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Jesús da la vista a dos ciegos y sana a un fariseo
Jesús salió con los cinco discípulos por la parte trasera de la casa para evitar el encuentro con las numerosas personas que esperaban en la puerta de entrada. La primera resurrección de la hija de Jairo había sido a la luz del día; esta segunda a la luz de las antorchas. Ya había comenzado el Sábado. La casa de Jairo estaba al Norte de la ciudad y Jesús se dirigió hacia el Noroeste del vallado. Con todo, algunos, que habían espiado su salida, le traían dos ciegos; parecía que lo siguieran por olfato, porque gritaban detrás de Él: «Jesús, hijo de David, ten piedad de nosotros». Jesús se dirigió a la casa de un hombre que vivía allí y que tenía una salida fuera de la ciudad. Los discípulos se albergaban a veces en esta casa. Este hombre tenía el oficio de vigilante en esta parte de la ciudad. Los ciegos le siguieron a la casa y clamaban: “Ten piedad de nosotros, Hijo de David». Jesús se volvió a ellos y dijo: “¿Creéis que Yo puedo hacer esto?” Ellos contestaron: “Sí; lo creemos». Tomó Jesús un recipiente del bolsillo, con bálsamo o aceite, y derramó un poquito en un platillo oscuro, de poco fondo. Lo tenía en la concavidad de la mano izquierda. Tomó algo de polvo, lo removió un tanto con el pulgar y el índice de la mano derecha, tocó los ojos de los ciegos, y dijo: “Sea según vuestra fe y vuestro deseo”. Se abrieron sus ojos, vieron, se hincaron de rodillas y dieron gracias. Jesús les dijo que no hiciesen ruido por esta causa. Esto lo dijo aquí para que no aumentase el concurso y para no irritar a los fariseos; pero los clamores de los ciegos, antes y ahora, por no poder callar el favor recibido, pues lo contaron a todo el pueblo, atrajo de nuevo a la multitud a esa casa. Algunas personas de Séforis, parientes lejanos de Ana, trajeron a un hombre poseído por un demonio mudo. Le habían atado las manos y lo traían con sogas al cuerpo y tenían que hacer fuerza con él, pues estaba furioso y en estado miserable. Este hombre era un fariseo de la comisión que debía espiar a Jesús; se llamaba Jonás y había estado disputando con Jesús en la escuela que se halla entre Séforis y Nazaret. El demonio se había apoderado de él hacía quince días desde que Jesús había vuelto de Naím. Había en esa ocasión, contra su convicción interior, murmurado y hablado mal de Jesús, para complacer a los fariseos, diciendo también, para adular a sus compañeros, que Jesús debía tener un demonio, y que corre como un furioso por todo el país. Jesús había discutido con él en Séforis sobre el divorcio; estaba caído en graves pecados. Cuando lo trajeron quiso arrojarse contra Jesús. Mas Jesús hizo una señal y mandó al demonio salir de allí. Entonces tembló el hombre y vi salir un espeso vapor de su boca. El hombre cayó de rodillas ante Jesús, reconoció sus pecados y pidió perdón de ellos. Jesús le perdonó sus pecados y le impuso una serie de penitencias, que consistían en ayunos y limosnas a los pobres; debía abstenerse de ciertos alimentos que gustaban mucho a los judíos, como el ajo, por largo tiempo. Se promovió entonces un gran tumulto, pues se consideraba muy difícil echar a los demonios mudos de los posesos. Los fariseos habían tenido mucho trabajo con este fariseo. Si otros no lo hubieran hecho, los fariseos no lo hubiesen traído a Jesús. Estaban muy irritados de que también uno de ellos hubiese implorado la ayuda de Jesús, confesado sus pecados públicamente, siendo ellos mismos parte y cómplices en estos pecados. Pronto se esparció por toda Cafarnaúm la fama de este hecho y todos decían que semejantes cosas eran inauditas en Israel. Los fariseos, más irritados, decían: “Echa los demonios por obra de otro demonio mayor». Jesús salió por detrás de la casa con sus discípulos y se dirigó al Oeste de la ciudad hasta la casa de Pedro, donde pasó el resto de la noche. Delante de los discípulos renovó Jesús las alabanzas sobre Juan el Bautista, diciendo que era puro como un ángel; nada impuro habia entrado en su boca ni salido jamás una mentira ni un pecado. Como le preguntaran si viviría aún largo tiempo, Jesús les dijo que moriría cuando su tiempo fuese llegado, que no estaba ya lejos. Los discípulos se pusieron muy tristes al oír estas palabras.
“Bienaventurados los puros de corazón…»
Cuando Jesús entró en la sinagoga para enseñar, los fariseos maquinaban una malicia. Había un hombre en un rincón con la mano árida que no se había atrevido a presentarse delante de Jesús y ahora temía la presencia de los fariseos. Los fariseos echaron en cara al Señor que se juntase con los publicanos, con Mateo especialmente. Jesús les respondió que había venido para consolar y convertir a los pecadores, y que por otra parte no necesitaba a ningún fariseo por apóstol. Dijeron entonces, por burlarse: “¿Maestro, aquí hay uno; querrás quizás sanarlo también?». Jesús se volvió al hombre de la mano árida, le mandó que se acercase, y poniéndolo en medio, le dijo: “Tus pecados te son perdonados». Los fariseos despreciaban al hombre, que no tenía buena fama, y decían: “Su mano árida no le impide pecar». Tomó entonces Jesús esos dedos, los enderezó, y le dijo: “Usa de tu mano». Extendió el hombre su mano, que quedó sana; dio gracias y se retiró de allí contento. Jesús disculpó al hombre ante sus detractores, manifestó compasión por él y dijo que era un hombre de buen corazón. Los fariseos estaban llenos de envidia y veneno, y lo llamaban un profanador del Sábado, que querían acusar delante del sanedrín y se alejaron. Había herodianos allí y con ellos deliberaron de cómo en las próximas fiestas de Jerusalén lo habrían de detener y traer a juicio. Cuando Jesús más tarde, en la casa de Pedro, habló a la gente, se encontraba entre las mujeres Lea, la cuñada de aquella Enué sanada del flujo de sangre. Su marido era un fariseo, muy enemigo de Jesús, aunque ella estaba muy conmovida ya por lo que había visto en Jesús. La he visto al principio, triste y preocupada, cambiando su sitio entre la multitud como si buscase a alguno; pero era sólo su deseo incontenible de manifestar su adhesión a Jesús en alguna forma. Se acercó entonces la Madre de Jesús acompañada de Marta, Susana de Jerusalén, Dina la Samaritana y Susana de Alfeo, hija de María Cleofás y hermana del apóstol. Tendría treinta años y tenía ya hijos grandes y su marido vivía en Nazaret, de donde la habían traído las mujeres. Susana Cleofás quería también entrar en la comunidad de las ayudadoras de Jesús. María y estas mujeres entraron en el aula donde enseñaba Jesús. En ese momento había reprochado a los fariseos su obstinación y sus impurezas, y como hablaba de las ocho bienaventuranzas, dijo en ese momento: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios». No pudo entonces Lea contenerse y viendo entrar en ese momento a María, Madre de Jesús, exclamó en un arrebato de éxtasis delante del pueblo: “Bienaventurado (así lo entendí) el seno que te ha llevado y los pechos que has tomado”. Jesús se volvió dulcemente hacia ella y dijo: “Sí; bienaventurados, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la conservan». Y continuó su enseñanza. Lea se acercó a María, la saludó y le habló de la curación de Enué y como estaban determinadas a entregar todo lo suyo a la comunidad de Jesús. Pedía a María rogase a Jesús que convirtiese a su marido, obstinado fariseo de Paneas. María habló muy queda con Lea, sin haber oído o advertido su exclamación, y se retiró tranquilamente con las otras mujeres. María era de una sencillez encantadora. Jesús nunca la distinguía mucho delante de otras personas; sólo la trataba siempre con serena cortesía. Ella, por su parte, no solía mezclarse más que con enfermos, pobres y necesitados e ignorantes; aparecía siempre callada, humilde y extremadamente sencilla. Todos, aun los enemigos de Jesús, la respetan, a pesar de estar ella sola y callada. Después he visto a Jesús en el lugar de la pescadería de Pedro enseñando delante de una gran multitud, con parábolas, sobre el reino de Dios. Por momentos subía a su nave y enseñaba desde ella al pueblo. Como se levantara un escriba de Nazaret y dijera que quería seguirle donde fuese, Jesús repitió: “Las zorras tienen su guarida, etc…” Este hombre era el futuro marido de Salomé Jairo, los cuales, después de la muerte de Jesús, entraron ambos en la comunidad cristiana. Además de estos dos escribas habían venido otros dos, que siguieron a Jesús algún tiempo. Uno de ellos preguntó a Jesús si no pensaba ya tomar posesión de su reino; que había probado ya bastante su misión, y era tiempo de sentarse en el trono de David, su padre. Como Jesús le reprochase esta idea y le dijese que le siguiese, contestó el escriba que quería primero despedirse de los de su casa. En esta ocasión dijo Jesús: “Quien pone la mano en el arado, etc…» El tercero de ellos, que había venido a Jesús, ya en Séforis, dijo que quería primero enterrar a su padre. Jesús dijo en esta ocasión: “Deja a los muertos enterrar a sus muertos». El escriba entendía decir, no que su padre había muerto, sino que era un modo de expresar: repartirse la herencia y designar la parte para mantener al padre. La noche la pasó Jesús con parte de sus discípulos en oración bajo un techado, cerca de Corazín. Por la mañana vinieron también los otros discípulos al Sermón del Monte. Jesús explicó la cuarta de las bienaventuranzas y las palabras de Isaías: “Mira, mi siervo que he elegido, mi amado en quien he encontrado mis complacencias. Mi espíritu quiero ponerlo sobre Él y anunciará el juicio a los pueblos». Había muchísima gente oyendo, entre ella cierto número de soldados y militares romanos de diversas guarniciones. Habían sido enviados para oír la enseñanza de Jesús, ver su proceder e informar a la autoridad. Habían escrito de las Galias y de otras provincias del Imperio romano preguntando sobre el profeta de Judea, ya que también ésta formaba parte del imperio. Los capitanes de Roma eran preguntados y enviaron a estos militares para oír y ver: eran como un centenar los que oían el sermón. Se habían colocado en sitio donde pudiesen ver y oír perfectamente. Después del sermón se dirigió Jesús con los suyos al valle, al Sur de la montaña, donde había una fuente y donde las santas mujeres habían preparado pan y pescado. La muchedumbre estaba sentada en las laderas. Muchos estaban sin alimento, y enviaron a pedir a los apóstoles; los panes y los peces estaban colocados en canastos sobre una terraza. Jesús bendijo estos canastos y repartió con los discípulos a los necesitados. No eran suficientes las provisiones, pero todos recibieron lo que necesitaban, y las gentes decían: “Se multiplican las provisiones en sus manos». Los soldados romanos pidieron de esos panes para enviarlos a Roma, como señales de lo que habían visto y oído. Jesús mandó darles de los sobrantes, y había quedado mucho, de modo que todos recibieron y los guardaron para recuerdo.
Jesús en Gergesa
Mientras Jesús se ocupaba de enseñar y de sanar a los enfermos, en los tiempos libres preparaba a sus discípulos para su misión siempre que podía estar sólo con ellos. Ahora puso a sus doce en fila, junto al lago, en el orden como están en el Evangelio, y les dió la potestad de sanar y de echar los demonios; y a los demás discípulos, la potestad de bautizar y de imponer las manos. Les hizo una conmovedora alocución diciéndoles que estaría siempre con ellos y que todo lo partiría con ellos. La potestad de echar los demonios y de sanar la dio con una bendición. Todos lloraban de emoción. También Jesús estaba conmovido. Les dijo que había aún mucho que hacer y que luego irían a Jerusalén, pues el tiempo del cumplimiento estaba cercano. Como todos estaban entusiasmados, protestaron que harían lo que Jesús pedía de ellos y que seríanle fieles; pero Jesús les dijo que aún sucederían cosas tristes y graves, y que también entre ellos se manifestaría lo malo. Pensaba en Judas Iscariote. Con estas conversaciones llegaron junto a las barcas, y Jesús y los doce, con otros cinco discípulos, entre ellos Saturnino, navegaron hacia el Este del lago, pasando por Hippos, y desembarcaron cerca de la localidad de Magdala, junto al lago, al Norte del oscuro barranco donde se echa el agua de un pantano que está más arriba, en Gergesa. El lugar está de tal manera situado que sólo le da el sol al mediodia y al ponerse; hay mucha humedad y niebla, especialmente en los cercanos barrancos. No bajaron enseguida al lugar. La barca de Pedro estaba en un arenal, al cual se llegaba por un puente. Cuando bajaron, salieron varios endemoniados gritando qué quería Jesús con ellos, que los dejase en paz. A pesar de eso vinieron hasta donde estaba Jesús, que los libró de su posesión. Los librados dieron gracias y volvieron a sus lugares, y así acudieron otros muchos trayendo endemoniados para ser librados. De los apóstoles fueron Pedro, Andrés, Juan, Santiago y sus sobrinos a esa localidad y sanaron a varios enfermos y libraron a varios poseídos del demonio; entre ellos había mujeres con convulsiones. Echaban los demonios y curaban a los enfermos en nombre de Jesús de Nazaret. He oído a algunos añadir: “A quien obedecen las tormentas del mar». Algunos de estos sanados o librados vinieron adonde estaba Jesús para escuchar su doctrina. Les dijo a ellos y a los discípulos por qué había aquí tantos poseídos del demonio. Los hombres estaban muy entregados a sus pasiones y a sus intereses temporales. Entre estos posesos había algunos de Gergesa, que está a una hora de camino, sobre una altura, hacia el Este. Se ocultaban en cavernas y sepulcros y andaban por los contornos. Jesús sanó hasta entrada la noche y pasó la noche en la barca con los suyos. De la región de Gergesa, es decir, de un círculo de cuatro horas, no había venido ninguno a su sermón del monte. Al día siguiente subía Jesús la pendiente cuando le salieron al encuentro dos endemoniados, dos jóvenes judíos de Gergesa, que aunque no estaban siempre furiosos, lo estaban a veces. Andaban de un lado a otro, sin reposo, Cuando Jesús había pasado por aquí viniendo de Tarichea a través del Jordán, estos jóvenes no estaban aún poseídos; habían venido a ofrecerse a Jesús como discípulos, y Jesús los había rechazado. Ahora, que se veían libres, pedían de nuevo estar con Él, y como dijeran que si los hubiera recibido no habrían caído en esa desgracia, Jesús los exhortó al bien y a la conversión y que fuesen a sus casas a contar lo que les había acontecido. Con esto se fueron de allí. Mientras enseñaba en las chozas y caminos le salían al encuentro otros endemoniados y trastornados, detrás de los setos y de arriba de los montes, y gritaban por qué venía aquí, y que los dejasen en paz. Jesús los llamaba a su presencia, los libraba y algunos clamaban que no los mandase a lo profundo. Algunos de los apóstoles entretanto curaban imponiendo las manos y decían a las gentes que fuesen a una altura al Sur de Magdala, donde Jesús iba a enseñar. Se reunió una gran cantidad de gente. Jesús les habló de la penitencia, del reino de Dios, y les reprochó su codicia por las riquezas de este mundo, y les recordó el precio del alma. Que reconocieran que Dios cuida más de las almas que de los bienes materiales de los hombres. Esto lo decía por lo que iba a suceder con los cerdos de Gergesa, que se echarían al agua. La gente lo había invitado a pasar a Gergesa. Él les dijo que vendría demasiado temprano para ellos y no lo recibirían bien. Le avisaron que no pasara por los barrancos, porque dos furiosos, que rompían las cadenas, se ocultaban allí, y habían ya matado a un hombre. Jesús les dijo que precisamente por ellos iba a pasar por allí cuando fuera tiempo; pues para los infelices había venido Él. En esta ocasión dijo que si en Sodoma y Gomorra se hubiesen visto las cosas que se vieron en Galilea, ellos se habrían convertido. Como Él quisiera alejarse de allí, le rogaron se quedase, que tenían gusto en oír su amable enseñanza, que les parecía como si el sol resplandeciese en su región de tinieblas; que se quedase, pues ya anochecía. Jesús les respondió en semejanzas: que Él no temía estas noches; que ellos temiesen quedar en las tinieblas en un tiempo en que les viene la luz de la palabra de Dios. Con esto se embarcó con los suyos; y navegaron como si fueran a Tiberíades, luego torcieron de nuevo al Este y se detuvieron a una hora al Sur del barranco, y descansaron en las barcas. Magdala es un lugar sin importancia, más pequeño que Betsaida, y hay un solo desembarcadero; vive por el comercio de la ciudad de Hippos, que tiene mucho movimiento. Viene un camino de Gergesa a Hippos y hay mucho tráfico. Los confines de Magdala son iguales que los confines de Dalmanuta, unas horas al Sur de estos barrancos. Cuando Jesús, a la mañana siguiente, bajó a tierra, vinieron varios endemoniados a Él, a los cuales libró con la imposición de sus manos. La gente de esta región está entregada a prácticas de magia, y bebe, para trastornarse, del jugo de una hierba que nace y crece aquí en los barrancos y en las montañas, y así se procuran convulsiones y visiones fantásticas. Poseen otro antídoto que desde hace algún tiempo ya no obra su efecto; por lo cual han caído en mayores miserias. La región de los gergesanos es una extensión de cuatro a cinco horas y de una media hora de ancho, que puede pertenecer a Gergesa. Los habitantes, por su modo de ser y de vivir, valen en verdad bien poco. Comienza por el barranco entre Dalmanuta y Magdala al Sur y comprende las ciudades de Gergesa y Gerasa, unos diez poblados que están desparramados en esta faja angosta de tierra. Detrás de Gerasa confina con la región de Corazín y la tierra de Zin, donde hay mucho terreno estéril. Por el Este los confines de los gergesanos tienen la fortaleza de Gamala; al Sur el barranco; al Oeste el valle de la orilla donde están Dalmanuta, Magdala y la ciudad de Hippos, que no pertenecen ya a ese distrito. Al Norte termina con Corazín. No se debe confundir este distrito de diez regiones con el distrito de la Decápolis, que se extiende mucho más, y está bastante lejos de allí. En los combates de Gedeón contra los madianitas se mantuvieron los de este distrito de las diez regiones de parte de los paganos e infieles y desde entonces prevalecieron éstos contra los judíos, que pasaron a ser minoría. Mantenían en todas estas regiones, para escándalo de los judíos, una numerosa piara de cerdos que en grandes cantidades iban a revolcarse entre los pantanos en la parte Norte de las alturas de los barrancos; se veían allí centenares de guardianes, hombres y jóvenes, que guardaban por millares estos puercos. El pantano que está como a tres cuartos de hora al Sur de Gergesa, al pie del monte de Gamala, tiene una salida por el Sur en los barrancos, que corre debajo de un puente hecho de tablones y maderas, que forman arriba un especie de estanque, y cuyas aguas fluyen luego hasta el lago de Galilea. Crecen muchas gruesas encinas junto al pantano y en los barrancos. Por lo demás, la región es en general poco fértil. En algunos lugares más soleados hay viñedos. Tienen algún cultivo de caña de azúcar, que exportan. No era solamente la idolatría, sino especialmente la magia y la hechicería lo que los había entregado en poder de los demonios. Esta región de Gergesa está llena de hechiceros que ejercen sus artes mágicas con perros, gatos, sapos, serpientes y otros animales. Hacían aparecer a estos animales y parecía que también a veces iban ellos apareciendo en forma de tales animales, para dañar a los animales de los vecinos o a los mismos hombres. Eran como lobos. Se vengaban también a distancia de sus contrarios o vengaban cosas de otros tiempos y promovían tormentas y tempestades en el mar. Las mujeres se ocupaban también de cocer bebidas mágicas y de hechicerías. Satanás se había adueñado completamente de esta región, y hay allí muchos endemoniados, furiosos y atacados de convulsiones.
Jesús echa los demonios en los cerdos
Eran como las diez de la mañana cuando Jesús llegaba a esta región en una canoa en compañía de algunos discípulos. Navegaban entre los barrancos porque el camino era más corto que yendo a pie. Jesús bajó de la canoa y fue al Norte del parapeto, y los discípulos se iban juntando poco a poco con Él. Allá arriba iban merodeando dos endemoniados furiosos, mientras Jesús llegaba; a veces estaban en las cavernas, otras salían afuera, y se herían y se maltrataban con los huesos de los muertos allí enterrados. Gritaban desesperada y horriblemente; estaban como forzados, pues no huían sino que clamaban mientras se acercaban a Jesús, detrás de los setos y de las rocas, a cierta distancia: “Venid, vosotros, fuerzas, potestades... Ayudad... Viene uno que es más poderoso que nosotros». Jesús levantó su mano contra ellos y les mandó caer al suelo. De pronto cayeron con el rostro en tierra; levantaban la cabeza sólo, y decían, gritando: «Jesús, Tú, Hijo del Altísimo ¿qué tenemos nosotros que hacer contigo? ¿Por qué has venido a atormentamos antes del tiempo? Te conjuramos, por Dios, que no nos atormentes». En esto se había acercado Jesús con los discípulos. Los endemoniados temblaban y se estremecían en todo el cuerpo de una manera espantosa. Jesús mandó a sus discípulos que les dieran alguna ropa para cubrirse y a ellos les mandó que se cubrieran. Entonces varios apóstoles les echaron algunas telas que solían llevar al cuello, con las cuales acostumbraban taparse la cabeza. Los endemoniados se cubrieron con eso, entre temblores y convulsiones, como contra su voluntad; se levantaron clamando que Jesús no los atormentara. Jesús preguntó: “¿Cuántos sois’.’” Dijeron: «Legión». Los malos espíritus hablaban en plural y decían que los malos deseos de estos hombres habían sido muchos. Con esto dijeron los demonios verdad, pues diez y siete años habían vivido estos hombres entregados a los demonios y a las hechicerías, y habían sido poseídos de vez en cuando ya antes; desde hacía dos años estaban como furiosos, vagando por los contornos. Estaban envueltos en toda clase de pecados y hechicerías. En las cercanías había un viñedo, en un lugar más soleado, y en él había una gran tina de material; era alta casi como la altura de un hombre y tan ancha que podían caber de pie unos veinte hombres. Los gergesanos tenian por costumbre pisar allí las uvas mezcladas con esos jugos de hierbas que adormecían, atontaban y enloquecían a los bebedores. El licor corría de allí a grandes tinajas que mantenían enterradas con una boca muy estrecha. Era esta la bebida que solían usar estos hombres para ponerse en estado convulsionario y como fuera de sus sentidos. La planta que embriaga era larga como de un codo, con muchas hojas gruesas y verdes, y tenía arriba un botón. Usaban del jugo de esa planta para ponerse en comunicación con el demonio. Preparaban esta bebida al aire libre por su poder narcótico; sólo extendían unas lonas sobre la gran tina, donde lo hacían. Los trabajadores eran obligados a esta faena. Jesús mandó entonces a los endemoniados, o mejor, a la legión que había en ellos, que echaran por tierra la gran tina. Ellos tomaron la gran tina llena de líquido y la arrimaron al borde del barranco, de modo que se derramaha todo el contenido. Los trabajadores huyeron espantados, gritando y clamando. Después volvieron los endemoniados, temblando. Los mismos apóstoles estaban espantados de lo que veían. Los demonios gritaban, desde los hombres, pidiendo que no los arrojase al infierno; que no los echase de esa región, y por fin dijeron: “Déjanos entrar en asos cerdos”. Jesús les mandó: “Entrad en ellos”. A estas palabras cayeron los dos infelices a tierra, entre horribles convulsiones, y salió de ellos una gran nube oscura, donde se veían toda clase de formas de insectos, de gusanos, de sapos, de grillos y de alacranes. Después de pocos minutos se levantó un gruñir y enfurecerse entre los cerdos y un espanto y un griterío entre los porqueros, que no podían contener a sus puercos. Los cerdos, unos millares, salían de todos los rincones y se precipitaban furiosamente barranca abajo, por entre matorrales y piedras: era como un tronar mezclado de gruñidos y de los gritos de los guardianes. Ésta no fué escena de unos momentos: duró un par de horas, porque los cerdos primero corrían de un lado a otro, se mordían y asaltaban, y eran arrojados de un barranco a otro. Muchos se echaron en el mismo estanque de arriba, pero la mayor parte corría precipitándose en el mar. Esto no les gustó a los apóstoles, pues pensaron que quedaban las aguas del mar impuras y aún los peces para su pesca. Jesús, que conoció sus pensamientos, les dijo que no temieran: los cerdos se anegarían todos en los remansos que formaba el agua en la misma entrada del mar. En efecto, habia allí una extensa laguna, llena de juncos y de plantas acuáticas, separada del mar por bancos de arena, que sólo en altas mareas se desbordaba y de ordinario estaba separada del mar. Se formaba alli un remanso y un remolino, al cual iban las aguas del mar, pero no tenía salida al mismo. Allí iban cayendo, en ese remolino, los cerdos, uno tras otro. Los cuidadores habían en un principio corrido tras sus puercos; pero luego, viendo inútil su trabajo, volvieron adonde estaba Jesús, y vieron a los dos hombres libres, y comenzaron a dar voces, lamentando sus cerdos perdidos. Jesús les dijo que valían más las almas de esos hombres que todos los puercos del mundo; les dijo que fueran a decirlo a los dueños de los cerdos; que los demonios, que la maldad y corrupción de los hombres había traído a esta región, habían sido echados por virtud de Jesús de los hombres, y enviados a los cerdos. A los hombres, librados de los demonios, los mandó a sus casas a buscarse vestidos más decentes, y con sus discípulos se dirigió a la ciudad de Gergesa. Algunos de los porqueros ya habían corrido a la ciudad, y de todas partes salían gentes que venían hacia Jesús. También los sanados de Magdala, los dos jóvenes judíos, con muchos judíos de la ciudad, lo esperaban. Los dos hombres libres volvieron pronto de sus casas, bien vestidos, y escucharon la enseñanza de Jesús. Eran hombres principales de la ciudad, paganos emparentados con sacerdotes de los ídolos. Los hombres que estaban ocupados con la gran tina y que vieron que los dos hombres la volcaban, corrieron a la ciudad publicando el gran daño sufrido, y por esto se levantó un gran tumulto y un desorden descomunal. Muchos hombres corrieron hacia los cerdos para ver si podían salvar algo, y otros corrieron hacia la gran tinaja para ver el daño. Toda esta alarma duró hasta la noche. Jesús enseñó por espacio de media hora en una colina, fuera de Gergesa. Los principales de la ciudad y los sacerdotes de los dioses retuvieron al pueblo, diciéndoles que Jesús era un poderoso mago y hechicero que les podía hacer grandes daños. Tuvieron consejo entre ellos y determìnaron que fuera una delegación a Jesús, la cual se acercó al Señor y le pidió que no se detuviera allí y no les causase mayores daños; que lo reconocían como un grande y poderoso mago; pero le rogaban que no se quedase entre ellos. Se lamentaban del daño de los puercos y del líquido derramado, y quedaron espantados al ver a los dos endemoniados, vestidos y quietos, escuchando la enseñanza de Jesús. Jesús les declaró que estuviesen sin cuidado, que no los rnolestaría más tiempo; que había venido para estos dos pobres infelices, y que sabía bien Él que les interesaban más los cerdos y su infernal brebaje que la salud de sus almas; pero que no era lo mismo para su Padre que está en los cielos, que le había enviado para salvar a esos dos hombres y para perder esos inmundos animales. Les reprochó su pésima vida, su mal obrar, sus hechicerías y brujerías, sus usuras y su demonología; los exhortó a la penitencia y al bautismo, ofreciéndoles la salud. Ellos continuaban teniendo en sus cabezas los cerdos y el brebaje, y volvieron a insistir, aunque temerosos, de que no se quedase en medio de ellos; y regresaron a la ciudad.
Jesús en la sinagoga de Gergesa
Judas Iscariote era muy conocido en la ciudad porque había tenido que negociar y tratar con ellos, y ahora se mostraba muy activo. Su madre había vivido con él aquí, cuando era muy niño aún, después que salió de la familia que lo educaba ocultamente. Los dos endemoniados eran conocidos suyos desde la infancia. Los judíos del lugar estaban muy contentos, aunque ocultamente, con la pérdida de los cerdos, pues eran oprimidos por estos paganos y escandalizados por estos cerdos; pero había también muchos judíos que se habían ya mezclado con las hechícerías de los paganos y participaban de sus culpas. Fueron aquí bautizados los que fueron sanados y librados ayer y hoy, y también los dos últimos. Todos quedaron muy cambiados y convertidos. Los dos ex endemoniados y los dos jóvenes judíos de antes rogaron al Señor los quisiera recibir como discípulos. Jesús dijo a los dos endemoniados cuál sería su misión: que fueran por las diez regiones de Gerasa y se mostraran y narrasen lo que les había sucedido, lo que habían oído y visto, y así moverían a las gentes a la penitencia de sus pecados, a hacerse bautizar y enviarlos adonde Él estaba. Les dijo que no se asustasen, aunque les arrojasen piedras. Añadió que si cumplían bien con esta misión recibirían a su tiempo el poder de predecir lo futuro; de este modo podían saber siempre donde se encontraba Él para enviarle la gente que deseaba escuchar sus doctrinas. Les daría también potestad de imponer las manos sobre los enfermos para curarlos en su nombre. Cuando les dijo esto, los bendijo. Estos dos hombres comenzaron al día siguiente su misión y más tarde se agregaron a los discípulos del Señor. Los apóstoles bautizaban aquí con agua que habían traído en un recipiente. Las gentes se hincaban en círculo en torno de ellos. Ellos bautizaban con agua del recipiente que uno sostenía, y el que bautizaba derramaba tres veces agua sobre su cabeza. Pasaban de tres en tres a la vez. Cuando por la tarde Jesús fué a la ciudad y habló al jefe de la sinagoga, vinieron de nuevo los principales de la ciudad y pidieron al jefe que alejara a Jesús de la ciudad, y si no le harían pagar todos los daños recibidos si les venían mayores perjuicios. Con esto Jesús dejó la ciudad y pernoctó fuera, en la casa de un pastor. Jesús declaró aquí a los discípulos por qué había mandado volcar la tina y perder los cerdos: era para mostrarles a esos soberbios paganos que Él era el profeta de los judíos, que ellos despreciaban y oprimían mucho, y para prevenir a los judíos de aquí, que habían tenido parte en el daño de los cerdos, sobre el peligro de participar con los paganos en sus pecados y el daño de sus almas, y finalmente para despertar a este pueblo dormido en sus vicios y moverlos a penitencia y a conversión. La tina la había hecho volcar porque era ese brebaje la causa principal del embrutecimiento demoníaco del pueblo. Al día siguiente hubo de nuevo un gran concurso de pueblo junto a Jesús, pues sus milagros se habían difundido en todos los alrededores. Muchos judíos, que se habían convertido, están por dejar esta región de Gergesa. Los apóstoles que se habían desparramado, sanando enfermos por los alrededores, volvían ahora con los curados trayéndolos a Jesús. Había entre ellos mujeres que traían alimentos en sus canastos, los cuales entregaron a los apóstoles. En uno de estos grandes concursos de gentes se acercó una mujer de Magdala que tenía flujo de sangre. De ordinario no podía caminar; pero ahora, fortalecida con su gran fe, hizo un esfuerzo, logró acercarse a Jesús, besó sus vestiduras y se sintió sana de repente. Jesús continuó enseñando; de pronto se detuvo, y dijo: “He sanado a alguien. ¿Quién es esa persona?» Se acercó entonces la mujer y dió las gracias. Había oído lo acontecido a Enué, y quiso hacer lo mismo. Por la noche navegó Jesús, con sus discípulos y los dos jóvenes librados de los demonios de Gergesa, por los contornos de Magdala y desembarcó al Norte de Hippos, la cual no está junto al mar, sino más adentro en una altura; y entró en la choza de un pastor con los suyos. Aquí habló a los apóstoles diciendo que pronto sería el cumpleaños de Herodes y que pensaba ir a Jerusalén. Ellos le aconsejaban que no lo hiciera, pues estando la fiesta de Pascua cerca irían entonces. Jesús les habló de modo que parecía decirles que para la fiesta no aparecería públicamente en Jerusalén. Los dos gergesanos rogaron de nuevo al Señor que los admitiese como discípulos, y El les dijo que tenían ya su misión y les señaló la región desde Kedar hasta Paneas por donde debían andar hablando de las cosas vistas y oídas. Les dio la bendición y les renovó la promesa diciendo que si cumplían bien su misión recibirían el espíritu profético y podrían saber siempre donde se encontraba Él, anunciar castigos a los obstinados y sanar a los enfermos en su nombre. Esto debía ser como en los otros dos por cierto tiempo después. Así debían los dos anteriores anunciar a Jesús en la región de los gergesanos, y estos dos en la región de la Decápolis donde eran todos paganos. Aquí despidió a los discípulos diciéndoles que navegasen hacia Betsaida, y Él quedó solo, a pesar de los ruegos de ellos, y se retiró, caminando por la orilla, a un desierto, para entregarse a la oración. Lo he visto de noche andando por las rocas escarpadas, que parecían, por sus sombras, como figuras humanas. Era ya completamente de noche cuando vi a Jesús caminando sobre las aguas del mar. Era, al parecer, frente a Tiberíades más al Este que en el medio del mar, donde Él, a bastante distancia de las barcas de los discípulos, parecia quererlos preceder. Había un viento contrario muy fuerte y los apóstoles estaban remando con fatiga. Ellos vieron su forma caminando y se asustaron grandemente. No sabían que fuera Él o su sombra sólo, y clamaron altamente por el temor. Jesús les dijo: “No temáis; Yo soy». Entonces Pedro exclamó: «Señor, si eres Tú, mándame acercarme a Ti sobre las aguas”. Jesús dijo: «Ven». Pedro, en su entusiasmo, bajó por la escalerita y caminó un trecho sobre la superficie de las aguas. Me parecía como que se cernía sobre ellas, pues las olas embravecidas no le impedían andar. Pero cuando comenzó a reflexionar, y a maravillarse, y a pensar más en las olas, en el viento y en el agua movediza, que en la palabra de Jesús, sintió miedo, comenzó a hundirse, y gritó: “¡Señor, sálvame!” Se hundió hasta el pecho y extendió la mano. Ya Jesús estaba junto a él, le tomó su mano y dijo: “Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?» Como estaban junto a la barca Jesús subió a ella, y reprochó su miedo a Pedro y a los demás apóstoles; el viento se sosegó, y navegaron hacia Betsaida. Cuando subieron a la barca sacaron una escalera que estaba metida dentro.