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Primer llamamiento oficial de Pedro
Jesús salió al amanecer de Thebez con sus discípulos y se dirigió al Oriente; luego al Norte, siguiendo al pie de las montañas, en el valle del Jordán, hacia Tiberíades. Pasó a través de Abei-Mehula, hermoso lugar donde la montaña tuerce al Norte; es la ciudad natal del profeta Eliseo. Se extiende sobre las laderas de la montaña, y pude ver aquí la fertilidad del lugar que da al sol y la del Norte. Las gentes eran bastante buenas y habían oído las maravillas de Kibzaim y de Thebez. Le detuvieron en el camino y le rogaron quisiera quedarse alli para sanar a los enfermos: era un correr de gentes; pero Jesús no se detuvo mucho tiempo. El lugar está como a cuatro horas de Thebez. Jesús llegó allí a través de Acithópolis y el Jordán. Cuando Jesús salió de Abel-Mehula le vinieron al encuentro Andrés, Pedro y Juan, cerca de una ciudad a seis horas de Tíberíades. Los otros estaban ya en Gennebris. Pedro había estado con Juan en la comarca de los pescadores por sus negocios. Querían ir también a Gennebris; pero Andrés los persuadió ir primero al encuentro de Jesús. Andrés llevó a su hermano Pedro a Jesús, y Éste le dijo: «Tú eres Simón, hijo de Jonás; en adelante te llamarás Cephas». Esto fue en breves palabras. A Juan dijo algo referente a que pronto se verían. Después de esto se dirigieron Pedro y Juan a Gennebris. Andrés permaneció con Jesús, que anduvo por los contornos de Tarichea. Juan el Bautista había dejado su antiguo sitio, había pasado el Jordán y seguía bautizando a una hora de Bethabara donde Jesús había mandado bautizar y Juan había bautizado antes. Obró así porque muchas personas de la jurisdicción del tetrarca Felipe, que era buen hombre, querían hacerse bautizar, pero no pasaban gustosos el Jordán, porque había muchos paganos y porque muchos se habían determinado bautizar por la última estada de Jesús. También, para demostrar que él no estaba distanciado de Jesús, quiso bautizar en este mismo lugar. Cuando Jesús con Andrés llegó a las cercanías de Tarichea, se albergó en una casa de pescadores perteneciente a Pedro, junto al mar, donde Andrés había preparado albergue. No entró en la ciudad. Los habitantes tenían mucho de oscuro, de repelente y estaban dedicados a la usura y a las ganancias ilícitas. Simón, que tenía aquí un empleo, había ido con Tadeo y Santiago el Menor, su hermano, a la fiesta de Gennebris donde estaban también Santiago el Mayor y Juan Lázaro, Saturnino y el hijo de Simeón y el novio de Cana se reunieron con Jesús. El novio invitó a Jesús y a todos sus acompañantes a sus próximas bodas. La razón principal por la cual Jesús pasó algunos días en Tarichea fue porque quería dar tiempo a sus futuros apóstoles para oír lo que Andrés y Saturnino contaban de Él y se entendieran entre ellos. He visto que Andrés, mientras Jesús estaba en la comarca, quedó en casa y escribía con una especie de caña cartas sobre rollos de cortezas. Se podía enrollar lo escrito por medio de una madera. He visto que venían con frecuencia hombres y jóvenes a la casa en busca de trabajo y que Andrés los usaba como mensajeros. Él mandaba estas cartas a Felipe y a su hermano uterino, Jonatan, y a Pedro y a los otros en Gennebris, y les anunciaba que Jesús iría para el Sábado a Cafarnaúm y los citaba para ese lugar. Empero, vino un mensajero de Cafarnaúm hasta Andrés pidiéndole rogara a Jesús que fuese, pues le esperaba desde días un mensajero de Kades que pedía ayuda. Jesús pasó con Andrés, Saturnino, Obed y otros discípulos de Juan a Cafarnaúm. Esta ciudad no está junto al mar, sino en una altura, y al Sur de una montaña que al Occidente del mar forma un valle por el cual el Jordán se echa en el mar de Galilea. Jesús y sus discípulos caminaban separados unos de otros. Andrés salióle al encuentro en el camino con su hermano uterino Jonatan y con Felipe, que habían acudido a raíz de sus cartas; pero no se encontraron con Jesús. Andrés les dijo con viveza todo lo que había visto y oído de Jesús y afirmaba que era realmente el Mesías que esperaban. Si querían seguirle no tenían que andar en muchas diligencias. Si le escuchaban y lo deseaban de corazón, Él mismo les diría una palabra o una señal y le seguirían seguramente. María y las santas mujeres no estaban en Cafarnaúm, sino en la casa de María que está en el valle, delante de la ciudad hacia el mar, y celebraron allí la fiesta. Los hijos de María de Cleofás, Santiago el Mayor y su hermano, Juan y Pedro habían llegado ya de Gennebris, como también otros que fueron luego discípulos. Natanael Chased, Tomás, Bartolomé y Mateo no estaban allí; en cambio, había otros parientes y amigos de la Sagrada Familia que estaban invitados a las bodas de Cana y celebraban aquí el Sábado, ya que habían oído hablar de Jesús. Jesús estaba habitando con Andrés, Saturnino, Lázaro, Obed y otros discípulos de Juan en la casa que pertenecía al novio de Cana, Natanael, cuyos padres ya habían muerto, dejándole una copiosa herencia. Los discípulos venidos de Gennebris se mostraban un poco retraidos, porque estaban dudosos entre la autoridad de Natanael Chased y las cosas admirables que narraba Andrés y los otros discípulos de Jesús; en parte la cortedad de ellos y en parte lo dicho por Andrés de que bastaba escuchar su doctrina para que se sintieran movidos a seguirle. Dos días esperó ese hombre aquí en Kades, al Salvador. Se acercó a Jesús, se echó a sus pies y dijo que era el criado de un hombre de Kades; su patrón rogaba a Jesús fuese a su casa para sanar a su hijo enfermo, que tenía lepra y un demonio mudo. Era este un siervo fiel, y expuso vivamente el dolor de su amo. Jesús le dijo que no podía ir con él, pero que al hijo le vendría ayuda, porque era inocente. Le dijo al criado que su amo se echara con los brazos extendidos sobre el cuerpo de su hijo, dijera algunas cosas rezando, y que la lepra caería de él; añadió Jesús que él, el siervo, se tendiese también sobre el niño y soplase sobre él, y que saldría un vapor azulado del niño y se vería libre de la mudez. Tuve luego una visión: el padre y el siervo hicieron lo mandado y el niño se vio libre de su enfermedad. Había en esta orden de Jesús razones especiales por las cuales debían el padre y el siervo echarse sobre el niño enfermo. El siervo era en realidad el padre del niño, cosa que el amo no sabía, mientras que Jesús lo sabía. Ambos debían quitar en esa forma una culpa que pesaba sobre el inocente niño. La ciudad de Kades está como a seis horas de Cafarnaúm, en los confines de Tiro, al Occidente de Paneas; había sido ciudad capital de los cainitas y ahora refugio donde podían esconderse reos perseguidos por la justicia. Confina con una comarca que se llama Kabul y los pueblos que Salomón regaló al rey de Tiro. Veo a esta región siempre oscura, siniestra, que Jesús evitaba, cuando iba a Tiro o Sidón. Creo que allí se cometían robos y asaltos. Cuando Jesús enseñaba en la sinagoga estaba reunida allí mucha gente y parientes y amigos de Jesús. Para ellos era su enseñanza muy nueva y atrayente. Habló de la proximidad del reino de Dios, de la luz que no se debe poner bajo el celemín, de la parábola del sembrador y del grano de mostaza. No eran estas las parábolas que se leen hoy en el Evangelio: las aplicaciones eran muy distintas, según los casos. Las parábolas eran comparaciones breves, de las cuales Jesús extendía luego sus enseñanzas y su doctrina. He oído muchas más parábolas, que no están en el Evangelio, y esas que están las usaba siempre con nuevas aplicaciones. Después de la fiesta del sábado fue Jesús con sus discípulos a un pequeño valle que era como un lugar de recreo. Había árboles a la entrada y en el valle mismo. Fueron con Él los hijos del Zebedeo, los hijos de María Cleofás y otros discípulos, Felipe, que era algo retraído y humilde, se quedó perplejo y no sabía si podía ir él también. De pronto se volvió Jesús y le dijo: «Sígueme». Entonces Felipe, lleno de alegría le siguió. Había allí como unos doce discípulos. Jesús habló debajo de un árbol sobre el seguimiento y sobre la misión que esperaba cumplir. Andrés era muy celoso, y estaba tan entusiasmado y deseaba que todos los demás estuviesen tan persuadidos de la mesianidad de Jesús, que se alegró mucho de que la predicación de Jesús en el Sábado hubiese gustado a todos: tenía el corazón tan lleno de amor y celo que volvía a contar a los demás lo visto y oído en el bautismo de Jesús y las otras maravillas que había presenciado. Oí a Jesús que les dijo que verían cosas aún mayores, jurándolo por el cielo, y habló luego de su misión y de su etemo Padre. Jesús les habló también de su seguimiento: que cuando los llamara debían dejarlo todo para seguirle. Les dijo que Él cuidaría de ellos y no les faltaría nada. Por ahora podían seguir ejerciendo sus oficios y ocupaciones; que Él, antes de la Pascua que se acercaba, tenía que hacer todavía otras cosas antes de llamarlos; que cuando los llamase estuviesen prontos para dejarlo todo sin preocupaciones. Estas cosas se las dijo en contestación a ciertas preguntas que le habían dirigido: cómo debían portarse ellos con sus parientes; Pedro, por ejemplo, dijo que no podía por ahora dejar a su anciano padrastro, tío de Felipe. Todas estas dificultades las solucionó diciendo que Él no pensaba llamarlos antes de la Pascua; que se fuesen separando de sus empleos en la medida que su corazón se lo permitiese; que podían continuar en ellos mientras no los llamaba y que buscasen desprenderse desde luego para estar prontos. Después salió con ellos por el otro cabo del valle hacia la casa donde vivía María, entre la hilera de casas que había entre Cafarnaúm y Betsaida. Los parientes más cercanos siguieron a Jesús, porque sus madres estaban también allí con María. Al día siguiente se dirigió Jesús con sus discípulos y parientes, muy temprano, hacia la ciudad de Cana. María con las santas mujeres siguieron el camino más corto en esa misma dirección: era una senda angosta, a veces entre montes. Las mujeres preferían caminar por estos caminos, porque podían estar más solas; por lo demás veo que no necesitan caminos anchos porque caminan en línea, una detrás de otra. Delante y detrás, a alguna distancia, iba un guía. Tenían que hacer un camino como de siete horas hacia Mediodía y Occidente. Jesús hizo un rodeo con sus discípulos en dirección a Gennebris, que era un camino más ancho y más cómodo para andar unidos y poder enseñar. A veces Jesús callaba, y señalaba algo, o explicaba. El camino de Jesús estaba más al Sur que el de María, y requería como seis horas desde Cafarnaúm a Gennebris; torcía desde allí al Oriente unas tres horas hasta Cana de Galilea. Gennebris era una hermosa ciudad; tenía una sinagoga y una escuela y otra especie de academia para enseñar a hablar y había mucho comercio. Natanael tenía su despacho a la entrada de la cuidad donde había otras casas. Natanael no fue a la ciudad, aunque los discípulos y amigos le instaban. Jesús enseñó en la sinagoga y con parte de sus discípulos tomó algún alimento en casa de un rico fariseo. Otros discípulos precedían ya en el camino. Jesús dijo a Felipe que fuese a Natanael y lo trajese a su presencia, mientras caminaran. Aquí en Gennebris trataron a Jesús con mucho respeto: pedían que se quedase más tiempo entre ellos y se compadeciese de los enfermos, ya que era compaisano. Empero, Jesús partió de allí muy pronto hacia Cana. Mientras tanto Felipe había llegado a casa de Natanael. Había allí algunos más de los escribas. Natanael estaba sentado a su mesa, en un cuarto de la parte superior de la casa. Felipe no había hablado nunca de Jesús con Natanael porque no había estado con los otros en Gennebris. Era muy conocido de Natanael y habló con mucho entusiasmo de Jesús: que era el Mesías del cual hablaban las profecías; que al fin lo habían encontrado a Jesús de Nazaret, hijo de José. Natanael era un hombre alegre, vivo, decidido y aferrado a su modo de pensar, aunque sincero y sin doblez. Dijo, pues, a Felipe: «¿Qué puede venir de bueno de Nazaret?» Sabía él que Nazaret tenía fama de gentes contradictorias, con poco fundamento de ciencia y sus escuelas no gozaban de fama. Pensaba Natanael: «Un hombre formado en la escuela de Nazaret podrá contentar quizás a los pobres y sencillos habitantes de esa comarca, pero no satisfacer las ansias de saber que él sentía». Felipe le dijo que lo mejor sería ir, ver y examinar; que ahora iba a encontrarlo de camino hacia Cana. Entonces bajó Natanael con Felipe por el camino corto, que los separaba del camino real que debía seguir Jesús, y, en efecto, allí encontró a Jesús, en medio de algunos discípulos, callado en ese momento. Felipe estaba ahora, después que Jesús le dijo: «Sígueme», muy contento y confiado, en comparación de antes, que se mostraba tímido, y así clamó a Jesús cuando lo vio: «Maestro, aquí traigo a aquel que dijo: «¿Qué de bueno puede salir de Nazaret?» Jesús habló a sus discípulos y les dijo: »He aquí un verdadero israelita, en quien no hay doblez». Esto lo dijo Jesús con gozo y con amor y Natanael contestó: «¿De dónde me conoces?» Que era decir: ¿cómo sabes que soy sin falsedad y sin mentira ya que nunca me has visto antes de ahora? Entonces dijo Jesús: «Antes que Felipe te llamase te he visto, cuando estabas bajo la higuera». Mientras decía esto, lo miró Jesús con una mirada que penetró su conciencia, haciéndole recordar algo. Entonces se despertó en él el recuerdo de que Jesús era Aquél que pasando le dirigió antes una mirada de advertencia que le infundió extraña fortaleza para resistir una tentación que había tenido mientras estaba bajo un árbol de higos, en un lugar de recreo de baños calientes, cuando miraba hacia el lado donde había hermosas mujeres que jugaban con frutas en un lado de la pradera. La fuerza de la mirada y el convencimiento de una fuerza extraña, que le había hecho vencedor de la tentación, se le despertaron de pronto en la memoria; pero la imagen del Hombre se le había borrado, o, si reconocía a Jesús, no podía coordinar su mirada con aquel hecho de entonces. Como ahora volvía a ver esa mirada y se le recordaba el hecho, se quedó turbado y conmovido profundamente: conoció que Jesús, mientras pasaba, había leído sus pensamientos y había sido para él un ángel avisador. Era de tan puras costumbres que el solo pensamiento de una impureza le turbaba profundamente. Vio, pues, de repente en Jesús a su Redentor y Salvador y el conocimiento manifestado por Jesús de saber su íntimo pensamiento bastó a Natanael, que era de corazón recto, sincero y pronto a la gratitud, para reconocer a Jesús y confesarlo contento delante de todos los discípulos. Se humilló al oír las palabras de Jesús y dijo prontamente: «Rabbi, Tú eres el Hijo de Dios. Tú eres el rey de Israel». Contestó Jesús: «Crees, porque te he dicho: Te he visto bajo la higuera. En verdad, te digo: verás cosas mayores». Y después, mirando a los demás discípulos, añadió: «En verdad, os digo: Veréis abrirse el cielo y a los ángeles descender y ascender sobre el Hijo del Hombre». Los otros apóstoles no entendieron el significado de las palabras de Jesús respecto de la higuera, y no pudieron entender entonces porqué Natanael Chased pudo cambiar tan pronto de idea respecto de Jesús, y a los demás les quedó también oculto como un caso de conciencia. Sólo a Juan se lo dijo el mismo Natanael en las bodas de Cana. Natanael preguntó a Jesús si él debía en seguida dejarlo todo y seguirle: dijo que tenía un hermano al cual quería en ese caso dejarle el empleo. Jesús le contestó lo que ayer había dicho a los demás apóstoles y por de pronto lo invitó a ir con él a las bodas de Cana. Después de esto se encaminaron Jesús y los discípulos a Cana, mientras Natanael volvió a su casa para disponerse a viajar a Cana, adonde llegó a la mañana siguiente.
Las bodas de Caná
Caná está situada al Occidente de una colina; es una ciudad hermosa y limpia, algo menor que Cafarnaúm. Hay allí una sinagoga con tres sacerdotes. En las cercanías está la casa con un vestíbulo, adornada con hojas y ramas donde se ha de celebrar la boda. Desde esta casa hasta la sinagoga hay colgaduras de hojas y de arcos con ramas, flores y frutos. Como sala de fiesta servirá el espacio que hay entre el vestíbulo y el hogar de la casa. Este hogar, que consta de una pared alta, ahora adornada como un altar con floreros y regalos para los novios, tiene además una prolongación detrás, donde las mujeres celebrarán las fiestas de bodas separadas de los hombres. De allí se ven las vigas de la casa adornadas con coronas y flores a las cuales se puede subir para encender las lámparas suspendidas. Cuando Jesús llegó con sus discípulos fue recibido por María su Madre, por los padres de la novia; por el novio y por los demás que le habían precedido, y tratado con mucha reverencia, saliéndole al encuentro a cierta distancia de la casa. Se hospedó Jesús con algunos de sus más fieles, que fueron luego sus apóstoles, en una casa aparte que la hermana de la madre del novio había puesto a su disposición; era esta mujer una hija de Sobé, hermana de Santa Ana. Durante las fiestas de las bodas hizo allí en la casa como madre del novio. El padre de la novia se llamaba Israel y era de la estirpe de Ruth de Belén. Este era un hombre principal, con un gran comercio con casas de hospedaje, para alquilar y dar comida a viajeros y a sus animales, ya que ocupaba un lugar de tránsito frecuentado por caravanas; y tenía a otros empleados bajo sus órdenes. El bienestar y las riquezas de la ciudad estaban casi todas en manos de Israel y sus altos empleados; los demás vivían del trabajo que Israel les proporcionaba. La madre de la novia era algo baldada, rengueaba de un lado y necesitaba ayuda para caminar. Desde Galilea habíanse reunidos todos los parientes de Ana y de Joaquín, como cien personas. De Jerusalén vinieron María Marcos, Juan, Marcos, Obed y la Verónica. Jesús, por su parte, trajo como unos veinticinco huéspedes a las bodas. Siendo Jesús niño de doce años, estando en una comida en casa de Ana, cuando volvió del templo, habló entonces con este novio y le dijo unas palabras misteriosas sobre pan y vino, y que Él un día estaría presente a sus bodas; pero su presencia en estas bodas tenía, además de lo misterioso y significativo como todas sus obras sobre la tierra, un sentido de conveniencia social y de consideración. Varias veces había enviado María mensajeros, a Jesús rogándole que asistiera a estas bodas. Se corría un tanto la voz entre parientes y amigos de la Sagrada Familia: María, la madre de Jesús, es una viuda desolada y abandonada; Jesús va caminando por todas partes, y se ocupa poco o nada de su Madre y de su familia. Quería, pues, Jesús asistir a esa boda y darle allí el testimonio de su amor y respeto. Esta boda, pues, fue considerada por Jesús como una cuestión que miraba a su Madre y como cosa propia. y así María estuvo allí desde horas y ayudaba en los detalles de los preparativos como cosa propia. Jesús había tomado parte de la fiesta por su cuenta. Jesús se había comprometido a proveer el vino a los convidados y así se explica la solicitud de María cuando vio que faltaba el vino. Jesús había citado también a Lázaro y a Marta a estas bodas y Marta ayudaba a María en los preparativos. Lázaro era el que debía proveer la parte a la cual se había comprometido Jesús y esto lo sabía sólo María. Jesús tenía en Lázaro plena confianza. Recibía Jesús agradecido todo lo que daba Lázaro y éste se sentía feliz de dar: por esto fue Lázaro, hasta lo último, el tesorero de la comunidad cristiana. Aquí era tenido como un huésped de honor por los novios, y Lázaro se esmeraba por todo lo que pudiera ser necesario. Lázaro era fino y delicado en su modo de ser, serio, callado y muy reservado en todas sus manifestaciones; no hablaba mucho, y miraba con afecto interior a Jesús para que nada le faltara. Además del vino, había tomado Jesús por su cuenta proveer algunos alimentos especiales, las frutas, las aves de varias clases y las verduras. A todo esto se había provisto ya. Verónica había traído de Jerusalén un cesto de flores admirables y un artístico trabajo de confitería. Jesús era aquí el jefe y principal de la fiesta. Él mismo dirigió los diversos entretenimientos, amenizándolos con útiles enseñanzas. Hizo la distribución del orden en esta fiesta y dijo que todos debían alegrarse según la costumbre y los usos divirtiéndose, pero que de todo debían procurar sacar ciencia y enseñanza. Entre otras cosas dijo que dos veces en el día debían abandonar la casa y recrearse en lugares abiertos al aire fresco. Por esto he visto en estas fiestas a los hombres y a las mujeres aparte, unos de otras, ir a un jardín hermoso y allí entretenerse en conversación y en amenos juegos. He visto, por ejemplo, que los hombres se acomodaban en el suelo, en rueda, mientras en el medio había toda clase de frutas y, según ciertas reglas, tiraban estas frutas unos a otros para que cayeran en ciertos hoyos, cosa que otros trataban de evitar. He visto al mismo Jesús tomar parte en este juego de las frutas con una moderada alegría: decía con frecuencia una palabra llena de significado, aunque sonriendo, cosa que a todos causaba admiración; unas veces la recibían en silencio, otras con conmoción y por ciertas palabras pedían explicación a los más entendidos. Jesús había ordenado el modo de estos juegos y determinaba los ganadores, amenizando el todo con referencias y advertencias, según los casos. Los más jóvenes se entretenían en correr y saltar sobre setos y ramas tejidas con frutos. Las mujeres se entretenían también aparte con frutos, mientras la novia estaba sentada con María y la tía del novio. Más tarde se organizó una especie de danza: los niños tocaban instrumentos y cantaban coros. Todos los danzantes tenían pañuelos en las manos, con los cuales jóvenes y niñas se tocaban mientras danzaban unas veces en hileras y otras en filas más cerradas. Sin estos pañuelos nunca se tocaban. Para el novio y la novia eran estos pañuelos negros; los demás, los tenían amarillos. Primero danzaron el novio y la novia, solos, y luego todos unidos. Las jóvenes llevaban velos, aunque algo levantados; delante la cara; sus vestidos eran largos por detrás y por delante los tenían algo recogidos con una correa. Estas danzas no consistían en saltos y brincos, como entre nosotros: era más bien un caminar acompasado en líneas de varias clases, mientras se movían al compás de la música con las manos, cabeza y cuerpo. Me recordaba los movimientos de los fariseos, cuando hacían oración; todo era en conjunto decoroso y agradable. De los futuros apóstoles no danzó ninguno; en cambio lo hicieron Natanael Chased, Obed, Jonatán y otros discípulos. Las que danzaban eran todas jóvenes y todo procedió en orden y alegría con un contento reposado. Con los discípulos que serían más tarde sus apóstoles habló Jesús aparte, bastantes veces en estos días, cuando los demás no estaban presentes, a veces caminando por los alrededores con sus discípulos y con los convidados, mientras enseñaba, y estos futuros apóstoles comunicaban luego a los demás sus enseñanzas. Estas salidas y paseos servían también para que pudieran hacer sin estorbo los preparativos de las fiestas. Otras veces quedaban los discípulos y aún Jesús para los quehaceres, ordenando esto o aquello, porque había quienes tenían que disponer algunas cosas para el acompañamiento de los novios. Jesús deseaba que en esta fiesta solemne se pudiesen conocer todos, parientes y amigos, y que todos los que hasta ahora había ya elegido estuviesen reunidos y se conociesen y tratasen abiertamente. También en la sinagoga, donde estaban reunidos los convidados, habló Jesús del gozo permitido y de la alegría licita, su significación, su medida, su seriedad, y de la ciencia que debía regir estos entretenimientos. Habló del matrimonio, del hombre y de la mujer, de la continencia y de la pureza y de las bodas espirituales. A la conclusión de esta enseñanza se adelantaron los novios y Jesús les dijo palabras de enseñanza y exhortación a cada uno en particular. Al tercer día de la llegada de Jesús tuvo lugar el casamiento, a las 9 de la mañana. La novia fue vestida y adornada por las jóvenes: sus vestidos eran como los de María en su casamiento, como también la corona que le pusieron, que era más rica aún. Sus cabellos no fueron divididos en trenzas finas sino en lineas y grupos más gruesos. Cuando su adorno estuvo completo fue mostrada a María y a las otras mujeres que estaban allí. Desde la sinagoga fueron llegando las personas que debían llevar a los novios desde la casa a la sinagoga. En el cortejo había seis niños y seis niñitas que llevaban coronas entretejidas; luego seis jóvenes y doncellas, más crecidas, con instrunentos de música y flautas. Llevaban en las espaldas algo así como alas. Además, acompañaban a la novia doce jóvenes como guiadoras, y al novio, doce jóvenes. Entre estos estaba Obed, el hijo de Verónica, los sobrinos de José de Arimatea, Natanael Chased y algunos de los discípulos de Juan; ninguno de los futuros apóstoles. El casamiento se efectuó por los sacerdotes delante de la sinagoga. Los anillos que se cambiaron los había recibido el novio como regalo de María, y Jesús los había bendecido en las manos de María. Me causó admiración una ceremonia que no vi en las bodas de María con José: el sacerdote hirió con un instrumento cortante en el dedo anular izquierdo al novio y a la novia; dejó gotear dos gotas de la sangre del novio y una de la novia en un vaso lleno de vino, que tomaron ellos, dando luego el vaso a los otros. Después de esto se distribuyeron algunas prendas de telas, vestidos y diversos objetos a los pobres. Cuando los casados fueron acompañados a su casa, los recibió Jesús allí mismo. Antes de la comida de bodas he visto a todos los invitados de nuevo reunidos en el parque. Las jóvenes y mujeres estaban sentadas bajo una techumbre de ramas y jugaban con frutas; tenían por turno un instrumento como una tabla triangular sobre las faldas con letras o signos en los bordes, y según se paraba el señalero que movían como un minutero sobre la pizarra, tenían derecho a ciertas clases y cantidades de frutas. (Una especie de ruleta). Para los hombres he visto, dispuesto por el mismo Jesús, una especie de juego que me causaba admiración. En el centro de la casa había una mesa redonda con muchas porciones de flores, hierbas y frutos dispuestos en los bordes, en cantidad igual a los hombres que jugaban. Estas frutas y hierbas las había ordenado de antemano el mismo Jesús según su íntima significación para cada uno de los presentes. Sobre la mesa había un aparatito consistente en un disco con un agujero. Cuando el disco era movido por un jugador, donde se detenía el lugar señalado con el agujero, sobre cierta porción de fruta o de hierba, ésta era la ganancia del jugador. En el medio de la mesa había además una vid llena de uvas, sobre un haz de espigas que la rodeaba; cuando más se giraba la mesa, más se levantaba la vid y el haz de trigo. Los futuros apóstoles no jugaron a estos juegos, como tampoco Lázaro, y yo recibí la advertencia y explicación: quien tiene ya vocación de enseñar o sabe algo más que los otros, no debe jugar como los demás, sino observar el curso del juego y amenizar los movimientos del juego con útiles aplicaciones, para convertir lo jocoso en algo útil y provechoso. Pero había en este juego algo más que la casualidad de los ganadores: las frutas u objetos que sacaban en suerte correspondía muy bien a sus cualidades buenas o malas, y Jesús había ordenado estas frutas según ese significado. Cada ganancia estaba unida a una enseñanza de Jesús y yo veía que realmente todos recibían algo interior significado por esas frutas. Lo admirable era que mientras Jesús decía esa palabra a cada uno, él se sentía mejorado y advertido, ya sea por la palabra de Jesús, ya por el gusto de la fruta que realmente pasaba con su significado al gustador; pero de tal manera que los demás nada entendían, y los comentarios de Jesús sólo se festejaban como dichos para alegrar a la concurrencia. Cada uno sentía una mirada profunda de Jesús en su interior; de la misma manera que lo sintió Natanael cuando estaba bajo el árbol y que lo hirió en su interior sin que los demás se dieran cuenta. Recuerdo bien que entre lo ganado por Natanael estaba la planta resedá, y que Jesús le dijo a Natanael Chased: «¿Ves ahora bien que tuve razón en decirte que eres un verdadero israelita, sin falsedad?» Una ganancia me pareció del todo admirable y fue la del novio Natanael, que ganó una suerte que consistía en un tallo con dos frutas: la una parecía más a un higo y la otra a una manzana dentada y hueca. Era rojiza, por dentro blanca, con listas coloradas; de estas frutas he visto en el paraíso terrenal. Recuerdo que todos quedaron maravillados cuando el novio ganó esta fruta, y que Jesús habló del matrimonio y de la castidad, que era como una fruta múltiple. Todo esto lo dijo de tal manera que no hería las ideas que tenían los judíos del matrimonio, pero que algunos discípulos, entre ellos Santiago el Menor, que era esenio, entendieron más profundamente. He visto que los presentes se maravillaron más de esta suerte tocada a los recién casados que de las demás. Jesús dijo algo así como: «Podrían esta suerte y estas frutas producir aún mayores bienes de lo que pueden representar por sí mismas». Cuando el novio recibió esta fruta para si y su novia, y hubieron gustado de ella, he visto que se conmovieron en su interior y palidecieron, y luego vi salir una oscura nube de sus interiores, de modo que me parecieron entonces más claros y transparentes en comparación de lo que eran antes. La mujer, que estaba algo lejos de allí con las mujeres, también palideció y tuvo como un desmayo al gustar la fruta tocada en suerte, y vi salir también de ella una nube oscura. Esa fruta de los recién casados tenía relación con la virtud de la castidad y continencia. En este juego, además de las suertes que les tocaba a cada uno, tenían los favorecidos que cumplir ciertas penitencias o satisfacciones. Así he visto que los recién casados tenían que ir a la sinagoga y traer de allí algo cumpliendo con el rezo de algunas preces. La hierba que sorteó Natanael Chased era una planta de acedera. En todos los demás discípulos, que ganaron algunas de estas frutas o hierbas y gustaron de ellas, he visto que se levantaron sus propias pasiones en ellos, se resistieron algún tanto, y luego cedieron en fuerza o se encontraron con mayor fortaleza los agraciados para resistir a ellas.