Tomo III — Desde el comienzo de la vida pública de Jesús hasta el comienzo de la primera Pascua

Sección 5: capítulos XXIII – XXVII

María la Silenciosa — Predicación, y viajes de Juan Bautista

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En esta sección:

Capítulo XXIII

María la Silenciosa

Maria la Silenciosa (hermana de Marta y de Lázaro), que era tenida por lela, no apareció en todo este tiempo: nunca hablaba delante de hombres. Cuando estaba sola en su cuarto o en el jardín, hablaba en voz alta consigo misma relacionando sus palabras con lo que la rodeaba. Para ella las cosas parecían tener vida: sólo delante de los hombres callaba, permanecía inmóvil, miraba al suelo y quedaba como extática y silenciosa como una columna, aunque saludaba, inclinándose y se mostraba deferente. Cuando se hallaba sola trabajaba en los vestidos y ordenaba las cosas. Era piadosa, no frecuentaba escuelas, oraba en su cámara a solas. Creo que tenía visiones y hablaba con las personas que se le aparecían. Sentía gran amor por sus hermanas, especialmente por Magdalena. Había sido así desde niña y aunque tenía aya, no necesitaba de nadie, ni manifestaba ninguna señal de no estar en su cabal juicio. De María Magdalena no se había hablado hasta el presente en presencia de Jesús: vivía ahora en el castillo de Mágdala en medio del esplendor y del fausto. La misma noche que Jesús llegó a casa de Lázaro vi a María, a Juana Chusa, a María de Cleofás, a la viuda Lea y a María Salomé en una posada, entre el desierto de Gibea y el de Efraím, a cinco horas de Betania, donde pasaron la noche. Durmieron en un galpón cerrado por todos lados con tabiques muy livianos. Estaba dividido en dos partes: la parte anterior, en dos hileras de camas, que tomaron las santas mujeres; la parte posterior, era la cocina. Delante de la casa había un lugar abierto, como una choza, donde ardía fuego. Los hombres que las acompañaban pasaron la noche allí, cerca de la casa del dueño de la posada. Al día siguiente de su llegada enseñó Jesús aquí caminando por los patios y jardines del castillo. Hablaba con seriedad, muy enternecido; se mostraba siempre digno, bondadoso y reservado, sin decir una palabra inútil o vana. Todos lo querían y seguían, pero se mostraban tímidos y apocados en su presencia. Lázaro le era más familiar: los demás demostraban respeto, mezclado con cierto temor reverencial. Acompañado por Lázaro fue Jesús adonde estaban las mujeres y Marta lo llevó en presencia de su hermana María la Silenciosa, puesto que Jesús quería hablar con ella. Fueron por una puerta abierta en la pared desde la casa grande a otra más pequeña, aunque también espaciosa, con un patio cerrado y jardín, al cual estaba unida la habitación de María la Silenciosa. Jesús permaneció en el jardín y Marta fue a buscar a su hermana. El jardín era muy bonito: en el medio se levantaba un datilero; tenía otras plantas y arbustos. Había una fuente con borde y en medio de ella un asiento de piedra, al cual solía ir María la Silenciosa desde el borde, pasando por una tabla; allí se sentaba rodeada del agua, bajo una techumbre que cubría la fuente. Marta le dijo que pasara al patio, pues alguien la esperaba. María la Silenciosa, que era muy obediente, se cubrió con el velo, y sin decir palabra se encaminó sola al patio. María la Silenciosa era hermosa y esbelta, como de treinta años; casi siempre miraba al cielo, y cuando por acaso miraba donde estaba Jesús, la suya era una mirada incierta, de soslayo, como si mirase a lo lejos. Al hablar de sí no decía nunca yo, sino tú, como si se viese en otra persona y se hablase a sí misma. No habló a Jesús ni se echó a sus pies. Jesús le habló primero y así pasearon por el jardín conversando propiamente uno frente al otro. La Silenciosa hablaba siempre de cosas del cielo, como si las viera, y Jesús, de la misma forma, habló de su Padre y con su Padre. Ella no miraba de frente a Jesús y alguna vez de lado. Su conversación era más bien una alabanza, una oración a Dios, una meditación, una aclaración de misterios. María parecía no darse cuenta que vivía en este mundo, sino en otro. Recuerdo que habló de la Encarnación de Cristo como si la estuviera viendo en la adorable Trinidad. Me es imposible reproducir su conversación ingenua y, sin embargo, profunda y misteriosa. Decía como si lo estuviera viendo: «El Padre dijo al Hijo que bajase a la tierra y una Virgen séale por Madre», añadiendo que todos los ángeles se alegraron de ello y que Gabriel fue enviado a la Virgen María. Hablaba como a través de los ángeles que veía, como hablaría una criatura ante una procesión, y se alegrara y se congratulara con cada uno de los que pasaban, por su piedad y devoción. Luego, como si mirase la cámara de María, le hablaba exhortándola a aceptar ser Madre de Dios, recibiendo el mensaje del Ángel, y viendo al Ángel descender y anunciar la Encamación, hablaba, como si todo lo estuviera presenciando a alguna distancia, en voz alta, consigo misma. Se detuvo diciendo que María había reflexionado antes de contestar, y añadió: «Tú tenías tu voto de virginidad; si Tú hubieses rehusado, ¿cómo habría sucedido todo esto? … ¿Se habría hallado otra Virgen digna de ser Madre de Dios? … ¡Mucho tiempo hubieras tenido, oh Israel, que llorar y suspirar por el Mesías! … «. Volvió a referirse a la dicha por haber María consentido; alabó a la Virgen y habló del nacimiento de Jesús, y dirigiéndose al Niño, decía: «Manteca y miel has de comer, Niño». Recitó profecías, recordando las de Simeón y de Ana, todo esto como si lo viera ante sus ojos y hablase con ellos, como si estuviese presente en estos acontecimientos. Llegó así hasta el presente y dijo: «Ahora vas, oh Jesús, a comenzar tu camino amargo y doloroso … «. En todas estas conversaciones estaba como ausente del cuerpo y hablaba con personas invisibles para los demás, y dirigiéndose a Jesús le hablaba como lo hiciera con los demás que la rodeaban. Jesús la interrumpió, finalmente, con oraciones y alabanzas a su Padre, rogando por todos los hombres, desde el lugar donde se habían detenido. Esta escena fue conmovedora y misteriosamente hermosa. Jesús la dejó y ella quedó inmóvil, silenciosa, y lentamente se retiró a su aposento. Cuando Jesús volvió adonde estaban Lázaro y Marta, dijo más o menos lo siguiente: «Ella goza de plena razón y entendimiento; pero no pertenece a este mundo, no está en este mundo: su alma está ausente. El mundo no la entiende ni ella entiende al mundo. Es dichosa y se halla en estado de impecabilidad». Esta criatura silenciosa con la mirada puesta en lo sobrenatural, no sabía en realidad lo que pasaba en torno, pues siempre estaba como ausente en espíritu. Delante de nadie había hablado como delante de Jesús; delante de los demás callaba, no porque fuera orgullosa o mal criada o despreciativa, sino porque parecía no ver a las personas o no tenían relación con las cosas que veía en espíritu acerca de la redención y salvación. Algunas veces le hablaban personas piadosas e instruidas y entonces decía algunas palabras en voz alta; pero nadie la entendía, porque lo que decía era una continuación de una conversación interior o de las cosas que veía y que los mismos sabios no comprendían. Por eso era tenida como una enferma mental y se la arrinconó, aislándola de los demás seres. Ella no vivía con su alma en este mundo, sino abstraída en esferas superiores y sobrenaturales. Hacía trabajos manuales; tejía para el templo labores que Marta le encargaba; era diestra en estos trabajos, que hacía mientras su mente se hallaba en piadosas consideraciones. Cuando no hacía estas tareas, trabajaba en el jardín y en la huerta. Rezaba mucho, con gran fervor, y padecía por los pecadores con especial sufrimiento. A menudo sentía tal pesadez sobre su alma como si los pecados del mundo la agobiasen a ella sola. Aunque tenía todas las comodidades en la casa, en lechos, asientos y descansos, comía siempre sola y muy poco. Murió de dolor y compasión por los padecimientos de Jesús en su pasión, que vio en visión anticipada.

Capítulo XXIV

Llegada de María y las santas mujeres

Marta habló en esta ocasión de Magdalena, exponiendo su grande aflicción por el extravío de su hermana. Jesús la consoló diciéndole que volvería al buen camino; que no se cansasen de exhortarla, de rogar por ella y amonestarla. A eso de las dos y media llegó María Santísima, con María Chusa, Lea, María Salomé y María de Cleofás. El criado que las precedía anunció su llegada, y Marta, Serafia, María de Marcos y Susana les salieron al encuentro con lo necesario y alimentos, y las recibieron en la antesala al comienzo de la entrada del castillo donde ayer fue recibido Jesús por Lázaro. Se saludaron y las de la casa lavaron los pies a las viajeras, que se cambiaron los vestidos y los velos. Tenían vestiduras blancas, amarillas o parduscas. Tomaron algún alimento y se retiraron a las habitaciones de Marta. Jesús y los hombres acudieron luego a saludarlas, y Jesús permaneció hablando solo con su Madre. Le dijo, lleno de amor y seriedad, que su camino pesado iba a comenzar; que iría al bautismo de Juan y volvería a verla algún tiempo para estar con ella en las cercanías de Samaria; que luego iría al desierto para ayunar cuarenta días en la soledad. María pidió a su Hijo que no quisiera ir a ese lugar horrible, para no desfallecer de hambre y miseria; pero Jesús le pidió que no le hiciera representaciones de humanos cuidados, puesto que debía cumplir su misión; debía comenzar a hacer lo que era necesario, porque comenzaba su camino, y los que estaban con Él debían padecer con Él: debían cumplir su misión y renunciar a todas las conveniencias humanas. Dijo que la amaba y siempre la amaría, pero que ahora pertenecía a todos los hombres. Pidióle que hiciese el sacrificio, que el eterno Padre se lo premiaría. Añadió que comenzaba a realizarse lo profetizado por Simeón: que una espada traspasaría su corazón y su alma. María se puso triste y muy seria, pero resignada con la voluntad de Dios, y fuerte y confiada en Dios. Jesús se mostró lleno de amor y de bondad. Por la noche hubo todavía una comida en casa de Lázaro, a la que el fariseo Simón fue de los invitados con otros fariseos. Las mujeres comieron aparte en una sala dividida por una verja, de modo que podían oir las enseñanzas de Jesús, que habló de la fe, la esperanza y la caridad y acerca de la obediencia. Dijo que los que quisieran seguirle, no deberían volver atrás, sino hacer lo que Él decía y enseñaba, y padecer lo que deberían padecer; que Él no los abandonaría nunca. Volvió a hablar del pesado camino que le tocaba andar: cómo lo maltratarían y lo perseguirían; que sus amigos debían padecer y sufrir con Él. Todos le escucharon con respeto y admiración; pero lo que decía que sería perseguido maltratado les parecía más bien un modo de hablar de profeta, que no debía entenderse a la letra. A los fariseos tampoco les pareció su hablar escandaloso e inaceptable; pero se mantuvieron observando y oyendo con más curiosidad que los otros.

Capítulo XXV

Jesús marcha con Lázaro al bautismo de Juan

Después de la comida y de un breve descanso, Jesús partió con Lázaro, en dirección de Jericó, al bautismo de Juan. Un criado de Lázaro los acompañó algún tiempo con una antorcha, pues era de noche. Después de media hora llegaron a un albergue, que pertenecía a Lázaro, y donde más tarde los discípulos hacían sus paradas y descansos. No es la misma posada, más lejos, en otra dirección, de la que he hablado otras veces y que usaban los discípulos con frecuencia. La galería donde Jesús y luego María fueron recibidos por Lázaro, era la misma donde Jesús más tarde permaneció y enseñó, antes de resucitar a Lázaro, desde donde le salió al encuentro Magdalena. Cuando llegaron al albergue Jesús se quitó las sandalias y estuvo descalzo, caminando. Lázaro le rogó que se calzase, por las piedras del camino, pero Jesús le dijo: «Deja que esto se haga así. Sé que debo hacerlo». En esta forma siguieron su marcha. Este desierto se extiende durante un camino de cinco horas, con desfiladeros entre las montañas, hasta Jericó, y Juego durante dos horas por el rico valle de Jericó aunque por lugares selváticos, de dificil tránsito. De allí quedaban aún dos horas hasta el lugar donde bautizaba Juan. Jesús andaba mucho más ligero que Lázaro, a veces le precedía una hora de camino. Un grupo de gentes, entre ellas publicanos, volvían del bautismo, al que les había enviado el mismo Jesús: pasaban cerca de Jesús algún trecho de camino a través del desierto hacia Betania. Jesús no entró en lugar alguno, y dejó a su izquierda a la ciudad de Jericó. Había un par de pueblitos en el trayecto, pero no entró en ninguno de ellos. Los amigos de Lázaro: Nicodemo, el hijo de Simeón y Juan Marcos habían hablado poco con Jesús; pero se maravillaban de su sabiduría y de sus modales, ponderando las cualidades de su alma y de su cuerpo. Solían exclamar: «¡Qué hombre! … Nadie ha aparecido igual hasta ahora, ni nadie habrá como Él… tan manso, tan dulce, tan serio, tan sencillo a la vez que digno … ¡Cómo lo penetra y lo sabe todo! … «. Y agregaban: »No lo llego a comprender del todo, y, sin embargo, debo creer. No se le puede mirar fijamente al rostro porque lee los pensamientos. ¡Qué presencia, qué rostro, qué porte, qué manera de andar tan ligero y sin apuro! … ¡Nadie puede caminar como Él! ¡Cómo devora las distancias y cómo al llegar a un punto, de pronto predica y habla y vuelve a marchar! ¡Qué hombre extraordinario! … » Luego hablaban de su niñez, de sus enseñanzas en el templo con los doctores de la Ley y lo que habían oído contar de su primer viaje por el Mar Muerto, cuando ayudaba a los boteros y otras mil cosas. Pero ninguno sospechaba que Jesús era Dios. Lo encontraban más grande, más sabio que todos los hombres y lo veneraban; pero se mostraban esquivos en su presencia. Sólo lo tenían por un hombre extraordinario. Obed era un hombre de edad, hijo de un hermano del marido de la anciana Ana del templo: era uno de los ancianos del templo, del Sanedrín; era piadoso y fue discípulo oculto de Jesús, y mientras vivió ayudó a la comunidad de Jesús.

Capítulo XXVI

Historia de Juan Bautista

Juan recibió una revelación sobre el bautismo, y debido a ella, al salir del desierto, cavó un pozo en las cercanías de la Tierra Prometida. Lo vi en la parte occidental de una escarpada montaña. A su izquierda, había un río, quizás una de las fuentes del Jordán que nace en una gruta del Líbano, entre dos montañas: no se la ve brotar sino cuando se está cerca. A su derecha se extiende un llano, rodeado por el desierto, donde debía cavar una fuente. Juan estaba hincado con una rodilla; sobre la otra tenía un rollo largo de corteza, en el cual escribía con un canuto. El sol brillaba ardientemente sobre él; miraba hacia el Líbano al frente, hacia Occidente. Mientras escribía, me pareció que se quedaba extático. Cuando lo vi así absorto, apareció un hombre ante él, que escribió muchas cosas y dibujaba señales en el rollo. Al volver en sí Juan pudo leer lo que el hombre había escrito y comenzó a trabajar en la obra del pozo con mucha energía. Mientras hacía el trabajo tenía el rollo de corteza escrito en el suelo, sujeto a dos piedras, para mantenerlo abierto, y miraba frecuentemente el dibujo, pues me parece que allí estaba diseñada la obra que debía hacer. En relación con el pozo que estaba haciendo Juan, tuve una visión sobre Elías. Lo vi contrariado por una falta cometida, en el desierto, desanimado y soñoliento. Soñaba que un niño le empujaba con un bastoncito a un pozo, junto a él y que estaba por caer; pues se vio como movido un trecho del lugar donde estaba echado. En ese momento fue cuando el ángel lo despertó y le dio de beber. Esto sucedió en el mismo lugar donde Juan iba a hacer la fuente y el pozo. Mientras Juan trabajaba conocí la explicación de cada capa de tierra que sacaba y el misterio de cada labor que hacia. Esto tenía relación con la dureza y la obstinación de los hombres, y con los caracteres que debía doblegar para que la gracia de Dios pudiese llegar hasta ellos. Este trabajo era, como toda su obra y toda su vida, una figura y anticipo que indicaba no sólo que era guiado por el Espíritu Santo, sino que en realidad obraba lo que debía obrar y lo que su trabajo significaba, puesto que Dios veía la buena voluntad que él ponía en su tarea. En todo este negocio era llevado, como los antiguos profetas, por el espíritu de Dios. Comenzó por cortar delicadamente el verdor de la superficie, en torno del pozo, de forma redonda, y luego hizo, cavando, un recipiente redondo bastante amplio, y lo rodeó con piedras elegidas, menos en el medio, donde cavó hasta encontrar una fuente de agua. Con la tierra que sacaba iba engrosando el borde de la fuente, dejando cinco lugares cortados. Frente a cuatro de estas aberturas plantó cuatro arbolillos a igual distancia. Estos árboles tenían la copa verde, eran de cuatro clases diferentes, con su significación particular. En medio de la fuente plantó un árbol especial, de hojas delgadas y ramas piramidales con brotes y espinas. Este árbol había estado algún tiempo reseco delante de su gruta. Los otros cuatro parecían arbustos y tenían bayas y les hizo en tomo un refuerzo, amontonando tierra. Cuando hubo llegado con su excavación hasta el agua, donde plantó el árbol mencionado, pasó a hacer un canal que partía desde el río que corría junto a su gruta hasta el pozo cavado. Para esto lo he visto juntar en el campo muchas cañas que iba uniendo unas a otras y las hacía llegar hasta el pozo, y luego cubría estos canales con tierra. Podía a voluntad cerrar estos canales o abrirlos. Había hecho una senda a través de los matorrales hasta la abertura de su fuente, senda que corría alrededor del pozo, entre los cuatro árboles y las aberturas. Delante de la abertura dejada como entrada no había plantado árbol alguno. Sólo este lado de la fuente estaba libre; los otros estaban cerrados con matorrales o piedras. En torno de los cuatro árboles plantó una hierba, que no me es desconocida: la tuve desde niña por muy apreciada y cuando la encontraba la plantaba cerca de mi casa. Tiene un tallo alto y jugoso, con brotes de color rojo oscuro, y es muy medicinal contra granos y dolores de garganta, según hoy lo he entendido. Plantó también otros arbolitos y diversas hierbas. Durante su faena él miraba de tanto en tanto el rollo dibujado y medía las distancias con su bastón. Me parece que todo lo que hacía y hasta los árboles estaban diseñados en el rollo escrito y dibujado. Recuerdo haber visto dibujada la figura del árbol que puso en medio de la fuente. Trabajó durante varias semanas y sólo al terminar su trabajo apareció un poco de agua en el fondo de su fuente. El árbol del centro, que parecía marchito y seco, reverdeció. Juan fue a buscar agua de otra fuente y la derramó adentro. El recipiente que usó parecía hecho de grusas cortezas, en forma de saco y calafateado con pez o resina. Esta agua provenía de una fuente que surgía cerca junto de su gruta, qué en otro tiempo él había hecho brotar hiriendo la peña con su bastoncito en forma de cruz. He oído en esta ocasión que él no hubiera podido hacer el pozo en ese lugar, porque era todo de piedra y esto tenía su significado. Dejó entrar tanta agua cuanta era necesaria; cuando sobrepasaba la medida era para salir por las aberturas y regar las plantas alrededor del pozo. He visto después que Juan entró en el agua hasta medio cuerpo; que se abrazaba con una mano al árbol erguido en medio de la fuente y con la otra sostenía un bastoncito al que había añadido una cruz y una banderita y con el cual pegaba en el agua haciéndola saltar sobre su cabeza. Cuando hacía esto vi que descendía una luz sobre él y se derramaba sobre él el Espíritu Santo, mientras dos ángeles aparecían en el borde de su fuente y le hablaban. Todo esto fue lo último que hizo en el desierto. El pozo estuvo en uso aún después de la muerte de Cristo. Cuando los cristianos huyeron por la persecución, he visto que seguían trayendo a los enfermos y a los viajeros para ser bautizados allí donde acostumbraban a rezar sus preces. En tiempos de Pedro estaba el pozo rodeado de un cerco. Después de esta obra, salió Juan del desierto y fue hacia donde le esperaba la gente. Su presencia era imponente: alto de estatura, aunque delgado y enjuto por los ayunos; de fuerte musculatura; de porte noble, atrayente, puro, sencillo y compasivo; el color del rostro bronceado, la cara demacrada y el continente serio y enérgico; los cabellos castaño oscuros y crespos y la barba corta. A la mitad del cuerpo tiene una tela que le llega hasta las rodillas. Lleva un manto oscuro, que parece hecho de tres pedazos. Una piel, sujeta con una correa, le cubre las espaldas. Los brazos y el pecho están descubiertos; el pecho curtido por la intemperie y cubierto de vello del color de su manto. Lleva un bastón con curvatura como el que usan los pastores.

Capítulo XXVII

Predicación, y viajes de Juan Bautista

Al volver del desierto hizo un puente sobre un río. No le interesaba que hubiera ya un pasaje a cierta distancia: hacía sus trabajos donde convenía para su misión. Cruzaba el lugar un antiguo camino real. Había enseñado en Cidessa, cuyos habitantes fueron los primeros de los paganos que acudieron a su bautismo. Esa gente vivía abandonada y en cuevas. Eran descendientes de varias castas que se habían establecido allí desde la destrucción del templo. Uno de los últimos profetas les había dicho que se radicaran allí hasta que llegara uno, que señaló como a Juan, que les diría lo que debían hacer. Más tarde se retiraron hacia Nazaret. Juan no se dejaba impresionar por nada de lo que le rodeaba y sólo hablaba de un asunto: hacer penitencia, pues se acercaba el Mesías. Todos le admiraban, permaneciendo absortos en su presencia. Su voz era penetrante como una espada, potente y severa, pero con todo bondadosa. Se asociaba con toda clase de gentes y con los niños. En todas partes iba derechamente a su objeto: no le importaba de nada, no pedía ni necesitaba cosa de nadie. Lo he visto recorrer los desiertos y penetrar en los bosques; lo he visto cavar, remover piedras, desarraigar árboles o plantarlos, preparar asientos. A los hombres que le veían los llamaba para que le ayudasen, y le obedecían. A veces los sacaba de sus chozas. Todos lo respetaban. En ninguna parte paraba mucho y cambiaba constantemente de lugar. Anduvo por los caminos de Galilea, alrededor del lago, sobre Tarichea y el Jordán, por Salem, en el desierto hacia Betel, y cerca de Jerusalén, que no quiso tocar en toda su vida, ya que sus quejas y lamentos estaban dirigidos muchas veces contra la ciudad depravada. Aparecía siempre lleno de su misión y destino: serio, severo, sencillo y celoso, clamando a una voz: «¡Penitencia! ¡Preparad los caminos del Señor! ¡El Salvador viene!» Después volvía a su lugar por el valle de los pastores. Sus padres ya habían muerto. Entre sus primeros discípulos había algunos jóvenes que eran parientes de Zacarías. Cuando Juan pasó por Betsaida, Cafarnaúm y Nazaret, no lo vio María, porque después de la muerte de José, salía poco; pero algunas personas de su familia habían oído sus palabras y hasta le acompañaron un trecho de camino. Tres meses antes de empezar a bautizar recorrió Juan el país, por dos veces, anunciando al que debía venir después de él. Su andar era acelerado, con pasos ligeros, sin descanso, pero sin agitación. No se asemejaba al caminar tranquilo del Salvador. Donde no tenía nada que hacer yo lo veía correr de campo en campo. Entraba en las casas, en las escuelas, para enseñar; reunía a las gentes en las plazas y en las calles para hablarles. He visto que los fariseos y los grandes del pueblo a veces lo detenían, para impedir su predicación; pero luego quedaban maravillados y admirados, y lo dejaban en paz. La frase: «Preparad los caminos del Señor», no eran sólo figuras retóricas. He visto que Juan recorría todos los caminos que Jesús y los apóstoles hicieron después, removiendo los obstáculos y allanando las dificultades. Limpiaba de matorrales y piedras los caminos y hacía sendas nuevas. Colocaba piedras en ciertos lugares de vado, limpiaba los canales, cavaba pozos, arreglaba fuentes obstruidas, hacía asientos y comodidades, que después el Señor usó en sus viajes. Levantó techados donde Jesús más tarde reunió a sus oyentes o donde descansó de sus fatigas. En todos sus trabajos este hombre sencillo y serio despertaba la admiración de todos los que le observaban o ayudaban, aún en las chozas de donde los sacaba para que le prestasen herramientas. En todas partes era rodeado, y sin miedo los exhortaba a la penitencia para la proximidad del Mesías, llamándose a sí mismo el preparador de sus caminos. A menudo lo he visto indicando la dirección por donde Jesús caminaba en esos momentos. Con todo, nunca lo vi junto con Jesús, aunque a veces no estaban a más que a una hora de camino, uno de otro, en sus viajes. Una vez Juan dijo a las gentes que él no era el Salvador esperado; que no era más que un humilde preparador y precursor, y que «allí» (indicaba a poca distancia) iba el Salvador. Juan, en realidad, vio sólo tres veces en su vida al Salvador. La primera, en el desierto cuando la Sagrada Familia, en su huida a Egipto, pasó cerca de donde estaba Juan, y éste, guiado por el Espíritu, se acercó a saludar a su Maestro que le había santificado desde el seno de su madre; Juan sintió la cercanía de su Salvador, que tenía entonces sed: oró y tocó con su vara la peña, de la cual brotó abundante agua. En aquella ocasión corrió delante el niño Juan, y vio a María, a José y a Jesús. Yo lo vi danzar y saltar de contento allí donde brotó la fuente, mientras jugueteaba con la banderita que llevaba consigo. La segunda vez lo vio al bautizarlo. La tercera, cuando pasó junto al Jordán y dio testimonio de Él delante de sus discípulos. He oído que Jesús ponderaba delante de sus discípulos la mortificación de Juan: que en ocasión del Bautismo realizó las ceremonias del rito sólo por cumplir su deber, aunque su corazón estaba quebrantado de amor por su Salvador, por el deseo de estar con Él y seguirle. Dijo también Jesús que Juan se alejaba de su presencia por humildad y mortificación, porque su gusto hubiera sido visitarlo a menudo y permanecer con Él. Por otra parte, Juan veía siempre al Salvador en espíritu, pues estaba frecuentemente en estado sobrenatural y profético. Veía en Jesús el cumplimiento de la promesa y la realización de las profecías acerca de su misión. Jesús era para él, no un contemporáneo y un conciudadano: era el Salvador del mundo, el Hijo de Dios hecho hombre, el Eterno aparecido en el tiempo; y por esto no podía siquiera pensar en vivir con Él y familiarizarse en su presencia. Por otra parte, Juan mismo se sentía desvinculado de los hombres y no estaba enredado en ninguna de sus costumbres. Desde el seno materno estuvo prevenido y regido por el Eterno, puesto en relación sobrenatural por el Espíritu Santo con su Redentor. Desde pequeño niño fue como sustraído del mundo y permaneció en el desierto no sabiendo nada más que las cosas de su Redentor, hasta que salió, como nuevamente nacido, del desierto para cumplir su misión seríamente, con entusiasmo, enérgicamente, sin preocuparse de lo que pasaba en el mundo. Su desierto es ahora la Judea; y como antes había hablado con animales, pájaros, piedras, plantas y árboles, mientras vivía en medio de ellos, así ahora lo hace con los hombres y pecadores, sin cuidarse de sí mismo ni de lo que pasa a su alrededor. Él no habla, no sabe y no ve otra cosa sino a Jesús. Su palabra es: «Él viene. Preparad el camino. Haced penitencia y recibid el bautismo. Ved al Cordero de Dios que lleva los pecados del mundo». Puro y limpio, como un niño en el seno materno, salió del desierto; puro y sencillo es ahora, como un niño en los pechos de su madre. He oído que Jesús decía a sus apóstoles: «Él es puro como un ángel; nada impuro, ningún pecado llegó a mancharlo; ni una mentira llegó a sus labios».