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Jesús predica en la sinagoga de Tirza
Había corrido en toda la ciudad lo acontecido en la cárcel y en las casas de los enfermos. Muchos de éstos, sanos ahora, habían ido a la sinagoga; otros se juntaron con Jesús y los apóstoles, todavía ocupados en curar. En la sinagoga había fariseos, saduceos y ocultos herodianos; había también algunos fariseos de Jerusalén, que habían venido por recreación y descanso. Todos estaban llenos de veneno y de irritación por los hechos de Jesús, que ponía un contraste tan marcado con su poca caridad hacia los enfermos y los presos. Había muchas gentes de Bezech. Jesús habló de las fiestas y su significado, de la manera de recrearse y de recrear a los demás y consolarlos, y de las bienaventuranzas. Dijo: “Bienaventurados los misericordiosos” y explicó una parábola del hijo perdido, que había contado a los presos y enfermos; y luego habló de los presos y de los enfermos y del estado miserable en que se encuentran; cómo están abandonados y descuidados, mientras otros se enriquecen con las cosas que debían ser para el alivio de ellos. Habló severamente de los cuidadores del lugar, entre los cuales figuraban algunos fariseos presentes que escuchaban la reprimenda con reconcentrada ira. La parábola del hijo pródigo la aplicó a aquéllos que estaban allí por culpas y delitos de los cuales ya estaban arrepentidos y que querían reconciliarse con los suyos. Todo esto fue en extremo conmovedor. Contó la parábola del rey bondadoso que perdona al siervo una gran suma porque le rogó, y él no perdona las pequeñas deudas de sus compañeros; y la aplicó a los que dejan podrirse en la cárcel a aquéllos que deben una pequeña cantidad de dinero, mientras ellos a su vez tienen enormes deudas de pecado para con su Dios y Señor: los ocultos herodianos de aquí hacían poner en la cárcel a ciertos hombres por causas injustas. Jesús se refirió en general a ellos en su reprimenda a los fariseos, cuando dijo: “Habrá entre vosotros quienes quisieran saber cómo le va a Juan el Bautista”. Los fariseos decían con desprecio de Jesús, entre otras cosas: “Él hace la guerra con las mujeres que le siguen por todas partes; no alcanzará a fundar ningún gran reino con semejante ejército». Pidió Jesús que lo acompañase al jefe romano de la cárcel y exigió que se diese libertad a todos los presos mediante la paga de las deudas. Como esto se trató delante de todo el pueblo, no pudieron los fariseos negarse. Como Jesús fuese con los suyos al jefe romano, le siguió mucho pueblo alabando su buena acción. El jefe romano era mucho mejor que los fariseos, quienes por venganza ponían el rescate muy superior a lo justo; y así por algunos tuvo Jesús que pagar el cuádruplo. Como no tenía la suma de dinero consigo, dio en garantía una moneda triangular, en la cual colgaba un trozo de pergamino, sobre el cual escribió algunas palabras empeñando el castillo de Magdala, que Lázaro estaba en esos días por vender. El precio del castillo ya lo habían destinado Magdalena y Lázaro para los pobres, deudores y pecadores y su rescate. El castillo de Magdala era mucho mejor que la villa de Betania. Los lados de la moneda triangular eran de unas tres pulgadas; en el medio estaba la escritura asegurada y tenía señalada la cantidad prometida. Un extremo de la moneda estaba sujeto a un trozo movible de metal, como a una cadenilla de pocos eslabones, y así se aseguraba la escritura. Después de esta formalidad mandó el jefe sacar a los presos. Jesús y los discípulos ayudaban en esta tarea. Algunos eran sacados como de agujeros y pozos y estaban completamente deshechos, medio desnudos, con los cabellos crecidos. Los fariseos se apartaban asqueados de ellos. Otros estaban desfallecidos y enfermos; caían a los pies de Jesús, que los consolaba y los animaba, los hizo vestir, bañar y lavar, les dio de comer y les procuró vivienda y libertad. Debía hacerse bajo vigilancia en las cercanías de la prisión y en la casa de los enfermos hasta que en pocos días estuviese pagada toda la caución. Lo mismo se hizo con las mujeres prisioneras. Todos fueron regocijados con alimentos, que Jesús y los apóstoles les servían. Jesús refería la parábola del hijo pródigo y de la bondad del padre. De este modo se llenó esta casa de alegría; fue como una semejanza de lo que sucedió con Juan, que llevó al lugar del limbo donde estaban los patriarcas, la noticia y el contento de su próxima liberación y rescate. Jesús y los suyos pernoctaron de nuevo en la casa delante de la ciudad. Estos acontecimientos fueron referidos a Herodes, el cual pensó y dijo: “¿Ha resucitado acaso Juan de su tumba?» Y desde entonces deseó verlo. Había oído hablar a Juan y a otros de Él, pero no se había preocupado mayormente de Él. Ahora, que la conciencia le tenía atemorizado, ponía mayor atención a todos los rumores. Vivía en Hesebon y había reunido a sus soldados y a los romanos a quienes pagaba. Desde Tirza a Cafarnaúm, adonde se dirigía Jesús con los suyos, había un camino como de diez y ocho horas. No fueron por el valle del Jordán, sino por los montes de Gelboé, atravesando el valle de Abez y dejando el Tabor a la izquierda. Entraron en un albergue, junto al mar de Betulia, y llegaron al otro día a Damna, donde estaba María Santísima con varias de las santas mujeres que los esperaban. Los seis apóstoles restantes habían llegado allí con los discípulos. En Azanoth se juntaron con ellos los dos soldados de Macherus que Lázaro había enviado a través de la Samaria.
Jesús en Cafarnaúm y en los alrededores
A Cafarnaúm habían acudido no menos de sesenta y cuatro fariseos de todos los contornos. Durante el viaje habían averiguado los casos de las curaciones más resonantes. Habían hecho venir a la viuda de Naim con su hijo a Cafarnaúm como testigos, y al niño del jefe Achías, de Gischala. Habían citado también a Zorobabel y a su hijo, al centurión Cornelio con su siervo y criado, a Jairo y su hija, a varios ciegos y estropeados. Los habían interrogado e inquírido, y oído a testigos, formando proceso de todos estos casos. Como a pesar de toda su malicia no pudieron encontrar nada reprensible, se irritaron aún más y atribuían todos los casos que no podían negar a intervención directa de un poderoso demonio que le ayudaba. Declararon: “Va con malas mujeres, subleva al pueblo, impide las limosnas a la sinagoga, profana el Sábado”, y decían que iban a poner término a todo este desorden. Asustados los parientes de Jesús por estas amenazas, por la cantidad de pueblo y por la decapitación de Juan, le pedían que no fuese a Cafarnaúm, sino que se retirase a otro lugar cualquiera, como Naim, Hebrón, o del otro lado del Jordán. Jesús los tranquilizó diciendo que iba a ir a Cafarnaúm, que allí sanaría y predicaría, que cuando enfrentase a los fariseos, ellos enmudecerían. A los discípulos que preguntaron qué debían hacer en adelante les dijo que se lo diría más tarde y que les daría a los doce el don de cuidar de ellos como Él (Jesús) cuidaba de los doce. Cuando llegó la noche se separaron. Jesús se dirigió con María, las mujeres y parientes al Este, sobre la posesión de Zorobabel, al valle de Cafarnaúm, hasta la casa de María Santísima. Los apóstoles y discípulos tomaron otras direcciones. De noche estuvo Jairo con Jesús y le contó las persecuciones de los fariseos. Jairo perdió su empleo y ahora está del todo de parte de Jesús. Cafarnaúm está lleno de extranjeros, de enfermos y sanos, judíos y paganos. Todos los lugares disponibles están llenos de tiendas, hasta las alturas de los montes. En todos los rincones se encuentran camellos y asnos pastando. Al otro lado del mar también se ven lugares llenos de tiendas de personas que esperan ver a Jesús. Hay gentes venidas de todas partes del país, y de Siria, Arabia, Fenicia y aun de Chipre. Jesús visitó a Cornelio, a Zorobabel y a Jairo. Su familia está totalmente convertida; la hija está más sana que nunca, y es buena y piadosa. Después fue a casa de Pedro, fuera de la ciudad; está llena de enfermos que le esperan. Hasta los paganos vinieron aquí, cosa que no habían hecho antes, La cantidad de enfermos era tan grande que los apóstoles tuvieron que hacer tablados para poner a unos más altos que otros. Como eran tantos no buscaban sólo a Jesús, sino también a sus discípulos. Preguntaban: “¿Eres tú un discípulo del profeta? Ten piedad de mí; ayúdame; llévame a Él”. Jesús, los apóstoles y veinticuatro discípulos estuvieron toda la mañana enseñando, exhortando y sanando enfermos. Había algunos endemoniados que gritaban a Jesús, y fueron librados. Los fariseos no estaban presentes, pero si algunos espías y otros mal intencionados. Después de haber sanado se fue Jesús a la sala donde enseñó; le siguieron los sanados y otras personas; algunos discípulos quedaron con Él y otros se apartaron para ir a sanar nuevos enfermos. Jesús enseñó sobre las bienaventuranzas y contó algunas parábolas. Entre otras cosas enseñó sobre la oración: que no debe dejarse de orar siempre. Contó y explicó la parábola del juez injusto, que hace justicia a la viuda por su importunidad. “Si esto hace un juez malo, cuánto más hará el Padre celestial”. Les dijo cómo debían rezar, diciendo las siete peticiones, una después de otra, y explicó el principio: “Padre nuestro que estás en los cielos». Ya había explicado algo sobre esto a los discípulos en el camino; ahora decía el Padrenuestro entero y las ocho bienaventuranzas que irá declarando en lo sucesivo. Los discípulos las repetirán. Hablando de la oración, dijo: “Si un hijo pide a su padre un pan no le dará ciertamente una piedra y si le pide un pescado no le dará por ventura una serpiente o un escorpión”. Eran ya las tres de la tarde y María había preparado, con las santas mujeres y sobrinos de José, de Dabrath, de Nazaret y del valle de Zabulón, la comida para Jesús y los discípulos en un edificio cerca de la casa. Hacía ya varios días que no habían podido hacer una comida en forma debido a las continuas ocupaciones. La sala de la comida estaba separada de la sala donde Jesús enseñaba y del patio donde las gentes se amontonaban escuchando la predicación a través de las abiertas columnas del corredor. Como Jesús no terminaba de hablar se acercó María con otras mujeres para pedirle quisiera tomar algún alimento. No pudieron acercarse por la muchedumbre; pero llegó a oído de un hombre este deseo de María. Este hombre era de esos mal intencionados y espías de los fariseos. Como Jesús varias veces hablase de su Padre celestial, dijo el hombre malicioso: «Mira, tu madre y tus hermanos están alli afuera y desean hablar contigo”. Jesús lo miró y le preguntó: “¿Quién es mi madre y mis hermanos?” Juntó a los apóstoles a su lado, e indicándolos, dijo: “Éstos son mi madre -y señalando a sus discípulosy éstos son mis hermanos, los que oyen mi palabra y la siguen; quien hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre». No fué todavia a comer, sino que siguió enseñando; pero envió a sus discípulos que se turnaran para tomar alimento. Cuando salió Jesús de la sinagoga le pidieron algunos enfermos que los sanase de sus dolencias, y los sanó. A la entrada de la sinagoga se presentó a Él un hombre con la mano torcida y estropeada, y le pidió que lo curase. El Sábado había ya empezado. Jesús le dijo que esperase hasta mañana. Gritaban detrás de Él unos hombres que traían a un endemoniado atado con sogas; era sordomudo y estaba furioso. Jesús le dijo que se echase junto a la sinagoga y estuviese allí quieto y esperase. El endemoniado se sentó cruzando las piernas, inclinó la cabeza hacia las rodillas y estuvo quieto durante la enseñanza; sólo miraba, de lado, hacia Jesús y temblaba de vez en cuando. La lección del Sábado referíase a Jetró: cómo él aconsejó a Moisés, cómo llegaron al Sinaí, cómo éste subió al monte y recibió las tablas de la ley. Habló del profeta Isaías: cómo vio el trono de Dios y cómo el serafín le purifica la boca con la brasa encendida (2 Mois. 18-21; Isai. 6, 1-13). La sinagoga estaba llena y había muchos afuera escuchando. Todas las puertas se habían abierto y muchos escuchaban desde los lugares vecinos. Había muchos fariseos y herodianos llenos de enojo; los sanados estaban en la sinagoga, como también los discípulos y los parientes de Jesús. Los habitantes de Cafarnaúm y los extranjeros estaban llenos de entusiasmo por Jesús. No se atrevían los fariseos a molestar a Jesús. Estaban allí más bien por hacerse los valientes delante de los demás que porque en realidad tuvieran ánimo de contradecir a Jesús. No les gustaba contradecir, porque generalmente las respuestas de Jesús los ponían en ridículo delante del pueblo. Cuando Jesús se alejaba entonces trataban por todos los medios de desacreditarlo y apartar al pueblo de su enseñanza. Sabían que el hombre de la mano árida estaba presente y querían ver si sanaba en Sábado para acusarlo. Eran de los venidos de Jerusalén que querían llevar algo concreto al Sanedrín. Como no podían acusarle por ningún lado traían siempre la misma dificultad, que ya había resuelto tantas veces, lo del Sábado, y Jesús volvía cada vez a contestar. Volvieron a preguntar: “¿Es lícito curar en Sábado?» Jesús, conociendo sus pensamientos secretos, llamó al de la mano árida y habiéndose éste acercado, lo puso en el medio, y dijo: “¿Es permitido en Sábado hacer bien o hacer el mal? ¿Es lícito salvar una vida o dejarla perder?”. Ninguno contestó. Jesús les dijo lo que ya había dicho otras veces, una semejanza: “¿Quién de ustedes, si cae una oveja en un pozo, no la sacará en día Sábado? Mejor es un hombre que una oveja. Luego hacer el bien en Sábado, es lícito”. Jesús estaba realmente contristado por la obstinación de estos fariseos; los miró severamente, penetrando en su interior; luego tomó la mano del hombre con su izquierda, pasó su derecha sobre el brazo, enderezó los dedos torcidos, y le dijo: “Extiende tu mano”. Extendió el hombre la mano y la movió; estaba sana y buena como la otra. Todo fue en un momento. El hombre se echó a los pies de Jesús, el pueblo se entusiasmo y los fariseos, llenos de rencor, se retiraron, para juntarse a la entrada y hablar entre sí. Jesús, mientras tanto, echó el demonio del endemoniado, el cual pudo hablar y oír. El pueblo estaba lleno de júbilo. Los fariseos gritaron: “Tiene demonios; echa los demonios con el poder de otros”. Jesús se volvió a ellos y les dijo: “¿Quién de vosotros me puede acusar de alguna injusticia? Si el árbol es bueno, bueno es también el fruto; si el árbol es malo, lo será también el fruto. Por el fruto se conoce el árbol. Vosotros, raza de víboras, ¿cómo podéis hablar bien si sois malos? La boca habla de lo que tiene en el corazón». Entonces levantaron una griteria los fariseos: “¡Que acabe de una vez; ya basta!» Uno fué tan audaz que dijo: “¿No sabe acaso que lo podemos echar fuera de aquí?». Después de esto salieron Jesús y los suyos por diversas direcciones; Jesús con algunos a la casa de María, y otros a la casa de Pedro, junto al mar. En la casa de su Madre tomó Jesús algún alimento y luego con los doce pernoctó en casa de Pedro, que por estar más apartado les ofrecía más seguro refugio. Todo el día siguiente se mantuvo Jesús retirado en casa de Pedro. El pueblo lo buscaba por diversos lugares, pero Jesús no salió. Aquí, en la casa, hizo venir a su presencia a aquellos apóstoles y discípulos que habían salido de dos en dos, mandándoles contar todo lo que les había sucedido en su misión; resolvió las dificultades y dudas que les habían ocurrido en diversos lugares y les dijo cómo debían proceder en casos parecidos. Les dijo de nuevo que quería darles una misión particular. Los seis apóstoles que habían recorrido la Alta Galilea no habían encontrado grandes dificultades, y por eso habían podido bautizar a muchos. Los que fueron por la Judea, no habían logrado bautizar por encontrar más resistencia. Como por la conclusión del Sábado la multitud se iba engrosando en torno de la casa, salieron de noche bajo un cielo estrellado y por senderos extraviados fueron a la orilla del lago. Subió Jesús en la barca de Pedro y pasaron al otro lado, desembarcando entre la casa del publícano Mateo y la pequeña Corazín. Subieron a la montaña, junto al puesto de Mateo, porque Jesús quería estar sólo con sus apóstoles. Pero el pueblo notó el viaje de Jesús y corrió la voz de tienda en tienda entre todos los que lo esperaban. Los que estaban cerca de Betsaida se embarcaron y los que no pudieron hacerlo subieron más arriba del Jordán y pasando el puente se dirigieron a la montaña, donde estaba Jesús con los suyos, que se vieron de nuevo rodeados de gran muchedumbre. Los discípulos ordenaron al pueblo y Jesús comenzó a enseñar sobre las Bienaventuranzas y la oración explicando de nuevo el principio del Padrenuestro. Después de algunas horas aumentó el gentío, viniendo gentes de todos los contornos, de Julias, Corazín, Gergesa, trayendo enfermos y endemoniados. Jesús sanó a muchos, con los discípulos que ayudaban. Cuando hubo terminado la predicación se despidió al pueblo citándolo para el día siguiente. Jesús subió más arriba en el monte y estuvo solo con sus discípulos en un lugar sombreado. Además de los doce estaban allí 72 discípulos, contándose entre ellos los dos soldados venidos de Macherus y otros que aún no habían recibido misión de tales. Los hijos del hermano de José estaban entre ellos. Les dijo aquí lo que les sucedería en su misión; les mandó que no llevasen bolsas ni dinero ni pan sino un bastón y algunas suelas de repuesto; donde no fueren recibidos sacudieran el polvo de sus suelas contra ellos. Les dio instrucciones sobre el oficio de apóstol y de discípulo para el futuro; los llamó sal de la tierra; que la luz no se ponía debajo del celemín, y de la ciudad que está sobre la montaña; pero no les dijo nada de lo pesado de las persecuciones que les esperaban. Lo principal fue que realmente estableció a los apóstoles sobre los discípulos diciéndoles que los apóstoles debían llamar y hacerse ayudar de los discípulos, como Él se hacía ayudar de los apóstoles; como Él mandaba y llamaba a los apóstoles, ellos mandasen a los discípulos en fuerza de su propia misión. Entre los discípulos hizo distinción de los más antiguos e instruidos, que debían mandar a cuidar a los más jóvenes y recién venidos. Los puso en orden de este modo: Pedro y Juan estaban en primera fila, y luego los apóstoles, de dos en dos. Los discípulos estaban, los más antiguos en primera fila, y los más jóvenes y recién venidos detrás de ellos. Luego les habló seria y conmovedoramente. A los apóstoles les impuso las manos en el orden que los había dispuesto y a los discípulos les dió su bendición. Todo esto procedió con gran recogimiento y ternura. Ninguno sintió envidia o deseo de precedencia. Entretanto se hizo de noche y Jesús con Andrés, Juan, Felipe y Santiago el Menor se adentró más en la montaña, pasando la noche en oración.
Jesús multiplica los panes para cinco mil oyentes
Cuando a la mañana siguiente se dirigió Jesús al monte donde otras veces había explicado las Bienaventuranzas, se había reunido una gran muchedumbre en torno. Los apóstoles y discípulos habían ordenado a los enfermos en sitios apropiados. Jesús y los apóstoles comenzaron a sanar enfermos y a enseñar. Muchos que habían venido por primera vez a Cafarnaúm eran bautizados, hincados de rodillas en círculo, con agua que habían traído en odres, procediendo de tres en tres a la vez. María Santísima había venido con las santas mujeres para ayudar a las enfermas y volvió luego a Cafarnaúm sin hablar a Jesús. Jesús habló de las Bienaventuranzas y explicó hasta la sexta. Repitió su enseñanza sobre la oración, explicando las peticiones del Padrenuestro. La enseñanza y las curaciones duraron hasta las cuatro de la tarde. La mayoría de la gente no tenía nada que comer. Desde el día anterior lo habían seguido y su pequeña provisión se había concluido. Muchos entre ellos desfallecían de hambre. Los apóstoles que notaron esto se acercaron a Jesús y le rogaron terminase su predicación para que la gente pudiese retirarse antes que se hiciese noche y se procurasen alimento, Jesús les dijo: “No necesitan irse, dadle vosotros alimentos». Replicó Felipe: “¿Iremos a comprar panes por unos cientos de denarios para darles de comer?” Dijo esto con algún malhumor, pensando que Jesús les encargaría todavia buscar por los contornos, pan y alimento, para toda esa multitud. Jesús le replicó: “Mirad cuántos panes tenéis». Esto diciendo continuó su enseñanza. El criado de un hombre de allí había traído a los apóstoles, de regalo, cinco panes y dos peces. Esto se lo comunicó Andrés al Señor, diciendo: «¿Qué es esto para tantos?» Jesús dijo que trajesen esos panes y esos peces, y continuó enseñando al pueblo sentado sobre la hierba sobre la petición del pan de cada día. Muchas personas desfallecían de debilidad y los niños clamaban a sus padres por pan, y lloraban. Entonces dijo Jesús a Felipe, para probar su fe: “¿Dónde compraremos pan para que estos puedan comer?» Contestó Felipe: “Doscientos denarios no alcanzan para dar a todos un pedazo de pan”. Jesús dijo entonces: “Haced sentar al pueblo en la hierba, a los más necesitados y hambrientos en grupos de a cincuenta, los demás de a cien, y traedme los canastos que haya por allí». Trajeron una fila de canastos de juncos y esteras y los pusieron delante de Jesús, y distribuyeron al pueblo en grupos de a cincuenta y de a cien en las faldas de la montaña, cubierta de pasto abundante. Estaban más abajo del lugar que ocupaba Jesús. Alrededor del sitial de Jesús había una altura cortada en forma de escalones, cubierta de hierba. Sobre esa plataforma hizo Jesús extender una manta y sobre ella los cinco panes y los dos peces. Estos panes eran más largos que anchos y gruesos como dos pulgadas, amarillos, de corteza fina, no del todo blanco por dentro y estaban señalados los lugares por donde podía cortarse o partir para hacer las partes. Los peces eran largos como de un codo abundante, tenían cabezas más salientes y nada parecidos a nuestros peces comunes. Estaban ya partidos. asados y preparados; se pusieron sobre grandes hojas. Otro hombre trajo unos panales de miel, que estaban sobre las hojas encima de la manta. Mientras los discípulos disponían a las gentes de a cincuenta y de a cien y los contaban como les había encargado Jesús, cortó Jesús con un cuchillo de hueso esos cinco panes, y cortó los peces en pedazos; luego tomó uno de los panes en su mano, alzándolo, y oró, y lo mismo hizo con un trozo de pescado. No recuerdo que haya hecho lo mismo con el panal. Tres discípulos estaban al lado de Él. Jesús bendijo los panes, los peces y los panales de miel, y comenzó a romper los panes al través en pedazos, y cada pedazo era otra vez grande como el primero, con las mismas señales por donde partirlo nuevamente. Los pedazos eran lo suficientemente grandes para saciar a un hombre. Jesús entregaba esos panes y esos peces. Saturnino, que estaba al lado, ponía un trozo de pescado sobre el pan y un joven discípulo del Bautista, hijo de un pastor, ponía algo de miel encima. He visto que este joven fue más tarde obispo. Los peces no disminuían y los panales parecían crecer. Tadeo ponía estas porciones, preparadas en el canasto, que eran llevadas a los grupos de cincuenta, por ser los más hambrientos. Cuando volvían los canastillos vacíos, eran llenados de nuevo, durando este trabajo dos horas, hasta que todos estuvieron satisfechos. Aquellos hombres que tenían allí mujer e hijos, sentados aparte, encontraban su porción tan abundante que pudieron dar de su parte a sus mujeres e hijos. El agua la tomaban en odres de cuero que se llenaban, y la mayoría tenía consigo vasos de cortezas, de zapallos de tronco vaciados y de otras materias en forma de cucuruchos. Toda esta faena procedió con máximo orden. Los apóstoles y discípulos estuvieron ocupados en traer y llevar alimentos y repartirlos. Todos estaban silenciosos y admirados de tanta abundancia, después de tanta penuria. Los panes eran de dos palmos en lo largo. Cada pan era grueso como tres dedos. Estaban divididos en veinte muescas, cinco a lo largo y cuatro a lo ancho, de modo que la sustancia de cada parte se multiplicó cincuenta veces para alimentar a las cinco mil personas, Los peces estaban divididos en dos partes a lo largo y Jesús los subdividió en muchas porciones, de modo que siempre quedaban peces para dividir de nuevo; así la sustancia de ellos se multiplicó en innumerables partes. Cuando todos estuvieron satisfechos mandó Jesús a sus discípulos que recogiesen los sobrantes de los panes y juntaron de ellos doce canastos. Muchos pedían les dejasen llevar de ese pan milagroso para recuerdo. No había esta vez soldados, como suele ocurrir siempre en estas grandes reuniones; todos estaban reunidos con Herodes que moraba en Hesebón. Cuando los hombres se levantaron satisfechos se iban juntando entre ellos y comentaban diciendo: “Este es verdaderamente el profeta que debía venir al mundo. Él es el prometido”. Anochecía cuando Jesús dijo a los apóstoles que se embarcaran hacia Betsaida y allá lo esperasen. Mientras tanto Él despedia al pueblo. Se dirigieron los apóstoles con los canastos de pan hacia las barcas para ir a Betsaida y a otras direcciones. Los panes los llevaron para repartirlos a los pobres. Los apóstoles y algunos discípulos más antiguos se detuvieron algún tiempo más; luego subieron en la barca de Pedro. Jesús despidió al pueblo, que estaba entusiasmado. No había apenas dejado Jesús su sitial cuando comenzaron a levantarse voces: “Él nos ha dado pan. El es nuestro Rey. Queremos que sea nuestro Rey. Lo queremos hacer Rey”. Jesús desapareció de entre la multitud y se retiró a la soledad.
Jesús camina sobre las aguas
La barca de Pedro con los apóstoles que estaban adentro quedó detenida durante la noche por el fuerte viento. Remaban enérgicamente; sin embargo, eran arrastrados hacia el Mediodía. He visto que cada dos horas salían de un lado y de otro del mar pequeñas barcas con antorchas y hacían señales a las embarcaciones indicándoles en la oscuridad la meta, como si fueran faros. Como se cambiaban cada dos horas estos vigías, se llamaban guardias nocturnas. He visto que esta noche se cambiaron cuatro veces los vigías y la barca de Pedro iba hacia el Sur. Entonces caminó Jesús sobre las aguas desde el Noreste hacia el Suroeste. Resplandecía, había un brillo en torno de Él, de modo que se veía su persona reflejada al revés en las aguas del mar. Saliendo de Betsaida-Julias hacia Tiberíades, enfrente de la nave de Pedro, atravesó entre los botes de los vigías nocturnos que habían salido de Cafarnaúm y del otro lado y se habían internado un tanto en el mar. Los hombres de estos botes vieron a Jesús caminando sobre las aguas. Levantaron un grito de espanto creyendo fuera un fantasma y tocaron el cuerno de caza. Los apóstoles, que estaban en la barca de Pedro y miraban a los botes que les indicaban la ruta perdida, vieron a Jesús acercarse hacia ellos; mas bien que caminar, parecía que se movía ligeramente sobre la superficie de las aguas. Cuando estuvo cerca, el mar se había calmado. Había neblina y lo vieron cuando estuvo bastante cerca. Aunque ya lo habían visto caminar así sobre las aguas, con todo les sobrevino un grande espanto, y comenzaron a clamar. Cuando volvieron en si, y pensaron en la otra vez que lo habian visto andar sobre las aguas, Pedro quiso mostrar de nuevo su fe, y clamó en su entusiasmo: “Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti”. Jesús le dijo: «Ven». Esta vez Pedro caminó un trecho mucho mayor que la primera vez; con todo su fe no alcanzó más. Cuando estaba muy cerca de Jesús, se puso a pensar y a dudar en el peligro, y comenzó a hundirse de nuevo, aunque menos que la otra vez, y clamó: “¡Señor, sálvamel” Jesús le dijo: “Hombre de poca fe ¿por qué has dudado?» Jesús entró en la barca, los apóstoles se echaron a sus pies y dijeron: “En verdad, eres el Hijo de Dios”. Jesús les reprochó su poca fe y su pusilanimidad, les dió una reprimenda y enseñó aún sobre el Padrenuestro. Les mandó navegar hacia el Mediodía. Tenían el viento favorable; navegaron con ligereza, y durmieron algún tanto en los cajones que había en torno del mástil y de los remos. No fue esta vez la tormenta tan grave como la vez pasada, pero habían caído en la corriente central del lago, que es muy fuerte, y no podían salir. Jesús hizo venir a Pedro sobre las aguas, para darle una lección de humildad, sabiendo bien que iba a hundirse. Pedro es pronto, ama a Jesús, es creyente, pero tiene la manía de querer mostrar a Jesús y a los demás apóstoles ese amor. Al hundirse, se hace reflexivo y se humilla. Los otros no se atreven a tanto; se admiran de la fe de Pedro, pero reconocen que no es aún suficiente, aunque tiene más fe que todos ellos. Al amanecer llegaron a la ribera oriental del mar, entre Magdala y Dalmanutha, a un par de casas que pertenecen a la ciudad. Este es el lugar mencionado en el Evangelio por la región de Dalmanutha. (Marc. 8-10). Los habitantes de este lugar habían traído a todos sus enfermos disponiéndolos en orden, y salieron al encuentro de Jesús al desembarcar. Sanó allí Él y sus discípulos, y luego se retiró detrás de la ciudad, a una colina, donde se reunieron todos los habitantes, judíos y paganos. Allí predicó las Bienaventuranzas y el Padrenuestro, y sanó a todos los enfermos que le trajeron. Era un lugar de pasaje del Jordán y de publicanos para el pago de impuestos. Comerciaban en hierro, que venía de Ephron, en Basán, desde donde lo despachaban para las otras ciudades de la Galilea. Desde la montaña se puede ver Ephron. Luego se embarcó para Tarichea, a tres o cuatro horas al Sur de Tiberíades, sobre una altura, y a un cuarto de hora de la orilla del mar. Las casas llegan hasta la costa. Desde aquí hasta la salida del Jordán está la orilla fortificada por una muralla oscura sobre la cual corre un camino. La ciudad está bien edificada al modo de los paganos, con arcadas en las calles, debajo de las casas y en el mercado hay un pozo cubierto, muy hermoso, con columnas. Jesús se dirigió al pozo y el pueblo se reunió con sus enfermos, a los cuales sanó. Muchas mujeres estaban detrás de los hombres, cubiertas con velos y teniendo a sus criaturas. Había fariseos, saduceos y herodianos. Enseñó sobre las Bienaventuranzas y el Padrenuestro. Los fariseos hicieron toda clase de interrupciones, siempre las mismas: que andaba con publicanos, pecadores y mujeres de mala vida, que sus discípulos no se lavaban las manos al comer, que sanaba en Sábado. Jesús terminó pronto y llamando a los niños en derredor suyo, los sanó, enseñó y bendijo, presentándolos como modelos a los fariseos. Tarichea está más abajo que Tiberíades. Veo que salan aquí muchos pescados y los secan; y se ven muchas maderas delante de la ciudad sobre las cuales ponen a secar los peces salados. El país es muy fértil y las alturas de la ciudad están cubiertas de terrazas y las faldas de las colinas llenas de frutales y viñedos. Toda esta región hasta el Tabor y los baños de Betulia es sobre toda ponderación fértil y amena; se llama la región de Genesaret. A la tarde navegó Jesús con los apóstoles hacia el Noreste y enseñó en la barca acerca del Padrenuestro y de la cuarta petición. Los prepara así para la mayor explicación cuando tenga a los discípulos y apóstoles solos.
Jesús habla del Pan de vida
Pasó Jesús la noche sobre la barca anclada entre la oficina de Mateo y Betsaida-Julias. A la mañana siguiente enseñó a un centenar de personas sobre el Padrenuestro, y al medio día navegó hacia Cafarnaúm, donde desembarcaron sin ser vistos y se fueron a la casa de Pedro. Aqui se encontró con Lázaro que había venido con el hijo de la Verónica y algunas personas de Hebrón. Cuando Jesús tomó, detrás de la casa de Pedro, el camino más corto entre Cafarnaúm y Betsaida, la muchedumbre, que estaba estacionada por los alrededores, lo siguió. Algunos que habían estado en la multiplicación de los panes y le habían estado buscando le dijeron: “Maestro ¿cuándo has venido? Te hemos buscado aquí y en el otro lado». Jesús respondió, empezando su enseñanza: “En verdad, en verdad os digo: Vosotros no me buscáis porque habéis visto milagros, sino porque habéis sido saciados de pan. No os preocupéis del alimento perecedero, sino del alimento que llega hasta la vida eterna, que os dará el Hijo del Hombre, pues a Él le ha hecho el Padre acreedor de la fe». Dijo estas cosas más extensamente; en el Evangelio está solo el resumen. Los hombres se decían unos a otros: “¿Qué dice ahora con esto del Hijo del Hombre? También nosotros somos hijos del hombre». Como les mandara que hicieran obras buenas, preguntaron qué debían hacer para hacer obras de Dios. Jesús les contestó: “Creer en Aquél que Él ha enviado». Continuó enseñando sobre la fe. Ellos preguntaron de nuevo qué milagro iba a hacer para que ellos creyesen. “A nuestros padres, dijeron, dio Moisés el pan del cielo para que creyesen en él, el maná. ¿Qué nos darás a nosotros?” Respondió Jesús: “Yo os digo que no fue vuestro Moisés quien os dió el pan del cielo, sino mi Padre os da el verdadero pan del cielo; puesto que el pan de Dios es Éste que ha venido del cielo y da la vida al mundo». Sobre esto enseñó luego más claramente, y algunos dijeron: “Señor, dadnos siempre de este pan». Otros decían: “Su Padre nos da pan del cielo… ¿Qué es esto? Su padre José está muerto…» Jesús lo explicó más claramente, en diversas formas; pero muy pocos lo entendieron, porque se creían prudentes y entendidos. Dejó de hablar de esto y pasó a las Bienaventuranzas y al Padrenuestro, sin decir aún que Él era el pan de la vida. Los apóstoles y los más antiguos discípulos no preguntaron nada y estuvieron reflexionando; algunos entendieron, otros pidieron explicaciones entre ellos mismos. Al día siguiente continuó Jesús su predicación en la altura detrás de la casa de Pedro. Había algunos miles de personas que se iban turnando, pasando los de atrás adelante para oír mejor. Jesús a veces cambiaba de sitio, yendo de un grupo a otro, repitiendo la explicación con gran paciencia y amor. Entre los oyentes había muchas mujeres algo apartadas y con velo. Los fariseos iban y venían y se soplaban unos a otros sus dudas y sus malignas insinuaciones. Hoy dijo Jesús claramente: “Yo soy el Pan de vida; el que viene a Mi no tendrá hambre y quien está en Mi no tendrá sed. Aquél a quien el Padre le envía, vendrá a El, y El no lo desechará. Él ha venido del cielo, no para hacer su voluntad, sino la voluntad del Padre. Es voluntad de mi Padre que Yo no pierda a los que me ha dado, sino que los resucite en el último día. Es voluntad de mi Padre que quien ve al Hijo y cree en Él, tenga la vida eterna y El lo resucitará en el último día”. Había muchos que no entendieron y decían: “¡,Cómo puede El decir que ha venido del cielo, si es el hijo del carpintero José? Su Madre y sus parientes están entre nosotros y conocemos a los padres de su padre José. El dice que Dios es su Padre y luego dice que es el Hijo del hombre». Así murmuraban entre ellos. Jesús les dijo que no murmurasen; por si mismos no podrían venir a Él; el Padre que lo ha enviado a Él, es el que debe traerlos a Él. Esto tampoco pudieron entenderlo y preguntaron qué significaba eso de que el Padre tenía que traerlos; pensaban en un sentido material. Jesús les respondió: “Está escrito en los profetas: serán todos enseñados por Dios. Quien oye al Padre y lo entiende, vendrá a Mi». Dijeron otros: “¿No estamos acaso con Él? Y con todo no lo hemos oído ni aprendido del Padre». Explicó Jesús: “Nadie ha visto al Padre, sino aquél que es de Dios. Quien cree en Mi tiene la vida eterna. Yo soy el Pan bajado del cielo, el Pan de la vida». Replicaron: “No conocernos otro pan del cielo que el maná», Les respondió: “Éste no es el pan de la vida, porque vuestros padres, que lo comieron, murieron todos, a pesar de haberlo comido. Aquí está el Pan que vino del cielo y el que come de este Pan no morirá. Yo soy el Pan vivo y el que come de él vivirá eternamente». Todas estas enseñanzas fueron con explicaciones y exhortaciones y con pruebas de los profetas y de la ley; pero la mayoria no lo admitía; todo lo tomaban en sentido material, y preguntaban: “¿Cómo se entiende eso de comer de Él para vivir eternamente? ¿Quién puede vivir eternamente y quién podrá comerlo a Él? Enoch y Elías fueron sacados de la tierra y decimos que no murieron; también de Malaquías no se sabe donde reposa y no se sabe de su muerte; pero fuera de éstos, todos los hombres han de morir». Jesús les preguntó si sabían donde estaban Enoch, Elías y Malaquías. El sabía donde estaban. Y añadió si sabían lo que Enoch había creído y lo que Elias y Malaquías habían profetizado. Luego les explicó muchas cosas de estos dos profetas. Había entre los oyentes un murmullo de disputas y de preguntas. Muchos de los discípulos nuevos y discípulos de Juan recién venidos dudaban ya en sus pensamientos. Eran de los que habían completado el número de los 72, pues antes Jesús no tenía más que treinta y seis discípulos. Las mujeres eran ahora treinta y cuatro; pero luego, contando otras que estaban al servicio de éstas, como sirvientas o guardianas de las posadas, eran unas 70. Jesús enseñó de nuevo al pueblo delante de la ciudad, pero no habló del pan de vida sino de las Bienaventuranzas y del Padrenuestro. La multitud era muy grande. Como la mayoría de los enfermos ya habían sido curados, no había tanta confusión y tumulto; el traer y llevar los enfermos era lo que siempre causaba desorden y movimiento, porque deseaban siempre ser los primeros para poder retirarse primero. Todos, especialmente algunos discípulos de Juan, están ahora alterados, en expectativa, ante la conclusión de la enseñanza sobre el Pan de la vida.