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Jesús en Kirjathaim y Abram
Jesús estuvo con sus discípulos en los alrededores de la ciudad y sanó a muchos enfermos. Por la mañana envió a uno de los sobrinos de José de Arimatea y al hijo de Serafia a la ciudad de Kirjathaim que está a tres horas de aquí, para preparar el alojamiento, y después salió de Saphet. Durante el camino los discípulos se esparcieron por uno y otro lado y Jesús enseñaba y sanaba a los enfermos. Caminaron entre Bethan y Elkese, hacia el Oeste; luego torcieron hacia el Sur. Un poco detrás de Elkese, donde hay un pozo muy hermoso, vése una laguna grande, como la de Betulia, de forma oval: sale de ella al Sur un arroyo hacia el valle de Cafarnaúm. Este valle a veces se estrecha y otras se ensancha: hasta Cafarnaúm puede tener una longitud de siete horas de camino. En el camino a Kirjathaim le salieron al encuentro algunos endemoniados, que le pedían ayuda. Decían que los apóstoles no les habían podido ayudar y ellos estaban convencidos que Él podía. Les dijo que si los discípulos no les habían podido ayudar no era culpa de ellos, sino de los endemoniados, que no tenían la fe necesaria, y los mandó a Kirjathaim y que ayunasen hasta que pasase Él a liberarlos. Los hizo esperar y hacer penitencia. A una media hora antes de Kirjathaim le salieron al encuentro los levitas de la ciudad y los maestros con los alumnos; estaban los dos discípulos que habían sido enviados a preparar albergue. Lo recibieron junto a un jardín con baños que recibían el agua desde el arroyo por medio de un canal. Este jardín estaba lleno de hermosos árboles y enramadas formando techos, y rodeado de un tupido cerco de plantas. Allí lavaron los pies a Jesús y a los discípulos y les ofrecieron un refresco. Jesús enseñó a los niños y los bendijo. Serían como las cinco cuando entraron en la ciudad, sobre una colina, mirando hacia el valle. Camino de la sinagoga fue sanando toda clase de enfermos que se alineaban a lo largo de la calle. En la sinagoga enseñó sobre las ocho bienaventuranzas y sobre el castigo de los levitas que habían puesto su mano en el Arca de la Alianza. Pasó a decir que mayor castigo vendría sobre los que pondrán sus manos en el Hijo del Hombre, puesto que el Arca de la Alianza era solo una figura del Mesías. Se albergó en una de las casas que los discípulos habían dispuesto y alquilado de antemano. En una casa donde cocinaban para personas enfermas se preparaban los alimentos para los discípulos; Jesús y los levitas tomaban parte en estas comidas. Kirjathaim es una ciudad de levitas y no hay allí fariseos; viven algunas familias emparentadas con Zacarías; Jesús las visitó y ellas estaban muy preocupadas por la suerte de Juan. Jesús les recordó el nacimiento de Juan y las cosas sucedidas entonces y su manera admirable de vivir y su misión. Les dijo muchas cosas del nacimiento del Hijo de María, en relación con Juan, y como la suerte de Juan está en las manos de Dios: que debía morir cuando llenase su misión y que estaba preparándose para su muerte. Junto a la sinagoga fue asediado por los dos endemoniados de ayer y otros muchos enfermos; sanó a varios y a otros mandó ayunar, hacer limosna y orar. Esto lo mandaba porque en este lugar las gentes estaban más acostumbradas al ayuno, a la penitencia y a la oración. Después se dirigió con los discípulos al jardín donde había sido recibido. Aquí enseñaba mientras los discípulos bautizaban. Había paganos que vivían en tiendas y le esperaban, pues habían estado en Cafarnaúm y los encaminaron hacia aquí. Se bautizaron como cien personas. Se ponían en el agua en un estanque: bautizaban Pedro y Santiago el Menor, y los demás ponían las manos como padrinos. Por la tarde enseñó Jesús sobre las ocho bienaventuranzas, y luego habló de la falsa alegría de los falsos profetas que contradecían las amenazas verdaderas de los profetas; estas amenazas se habían cumplido. De paso repitió las amenazas contra aquellos que no recibían al enviado de Dios. Jesús salió de Kirjathaim y se dirigió hacia el Sur con sus discípulos. A su salida fue saludado solemnemente como a la entrada por los levitas y los niños de la escuela. Los habitantes viven aquí del comercio de tránsito y confeccionan vestiduras y adornos de seda para los sacerdotes: la seda la traen del extranjero. En la otra parte de la colina, al Sur, hay una plantación de cañas de azúcar con las cuales comercian. Jesús pasó por esta altura mientras los discípulos se esparcieron al Este, por el valle. Enseñó en Naasón y encontró aquí gente de Cafarnaúm y también algunos paganos. A menudo le acompañan grupos de personas un trecho de camino. He visto que aquí sanó a varios que le esperaban a lo largo del camino, entre ellos algunos completamente encorvados y torcidos. Los tomó de la mano y les mandó ponerse derecho. Quisieron seguirle, pero les mandó volver a sus casas. Atravesó un valle y llegó a la ciudad de Abram, en la tribu de Aser, y se albergó en una posada. Hay hermosos jardines en torno de la ciudad, Jesús llegó con dos discípulos al albergue; los demás aún no se habían reunido. La región del Este del barranco, que corre desde el Líbano hasta el valle de Zabulón, es sumamente hermosa y rica en praderas, y por eso se ve mucho ganado y camellos que pastorean. Más hacia el mar abunda la fruta. La ciudad de Abram está como a tres horas de Kirjathaim; pero Jesús empleó cinco horas, por andar enseñando y sanando. Por la noche llegaron Tomás, Juan y Natanael y se reunieron con Jesús en el albergue. Los otros andaban aún por los alrededores. Los confines entre Neftalí y Zabulón dividen la montaña donde está Abram. El cuidador del albergue presentó a Jesús una cuestión para resolver por causa de un pozo donde tomaban agua las bestias, que él debía cuidar. Porque estaban tan cercanos los límites y había mucho ganado, disputaban con frecuencia por el agua. El cuidador dijo: «Señor, no te dejaremos ir hasta que no dirimas esta cuestión». Jesús dirimió la cuestión más o menos en esta forma: que dejasen acercarse una cantidad igual de animales de una y otra parte, y a la parte que sin empuje fueran más cantidad de animales por si mismos al pozo, se le reconociera mayor derecho. Luego habló del agua viva que debían desear y que Él les podía dar: los que mayormente la deseasen, ésas la obtendrían. A la mañana siguiente entró en la ciudad, que parecía dividida en dos partes por una calle principal. Se ven muchos jardines alrededor. Los maestros de la escuela vinieron a su encuentro, le lavaron los pies y lo acompañaron a la sinagoga. En el camino sanó a varios enfermos estropeados, a ancianos demacrados tendidos en los caminos y a endemoniados que aún no estaban furiosos, pero que murmuraban entre si y se movían de un lado a otro, y a otros hombres anormales. Estos endemoniados repetían lo que otras veces: “Jesús de Nazaret; Jesús es Profeta; Hijo de Dios; Jesús de Nazaret”. Jesús los sanó y liberó con su bendición. En la sinagoga enseño sobre las bienaventuranzas y sobre la lección del profeta Malaquías. Había aquí fariseos, saduceos y dos sinagogas, una en cada parte de la ciudad. Los saduceos se reunían en otra sinagoga, donde Jesús no enseñó. Los fariseos se portaron correctamente con Jesús. El albergue está como a un cuarto de hora de camino al Sur de la ciudad y es uno de los ordenados por Lázaro. El cuidador es un esenio casado, descendiente de aquel Zacarías que fue muerto entre el templo y el altar. La mujer de este hombre es una nieta de una hermana de santa Ana. Tienen hijos ya crecidos y poseen ganado y praderas junto al lugar donde Joaquín había orado antes de la concepción de María. Ahora, como tienen poco trabajo en casa, se establecieron aquí y más tarde serán relevados por otras personas. El albergue está arreglado bien; tiene un jardín, un campito y un pozo de agua. No hay en Abram paganos, pero viven algunos en las alturas de la montaña. Los otros apóstoles que Jesús dejó antes de entrar en Kirjathaim se juntaron aquí, entre ellos Andrés y Mateo. Tomás y Santiago el Menor fueron, en lugar de ellos, a Achzib en Aser, a diez u once horas. Con Andrés llegaron unos veinte hombres, entre sanados y extranjeros, que querían oír la predicación de Jesús. Los dos apóstoles contaron que todo les había salido bien: sanar enfermos, echar demonios, enseñar y bautizar. Vinieron al albergue varios hombres: unos pidieron consejos; otros eran enfermos, estropeados y ancianos demacrados y también mujeres enfermas, que aguardaban en otro lugar. Había endemoniados entre ellos. Algunos enfermos sanados ayer se ofrecieron a ayudar hoy a los otros enfermos y a Jesús, pero Él les dijo que había venido no para ser servido sino para servir. Jesús estuvo toda la mañana sanando enfermos y tuvo que zanjar otra cuestión de derechos de agua. Aquí corren los límites de Aser, Neftalí y Zabulón; la gente tiene mucho ganado y se disputan por el agua. Unos decían que los otros usaban del pozo que habían cavado sus antepasados, y que estaban dispuestos a hacer lo que dijese Jesús; pero que no querían sin más dejar los derechos que les venían desde sus antepasados. Jesús decidió la cuestión diciendo que cavasen un pozo en un lugar que señaló; que allí encontrarían más y mejor agua. Se bautizaron aquí unos veinte o treinta judíos, entre ellos los venidos con Andrés y Mateo. Como no había un estanque donde entrar, eran bautizados en círculo, derramándoseles el agua sobre las cabezas. Después de esto entró Jesús en la ciudad. La gente que sanaba en la ciudad eran enfermos de casi la misma clase; dependía de la altura de la ciudad y de las costumbres de los habitantes. Estuvo con los niños que le esperaban en las calles, en las plazas y en todos los rincones; los bendecía, les preguntaba, les enseñaba y los despedía contentos. Las madres le traían niños enfermos a los cuales curaba; se había reunido una gran multitud. En la sinagoga estuvieron los fariseos muy corteses con Él; se señalaron el mejor lugar y dispusieron en torno a sus discípulos y le presentaron los rollos abiertos. Enseñó sobre una de las bienaventuranzas y pasó a hablar de las persecuciones de que serían objeto El y sus discípulos, y del castigo que sobrevendría a los perseguidores con la destrucción de la ciudad y del templo. Los fariseos interrumpían para que aclarase esto o aquello de lo que iba diciendo. Esto se suele hacer. Las gentes son laboriosas: preparan algodón para la venta; fabrican telas y tejen una especie de lino. Nace de una caña gruesa de la cual se sacan delgadas hojas, que luego trabajan y preparan sobre huesos cortantes o maderas; así las reducen a finas hebras amarillas brillantes, que cosen a las ropas como adornos. No es ni lino ni el cáñamo nuestro. Fabrican también mantas y telas para tiendas de campaña y divisiones de estera para las casas. Jesús y los apóstoles emplearon toda la mañana siguiente y una parte de la tarde en visitar casas particulares en el Sur de la ciudad. Enseñaban, consolaban, reconciliaban y exhortaban a la unión, al amor, a la paz en las familias. Donde había mucha gente en los hogares allí Jesús enseñaba; si eran pocos se llamaba a las familias vecinas por medio de los discípulos. Muchas cosas se arreglaban de este modo: estas visitas eran para aquellas familias donde había ancianos y enfermos que no podían ir a la sinagoga. Algunos muy ancianos fueron bautizados en sus lechos y otros que apenas podían enderezarse eran bautizados con un recipiente de agua. En el primer día de su entrada en Abram exhortó a dos novios y asistió después a su casamiento. A otras tres parejas que estaban en una casa donde había parientes, fariseos y sacerdotes, las exhortó y les hizo una enseñanza sobre el matrimonio. Habló de la sumisión que deben las mujeres al marido, por mandato de Dios, después del pecado; pero que los hombres vieran en sus mujeres la promesa y respetaran esa promesa: la semilla de la Mujer debe pisar la cabeza de la serpiente. Ahora que el tiempo es llegado y la promesa cumplida, entra la gracia en lugar de la ley, y así las mujeres obedezcan con reverencia y humildad, y los hombres manden con caridad y bondad. En esta ocasión dijo que no preguntasen cómo vino el pecado en el mundo: vino por la desobediencia, y la salud viene por la obediencia y la fe. Hablando del divorcio, dijo que el hombre y la mujer formaban un solo cuerpo, y no podían por eso ser separados; y si de la unión de los mismos resultaran grandes dificultades y pecados, se podían separar, pero no podían casarse nuevamente con otros. Las leyes de separación y de divorcio, dijo, fueron leyes para la rudeza y la infancia de los pueblos; pero que no siendo ellos ya niños, y habiendo llegado la plenitud de los tiempos, el casarse con otro es una falta a la eterna ley de la naturaleza misma. La separación sea sólo para evitar mayores pecados y después de serio examen. Tuvo esta enseñanza en la casa de uno de los novios; pero estaban los demás novios presentes, aunque separados unos de otros, hombres y mujeres, por una cortina. Jesús estaba sentado en un extremo de la pieza enseñando, rodeado de algunos apóstoles y discípulos. Estaban presentes los padres de los novios, separados según su sexo. Esta enseñanza sobre el matrimonio dio ocasión a contradicciones de los fariseos, no en la casa, sino más tarde, en la sinagoga, cuando Jesús enseñaba sobre la opresión de los israelitas en Egipto y del profeta Isaías. Aquí disputaron sobre la enseñanza de Jesús, pareciéndoles demasiado poco lo dicho sobre la sumisión de las mujeres a sus maridos y demasiado severo lo dicho sobre el divorcio. Estuvieron desenrollando toda clase de escritos, y no pudieron, sin embargo, aceptar la doctrina de Jesús explicada antes; pero, a pesar de todo, la disputa no pasó los límites de la cortesía y de la buena educación. Unos días después estuvo Jesús en el casamiento de los otros, con algunos discípulos, como testigo. Fueron casados, según la ley, bajo el cielo abierto, porque se descubrió la cúpula de la sinagoga para este caso. He visto que de ambos se sacó un poco de sangre del dedo anular, que bebieron esto mezclado con vino y se cambiaban los anillos. Después de las ceremonias de la sinagoga, siguieron las danzas, la comida y los juegos, a los cuales invitaron a Jesús y a sus discípulos. Esto transcurrió en un hermoso salón con columnas. Los recién casados no eran todos de la ciudad: algunos eran de lugares vecinos, pero se habían concertado de celebrar sus casamientos todos aquí, aprovechando la venida de Jesús. Algunos de ellos habían estado con sus padres en las enseñanzas de Jesús en Cafarnaúm. La gente era buena y bien intencionada, y los casamientos de los pobres, eran celebrados con solemnidad, igual que los de los ricos, aunque no pudieran pagar los gastos.
Jesús en las bodas de Abram
He visto que los invitados daban ciertos regalos y que Jesús también hizo su regalo consistente en dinero de la comunidad, por sí y por sus discípulos. Pero he visto luego que le enviaron canastos con panes y tortas de bodas al albergue y que Jesús los mandó repartir entre los pobres. La danza al principio fué muy moderada y a pasos lentos. Las novias bailan con el velo, colocadas frente a sus novios, y cada novio danzó una vez con la novia. No hubo entre ellos tocamiento alguno; llevaban en las manos pañuelos, y sostenían los cabos de los mismos cuando danzaban. Después danzaron todos juntos. La fiesta duró una hora, después de lo cual se sentaron a la mesa, separados los hombres de las mujeres. Los músicos eran niños y niñas, con coronas en las cabezas y en los brazos. Tenían flautas, cornetas y otros instrumentos. Las mesas estaban dispuestas de tal manera que se podían oír hombres y mujeres, pero no ver. Jesús se acercó a la mesa de los novios y contó una parábola semejante a las diez vírgenes, y declaró el sentido de las prudentes y de las necias muy acertada y familiarmente. Les iba diciendo a cada pareja lo que tenían preparado en su nueva casa y declaraba su sentido espiritual. Las cosas que decía venían muy a propósito del carácter y del vicio predominante de cada uno, de tal manera que corregía y advertía sin que los demás se dieran cuenta. Tomó ocasión también de las lámparas encendidas, haciendo oportunas aplicaciones. Después de la comida se pasó al patio, donde se jugó a las adivinanzas y a las suertes. Los acertijos caían a través de una madera dispuesta con agujeros y cada uno tenía que resolver el acertijo que le tocaba o pagar alguna pena. Los acertijos no resueltos volvían a entrar en juego, y el perdedor podía volver a ganar lo perdido si resolvía bien. Jesús presenciaba el juego, haciendo oportunas advertencias y aclaraciones. Después de la fiesta volvió Jesús con los suyos al albergue fuera de la ciudad y le acompañaron festivamente con antorchas. Visitó de nuevo la sinagoga y enseñó y se fué a la escuela de los niños y de los jóvenes, a quienes preguntaba y exhortaba. Se despidió de algunas personas, y después de la comida fue a la escuela de las niñas, que era al mismo tiempo un taller de bordados y costuras. Las niñas contaban de seis a catorce años y estaban con sus vestidos de fiesta; eran muy numerosas. Estaban presentes dos escribas que todos los días enseñaban allí la ley; también ellos estaban vestidos de fiesta, con anchas fajas y largos manípulos en los brazos. Unas diez viudas cuidaban de las niñas; además de aprender a leer, escribir y contar y conocer la ley, hacían bordados que luego se vendían para mantenerse. En largas salas estaban extendidas telas anchas como de una vara y otras más angostas, hasta el ancho de una faja; las partes terminadas eran arrolladas. Se veían delante de ellas las muestras dibujadas que debían imitar. Eran flores, hojas, árboles, figuras y líneas que serpenteaban en medio de las figuras. Las telas eran muy finas, de lana liviana, parecidas a los mantos de los Reyes Magos: sólo que parecían más resistentes y de diversos colores. Trabajaban con lanas de distintos tonos, y también con seda, mayormente amarilla. Tenían pequeños ganchitos en lugar de agujas. Algunas trabajaban sobre telas blancas. Otras bordaban fajas y ponían palabras en ellas. Las niñas estaban en el trabajo unas junto a las otras. Sus tareas estaban graduadas, de modo que adelantaban según la edad y la capacidad. He visto que las más pequeñas preparaban los hilos; otras extendían la lana y la peinaban; otras hilaban, y otras alcanzaban a las mayorcitas los hilos y los instrumentos que necesitaban. Hoy no trabajaban, pero mientras pasaba Jesús entre ellas y las maestras mostraban los trabajos, a mí me era enseñado en cuadros todo el procedimiento que se usaba en la escuela. He visto que le mostraban también grandes figuras bordadas, trabajos encargados por personas interesadas. Muchos trabajos eran encargados y vendidos. Aun los paganos cambiaban estos bordados por telas crudas o los compraban. Algunas de estas niñas vivían allí mismo como pupilas; otras venían de la ciudad. La casa tenía dos pisos y la ganancia se invertía en la escuela. Había una sala para enseñanza, y Jesús preguntaba. Las niñas tenían todas sus pequeños rollos en las manos. Las más pequeñas estaban delante y las maestras detrás de todas. Pasaron en varios turnos delante de Jesús, junto a su sitial, y Él les enseñaba con semejanzas de sus trabajos y luego las bendecía. Después de esto dejó la escuela y ellas le hicieron a Jesús un regalo de telas bordadas y fajas que mandaron al albergue, y que luego envió Jesús a la sinagoga. Jesús terminó el Sábado enseñando en la sinagoga. La ciudad estaba llena de gente y todos se habían reunido. Varios discípulos habían visitado diversas casas y Jesús se despidió delante de la sinagoga de todos los presentes, resumiendo brevemente lo que había enseñado. Todos estaban muy conmovidos y deseaban que se quedase más tiempo allí. Antes que dejase la ciudad para ir a Dothaim, envió a dos discípulos a Cafarnaúm con un mensaje y otros dos a Cydessa,y Él se quedó solo con Andrés y Mateo, porque los otros se esparcieron por los pueblos de los alrededores. Dothaim está en el mismo barranco, como Abram, a cinco horas de camino. Estaba preparado allí un albergue para Jesús y sus discípulos. Se encontró con Lázaro que había venido de Jerusalén en compañía de dos discípulos. Las mujeres de Jerusalén también habíanse reunido aquí con Lázaro.
Jesús enseña en Asanoth. Marta y Magdalena
A una hora escasa al Sudeste del albergue de Dothaim está situada, en una altura, la pequeña población de Azanoth, donde hay un sitial de enseñanza desde el cual en los tiempos antiguos habían enseñado los profetas. Por medio de los discípulos se había esparcido la voz de que Jesús tendría aquí un gran sermón; por eso se reunieron muchos oyentes del contorno y de toda Galilea. Marta había viajado con su criada a casa de su hermana Magdalena para moverla a oír la predicación de Jesús. Fué recibida muy descortésmente por Magdalena, precisamente ocupada en sus arreglos mujeriles, y le mandó decir que no podía atenderla en este momento. Marta, con una paciencia admirable, aguardó y se entregó a la oración. Finalmente vino Magdalena descortés, orgullosa y descomedida a ver a su hermana, porque se avergonzaba de los vestidos sencillos de Marta, y temía se dieran cuenta los visitantes de la presencia de su hermana, y así le indicó el deseo de que se alejara cuanto antes. Marta pidió sólo un rincón para descansar. La llevaron con su criada a una pieza, y alli permaneció sin comida ni bebida, olvidada o descuidada. Esto pasaba por la tarde. Mientras tanto, se adornaba Magdalena para recibir sus visitas sentada en un alto sitial. Marta y su criada lo pasaban en oración. Al final de las charlas y visitas vino Magdalena adonde estaba Marta trayendo alimento sobre un platillo y una bebida: era un platillo con bordes azules. Habló ligeramente, orgullosa y despreciativa. Se mostraba irritada e intranquila. Marta la invitó, con grande humildad y paciencia, a escuchar un gran sermón de Jesús en las cercanías. Todas las amigas se reunirían otra vez y deseaban mucho verla de nuevo entre ellas. Ella misma, dijo Marta, había dado pruebas de cuanto estimaba a Jesús; que hiciera este gusto a ella, a Lázaro y a todas yendo el sermón de Jesús; que no tendría otra ocasión semejante de estar tan cerca de Jesús y de todas sus amigas, que esperaban tener el gusto de verla; que ella babía demostrado en Gabara, durante el convite, cuando derramó el bálsamo, como sabía honrar todo lo grande y lo sublime; que ahora podía de nuevo saludar a Aquél que había honrado tan dignamente en aquella ocasión. No es para describir con qué caridad hablaba Marta y con qué paciencia sostenía la descortesía y el orgullo de su hermana. Finalmente dijo Magdalena: «Sí, iré; pero no contigo; tú puedes ir delante; yo no quiero ir vestida tan pobremente; quiero ir arreglada, según mi condición, e ir con mis amigas». Se apartaron ambas hermanas porque era ya muy tarde. A la mañana siguiente, mientras se vestía, Magdalena hizo llamar a Marta, la cual rezaba y se armaba de extrema paciencia pidiendo al Señor que Magdalena partiese y se mejorase. Magdalena estaba sentada sobre un asiento bajo, envuelta en un vestido largo de pura lana. Dos criadas estaban con ella, lavándole los pies y los brazos, que perfumaban con agua de olor. Sus cabellos, partidos en tres partes, les eran peinados y arreglados, untados y perfumados. Púsose sobre su túnica de lana un vestido verde, con grandes flores amarillas, y sobre él, el otro vestido con pliegues. En la cabeza se puso una especie de mitra, que sobresalía en la frente. Tanto los cabellos como esta mitra estaban adomados de perlas y piedras de valor, y en las orejas llevaba aros. Mientras se arreglaba, sostenía en las manos un espejo redondo y brillante. Marta tuvo que admirar el atavío de su hermana; luego se despidió de Magdalena y se dirigió a Damna, al albergue, para contar a María y a las mujeres que había conseguido persuadir a Magdalena que concurriese a la gran enseñanza de Jesús en Azanoth. Con María Santísima había más de doce mujeres en Damna, para dirigirse a Azanoth. Entre ellas estaban Ana Cleofás, Susana de Alfeo, Susana de Jerusalén, Verónica, Juana Chusa, María Marcos, Dina, Maroni y la Sufanita. Desde el albergue de Dothaim fué Jesús, acompañado con seis apóstoles y muchos discípulos, a Azanoth. En el camino se encontró con las santas mujeres que venían de Damna. Lázaro iba con Jesús. Magdalena fue muy atormentada, después de la ausencia de Marta, por el demonio que quería impedirle de todos modos que acudiera a la predicación de Jesús. No hubiera ido quizás si no fuera porque sus mismos visitantes no se hubiesen determinado, ellos también, para ir a ver el gran espectáculo de Azanoth, como decían. Magdalena y las otras pecadoras iban montadas en asnos hacia el albergue de las fuentes de agua de Betulia. Otros asnos traían el sillón de Magdalena y los almohadones y mantas para las otras pecadoras. Al día siguiente se adornó nuevamente Magdalena y apareció con sus amigas en el lugar de la enseñanza, después de una hora de camino desde el albergue. Con grande ruido, charlando alegremente y mirando a todas partes se acomodaron, apartadas de la otras mujeres, en una tienda abierta levantada para ellas. Había entre ellas algunos hombres de su ralea. Estaban sentadas sobre almohadones, mantas, sillones, a la vista de todos, Magdalena en primera línea. Era objeto de general murmullo entre los presentes, porque era aquí más odiada y despreciada que en la misma Gabara. Los fariseos, que conocían su primera conversión y su recaída, se mostraban de un modo especial escandalizados por su aparición en este lugar.
Sermón de Jesús y conversión definitiva de Magdalena
Jesús comenzó su gran sermón, que fue severo, después de haber sanado a muchos enfermos. No puedo ya recordar los detalles, pero sí los ayes que lanzó sobre Cafarnaúm, Betsaida y Corazín; que la reina de Sabá habia venido del Mediodía para oír la sabiduría de Salomón, y que más que Salomón había aquí. Era admirable cosa en esta ocasión que varios niños, que nunca habían hablado, ahora decían en los brazos de sus madres: “Jesús de Nazaret; Santo Profeta; Hijo de David; Hijo de Dios». Muchos, también la Magdalena, estaban ya conmovidos por esto. Con respecto a Magdalena, dijo: “Cuando un demonio es echado y la casa es barrida, entonces va el demonio y vuelve con otros seis, peores que él, y hacen su obra peor que antes». Magdalena se asustó mucho de esto. Después que Jesús hubo conmovido los corazones de muchos, se volvió hacia todos lados y mandó, en general, al demonio salir de aquellos que en alguna manera lo hubiesen deseado, y que, en cambio, los que querían quedar unidos con él, se alejasen con el demonio de este lugar. A este mandato clamaron los poseídos de un lado y de otro: “¡Jesús, Hijo de Diosl» Y caían en desmayo en varias partes los endemoniados. Magdalena, que estaba sobre un soberbio sitial, cayó también en medio de convulsiones, mientras las otras pecadoras intentaban aliviarla con perfumes y sacarla de allí, esta vez disimuladamente, puesto que querían éstas permanecer con sus demonios. Como clamase el pueblo: “Detente, Señor; detente, Señor, que una mujer muere», interrumpió Jesús su discurso y dijo: “Sentadla sobre su silla. La muerte que ahora la sorprende, es buena muerte; esta muerte la hará vivir». Después de algún tiempo de nuevo la hirió una palabra de Jesús, cayó de su asiento entre convulsiones y salieron de ella oscuras sombras. De nuevo hubo conmoción y tumulto en derredor de ella, mientras las otras querían hacerla volver en sí. Se sentó nuevamente sobre su hermoso sitial y aparentó que había tenido sus acostumbradas caídas y desmayos. La admiración crecía cuando vieron que otras personas, detrás de ella, tenían iguales caídas y convulsiones, a medida que salían los demonios de ellas. Al ser atacada Magdalena de convulsiones, por tercera vez, se hizo el tumulto mayor, y Marta acudió al lado de ella, y como se aquietara nuevamente, estaba ya fuera de sí por la conmoción, y quería estar con las otras santas mujeres. Las pecadoras la detuvieron, diciéndole que no fuera loca de querer ir con las otras. Entonces la llevaron arriba, en un lugar, y Lázaro, Marta y otras se acercaron a ella y la condujeron al albergue de las santas mujeres, mientras las pecadores que la habían rodeado hasta entonces, salieron de allí lo mejor que les fué posible. Jesús sanó aún a unos ciegos y otros enfermos, fué a su albergue y más tarde enseñó en la escuela del lugar. Magdalena estuvo de nuevo presente; no estaba del todo curada, pero muy conmovida y ya no vestida con tanto lujo. Había dejado sus adornos superfluos que consistían en puntas muy curiosas que sólo se podían usar algunas veces. Ahora estaba cubierta con el velo. Jesús enseñó de nuevo con relación a su estado, y al mirarla una vez con mirada penetrante ella cayó de nuevo desmayada y la abandonó otro demonio que en ella anidaba. Sus criadas la llevaron de ahí y Marta y la Virgen la recibieron delante de la sinagoga y la condujeron al albergue. Ahora estaba como loca, gritaba y lloraba, corría por las calles, clamaba a las gentes, diciendo que era una pecadora, una criminal, un deshecho de las gentes. Las mujeres tuvieron mucho trabajo en hacerla callar. Rasgaba sus vestidos, se mesaba los cabellos, se envolvía en sus ropas. Cuando más tarde Jesús estaba en su albergue con los discípulos y algunos fariseos, donde de pie tomaban algún alimento, pudo la Magdalma desprenderse de las mujeres, y vino, con los cabellos descompuestos y grandes clamores, se abrió paso entre los demás, y se echó a los pies de Jesús. Lamentóse y lloró, preguntando si aún había salvación para su alma. Los fariseos y aún los discípulos dijeron a Jesús que no permitiese más tiempo que esa pecadora perturbara en todas partes el orden; que la apartase para siempre. Jesús dijo. “Dejadla llorar y gemir: Vosotros no sabéis lo que está pasando dentro de ella». Luego se volvió a Magdalena y le dijo, para consolarla, que se arrepintiese de corazón, creyera y esperara, que pronto encontraría paz; que ahora, confiada, se retirase. Marta, que la había seguido con sus criadas, la llevó a casa. Ella no hacía sino apretarse las manos y llorar. No estaba aún libre del todo, y el demonio la aterraba y la hacía sufrir con los más amargos remordimientos y con sentimientos de desesperación. No encontraba paz y se creía perdida. Lázaro entre tanto fue a Magdala, por pedido de Magdalena, para tomar posesión del castillo y de todo lo que allí había, y deshacer todos los compromisos contraídos. Tenía en Azanoth y en los alrededores campos y viñedos que Lázaro, en vista de sus prodigalìdades, ya había tomado bajo su tutela. En la misma noche anduvo Jesús, por causa de la muchedumbre, con sus discípulos, en los alrededores de Damna, donde había una colina con un sitial para enseñar y un albergue. Cuando a la mañana siguiente vinieron las mujeres con Magdalena al lugar, encontraron a Jesús rodeado de mucha gente que buscaba ayuda. Cuando se supo en Azanoth que había partido de allí, le siguieron muchos; y otros que venían de Azanoth para encontrarlo, prosiguieron hasta hallarlo en Damna. De este modo, durante el tiempo de la enseñanza, acudían siempre nuevos oyentes. Magdalena estaba entre las santas mujeres, completamente deshecha y demacrada. Jesús habló severamente contra los pecados de la impureza y dijo que estos pecados habían hecho descender el fuego sobre Sodoma y Gomorra. Habló de la misericordia de Dios, diciendo que ahora era el tiempo de su misericordia, y rogaba encarecidamente a todos a recibir esta gracia. Por tres veces miró a la Magdalena durante este sermón y por tres veces vi a Magdalena caer en desmayo y salir de ella una sombra oscura. La tercera vez las mujeres la llevaron de allí. Estaba como anonadada, deshecha, demacrada, casi irreconocible. Sus lágrimas eran continuas. Estaba toda cambiada: se lamentaba fuertemente y quería confesar sus pecados a Jesús, para recibir el perdón. Después de la enseñanza Jesús fue hacia ella, a su lugar apartado. María y Marta la llevaron allá. Ella se postró, con los cabellos descompuestos, sobre su rostro. Jesús la consoló, y habiéndose retirado las demás, ella gritó pidiendo perdón, contó sus muchos pecados y decía: “Señor ¿habrá perdón y salvación para mí?» Jesús le perdonó sus pecados, y ella rogó al Señor le concediera no recaer jamás en ellos. Jesús se lo prometió. La bendijo, le habló de la virtud de la pureza y de su Madre María, que era libre de toda mancha. Ensalzó mucho a su Madre, diciéndola elegida, cosa que nunca había oído decir a Él hasta ahora, y le dijo a Magdalena se juntase del todo con Ella y tomase de Ella todo consuelo, ayuda y consejo. Cuando se reunió de nuevo donde estaban las mujeres, dijo Jesús de ella: “Fué una gran pecadora; pero será ahora el modelo de todos los penitentes por todos los tiempos”. Magdalena estaba, por los sacudimientos y por sus lágrimas y arrepentimiento, tan desconocida, que no parecía sino una sombra de lo que era antes; pero ahora se encontraba tranquila, llorosa y cansada. Todas la querían consolar porque la amaban, y ella pedía perdón a todas. Como las otras mujeres se dirigieron a Naím por Caná, y Magdalena estaba demasiado débil para poder seguirlas, se dirigieron Marta, Ana Cleofás y Maria Sufanita con Magdalena hacia Damna, para seguirlas después de algún descanso. Jesús con sus discípulos atravesó el valle de las aguas termales, a cuatro o cinco horas de distancia de allí, hacia la ciudad de Gatepher, sobre una montaña, entre Caná y Séforis. Permanecieron allí, durante la noche, en un albergue delante de la ciudad, junto a una caverna llamada la cueva de Juan.
Jesús en Gatepher
Jesús llegó en la mañana a Gatepher. Los jefes de la escuela y los fariseos le salieron al encuentro. Le recomendaron que no alterase el orden en la ciudad, especialmente no tolerase el correr de las madres con sus niños; que podía enseñar tranquilamente en la sinagoga, pues no les gustaba el ruido en la ciudad. Jesús les contestó severamente diciéndoles que venía para todos aquellos que le esperaban y clamaban por El, y les reprochó su hipocresía. Los fariseos habían mandado ya a decir en la ciudad que no trajesen a sus criaturas, no apareciesen en las calles, no saliesen al encuentro del Nazareno y no gritasen: “Hijo de Dios; hijo de David y Cristo», que era un escándalo y no debía oírse; que bien sabían ellos de donde era Él, y cuáles eran sus padres, sus hermanos y parientes. Los enfermos podían reunirse delante de la sinagoga y allí hacerse curar; pero que no querían tumulto ni espectáculo. Habían dispuesto a los enfermos según su criterio, en los lugares que les parecía, como si ellos tuvieran el derecho de regular todo lo que iba a hacer Jesús. Cuando llegaron a la ciudad vieron, con gran sorpresa, que las madres llenaban las calles de la ciudad con sus criaturas en brazos y que los niños extendían sus manos hacia Él gritando a pleno pulmón: “Jesús de Nazaret; Hijo de David; Hijo de Dios; Profeta santo”. Pretendieron los fariseos apartar a estas madres; pero todo esfuerzo fue inútil. Salían de todas las casas y rincones de la ciudad, y al fin los fariseos, avergonzados, abandonaron el acompañamiento de Jesús. También los discípulos que seguían con Jesús estaban algo contrariados y deseaban que las cosas fueran más tranquilas y menos peligrosas; intentaban apartar a las madres y hacían advertencias a Jesús. Jesús reprochó a los discípulos su poquedad de ánimo, los hizo retirar y dejó venir a los niños junto a Él, mostrándose bondadoso y familiar con ellos. De este modo, entre aclamaciones continuas de los niños, llegó hasta la sinagoga y los pequeños seguían clamando “Jesús de Nazaret; Profeta santo». Hasta los niños de pecho, que jamás habían hablado, gritaban ahora, para admiración y escándalo de los fariseos. Delante de la sinagoga se colocaron los niños, apartados de las niñas, y las madres con sus criaturas de pecho detrás de ellos. Jesús bendijo a los niños, enseñó a las madres y a las que las acompañaban, criadas y personas, de las cuales dijo Jesús que eran también hijas de esas madres. Habló a los discípulos del valor de los niños delante de Dios. A los fariseos esto les desagradó mucho; mientras tanto los enfermos tuvieron que esperar. Más tarde fue hacia ellos, sanó a algunos y enseñó en la sinagoga de José y del valor de los niños delante de Dios, porque los fariseos comenzaron a quejarse de nuevo del estorbo de los pequeños. Cuando Jesús salió de la sinagoga, vinieron tres mujeres que deseaban hablar a solas con Él. Como se apartase algún tanto de los demás, estas mujeres cayeron a sus pies y le dijeron que sus maridos eran atormentados por el demonio, y que a ellas también las molestaba; como habían oído que había ayudado a Magdalena, pedían las ayudase a ellas en su necesidad. Jesús les prometió ir a sus casas. Primero, empero, fue a casa de un cierto hombre, de nombre Simeón, un esenio casado, hombre simple y recto. Era de mediana edad e hijo de un fariseo de Dabrath del Tabor. En esa casa tomó con los discípulos algún alimento, de pie. Este Simeón quería poner todo lo suyo a disposición de la comunidad de Jesús. Después fue a las casas de aquellas mujeres, y habló con los hombres y las mujeres; pero las cosas no eran como las habían contado: ellas eran las culpables y querían echar la culpa a sus maridos. Jesús exhortó a todos a la unión, a la oración, al ayuno y a la limosna. Después del Sábado le siguieron estas mujeres enfermas a la predicación del monte, algo al Norte del Tabor, porque Jesús no permaneció aquí sino que se dirigió al Sur, hacia Kisloth, por donde habían pasado ya las santas mujeres con la Magdalena, camino de Naím.