Tomo VII — Desde la conversión definitiva de la Magdalena hasta la degollación de San Juan Bautista

Sección 8: capítulos XXXVI – LI

Jesús en Kisloth y Nazaret — Buscan y encuentran la cabeza de Juan Bautista

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En esta sección:

Capítulo XXXVI

Jesús en Kisloth y Nazaret

Jesús, camino andando, habló a los discípulos sobre las cosas que les esperaban, y cómo debían portarse cuando fuesen a la Judea, donde no serían recibidos tan bien como aquí. Les dio normas de conducta y del modo de imponer las manos y de echar los demonios, y volvió a darles su bendición, como nueva fortaleza para su futura misión. Habían venido tres jóvenes desde el Egipto, que Jesús recibió como discípulos, aunque les anunció las dificultades que les esperaban. Uno se llamaba Cyrino. Habían sido compañeros de juego de Jesús en Egipto, y ahora tenían alrededor de treinta años. Sus padres habían mantenido como cosas santas el pozo y la habitación de la Sagrada Familia. Estos jóvenes habian visitado Belén, Nazaret, Betania, y a María, en Dothaim, y traían los saludos de sus padres. Llegaron a Kisloth algunos fariseos de Nazaret para invitarlo a ir a su patria. Aquellos fariseos que habían querido precipitarlo desde el barranco no estaban más allí. Dijeron a Jesús que ciertamente no dejaría de ir a su ciudad para hacer allí las señales y milagros que obraba en otros lados; que todos estaban deseosos de oir su enseñanza y podía después sanar a sus enfermos; le rogaban, sin embargo, que no sanase en el Sábado. Jesús les dijo que iría y celebraría el Sábado, pero que ellos se escandalizarían de Él, y que en cuanto a lo de sanar enfermos quería hacer su voluntad, aunque era con daño de ellos mismos. Ellos se volvieron a Nazaret y Jesús se encaminó hacia allá, enseñando de paso a sus discípulos. Llegó al mediodía. Le salieron al encuentro muchos curiosos y algunos bien intencionados; le lavaron los pies y le ofrecieron alimento. Jesús tenía consigo los discípulos de Nazaret, Parmenas y Jonadab. Se albergó con sus acompañantes en la casa de Jonadab. Estos dos habían sido compañeros de infancia de Jesús y le habían acompañado en su primera salida, cuando fue a Hebrón después de la muerte de José. Jesús los usaba mucho para mensajes y para anuncios. Jesús visitó a algunos enfermos, que le habían pedido, y que Él sabía necesitaban de Él y eran creyentes. Delante de otros, que le habían traído para probar o que venían con pretensiones, pasó de largo. Como le trajeran a un joven esenio baldado desde su infancia, que le pedía ayuda, lo sanó en la calle, como también a varios ciegos. Después entró en algunas casas y sanó a varios enfermos, ancianos, hombres y mujeres. Había entre ellos mujeres hidrópicas y una al extremo que estaba del todo hinchada. En total curó a unas quince personas. Después se dirigió a la sinagoga donde estaban reunidos los enfermos; pero pasó de largo, y así celebró el Sábado sin molestia, como querían los fariseos. La lección del Sábado trató de cómo Moisés habló en Egipto con Dios y de Ezequiel (28-29). Por la mañana enseñó de nuevo en la sinagoga, pero no sanó a nadie. Al mediodía lo ví con sus discípulos y algunas buenas personas de Nazaret, caminar hacia Séforis, a una pequeña población, como es costumbre hacerlo en día de Sábado. El camino de Nazaret a Séforis es llano hacia el Norte; sólo al llegar a Séforis sube. En el camino he visto a Jesús enseñando en algunas casas. Ciertas personas que vivían desunidas y peleadas se hincaron delante de Él, y Jesús los puso en paz, hombre y mujer, y con los vecinos. No sanó a nadie. En este camino se le acercaron de nuevo aquellos dos jóvenes que otras veces habian querido ser recibidos como discípulos. Jesús les preguntó si estaban dispuestos a dejar casa y padres, dar sus bienes a los pobres, ser obedientes ciegamente y sufrir persecuciones. Ellos alzaron los hombros y se alejaron.

Capítulo XXXVII

Jesús no sana a los enfermos de Nazaret por culpa de los fariseos

Jesús visitó en Nazaret la casa que habían habitado María y José. Ahora está ordenada, pero deshabitada. Visitó también a la hermana mayor de María Santísima, madre de María Cleofás, que cuida esa casa, pero no habita allí. Después fue con sus discípulos a la sinagoga y habló muy seria y severamente, y llamó a Dios su Padre celestial. Anunció castigos sobre Jerusalén y sobre todos los que no siguen su doctrina. Hablando a sus discípulos les anunció la persecución que les esperaba, animándolos a perseverar y a serle fieles. Como supieran los fariseos que Jesús no quería permanecer más tiempo aquí y que no iba a sanar los enfermos, empezaron a manifestar su malhumor y su rabia, diciendo aquí y allá: “¿Quién es Él? ¿Qué pretende ser Él? ¿De dónde le viene su sabiduría?… Él ha nacido aquí… Su padre era un carpintero. Sus hermanos y parientes son de aquí…» Pensaban en esto en María Helí, primera hija de Ana, y en sus hijos Santiago, Eliachim, Sadoch, discípulos de Juan, María Cleofas y sus hijos e hijas. Jesús no les respondió; continuó enseñando y hablando a sus discípulos. Un fariseo extranjero, de Séforis, fue en extremo osado y preguntó: “¿Quién eres Tú?… ¿Has olvidado que Tú mismo, unos años antes de la muerte de tu padre José, estuviste en mi casa con tu padre haciendo tabiques de madera…” Como Jesús no respondiese nada a esto, clamaron: “Contesta ¿Es propio de hombres educados no responder?” Jesús sólo dijo a aquel hombre audaz, más o menos lo siguiente: “Yo he trabajado entonces la madera en tu casa, y mientras lo hacía, te miraba y te compadecía, porque sabía que no te podría un día librar de la dureza de tu corazón, como ahora se verifica. Tú no tendrás parte en mi reino, aunque te hubiese entonces ayudado a fabricar tu morada en este mundo». Jesús añadió: “En ninguna parte un profeta es despreciado más que en su patria, en su casa y entre sus parientes». Pero lo que mayormente los irritó fueron las palabras que dijo a sus discípulos: “Yo os envío como corderos entre lobos. A los de Sodoma y Gomorra les irá mejor en el juicio que a aquellos que no os reciban. No he venido para poner paz sino espada». Después del Sábado había aún muchos enfermos para sanar, pero Jesús no curó a ninguno, con gran despecho de los fariseos. Algunos de los oyentes prosiguieron en las insolencias de los fariseos y clamaban a veces, en la sinagoga, mientras hablaba Jesús, preguntándole si no se acordaba de esto o aquello, recordando dónde y cuándo lo habían visto antes. Los fariseos dijeron que ahora tenía menos acompañamiento que la vez pasada y si no pensaba ir a albergarse con los esenios. Éstos no solían ir públicamente a la enseñanza de Jesús, ni Él solía hablar mucho de ellos. Los mejores de estos esenios se juntaron más tarde con los apóstoles y discípulos. No contradecían lo que Jesús decía, y lo tenían por el Hijo de Dios. Jesús fue, en efecto, con los esenios donde estuvo la última vez, comió con ellos y enseñó hasta la noche. Hacia las diez vinieron Pedro, Mateo y Santiago el Mayor, desde la Galilea Superior, pues habían estado en los alrededores del lago Merom. Andrés, Tomás y Saturnino y otro más que habían llegado antes fueron allá en lugar de los recién venidos. La misma noche salió Jesús de Nazaret y anduvo unas dos horas hacia el Tabor, al lugar donde había sanado de lepra a aquel hombre después de resucitar al hijo de la viuda de Naím, de regreso de Cafarnaúm. Para el día siguiente se había anunciado una predicación sobre la montaña, al Sudoeste del Tabor, a media hora del monte. Jesús se albergó de nuevo en casa del maestro, que había reunido a varios enfermos. Sanó allí a un mudo. Aquel niño que había enviado tan bien su mensaje a Jesús, de parte de su patrón leproso, estaba ahora con el maestro. Jesús habló con él: se llama Samuel; más tarde fué discípulo del Señor.

Capítulo XXXVIII

Jesús en una colina junto al Tabor

El patrón del lugar que había sanado de la lepra se presentó a Jesús para agradecerle. Había hecho erigir varias tiendas para leprosos que esperaban ser sanados por Jesús y abierto sendas en sus posesiones para las personas que querían abreviar camino y dirigirse a la predicación anunciada. Era todavía el amanecer cuando Jesús salía de la casa camino a la colina, cuando le salieron al encuentro cinco personas, hombres y mujeres. Jesús se acercó, y ellos se echaron a sus pies. Una mujer dijo: «Señor, nosotros somos de Tiberíades y no nos hemos atrevido hasta ahora a pedirte ayuda. Los fariseos nos dijeron que Tú eras duro y severo para con los pecadores; pero nosotros hemos oído que Tú te compadeciste de la Magdalena, que la libraste de sus demonios y la perdonaste. Por eso hemos cobrado ánimo y hemos venido. Señor, ten piedad de nosotros; Tú puedes sanarnos y limpiarnos y perdonarnos nuestros pecados». Los demás hombres y mujeres permanecieron a cierta distancia, separados entre sí. Estaban leprosos, y una de las mujeres estaba endemoniada y tenía convulsiones. Jesús se apartaba con algunos a un lado para oírlos, según servía esto para su arrepentimiento y mejoramiento de sus disposiciones; con otros no hizo esto. Al fin los sanó y les perdonó sus pecados. Ellos se deshicieron en lágrimas de agradecimiento y le pidieron les mandara lo que debían hacer. Les mandó no volver a Tiberíades, sino morar en otro lugar. Le he oído decir que no iría nunca a Tiberíades ni tampoco lo he visto allá. Se dirigieron luego hacia la colina donde iba a predicar Jesús. Jesús se dirigió a la tienda de los leprosos, que eran cuatro o cinco. Los sanó, los exhortó y les mandó presentarse ante los sacerdotes de Nazaret. En estas acciones no demoraba Jesús mucho tiempo, pero tampoco se lo veía apurado, sino siempre mesurado, con dignidad y con las palabras necesarias, y no más. Era medido y apropiado en consolar y en exhortar, en severidad y en bondad. En la paciencia y bondad siempre excediendo, mas sin apuro ni precipitación. A algunos les iba al encuentro como un amigo; a otros les pasaba por delante, y a los demás los hacía esperar algún tiempo según la necesidad y sus disposiciones. El lugar de la enseñanza era hermoso y había un buen sitial donde habían predicado ya otros profetas. De aquí se veía el valle de Esdrelón en la región de Mageddo. Se habían reunido muchas gentes de las ciudades y bastantes enfermos, inclusive de Nazaret, donde Jesús no los había sanado, cosa que hizo aquí. Los endemoniados que libró clamaban, como de costumbre, diciendo que era el Hijo de Dios. Habló de las cuatro primeras bienaventuranzas, con varias parábolas, de la penitencia y venida del reino de Dios y rogó a todos que recibieran la gracia que se les ofrecía. Los apóstoles escuchaban con atención, porque debían ellos después repetir estas cosas a las gentes. Al mediodía vi a Jesús reunir a sus discípulos a la sombra de los árboles, al pie de la colina. Los mandó a enseñar, menos a Pedro y a Juan y algunos discípulos, que quedaron con Él. Debían ir de dos en dos en tres direcciones: unos en el valle del Jordán; otros en dirección del valle de Dotham, y otros al Oeste, hacia Jerusalén. En esta ocasión oí decirle que fuesen sin dinero, sin sacos, con un solo vestido y un bastón en la mano; no a los paganos ni a los samaritanos, por ahora, sino a las ovejas perdidas de Israel. Cómo debían portarse en las casas, cómo debían sacudirse el polvo de las sandalias y predicar la penitencia. (Mat. 10, 9; Marc. 6, 10-11; Luc. 9, 15). Esto lo decía porque iban a entrar en algunos lugares de adversarios y porque sufrirían persecución y estaba próximo el fin de Juan Bautista. Tenían en esos lugares muchos albergues cuidados por las santas mujeres; por eso no necesitaban dinero. Los apóstoles que debían ir a la alta Galilea y al otro lado, habían recibido algún dinero, aunque poco. Desde ahora empezaba un nuevo tiempo y modo para ellos. Antes de su partida Jesús los bendijo y les dio nuevos avisos sobre la manera de sanar y librar de los demonios, y bendijo el aceite para usarlo con los enfermos. Les señaló el lugar donde debían encontrarse de nuevo con Él.

Capítulo XXXIX

Jesús en Sunem. Otros lugares

Jesús sanó todavía a algunos enfermos, despidió al pueblo, se fue con Pedro, Juan y los discípulos hacia el Sur, camino de tres horas, a la ciudad de Sunem. Le acompañaron varias personas, entre ellas un hombre que le había rogado, cuando la última vez pasó de Samaría a Galilea, en el albergue no lejos de Endor, que fuese a su casa para ver a su hijo enfermo. Le rogó de nuevo y Jesús fué con él a su casa. Las dos mujeres endemoniadas de Gatepher le habían seguido al sermón del monte y ahora fueron liberadas por Jesús con la imposición de las manos. Cuando llegó al torrente Kisón sanó a un leproso completamente abandonado, despreciado y pobre. Hacía veinte años que estaba enfermo y le habían hecho un refugio cerca del camino. Jesús se dirigió a él, lo sanó y le mandó presentarse como los otros a los sacerdotes de Nazaret. Jesús llegó al anochecer a Sunem, y se hospedó con Pedro, Juan y aquel hombre que le había invitado a su casa. Todos los hijos de este hombre estaban enfermos; uno de diez y seis años, grande, era mudo y sordo; estaba tendido en el suelo, tenía convulsiones y se retorcía de tal modo que su cabeza tocaba hasta sus pies; no podía andar y estaba tullido. Otro era tonto y asustadizo, y dos hijas eran también como tontas y retraidas. Jesús sanó esa misma noche al mayor. Pedro había ido a la ciudad. Jesús fué solo a la pieza del joven; se hincó junto al lecho, rezó y se inclinó hacia el rostro del joven como si le dijera algo o le soplase en el rostro; luego lo tomó de la mano, y lo levantó. El joven se irguió sobre sus pies, y Jesús lo dirigió un rato, haciéndolo caminar. Después lo llevó solo a otra pieza, untó con sus dedos saliva y polvo en los oídos y en la lengua, y entonces el joven clamó con alegría: “Yo oigo; puedo hablar». Los parientes y los criados irrumpieron en la pieza, lo abrazaban, llenos de contento, y clamaban dando gracias. Los padres se echaron a los pies de Jesús, llenos de alegría, llorando juntamente con su hijo. Por la noche habló a solas con el padre, porque pesaba sobre él una culpa que venía de sus padres. El hombre preguntó si son castigados los hombres hasta la cuarta generación. Jesús le dijo que con la penitencia y la satisfacción se podía quitar esa culpa y sus consecuencias. A la mañana siguiente sanó al otro hijo y a las dos hijas con la imposición de las manos. Cuando sanaron estaban como fuera de si por la maravilla, como si despertaran de un sueño. Temían siempre que se los quería matar y huían especialmente del fuego. Cuando Jesús sanó al joven le dijo, contra su costumbre, que fuese por allí y contase lo que le había sucedido. El resultado fue que se reunió tanta gente, que trajeron toda clase de enfermos, a quienes sanaba por las calles, y bendecía a los niños después de curarlos. Después he visto a Jesús con Pedro y Juan andar todo el día y la noche con pasos apresurados hacia Ginnim atravesando el valle de Esdrelón. Descansaban poco. Oí decir a Jesús, mientras caminaba, que el fin de Juan estaba cerca y que a Él también lo perseguirían después. Pero que no convenía preocuparse. Creo haber entendido que querían ir a Hebrón para consolar a los parientes de Juan e impedir algún levantamiento por causa de la muerte del Bautista. Las santas mujeres están ahora en Dothaim, es decir, María, Verónica, Susana, Magdalena, María Sufanita. Viven en la casa de Isacar, a quien Jesús había sanado. Estas mujeres no van a los albergues comunes. Marta, Dina, Juana Chusa, Susana de Alfeo, Ana, Cleofás, María, Juana Marcos y Maroni salen a veces para ver y proveer lo que falta algo en los albergues donde deberán parar Jesús y los discípulos. Son once mujeres las que están allí. Por la mañana he visto a Jesús con sus dos apóstoles caminando al Sur de Samaria, y vi que los dos discípulos egipcios y el hijo de Juana Chusa llegaron aquí desde el Oriente. Estos discípulos egipcios estuvieron como un año en Hebrón estudiando; habían estado en Belén y en Betania, con Lázaro, de modo que eran ya conocidos de los demás discípulos. Jesús llegó luego con sus acompañantes a la choza de aquellos pastores con los cuales había estado después de la conversación con la Samaritana, junto al pozo de Jacob, y donde sanó al hijo del posadero. Tomaron algún alimento y descansaron del largo camino. Más tarde, tuve una visión, en cuadros, donde vi a Jesús enseñando a los pastores junto a un pozo. Les contaba las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la dracma perdida y hallada. Con motivo de esta parábola rieron algunos hombres de la simpleza de la mujer, que por una dracma se había tomado tanto trabajo, cuando ellos, pensaban, habían perdido cosas de mucho más valor sin darse tanto trabajo. Jesús les declaró lo que significaba esa dracma y el barrer y limpiar, y se avergonzaron de haberse reído. Estos trabajadores estaban ocupados ahora en trillar el trigo quedado en los campos. Lo hacían con pesadas mazas de madera que subían y bajaban, mientras otros hombres ponían el trigo debajo y lo sacaban. El aparato lo tenian instalado en una especie de cavidad en la roca y estaba cubierto con las ramas de un gran árbol. Jesús enseñó aquí a diversos grupos de hombres, y luego se dirigió con algunos de ellos a su lugar, en Tenath Silo. Los habitantes lo recibieron muy bien, delante de la ciudad; le ofrecieron un alimento, le lavaron los pies a Él y a sus discípulos, y quisieron cambiarle sus vestidos, cosa que no aceptó. En la sinagoga enseño con la parábola del banquete que preparó un gran Rey.

Capítulo XL

Decapitación de Juan Bautista

Desde hacía varias semanas ya habian llegado muchos convidados a Macherus, especialmente de Tiberíades, para las fiestas de Herodes. Se preparaba una serie de fiestas y orgias. Junto al palacio de Herodes había un edificio cuadrado y abierto con muchos asientos, donde peleaban animales entre sí, y a veces hombres, mientras la gente miraba el espectáculo. También hombres y mujeres bailarines pasaban por turno para divertir. Salomé, la hija de Herodías, pasábase las horas delante del espejo de metal, mirándose y adornándose para las fiestas en presencia de su madre. Zerobabel y Cornelio, el centurión, se excusaron de ir. Juan, mientras tanto, había podido andar libremente en los últimos tiempos por el castillo, y aun sus discípulos podían entrar y salir de él. Hasta había predicado públicamente en el palacio y el mismo Herodes estuvo escuchando su sermón. Se le había prometido la libertad si aprobaba el casamiento de Herodes o se comprometía, por lo menos, a no hablar de él. Juan, al contrario, se mantuvo firme en reprocharle su adulterio. Con todo Herodes tenía el propósito de darle la libertad en ocasión de su natalicio; pero la mujer pensaba de muy diversa manera. Herodes deseaba que Juan apareciera libremente durante las fiestas, para mostrar a todos que su prisión era muy suave; pero Juan, apenas comenzaron los jolgorios en el palacio, no se dejó ver más y se mantuvo encerrado en su prisión, mandando a sus discípulos que se alejaran de allí. La mayoría se retiró hacia Hebrón, de donde era una gran parte de ellos. La hija de Herodías estaba perfectamente instruída por su madre desde la juventud. Era rozagante, de movimientos libres y se vestía provocativamente. Herodes hacía tiempo que la miraba con complacencia y así la madre disponía sus planes. Herodías era sumamente provocativa y atrayente, y se ingeniaba en serlo mayormente con artes y modos estudiados. Ya no era joven; tenía en su rostro algo de punzante, a modo de belleza satánica, cosa que agradaba a los hombres perversos. A mí me causaba repulsión su belleza como si viera una serpiente. No puedo compararla sino con la belleza de las diosas satánicas de la antigüedad. Vivían en una parte del palacio, hacia el gran patio algo más levantado que la gran sala donde se celebra ahora el natalicio de Herodes y desde donde, por las columnatas abiertas de la galería, se podía ver el departamento de Herodías. Delante de la sala de Herodes se había erigido un espléndido arco de triunfo, adonde se subía por escalones hasta la sala. Desde allí se veía, al interior, una serie inacabable de salas. Todo brillaba con espejos, flores, guirnaldas verdes. Todo deslumbraba de luces. Las salas y pasillos lucían con antorchas, lámparas y figuras y leyendas transparentes. Herodías y sus mujeres estaban en las altas galerías de sus habitaciones, lujosamente vestidas y miraban abajo como era saludado Herodes, rodeado de muchos palaciegos ataviados, huéspedes y coros de músicos que cantaban y tocaban mientras caminaban sobre tapices hacia el arco de triunfo precedidos por coros de niños y niñas que tocaban toda clase de instrumentos, coronados de flores y llevando guirnaldas en los brazos. Al llegar Herodes al arco de triunfo, le salió al encuentro Salomé, adelantándose entre los niños y niñas, y danzando le entregó una corona colocada entre hermosos adornos y sobre una tela transparente que llevaban las niñas del acompañamiento. Estas criaturas estaban ataviadas con vestidos estrechos y tenían especie de alas. Salomé llevaba un espléndido vestido largo sujeto en una u otra parte de las piernas con cintas brillantes. Sus brazos estaban cubiertos con anillos y brazaletes de oro, ataduras de plumas variopintas y perlas; el cuello y el pecho cubiertos de cadenas y collares de perlas. Así danzó delante de Herodes, que estaba como embobado y daba muestras de grande admiración, como los demás del acompañamiento y terminó con pedirle que le diera mañana un contento repitiendo la escena. Después de esto se retiraron a la sala, donde comenzó el banquete. Las mujeres comieron en las salas de Herodías. A Juan lo he visto en este momento en su cárcel, hincado, con los brazos abiertos mirando al cielo, en oración. Estaba lleno de luz; pero de una luz muy diferente de la que había en la sala de Herodes. La luz de las salas parecía reflejo siniestro del infierno, en comparación de la luz que envolvía a Juan Bautista. Toda Macherus estaba llena de luces, de lámparas y de antorchas, que brillaban siniestramente esa noche. La sala de Herodes estaba abierta de un lado, de modo que en los espejos brillantes, dispuestos convenientemente, se reflejaban las mujeres que estaban en las salas con Herodías comiendo en desenfrenada orgía. En las salas se habian dispuesto pirámides de flores de entre las cuales salían chorros de agua de olor, como fuentes y cascadas. Cuando hubieron comido y bebido más, pidieron los comensales a Herodes que hiciera venir de nuevo a Salomé para danzar. De inmediato se hizo lugar en la sala sentándose algunos junto a las paredes. Herodes ocupó su trono y en torno de él algunos de los más fieles herodianos. Salomé apareció con algunas danzantes, con vestiduras transparentes; sus cabellos en parte recogidos con perlas y diamantes, y en parte sueltos al viento. Llevaba una corona, y danzó en medio de las otras, que lo hacían en torno de ella. Esta danza fué un continuo moverse, inclinarse y retorcerse como si no tuvieran huesos; apenas estaban en una posición, luego en otra diferente. Tenían en las manos coronas y pañuelos que agitaban al aire y entrelazaban, danzando. Toda la danza era un remedo de lo más desvergonzado, y Salomé sobresalía entre las demás. He visto al diablo alrededor de ella, como doblaba y retorcía todos sus miembros en la danza. Herodes estaba completamente trastornado por la pasión. Cuando finalmente se acercó al trono de Herodes y las demás seguían danzando, para distraer la atención de la mayoría, dijo Herodes: “Pide lo que quieras, que te daré, aunque sea la mitad de mi reino; te lo juro». Salomé dijo al punto: “Quiero preguntar a mi madre lo que he de pedir». Salió de la sala, fue a la de las mujeres, y preguntó a su madre lo que debía pedir. Esta la mandó pedir la cabeza de Juan sobre una bandeja. Salomé se acercó a Herodes y dijo: “Quiero que al punto me des la cabeza de Juan en una bandeja”. Solamente pocos de los más cercanos oyeron esta petición. Herodes quedó como herido de un rayo; pero ella le recordó su juramento. Hizo llamar por un herodiano al verdugo y le mandó traer en una bandeja la cabeza de Juan y dársela a Salomé. Se alejó el verdugo y Salomé lo siguió. Herodes abandonó la sala con sus fieles como si se sintiera mal. Estaba muy triste y oí que le dijeron que no estaba obligado a cumplir ese juramento. De su parte prometieron el mayor silencio sobre esto para no estorbar las fiestas. Herodes quedó perturbado, yendo de una sala a otra, inquieto, mientras las fiestas continuaron su curso. Juan estaba en oración. El verdugo hizo entrar a los dos soldados que custodiaban la entrada de la cárcel y a su criado. Los soldados traían antorchas encendidas, pero la luz que había alrededor de Juan hacía aparecer las antorchas como luces encendidas en el día. Salomé esperaba al fondo del corredor con su criada, que había entregado al verdugo una fuente cubierta con un paño colorado. El verdugo dijo a Juan: “Herodes, el rey, me manda que dé tu cabeza puesta en esta fuente a su hija Salomé”. Juan no le dejó terminar y volviendo su cabeza hacia él le dijo: “Sé por qué vienes. Vosotros sois mis huéspedes que esperaba hace tiempo. Si tú supieras lo que haces, no lo harías. Estoy pronto” Volvió su rostro y oró delante de la piedra, junto a la cual acostumbraba hacerlo de rodillas. El verdugo lo decapitó con una especie de máquina, que yo no pude comparar, en lo exterior, sino con una trampa para cazar zorros: le puso sobre los hombros un anillo de hierro y con un empuje del verdugo se cerraron dos cortantes hojas sobre su garganta, y de un golpe quedó la cabeza separada del tronco. Juan quedó de rodillas, la cabeza rodó al suelo y un triple chorro de sangre cubrió la cabeza y el cuerpo, que de este modo quedó bautizado en su propia sangre. El criado del verdugo levantó la cabeza por los cabellos, se burló de ella y la puso sobre la fuente que sostenía el verdugo, el cual se la entregó a Salomé. Ella lo recibió con alegría y ese secreto terror mujeril que suelen sentir las personas pecadores ante la sangre y las heridas. Llevó la sagrada cabeza cubierta con la tela colorada, acompañada por su criada, que le alumbraba por las oscuras galerías, mientras apartaba la fuente de sus vestidos y volvía la cabeza a un lado por no ver la cabeza ensangrentada. De este modo anduvo por las galerías solitarias hasta una especie de cocina abovedada, debajo de las habitaciones de Herodías, la cual le salió al encuentro, y sacando el paño que lo cubría, insultó a esa sagrada cabeza y la maltrató. Tomó luego unas agujas de la pared, donde había de varias clases y le traspasó la lengua, los ojos y las mejillas, y la arrojó con furia diabólica al suelo y con los pies la empujó hacia una abertura donde solía arrojar los desperdicios de la cocina. Después volvió al lado de su indigna hija, para continuar sus orgías, como si nada hubiese sucedido. He visto luego al sagrado cuerpo con la piel que solía llevar y puesto por los soldados sobre la piedra. Estos soldados estaban conmovidos, y fueron después reemplazados y encerrados para que nada pudiesen decir; asimismo a todos los que sabían algo se les prohibió severamente contar lo sucedido. Los huéspedes no pensaban en Juan ni sospechaban lo que había sucedido. De este modo su muerte quedó algún tiempo en el mayor secreto y hasta se pensó que Juan hubiese recobrado su libertad. Las fiestas continuaron sin interrupción. Apenas Herodes terminó, continuó Herodías las suyas. Las cinco personas que sabían de la muerte de Juan fueron encarceladas; es decir, los dos guardas que manifestaron alguna compasión, el criado y la criada de Salomé, y el mismo verdugo. Se pusieron otros guardas delante de la prisión, y hasta un fiel criado de Herodes llevaba comida a la cárcel para disimular mejor lo sucedido y la muerte de Juan Bautista.

Capítulo XLI

Jesús en Thenat-Silo y en Antipatris

Durante las fiestas de Macherus y la decapitación de Juan, Jesús estaba en Thenat-Silo, donde algunas personas que volvían de Jerusalén le contaron un gran acontecimiento que había tenido lugar allá. En la obra de una gran edificación, junto al templo, estaban muchos trabajadores y con ellos dieciocho maestros de obra, la cual al derrumbarse sepultó a todos. Jesús expresó su pesar por esta desgracia; pero dijo que esos obreros y aun los capataces no eran mayores pecadores que los fariseos, saduceos y herodianos y todos los que obraban en contra del reino de Dios. Todos ellos caerán aplastados bajo su propia obra. Esa obra era grandiosa, larga como de un cuarto de hora de camino. Las aguas de la piscina de Betesda que fluían de la altura del templo, debían ser dirigidas con la sangre de los animales sacrificados desde el patio del templo hacia el barranco, adonde también el estanque Betesda situado más arriba echaba las aguas sobrantes que recibía del torrente Gihón. Tres galerías conducían adentro del templo y extensas arcadas llevaban sobre el valle desde el Mediodía al Norte hasta arriba del templo. Había allí una alta torre adonde debían subir las aguas por un mecanismo de ruedas desde el fondo por medio de cañerías. Hacía tiempo que se trabajaba en esta obra y como en estos últimos tiempos faltaran piedras adecuadas y maestros competentes, resolvió Pilatos, por consejo de un herodiano confidente de Herodes, dirigirse a este rey para salir de sus dificultades. Los capataces que mandó Herodes eran sus confidentes y debían dirigir la obra de tal manera que cayese todo lo hecho y se culpase luego a Pilatos, para enajenarle aún más la voluntad del pueblo. Estos capataces llevaron la obra de tal modo que se edificaba más grueso abajo, pero vacío; después más angosto y más pesado. Cuando llegó el momento estaban los dieciocho capataces sobre una terraza y mandaron sacar los sostenes de las bóvedas como obra ya terminada. Los pobres obreros estaban ocupados en esta tarea cuando de pronto se sintió un crujir de murallas y toda la obra se vino abajo con un espantoso ruido de escombros y de polvo, entre los gritos y gemidos de los obreros y otras gentes que estaban al pie de la montaña del templo. La terraza donde estaban al seguro los dieciocho capataces cedió repentinamente y se hundió, y desaparecieron ellos también entre los escombros y la ruina. Esto había sucedido poco antes de las fiestas de Macherus; por esto no fue a ellas ni un solo oficial romano ni empleado de Pilatos. Pilatos se enojó grandemente con Herodes y buscaba el modo de vengarse de él. Era una obra grandiosa y el daño fue enorme en personas y en material. De ahí procedía la enemistad entre Pilatos y Herodes, los cuales se reconciliaron recién a la muerte del verdadero templo que era Jesucristo. Este derrumbe sepultó a los culpables como también a los inocentes, y trajo la consternación en todo el pueblo. Ahora todo lo sobrante del estanque de Betesda estaba rebasando, porque el barranco estaba cubierto de escombros y el sobrante creció como una laguna. Cuando Pilatos envió capataces a verse con Herodes en Macherus para tratar este asunto del derrumbe, Herodes se desentendió de él. Jesús sanó en Thenat-Silo a varios ciegos; después se dirigió con Pedro y Juan, por el medio de Siquem, hacia Antipatris. Durante el camino hablaron Pedro y Juan si no entrarían en Aruma o en otros lugares donde pasaban. Jesús les dijo que no lo recibirían y dirigió sus pasos hacia Antipatris. Durante el camino les enseñó acerca de la oración con la parábola del que viene de noche a golpear en la puerta del amigo pidiendo le preste tres panes. Por la tarde llegaron a la región boscosa de Antipatris, donde entraron en un albergue del lugar. Antipatris, situada junto a un arroyo, es una hermosa ciudad edificada por Herodes en honor de Antipater en el lugar de la pequeña aldea de Kaphar-Saba. En la guerra de los Macabeos estaba el campamento de Lisias en Kaphar-Saba que entonces tenía torres de defensa y muros. Lisias, que fue vencido por Judas Macabeo, hizo trato aquí con él y le trajo varias poblaciones de Judea y hasta hizo regalos importantes para la reedificación del templo. Este lugar está a seis horas del mar. Aquí fue preso Pablo y llevado a Cesarea. La ciudad está rodeada de enormes árboles y dentro de ella hay jardines y avenidas. Está circundada de verdor y edificada en gran estilo, al modo pagano. En sus calles se anda de continuo entre pórticos y galerías. Cuando Jesús se dirigió a la ciudad fue hacia el jefe llamado Ozías. Había venido especialmente por causa de este hombre, cuya pena conocía. Le había enviado un mensaje al albergue invitándole a su casa, porque su hija estaba muy enferma. Jesús le dejó dicho que hoy iría a su casa. Ozías recibió muy bien a Jesús y a sus dos apóstoles; les lavó los pies y les ofreció alimento; pero Jesús se dirigió en seguida al cuarto de la enferma, mientras los dos apóstoles fueron por la ciudad a anunciar que Jesús hablaría en la sinagoga. Este hombre era de unos cuarenta años y su hija enferma, Micol, sería de catorce. Estaba tendida en el lecho, tan baldada que no podía moverse; hasta su cabeza y sus manos eran movidas por otros. Su madre estaba alli cubierta con el velo, y se inclinó ante Jesús que se acercó al lecho de la niña. La madre solía estar de continuo al lado de ella para ayudarla. Cuando Jesús se acercó, la madre se puso a un lado, reverente, y el padre a los pies del lecho. Jesús habló con la enferma, oró, sopló en su cara e indicó a la madre que se hincara a su frente; cosa que hizo la madre. Derramó unas gotas de aceite, que llevaba consigo, en la palma de la mano y con dos dedos ungió la mano derecha de la enferma, los ojos y la frente; luego las muñecas de sus manos derecha e izquierda, y pasó sus manos sobre las de ella; luego dijo a la madre que abriese un tanto el vestido en la región del estómago y ungió ese lugar, y después la madre alzó el vestido de los pies y ungió los pies. Jesús ordenó a la niña: «Micol, dame tu mano derecha, y la izquierda a tu madre». Levantó ella por primera vez sus manos y las extendió. Jesús le dijo: “Levántate, Micol». La niña se incorporó, y se puso de pie, insegura y muy débil. Jesús y la madre la llevaron así hasta su padre, que la recibió entre sus brazos abiertos. El padre, la madre y la niña, llorando de gozo, se echaron a los pies de Jesús, dando gracias. Luego vinieron los criados y gentes de la casa y todos alabaron al Señor. Jesús mandó que le dieran pan y jugo de uvas, que tuvieron que exprimir. Los bendijo y mandó a la niña que comiera y bebiera y lo hiciera repetidas veces en el día. Cuando se levantó la madre la envolvió con un largo y amplio velo. Caminó al principio muy débilmente, flaqueando, como quien hubiese olvidado el andar; después se sentó y comió algo. Como viniesen las compañeras a verla, se levantó y les fue al encuentro guiada por su madre que la llevaba como a un pequeño. Las niñas estaban contentas, la abrazaban y la llevaban de un lado a otro. Ozías preguntó si la enfermedad de su hija había venido por alguna culpa de sus padres y Jesús dijo que por disposición de Dios. También las compañeras agradecieron a Jesús. Luego salió al patio, donde se habían reunido muchos enfermos y estaban también Pedro y Juan. Sanó allí a enfermos de todas clases y se encaminó con los dos apóstoles a la sinagoga, donde le esperaban los fariseos y una gran multitud. Les contó la parábola del buen pastor y les dijo que buscaba ovejas perdidas y que enviaba a sus criados para buscar esas ovejas y que era el pastor que muere por sus ovejas. Dijo también que tenía un rebaño ya seguro sobre una montaña y que si el lobo se comía alguna de ellas era por culpa propia. Contó otra parábola de su misión, diciendo: “Mi Padre tiene una viña”. Cuando oyeron esto los fariseos comenzaron a sonreír y a mírarse y cuando acabó de decir que todos los siervos mandados por su Padre fueron maltratados y muertos por los criados, y que por último mandó a su propio Hijo, al cual echarían fuera de la viña y lo matarían, se echaron a reir y a decir: “¿Quién es Éste? ¿Qué es lo que quiere? ¿Cuándo tuvo su Padre una viña?… Ha perdido el juicio. Es un loco, ya se ve…”. Se burlaron de Él. Jesús abandonó la sinagoga con Pedro y Juan y ellos seguían burlándose; atribuían sus milagros al poder del demonio que le ayudaba y a obra de magia. Volvió con Ozías a su casa y sanó a algunos enfermos que estaban en el patio; comió algo y recibió panes y bálsamo para llevar consigo en los viajes. Cada una de las diferentes maneras de sanar que usaba Jesús tenía su significación misteriosa. No me es posible decirlo como lo entendía. Cada una de esas maneras tenía una secreta relación con la enfermedad, con la causa y con la necesidad del alma de cada uno. Así recibían con la unción del aceite una fuerza y ánimo en relación con el significado del propio aceite; ninguna de estas acciones dejaba de tener su significado especial. Así establecía el Señor una serie de prácticas y maneras que usaron después los apóstoles y los santos, algunas por tradición y otras por haberlas usado Jesús. Asi como el Hijo de Dios eligió, para hacerse Hombre, el seno purisimo de María, una criatura, para aparecer como criatura, así usaba criaturas puras para las curaciones o las bendecía antes; por esto usó el aceite y daba de comer el pan y el jugo de uvas. Otras veces sanaba a distancia y con el simple mando, porque había venido para todos y para sanar en diversas formas y para satisfacer en su cruz por todos los que creyeran, ya que en su muerte de cruz estaban todas las penas, sufrimientos y dolores de la humanidad doliente. Primero abrió las ataduras de los dolores y enfennedades corporales y castigos con llaves de amor; enseñó y sanó en diversas maneras, y finalmente abrió las puertas del cielo y del limbo con las llaves de su misma cruz. La niña Michol estuvo desde la infancia atada con estas ataduras de la enfermedad y esto fue por una gracia de la Providencia. Mientras estaba en edad de pecar estuvo impedida y sus padres se ejercitaban en la paciencia y amor con ella. Si hubiese estado sana sus padres no hubiesen buscado a Jesús ni hubiesen conocido la verdad; no hubiesen deseado ni creído en Jesús, y la niña quizás hubiese pecado y no hubiese ahora sido confortada en el bien en el cuerpo y en el alma. Su enfermedad fue una prueba, una consecuencia de culpas propias o ajenas, pero un medio de salvación para ella y para sus padres. La paciencia de ella y la de sus padres coronó con la gracia esta lucha y trajo la salud del cuerpo y del alma a todos. Es una gracia estar impedido para el mal. y estar libre para hacer el bien en el espíritu hasta que el Señor venga y desate el cuerpo y el alma. Jesús habló después con Ozías porque éste le contó el derrumbe de la obra de Siloé y de la muerte de tantos hombres, y expresando su sospecha sobre Herodes. Jesús repitió en esta ocasión que vendrían aún mayores desgracias sobre los traidores y los falsos maestros de obra: si Jerusalén no recibe la salud, caería Jerusalén sobre Siloé, con mayor ruina, con el mismo templo. Hablando del bautismo de Juan, Ozías expresó la idea de que Herodes dejaría libre a Juan en ocasión de su fiesta. Jesús le dijo que a su tiempo sería libre. Los fariseos le dijeron que tuviese cuidado, porque Herodes lo sabría poner también a Él junto con Juan, si seguía su modo de proceder. Jesús nada respondió. Jesús salió de allí hacia cuatro o cinco horas de Antipatria. En Antipatris se ven muchos soldados romanos que traen maderas para fabricar las barcas del lago. En el camino a Ozensara encontraron a muchos de estos conductores de palos y tirantes que llevaban con bueyes hacia el mar; también se ven cortadores de árboles y leñadores. Jesús se detuvo en adoctrinar a varios de estos leñadores de los cuales algunos vinieron después a Ozensara, que es un lugar dividido en dos por un arroyo que lo cruza. Jesús se hospedó con gente conocida y enseñó y exhortó a muchos de los que se habían reunido en el albergue. Habíase detenido aquí cuando estuvo de camino a su bautismo. Bendijo y sanó a algunos niños enfermos.

Capítulo XLII

Jesús en Bethoron y en Betania

De Ozensara a Bethoron había unas seis horas de camino. Al acercarse a Bethoron se adelantaron Pedro y Juan para anunciar a Jesús, y Éste fue solo. Le salieron al encuentro los dos discípulos egipcios y el hijo de Juana Chusa, quienes trajeron la noticia de que las santas mujeres estaban a cuatro horas de allí, al Norte, en Machmas para celebrar el Sábado. Machmas está a igual distancia de Betania en una angostura. Este es el lugar donde Jesús, de edad de doce años, dejó la compañía de sus padres y volvió al templo. Aquí se dio cuenta María de su pérdida y pensó en Gophna, de donde, no habiéndolo encontrado, se volvieron llenos de dolor a Jerusalén. En Bethoron hay una escuela de levitas con cuyos maestros la Sagrada Familia estaba en buenas relaciones y donde Ana y Joaquín pernoctaron cuando fueron con el Niño al templo, y la misma Virgen cuando volvía a Nazaret como esposa de José. Algunos discípulos de Jerusalén habían venido aquí con el sobrino de José de Arimatea. Jesús fue a la sinagoga donde, entre varias interrupciones de los fariseos, explicó la lección de ese Sábado. Después de la enseñanza sanó en el albergue a algunas mujeres con flujo de sangre y bendijo a niños enfermos. Los fariseos lo habían invitado a una comida, y como tardara, vinieron a llamarlo y le dijeron que todas las cosas tienen su tiempo, también el sanar; que el Sábado era de Dios, y que ya bastaba. Jesús les respondió: “No tengo otro tiempo ni otra medida en el obrar que la voluntad de mi Padre celestial”. Sólo cuando hubo terminado con las curaciones se fue con sus discípulos a la comida. Los fariseos trajeron toda clase de cuestiones a Jesús. Se decía que iban con Él malas mujeres. Habían oído de la conversión de la Magdalena, de María Sufanita y de la Samaritana. Jesús les contestó que si lo conocieran, hablarían de otro modo; que había venido para los pecadores. Habló de pecados y males públicos, de los cuales se puede ser curado, limpiado y purificado, y de otras pústulas y enfermedades graves internas de las cuales, personas al parecer sanas, están llenas, y no pueden ser curadas. Le dijeron que sus discípulos no se habian lavado antes de ir a la mesa, y Jesús les endilgó una prédica severa sobre la hipocresía y santidad aparente de los fariseos. Les dijo también una parábola, ya que hablaban de las malas mujeres, cuyo sentido era: “¿Qué deudor era mejor: aquél que debe mucho y pide humilde perdón, y quiere satisfacer toda su deuda, o aquél que debiéndolo todo, sigue igualmente banqueteando y no sólo no está dispuesto a pagar sino que aún insulta a su acreedor?». Habló también del buen pastor y de la viña, como en Antipatris; pero todo lo tomaban con frialdad, sin reflexionar. Se hospedó luego con sus discípulos en la casa de la escuela de los levitas. La Alta Bethoron está tan elevada que se puede ver desde Jerusalén, mientras la Baja Bethoron está al pie de la montaña. Desde Bethoron se dirigió hacia Betania, a seis horas. Evitaba entrar en los lugares del paso; sólo entró en Athanot. Lázaro había vuelto ya de Magdala a Betania; había ordenado todo en Magdala y establecido allí un administrador del castillo y de los campos. Al hombre que había vivido con Magdalena le cedió habitación en una posesión de Ginnim y le asignó una pensión para vivir; todo lo cual aceptó el hombre sin reclamos. Magdalena ocupó en Betania las piezas de su hermana María, la Silenciosa, de la cual habia sido muy amada. Pasó toda esa noche en lágrimas. Cuando Marta la fue a ver la encontró llorando sobre el sepulcro de su hermana, con el cabello en desorden. Las mujeres de Jerusalén habían vuelto y habían hecho el camino a pie. Magdalena, aunque estaba tan demacrada y tan débil por las emociones, quiso hacer también el camino a pie, y llegó con sus pies sangrando y toda dolorida. Las otras mujeres que, desde la conversión, la amaban mucho, la ayudaban en el pesado camino. Estaba débil, pálida y demacrada por las lágrimas. No pudiendo ocultar ya su deseo de ver a Jesús y agradecer, le salió al encuentro a una hora de camino, se echó a sus pies y, llena de lágrimas, le dio gracias. Jesús la levantó de la mano, la habló amigablemente, como también de su difunta hermana, María, la Silenciosa. Le dijo que la ìmitara y siguiera su ejemplo en la penitencia, aunque ella no había pecado. Magdalena volvió a Betania con su criada por otro camino. Jesús fue con Pedro y Juan a los jardines de Lázaro, que les salió al encuentro, les lavó los pies y les ofreció alimento. Nicodemus no estaba allí, pero sí José de Arimatea. Jesús se mantuvo dentro y no habló sino con los de casa y las mujeres. Con María habló de la muerte de Juan, que ya lo sabía por interna revelación. Jesús le avisó que dentro de ocho días volviera a Galilea antes que los invitados de Macherus regresaran de sus orgias, si queria andar sin molestias por el camino. Los discípulos, separados de Jesús, iban de pueblo en pueblo por la Judea y preguntaban al entrar en las casas: “¿Hay aquí enfermos para que los sanemos en nombre de Jesús, nuestro Maestro, y les demos de balde lo que de balde hemos recibido?» Ungían a los enfermos con óleo y los enfermos sanaban.

Capítulo XLIII

Jesús llora sobre Jerusalén

Desde Betania encaminóse Jesús por la mañana a través del Huerto de los Olivos, para enseñar en un lugar donde se estacionaban comerciantes y albañiles, y para sanar a los enfermos. Era el sitio donde se reunían los obreros que estaban ocupados en los interminables trabajos del templo. Habían instalado allí cocinas, y las mujeres pobres cocinaban para ellos por unas monedas de paga. Entre estos trabajadores había gente de Galilea que conocía a Jesús por haber escuchado su predicación, y algunos que habían sido sanados de sus dolencias. Había gente de Gischala, de los campos del jefe Zerobabel y de un lugar de Tiberíades de la parte Norte del valle de Magdala. Jesús sanó a muchos de estos trabajadores. Se lamentaban con Él de la desgracia del derrumbe acontecido hacía unos quince días y pidieron al Señor fuese a ver algunos heridos graves. Cien hombres menos siete fueron muertos en esa ocasión, además de los dieciocho capataces traidores. Jesús visitó a los heridos, los consoló y los sanó. A varios que tenían heridas o destrozos en la cabeza los ungió con óleo y los sanó tocándoles la cabeza. A los que tenían brazos y manos destrozados, los sanó con unciones y tocándoles las manos; lo mismo hizo con los que tenían manos u otros miembros destrozados, que curaba tomando en sus manos esos miembros y las heridas de varios miembros las cerraba, y quedaban sanos. He oído que les decía que llorarían aún más cuando la espada tocaría a los galileos. Les dijo que pagasen los tributos al César sin murmurar y si acaso no les fuese posible satisfacer su obligación se dirigiesen en su nombre a Lázaro, que les ayudaría. Jesús les habló con mucha compasión. He oído a la gente quejarse porque ahora no podían ya recibir ayuda alguna del estanque de Betesda; que los pobres y enfermos, que allí esperaban, no tenían ahora ayuda alguna y que hacía tiempo que no se obraba milagro alguno. Cuando Jesús llegó al Huerto de los Olivos, lloró sobre el templo diciendo: “Si la ciudad no recibe la salud, el templo será destruido, del mismo modo que cayó la obra que lamentan y muchos más de ellos perecerán en su ruina”. Les dijo que lo sucedido con la obra derrumbada era una advertencia para ellos de lo que sucedería después. Dirigíóse Jesús hacia la puerta Belén, de Jerusalén, a la casa donde María y José entraron cuando lo llevaban a Él después de los cuarenta días para ser presentado en el templo. En esta casa se hospedó Ana cuando fue a la gruta de Belén, y más tarde el Niño Jesús cuando de edad de doce años abandonó la compañía de María y José junto a Machmas y volvió al templo. Viven aquí muy piadosas personas en este pequeño albergue, donde se hospedan también los esenios y otras buenas gentes cuando están de paso. Ahora vivían aquí los hijos de aquellos padres y se acordaban del Niño Jesús; pero ya no lo reconocían porque no había estado más en esta casa y pensaban que podía ser Juan Bautista, del cual se había esparcido la voz de que estaba ya libre de su prisión. Había aquí también un hombre anciano que se acordaba de todo lo sucedido en la niñez de Jesús. Le mostraron a Jesús una imagen de un niño envuelto en pañales tal como María llevaba a su Niño al templo; lo conservaban en un ángulo de la casa, puesto en una cuna semejante a la que tuvo en Belén. Tenían unas luces encendidas delante de la imagen que transparentaban como a través de cucuruchos de papel. Dijeron a Jesús: “Jesús de Nazaret, el gran Profeta, hace treinta y tres años nacido en Belén, estuvo con su Madre aquí. Lo que viene de Dios hay que honrarlo». Y así celebraban ellos su nacimiento durante seis semanas, como Herodes, que no es ningún profeta, celebra su natalicio con tantas fiestas. Estas gentes eran creyentes de Jesús, y lo amaban, así como a la Sagrada Família, debido a la familiaridad con Ana y demás conocidos de la Sagrada Familia, y por los pastores de Belén, que también solían hospedarse allí cuando iban a Jerusalén. Cuando Jesús se les dio a conocer, su alegría no tuvo límite. Le mostraban contentos todos los lugares de la casa y jardín donde habían estado María, José o Ana. Jesús enseñó aquí y los consoló y se hicieron mutuos regalos. Les hizo dar monedas por intermedio de un apóstol, y ellos daban panes, miel y frutas para llevar en el camino, y por fin le acompañaron un buen trecho cuando Jesús con sus discípulos se encaminó hacia la región de Hebrón.

Capítulo XLIV

Jesús en Juta. Da a conocer la muerte de Juan Bautista

Jesús partió para Juta y Hebrón, a cinco horas de distancia: es el pueblo del nacimiento del Bautista. Habían ya partido para el mismo lugar María, la Madre de Jesús, Verónica, Susana, Juana Chusa, Juana Marcos, Lázaro, José de Arimatea, Nicodemus y otros discípulos de Jerusalén, por un camino más corto. La casa de Zacarías está sobre una altura en Juta. La casa, el viñedo y algunas posesiones eran la herencia de Juan. El hijo de un hermano de Zacarías vive aquí y administra todas estas cosas; se llama también Zacarías. Era un levita amigo de Lucas, con el cual había estado hace poco en Jerusalén y le había contado muchas cosas de la Sagrada Familia. Es más joven que el Bautista, como Juan el apóstol. Desde niño había estado siempre en esta casa. Pertenecía a esa especie de levitas que eran como los esenios y conservaban ciertos secretos de familia desde sus antepasados referentes al Mesías cuya venida esperaban con ansia. Era un hombre iluminado del cielo y vivía sin casarse. Jesús y sus discípulos fueron recibidos por él con el acostumbrado lavado de los pies y el ofrecimiento de una refección. Jesús se dirigió a la sinagoga de Hebrón. Era un día de ayuno y empezaba por la tarde una fiesta por la victoria de David en la sublevación de Absalón, que había comenzado en Hebrón, su patria. Se mantenían lámparas encendidas en la sinagoga y en las casas aun de día. Daban gracias de que entonces habían sido iluminados para seguir el mejor partido y rogaban les asistiese Dios en el porvenir. Jesús enseñó delante de mucho pueblo y recibió de los levitas grandes muestras de estimación y respeto. Hubo una comida con Jesús y los levitas. Cuando María llegó con las santas mujeres, les contó el viaje con José a la casa de Isabel y les mostró el lugar desde donde José se volvió a Nazaret, y les expresó sus sentimientos y su temor cuando a la vuelta de José viese el estado en que se encontraba y lo que pensaría de ella. Visitó luego María con las mujeres los lugares donde habían tenido lugar hechos o misterios y también en ocasión del nacimiento de Juan. Habló de los saltos de Juan en el seno de Isabel, del saludo de Isabel, y cómo Dios le inspiró el canto del Magníficat, que después cantaba todas las tardes en compañía de Isabel. Habló de la mudez de Zacarías y como Dios le restituyó el habla al decir el nombre de Juan. Todos estos particulares, desconocidos hasta ahora, contaba María a las santas mujeres con toda familiaridad y con lágrimas de ternura por tan felices recuerdos, mientras las santas mujeres lloraban y la Virgen también por la muerte del Bautista, que ella conocía y que era desconocida por las demás mujeres. Les mostró el pozo de agua que saltó a sus humildes ruegos; las mujeres tomaron agua de ese pozo milagroso. Durante la comida Jesús enseñaba; las mujeres comían aparte de los hombres. Después de la comida se dirigió Jesús con su Madre, Pedro, Juan y los tres discípulos del Bautista, Santiago, Eliachim, y Sadoch, hijos de la hermana mayor de María, llamada María Helí, al cuarto donde había nacido Juan Bautista. Se había extendido una gran manta en el lugar y las mujeres se hincaron y se acomodaron en torno para rezar. Jesús de pie habló de la santidad y de la misión de Juan. María contó las circunstancias en las cuales había sido confeccionada esa manta. María la había hecho con Isabel y Juan fue colocado en ella al nacer, porque estaba en el lecho de Isabel; esta manta era de lana amarilla adornada de flores. En el borde superior había frases bordadas de la salutación de Isabel y del Magníficat de la Virgen. En el medio había como un saco donde la nodriza podía poner los pies del niño; por la parte de arriba se solía envolver a la criatura y terminaba con una especie de capucha. He visto como María levantó la manta y mostró en el borde superior las frases bordadas y las profecías contenidas en esas frases, y las explicó a las mujeres. Dijo que había profetizado a Isabel que sólo tres veces vería Juan a Jesús personalmente, como fue en efecto. La primera vez lo vio como niño en la huida a Egipto; luego en el bautismo de Jesús, y la tercera vez cuando lo vio pasar cerca del Jordán y dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Recién entonces Jesús les declaró que Herodes había matado a Juan. Una grande tristeza se apoderó de todos: regaron con lágrimas esa manta. Especialmente lo sintió mucho Juan, que se echó a tierra llorando de pena. Era una escena conmovedora ver cómo estaban echados de cara a la manta derramando lágrimas de ternura y de pena. Jesús y María estaban ambos en los cabos de la manta. Jesús consoló a todos y les anunció aún mayores cosas, Les dijo que no hablasen de ello, porque hasta ahora lo sabían sólo los matadores de Juan.

Capítulo XLV

El bosque de Mambre con la cueva de Macpela

Al Sur de Hebrón está el bosque de Mambre, con la cueva de Macpela, lugar donde están sepultados Abraham y otros patriarcas. Jesús enseñó aquí y sanó a algunos labradores. El bosque de Mambre es parte de una serie de bosques de robles, hayas y nogales, y junto a la entrada de estos bosques está la cueva de Macpela donde están sepultados Abraham, Sara, Jacob, Isaac y otros patriarcas. La caverna es doble, como dos sótanos. Las sepulturas en parte están cavadas en la roca y en parte no. Este lugar está tenido en grande honor y en torno hay un jardín donde se ha erigido una cátedra. Las faldas de la colina están llenas de viñedos y arriba crece el trigo. Jesús entró con los discípulos en los sepulcros y se destaparon algunos de ellos. Algunos cadáveres aparecían en desorden. Los restos de Abraham estaban aún compuestos y enteros. Se desenrolló delante de la sepultura una manta oscura, tejida con pelos de camellos y Jesús enseñó acerca de Abraham, de las promesas y de su cumplimiento. Los enfermos que sanó Jesús eran en parte baldados, tísicos y hidrópicos. No hubo endemoniados, sólo algunos tontos y lunáticos. La región es fértil y el trigo está en sazón. Abunda aquí el buen pan y cada uno tiene su viñedo. Las montañas son planas por arriba, cultivadas con trigo; en las faldas hay viñedos. Se ven muchas cuevas entre las rocas. Cuando Jesús con sus discípulos entró en la cueva de Macpela, se quitaron el calzado, dejándolo en la puerta, Se colocaron en torno de la sepultura, respetuosos y reverentes, y Jesús les habló. Después fue a una pequeña población de levitas llamada Bethain, a una hora al Sur de Hebrón, teniendo que subir un camino muy empinado. Allí sanó algunos enfermos y enseñó sobre el Arca de la Alianza y David, porque el Arca estuvo aquí en cierta ocasión por quince días. David había sacado secretamente por orden de Dios el Arca de la casa de Obededom y la trajo aquí caminando él descalzo delante de ella. Cuando David la sacó de aqui el pueblo se irritó tanto que estuvo a punto de apedrearlo. Había arriba un pozo muy profundo del cual sacaron agua con un odre de cuero. El piso de piedra de estos lugares es blanquizco como las rocas circundantes. Nicodemus, José de Arimatea, Lázaro y las mujeres de Jerusalén partieron ya a sus casas, como también María Santísima. Lázaro fué a Jerusalén, donde tiene que desempeñar un empleo por unos siete días en el templo. María, sin volver a Betania, pasó por Machmas hacia Galilea; en Machmas celebró el Sábado en casa del maestro de escuela; iba en compañía de Ana Cleofás y una parienta de Isabel, que era de Sapha. Sapha es el lugar donde nacieron Santiago y Juan. María llevaba consigo la manta de Juan; un criado se la llevaba enrollada dentro de un canasto de mimbre. En Juta habló Jesús de esta manta y del deseo grande de Juan de ver a Jesús; pero que se había vencido y procurado sólo cumplir su misión de precursor y preparador del camino, aunque hubiese deseado ser el compañero de sus peregrinaciones apostólicas. Siendo pequeño habíalo visto cuando sus padres, huyendo a Egipto, pasaron a un par de horas de Hebrón: el camino los llevó a poca distancia donde estaba el niño Juan en el desierto, quien asomó entre los matorrales, junto a un arroyo, teniendo en sus manos una banderita con un gallardete de juncos; había el niño Juan dado saltos al lado del arroyo agitando su banderita en señal de alegría. María había alzado al niño Jesús y dicho: “Mira allá al niño Juan en el desierto”. El Espíritu había avisado al niño y traído allí para saludar a su Maestro, el cual lo había santificado ya antes desde el seno de su Madre. Mientras Jesús contaba estas cosas, lloraron los discípulos recordando la muerte de Juan, y yo vi de nuevo ese cuadro de su infancia. El niño Juan no tenía sobre sí mas que la piel sobre un hombro sujeta al medio del cuerpo por un cordel. Sintió que se acercaba su Salvador y que el niño Jesús estaba sediento. Oró el niño Juan, y tocando con su bastoncito la roca, brotó una fuente, y Juan corrió por la dirección de la fuente hacia donde pasaban en ese momento María y José con el Niño. Allí donde la fuente caía danzó de contento Juan, haciendo señales con su banderilla. Después lo he visto volver a su lugar acostumbrado, junto a una roca, donde había una cueva; un brazo de la fuente corrió a la cueva y Juan formó así un pozo para tener agua. Vivió allí durante cierto tiempo. El camino de la Sagrada Familia fue por una parte del Huerto de los Olivos; a media hora al Este de Belén descansaron y luego, teniendo a su izquierda el Mar Muerto, caminaron siete horas al Sur de Belén, a dos horas del lado de Hebrón y entraron en el desierto, donde estaba el niño Juan. Los he visto descansar después de pasar este arroyo y confortarse con algún alimento. Cuando volvieron de Egipto de nuevo vio Juan en espíritu a Jesús y saltó de alegría en dirección de su venida; pero no lo vio personalmente, porque el camino corría algo distante donde estaba Juan. Jesús habló de la grande mortificación de Juan, cuando en ocasión del bautismo se mantuvo dentro de los límites de la estricta ceremonia, aunque su corazón se rompía de gozo y de ímpetu y de amor a Jesús. Más tarde, lleno de humildad, más bien huía de su presencia por modestia que no buscase encontrarse con Jesús.

Capítulo XLVI

Jesús predica en la sinagoga de Hebrón

Jesús enseñó en la sinagoga de Hebrón sobre una fiesta que celebraban recordando la separación de los saduceos del consejo del sanedrín, cuando bajo Alejandro Janeo tenían mayoría. En torno de la sinagoga habían formado tres arcos de triunfo con hojas de parra, de trigo y toda clase de flores. Salieron en una especie de procesión esparciendo flores por el camino; porque celebraban también el novilunio y la fiesta cuando corre la savia por los árboles y los árboles de cuatro años comienzan a dar frutos. Por eso habían erigido tantos arcos con plantas, árboles y flores. Esta fiesta de la expulsión de los saduceos caía bien con la renovación de las plantas con su savia porque los saduceos niegan la resurrección de los cuerpos. Jesús enseñó severamente contra el error de los saduceos y habló de la resurrección de los muertos. Habían venido a la fiesta fariseos de Jerusalén; pero no discutieron con Jesús y se mostraron muy corteses. No tuvo Jesús contradictores: las gentes son en general bien inclinadas y bien intencionadas. Jesús sanó a enfermos en las casas y delante de la sinagoga, especialmente trabajadores, baldados, gotosos. tísicos, algunos mentecatos y otros enfermos. Juta y Hebrón forman una sola cosa, ya que Juta es como un barrio delante de Hebrón y está unida con ella por una serie de casas. En un tiempo debieron haber estado separadas porque hay restos de murallas entre las dos ciudades y un foso ya medio cubierto. La casa de Zacarías comprende la escuela de Juta y está a un cuarto de hora de la ciudad sobre una colina, tiene hermosos jardines y viñedos, y más lejos una casita en medio de un hermoso viñedo. La escuela está unida por un lado a la casa donde nació Juan: lo he podido comprobar cuando extendieron la manta en ese lugar. Cuando Jesús volvió a la sinagoga de Hebrón para enseñar, había un sillón alto a la entrada y Jesús se acomodó en esa tarima. La sinagoga estaba abierta por sus cuatro lados porque se habían congregado todos los habitantes de la ciudad y de los contornos. Los enfermos estaban echados sobre pequeños lechos o mantas en torno y todo el patio estaba atestado de gente. Aún permanecían los arcos de triunfo de la última fiesta. La escena era conmovedora porque se veía que todos estaban bien dispuestos y deseosos de oír a Jesús, y no había contradictores. Después de la predicación sanó a muchos enfermos. Jesús pronunció un sermón muy profundo: la lección de las tinieblas de Egipto, del cordero pascual y del rescate de los primogénitos. Finalmente habló del profeta Jeremías. Hizo una declaración muy misteriosa sobre el rescate de los primogénitos. Recuerdo que dijo, más o menos: “Cuando el sol y la luna se oscurecen, las madres llevan sus hijos al templo para el rescate». Repitió varias veces eso del sol y de la luna que se oscurecen. Habló de la concepción, del nacimiento, de la circuncisión y de la presentación en el templo en relación con las tinieblas y con la luz que renace. La explicación misteriosa era de la salida de Egipto y el nacimiento del hombre. Habló de la circuncisión y del rescate de los primogénitos como de leyes que pronto dejarían de obligar. Nadie le contradijo, todos estaban muy silenciosos y atentos. Habló de Hebrón y de Abraham, y después de Juan y de Zacarías.

Capítulo XLVII

Jesús habla de Juan Bautista

Habló de la grandeza de Juan Bautista más claramente de lo que lo había hecho hasta entonces: de su nacimiento, de su vida en el desierto, de su predicación de la penitencia y de su prisión. Pasó luego a hablar de la muerte de los profetas y de Zacarías, sumo sacerdote, muerto entre el templo y el altar. Habló de los sufrimientos de Jeremías en la cueva y de las persecuciones de otros profetas. Cuando Jesús habló de la muerte del primer Zacarías, los oyentes pensaron también en Zacarías, padre de Juan, que Herodes había invitado ir a Jerusalén y hecho matar en una casa vecina. Jesús, empero, no habló de ello. Este Zacarías estaba enterrado delante de su casa, en Juta, en una bóveda. Cuando Jesús habló tan tiernamente de Juan y de la muerte de los profetas, el silencio en la sinagoga se hizo impresionante. Todos estaban conmovidos; muchos lloraban; los mismos fariseos estaban impresionados. Muchos parientes y amigos fieles de Juan recibieron en ese momento la persuasión interna de que Juan había sido muerto también y cayeron en extrema tristeza y algunos en desmayos. Se produjo una interrupción y un desorden en la sinagoga por ello. Jesús dijo que socorriesen a los desmayados, que pronto todo pasaría, y en efecto a los pocos minutos pudo Jesús continuar su predicación. Para mí, que escuchaba, fue cosa clara que Jesús se refería a Juan cuando mencionó lo de “entre el templo y el altar», porque la muerte de Juan estaba en la vida de Jesús entre el templo y el altar, es decir, entre su nacimiento y su crucifixión, pero esto no lo entendieron los demás. Al final de la predicación los que se habían desmayado fueron llevados a sus casas. Además del joven Zacaríais, primo de Juan Bautista, Isabel tenía una sobrina, hija de una hermana de Isabel, casada en Hebron, con doce hijos, entre ellos algunas hijas ya| crecidas. Estas, con otras parientas, fueron las que se desmayaron y se conmovieron tanto. Jesús fue con sus apóstoles y el joven Zacarías a la casa de esta mujer, donde no había estado aún, aunque las santas mujeres iban con frecuencia a esa casa. Debía comer esta noche en esta casa: fue una cena muy triste. Jesús estaba con Pedro, Juan, Santiago, Cleofás, Eliachim, Sudoch y Zacarías, sobrino de Isabel y con el marido de ésta, en una pieza, y los parientes de Juan preguntaron a Jesús si volverían a ver a Juan. Estaban allí como encerrados para que otros no los molestasen. Jesús les dijo, derramando lágrimas: «No». Y habló de una manera tierna y conmovedora de su muerte. Cuando en su aflicción expresaron el temor de que su cuerpo fuera deshonrado y maltratado. Jesús les dijo que su cuerpo estaba intacto, y que su cabeza había sido maltratada y deshonrada y echada a los desperdicios; pero que también la cabeza estaba guardada y saldría un día a la vista. Les dijo que después de algunos días Herodes saldría de Macherus y la muerte de Juan se haría pública, y que entonces podrían ir por el cuerpo de Juan. Diciendo esto lloró Jesús con los presentes. Tomaron luego algún alimento juntos. Esa cena me recordó por su tristeza, las circunstancias y el religioso silencio, a la última cena de Jesús con sus apóstoles. En esta ocasión tuve una visión de la presentación de Jesús en el templo. He visto en cuadros que esto ocurrió en el día 43 del nacimiento de Jesús. Habían tenido que esperar, por causa de una fiesta, tres días en una casa delante de la puerta de Belén, junto a esas buenas gentes que cuidaban el albergue. Además del tributo acostumbrado trajo María al templo cinco trozos de oro delgados, regalo de los Reyes, y varios pedazos de telas bordadas de la misma procedencia. José vendió uno de los asnillos que había dejado en casa de su amigo y pariente. Creo que el asnillo del Domingo de Ramos venía de aquel asnillo de José. Jesús enseñó en Juta y anduvo con unos diez levitas por las casas de los alrededores sanando a los enfermos. En estos lugares no se presentaron ni leprosos ni endemoniados, ni grandes pecadores. Por la tarde tomó parte en una sobria comida con los levitas: comieron panes, aves, miel y frutas. José de Arimatea y varios discípulos vinieron de Jerusalén para invitar a Jesús a ir a Jerusalén porque había allá muchos enfermos que lo deseaban. Dijeron a Jesús que ahora podía ir tranquilo a Jerusalén porque toda la atención de los fariseos y escribas estaba concentrada en la cuestión de Pilatos con Herodes por el desastre de Siloé. Jesús contestó que por ahora no iría, pero que lo haría antes de volver a Galilea. Las mujeres parientes de Juan celebraron el Sábado en su misma casa. Se vistieron de luto y estuvieron tendidas en tierra mientras ardían pirámides de luces en el medio de la pieza. Había esenios junto a la tumba de Abraham los cuales venían de a grupos a ver a Jesús. Vivían en celdas cavadas en las mismas rocas y tenían un jardín. En la casa de Zacarías hay hermosos jardines con espléndidos y tupidos rosales. Cuando se viene de Jerusalén, se ve la casa de Zacarías sobre una colina. A un cuarto de hora de camino sobre una altura está su viñedo a la derecha, y al pie de la colina, el pozo que descubrió María. El Hebrón del tiempo de Abraham está en ruinas más al Sur en un valle separado por un foso. En tiempos de Abraham tenía anchas calles y las casas estaban muchas de ellas cavadas en las rocas. No lejos de la casa de Zacarías hay un lugar llamado Jether donde he visto andar con frecuencia a María y a su prima Isabel. En Juta sospecharon las gentes, por las palabras de Jesús y por el luto de los parientes, que Juan estaba muerto y así se esparció la noticia de su desaparición. Jesús antes de dejar a Juta estuvo en el sepulcro de Zacarías con su sobrino y los apóstoles. Estas tumbas no son como las comunes, sino catacumbas, con una bóveda sostenida por columnas, y se han convertido en lugar de peregrinaciones de los sacerdotes. Se resolvió que el cuerpo de Juan debía ser traído de Macherus y sepultado aquí. Trabajaron por eso y dispusieron otro lugar y fue cosa admirable ver como Jesús trabajó y ayudó también para preparar el sepulcro de su amigo el Bautista. Jesús honró también los restos de Zacarías. Isabel no está enterrada aquí sino en la primera cueva, donde había vivido Juan cuando niño en el desierto: el sepulcro está en una altura. Cuando Jesús abandonó a Juta le acompañaron hombres y mujeres. Estas últimas volvieron después de una hora de camino, e hincadas de rodillas, pidieron la bendición. Quisieron besar sus pies, pero Jesús no lo permitió.

Capítulo XLVIII

Jesús en Libna y en Bethzur

Tomaron el camino de Libna en cuyas cercanías entraron en un albergue. Los hombres que le habían acompañado partieron de aquí con Saturnino y Judas Barsabás que habían ido de Galilea a Macherus, de allí a Juta y ahora hasta Libna. Contaron con amargura la muerte del Bautista. Cuando Herodes partió con su familia de Macherus a Hesebón, acompañado de sus soldados, se esparció la voz de la decapitación del Bautista por unos viajeros y por medio de los heridos en Jerusalén, que eran gentes de Zorobabel de Cafarnaúm. Zorobabel comunicó la noticia a Judas Barsabás, que estaba en las cercanías y por esto se dirigió con Saturnino y otros discípulos a Macherus, donde se certificaron de la triste noticia. Desde Macherus se dirigieron a la patria de Juan para tratar de rescatar el cuerpo. La noticia de que Jesús se encontraba en este albergue los trajo aquí donde se encontraron con Jesús. De aquí se encaminaron con los hijos de María Heli, el sobrino de Zacarías, el sobrino de José de Arimatea, los hijos de Juana Chusa y de Verónica, hacia Macherus, pasando por Juta, llevando un asno con las cosas más necesarias para el arreglo del cuerpo. Macherus estaba ahora despoblado y sólo quedaban unos pocos soldados. Jesús permaneció en esta región para no encontrarse en el camino con Pilatos, que viajaba con su mujer y un acompañamiento de cincuenta personas a través de Bethzur y Antipatris, para embarcarse a Roma y presentar sus quejas contra Herodes. Antes de la partida de Jerusalén había tenido un consejo con su gente sobre Jesús de Galilea, que hacía tantas maravillas y que ahora estaba en las cercanías de Jerusalén. Pilatos preguntó: “¿Le sigue mucho pueblo?… ¿Están armados?…». “No», le respondieron, «Va con pocos discípulos, de humilde condición, sin empleo alguno y a veces completamente solo. Enseña sobre las colinas, en las sinagogas, sana a los enfermos y da limosna a los pobres. En estas ocasiones suele reunirse mucho pueblo, a veces hasta miles...». “¿Enseña y habla contra el César?». «No; enseña de mejorar las costumbres, de la misericordia y que se dé al César lo suyo como a Dios lo que le pertenece. Pero habla con frecuencia de su reino que parece estar cerca». Dijo Pilatos: “Mientras va andando y sanando enfermos y no lleve gente de armas y soldados, nada hay que temer porque haga milagros. Abandona el lugar donde hace un milagro y va a otros lugares; de este modo pronto se lo olvidará y se lo perseguirá. Yo sé que los mismos sacerdotes están airados contra Él. No hay peligro alguno con Él. Si, al contrario, se le ve andar con gente armada, entonces será el momento de acabar con Él”. Pilatos había tenido ya varias enojosas cuestiones con el pueblo judío, y lo odiaban. Una vez introdujo en la ciudad figuras sobre estandartes romanos y el pueblo se amotinó contra él. En otra ocasión he visto que en una fiesta, donde los judíos no llevan armas ni tocan dinero, entrar los soldados romanos en el templo y romper la alcancía de las limosnas y llevarse el dinero. Fue esto en el tiempo en que Juan estaba cerca de On, en el Jordán, bautizando, y Jesús volvía del desierto. De Libna se dirigió Jesús a Bethzur que está como a diez horas al Norte y a dos horas de Jerusalén. Bethzur es una fortaleza porque tiene torres, fosos y excavaciones, aunque está en ruinas, pero no tanto como la de Betulia. La ciudad es tan grande como Bethorón. Del lado que venía Jesús no está tan empinada y entre Bethzur y Jerusalén hay un hermoso valle. Se puede contemplar desde la altura de una ciudad las torres y casas de la otras. Del otro lado está la ciudad defendida por una empinada altura. Un tiempo estuvo el Arca de la Alianza públicamente de asiento aquí. Jesús fue recibido muy bien en Bethzur. Lázaro y otros discípulos de Jerusalén estaban esperándolo. Les lavaron los pies a Él y a los discípulos y les ofrecieron en abundancia todo lo que necesitaban. Jesús se albergó en una posada cerca de la sinagoga. Los tres Reyes Magos habían pasado por Bethzur en su camino de Jerusalén a Belén; habían dado descanso a sus bestias de carga y habían vuelto a ver en este lugar la estrella desaparecida. Bethzur no debe confundirse con una Bethorón, que está entre Belén y Hebrón, cerca de la cual Felipe bautizó al eunuco de la reina Candaze. A este lugar lo llaman también Bethzur. En la ciudad sanó Jesús sin molestias a varios enfermos en sus casas. Las gentes eran buenas y el jefe de la sinagoga llevaba a Jesús de casa en casa. Después enseñó en la escuela bendiciendo a gran cantidad de niños y niñas, y estuvo mucho tiempo con ellos, sanando a los que estaban enfermos.

Capítulo XLIX

Rescate y sepultura del cuerpo de Juan

Cuando Saturnino con los demás discípulos llegaron delante de Macherus, subieron hacia el castillo con tres robustos tirantes que llevaban bajo el brazo, una especie de bolsa de cuero en dos partes, con telas, esponjas y otras cosas necesarias, mientras los discípulos conocidos aquí pidieron permiso a los guardas para entrar en el castillo, cosa que no les fue concedida. Se volvieron entonces, dieron vueltas por los muros y por el lado de la prisión de Juan entraron apoyados unos en los hombros de los otros y pasaron por tres vallados y por dos fosos. En realidad parecía que les ayudaba Dios, porque lo hicieron todo con prontitud y relativa facilidad. Entraron por una abertura redonda en los aposentos interiores. Cuando los dos soldados que custodiaban la entrada notaron la presencia de estos hombres, vinieron a ellos con antorchas y los discípulos les fueron al encuentro y les dijeron: “Nosotros somos discípulos de Juan Bautista y venimos a llevarnos el cuerpo de nuestro maestro que Herodes hizo matar». Los soldados no les estorbaron; al contrario, abrieron la cárcel, porque también ellos estaban amargados contra Herodes por la muerte de Juan y querían reparar y tener parte en la buena obra de la sepultura. Algunos soldados del castillo habían, días antes, desertado del oficio y huido de Macherus. Cuando entraron en la cárcel de pronto se apagó la antorcha y se llenó toda la cárcel de luz, especialmente el cuerpo de Juan. No sé si ellos veían esa luz sobrenatural, pero creo que sí porque hicieron todo tan pronto y tan fácilmente como si fuera de día y a plena luz. Los discípulos corrieron hacia el cadáver de Juan, llorando, y se hincaron delante de él. Además de ellos, yo vi en ese momento una aparición luminosa de una mujer alta y resplandeciente que estaba allí en la cárcel; al principio me pareció que sería María Santísima, pero luego comprobé que era Isabel. Todo me pareció tan natural y también su presencia allí, que yo pensaba como pudo haber entrado en la cárcel, El cadáver estaba todavía cubierto con su piel de camello. Los discípulos se dispusieron pronto a los preparativos necesarios; extendieron un lienzo, pusieron el cadáver encima, lavaron el cuerpo. Traían el agua en sus odres y los soldados trajeron aún más en unas palanganas oscuras. Judas Barsabás, Santiago y Eliachim hacían el trabajo, mientras los demás alcanzaban y traían las cosas necesarias. La aparición estaba allí trabajando con ellos y parecía como si ella lo hiciera todo: descubrir, cubrir, poner, sacar, envolver y en toda faena estaba la mano de ella. Debido a ello se hizo todo con orden y prontitud. Abrieron el cadáver, sacaron los intestinos que pusieron dentro de odres de cuero; luego lo embalsamaron con hierbas y perfumes, de modo que el todo quedó reducido y el cadáver parecía disecado. Mientras tanto otros discípulos recogieron la sangre que había caído y salido de su cabeza y la pusieron en las cajas vacías donde habían traído las especias para embalsamar. Colocaron después el cadáver así preparado dentro del saco de cuero que traían y lo cerraron por arriba; luego metieron los dos palos que traían y lo sujetaron con correas, y lo sacaron de allí entre dos, habiendo cubierto el saco con el vestido de piel que llevaba el Bautista. Los demás llevaban el odre con las entrañas y las cajas con la sangre recogida. Los dos soldados dejaron a Macherus y los condujeron por sendas estrechas detrás de los vallados, por pasadizos subterráneos, llevándolos afuera por el mismo camino por donde habían traído a Juan a la cárcel. Todo transcurrió con prontitud admirable, en medio de inmensa ternura de parte de todos. Al principio los vi andar sin luz con pasos ligeros bajando por la montaña; más tarde vi que llevaban una antorcha y que dos cargaban el tesoro sobre sus hombros, mientras los demás seguían detrás. No me es posible expresar qué conmovedor era este cuadro, en medio de la noche, con la antorcha, silenciosos y apresurados, que me parecía que mejor que caminar, rasaban tocando apenas el suelo por milagro. Cuando al llegar el día iban a pasar el Jordán en el sitio donde Juan bautizaba, se detuvieron y lloraron. Se apartaron luego, tomando el camino del Mar Muerto, por senderos extraviados, y atravesando el desierto llegaron por el valle de los pastores hasta Belén, donde se escondieron en una cueva con el depósito esperando la noche para seguir hasta Juta. Al amanecer estaban cerca de la caverna de Abraham y llevaron el cuerpo a una cueva de los esenios, que lo custodiaron todo el día. Por la tarde, más o menos a la hora en que fue sepultado Nuestro Señor, y también en un Viernes, he visto llevar el sagrado cuerpo por los esenios a la sepultura donde están sepultados Zacarías y otros profetas en el lugar donde Jesús también ayudó a disponer. Los parientes de Juan, mujeres y hombres, estaban reunidos con los discípulos que habían traído el cadáver, con los soldados que los habían acompañado y con muchos esenios, entre éstos varios ancianos de mucha edad que habían socorrido a Juan en los primeros tiempos de su vida en el desierto. Estos hombres tenían vestiduras blancas y largas. Las mujeres también tenían blancas y largas vestiduras, mantos y velos, los hombres llevaban mantos negros de luto, con estolas angostas que pendían del cuello y terminaban en puntas rasgadas. En la bóveda ardían muchas lámparas. Se depositó el cuerpo sobre una manta, lo desenvolvieron de sus ataduras y fue embalsamado con hierbas, especias, mirras y perfumes. Era un espectáculo terrible, para los parientes, ese cuerpo sin cabeza. Estaban muy tristes de no poder ver su rostro y miraban en la lejanía, en el vacío, para recordarlo. Cada uno de los presentes puso todavía un manojo de mirra o de otra especia sobre el cuerpo, que luego fué depositado en la sepultura dispuesta sobre la de su padre, cuyos huesos también limpiaron y compusieron en buen orden. Hubo todavía una ceremonia de luto de parte de los esenios, que contaban a Juan por uno de ellos, antes bien, por uno de sus profetas prometidos, Entre las dos hileras de esenios pusieron un altar portátil y uno de ellos con dos ayudantes hizo la ceremonia. Todos ponían pequeños panes sobre el altar, en cuyo medio estaba la figura de un cordero pascual que rociaban con hierbas y ramitas. Cubría el altar un paño colorado, que tenía encima otro blanco. Había una figura de cordero que al principio brillaba, colorado, y luego blanco; quizás había lámparas detrás que se cambiaban. El sacerdote esenio leía en sus rollos, quemaba incienso, bendecía y rociaba con agua bendita. Todos cantaban en coro. Los discípulos y parientes de Juan estaban en derredor y cantaban con ellos. El más anciano habló del cumplimiento de las promesas, de la grandeza de Juan y otras cosas que se referían a Cristo. Recuerdo que habló de la muerte de los profetas y de Zacarías, sumo sacerdote, muerto entre el templo y el altar. Añadió que también el otro Zacarías, padre de Juan, había sido muerto entre el templo y el altar, pero en sentido mucho más elevado, y que Juan era el testigo y mártir entre el templo y el altar: quería decir entre la vida y la muerte de Cristo. La ceremonia del cordero tenía relación con el cordero pascual, con el Cordero Jesucristo, cordero de Dios, con la última cena, la pasión y la muerte de Jesús. No creo que ellos entendiesen todo esto bien; pero lo hacían como cosas misteriosas y proféticas de las cuales muchas observaban, sin entender, empero, todo el significado. El anciano repartió, después de la ceremonia, entre los discípulos los panecillos que habían estado sobre el altar y dio a cada uno una ramita. Los otros parientes recibieron también ramitas, pero no de las que habían estado sobre el cordero. Los esenios comieron estos panes. Después el sepulcro fue cerrado.

Capítulo L

Noticias de los esenios y sus creencias

Los más santos entre estos esenios tenían grandes conocimientos y proféticas visiones sobre el Mesías y también de las usanzas y prácticas judaicas que tenían relación con el Mesías. Cuatro generaciones antes del nacimiento de María Virgen habían cesado de ofrecer sacrificios de sangre porque conocieron que ya se acercaba el cordero de Dios. La castidad que observaban y su continencia eran un obsequio que hacían al futuro Mesías. Conocían que el hombre debe ser un templo de Dios y querían mantenerse puros y santos al saber que se acercaba el Mesías. Sabían cuantas veces fue demorado el advenimiento del Mesías por los pecados de los hombres y querían con su castidad y continencia satisfacer por los pecados de los hombres. Todo estaba establecido en su orden por algunos de sus profetas, sin que por esto tuviesen ellos mismos un acabado conocimiento de todo al venir Jesucristo. Eran como precursores, en cuanto se refiere a los ritos y costumbres de la Iglesia que fundaría Cristo. Habían ya de antiguo contribuido en mucho a la santificación y preservación de los antepasados de María y de otros santos descendientes y el cuidado de Juan en su juventud fue el último eslabón de su obra. Los mejores, entre ellos, fueron en compañía de Jesús como discípulos; otros, después, a la comunidad cristiana. Fueron elementos de vida santa y ordenada para la primera Iglesia, por la costumbre que ya tenían de vida mortificada, y fueron también los modelos de los futuros solitarios que poblaron los desiertos más tarde. Una gran parte de ellos, que no pertenecían al fruto sino a la corteza de la orden, permanecieron obstinados en sus usos y apartamiento y se convirtieron más tarde en jefes de sectas, mezclando cosas paganas y cristianas, que molestaron en los primeros años de la Iglesia. Jesús no tuvo con ellos comunicación especial ni parecido con sus costumbres y prácticas ni se dio más a ellos que a los demás piadosos israelitas. Era amigo íntimo de algunos de los esenios casados, que eran parientes de la Sagrada Familia. Como los esenios nunca disputaron con Jesús, tampoco el Señor los reprendió. No se los nombra en el Evangelio porque el Señor no encontró en ellos cosas que merecieran especial reproche, sino cosas comunes a los demás hombres. Tampoco los alababa en público, porque los fariseos hubieran en seguida dicho que era de la secta de los esenios.

Capítulo LI

Buscan y encuentran la cabeza de Juan Bautista

Cuando se conoció, por los servidores de Herodías, el lugar donde había sido arrojada la sagrada cabeza del Bautista, se encaminaron a Macherus las mujeres Juana Chusa, la Verónica y otras parientas, con el fin de conseguir llevar ese tesoro; pero se vio que mientras no fuese vaciada la cloaca de los desperdicios de cocina, que estaba rebalsada, no se podía llegar hasta donde estaba la cabeza en un resalto de la pared, en una piedra. Por esto pasaron algunos meses hasta que se comenzó a remover y a sacar de allí muchas cosas que habían servido para Herodías y su servidumbre, y se dispuso ese lugar más para guarnición de soldados, como puesto avanzado y defensivo. Los fosos fueron limpiados y mejorados y hechas nuevas obras allí. He visto en esta ocasión una maniobra curiosa. Cavaban fosos y los llenaban de materias inflamables; luego los tapaban, disimulándolos y aún plantaban árboles encima; cuando fuera necesario se podían encender esas materias y saltaba todo al aire: plantas, piedras, polvo y cuanto se había depositado en los fosos. Hicieron muchos de estos fosos en torno de las murallas del castillo. Había muchas gentes que cuando se limpiaban los desperdicios de estos depósitos se llevaban el barro y desperdicios para abonar sus propios campos. Entre estos interesados había algunas mujeres de Jerusalén con criados que esperaban el momento en que se limpiase el depósito mayor, más profundo y empinado, donde se encontraba la sagrada cabeza. Rezaban todas las noches, ayunaban y pedían a Dios que les permitiera rescatarla. El suelo de este foso estaba cuesta arriba por razón de la montaña; toda la parte inferior había sido ya vaciada y limpiada. De allí había que trepar por las piedras hasta llegar al lugar donde se arrojaban los huesos de la cocina. Se veía alli un gran montón de huesos y había mucha distancia desde la entrada hasta aquel lugar. Mientras los trabajadores habían ido a comer, entraron hombres pagados por las santas mujeres, por el foso limpio, hasta el montón de huesos. Rezaban a Dios les hiciera encontrar la sagrada cabeza, mientras iban trepando hasta el lugar de los huesos. Vieron la cabeza puesta, sobre una piedra, que sobresalía, y estaba derecha, que parecía que los miraba; en efecto, vieron dos llamas en lugar de los ojos. De no haber habido este resplandor se hubiesen podido equivocar, pues había allí otras cabezas de hombres. La cabeza estaba en estado lastimoso: el rostro moreno, lleno de sangre; la lengua, que Herodías había sacado para punzarla, fuera de la boca abierta, y los cabellos amarillos, por los cuales la habían aferrado el verdugo y Herodias, estaban levantados. Las mujeres la envolvieron en telas y se alejaron prontamente del lugar. Habían apenas caminado un trecho cuando un millar de soldados se acercaba al castillo para relevar la guardia del centenar de hombres que había antes. Las mujeres se escondieron en una cueva, mientras pasaban estos soldados. Siguiendo el viaje entre las montañas encontraron a un soldado herido en una pierna, desmayado, al borde del camino. Aquí encontraron al sobrino de Zacarías, que les venía al encuentro con un par de esenios. Tomaron la sagrada cabeza y la pusieron, llenos de fe, sobre el soldado desmayado, que volvió en sí al punto, y se levantó sano, diciendo que había visto al Bautista delante de sí que le ayudaba. Los portadores estaban muy conmovidos: lavaron sus heridas con vino y aceite, y lo llevaron a una posada, sin decir nada de la cabeza de Juan. Con esto prosiguieron su camino por sendas extraviadas, como habían hecho cuando llevaban el cuerpo del Bautista. Llevaron la sagrada reliquia primero a Hebrón, a los esenios, los cuales sanaron a varios de sus enfermos tocándolos con la sagrada cabeza. Los esenios se ouparon luego de limpiar la venerada cabeza, de embalsamarla y adornarla costosamente. Por último la trasladaron junto al sagrado cuerpo.