Tomo VIII — Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre

Sección 6: capítulos XXVI – XXXII

Jesús en Atharoth y en Hadad-Rìmmón — El jefe romano de Salamina

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Capítulo XXVI

Jesús en Atharoth y en Hadad-Rìmmón

Desde Rama fue andando Jesús con sus discípulos hacia Tenat-Silo, junto a Sicar. Como todos los fariseos estaban en Jerusalén por cuestión de la fiesta, Jesús fue recibido muy bien en esta población. Sólo quedaron aquí sin ir a la fiesta los viejos, hombres y mujeres, los enfermos y niños pequeños y los pastores para guardar el ganado. En Rama y en Tenat-Silo he visto a la gente ir en procesión a través de los campos de las mieses maduras y cortar allí haces para llevarlos enarbolados en palos a las sinagogas y a sus casas. Jesús enseñaba por los campos y en la ciudad de Tenat-Silo, donde pernoctó, hablando de su próximo fin. Los exhortaba a todos a venir a Él para encontrar consuelo y habló de un corazón contrito que es el sacrificio más acepto a Dios. Desde Tenat-Silo fue Jesús a Atharoth, al Norte del monte, junto a Meroz, donde los fariseos le habían traido una vez a un muerto para que le diera salud. Este lugar está como a cuatro horas al norte de Tenat-Silo. Jesús llegó hacia el mediodía delante de Atharoth y enseñó en una montaña delante de la ciudad adonde le siguió mucha gente, viejos, enfermos, mujeres y niños. No temiendo ahora a los fariseos salieron todos los enfermos pidiendo salud y consuelo. En Atharoth estaban tan irritados los fariseos contra Jesús que habían mandado otra vez cerrar las puertas de la ciudad cuando Él se acercaba a ella. Enseñó aquí severamente, y habló con amabilidad al pueblo contra la malicia de los fariseos. Habló claramente de su misión, de su Padre celestial, de la persecución que llevarían contra Él, y también de la resurrección de los muertos, y del juicio y de la necesidad de seguirlo a Él. Sanó a muchos enfermos, baldados, ciegos, hidrópicos, a niños enfermos y a mujeres. Los discípulos le habían preparado un albergue junto a Atharoth, en casa de un maestro sencillo, un anciano que vivía en medio de unos jardines. Se lavaron los pies, tomaron alimentos y fueron para la fiesta del Sábado a la sinagoga de Atharoth. Aquí se juntó mucha gente venida de diversos lugares y todos los sanados. Un fariseo anciano y encorvado presidió la reunión y trataba de imponerse a la gente, aunque de por si era una figura ridícula. Se leyó acerca de las impurezas legales y de la lepra y sobre la multiplicación del pan y del trigo por medio de Eliseo y la curación de Naamán (III Moisés, cap. 12, 14 y IV Reyes, 4, 42 hasta 5, 19). Jesús habló largo tiempo y volviendo su mirada hacia donde estaban las mujeres, llamó a una viuda muy encorvada llevada por sus hijas, que no pensaba siquiera en pedir su salud. Estaba enferma desde hacía 18 años y tan encorvada hacia adelante que casi habría podido andar sobre las manos. Al traerla las hijas delante de Jesús, Éste dijo: “Mujer, te veas libre de tu enfermedad», y pasó las manos en la espalda de la enferma. La mujer se irguió de repente y comenzó a alabar a Dios, diciendo: “Bendito sea el Dios de Israel». Se echó a los pies de Jesús y todos los presentes alabaron a Dios. El viejo fariseo se irritó mucho de que semejante prodigio se hiciera en Sábado, durante su presidencia en Atharoth; se volvió con muestra de gran autoridad al pueblo, porque no se atrevió a encararse con Jesús, y comenzó a reprenderlo diciendo: “Seis días hay para trabajar; venid en esos días para haceros curar, pero no en día de Sábado». Entonces le dijo Jesús: “Hipócrita, ¿acaso no desata cada uno su asno o su buey para darle de beber en Sábado, llevándolo a la fuente? Y a esta hija de Abraham, ¿no se le podía desatar de la ligadura, que le ató Satanás hace 18 años, en día de Sábado’.’” Se avergonzó el viejo encorvado y con él toda su banda. La gente alabó al Señor, alegrándose de esta maravilla. ¡Era cosa de gran alegría ver a las hijas de esta mujer y a los niños de su parentela en torno de ella tan contentos! Todos se alegraron de su salud, porque era una señora rica, querida y estimada. Era risible, en cambio, ver al encorvado fariseo, que en lugar de pedir salud para sí mismo, aún se irritaba de ver curada a la mujer enferma. Jesús continuó hablando del Sábado y habló severamente, como en el templo cuando le reprocharon la curación del hombre en el estanque de Bethesda. Pernoctó en la casa del maestro de escuela de Atharoth y al dia siguiente estuvo en la casa de la mujer curada, que servía la comida a muchos pobres y hacía mucha limosna. Terminó el Sábado en la sinagoga y se dirigió a unas horas de camino al albergue de Ginnim. Caminó al día siguiente por unas ocho horas con sus discípulos hacia el Norte, en el valle de Esdrelón, a través del torrente Kisón, a Hadarl-Rimmón, en dirección a Endar, Jezrael y Naim, que dejó a su derecha. Rimmón está como a una hora al Este de Meggido, no lejos de Jezrael y Naim, y a unas tres horas al Oeste del Tabor, cerca de Nazaret. Es una ciudad importante, de mucho movimiento, pues aquí pasa un camino real desde Tiberiades hacia la costa del mar. Jesús se hospedó fuera de la ciudad. Enseñó en el camino a pastores pobres y a enfermos. Habló de la caridad fraterna, recomendó el amor a los samaritanos y a todas las gentes y explicó la parábola del buen samaritano. En Hadad-Rimmón enseñó especialmente de la resurrección de los muertos y del juicio. Sanó a enfermos. Llegó una multitud que se había alejado de Jerusalén en su busca a la distancia de un día de camino. Los apóstoles y discípulos misionaban en los alrededores de la ciudad. Pilatos, un día después de la partida de Jesús de Jerusalén, había prohibido a los galileos revoltosos salir de Ia ciudad. Muchos de ellos fueron tomados como rehenes en garantía de los demás. Ahora les dió Pilatos permiso de salir de la ciudad y soltó también a los rehenes, dejándolos que ofrecieran sus sacrificios. Pilatos hacía preparativos para su viaje a Cesarea. Los rehenes libertados estaban maravillados de su libertad y se apresuraron a ir al templo a hacer sus sacrificios, que antes no habían podido ofrecer por haberse hecho culpables. Era costumbre en este día de hacer regalos al templo. Muchos compraron animales y los llevaban para sacrifìcarlos; otros vendían cosas que no les eran indispensables y esas monedas las llevaban gustosos al templo. Los más ricos daban a los pobres. He visto tres diferentes buzones donde ponían sus limosnas; allí mismo se enseñaba y se rezaba. Otros estaban en la plaza ocupados con sus animales de sacrificio. Había mucha gente en el templo, aunque no rebosaba. He visto en diversos sitios grupos de judíos inclinados, cubiertas sus cabezas con mantos, 0 de pie, cubiertos con mantos de oración, y algunos postrados con el rostro a tierra. Judas el Gaulonita estaba entre sus secuaces, junto a la alcancía; estos galileos eran los que Pilatos habia tomado presos y luego soltado. Parte de ellos eran hechura de los pérfidos herodianos y otros pobres engañados, Había muchos de Gaulón y de Thirza y de otros nidos herodianos. Cuando estos hubieron ofrecido su dinero y sus ofrendas y estaban en sus devociones, y nadie miraba ni se distraía, he visto de pronto deslizarse unos diez hombres desde varios rincones, sacar unas espadas de un codo de largo de tres filos, que ocultaban bajo sus mantos, y asaltar y herir a los que estaban descuidados. Se levantó un griterío espantoso y comenzaron los pobres galileos desarmados a huir en todas direcciones. Entonces se levantaron también aquellos que yo había visto postrados con el rostro a tierra: eran soldados romanos disfrazados, que herían y mataban a cuantos estaban al alcance de sus espadas. Algunos de estos romanos corrieron a las alcancías, las rompían y sacaban el dinero echado adentro. No pudieron sacar todo, pues una buena parte ya estaba en lugar más seguro. Fue tan grande el tumulto que mucho dinero quedó derramado en el templo. Los soldados romanos fueron al mercado de los animales y allí mataron a muchos galileos. He visto a estos soldados romanos salir de todos los rincones y de las ventanas de las casas, saltar, entrando y saliendo. Cuando por el tumulto del templo acudió mucha gente al lugar, muchos de ellos fueron muertos inocentemente, y aún gente que estaba en el atrio y en las tiendas del muro comprando comestibles. He visto a algunos galileos en un oscuro rincón, donde pensaban salvar la vida, habían desarmado a algunos romanos y tenían sus armas. De pronto vino el mismo Judas Gaulonita hacia ellos para salvar su vida allí; pero los demás, creyendo fuera un romano, lo hirieron, y a pesar de que les gritaba que era Judas Gaulonita, acabaron de matarlo. Los trajes que usaban y con que se disfrazaban los romanos eran tales que cada uno se defendía como podía del que encontraba al paso. Esta matanza duró como una hora. El pueblo acudió entonces armado al templo y los soldados romanos se refugiaron en la torre Antonia y cerraron la entrada. Pilatos había partido y la guardia de la ciudad había cerrado todos los caminos, vista la actitud hostil de los ciudadanos, y prohibía todas las reuniones de hombres. Desde un lado alto del templo he visto en las calles estrechas cómo las mujeres y los niños lloraban lamentando la muerte de sus maridos o de sus padres. Habían caído víctimas muchos de los pobres trabajadores que vivían cerca del templo. Habia desorden y espanto en el templo y todos salieron fuera cuando se hizo un poco de luz. Los ancianos, los jefes y muchos hombres armados entraron en el templo. Todo el piso estaba lleno de cadáveres, de sangre y de monedas desparramadas. Algunos heridos graves se revolvían quejándose en el suelo. Vinieron entonces los parientes de estos asesinados y fue un llanto y un clamor general, mezclado con temor y deseos de venganza. Los sacerdotes estaban consternados, pues el templo había sido completamente profanado y ellos no se atrevían a acercarse a los muertos, para no contaminarse. Los festejos fueron suspendidos. He visto después cómo llevaban en angarillas o envueltos en sábanas a sus muertos, y he oído el clamor de los parientes. Los que no tenían parientes fueron sacados de allí por unos esclavos de baja clase. Todo lo que quedaba en el templo, animales, comestibles, debía permanecer allí, porque estaba contaminado. Poco después salieron todos, menos los guardias y trabajadores. Los muertos eran muchos más que aquéllos que perecieron al desplomarse las obras del acueducto. Además de los inocentes de Jerusalén, había muchos de los secuaces de Judas Gaulonita que habían protestado contra los tributos al César y contra el tributo que quería imponer Pilatos a las ofrendas del templo para las obras del acueducto. Eran muchos de aquéllos que habian hablado osadamente delante de Pilatos y que habían matado a algunos romanos en la refriega. Pilatos tomó aquí una doble venganza: contra los galileos que protestaron y contra Herodes que había sido la causa de la catástrofe y muerte de tanta gente en las obras del acueducto derrumbado. Eran gentes de Tiberíades, de Gaulón, de la Alta Galilea, de Cesarea de Filipo y especialmente de Thirza.

Capítulo XXVII

La Transfiguración sobre el monte Tabor

Desde el albergue de Hadad-Rimmón dirigióse Jesús hacia el Este a Kisloth-Tabor, al pie del monte Tabor, hacia el Sur, a unas tres horas de Rimmón. En el camino se allegaron a Él poco a poco los discípulos que habían sido enviados a misionar. En Kisloth se reunió de nuevo gran multitud de viajeros que venían de Jerusalén en torno de Jesús. Aquí enseñó y sanó algunos enfermos. Por la tarde envió a los discípulos a derecha e izquierda, en torno de la montaña, para que enseñasen y sanasen. Él se reservó consigo a Pedro, a Santiago el Mayor y a Juan y con ellos subió al monte Tabor. Emplearon como dos horas, pues Jesús se detenía con frecuencia en cavernas y lugares donde habían estado profetas, les enseñaba y rezaba con ellos. No habían llevado consigo alimento alguno. Jesús se lo habia prohibido, diciéndoles que se sentirian saciados. La cumbre del monte ofrecía una hermosa vista, había un vasto lugar cercado y plantado de árboles y el piso estaba cubierto de hierbas aromáticas y de flores. Había oculta una fuente de agua a la cual se le daba salida a voluntad y saltaba un chorro de agua fresca y clara. Alli se refrescaron y lavaron los pies. Jesús se dirigió a un lugar, como una excavación en la roca, que tenía semejanza con el de oración del Huerto de los Olivos. Era vasto y se podia caminar dentro. Jesús continuó su enseñanza, habló de la oración que se hace de rodillas y dijo que debían orar aquí con las manos levantadas. Les enseñó sobre el Padrenuestro, mezclando algunos salmos, y ellos rezaron de rodillas en torno de Jesús. Jesús se hincó delante de ellos y mientras oraba les declaraba la oración, y les habló de la creación y de la Redención. Les habló lleno de amor y de bondad: los apóstoles estaban como fuera de sí. Les había dicho al principio que quería mostrarles lo que Él era: que convenía lo viesen en gloria para que no dudasen cuando lo viesen despreciado, maltratado y dejado de su Divinidad en su Pasión y Muerte. El sol se había puesto ya y estaba oscuro, pero ellos ni se dieron cuenta, tanto era el entusiasmo de ver a Jesús y oír sus palabras. Se ponía por momentos más resplandeciente, y se veían ángeles en torno de Él. Pedro los veía también y por eso interrumpió a Jesús y preguntó: «Maestro, ¿qué es esto?» Jesús le dijo: “Ellos me sirven». Pedro volvió a decir: «Maestro, aquí estamos, nosotros queremos servirte en todo». Esto lo dijo con entusiasmo, levantando los brazos. Jesús seguía enseñando, mientras se esparcía en torno un aroma celestial y los apóstoles se sentían contentos, fuera de si. Jesús brillaba cada vez más y era como transparente. El resplandor era tan grande en torno de Jesús que a pesar de ser ya noche se veía hasta la más pequeña hierba como en pleno dia. Los apóstoles se sintieron tan conmovidos y fuera de sí, que se cubrieron las cabezas e inclinaron el rostro a tierra. Eran como las doce de la noche cuando vi esta gloria en todo su apogeo. Desde el cielo venía. una linea de luz y los espíritus se movían en ese resplandor. Unos eran pequeños; de otros se veían sólo los rostros resplandecientes; algunos ángeles, vestidos como sacerdotes; otros, como guerreros. Todos estos espíritus tenían algo de característico, y con su aparición recibían los apóstoles una especial ayuda, en fuerza, contento, iluminación y renuevo. Estos ángeles estaban en continuo movimiento. Los apóstoles estaban como en éxtasis, caídos sobre sus rostros. De pronto he visto entrar, en la luz que rodeaba a Jesús, a tres seres resplandecientes. Llegaron en una forma natural, como quien viniendo de la oscuridad entra en un lugar de luz. Dos aparecieron más distintos y más corpóreos. Hablaban con Jesús y eran Elias y Moisés; la tercera aparición no habló: era más espiritual y tenue, y era el profeta Malaquías. Yo oía cómo Moisés y Elías saludaban a Jesús, y cómo El hablaba de la Redención y de su Pasión. Su encuentro era natural, como acostumbrado. Moisés y Elías no aparecieron ancianos y demacrados, como yo los había visto en la tierra, sino más jóvenes y más atrayentes. Moisés era más alto, más majestuoso y venerable que Elías, tenía sobre la frente como dos cuernos o excrecencias brillantes y vestía una túnica larga. Era un hombre imponente como un preceptor: serio, pero justo y sencillo. Dijo a Jesús cómo se alegraba de ver de nuevo a Aquél que le había guiado a través del desierto con el pueblo sacado de Egipto, al que ahora iba a salvar y a redimir del pecado. Recordó muchas cosas de sus tiempos, que eran figuras de estos hechos de ahora y habló del cordero pascual y del Cordero de Dios. Elías era diferente de Moisés. Era más delicado, amable y manso. Pero tanto Moisés como Elías eran muy diferentes, en su aparición, que Malaquías. En ambos se podía ver en sus rostros y semblante, formas vividas, formas de hombres, aunque glorificados. Malaquías aparecía muy diferente: su rostro no recordaba algo mortal y corpóreo, sino todo espiritual, tal como ángel que era. Era una aparición de aspecto más callado y más espiritual, el semblante de uno que cumple una misión angélica. Jesús habló con ellos de todos los dolores que había sufrido hasta entonces y de todos los que le aguardaban aún. Describió toda su vida mortal, punto por punto. Elías y Moisés expresaban a veces su compasión y admiración; consolaban al Señor, y alababan a Dios de todos los beneficios de la Redención. Hablaban de aquellas cosas que habían sido figuras de estos misterios y daban gracias a Dios de que se hubiese compadecido de su pueblo desde la eternidad. Malaquías estaba presente a todo, pero no habló. Los apóstoles levantaron entonces sus cabezas y miraron mucho tiempo a Moisés, a Elías y a Malaquías. Cuando Jesús habló de su pasión y de su muerte en la cruz, extendió sus brazos en cruz y dijo: “Así será levantado el Hijo de Dios”. Su rostro estaba vuelto al Sur y lleno de luz, mientras su vestido era blanco como la nieve. Jesús, los profetas y aún los apóstoles estaban levantados del suelo. Mientras tanto desaparecieron Moisés y Elías hacia el Este, y Malaquías hacia el Oeste, y se perdieron en la oscuridad. Fue entonces cuando Pedro, fuera de sí, dijo; “Maestro, es bueno para nosotros estarnos aquí; queremos edificar tres viviendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pensaba él que no necesitaban más otro cielo: ¡era tan dulce estar allí y eran tan felices! Entendía unas viviendas donde honrar y venerar a esos santos, que vivirían con ellos. Todo esto lo dijo como fuera de sí de contento, por el éxtasis, y no sabía lo que decía. Cuando volvieron en sí, vino una nube blanca y tenue sobre ellos, como la neblina que cae por la mañana, y sobre Jesús he visto el cielo abierto y la figura de la Santísima Trinidad; Dios Padre sobre su trono, como un anciano Pontífice, y a sus pies coros de ángeles y muchas apariciones. Una onda de luz se posó sobre Jesús y como un susurro suave y penetrante llegó la voz del cielo: “Este es mi Hijo amado en quien me he complacido; escuchadle». Esto llenó a los apóstoles de miedo y reverencia; echaron sus rostros a tierra y volvieron a sentirse hombres flacos y débiles, que habían contemplado la grandeza de Dios. Estaban ahora con temor delante de Jesús, sobre el cual habían oído resonar la voz de Dios Padre. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levantaos y no temáis”. Se levantaron del suelo y vieron a Jesús solo. Eran como las tres de la mañana. La aurora ya aparecía y pesada neblina se depositaba sobre los campos, al pié de la montaña. Los apóstoles estaban aún temerosos y serios. Jesús les dijo cómo les había hecho ver la Transfiguración del Hijo del Hombre para fortalecer su fe, para que no desmayasen cuando lo vieran maltratado por los pecados del mundo, en manos de los impíos; para que no se escandalizasen cuando vieran sus humillaciones en la Pasión y pudieran fortalecer también a los demás apóstoles. Recordó de nuevo la profesión de fe de Pedro, que le había reconocido antes que los demás como Dios y habló de la piedra sobre la cual quería fundar su Iglesia. Rezaron aún algún tiempo y con el clarear del día comenzaron a bajar la montaña por el Noreste. Mientras bajaban, les mandó que no dijeran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos. Se recordaron del aviso y se mostraron desde entonces más reverentes y pensaban en la voz que habían oído: “A Éste, escuchad”. Sentían pesar y miedo de las anteriores dudas y faltas de fe. Cuando luego se fueron acostumbrando con el claror y volvieron a las cosas de cada día, se iban comunicando sus pensamientos y preguntaban lo que significaría “hasta que el Hijo del Hombre resucitase de entre los muertos”. No se atrevían por el momento a preguntar sobre esta duda a Jesucristo. No habían llegado aún al pie del monte cuando vieron que venían gentes con enfermos, a los cuales Jesús consoló y sanó de sus dolencias. La gente se asustaba ahora al verlo: había aún en su semblante algo de sobrenatural, de resplandor y de desacostumbrado. Un poco más abajo estaban reunidas muchas personas en torno de los discípulos enviados el día anterior a misionar: había entre la multitud algunos escribas. Esta gente venía de la fiesta en viaje a sus casas y de paso se juntaron en torno de los apóstoles y con ellos se habían dirigido hasta aquí esperando a Jesús. Jesús los encontró en una disputa con sus discípulos. Cuando vieron acercarse a Jesús corrieron algunos a su encuentro, lo saludaron; pero se espantaron al ver su rostro, pues quedaba todavía algún rastro de la Divinidad en su semblante. Los otros apóstoles también notaron en la seriedad y temor de los tres testigos de que algo maravilloso había tenido lugar en el monte. Como preguntara Jesús por qué estaban discutiendo, se adelantó un hombre de Amthar, población de las montañas de Galilea (lugar donde había tenido lugar el hecho de Lázaro y el rico Epulón). Se echó a los pies de Jesús y le rogó quisiera ayudar a su hijo único, que era lunático y poseído de un demonio mudo, que lo maltrataba, arrojándolo a veces en el fuego o en el agua y lo maltrataba de tal manera que le hacía clamar por el dolor. Decía que se lo habia presentado en Amthar a sus apóstoles, pero que no lo habían podido librar del demonio, y que sobre esto estaban ahora disputando con ellos y los escribas. Dijo Jesús entonces: “¡Oh generación infiel y perversa! ¿Cuánto tiempo estaré todavía con vosotros, y por cuánto tiempo os tendré que aguantar aún?” Mandó luego al hombre que le trajese al niño. El hombre trajo a su hijo, al cual había conducido hasta allí, sobre sus hombros, como una oveja. Ahora lo traía de la mano. Al ver a Jesús comenzó a debatirse furiosamente y el demonio lo echó al suelo. Se retorcia y se agitaba mientras la baba le salía de la boca. Jesús lo mandó aquietarse, y se quedó tranquilo. Preguntó al padre desde cuándo tenía ese mal y el padre dijo que desde la niñez. “Si Tú puedes algo, ayúdanos; ten compasión de nosotros”. Jesús contestó: “Si tú puedes creer, a quien tiene fe todo le es posible». El padre exclamó, sollozando: «Señor, yo creo; pero ayuda a mi incredulidad”. A esta exclamación fuerte del padre se acercaron los del pueblo que se habían mantenido apartados. Jesús levantó su mano en son de conminación hacia el niño y dijo: “Espíritu mudo e inmundo, Yo te mando: sal de este niño y no vuelvas jamás a él». Clamó fuertemente el espíritu en el niño, lo maltrató y salió de él. El niño quedó tendido, como muerto, pálido y sin movimiento. Muchos de los presentes dijeron, al ver que no volvía en sí y no lograban hacerlo reaccionar: “Está muerto, y bien muerto”. Jesús lo tomó de la mano, lo levantó sano y bueno y se lo entregó al padre, después de unas palabras de amonestación. El padre agradeció con lágrimas y con alabanzas, y todos los presentes alabaron al Señor. Todo esto sucedió como a unos tres cuartos de hora de un pequeño lugar, al pie del Tabor, donde el año anterior había sanado Jesús de la lepra al dueño del lugar, cuando el niño siervo de aquél se presentó a Jesús rogando por su señor. Jesús anduvo luego con sus discípulos por delante de Caná, através del valle de los baños de Betulia, hasta llegar al pueblo de Dothaím a tres horas de Cafarnaúm. Andaba casi siempre por caminos no principales, para evitar el concurso de gentes que venían en grandes cantidades de las fiestas de Jerusalén. Marchaban en grupos, y Jesús a veces estaba solo, y a veces se juntaba con uno de los grupos. En este camino se le juntaron los apóstoles.que habían sido testigos de su Transfiguración y le preguntaron la explicación de esas palabras: “Hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos». Sobre esto habían estado disputando y pensando a solas. Sobre esto decían: “Los escribas enseñan que antes de la resurrección debe venir Elías». Respondió Jesús: “Elías ha de venir y ha de restaurar todas las cosas. Pero yo os digo que Elías ha venido ya. Pero ellos no lo conocieron; al contrario, hicieron con él lo que quisieron, según está escrito de él. De la misma manera sufrirá de ellos el Hijo del Hombre”. Habló otras cosas más y ellos entendieron que se refería a Juan Bautista. Cuando estuvieron reunidos todos los discípulos en el albergue, junto a Dothaím, preguntaron por qué no habían podido ellos echar al demonio mudo del niño. Jesús les dijo: “Por causa de vuestra incredulidad; si tuvierais fe como un grano de mostaza diríais a ese monte: pásate de allí, y él se movería, y nada os sería imposible. Esta clase de demonios sólo se echa con oración y ayuno». Les enseñó cómo debían quebrar la resistencia del demonio; cómo la fe debe animar esta acción; cómo esta fe se fortifica con el ayuno y la oración, en cuanto que se le quita dentro de sí la fuerza al enemigo que se quiere echar del cuerpo de los demás.

Capítulo XXVIII

Jesús en Cafarnaúm y en los alrededores

Jesús partió desde Dothaím por el camino directo a Cafarnaúm, donde fueron recibidos con fiestas los que venían del viaje a Jerusalén. Jesús y sus apóstoles fueron invitados a una comida, donde se encontraban algunos fariseos. Cuando se disponían a sentarse a la mesa llegó el discípulo Manahem de Korea, y llegándose a Jesús, le presentó a un joven instruido de Jericó, que pedía ser admitido como discípulo, aunque había sido rechazado ya una vez. Esta vez se había dirigido al discípulo Manahem, a quien conocía, Este joven poseía muchos bienes en Samaria y Jesús le había dicho que se desprendiese de ellos. Ahora venía de nuevo: había ordenado todo y repartido entre sus parientes; pero reservábase una parte para si, porque se mostraba muy preocupado por su subsistencia. Por esta razón no lo recibió Jesús entre los suyos y se alejó malhumorado. Los fariseos se irritaron contra Jesús, pues estimaban al joven; dijeron a Jesús que hablaba siempre de caridad y no tenía caridad; que reprochaba a los fariseos que imponían cargas pesadas y que Él las imponía más pesadas. Añadieron que este joven era instruído y que Él se rodeaba sólo de pobres ignorantes; que no permitía lo necesario y lícito y en cambio permitía lo prohibido. Le reprocharon de nuevo la profanación del Sábado, el recoger las espigas de trigo, el no lavarse las manos, etc. Las contestaciones de Jesús los hicieron emnudecer. Mientras estaba Jesús en la casa de Pedro, algunos venidos de Cafarnaúm discutían sobre el pago que debía hacer Jesús de dos dracmas como tributo. Pedro dijo que sí, que pagaría su Maestro, y al entrar en la casa, Jesús le dijo: “¿Qué necesitas tú, Pedro? ¿De quién exigen los reyes tributos en la tierra, de sus hijos o de los extranjeros?” Pedro respondió: “De los extraños”. Jesús dijo: “Los hijos entonces están libres; pero para que no se escandalicen, vete al lago, echa el anzuelo y al primer pez que pique sácale una moneda, con la cual pagarás por mí y por ti”. Pedro, lleno de fe sencilla, echó el anzuelo y pescó un pez. Le abrió la boca y encontró adentro una moneda redonda, alargada y amarilla, y con ella pagó por sí y por Jesús. El pescado era tan grande que pudieron comer de él todos en la comida del mediodía. Luego preguntó Jesús de qué habían hablado los apóstoles en el camino desde Dothaím a Cafarnaúm. Callaron, porque habían tratado de quién de ellos sería el mayor en el reino de Dios. Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: “Quien quiera ser el primero, sea el último y el siervo de todos”. Después de la comida se retiró con los doce y los discípulos a Cafarnaúm, donde había una fiesta para los recién llegados de Jerusalén, acabadas las fiestas. Las calles y las casas estaban adornadas con festones de ramas y flores. Niños, ancianos, mujeres y los escolares venían al encuentro de los viajeros, los cuales se habían reunido como en procesión, caminando por las calles, visitando las casas de los amigos y de los principales del pueblo. Los fariseos y muchos otros andaban allí muy contentos con Jesús y los discípulos; después se separaron. Jesús visitó muchas casas de gente pobre y de amigos. Le traían a los niños, a los cuales bendecía y obsequiaba, En el mercado y plaza, de una parte estaba la sinagoga vieja y de la otra la nueva edificada por Cornelio, con galerías y pórticos. Aquí saludaron a Jesús los niños de las escuelas y muchas madres vinieron con sus criaturas. Jesús permaneció enseñando todo el día. Bendijo a los niños, los exhortó y les repartió a todos, pobres y ricos, vestiditos iguales que habían confeccionado las santas mujeres de la comunidad y que habían traído desde Jerusalén. Recibieron también frutas, pizarras para escribir y otros regalos. Los discípulos volvieron a la cuestión de quién sería mayor en el reino de los cielos. Entonces Jesús llamó a una mujer distinguida, esposa de un comerciante, que estaba a cierta distancia con su hijo de cuatro años. La mujer se cubrió con el velo y se adelantó con su niño. Tomó Jesús al niño y la madre se retiró a un lado. Jesús abrazó al niño, lo puso delante de los discípulos, en medio de muchos otros niños que estaban alli, y dijo: “Quien no se hiciere como niño, no entrará en el reino de los cielos. Quien recibe a un niño en mi nombre, me recibe a Mí, y también a Aquél que me envió. Quien se humillare como este niño, éste será el mayor en el reino de los cielos». Juan habló en esta ocasión, ya que hablaba de recibir en su nombre, diciendo a Jesús que habían prohibido a uno, que no era de los discípulos, el echar los demonios. Jesús los reprendió por ello y habló aún largamente. Luego bendijo al niño, que era muy amable, y le dio frutas y un vestidito; hizo señas a la madre y le entregó su criatura, mientras le decía palabras proféticas sobre el niño y su futuro, cosas que sólo se entendieron después. Más tarde fue discípulo de los apóstoles, y es Ignacio, obispo y mártir. Mientras ocurría esto, había allí una mujer entre el pueblo cubierta con un velo. Estaba fuera de sí por el contento y la emoción y decía muchas veces a media voz, con sus manos juntas, de modo que la oían las demás mujeres: “Bendito el seno que te llevó y benditos los pechos que te criaron. Y felices más aún los que oyen las palabras de Dios y las observan”. Decía esto con tono de profunda devoción, con movimiento de las manos, en cada pausa que hacía Jesús, llena de emoción, de amor y de ternura. Tomaba parte así, en modo sencillo de niña, en los dolores y vida de Jesús. Esta mujer era Lea, esposa de un fariseo, muy contrario a Jesús, de Cesarea de Filipo. Era hermana del marido difunto de Enué, la mujer sanada del flujo de sangre de Cesarea de Filipo. Esas palabras: “Feliz el seno que te llevó» ya la había proclamado aquí y Jesús le había respondido: “Más dichosos aún los que oyen la palabra de Dios y la guardan». Desde entonces decía estas palabras con la añadidura de Jesús y las repetía de continuo, como una oración llena de afecto y de ternura hacia Jesús. Se juntó más tarde a las santas mujeres y dio mucha limosna para la comunidad de Jesús. Jesús enseñó en la plaza hasta que llegó el Sábado y se dirigió a la sinagoga. La lección versó sobre la purificación de los leprosos y sobre la carestía y hambre de Samaria, según lo predicho por Eliseo. Jesús, los apóstoles y algunos discípulos se dirigieron a Betsaida, adonde habían llegado otros muchos discípulos; algunos de retorno de sus misiones, otros de los pueblos en donde habían estado. Unos venían de la Decápolis y Gergesa, atravesando el lago, y estaban bastante maltratados y necesitados de cuidados. Fueron recibidos con afecto en la orilla, se abrazaron y les prodigaron toda clase de cuidados. Fueron llevados a la casa de Andrés, se les lavó los pies, se les preparó un baño, se les dio otros vestidos y se les preparó una comida. Como Jesús se mostrase lleno de solicitud, sirviendo, dijo Pedro: «Señor, ¿por qué quieres Tú servir? Deja esto a nosotros». Jesús le dijo que había sido enviado para servir; lo que se hacía a éstos, es como si se hiciera al Padre celestial. Habló de nuevo sobre la humildad. Quien se hace el menor de todos y servidor de todos, ése será el mayor. Quien sirve, no por amor, y hace estas cosas en favor de] prójimo, no por ayudar al hermano, sino con intención de ser el primero. ése es hipócrita y servidor interesado y renuncia al galardón de Dios; ése se sirve a si mismo en el prójimo. Había allí esa vez 70 discípulos juntos: hay todavía algunos misionando en torno de Jerusalén. Jesús tuvo en esta ocasión la oportunidad de hacer una tierna y misteriosa aclaración a sus discípulos, en la cual les dijo claramente que Él no había nacido de hombre, sino por obra del Espiritu Santo. Habló con gran veneración de su santa Madre María; la llamó la más pura, santa y elegida criatura; la Virgen predestinada por la cual habían suspirado a través de los siglos los corazones de todos los fieles, con las lenguas de los profetas. Les recordó el testimonio de su Padre celestial en las orillas del Jordán. No habló de la Transfiguración. Habló de la felicidad del tiempo en que vivían, por tenerlo a Él presente, que había venido para reconciliar al hombre con su Dios. Habló con palabras llenas de misterio de la caída del hombre, de su apartamiento de su Padre celestial, del poder del espíritu del mal y de Satanás sobre ellos, y cómo por la venida de Él, el Mesías nacido de la suspirada Virgen María, se había restablecido de nuevo el reino de Dios entre los hombres, y cómo por Él y en Él podían todos ser recibidos de nuevo entre los hijos de Dios. Por Él se restablecía el puente de unión entre Dios y el hombre; por eso el que quiera ir a Dios debe pasar por Él y con Él, dejando lo terreno y lo pasajero del mundo. Dijo también que el poder de Satanás había sido quebrado en el mundo, y cómo todo lo malo entre los hombres y la naturaleza puede ser vencido con unirse a Él en la fe y en el amor y en su Nombre. De esto habló con solemnidad y con intensa seriedad. No entendieron todo y estaban turbados cuando Jesús les habló también de su Pasión. Los tres que habían estado con Él en el Tabor estaban ahora más serios y pensativos. Todo esto sucedió durante el Sábado. Los discípulos se albergaban en Cafarnaúm y en la casa de Pedro, delante de la ciudad. Todos tomaban su alimento juntos, como religiosos que viven en los conventos. Al día siguiente después del Sábado se dirigió Jesús con los suyos al Norte de Cafarnaúm, hacia la montaña de la despedida, a unas dos horas de distancia, donde estaban los hombres segando las mieses, y, andando entre ellos, a veces enseñaba a los discípulos y a los apóstoles. He visto al trigal más alto que la estatura del hombre. Lo cortaban a una altura cómoda, un medio codo de largo. Los granos eran mucho más gruesos y grandes que entre nosotros y para que los tallos no se inclinasen al suelo suelen rodear los campos de trigo con vallados de palos y estacas. Tenían una especie de hoz que más parecían azadones que hoces. Con la mano derecha cortaban un manojo de tallos, que sujetaban con la mano izquierda, de tal manera que cortados les caían en los brazos, que luego ataban en gavillas. Era un trabajo pesado, pero lo hacían con rapidez. Todo lo que caía al suelo pertenecía de derecho a los pobres cosechadores. Jesús enseñaba a estos obreros en los momentos de descanso; les preguntaba cuánto habían cosechado, cuánto sembrado, a quién pertenecía el trigo, cómo era el suelo, cómo lo solían cultivar. Con estas preguntas unía sus parábolas de la semilla, de la cizaña, del grano de trigo, del juntar y quemar la paja. Enseñaba a los discípulos cómo debían ellos a su vez evangelizar, y de lo predicado hacía enseñanza: declaraba espiritualmente la cosecha, el sembrador y el segador y que ahora debían ver de acopiar semillas para sembrar luego, pues Él no estaría mucho tiempo aún en su compañía. Los apóstoles se asustaron y preguntaban si se quedaría con ellos hasta Pentecostés. Jesús les dijo: “¿Qué sería de vosotros si Yo no estuviera algún tiempo con vosotros?” Entre los pastores aprovechaba la ocasión de hablar con ellos. “¿Esta majada es tuya? ¿Es de varios dueños? ¿Cómo haces para cuidarlas? ¿Por qué se apartan algunas de tu rebaño?» Les hablaba luego de la oveja perdida, del buen pastor y de otras parábolas. Después Jesús se fue a un valle que se extendía al Oeste, más alto que Cafarnaúm. A su derecha estaba la montaña de Safet. Aquí caminaba entre los pastores y segadores con sus discípulos, enseñando. Hablaba de los deberes del buen pastor, lo refería a Si mismo, y cómo Él iba a la muerte para salvar sus ovejas. Así enseñaba a los discípulos cómo tenían que ir y enseñar a los pobres trabajadores en esos apartados sitios, esparciendo entre ellos la buena semilla. Este andar y enseñar por estos lugares apartados, llenos de tranquilidad y de paz, era sumamente conmovedor. Después de haber ido por el Norte, torcieron hacia el Oriente de donde habían venido y entraron en la población de Lekkum, que está a una media hora del Jordán, adonde se habían dirigido los seis apóstoles en la primera salida que hicieron para misionar. Jesús no había visitado aún este lugar. Habían llegado a la ciudad los peregrinos que volvieron de Jerusalén y cierta cantidad de fariseos. La gente contaba a los que la visitaban las atrocidades de las matanzas de los galileos en el templo; a Jesús aún no le habían dicho nada. Lekkum es un lugar pequeño, pero próspero, a media hora del Jordán y a unas horas de su entrada en el lago. Los habitantes son judíos; sólo en las afueras viven algunos paganos pobres dejados por las caravanas que pasan y que viven en chozas. Todos están ocupados en la industria del algodón. Preparan la materia prima y hacen mantas y géneros. Veo que hasta los niños trabajan en esta industria. Celebran una fiesta por la vuelta de los peregrinos de Jerusalén, como en Cafarnaúm. Las calles están adornadas con festones de ramas y flores; los recién llegados visitan las casas de sus amigos y los niños de la escuela salen a su encuentro. Jesús entró en algunas casas de pobres y enfermos y sanó a algunos. En la plaza hizo un sermón, primero a los niños, a los cuales besaba y abrazaba; luego a los jóvenes y doncellas, que habían acudido con sus respectivos maestros con ocasión de esta fiesta. Cuando los niños y jóvenes volvieron a sus casas, enseñó a grupos de hombres y de mujeres, y les habló del matrimonio con toda clase de parábolas y comparaciones. Les dijo que la naturaleza humana está muy manchada con pasiones malas, las que hay que dominar con la oración y la mortificación. Quien sigue sus malas inclinaciones se acarrea males: las obras malas le siguen al hombre, le acusan y le delatan. Nuestro cuerpo es una imagen del Creador, y Satanás quiso destruir esa imagen. Las demasías traen pecado y enfermedad; producen deformación y maldad. Exhortó a la castidad, a la templanza y a la oración. Esta abstinencia, oración y continencia es lo que distinguió a los santos y a los profetas. Todo esto lo explicó con parábolas del sembrar el trigo y del limpiar el campo de piedras y de cizaña, con el descanso en paz de los campos, con la bendición de Dios sobre los sembrados, cuando son bienes poseídos honestamente. También usó de la comparación del estado del matrimonio con el cultivo de un viñedo y con la necesidad de podar sus sarmientos. Habló de las mejoras de las vides, de las familias piadosas, con parábolas de podar e injertar buenas clases de vides, y de mejorar las razas decaídas y depravadas. Habló de la santidad del padre común Abraham y de la alianza de la circuncisión: de cómo sus descendientes volvieron a pervertirse, especialmente en la mezcla con los pueblos paganos y con las licencias que se tomaban. Habló del dueño del viñedo que envía a su propio Hijo y cómo habían de tratar a ese Hijo. Las gentes estaban muy conmovidas; muchos lloraban y se sentían movidos a convertirse. Esta enseñanza la dió Jesús porque nunca habían sido instruídos en estos misterios y vivían bastante libremente. Les habló de la necesidad de la cooperación, de la buena voluntad en la oración, de la renuncia y de la abnegación. Decíales que lo que se privaban en alimento, bebida y superfluidades de la vida, lo pusieran llenos de confianza en las manos de Dios, con la petición de que lo haga llegar a los pobres y a los pastores que viven solitarios en los campos desiertos. El Padre que está en los cielos oirá, como buen Dispensador, la oración, si ellos, como siervos fieles, le entregan para los pobres o conocidos o buscados voluntariamente, ya que el Padre mismo les había dado a ellos muchas cosas superfluas. Esto era cooperación y Dios trabaja con aquellos siervos fieles y creyentes. Trajo la comparación de ciertos árboles que favorecen el crecimiento de otros como por amor y buen deseo, sin dañar ni perjudicar a otros, ni tocarlos siquiera. Desde Lekkum partió Jesús, a través del Jordán, a Betsaida- Julias, donde enseñó. Aquí también se festejaba a los recién llegados de Jerusalén. He visto a Jesús caminar con sus discípulos, algunos fariseos, escribas y hombres principales de Julias, mientras enseñaba. Le contaron la matanza de los galileos en el templo de Jerusalén. He oído en esta ocasión que murieron unas cien personas de Jerusalén y unos 150 de los fanáticos que seguían a Judas Gaulonita: éstos habían, en efecto, persuadido a muchos de Jerusalén a acompañarlos al templo, pues temían ir solos a hacer sus ofrendas y sacrificios. Esta gente se había juntado con los fanáticos, aunque no participaban de sus ideas de negar el tributo al César y así perecieron allí por estar confundidos con los revoltosos. La región de Julias a sobremanera hermosa, fértil, casi solitaria y verde, llena de camellos y asnos, que andan pastando y un refugio de toda clase de animales y pájaros, como un parque zoológico. Hay diversos caminitos y varios arroyuelos que se dirigen al lago. Al sol de mediodía todo el lago brilla como un terso espejo. El camino principal corre junto al río Jordán. Aquí reina la soledad. Jesús y los suyos pasaron el Jordán y se dirigieron a Betsaida y Cafarnaúm, y siendo Sábado Jesús enseñó allí. Se leyeron los rollos donde Moisés habla de los sacrificios de reconciliación que deben sacrificarse sin tomar la sangre. Habló también de los parentescos prohibidos en los casamientos. La lectura fue también de Ezequiel sobre los pecados de Jerusalén (III, Moisés, 16-19; Ezeq. 22). Jesús fue invitado a una comida con sus discípulos por un fariseo: la casa estaba cerca de la del centurión Cornelio. Se encontraba allí un enfermo, que pidió salud. Preguntó Jesús a los fariseos si era lícito curar en Sábado. Como no contestaran, Jesús puso sus manos sobre el enfermo, y lo sanó. Cuando éste se alejaba dando gracias y cantando las alabanzas de Dios, Jesús dijo a los fariseos lo que solía decir con frecuencia: “Ninguno de vosotros dejará a su asno o a su buey perecer, si en día de Sábado cae en un pozo». Se irritaron, pero no supieron qué contestar. Los fariseos habían invitado sólo a sus amigos y parientes, y como viera que elegían los mejores puestos en la mesa, dijo Jesús: “Cuando seas invitado no tomes los primeros puestos, pues puede venir uno más principal, y el dueño hacerte desocupar, con vergüenza, tu puesto. En cambio, si ocupas un lugar más bajo, vendrá el dueño y dirá: Amigo, sube más alto, y esto será honroso para ti. Quien se humilla será exaltado, quien se exalta será humillado». Al dueño le dijo: “Quien invita a los amigos ricos y principales, que le invitarán a él, ya recibió su merced. Quien invita a pobres, enfermos, ciegos y estropeados, que no le pueden retribuir, recibirá su premio y será dichoso en el día de la resurrección”. Uno de los presentes dijo: «Sí, dichoso el que pueda sentarse a la mesa en el reino de Dios». Jesús se volvió a él y contó la parábola de la gran cena. Jesús había hecho venir, por medio de los apóstoles, a muchos pobres, y preguntó a los fariseos si habian preparado para Él esa comida, y como dijesen que sí, les agradeció. Luego que hubieron comido hasta saciarse hizo repartir a los pobres lo que quedaba en las mesas. Después se dirigió con los suyos, atravesando las posesiones de Zorobabel, a una comarca hermosa y solitaria entre Tiberíades y Magdalum. Como le siguiera mucha gente, habló de su seguimiento. Dijo que quien quería seguirle y ser su discípulo, debía amarle a Él más que a sus próximos parientes, más que a sí mismo y debía llevar su cruz en pos de Él. Quien quiere edificar una torre debe primero calcular si podrá concluir y no ser burlado luego. Quien quiere ir a la guerra debe calcular sus soldados contra los del enemigo, y si no tiene fuerzas debe pedir la paz. Para ser su discípulo hay que renunciar a todo.

Capítulo XXIX

Jesús predica en el monte, junto a Gabara

Jesús caminó, enseñando, a través de la comarca de Genesaret y envió a muchos de los más antiguos discípulos para que invitasen al pueblo a un sermón de varios días en el monte, junto a Gabara. Debía empezar el Miércoles a mediodía. Yo oí indicar la fecha de otra manera, pero entendí que correspondía a lo que sería más tarde un Miércoles. Muchos discípulos atravesaron el lago para ir a Gergesa, a Dalmanutha y a Decápolis para invitar a la gente. Les dijo que invitaran a todos; que ya no estaría mucho tiempo con ellos; que trajeran al lugar a cuantos fuera posible. Salieron en varias direcciones como 40 discípulos. Permanecieron con Él los que habían regresado últimamente de sus misiones y los apóstoles a los cuales enseñaba. Caminó con ellos hacia Tarichea, al Sur del lago. No se podía ir desde la orilla del lago hasta Tarichea, pues a dos horas antes de la ciudad hay costas acantiladas que llegan al mar. Jesús pasó al Oeste de Tarichea cruzando un puente, hacia un poblado que estaba en el dique de piedra, extendido desde Tarichea hasta la desembocadura del Jordán en el mar. A los lados del puente había dos hileras de casas. Antes de llegar allí tuvo que pasar junto a la casa de los leprosos, donde el año pasado había sanado a varios. La gente supo que se acercaba Jesús y le salió al encuentro, agradeciéndole, mientras otros leprosos que habían llegado, gritaban por salud, y Jesús los sanó. También en las afueras de la ciudad le trajeron muchos enfermos, desde Dalmanutha, en barcas: a todos los sanó. Este dique se hundió, con ocasión del terremoto, en la muerte de Jesús, con las casas de los alrededores, y no se reparó, dado que también el lago revuelto cambió de aspecto en varios lugares. Tiberíades era entonces como una ciudad a medias; de la otra parte no se había edificado aún. De todos lados iban yendo gente a la montaña de Gabara y muchos en barcas, a través del lago. Llevaban tiendas y víveres para varios días; a los enfermos los cargaban sobre asnos. Los discípulos tenían que ordenar a las multitudes. Cuando Jesús se dirigía con sus apóstoles a Gabara, vinieron algunos fariseos preguntado qué pasaba, pues estaba todo el país en desorden y movimiento, corriendo hacia la montaña. Jesús les contestó que viniesen ellos también al sermón mañana: que El mismo los había invitado; que ya no estaría mucho tiempo con ellos. También acudieron las santas mujeres al albergue al pie de la montaña, para atender las necesidades de Jesús y de sus discípulos. Era a eso de las diez de la mañana cuando llegó Jesús a su sitial. Los discípulos habían dispuesto a la gente de modo que se fuesen adelante, turnándose, para oír mejor, pues había muchos más de los que podía contener el espacio de los oyentes. La gente vivía bajo tiendas, cada uno con el grupo de su ciudad. Cada comarca había adornado su campamento con un arco triunfal de ramas y hojas y en el medio una muestra de las mejores frutas de su región. Así unos tenían vides y uvas, otros trigo o algodón, cañas de azúcar, hierbas y toda clase de bayas y frutas. Todo estaba adornado de flores y hacía el conjunto una hermosa figura. Una cantidad de palomas y de aves de varias clases, atraídas por las frutas, se acercaban mansas y se dejaban alimentar en las manos de los hombres. Muchos fariseos, saduceos y herodianos se habían dado cita y se colocaron cerca del sitial de Jesús. Tenían mejores asientos, traídos de antemano. Jesús reunió a sus discípulos junto a Él, ocupando lugar delante. Primero rezó y luego dijo al pueblo que observara orden y atención, pues iba a enseñar lo que otros no se habían ocupado de enseñar y que era necesario saber para su salud. Les dijo que lo que ahora no podían comprender, se lo repetirían los discípulos después. “Los mandaré a ellos, porque ya no estaré mucho tiempo con vosotros”. Previno a sus discípulos públicamente que se guardasen de los fariseos y de los falsos profetas. Después enseñó al pueblo sobre la oración y el amor fraterno. Los discípulos cambiaban a los oyentes próximos para que se acercaran los más alejados. Los fariseos y escribas interrupción. La gente se turnaba para ir a comer. No he visto nes. Él no los escuchaba; hablaba severamente contra su conducta, previniendo al pueblo: esto los irritaba mayormente. No sanó, sino que hacía traer más cerca a los enfermos en sus camillas para que oyesen mejor; les dijo que tuvieran paciencia y esperasen el final de su predicación. Enseñó hasta la tarde, sin interrupción. La gente se turnaba para ir a comer. No he visto a Jesús comer en todo este tiempo. Enseñó todo el día al pueblo, de modo que su voz al final era débil, apenas perceptible. Por último bajó del albergue que estaba al pie de la montaña. Había pertenecido esta casa al castillo de Magdalum de María Magdalena; cuando Lázaro vendió el castillo se la reservó para albergue de los discípulos. Lázaro y Marta, Dina y la Suphanita, Maroni de Naím y María, Madre de Jesús, y otras mujeres de Galilea habíanse reunido allí trayendo telas y géneros para hacer ropas, y vestidos ya hechos. Habían preparado una modesta comida para Jesús y sus discípulos; lo sobrante lo repartieron entre los necesitados. Al día siguiente continuó Jesús su enseñanza en la montaña: habló de nuevo de la oración, del amor fraterno, de la vigilancia en el buen obrar y de la confianza en la bondad de Dios, y avisó a los oyentes que no se dejasen seducir de personas que los perseguirían y hablarían mal de ellos. Los fariseos estaban hoy más inquietos que ayer; se habían reunido en gran cantidad con intención de contradecir y disputar con Jesús. Decían que era un agitador, perturbador del orden, que sacaba a la gente de su trabajo para seguirle a Él por todo el pais. Añadían que tenían sus sábados, sus fiestas y su doctrina y no necesitaban oír novedades. Le echaron en cara las mil cosas que ya habían dicho a Él y a sus discípulos, y terminaron amenazándolo con denunciarlo a Herodes: que lo acusarían de su doctrina y de su proceder; añadieron que ya Herodes lo tenía en vista y pronto terminaría con Él. Jesús les contestó severamente, diciendo que seguiría enseñando y obrando sin cuidarse de Herodes, hasta completar su misión. Los fariseos se pusieron tan atrevidos e irritados que el pueblo tuvo que rodear a Jesús: de este modo se alejaron llenos de enojo. Jesús continuó enseñando con palabras conmovedoras y llenas de ternura. Como muchos de los oyentes estaban rendidos por el viaje y otros habían consumido sus provisiones, mandó Jesús a los discípulos que trajeran panes, miel y pescados para que los repartieran entre ellos. Trajeron en grandes cestos estos alimentos. Se repartió entre los necesitados telas, mantas, géneros y vestiditos para niños. Las mujeres repartían estas prendas a las mujeres y niños, mientras los discípulos hacían lo mismo entre los hombres. Todo lo habían provisto las santas mujeres. Jesús continuó enseñando a los nuevos llegados y las mujeres se retiraron al albergue para preparar la cena. Jesús les prometió enviarles a sus discípulos para repetirles sus enseñanzas, puesto que Él iba a retirarse por algún tiempo. Bendijo a los oyentes, los despidió y les dijo que al día siguiente por la mañana sanaría a los enfermos traídos. Permaneció largo tiempo aún con sus discípulos, les advirtió la manera de proceder de los fariseos y cómo debían guardarse de sus insidias. Muy tarde bajó con los suyos de la montaña para ir al albergue donde estaba preparada una comida para todos. Lázaro habló de la matanza de los galileos en el templo, que era la conversación común entre los discípulos, y dijeron también cómo algunas de las personas parientes de Juan Bautista, de Hebrón y de Jerusalén, habían ido a Macherus para rescatar la cabeza de Juan Bautista, pues ahora estaba la fortaleza desocupada y se estaba edificando allí. Al tercer día por la mañana volvieron Lázaro y las mujeres a sus casas, mientras Jesús y sus discípulos fueron a las tiendas a ver a los enfermos que habían traído hasta cerca del albergue. Otras tiendas estaban aún al pie del monte donde había predicado Jesús. Jesús sanó ayudado de los apóstoles a todos los enfermos, los cuales no se alejaron hasta que estuvieron todos restablecidos. Los discípulos repartieron restos de telas y alimentos entre los necesitados. Los sanados llenaron el aire con sus cantos de alabanza y de acción de gracias; todos se alejaron para llegar a sus casas antes del comienzo del Sábado. Jesús se dirigió hacia Garisima, como a una hora de camino al norte de Séforis, al final del valle. Envió delante a algunos discípulos para que preparasen el albergue; Él tomó un camino algo desviado, para evitar el encuentro con más enfermos. Los he visto entrar por algún tiempo en la población de Kapharot, cerca de Jotapata. Por aquí pasaba un camino de Cafarnaúm a Jerusalén. En esta región anduvo Saúl poco antes de consultar a la adivina de Endor. De Kapharot a Garisima había como cinco horas de camino. Este lugar estaba rodeado de viñedos; tenía el sol por el Este y el Sur. Los discípulos enviados le salieron al encuentro en una parte del camino: habían preparado un albergue delante de la ciudad. Le lavaron los pies y comieron. Jesús se dirigió a la sinagoga y enseñó sobre el Levítico y el profeta Ezequiel. No hubo aquí contradictores. Todos estaban maravillados de su conocimiento de la ley y de sus admirables explicaciones. Después se retiró Jesús al albergue con los suyos. Comieron con Él algunos parientes venidos de Séforis. Habló de su próxima partida. Se reunieron aquí como un centenar, entre apóstoles y discípulos. Estaban los dos hijos de aquel Cirino de Chipre, ya bautizado, y otros judíos venidos de Chipre. Había una cantidad considerable de judíos que, de vuelta de las fiestas de Jerusalén, se disponían a volver a Chipre. Éstos escucharon su explicación del Sábado con admiración. Todos desearían a Jesús en Chipre, donde estaban radicados muchos judíos, en completo abandono religioso. Jesús enseñó en Garisima sobre una colina: luego a solas con sus discípulos, de los cuales algunos habían estado ausentes, les repitió y aclaró sus enseñanzas y parábolas; repasó en general toda su enseñanza en modo fácil y sencillo, como a niños. Se retiró luego con los suyos a unas cuatro o seis horas de Garisima, hacia la montaña al Noroeste, y en una comarca solitaria pasaron la noche. Había allí rebaños de camellos, de asnos y de ovejas en las praderas, al Oeste de la montaña que corre en medio de la comarca. Las praderas están en zigzag entre colinas y alturas. En este lugar solitario había muchas palmeras y cierta clase de árboles que entrelazan sus ramajes, de modo que se podía estar bajo ellos como a cubierto de una choza. Allí vivían muchos pastores. Jesús empleó el mayor tiempo en oración y en instruir a sus discípulos. Volvió a repetirles muchas enseñanzas. Me llamó la atención que les dijera que no debían tener bolsas aparte con dinero y las entregaran al principal de cada grupo. Cada grupo de diez tenía un jefe. Les dijo cómo debían conocer los lugares donde podian hacer algún bien; que debían sacudir las suelas de sus sandalias en los sitios donde no los recibieran y cómo debían comportarse donde los recibían bien. En cuanto a lo que deberían responder, al ser preguntados, que no se preocuparan, pues se les vendría a la boca lo que debían decir; que por lo demás, no se asustaran de nadie, pues sus vidas no estaban aún en peligro. Yo veía con frecuencia a algunos hombres de largos bastones y especie de hachas que andaban por los valles: eran cuidadores de los ganados, porque solían venirse fieras desde la orilla del mar a devorar las ovejas. Muy temprano, a la mañana siguiente, Jesús envió a sus discípulos. Antes les había impuesto las manos a algunos apóstoles y principales discípulos; a los demás sólo he visto que los bendecía. Los llenó a todos de nuevo vigor y fuerza. No fue ésta todavía una consagración, sino sólo un refuerzo y una ayuda. Les recomendó obediencia al jefe de cada grupo. Pedro y Juan no quedaron con Jesús: Pedro se dirigió al Sur, hacia Joppe, y Juan al Este, en dirección de Judea. Otros partieron a la Alta Galilea y otros a Decápolis. Tomás recibió la misión de ir a los gerasenos; se dirigió con un grupo de discípulos a la población de Asach, ciudad situada sobre una altura, entre dos valles, a nueve horas de Séforis. Había aquí muchos judíos levitas. Jesús se dirigió al Noroeste con cinco apóstoles, cada uno de los cuales tenía a sus órdenes diez discípulos. Recuerdo haber visto a Judas, a Santiago el Menor, a Tadeo, a Saturnino, a Nathanael, a Barsabas, Asor Mnason y a los discípulos de Chipre. Caminaron el primer día unas seis a ocho horas. Había ciudades a derecha e izquierda, y varios grupos se dirigían a algunas de ellas. Jesús caminó, dejando a Tiro a su izquierda, a orillas del mar. Había señalado a los apóstoles y discípulos un lugar donde al cabo de treinta días debían volver a encontrarse. Pernoctó bajo el follaje, con sus acompañantes, como la noche anterior.

Capítulo XXX

Jesús va a Ornitópolis y se embarca para Chipre

He visto después a Jesús con unos cincuenta acompañantes, discípulos y otros, caminando entre los peñascos y barrancos de una montaña. Una admirable vista: a ambos lados de la montaña se veían viviendas durante horas y horas: la gente vivía allí en cavernas y cuevas naturales, con frecuencia cubiertas con juncos y hierbas. De trecho en trecho habían levantado paredones para impedir desmoronamientos de la montaña. Vivían aquí pobres familias paganas, que debían cuidar el camino e impedir el asalto de las fieras y animales en el poblado. Esta gente acudió a Jesús implorando su ayuda contra las fieras. Eran estas alimañas especies de lagartos de anchas patas, con manchas sobre el cuerpo. Jesús bendijo esa comarca y mandó a las bestias retirarse a un oscuro pantano allí cerca. A lo largo del camino crecían muchos árboles de naranjas silvestres: era una región a unas cuatro horas de Tiro. Jesús repartió aquí a sus acompañantes, y mientras marchaba, siempre adelante, entre estos barrancos, iba enseñando a las gentes pobres que vivían en esas cuevas y refugios. El camino llevaba hacia el pequeño río Seontes, de claras aguas, que se echa en el mar a unas cuantas horas al Norte de Tiro. Un puente alto de piedra pasa por este río y al otro lado se encuentra un amplio albergue donde volvieron a encontrarse los discípulos con su Maestro. Desde aquí envió a algunos discípulos a las ciudades de la comarca Chabul, y a Judas Iscariote lo envió con algunos discípulos a Caná, junto a Sidón. Los discípulos tenían que entregar el dinero al jefe del grupo. Sólo a Judas le dió Jesús un dinero para su uso: conocía la avaricia de este apóstol, y no quiso ponerlo en la ocasión de sustraer acaso el dinero de sus compañeros. Había manifestado ya Judas su ansia de dinero, aunque se gloriaba de vivir como pobre y de hacer economía. Cuando recibió Judas el dinero preguntó a Jesús cuánto podía disponer para cada día. Jesús le contestó que el que vive pobremente no necesita ni precepto ni medida, pues lleva la conciencia consigo como ley. En este albergue le esperaban unas cien personas de aquellas que había consolado y enseñado en Ornitópolis y en Sarepta. En parte le habían seguido, en parte vivían aquí, donde habían levantado una sinagoga. Recibieron a Jesús y a los discípulos con gran contento; les levaron los pies y les dieron alimentos. Estaban vestidos de fiesta con ropas antiguas, llevaban barbas largas y manípulos. Tenían costumbres propias y usos al modo de los esenios. También los paganos del lugar se mostraron corteses, pues, en general, estiman a los judíos, cosa que en otros lugares no sucede, por ejemplo en la Decápolis. Estos judíos descienden de un hermanastro del patriarca Judá, que había sido perseguido por sus hermanos Her y Onán y refugiado en esta comarca. Su familia se mezcló con los paganos y no pasó a Egipto. Los paganos, con los cuales se habían casado sus hijos, habían deseado unirse en matrimonio con los hijos o los siervos de Jacob, cuando éste vino a habitar aquí después del caso de Dina. Traspasaron los montes y se apersonaron humildemente a Jacob pidiéndole poder casarse con algunos de su descendencia, comprometiéndose a someterse a la circuncisión. Jacob los desechó absolutamente. Cuando el hijastro de Judá se vino a habitar entre ellos, lo recibieron amigablemente y sus hijos se casaron entre sí. ¡Cómo aparece la Divina Providencia! ¡El deseo de estos pobres paganos en la esperanza de la redención, mediante el casamiento con la raza elegida, se ve cumplido de modo imprevisto por el arribo de este hermanastro de uno de los hijos de Jacob! A pesar de las mezclas con los paganos, una familia se había mantenido incontaminada y fue instruída en la ley por el profeta Elías que anduvo mucho tiempo en estas regiones. Salomón había intentado reincorporarlos con los judíos, pero no había podido conseguirlo. Ahora había como cien personas de pura descendencia entre ellos. Elías había juntado esta descendencia de un hermano de Judá, y en tiempos de Joaquín y Ana algunos maestros judíos fueron a esa comarca para instruírlos y mantenerlos en la ley y en las costumbres judías. Estas familias vivían alli y la Sirofenisa se juntó a ellos cuando se vió libre de su enfermedad. Se mantenían muy humildes y no se consideraban dignas de habitar en la tierra santa con los demás. El chipriota Cirino había hablado mucho de ellos a Jesús en Dabrath, y Jesús tomó ocasión de estas referencias para hablar ahora con ellos familiarmente. Enseñó primeramente, delante de un albergue, a una multitud congregada bajo una techumbre de follaje. Este albergue pertenecía a los judíos o había sido contratado por ellos. Después enseñó en la sinagoga donde muchos paganos lo escucharon, pero desde fuera. Esta sinagoga era bastante hermosa y alta: arriba tenía una azotea desde donde he visto un extenso paisaje. Por la tarde prepararon los judíos comida de fiesta a Jesús. Todos se esmeraron en manifestarle su admiración y su gratitud, porque no había desdeñado Él en venir hacia ellos, como el buen pastor en busca de las ovejas descarriadas, para predicarles la salud. Tenían sus registros de genealogía bien ordenados: se los mostraron a Jesús y se alegraron mucho al constatar que tenían el mismo origen que Jesús. Fue una comida cordial: estuvieron todos presentes. Se habló mucho de los profetas, en especial de Elías y sus profecías sobre el Mesías, como de Malaquías y que ya era el tiempo del cumplimiento. Jesús les declaró todas estas cosas y les prometió introducirlos en Judea. En efecto, más tarde los trajo al Sur de Judea, entre Hebrón y Gaza. Jesús tenía en esta ocasión un vestido blanco largo, para viajar. Se solía ceñir y levantar un tanto los vestidos cuando se disponía a viajar. No llevaban bultos: lo indispensable lo llevaban debajo del vestido, en torno del ceñidor. Algunos tenían bastones. Nunca he visto a Jesús cubrirse la cabeza, fuera del caso de ponerse la tela que solía llevar al cuello y que alzaba sobre la cabeza para protegerse contra los rayos del sol. Habia en esta región una invasión de asquerosos animales, con alas de piel, de cuerpo manchados que volaban velozmente. Eran como enormes murciélagos, que de noche chupaban la sangre de hombres y animales. Provenían de lugares pantanosos y hacían mucho daño. De ellos he visto también muchos en Egipto. No eran los llamados dragones, ni tan espantables. Los dragones no eran tan abundantes y se los víia sólo en lugares muy desiertos. La gente vivía aquí de juntar nueces, castañas y otras bayas que colgaban como racimos de uva. Desde el albergue se dirigió Jesús al puerto como a tres horas de Tiro. Allí se extiende una zona montañosa dentro del mar, como una isla: allí está la ciudad pagana Ornitópolis. Los pocos y buenos judíos que allí viven parecen servir a los paganos. He visto en los alrededores como treinta templos idolátricos. Me parece que toda la región del puerto pertenece a Ornitópolis. La Sirofenisa tiene allí tantas posesiones, edificios, teje durías y aún barcos que me hace pensar que todo esto pertenecía a su marido y a sus antepasados. Ella no vive en Ornitópolis, sino en un castillo a la entrada. Detrás de Ornitópolis hay una altura y más allá está Sidón. Corre un riacho entre Ornitópolis y el puerto. Las costas entre Tiro y Sidón son en general escarpadas y agrestes, a excepción del puerto. Hay tantos barcos en el puerto que el conjunto parece otra ciudad. La posesión de la Sirofenisa parece un conjunto de casas y campos, con industrias y fábricas, jardines y plantaciones, donde trabajan numerosas personas como siervos y esclavos. Se nota, con todo, que no hay ya tanta actividad, porque esta mujer quiere desprenderse de todo y que la gente se busque a otro patron que los dirija. Ornitópolis está como a tres horas del lugar donde Jesús pernoctó; el de los judíos pobres está a sólo media hora de distancia. Cuando Jesús va en línea recta desde aquí hacia el puerto, queda a su izquierda la ciudad de Ornitópolis. El lugar de los judíos está más hacia Sarepta, que tiene el sol por la mañana, puesto que de este lado se levanta la montaña suavemente. En la parte Norte hay sombra y se está bien. Entre Ornitópolis, el lugar de los judíos y el puerto hay muchas casitas desparramadas, de modo que mirando desde la altura es raro pensar que todas estas edificaciones formaron en un tiempo una sola cosa. Con Jesús estaban aún Santiago el Menor, Barnabás, Mnasón Azor, los dos hijos de Cirino y otro discípulo de Chipre que habían presentado al Señor. Todos los demás apóstoles y discípulos habían partido en misión. Judas Iscariote fue el postrero en partir con su comitiva hacia la Gran Caná. Jesús fue con sus acompañantes a la casa de la Sirofenisa, la cual se lo había rogado por medio de aquel pariente sanado. Se reunieron muchos allí; también enfermos, pobres y estropeados, a los cuales sanó. La posesión de la Sirofenisa con sus talleres, fábricas, jardines y dependencias formaba un conjunto grande, como nuestra ciudad de Dülmen. En muchas galerías de edificios, donde se podía andar, estaban extendidas telas coloreadas de amarillo, violeta, rojo y azul celeste. El amarillo lo sacan de una planta que cultivan allí mismo. Para el colorado y el violeta usan unos caracoles del mar: había allí grandes depósitos, donde los criaban y conservaban cuando los pescaban en el mar. Se cultivaba también el algodón, aunque no era originario del lugar, que en general no es fértil, como los de Tierra Santa, y hay sitios pantanosos. Cuando se mira desde aquí al mar, parecería que está más alto que el conjunto de las tierras: se ve azulado, como levantado hacia el cielo. En las orillas hay árboles gruesos y oscuros, no muy altos, cuyas ramas se extienden mucho. Estas ramas negruzcas son generalmente vacías: están llenas de insectos y alimañas que encuentran allí su refugio. Jesús fue recibido con mucha fiesta en la casa de la Sirofenisa. Mientras estaba sentado a la mesa, la hija de la viuda vino a derramar un perfume sobre la cabeza del Salvador. La madre regaló a Jesús varias telas, fajas y monedas de oro triangulares; la hija, monedas que estaban unidas entre sí. Jesús no permaneció mucho tiempo aquí; se dirigió al puerto, donde fue recibido jubilosamente por los judíos congregados y por los que habían regresado de Jerusalén y se embarcaban ahora para Chipre. Enseñó en la sinagoga: muchos paganos quedaron afuera de ella escuchando. Al claror de la luna le acompañaron todos hasta el puerto y allí se embarcó con ellos. Era una noche clara de luna. Las estrellas parecen de mayor tamaño que en otras partes. Había allí una pequeña flotilla: una barcaza recibió el equipaje, las mercancías y los animales, especialmente asnos. Diez pequeñas embarcaciones a remo llevaban a los que habían asistido a las fiestas de Pascua, y a Jesús con los suyos. Cinco de estas embarcaciones arrastraban a la barcaza que estaba unida a ellas por delante y los lados por largas sogas. Las otras barcas navegaban en torno. Todas tenían, como la de Pedro en el mar de Galilea, sitios levantados en torno del mástil, para remar y descansar. En una de las barcas atadas estaba Jesús sobre ese sitio levantado, y bendijo el mar y la tierra mientras se disponían a marchar. He visto a muchos peces seguir detrás de las barcas, algunos muy grandes con bocas de forma particular. Parecía que jugaban y mostraban sus cabezas como escuchando las palabras de Jesús, que enseñaba durante la travesía. El viaje resultó tan feliz y rápido, con mar tranquilo y óptimo tiempo, que todos, judíos y paganos, exclamaban: “¡Qué travesía tan feliz! Esto lo debemos a Ti, ¡gran Profeta!» Jesús, que estaba junto al mástil, les dijo que callaran y dieran la gloria sólo a Dios; les habló del único Dios y de sus obras, de la vanidad de los dioses paganos, de la proximidad de los tiempos, del tiempo ausente, y de la gran salud que había venido al mundo, aún para los paganos, llamados también al reino. Toda la enseñanza fue dirigida a los paganos que la escuchaban. Las pocas mujeres que estaban en las embarcaciones tenían lugar aparte. Muchas personas sufrieron fuertes mareos durante la travesía: estaban en los rincones de las naves y tenian frecuentes vómitos. Jesús sanó a los que estaban en su barca; pronto se supo esto y los de las otras naves clamaban a Él por salud. Jesús los sanó a distancia a todos. Luego los he visto en la hora de la comida. Llevaban fuego en recipientes de hierro y en agua caliente derretían unas substancias claroscuras tajadas y enrolladas. Distribuían los alimentos a cada uno sobre platillos con borde y mango. En cada uno de estos recipientes había varios hoyos cavados donde se depositaban varias clases de alimentos, tortas y hierbas; el caldo o salsa se echaba encima. Desde aquí a Chipre no se ve el mar tan ancho, como desde Joppe: no se ve más que agua. Las barcas llegaron hacia la mañana al puerto de Salamina: es un puerto seguro y muy ancho; las dos lenguas de tierra entran en el mar a ambos lados. La ciudad está como a media hora tierra adentro. No se conoce en seguida porque todo ese espacio está lleno de jardines y arboleda. Había muchas embarcaciones. El barco donde habían llegado no pudo anclar porque la playa era como un alto paredón: calaba mucho y no pudo entrar. Echaron anclas a cierta distancia. En la playa había muchos barquitos que acudieron para transportar a los recién llegados: estos barquitos eran tirados con sogas hacia el puerto. En la barca donde llevaban a Jesús a la playa había sólo judíos, que lo recibieron con gran alegría. En la playa se habían congregado muchos judíos de la ciudad, vestidos de fiesta. Esperaban la barca que habían visto venir de lejos y era costumbre recibir con regocijo a los que volvían de las fiestas de la Pascua de Jerusalén. Había allí ancianos, mujeres, doncellas y alumnos de las escuelas judías con sus maestros. Los niños llevaban flautas en las que tocaban aires alegres y llevaban astas con gallardetes de ramas y coronas de flores. Cirino, tres hermanos mayores de Barnabás y otros ancianos judíos recibieron a Jesús y a sus acompañantes, los llevaron a un lado del puerto y subieron sobre una hermosa terraza llena de verdor. Allí había tapices extendidos, palanganas con agua para lavarse y bandejas con bebidas refrescantes. Lavaron los pies a Jesús y a los suyos y les ofrecieron refrescos. Fue presentado a Jesús un anciano judío, que era el padre del discípulo Jonás. Este anciano se echó en los brazos de su hijo, que volvía de Palestina y el hijo lo llevó a Jesús, delante del cual el anciano se inclinó profundamente. No sabía el anciano por donde había estado su hijo, pues el compañero de su viaje a Palestina había regresado mucho antes. Todos habían estado muy inquietos por la ausencia de este joven. Muchos se acercaban y decían: “¿Es él? ¿Ha venido?» Luego lo abrazaron y se lo llevaron aparte. La noticia de la matanza de los galileos por orden de Pilatos, que había tenido lugar en Jerusalén, ya había cundido, muy aumentada, y todos estaban en gran temor por los suyos. El lugar donde Jesús fue recibido era sobremanera hermoso. Por el Oeste se veía a distancia la ciudad con muchas cúpulas y edificios altos, dorados por el sol rojizo que se ocultaba. Hacia el Este se veían el mar y las montañas de Siria, que parecían nubes a la distancia. En torno de la ciudad de Salamina hay una pradera con muchos árboles altos, terrazas y otras dependencias. El suelo me pareció como arena o tierra fina; el agua potable no era abundante. La entrada al puerto no es abierta: está flanqueada por islotes fortificados tiene una entrada ancha y otras angostas. Estas islas están llenas de pequeñas torres gruesas, semicirculares, con ventanas arriba por la cuales se puede observar cuanto sucede en los alrededores. Cuando se apartaron del puerto y caminaron una media hora hacia la ciudad, torcieron a la derecha y anduvieron por esos alrededores hacia el Norte. Cuando llegó Jesús con los suyos, ya estaban allí reunidos los recién venidos en un espacio libre en forma de terraza. El anciano jefe de la sinagoga estaba en un sitio alto para observar el orden. Parecía un capitán que pasara lista a los presentes. Se averiguó si alguno había sufrido daño en el viaje; si habia quejas de unos contra otros y se habló de lo que había pasado en Jerusalén. Jesús y los suyos no estaban aún entre ellos. Jesús fué saludado solemnemente por ancianos y venerables judíos; en seguida dirigió la palabra a la multitud desde la altura y luego se encaminó cada uno con los suyos a su respectiva casa. Delante de las dos calles de la ciudad judía estaban las espléndidas sinagogas, las habitaciones de los ancianos y rabinos y las escuelas, y a cierta distancia, el hospital con un tanque de agua. El camino a la ciudad estaba afirmado y cubierto de arenilla, con árboles muy frondosos a los lados. En la parte elevada donde se reunían los judíos había un árbol tan grueso y fuerte que podían sentarse varios hombres en sus ramas. Jesús y los suyos fueron llevados por el jefe de la sinagoga a unas salas cercanas donde pasaron la noche. Aquí sanó Jesús a un enfermo traído en una camilla. Esta casa era un lugar espacioso donde solían alojar a los rabinos que los visitaban. Estaba edificada al estilo de los paganos con columnas en torno. El interior era una gran sala con terraza arriba y en torno asientos para escuchar el sermón. En el piso bajo había camas enrolladas contra las paredes; se podían bajar las cortinas sujetas arriba y formar separaciones para dormir. En la terraza había plantas en tiestos y jarrones. El padre del joven discípulo llamado Jonás estaba también allí, aunque no vivía en esa misma ciudad; Cirino había partido con sus hijos a su propia casa.

Capítulo XXXI

Jesús enseña en Salamìna (Chipre)

A la mañana siguiente fue llevado Jesús por el anciano venerable y acompañado por los maestros al hospital edificado en torno de un jardín, en medio del cual había un gran estanque para el baño de los enfermos. El agua para beber, cocinar y usos domésticos la tenían en otros tanques donde echaban ciertas frutas para purificarla. Junto al estanque de los baños había plantaciones de hierbas medicinales. La tercera parte del hospital estaba ocupada por hombres. Jesús sanó a varios hombres enfermos, algunos de los cuales tenían enfermedades en la piel, o lepra muy leve. Estos le siguieron a un lugar donde se habían reunido los demás judíos, donde Jesús enseñó sobre el maná y la manera de juntarlo en el desierto; les dijo que ahora era el tiempo del verdadero maná de la enseñanza y de la conversión, y que se le daría a ellos un nuevo pan del cielo dentro de breve tiempo. Después dejaron los hombres el lugar, que fue ocupado por las mujeres. Vinieron muchas paganas que permanecieron a cierta distancia, separadas de las judías. Jesús enseñó a todas, porque había muchas paganas. Habló del único Dios, Creador del cielo y de la tierra, de la vanidad e insensatez de adorar a muchos dioses y del amor de ese único Dios a los hombres. Después se dirigió con los suyos a la casa del jefe de los ancianos para una comida, acompañado de varios rabinos. Era un gran edificio de estilo pagano, con galerías, columnas y terrazas. Habían preparado una gran comida. Se veían muchas mesas bajo los pórticos; habían colgado gallardetes, coronas y arcos de triunfo con ramas y hojas. Era una fiesta para Jesús y para los que habían vuelto de Jerusalén. El anciano llevó a Jesús a un lado de la casa, donde lo presentó a su mujer que estaba con otras mujeres allí reunidas; también estaban presentes varios escribas y maestros. Después que estas mujeres, puestas el velo, saludaron con profunda inclinación a Jesús, mientras Él les decía palabras llenas de bondad, se acercó una tropa de niños adornados con coronas y guirnaldas, tocando música con sus flautas, y lo llevaron al lugar de la comida. La mesa estaba adornada con flores en tiestos y era algo más elevada que en la Judea. Se lavaron las manos. Entre otras comidas trajeron un cordero, que Jesús partió, distribuyendo las porciones sobre panes redondos como tortas. En realidad ya venía trinchado y compuesto como si estuviera entero. Vinieron nuevamente los niños con su música, entre ellos algunos ciegos y defectuosos. Siguieron a estos un grupo de niñas, de ocho a diez años, con adornos y guirnaldas, entre ellas algunas hijas o nietas del dueño de la casa, todas vestidas con trajes blancos muy finos y hermosos. Los vestidos no son aquí tan variopintos y abundantes como en Palestina. Las cabelleras eran largas, partidas en tres, y tenían al final adornos de perlas o semejantes a frutas para mantener los cabellos, generalmente rubios, recogidos. Algunas niñas llevaban una gran corona de flores y plantas; sobre la primera había otra formando el todo una corona que terminaba en un ramillete, especie de bandera. Me parece que no todas eran flores naturales, porque brillaba una parte de ellas como de seda y algodón, y había plumas de color y otros adornos. Las niñas llevaron esta corona al asiento de Jesús, mientras otras traían hierbas olorosas y perfumes en pequeños recipientes que depositaron delante de Él. Una niña del dueño de casa quebró un frasco de perfume sobre su cabeza y lo desparramó con un paño sobre los cabellos. Hacían todas estas cosas con mucha modestia, sin hablar, con los ojos bajos y sin mirar a los comensales. Jesús las dejó hacer y les agradeció con sencillas expresiones; después de lo cual las niñas se retiraron, sin levantar los ojos, al departamento de las mujeres. He visto que Jesús no estuvo mucho tiempo en la mesa. Enviaba viandas y bebidas a las mesas de los más pobres, por medio de sus discípulos, que siempre servían a los demás. Después se levantó Él mismo e iba de mesa en mesa, enseñando, contando y distribuyendo alimentos a los pobres. Después de la comida el anciano llevó a Jesús, con los suyos y algunos maestros, hacia el acueducto y depósito en el Oeste. La ciudad tenía agua mala. Había alli grandes depósitos y cisternas: en algunos debía bombearse, en otros sacar con baldes. Los depósitos de los judíos estaban aparte. Le mostraron sus depósitos insuficientes, de malas aguas y le rogaron quisiera mejorarlas. Hablaron de un nuevo depósito que estaban haciendo y Jesús dijo que quería hacer bautizar aquí y cómo debían disponerlo para el caso. Luego se dirigieron a la sinagoga, porque ya empezaba el Sábado. Esta sinagoga era grande y hermosa, iluminada con muchas lámparas y ya estaba llena de gente. Tenía en la parte superior terrazas escalonadas y podía oirse desde allí la enseñanza. Estos lugares estaban ocupados por paganos y muchos de ellos se habían metido dentro de la sinagoga, mezclados amigablemente con los judíos. La lectura y comentario refirióse al tercer libro de Moisés, que habla de los sacrificios y varias prescripciones. También se trató del profeta Ezequiel. Al principio leyeron algunos escribas y comentaba Jesús. Al fin enseñó de modo tan hermoso que todos estaban admirados y conmovidos. Habló de su misión y venida, que pronto iba a terminar. Ellos pensaban que era un profeta, y aún algo más: debia ser, por lo menos, aquél que debía preceder al Mesías. Jesús les declaró que el precursor había sido Juan Bautista y habló de las señales del Mesías, por las cuales podían conocerle, sin decirles, sin embargo, claramente, que era Él. Con todo, ellos lo entendieron así y estaban llenos de reverencia y devoto temor. Después Jesús estuvo con los suyos en casa del jefe de los ancianos; y luego los llevaron a sus habitaciones. Jesús fue recibido aquí con gran amor. Todos se acercan a Él y quieren manifestarle su amor y reverencia. No hay aquí secta ni disputas ni cuestiones. Jesús sanó a varios enfermos en sus propias casas. Judíos y paganos viven en esta ciudad amigablemente, aunque cada cual en sus propios barrios. Los judíos ocupan dos calles. La casa de los hijos de Cirino es un gran edificio cuadrado: comercia con mercaderías en naves propias. Se ve otro tipo de edificación: muchas torres y puntas, muchas ventanas con rejas y toda clase de adornos sobre las casas. Trajeron a Jesús y a los suyos nuevas suelas y vestidos e hiciéronles diversos regalos. Jesús los usó hasta que los suyos estuvieron limpios; luego regaló los nuevos a los pobres del lugar. En la mañana del Sábado enseñó de nuevo en la sinagoga, muy hondamente, del tiempo de la gracia, del cumplimiento de las profecías: muchas personas lloraban llenas de emoción. Los exhortó a la penitencia y al bautismo. Este sermón duró de tres a cuatro horas. Después se dirigió con algunos maestros a la casa de Cirino, que le había invitado a comer. La casa de Cirino estaba entre la ciudad de los paganos y la de los judíos. Salamina tiene ocho calles, de las cuales dos son de judíos. No caminaban por estas calles, sino por una que estaba entre unos y otros por la parte posterior de las casas, cerca de la gran puerta de la ciudad. Junto a esta puerta habíase congregado una gran multitud de paganos, hombres, mujeres y niños, que saludaron reverentemente a Jesús y a los suyos, desde cierta distancia, con temor respetuoso. Habían escuchado su enseñanza en la sinagoga y se habían reunido allí para saludarlo. No bien fue visible la casa de acercaron la mujer de Cirino y otras con los criados para saludar a Jesús y a sus acompañantes. Tenía Cirino cinco hijas, sobrinas y otros parientes. Todas sus hijas traían regalos: se inclinaban profundamente ante Él, ponían alfombras a sus pies y dejaban los regalos: cosas raras y preciosas, perlas, arbolitos de corales y otros adornos. Parecía que cada una de estas hijas traía lo mejor que tenía para darlo a Jesús: lo que no pudieron presentarle a Él lo entregaron a sus apóstoles. La casa de Cirino es amplia, edificada al modo pagano, con antesalas, pórticos y terrazas con escaleras. En la terraza hay un verdadero jardín de plantas y flores en tiestos. Todo estaba adornado de fiesta. La mesa era más alta que en otros lugares: tenía un mantel y sobre él otro. Los asientos eran de estilo pagano, no tan estirados como los judíos. Además de Jesús y los apóstoles había otras veinte personas. Las mujeres comían en lugar aparte. Después de esta comida hicieron el acostumbrado paseo del Sábado, dirigiéndose a los depósitos de agua. Jesús se hizo llevar, por medio del discípulo Jonás, a la casa de su padre situada, algo apartada, entre jardines. Es como una casa grande de labradores con reparticiones parecidas a un convento. El viejo es un esenio. Viven alli separadas varias personas, viudas, hijas o sobrinas, vestidas diferentes de los demás, con trajes blancos. Se presentaron con velos caídos. El anciano mostraba una alegría infantil y se hizo llevar por sus hijos a presencia de Jesús. No atinaba qué cosa podía dar a Jesús. No tenía tesoros que dar: mostraba todo lo que tenía, a su hijo, a sus hijas, como diciendo: «Señor, todo lo que tenemos es tuyo; yo mismo soy tuyo; mi hijo querido es tuyo». Invitó a Jesús a una comida para el dia siguiente. Luego se dirigió otra vez a los depósitos de agua y habló con el jefe sobre el arreglo de una fuente, que aún no tenía techumbre ni había recibido agua. Tenían que comprar y men¬ digar el agua a los paganos. Esta agua viene por canales, de una fuente que está en la altura, desde la montaña. Este nuevo pozo es poligonal. Se baja por escalones, y al apretar unos resortes sale el agua, llenando los recipientes cavados allí mismo. Todo el recinto está circundado y hay un lugar hermoso con sitial techado para la enseñanza. Muchos judíos y paganos se habían reunido allí y Jesús dijo que al día siguiente hablaría a aquellos que deseaban ser bautizados. Los judíos hablaron mucho de Elías y de Eliseo, que anduvieron por estos lugares. A lo largo del camino habían situado a las madres con sus hijos, a los cuales Jesús bendecía. Cerróse la fiesta del Sábado en la sinagoga y Jesús enseñó acerca de los sacrificios, del tercer libro de Moisés y del profeta Ezequiel. Relacionó todo esto con lo que ahora se realizaba, de modo muy conmovedor. Habló del sacrificio del corazón puro, cómo los demás sacrificios ya no podían servir y que debían purificar el alma sacrificando las propias pasiones y malas inclinaciones. No dijo nada contra ninguna prescripción de la ley. Sólo declaraba estas prescripciones en sentido espiritual: así hacía a la ley aún más santa y respetada. Preparó a algunos para el bautismo, exhortándolos a la penitencia, ya que el tiempo de la salud había llegado. Sus palabras, el tono de su voz, parecían como rayos vivos que penetraban las almas de los oyentes. Hablaba siempre sosegado, nunca apurado, a no ser cuando disputaba con los fariseos. Sus palabras eran entonces como flechas agudas y el tono de voz más severo con los fariseos. Su voz común es como la de un tenor, bien sonora: no tiene comparación con ninguna otra voz humana. Se le oye aún en medio de un alboroto, claramente, sin que tenga que levantar la VOZ. Las lecciones y las oraciones en las sinagogas suelen recitarse en una especie de tonada, como los corales de nuestras iglesias y las misas cantadas. A veces recitan cantando, contestando un coro a otro. Jesús leía las lecciones con la tonada de costumbre. Después de Jesús comenzó a hablar a las turbas un anciano rabino. Tenía una larga barba blanca, era delgado, de rostro atrayente y amable. No era de Salamina, sino un maestro pobre y viajero, que iba de lugar a lugar por la isla, visitando a los enfermos, consolando a los presos, juntando limosna para los pobres, enseñando a los niños e ignorantes, consolando a las viudas y hablando en las sinagogas. Este hombre se sintió como lleno del Espíritu Santo y habló al pueblo dando testimonio de Jesús, como jamás le he oído hablar públicamente a un rabino. Les recordó todos los beneficios de Dios a sus padres y a ellos mismos y les dijo que debían agradecer todo esto: que tenían la dicha de vivir cuando había llegado semejante profeta como Jesús que se había dignado visitarlos en su isla. Les recordó las bondades de Dios con su tribu, la de Isacar, y los exhortó a la penitencia y a la conversión. Les dijo que Dios no sería ya tan riguroso como lo fue con los adoradores del becerro de oro. No puedo dar todo el conjunto de las cosas que dijo; quizás muchos de esta tribu pertenecían a los adoradores del becerro. Habló admirablemente de Jesús: que era más que profeta; que no se atrevía a decir quien era en realidad; que había llegado el tiempo de la promesa; que todos debían considerarse dichosos de haber escuchado semejante enseñanza de tales labios, expresando la esperanza de haber vivido hasta cumplirse las esperanzas de Israel. Entre los oyentes se produjo una gran conmoción y muchos escuchaban llorando. Este discurso transcurrió en presencia del mismo Jesús, que escuchaba callado, mezclado entre sus discípulos. Después se dirigió Jesús con los suyos a la casa del anciano, donde reinó animada conversación. Los presentes rogaban a Jesús que se quedase con ellos. Hablaron de las palabras de algunos profetas, de persecuciones y dolores que atribuían al Mesías, decían ellos. Esto ciertamente no había de suceder a Él. Le preguntaban si Él era el precursor del Mesías. Jesús habló de Juan como tal, y dijo que Él no podía quedarse entre ellos. Uno de los presentes, que había estado en Palestina, comenzó a hablar del odio y mala voluntad de los fariseos contra Jesús, expresándose severamente contra ellos. Jesús le reprendió su dureza, se expresó disculpándolos y se pasó a otro asunto. Al día siguiente Jesús preparó en el hospital y luego junto a la fuente a los que iban a bautizarse. En el hospital varios bautizandos le confesaron privadamente sus pecados. Jesús mandó apartar agua en varios baldes para el bautismo de estos enfermos. En la fuente donde iban a ser bautizados se había reunido mucha gente, entre ella numerosos paganos. Algunos ya habíanse puesto en camino hacia este lugar durante la noche. Jesús enseñó debajo de una tienda, hablando de su misión, de la penitencia, del bautismo y de la oración del Padrenuestro.

Capítulo XXXII

El jefe romano de Salamina

Mientras estaba Jesús enseñando llegó un soldado pagano y habló al jefe de los ancianos diciendo que el gobernador romano deseaba hablar con el nuevo Maestro y lo invitaba a verlo. Dijo esto con cierto aire de queja porque no le hubiesen presentado antes al recién venido Maestro Jesús. Por medio de un discípulo se lo hicieron saber a Jesús en una pausa en la predicación. Contestó que iría y siguió enseñando. Al concluir se dirigió con los suyos y algunos ancianos adonde los llevaba el mensajero. Hicieron un camino como de media hora, por el sendero recorrido por Jesús desde el puerto hasta la puerta principal de Salamina, que era un arco con hermosas columnas. Cuando pasaban, desde los muros y jardines miraban los paganos curiosamente hacia Jesús; otros se asustaban y se escondían entre las matas o tras las casas. Llegados a Salamina se dirigieron hacia una plaza amplia. Muchas personas miraban curiosamente desde las galerías, puertas y ventanas. En algunos ángulos de las calles había madres con sus hijitos, paganas que se inclinaban, veladas, al pasar Jesús, y los niños salían de en medio de ellas y presentaban al Señor y a sus acompañantes pequeños regalos consistentes en cajas de perfumes, hierbas aromáticas puestas en pequeñas tortas y objetos perfumados, como estrellas y otros. Parece que era una costumbre y una muestra de respeto. Jesús quedó pocos instantes, con mirada de bondad seria ante estas demostraciones y bendecía a las criaturas tocándolas. He visto en diversos lugares imágenes de sus dioses, que no eran como en Roma y en Grecia, ídolos en figuras humanas, sino en formas aladas o con escamas, y también niños fajados, como había visto en Tiro, Sidón y Joppe. A medida que iban entrando en la ciudad se iba engrosando el grupo que rodeaba a Jesús, y cuando llegaron a la amplia plaza salieron otras gentes. En el centro de esta plaza hay un hermoso pozo, al cual se baja por escalones: en el medio de la fuente saltaba el agua. Levantaron una techumbre sobre el pozo. Alrededor hay árboles, arbustos y flores. La entrada al pozo está cerrada. La gente obtiene por privilegio el permiso de sacar agua de allí, porque es la mejor que tienen y la usan como medicina. Enfrente está el palacio del gobernador: tiene galerías y columnas. Bajo un techo con columnas, en un espacio abierto, estaba el gobernador sobre un asiento de piedra, aguardando la venida de Jesús. El gobernador era un militar romano. Estaba vestido de blanco, con bandas coloradas; una túnica que terminaba en borlas y tiras, y tenía las piernas cruzadas con correas. Llevaba un manto corto y sobre la cabeza un sombrero como la bacía de un barbero. Era un hombre robusto, bien formado, de barba negra, corta y ensortijada. Detrás de él y a los lados había soldados romanos. Todos los paganos estaban admirados de su respeto delante de Jesús. Al llegar Jesús, bajó de su asiento, tomó la mano de Jesús con un pañuelo y la apretó con la otra mano que tenía al cabo del pañuelo, mientras se inclinaba un poco. Luego subió con Jesús a la terraza, donde, lleno de alegría, le hizo una serie de preguntas curiosas. Por ejemplo: que había oído decir que era un Maestro muy sabio; que él guardaba la ley de los judíos; si era cierto que había hecho tan grandes maravillas como contaba la gente. ¿Quién le daba poder para hacer tales cosas? ¿Era acaso el Consolador, el Mesías prometido de los judíos? Ya que los judíos esperaban un rey, ¿acaso era Él ese rey? ¿Con qué fuerzas contaba para inaugurar su reino? ¿Tenía en alguna parte sus soldados? ¿Acaso quería juntar gente en Chipre para su reino? ¿Aún pasaría mucho tiempo antes de mostrarse en todo su poder? Todas estas preguntas hizo el gobernador con cierta ansiedad y marcado interés, lleno de cierto temor y reverencia. Jesús respondía sólo con generalidades, sin precisar, como solía hacer generalmente con las autoridades. Como: “Tú lo dices. Así se cree. El tiempo de la promesa está por cumplirse. Los profetas lo anuncian así». A la pregunta sobre su reino y sus soldados, contestó que su reino no era de este mundo. Los reyes de la tierra necesitan soldados. El reunía las almas de las gentes para el reino de su Padre celestial, que es el Creador del cielo y de la tierra. Mezcló así muchas palabras, llenas de profunda significación, y el gobernador quedó muy admirado de sus palabras y de su modo de ser. Había mandado traer un refresco junto al pozo y convidó a Jesús y a los suyos a acompañarlo. Miraron la fuente y tomaron algún alimento que depositaron sobre una mesa de piedra con mantel. Había allí varias tazas de un jugo oscuro, en las cuales mojaban sus tortas. Comieron confituras y lonjas de queso largas como de un codo, frutas y pasteles en formas de estrellas y de flores. Pusieron también pequeños vasos de vino. Otros recipientes parecidos a los de Caná, pero pequeños, fueron llenados con el agua de la fuente. El gobernador habló de Pilatos, de su crueldad en el templo y de su modo de obrar con disgusto; se refirió también a la ruina de las obras del acueducto de Silo. Jesús tuvo una conversación con él sobre el agua y las diversas fuentes, claras o turbias, amargas o salobres; de la gran diferencia de sus virtudes y como se reúnen en los pozos; y así vino a hablar de los paganos y judíos, del agua del bautismo y del renacimiento del hombre por la penitencia y la fe, y cómo de esta manera se hacen todos hijos de Dios. Fue una conversación admirable que me recordó la mantenida con la Samaritana. Sus palabras produjeron profunda impresión en el gobernador, el cual es amigo de los judíos, y desde ahora desea oír con frecuencia a Jesús. No había aquí tanta separación entre judíos y paganos; los judíos más inteligentes y los discípulos de Jesús tomaban alimento con los paganos, aunque lo hacían siempre en sus recipientes particulares. A la vuelta saludaron a Jesús muchos paganos, más reverentes aún que al principio, puesto que el gobernador les había dado el ejemplo. Hay en el país muchas flores; veo que hacen también flores artificiales de seda, algodón y plumas de colores. Ahora veo a los niños, a quienes había bendecido Jesús, presentarse adornados de flores. Las niñas y los niños estaban con vestiduras cortas y escasas; algunos niños pobres no tenían más que una tela en torno del cuerpo. Las niñas de familias más acomodadas tenían vestidos amarillos con flores multicolores; en la cabeza como coronas de flores artificiales. Debe haber aquí también una industria de sedería, pues veo muchas moreras con gusanos de seda.