Tomo VI — Desde la segunda fiesta de los Tabernáculos hasta la primera conversión de la Magdalena

Sección 2: capítulos VII – XII

Jesús en Ophra — Jesús en casa de Obed. Enseñanza con los pastores

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En esta sección:

Capítulo VII

Jesús en Ophra

A una hora de Korea, entre el Norte y el Oeste, en una hendidura de la montaña, se asienta el pueblo de Ophra; está a una hora de distancia de Silo, hacia el Sur. Desde Korea hay que bajar y luego subir. A una hora y media de Korea, hacia Occidente, está la montaña fortificada de Alexandrium, al borde del gran valle que desde Korea se extiende a la parte Norte del desierto a algunas horas de Bethoron, mirando hacia el monte Garizim. A través de este campo caminó María con frecuencia. Viven aquí muchos pastores dispersos y está cerca la ciudad de Bethel. A través de Ophra corren tres caminos y muchas caravanas vienen de Hebrón. Toda la ciudad está llena de posadas y de casas de comercio y de cambios de mercaderías. Las gentes son algo interesadas y groseras. Los discípulos de Jesús habían estado el año pasado aquí y desde entonces habían mejorado algo. Cuando Jesús llegó, estaba la gente a ambos lados del camino ocupada en los trabajos de viña: cosechaban la uva, porque la tarde misma comenzaba una festividad. En las chozas ya no había gente; sólo he visto niños, jóvenes y doncellas que pasaban en procesión por las chozas llevando banderitas. Los sacerdotes estaban ocupados en arreglos; llevaban los rollos de Las Escrituras y los objetos sagrados a la sinagoga, y sobre cada banco colocaban un rollo. He visto a las mujeres en sus casas sentadas y rezando en rollos de las Escrituras. Los hombres vieron que Jesús venía; se acercaron a Él delante de la puerta y lo llevaron a la ciudad. Le lavaron los pies y tomó alimento en el albergue junto a la sinagoga. Luego entró en algunas casas, donde enseñó y sanó a los enfermos. Por la tarde he visto que en la escuela se llevaba el rollo de la ley y que cada uno tenía que leer algo; luego hubo una comida en la sala de fiestas, donde había muchos corderos sobre la mesa. Había manzanas Esrog que se habían traído para la fiesta. Estas manzanas tenían una preparación: se partían en cinco partes y se volvían a atar con una cinta colorada formando un todo. Cinco personas comían de cada manzana. Los alimentos eran preparados por los llamados siervos del Sábado, una especie de esclavos que no eran judíos. Al día siguiente Jesús iba de casa en casa invitando a las gentes a asistir a la sinagoga para la enseñanza y las exhortaba a no entregarse a la avaricia y al afán de dinero. Les decía una especie de felicitación y saludo de conclusión de fiesta. La gente era aquí de tan mala fama por su afán de lucro que se la tenía en el mismo concepto que a los Publicanos. Habían mejorado algún tanto. Por la tarde fueron llevadas las ramas y plantas con que se habían hecho las chozas, y amontonadas por los niños y quemadas delante de la sinagoga. Los judíos miraban con curiosidad cómo subía el humo y las llamas, deduciendo de esto suerte o desdicha para el año. Jesús enseñó en la sinagoga, hablando de la felicidad de, Adán en el paraíso, de su pecado y de la promesa de redención. También habló de Josué. Refirióse a la demasiada solicitud, diciendo que mirasen a los lirios del campo que no tejen y a los pájaros que no siembran. Recordó a Daniel y a Job, que describió como hombres llenos de negocios, pero piadosos y sin mundana solicitud. Jesús y sus discípulos no fueron recibidos aquí gratuitamente, sino que he visto que los discípulos pagaron el albergue. Mientras estaba con los discípulos en ese albergue vino un hombre de Chipre que había estado con Juan en Macherus, a diez horas de camino de Ophra, adonde lo había llevado un siervo del centurión de Cafarnaum (Serobabel). Este había sido enviado por un hombre principal de Chipre, que había oído muchas cosas de Jesús y de Juan, y quería cerciorarse de las cosas oídas por medio de este mensajero. Este hombre partió en seguida de Ophra, pues debía embarcarse en un buque que estaba a punto de partir. Era un pagano amable y muy humilde. El siervo del centurión lo había guiado, según su deseo, a ver a Juan en Macherus y luego a Ophra donde estaba Jesús. Jesús habló mucho tiempo con él y los discípulos tuvieron que escribirle en su presencia todo lo que Jesús decía y deseaba él saber. El antepasado de su señor es un descendiente de un rey de Chipre que había recibido a muchos judíos perseguidos y hasta dado albergue y comida en su mesa. Esta obra de caridad le trajo la gracia y el fruto del bien obrado, y por eso este pagano creyó en Jesús. En este momento tuve una visión: de cómo Jesús, después de la próxima fiesta de Pascua, pasaba por Tiro y Sidón, y se embarcaba para Chipre, donde debía enseñar.

Capítulo VIII

Jesús en Salem y en Aruma

Desde Ophra caminó Jesús, entre Alexandrium y Lebona, por un valle, hacia la ciudad de Salem. Atravesó el bosque de Hareth llegando a la planicie de Salem. Delante de la ciudad había jardines y alamedas. El lugar es muy ameno. No es grande la población, pero muy limpia y ordenada, más que otras de los alrededores. Está edificada en forma de estrella, de modo que sus calles van a parar al centro, donde hay un pozo de agua. Se ven algunas ruinas. El pozo es para ellos sagrado, pues estuvo algún tiempo contaminado como el de Jericó. Eliseo lo sanó, como al de Jericó, echando sal y agua que había estado en contacto con el misterio del Santuario, Ahora se ve una hermosa techumbre edificada sobre el pozo. No lejos de él, también en medio de la ciudad, hay un castillo muy alto y yermo, con grandes ventanas vacías. Junto a él hay una torre redonda, muy gruesa, en cuyo techo plano hay una bandera al viento; a dos tercios de altura asoman, en los balcones, por los cuatro lados del edificio, cuatro grandes bolas de metal brillante que resplandecen a los rayos del sol. Cuelgan desde los tiempos de David, porque éste había estado aquí con Micol, y cuando tuvo que huir a la comarca de Gilead, su amigo Jonatás le hacía señales diversas con estas bolas luminosas colgándolas ya de un lado, ya de otro, ya de una manera, ya de otra, según se habían entendido de antemano para escapar a la persecución de Saúl. Jesús fue recibido muy bien; la gente que encontraba junto a los montones de la cosecha lo acompañó hasta la ciudad y de allí salieron otros para recibirlo. Lo llevaron a Él y a sus discípulos a una casa donde les lavaron los pies, les acomodaron otras suelas y les dieron vestidos, mientras sacudían y espolvoreaban los suyos. A menudo tales vestidos se regalaban a ciertos viajeros; con todo, Jesús nunca los retuvo para sí: generalmente llevaba algún discípulo otro vestido de repuesto para Jesús. Luego le llevaron junto a su hermoso pozo donde les sirvieron alimento. Allí, y en las calles adyacentes, había muchísimos enfermos de todas clases. Jesús iba pasando de un enfermo a otro, y así estuvo ocupado hasta las cuatro de la tarde, en que tomó parte de una comida en el albergue y después enseñó en la sinagoga. Se presentó la oportunidad de hablar sobre Melquisedec y Malaquías, que estuvo algún tiempo en este lugar y que profetizó sobre el sacrificio según el orden de Melquisedec. Jesús dijo que el tiempo había llegado, y que aquellos profetas se hubiesen considerado dichosos de ver y de oír lo que ellos ahora veían y oían. Los habitantes eran de mediana condición, es decir, ni ricos ni pobres, en general bien intencionados, y se querían unos a otros. También los maestros de la sinagoga eran bien intencionados; pero llegaban a menudo fariseos de otros lados que molestaban a los maestros y a la comunidad. La ciudad tenía ciertos derechos sobre distritos de los alrededores y sobre algunas poblaciones que le pertenecían, Jesús estaba a gusto aquí y animaba a la gente en sus buenas disposiciones. Al día siguiente se dirigió Jesús hacia el Sureste de Salem, a un rincón donde hay un brazo de río que se echa en el Jordán, desde Akrabis y el Jordán mismo. Había un lugar de recreo y de baños. En esta comarca empinada había tres estanques para peces, uno sobre otro, que recibían el agua de ese arroyo y había baños que podían volverse calientes a voluntad. Mucha gente suele venir a estos lugares. Desde aquí se ve Ainón recostada sobre el Jordán y del otro lado se veían gentes que andaban. Hacia el mediodía volvieron todos de nuevo a Salem, donde se habían reunido varios fariseos de Aruma, ciudad a unas dos horas al Oeste, en una montaña, y de la ciudad de Phasael, a una hora al Noreste, escondida en un rincón de esta comarca. Aquí vivía el piadoso Jairo, cuya hija Jesús había resucitado hacia poco tiempo. Entre los fariseos estaba un hermano del fariseo Simón, el leproso, de Betania, que era uno de los principales de Aruma. Había también saduceos. Estaban como huéspedes, pues era costumbre que después de la fiesta de los Tabernáculos se invitasen a los maestros unos a otros. Se hizo una gran comida en una sala abierta, y Jesús asistió a ella en medio de los maestros y escribas. Temían éstos que Jesús enseñase el Sábado en la sinagoga, porque el pueblo no los veía bien a ellos y temían ser reprendidos. Por eso el hermano de Simón invitó a Jesús a ir a Aruma y Jesús aceptó la invitación. Phasael es una ciudad nueva donde solía vivir Herodes cuando se detenía en esta comarca. Hay palmeras en torno de la ciudad y corre un arroyo en su cercanía, que luego se echa en el Jordán, cerca de Sukkoth. Las gentes parecen ser, en general, agricultores y colonos. La ciudad fue edificada por Herodes. Cuando Jesús llegó a Aruma, no lo recibieron los fariseos en la puerta de la ciudad. Entró con los vestidos ceñidos, acompañado de siete discípulos. A la entrada lo recibieron algunos bien intencionados, como se acostumbra a los que vienen ceñidos y de viaje: cuando no van ceñidos es señal que recibieron ya a la entrada la bienvenida. Los llevaron a una casa, les lavaron los pies y les dieron la refección acostumbrada, sacudiendo también sus ropas del polvo. Después se dirigió Jesús a la casa del sacerdote, junto a la sinagoga, donde se encontraba el hermano de Simón con otros sacerdotes y saduceos que habían venido desde Thebez y otros lugares vecinos. Tomaron algunos rollos de la Escritura y se fueron hacia un pozo delante de la ciudad, donde hablaron de la lectura de hoy, que era Sábado. Era como una preparación para la predicación. Hablaron cortésmente con Jesús y le pidieron que enseñase hoy, pero que no soliviantara al pueblo contra ellos. No dijeron esto de palabra, pero se lo dieron a entender. Jesús les dijo seria y claramente que enseñaría lo que la Escritura diga, es decir, la verdad, y habló de los lobos con piel de oveja. En la sinagoga habló Jesús de la vocación de Abraham, de su viaje a Egipto, del idioma hebreo, de Noé, de Heber, de Phaleg y de Job. La lectura era de Moisés (I cap. 12) y del profeta Isaías. Dijo que desde Heber había Dios separado a los israelitas de los demás, pues a este hombre le había dado un nuevo idioma, que era el hebreo, que no tenía nada de común con los otros de aquel tiempo, para mantener esta raza separada de las demás naciones. Primero había hablado Heber la primera lengua madre, como Adán, Set y Noé; pero ésta fue mezclada con muchas otras lenguas en la confusión de Babel. Dios le dió a Heber, para apartarlo de los demás, una lengua propia, santa, la antigua lengua hebrea, sin la cual no se habrían conservado puros de la idolatría y separado de los paganos. Jesús se albergaba en casa del hermano del fariseo Simón, el leproso, de Betania; ese fariseo era de aquí; era más instruido en la Escritura y más firme. El de Betania valía menos, pero aparentaba saber más. En su casa estaba todo bien ordenado, y aunque Jesús no era respetado con sentimientos de fe, lo trataban con suma cortesía, deferencia amistosa y consideración humanas. Tenía un lugar propio para la oración; los utensilios, telas y ropas eran de la mejor clase, hermosos, y el servicio esmerado y pulcro. La mujer y los hijos casi no aparecían er; la casa. Jairo, de Phasael, aquél cuya hija había resucitado Jesús, también había venido para celebrar el Sábado, y habló con Jesús. Esa hija suya no estaba allí ni en Phasael, sino en Abelmehola, en una escuela de niñas. Jairo andaba mucho con los discípulos de Jesús en estos viajes. Muchas doncellas solían visitarse en estos días, como lo hacían también los hombres. Abelmehola está como a seis horas de camino de Phasael. Delante de Aruma, por el Occidente, hay un gran edificio habitado por ancianos y viudas. No eran esenios, pero llevaban unas vestiduras largas blancas y vivían en comunidad, según ciertas reglas. Jesús estuvo en medio de ellos enseñando. Cuando Jesús es invitado a una comida, lo veo ordinariamente ir de una mesa a otra enseñando y exhortando.

Capítulo IX

La fiesta de la dedicación del templo de Salomón

En Aruma se celebraba la fiesta de la dedicación del templo de Salomón. Toda la sinagoga estaba llena de lámparas encendidas, y en el medio había una pirámide de luces. El día propio ya había pasado. Creo que era al final de las fiestas de los Tabernáculos: era ésta una fiesta trasladada. Jesús enseñó sobre la dedicación: cómo Dios se apareció a Salomón y le dijo que quería mantener a Israel y el templo si le eran fieles y que quería vivir en ese templo en medio de ellos; pero que lo destruiría si se apartaban de Dios. Esto lo explicó Jesús refiriéndolo al tiempo presente, pues ahora había llegado el momento decisivo: si no se convertían el templo seria destruido. Dijo esto con mucha severidad. Los fariseos comenzaron a disputar: decían que estas palabras no habían sido dichas por Dios, sino que eran palabras de Salomón, como una fantasía. La disputa se animó mucho y he visto a Jesús hablar con mucha viveza. Tenia en este momento un aspecto aterrador y los fariseos casi no podían sostener su mirada. Les hablaba en trozos que surgian de la lectura del día, por ser Sábado, de los cambios y malas interpretaciones de la Escritura, y de la verdad y de la historia, como también de los falsos cálculos de los paganos, por ejemplo, de los egipcios; y cómo podían ellos hacer reproches a estos paganos, siendo que ellos mismos, los judíos, estaban en tan miserable estado, que la palabra de Dios, que les estaba tan cerca y les era tan santa, pues sobre ella estribaba la alianza con el templo, la tenían ahora por una fábula y fantasía de Salomón; sólo porque no les convenía entenderla como estaba escrita, y porque la otra interpretación los halagaba más. Jesús volvió a repetir la promesa de Jehová a Salomón y añadió que ahora, por la falsa interpretación y mala explicación, la amenaza de Jehová estaba más cerca que nunca. Les dijo: “Como ahora está ruinosa la fe en las promesas de Jehová, también los fundamentos del templo están ya ruinosos”. Les repitió: “Sí; el templo será destruido y arruinado, porque ya no creéis a las promesas, porque no reconocéis lo santo y no lo observáis santamente. Vosotros mismos trabajaréis en su destrucción y no quedará nada de él sin ser destruido, y será destruido por causa de vuestros pecados». De este modo les habló, y en forma tal, que bajo el templo se entendía que hablaba también de su propio cuerpo. Más tarde, antes de su pasión, dijo esto más claramente: “Yo lo reedificaré en tres días”. Aqui no lo dijo tan claramente, pero con todo he visto que entendían que algo misterioso se ocultaba en sus palabras, y se espantaban. Murmuraban y se irritaban al oír estas cosas. Jesús no se alteró por eso y siguió hablando admirablemente, de modo que no pudieron ya contradecir ni decir nada, y, aún contra su voluntad, se sintieron vencidos y subyugados. Al terminar le dieron la mano cuando salía de la sinagoga, y se excusaron, pareciendo que querían exteriormente restablecer la paz y armonía. Jesús dijo todavía algunas severas palabras, pero mansamente, y la sinagoga fué cerrada. En este momento tuve una visión sobre Salomón, a quien vi delante del templo, junto al altar del sacrificio: estaba de pie encima de una columna alta y desde allí hablaba al pueblo y oraba a Dios en voz alta. A esa columna se subía por la parte interior; arriba había una plataforma y un asiento. Esta columna era movible y se podía transportar a voluntad. Después he visto a Salomón sobre la torre de Sión, pues aún no estaba hecho su nuevo palacio. Estaba en el mismo lugar donde Dios había hablado a David y especialmente cuando estuvo Nathán con él. Había allí una terraza bajo una techumbre donde solía dormir. He visto que Salomón oraba allí, cuando de pronto vino un gran resplandor y se oyó una voz que le hablaba, que salía del mismo resplandor. Salomón era un hombre de hermoso aspecto, algo lleno de carnes y no tan seco y enjuto como veo a muchos hombres de estas comarcas. Sus cabellos eran castaños y sencillos; tenía una barba corta y pulida, ojos morenos y penetrantes, y un rostro redondo y lleno con los huesos de las mejillas anchas. Aún no se habia entregado al amor con las mujeres paganas y extranjeras.

Capítulo X

Jesús entre los pobres y humildes. Tenath-Silo

Jesús no sanó a los enfermos en Aruma públicamente, para no excitar la envidia de los fariseos. Las gentes también temían a los fariseos y por eso no se mostraban de día. Era un espectáculo hermoso ver a Jesús en dos noches de clara luna salir de la ciudad con algunos discípulos y caminar por las calles para visitar a las gentes pobres y humildes que lo esperaban en un patio, donde sanó a varios enfermos. Eran gentes sencillas que creían en Él y habían rogado a los discípulos que dijeran a Jesús se dignase visitarlos. Todo se hizo sin llamar la atención, porque los caminos estaban desiertos, En esas calles sólo corrían los muros de la ciudad que no tenían aberturas, sino hacia el interior, a los patios y jardines. Recuerdo a una mujer con flujo de sangre, traída allí por dos jóvenes, que estaba toda envuelta. No se detuvo Jesús mucho tiempo con esos enfermos. Para despertar su fe les preguntaba ordinariamente si creían que Dios los podía sanar y les decía que ese poder Dios lo había dado a Uno sobre la tierra. No sé decirlo bien. Después he visto que la mujer besó el cíngulo de Jesús y Jesús dijo unas palabras, como éstas: “Yo te doy la salud por el misterio (o por la intención) con el cual fué llevado este cíngulo desde el principio hasta el fin». A otros enfermos les ponía el cabo del cíngulo sobre la cabeza. Este cíngulo o faja era una ancha tela que a veces se llevaba abierta en toda su anchura, otras veces doblada y más angosta; a veces se dejaba colgar hacia el suelo; a veces se recogía; pendían de ella borlas y franjas. El valle al Este de Aruma, y de Este a Oeste, hacia Sichar, estaba lleno de bosques, como también desde Sichar hacia el Norte, hasta la montaña, al Noreste de Siquem. Al Este de esta montaña, que está en medio de la llanura de Sichar, estaba el bosque de Mambre. Aquí era el lugar donde Abraham tendió su tienda y donde se le apareció Dios, dándole la promesa de su gran descendencia. Había un grueso árbol no tan duro como un roble, pero parecido en los brotes y frutos, del cual solían hacer las gentes los cabos y nudos de la parte superior de sus bastones de viaje. Bajo este árbol apareció Dios a Abraham. El camino parte de Sichar, por la parte izquierda del bosque, en torno del monte Garizim. Delante del bosque, hacia el Norte, hay una ciudad en la llanura en memoria de la estadía de Abraham: deben estar todavía hoy los restos de esa ciudad. Estaba a tres horas al Norte de Aruma y a dos horas al Noroeste de Phasael, y se llama Tenath-Silo. Después que Jesús habló nuevamente contra la conducta de los fariseos, diciendo que habían perdido el espíritu de su religión y se atenían a formas vacías y a vanas prácticas exteriores, que el demonio se encarga de llenar, como lo han podido comprobar en los paganos, abandonó la ciudad de Aruma y se dirigió a Tenath-Silo, delante de la cual entró en uno de los albergues que Lázaro tenía establecidos a lo largo de los caminos. Allí enseñó a hombres y mujeres ocupados ahora en la cosecha del trigo, y les habló en parábolas y comparaciones de siembra, cosecha y diversas clases de terrenos. Estos trabajadores eran esclavos y de religión samaritana. Por la tarde enseñó en la sinagoga. Era la fiesta del Novilunio y colgaban coronas de frutos delante de la sinagoga y de otros edificios públicos. Delante de la sinagoga se habían reunido muchos enfermos, especialmente baldados, gotosos, endemoniados y mujeres con flujo de sangre, a quienes Jesús sanó. He visto que aquí bendecia a muchos niños enfermos y muchos sanos también. Los baldados y reumáticos de manos y pies se debía a la estadía en los campos húmedos, donde se echaban sudorosos por el trabajo, de dia y de noche. Lo mismo he podido comprobar en Gennebris y en Galilea. Al día siguiente Jesús anduvo por los campos de la cosecha y sanó a los enfermos. Algunas personas trajeron alimentos de la ciudad y hubo una comida en una choza de las que habían quedado de las pasadas fiestas. Jesús habló largamente de la demasiada solicitud por las cosas de la vida. Trajo la comparación de los lirios del campo, diciendo que estaban mejor vestidos que Salomón y no obstante no tejen ni hilan, y añadió otras comparaciones de animales y de cosas que estaban a la vista de los oyentes. Les enseñó también que no debían profanar el Sábado y las fiestas con trabajos de ganancia: que estaban permitidos los trabajos de caridad y de ayuda a los demás hombres o de los animales, pero que en cuanto a la cosecha del trigo y de los frutos debían dejarlo al cuidado de Dios y no creerse con derecho de trabajar por cada amenaza de tormenta que vieran. Todo esto lo dijo herrnosamente, en modo semejante al sermón de la montaña, porque oía yo a menudo decir al Señor; “Benditos son los que... Benditos aquéllos que…». La gente de estos lugares necesitaba mucho de esta predicación, pues eran sumamente codiciosas y ansìosas de ganancias en sus trabajos de campo y en el comercio de los productos y eran exigentes con sus siervos. Cobraban aquí los diezmos de toda la comarca, y muchas veces retenían todo o alguna parte, mucho tiempo y negociaban con esto. Comerciaban con los productos de su cosecha. Veo hombres de edad en trabajos de madera, que sacan de sus bosques y haciendo suelas de madera para sus zapatos. Veo también muchas higueras. No había aquí fariseos. La gente era algo engreida por su descendencia de Abraham y grosera en el trato. Los hijos que dejó aquí Abraham fueron muy pronto desarraigados y mezclados con los siquemitas, de modo que cuando Jacob volvió a esta tierra no tenían ya ni la circuncisión. Jacob había pensado permanecer allí, pero por la seducción de Dina tuvo que emigrar. Conocía a los hijos de Abrahán, que vivían aquí y les enviaba regalos. Dina había ido a pasear junto al pozo de Salem y fué invitada por algunos de estos que habían recibido regalos de Jacob. Tenía doncellas que la acompañasen, pero por curiosidad paseaba sola y así la vió el siquemita que la sedujo. No debe causar maravilla la gran cantidad de enfermos que encuentra Jesús, pues no bien saben de su venida, los traen de todos los rincones del país y de todas las chozas y tiendas. Vivían en Tenath-Silo judíos y samaritanos separados: los judíos eran mayoría. Jesús enseñó también a los samaritanos, pero estando en suelo judío, y ellos estaban al final de una calle en su territorio. Sanó a muchos samaritanos. Los judíos no se muestran adversos como en otros lugares y no se atienen tampoco tan estrictamente a la observancia del Sábado. Jesús sanó aquí a muchos enfermos de diversas maneras: a algunos a distancia con la mirada y la voz; a otros con tocarlos; a éstos les ponía las manos; a unos bendecía; sobre otros soplaba, y a otros los ungía con su saliva. Hubo algunos a quienes tocándolos mejoraban; a otros sanaba sin que se hubiesen acercado. Me parece que ahora hace más rápido de lo que solía hacer al principio. Yo creo que empleaba diversas maneras para demostrar que no se atenía a un determinado modo, pero también dice el Señor en el Evangelio que una clase de demonios se debe echar de un modo y otra de otro. Jesús sana de conformidad con la necesidad de cada uno, según su fe y confianza y su naturaleza, como al presente trata diversamente a las almas de los pecadores. En estos milagros no quebranta las leyes de la naturaleza: sólo desata las ataduras; no cortaba nudos, sino que los abría, pues podía hacerlo teniendo todo poder. Como Hombre-Dios sanaba de modo humano, santificando lo que hacia en tal forma. Se me había dicho otras veces que Jesús obraba así para enseñar a los apóstoles las distintas formas para diversas ocasiones. Las variadas formas de las bendiciones de la Iglesia y las consagraciones y los ritos de los sacramentos tienen su fundamento en esta manera de obrar de Jesús.

Capítulo XI

Jesús en Aser-Michmethath

Hacia el mediodía Jesús dejó la ciudad acompañado de varias personas; caminó por la calle ancha hacia el Noreste que lleva a Scytópolis, teniendo a Doch a la derecha y a Thebez a la izquierda, a la ladera Este de la montaña donde está asentada Samaria. Entró en un valle donde corre un río hacia el Jordán. Le salió al encuentro un grupo de personas deseosas de aprender, especialmente trabajadores samaritanos que le esperaban, y a los cuales adoctrinó. En la altura, a la izquierda, hay un poblado con una larga hilera de casas que se llama Aser- Michmethath, adonde entró Jesús por la tarde. Abelmehola dista de aquí como siete horas de camino. Por este camino van María y las santas mujeres cuando no quieren ir por las montañas de Samaría, dirigiéndose a la Judea. También en la huida a Egipto pasó por aquí María con José. Esta misma tarde fué Jesús al pozo de Abraham y al recreo de Aser-Michmethath, y sanó allí a varios enfermos, entre ellos a dos samaritanos que habían traído. Fue recibido muy bien por la gente que era buena; todos deseaban tenerle por huésped. Jesús se alojó en casa de una familia patriarcal, cuyo jefe se llamaba Obed, donde fué recibido muy cariñosamente con todos sus discípulos. El camino de Tenath-Silo hasta aquí es mucho mejor y más ancho que el de Akrabis a Jericó, que es muy pedregoso, angosto y tan tortuoso que los animales lo pasan difícilmente cargados con mercaderías. Era bajo este árbol, junto al pozo de Abraham, donde la falsa profetisa, en tiempo de los jueces, daba sus respuestas y anuncios por medio de magia, que salían siempre al revés de lo que profetizaba. Tenia de noche su morada aquí y trabajaba con toda clase de turbios manejos, entre luces de antorchas, haciendo aparecer toda clase de formas de animales y de espectros. Esta falsa profetisa fué clavada de pies y manos a un madero por los madianitas. Debajo de este árbol había enterrado Jacob los idolíllos robados a los siquemitas. José y María se mantuvieron ocultos aquí, junto a este árbol, durante un día y la noche en su huida a Egipto. Era conocida la orden de persecución dada por Herodes y era muy peligroso viajar por estos caminos. Si mal no recuerdo, creo que en el viaje de Maria y José a Belén, fué aquí donde María sufrió una vez un intenso frío, que la hizo gemir y luego recibió un calor confortable. La ciudad de Aser-Michmethath está de través, sobre un barranco que desciende hacia el valle del Jordán; la parte Sur pertenece a Efraim y la Norte a Manasés. En la parte de Efraìm está Michmethath, y en la de Manasés, la población de Aser, que entre las dos forman una ciudad, cuyos límites pasan por el medio. La sinagoga está de la parte de Aser, y los habitantes son algo diferentes en sus costumbres y apartados; mientras que Míchmethath, con sus casas, va subiendo por la falda de la montaña. En el valle hay un arroyuelo, junto al cual Jesús enseñó a los samaritanos que se habían congregado. Un poco más arriba está el hermoso pozo y en torno de él lugares de recreo y de baños. La fuente a la cual se desciende por escalones, está apresada por un contorno amurallado, y en medio de la fuente, sobre un terraplén, está el árbol. De esta cisterna se puede hacer correr el agua a otras fuentes, en torno de esta principal. Allí Jesús sanó a dos mujeres samaritanas.

Capítulo XII

Jesús en casa de Obed. Enseñanza con los pastores

La casa de Obed era como una gran posesión delante de la ciudad de Mìchmethath, porque el hombre era una especie de jefe. Los habitantes estaban casi todos emparentados entre si y varias familias eran hijos de Obed o hijos de sus hijos o descendientes de sus antepasados. Obed era el más anciano de la ciudad y se encargaba de dirigirlos en sus negocios, en el cultivo de sus campos y en la vida pastoril. Su mujer se ocupaba de sus quehaceres con otras mujeres en otra parte de la casa: era todavia una mujer judía despierta y activa. Tenía en su casa una especie de escuela de niñas, porque las reunía allí y les enseñaba trabajos manuales. La casa respiraba amor, consejo y actividad. Obed tenía diez y ocho hijos, de los cuales había algunos aún no casados. Dos de sus hijas estaban casadas y vivían de la otra parte de la ciudad, en Aser, cosa que no le gustaba al viejo Obed, como oí decírselo a Jesús en sus conversaciones con Él. La gente de Aser no era de las mismas costumbres que los de este lado de la familia de Obed. Por la mañana enseñó Jesús junto al pozo. Había allí como cuatrocientos hombres escalonados en torno de las terrazas del pozo escuchando la enseñanza de Jesús. Habló claramente de la venida del reino, de su propia misión y del bautismo y la penitencia, y preparó a algunos para el bautismo: entre ellos había algunos hijos de Obed. Después caminó con Obed hacia las chozas de los campos, y consolaba y alentaba a los peones, enseñando y consolando también a personas ancianas que debían cuidar la casa y no podían salir. Obed hablaba mucho con el Señor de Abraham y de Jacob, que habían vivido en esos lugares y del caso de Dina. Los habitantes de la ciudad se consideraban descendientes de Judá. El capitán Holofernes, que había invadido esta tierra, había causado enormes destrozos. Los antepasados de estos habitantes se habían propuesto mantener las tradiciones de sus antiguos padres, pues habían emigrado de Judea. Con estas antiguas costumbres se habian mantenido hasta el presente. Obed mantenía estas antiguas maneras y especialmente imitaba mucho a Job. Había acomodado bien y ricamente a todos sus hijos y en todas las ocasiones daba generosamente al templo y a los pobres. Jesús bendijo a muchos niños que le eran presentados por sus madres. Por la tarde hubo una gran comida alrededor de la casa de Obed y en las chozas. Se puede decir que tomaron parte todos los habitantes de Michmethath, especialmente los pobres. Jesús iba de mesa en mesa bendiciendo, consolando, enseñando y repartiendo alimentos. Enseñaba en parábolas. Las mujeres estaban en otra choza aparte. Después Jesús fue a las casas de algunos enfermos para sanarlos, y de paso bendijo a muchos niños que le traían las madres; había muchos niños, especialmente en la casa de la mujer de Obed, porque ella se ocupaba de agruparlos y enseñarles. Obed tenía un niño de unos siete años con el cual Jesús habló largamente. Vivía con otro hermano de Obed en el campo y era muy piadoso: se levantaba de noche para orar. El hermano aquél no estaba muy contento con esto, y Obed se afligía de este contratiempo. Jesús intervino en este caso y dejó contentos a todos. Este niño se juntó con los discípulos después de la muerte de Jesús. Esta ciudad de Michmethath se había conservado fiel a los Macabeos en tiempos de guerras y el mismo Judas estuvo algún tiempo aquí. Obed se había propuesto imitar en todo a Job y en verdad llevaba él mismo y hacía llevar a los suyos una vida patriarcal al modo de los antiguos padres. Cuando Jesús se dirigió a la otra parte de la ciudad ya se habían reunido muchos fariseos en la sinagoga, no de los mejores y algunos orgullosos habitantes. Éstos estaban en combinación con gentes encargadas de cobrar impuestos para Roma y ejercían la usura con estos dineros. Jesús enseñó y sanó algunos enfermos. Los fariseos y otros orgullosos de la ciudad estaban irritados con Jesús porque había estado primero con las gentes sencillas de Michmethath y no con ellos. Ellos no lo amaban, y sin embargo querían que hubiese entrado primero en su ciudad y no en la de sus vecinos, a los cuales tenían en menos. De Aser Jesús volvió a Michmethath y con mucha gente se dirigio al pozo, preparando allí a las gentes para el bautismo. Muchos confesaban sus pecados en público; otros pasaban al lado de Jesús y confesando sus culpas pedían perdón y penitencia; mientras tanto, Saturnino y Barsabas bautizaban y otros discípulos ponían las manos sobre ellos como padrinos. Los bautismos se hacian en una gran cisterna. Después del bautismo Jesús volvió a la sinagoga de Aser y enseñó sobre Moisés (I, 18, 23). Se refirió a la destrucción de Sodoma y Gomorra, haciendo una severa advertencia sobre la penitencia: trató también de Eliseo y sus prodigios. Los fariseos no estaban de acuerdo con la predicación de Jesús, quien les echó en cara que despreciaban a los publicanos por su ilícito comercio, siendo que ellos hacían lo mismo y peor, pero ocultamente y queriendo pasar por justos. Después que Jesús habló en la sinagoga de Abraham y de Eliseo, sanó a muchos enfermos, endemoniados y melancólicos. Al mediodía hubo una comida en un albergue. Los fariseos en verdad habían invitado; pero Jesús llamó a todos los pobres del lugar y a las gentes de Michmethath, y después hizo pagar los gastos por sus discípulos. Durante la comida tuvo vivas disputas con los fariseos. Jesús contaba parábolas, como, por ejemplo, del deudor injusto, que quiere ser condonado y no perdona a sus deudores; les echó en cara que ellos oprimían al pueblo cobrando los impuestos, y luego mentían a los romanos diciendo que los pobres no habían podido pagar, mientras se guardaban el dinero; que cobraban mayores impuestos y a los romanos les entregaban sólo la tercera parte. Al principio quisieron justificarse y Jesús les dijo: “Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios». Por último, viéndose descubiertos, se irritaron mucho, y decían: “¿Qué le importa a Él de nuestro modo de proceder?» Al comenzar el día de ayuno en memoria de serle saltados los ojos al rey Sedequías por Nabucodonosor, enseñó Jesús en los lugares de los pastores y junto al pozo de Abraham. Habló del reino de Dios, y cómo ese reino pasaría de los judíos, que no lo recibían, a los paganos, y que éstos tendrían la supremacía. Obed le advirtió que si decía eso a los paganos éstos se pondrían soberbios. Jesús le explicó cómo les enseñaba y que precisamente porque no eran soberbios serían los primeros en el reino. De paso advirtió también a Obed y a los suyos sobre el peligro de creerse justos y de estar contentos de su modo de ser, a lo cual tenían cierta tendencia. Ellos se apartaban de los demás y se sentían satisfechos de su orden en la vida, de su moderación y del fruto de su vida morigerada, y todo esto podía llevar al contentamiento vano de si mismo y desprecio de los demás. Jesús usó la parábola de los trabajadores que reciben su salario diario. A las mujeres que estaban reunidas en un lugar de recreo, aparte, les enseñó contándoles la parábola de las diez vírgenes: de las prudentes y de las tontas. Estaba en medio de ellas, y ellas en torno de Él, en círculo, en escalones, en una especie de terraza: la mayoría estaban sentadas sobre una rodilla, mientras tenían la otra levantada y se apoyaban sobre ella con las manos. En estas ocasiones todas las mujeres tenían velos y mantos con que se cubrían: las ricas, velos finos y transparentes; las pobres, otros más gruesos. Al principio vienen todas con los velos bajos; luego, según la comodidad, se lo levantan un tanto. Se bautizaron aquí unos treinta hombres, la mayor parte obreros que habían estado ausentes 0 habían llegado cuando ya Juan estaba preso.