va delante y otro detrás. Ellas cargan sus equipajes que consisten en dos sacos: uno pendiente en el pecho y otro en las espaldas, sostenidos por un bastón sobre los hombros. Entre ellas veo a Juana Chusa, Maria Cleofás, una de las tres viudas y Maria Salomé. Se dirigen también a Betania por el camino acostumbrado de Sichar, a su derecha. Jesús en cambio dejó este lugar a su izquierda. Las santas mujeres marchan generalmente en línea una tras otra, separadas algunos pasos, quizás porque los caminos, fuera de los reales, son angostos, a veces montañosos y con pasos díficiles. Caminan bastante ligero, con paso seguro, no como hoy en día andan las mujeres, porque entonces se acostumbraban desde pequeñas a largos viajes a pie. Llevan los vestidos algo levantados, ceñidos; las piernas fajadas; calzan unas sandalias gruesas y forradas, atadas a las plantas de los pies; sobre la cabeza un velo, sujeto con una tela angosta y larga, que cruza el pecho y por detrás llega hasta la cintura. A veces llevan las manos descansando dentro de esta tela. El hombre que marcha delante remueve los impedimentos del camino, abre los cercados, quita las piedras y facilita el tránsito como asimismo el hospedaje para las viajeras. El que marcha detrás cierra los cercos y puertas y deja las cosas como antes estaban.
Jesús en Betania
Vi a Jesús en la montaña seis millas de camino hacia Betania. De noche llegó a una ciudad situada a pocas horas al Norte de Jerusalén: tiene una calle larga, como de media hora de camino, que se interna en la misma montaña. Betania está a tres horas de este lugar. Se puede ver el lugar desde la distancia, porque está en un valle. Desde la montaña se extiende hacia el Noreste un desierto de tres horas basta el desierto de Efrón. Entre ambos desiertos he visto a María con sus acompañantes acampando esta noche en un albergue. Esta montaña es la misma en la cual se refugiaron Joab y Abisai en la persecución de Abner, cuando éste les habló. El monte se llama Amma, y está al Norte de Jerusalén. El sitio donde estaba Jesús tiene vista hacia el Oriente y el Norte: me parece que se llama Giah y mira al desierto de Gibeón que comienza al pie y se enfrenta con el de Efrón. Es de una extensión de tres horas de camino. Jesús llegó a la tarde y entró en una casa pidiendo algún refrigerio. Le lavaron los pies, le dieron de beber y le pusieron pequeños panes delante. Llegaron gentes y como supieron que venía de Galilea, empezaron a preguntarle acerca de las enseñanzas del maestro de Nazaret, del cual tanto se habla y del cual habla también Juan en el desierto. Preguntaron si el bautismo de Juan era bueno. Jesús enseñó, como de costumbre; los exhortó a ir al bautismo de Juan y a hacer penitencia. Refiriéndose al profeta de Nazaret y al Mesías les dijo que aparecería entre ellos, y que ellos no lo reconocerían, sino que lo perseguirían y maltratarían. Que mirasen bien y considerasen que las señales ya se habían cumplido; que no aparecería con esplendor y magnificencia exterior, sino pobre y que marcharía entre los sencillos. La gente no lo reconoció, aunque lo recibieron bien, y mantenían cierto temor y reverencia en su presencia. Habían pasado por aquí algunos que iban al bautismo de Juan y hablaron de Jesús. Después de haber descansado unas dos horas, algunas personas le acompañaron un trecho de camino. Jesús llegó a Betania durante la noche. Lázaro, que había estado días antes en su posesión en Jerusalén, cerca del monte Sión, al Occidente del monte Calvario, había vuelto a Betania: había tenido conocimiento de la próxima venida de Jesús por medio de algunos discípulos. El castillo de Betania pertenecía en realidad a Marta. Lázaro, empero, solía permanecer más tiempo aquí y se llevaba bien en compañía de su hermana. Esperaban a Jesús, con la comida ya dispuesta. Marta solía habitar los departamentos situados a un lado del edificio principal. Había huéspedes en la casa. Con Marta estaban Serafia, María de Marcos y otra mujer de Jerusalén: había estado con María en el templo; hubiera quedado allí de buena gana para siempre, pero por disposición de Dios tuvo que contraer matrimonio. Con Lázaro hallábanse Nicodemo, Juan Marcos, un hijo de Simeón y otro hombre de edad, Obed, un hermano o hijo de un hermano del marido de Ana, la del templo. Todos eran amigos, aunque ocultos, de Jesús, en parte por Juan Bautista, en parte por relaciones de familia y en parte por las profecías de Simeón y de Ana. Nicodemo era un pensador que buscaba la verdad, y tenía esperanzas en Jesús. Todos habían recibido el bautismo de Juan y habían concurrido ocultamente, a invitación de Lázaro, para ver a Jesús. Desde entonces Nicodemo sirvió a Jesús y a su comunidad secretamente. Lázaro había enviado algunos criados para recibir a Jesús. Media hora antes de llegar a la casa le salió al encuentro el antiguo y fiel criado de Lázaro, que más tarde fue también discípulo de Jesús. Este criado se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Yo soy un criado de Lázaro, y si he encontrado gracia en tu presencia te ruego me acompañes hasta la casa de mi señor». Jesús le dijo que se levantara y le siguió. Se mostró familiar con él, manteniendo la dignidad propia de su persona. Precisamente era esto lo que atraía en Jesús: lo amaban como hombre y sentían algo de su Divinidad. El criado llevó a Jesús a la entrada del castillo, junto a un pozo, donde estaba todo dispuesto. Lavó los pies a Jesús y le puso otras sandalias. He visto las suelas de Jesús: eran gruesas, forradas y de color verde. Dejó aquí estas sandalias y se puso otras de cuero duro, con ataduras de cuero también, que luego llevó en sus viajes. El criado limpió los vestidos de Jesús. Cuando se hubo lavado, llegó Lázaro con sus amigos. Trajeron entonces un vaso de bebida y una refección. Jesús abrazó a Lázaro y a los demás les tendió la mano. Todos le sirvieron amigablemente y le acompañaron hasta la casa. Lázaro lo acompañó antes a la habitación de Marta. Las mujeres, aquí reunidas, se echaron a tierra cubiertas con el velo. Jesús las levantó y dijo a Marta que María, su Madre, había de llegar y esperaba su vuelta del bautismo. Después de esto entraron en la casa y se pusieron a la mesa. He visto un cordero asado y palomas, miel, frutas, pequeños panes, verduras y vasos para beber. Se tendieron a la mesa, sobre asientos con apoyos, de dos en dos. Las mujeres comieron en una antesala aparte. Jesús rezó antes de la comida y bendijo los alimentos. Se mostró con el rostro serio y contristado. Dijo que se acercaban tiempos difíciles, que comenzada un camino muy pesado y que el término de éste sería muy lamentable y amargo. Los exhortó a permanecer fieles, ya que eran ahora su consuelo, anunciándoles que ellos también tendrían mucho que sufrir. Les habló tan tiernamente, que lloraron, pero no lo entendieron todo: no podían imaginar que un hombre así era Dios. Nunca pude entender esta incomprensión de su Divinidad, pues tengo una persuasión íntima y segura de su Persona divina. Pensaba: «¿Por qué no les muestra a estas personas lo que yo veo tan claro y tan seguro? … » He podido contemplar cómo el hombre fue creado por Dios, cómo sacó a Eva del hombre, dándosela por compañera y cómo cayeron ambos. He visto la promesa del Mesías, la dispersión de los hombres y la Providencia admirable y el misterio de Dios hasta la formación de la Virgen María. He visto el camino de la bendición del cual el Verbo se hizo carne, como una linea de luz que corría por todos los antepasados de María. He visto el mensaje del Ángel a María y el rayo de la Divinidad que la penetró cuando el Salvador se hizo hombre. Y después de todo esto, me resulta imposible concebir, a mi, criatura miserable, cómo estas santas personas, contemporáneas y amigas de Jesús, que está en su presencia, a quien aman y honran, creyendo todavía que su reino será temporal, le tienen amor y reverencia y lo creen el Mesías, y con todo no piensan siquiera que es Dios mismo el que les habla. Era para ellos el hijo de José y de María. Nadie imagina siquiera que María era Virgen; nada sabían de una inmaculada y pura Concepción; ignoraban el misterio encerrado en el Arca de la Alianza. Era ya mucho, empero, y señal de elección que le amasen y reconociesen como Mesías. Los fariseos, que conocían las profecías de Simeón y de Ana en el templo cuando la presentación, y que habían oído su doctrina a los doce años en el templo, estaban completamente endurecidos por el orgullo. Se habían interesado por conocer a la familia del Niño; pero les parecía todo tan pobre y tan pequeño que lo despreciaron: querían un Mesías con toda gloria y majestad. El mismo Lázaro, Nicodemo y muchos de sus amigos creían, siempre en silencio, que Él estaba llamado con sus discípulos a tomar Jerusalén, a librarla del yugo de los Romanos y a establecer el esplendor del reino de Israel. Sucedía como ahora que cada uno se imagina un Dios que debe dar a su patria libertad y esplendor. Entonces, como ahora, no sabían que el reino que nos debe interesar no es este reino de penitencia terrenal. Ellos se alegraban pensando de que en una u otra forma habrían de acabar con los eternos charlatanes que le rodeaban. Pero nadie se atrevía a hablar con Él abiertamente: permanecían con gran reverencia y cierto temor en su presencia, porque en sus palabras y en su modo de proceder no veían ninguna señal de que fuera a acometer la empresa que ellos habían imaginado. Después de la comida fueron al sitio de oración. Jesús recitó una acción de gracias, diciendo que su tiempo y su misión ya comenzaba. Lo dijo en tono tan conmovedor, que todos lloraban. Las mujeres estaban detrás, presentes a la escena. Rezaron algunas preces generales y Jesús los bendijo a todos. Luego Lázaro llevó a Jesús a su dormitorio. Había en una gran sala lugares aislados donde los hombres podían descansar. Todo estaba bien arreglado: el lecho no estaba aquí, como en otras partes, extendido en el suelo, sino más levantado y fijo, con un borde de verja donde había adornos de frazadas y borlas. En la pared, donde estaba afirmada la cama, había una estera muy delicada que se podía bajar o subir a voluntad, formando un techo para ocultar el lecho vacío. Junto a éste había una mesita y en un hueco abierto en la pared había una palangana y otro recipiente pequeño para llevar agua. De la pared pendía una lámpara y una toalla, Lázaro encendió la lámpara, se hincó de rodillas, pidiendo a Jesús la bendición, y se separaron.