Tomo VIII — Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre

Sección 7: capítulos XXXIII – XLI

Jesús en casa del padre del discípulo Jonás — Jesús predica severamente en la sinagoga

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Capítulo XXXIII

Jesús en casa del padre del discípulo Jonás

Cuando Jesús llegó a la casa del esenio, padre de Jonás, estaban allí sólo sus discípulos y algunos maestros. Fue recibido con el lavado de los pies. Pasó aquí todo muy llanamente, en contraste con los servicios anteriores. Forman estas familias esenios que se casan, pero viven muy sencillamente y son muy continentes. Las mujeres viudas eran casi todas hijas del anciano esenio, y vivían en la casa de éste. Jonás fué el último de sus hijos: la madre había muerto en su nacimiento. Por eso el anciano amaba mucho a este hijo y había estado muy preocupado durante la ausencia de Jonás en un año entero. Ya lo lloraba por muerto, cuando Cirino, en uno de sus viajes a Palestina, se encontró con él y llevóle noticias a su padre. Jonás había viajado como peregrino para ver los lugares santos y había estado en la Judea con los esenios. Visitó el sepulcro de Jacob en Hebrón y el de Raquel entre Jerusalén y Belén, que entonces estaba casi en el camino: ahora está a un lado. Visitó a Belén, el monte Carmelo y el Tabor. Oyendo hablar de Jesús escuchó su enseñanza en la montaña antes que el Señor entrase en el país de los gergesenos. Más tarde estuvo con los hijos de Cirino en Dabrath y en Gabara, recibido allí como discípulo por Jesús y ahora había vuelto con Él a su patria, Chipre. La comida tuvo lugar en un jardín, en torno de una elevación cubierta con mantel. Los divanes y asientos se habían acomodado con tapices y alfombras. La comida consistió en tortas, jaleas, hierbas en salsa, carne de cordero, frutas y bebidas en vasos pequeños. Las mujeres estaban aparte, pero más familiarmente que en Palestina. Después de la comida escucharon sentadas, a cierta distancia, las enseñanzas de Jesús. Creo que este jardín es un lugar de oración para los judíos. Forma toda la familia como una comunidad de esenios. Viven de la agricultura, del ganado, del hilado y del tejido. Jesús se dirigió hacia la fuente de bautismos, donde preparó a muchos judíos con una enseñanza sobre la penitencia. He visto bautizando a Barnabás, Santiago y Azor. Antes del bautismo he visto que Jesús echó un poco del agua del Jordán donde Él había sido bautizado, que habían traído los discípulos, y luego bendijo la fuente. Después del bautismo se recogió el agua sobrante y los nuevos bautizados se vistieron mantas pequeñas de color blanco. Más tarde he visto a Jesús entre jardines y paredes donde lo esperaban algunos paganos, preparados por Cirino, que pedían ser bautizados. Jesús apartaba a algunos del grupo para hacerle conocer sus pecados y luego unos treinta fueron bautizados por Barsabás dentro de esos jardines, con agua que Jesús había bendecido antes. Además de las dos calles ocupadas por los judíos, hay en Salamina un barrio completo de judíos. A un lado de la ciudad hay como una fortaleza, y en la ciudad muchos templos, especialmente uno muy grande. Se puede subir a él por dentro y por fuera: adentro hay muchas columnas y una tan gruesa que tiene en su interior escalones hasta arriba. A unas horas de Salamina veo otra ciudad importante. Al Oeste veo acercarse una tropa de gente, que estaba acampada en tiendas. Deben haber venido de otros países, quizás de Roma. Hay mujeres entre ellos; tienen bueyes con anchos cuernos y cabezas más bajas que los nuestros: llevan cargas en los lomos. Creo que han venido por motivo de la cosecha, trayendo mercaderías para cambiar por trigo y alimentos. Al día siguiente por la mañana Jesús dió un largo sermón a judíos y paganos junto a la fuente bautismal. Con ocasión de la cosecha, de la multiplicación de los granos de trigo, habló de la ingratitud de los hombres que no piensan en estas maravillas de Dios, y cómo esta ingratitud y olvido de Dios en los hombres será castigada a semejanza de la paja que se arroja al fuego. Les enseñó que así como de unos pocos granos y de uno proceden otros muchos y aún toda una cosecha, así todo viene de Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, Padre de todos los hombres, su Bienhechor, Premiador de los buenos y Castigador de los malos. Les reprochó que en lugar de dirigir sus preces al Dios único, adoraban ídolos, y que olvidando a Dios y a sus obras maravillosas, admiraban y honraban a cualquier charlatán obrador de artificios mágicos. Su enseñanza se extendió a los dioses que adoraban y a la confusión y perversidad de donde se originaron estos falsos dioses. Pasó a hablar en particular de algunos dioses que ellos veneraban. Dijo: “¿Quién es éste? ¿Quién es aquél? ¿Quién es aquel otro? ¿Quién es el padre de éstos?” Les fue enumerando toda la perversidad, confusión y maldad de estos llamados dioses y su origen, y como todo esto proviene del reino del error y del padre de la mentira. Les declaró muchas cosas que ellos no sabían y aspectos que ignoraban completamente. La enseñanza fue severa, pero dada con tanta gracia y buen modo, que todos estaban admirados, y no suscitó protesta. Habla a los paganos siempre más bondadosamente que a los judíos. Se refirió al llamamiento de los paganos al reino de Dios y cómo muchos extranjeros ocuparían los puestos que los hijos del Padre de familia habian rehusado, rechazando la salud. Se hizo una pausa cuando Jesús tomó algún alimento, y el pueblo comentaba entre sí la enseñanza oida. Se adelantaron entonces algunos filósofos paganos para preguntar cosas que no habían entendido y otras que sabían de sus antepasados, sobre Elías, que había estado en la isla de Chipre. Jesús les aclaró lo que deseaban saber y luego habló del bautismo y de la oración en relación con la cosecha y el pan de cada día. Muchos paganos estaban conmovidos y pensativos; otros se retiraron porque no les convenía oír lo que Jesús hablaba. Más tarde he visto bautizarse muchos judíos junto a la fuente donde Jesús había bendecido el agua. Iban adelantándose; había siempre tres cerca la fuente: el bautizador, el bautizando y el padrino; estaban en el agua hasta medio cuerpo. Jesús se dirigió después con los suyos y algunos maestros a media hora más al norte, a la ciudad de los judíos. Le siguieron muchos oyentes y Él hablaba con uno u otro grupo. El camino subía a veces; había valles y praderas. Hay árboles muy grandes y frondosos en cuyas ramas se puede descansar al fresco. En lontananza se ven varias aldeas y las mieses que amarillean. Otras veces el camino cruza por los lugares donde hay cuevas cavadas en las rocas habitadas por trabajadores del campo. Delante de esa población judía hay un albergue y un recreo donde entró el acompañamiento de Jesús. Los demás se volvieron por su camino. Los apóstoles lavaron los pies a Jesús y luego se arreglaron los vestidos de viaje para entrar en la población. Mientras se lavaban los pies, yo vi a un lado de la calle principal un gran galpón donde había una cantidad de mujeres judías y doncellas que separaban frutas, ordenándolas y guardándolas. Parecían esclavas u obreras que hacían este trabajo con las frutas que otros traían de los huertos. Había toda clase de frutas grandes y pequeñas: separaban las buenas de las malas, las dividían y a otras las ponían sobre el algodón. He visto otras mujeres ocupadas en la cosecha y trabajo del algodón, Las mujeres iban siempre por la calle cubiertas con velo. En el galpón había varias divisiones: parecia un negocio para este trabajo, y separaban también el diezmo y lo que debían dar a los pobres. Había un activo comercio. Jesús se dirigió con los suyos a casa de los rabinos junto a la sinagoga. El más anciano lo recibió cortesmente, pero con marcada reserva. Le ofreció una bebida y habló de la fama de su nombre y de su visita a esta comarca. La presencia de Jesús se conoció pronto y los enfermos pedían su ayuda. Jesús se dirigió con los rabinos a la casa de aquéllos y sanó a muchos de ellos, los cuales le seguían alabando a Dios y a Jesús. Jesús no lo permitía y les mandaba que callaran las alabanzas. En la calle se le acercaban las mujeres con sus criaturas, pidiendo que las bendijera. Algunas madres traían a sus hijos enfermos, y Jesús los sanó. Así pasó la mañana, y por la tarde los rabinos lo invitaron a una comida en su honor, que coincidía con la fiesta del principio de la cosecha. Fueron servidos los pobres y los obreros. Jesús les alabó esta bella costumbre. Eran traídos por grupos del campo y recibían el alimento en mesas largas que parecían de piedra. Jesús les servía a veces con sus discípulos, mientras los instruía con parábolas y breves comparaciones. Había varios maestros judios; pero en general no eran tan sinceros y sencillos como los judíos que lo albergaron en Salamina. Tenían algo de farisaico: cuando se vieron más confiadose le preguntaron si no le hubiese sido más cómodo quedarse en Palestina, qué buscaba entre ellos, y si pensaba quedarse largo tiempo. Tocaron también otros puntos de su enseñanza y de su misión y viajes, cosas que los fariseos de Palestina le solían reprochar. Jesús les respondía, según convenía, a veces severo, pero cortésmente, como lo habían recibido. Les dijo que había venido para ejercer las obras de caridad como su Padre celestial quería. Sus palabras eran severas: mientras alababa en ellos lo que era caridad con los pobres y obreros, reprobaba lo que era hipocresía. Era ya muy tarde cuando Jesús volvió con los suyos. Los rabinos lo acompañaron hasta la puerta de la ciudad.

Capítulo XXXIV

La sacerdotisa Mercuria. Los sabios paganos

Cuando Jesús regresó al albergue se presentó un sabio pagano, y lo invitó a dar unos pasos con él en un jardín, donde lo esperaba una persona que invocaba su necesidad. Jesús se dirigió con los suyos a ese sitio, y como viese a una mujer pagana allí, entre la pared y el camino, que se inclinaba ante Él, dejó un poco atrás a su acompañante y preguntó a la mujer qué deseaba. Era una mujer muy particular: sin instrucción, muy metida en las cosas del paganismo y en los cultos abominables de los dioses paganos. Le había sobrevenido una inquietud en presencia de Jesús: tenía el sentimiento interior de que estaba en el error. Pero carecía de fe sencilla y tenía un modo singular de culparse. Dijo a Jesús que había oído contar que había sanado a la Magdalena, y a la mujer enferma de flujo con solo que ella hubiese tocado el ruedo de sus vestidos; y pedía ella también ayuda pues no quería permanecer al servicio de la diosa del lugar. Reconocía que las exigencias de ese culto pagano eran perversas. Pedíale que la sanara y mejorara; pero añadía que quizás no podia recibir salud porque su enfermedad no era corporal. Dijo que estaba casada y tenía tres hijos, de ellos uno fuera del matrimonio, y que tenía relaciones con el gobernador. Dijo que cuando ayer estuvo Jesús con el gobernador romano, ella, que miraba a través de una ventana, vio un resplandor en torno de la cabeza de Jesús, y que por esto se había sentido cambiada en su interior. Pensó que esto tal vez sólo fuera admiración o amor a su persona, pero que se había sentido desfallecer, y al volver en si, había visto de pronto toda la perversidad de su mal proceder y ya no podía encontrar paz ni tranquilidad. Añadió que había preguntado de su Persona y sabía que había mejorado a Magdalena y sanado a Enué, la mujer de flujo de sangre de Cesarea de Filipo. Ahora pedía, si le era posible, la sanara de su mal. Jesús le dijo que Enué había tenido una fe sencilla; que sin hablar ni pedir se había acercado y tocado la orla de su vestido con fe firme, y sanó: su fe la había salvado. Esta tonta volvió a preguntar cómo pudo saber Él que le habían tocado y que había sanado la mujer; no tenía idea alguna del poder de Jesús; con todo, pedía de corazón remedio para su mal. Jesús la despachó, diciéndole dejara su mala vida; le habló de Dios Todopoderoso y le recordó el mandamiento: no fornicar. Le habló de la perversidad del culto de su llamada diosa, que hasta su conciencia se rebelaba y le dijo cosas tan serias, al mismo tiempo con tanta bondad, que la mujer se alejó llorando y llena de arrepentimiento. Esta mujer se lamaba Mercuria, era bien formada y de unos 25 años de edad. Estaba envuelta en un gran manto blanco; blancos eran también sus demás vestidos y tan estrechos que parecen formar parte de su persona. Al día siguiente hubo bautismos todo el día junto a la fuente. Los apóstoles bautizaban y Jesús enseñaba y preparaba a los bautizandos. Les habló en parábolas de la cosecha, del pan de cada día, del maná, del pan de la vida que vendría más tarde y de la unidad de Dios. He visto luego a Jesús enseñando a los obreros que se turnaban en los trabajos de la cosecha. Muchos judíos habían venido por oirle y vivían ahora bajo tiendas. Habían traído en sus cabalgaduras a sus enfermos que estaban bajo los árboles en las cercanías del lugar donde predicaba Jesús. El Señor sanó allí a unos veinte enfermos de varias dolencias. Cuando llegó cerca de la fuente fue interrogado por algunos de los sabios paganos que habían oído su predicación. Pidieron explicaciones diversas, hablaron de sus dioses, especialmente de su diosa que había surgido del mar y de otro de sus dioses que tiene cuerpo de pez, que llaman Derketo. Preguntaron también sobre lo que contaban de Elías, que había estado en la isla, el cual había observado una nube que se levantaba del mar y todos decían que era una Virgen; que ellos querían saber donde está esa Virgen puesto que ellos saben que de Ella debe venir el Salvador y el reino del Universo: según sus cálculos había llegado el tiempo de su aparición. Mezclaban con esto la creencia de una estrella que su diosa había dejado caer sobre Tiro: si esa era aquella nube anunciada. Uno de ellos añadió que había oído decir que en Judea hay ahora un agitador que aprovechando estas cosas se despacha como si fuese ese rey. Jesús no dijo que era Él, sino sólo que ese hombre de que hablaban no era ningún agitador; que se decían muchas cosas falsas de Él y que el que ahora preguntaba sobre ello estaba muy mal enterado. Añadió que ya era el tiempo en que se cumplían las profecías. El hombre que preguntaba era algo mal intencionado y charlatán; no sospechaba siquiera que estaba hablando con el mismo Jesús del cual hablaba mal: hablaba sólo de lo que había oido contar mal a otros. Estos filósofos sospechaban algo de la verdad y tenían cierta creencia en sus dioses, de los cuales pretendían explicar diversas significaciones. Pero todas las personas relacionadas con sus relatos de dioses estaban mezcladas y hasta la nube vista por Elías era confundida con la Madre de Dios. Llamaban a su diosa Derketo y la tenían por reina del cielo. Decían que de ella había venido toda ciencia y alegría a la tierra, que había predicho todas las cosas y que se había arrojado al agua para aparecer luego como pez y estar con ellos para siempre: que todo esto había sucedido en realidad. A la hija de esta Derketo, tenida durante el culto sagrado, la llamaban Semíramis, la omnipotente reina de Babilonia. Era cosa admirable que yo viera entretanto la vida entera de Derketo y Semíramis como habían vivido en realidad, y estaba allí impaciente por decir a esos filósofos todo su error y sus falsas creencias. Me parecían estos filósofos tan estúpidos porque no viesen todo esto como había sido, y me parecía entonces todo tan claro que lo podría contar como lo había visto. Luego pensaba yo: “Tú no debes meterte con ellos; son sabios y sabrán mejor que tú». Con estos y otros pensamientos estuve varias horas. Jesús les declaró todo su error y sus extravagantes suposiciones. Les contó la historia de la creación del mundo, de Adán y Eva, del pecado, de Caín y Abel, de los hijos de Noé, de la torre de Babel, de la separación de los malos y del aumento de su corrupción, y cómo luego, llevados del deseo de unirse y vincularse con Dios, inventaron tantos ídolos e introdujeron la diosa Sira. Les dijo que la promesa de la simiente de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente, se había mezclado y confundido en mil formas y que de esa fuente impura ellos habían bebido sus conocimientos fragmentarios y confusos. Les habló de la vocación de Abraham, del pueblo elegido por Dios, de los hijos de Israel, de los profetas, de Elías y su profecía, y de la época presente que era el tiempo del cumplimiento de la promesa. Les habló tan fácil, sencilla y naturalmente que varios de ellos comenzaron a entender muchas cosas, mientras otros no salían del enredo de sus conocimientos confusos y fragmentarios. Jesús estuvo hablando con ellos hasta la una de la tarde. Algunos se convertirán. Están tan envueltos en sus creencias y fábulas que no encuentran salida. Jesús les dejó alguna luz en sus mentes, haciéndoles comprender cómo aun en las peores aberraciones, queda siempre algún rastro de los designios de Dios con los hombres. Les mostró cómo en medio de los peores errores de los hombres, Dios había conservado una raza elegida para formar un pueblo de donde debía salir más tarde el Salvador de la humanidad. Les dijo que el tiempo había llegado y que era hora de hacer penitencia y de hacerse bautizar para renacer a una nueva vida espiritual. Antes de esta conversación con los filósofos, Jesús había enviado a Barnabás con otros discípulos a Cythrus, donde vivía la familia de Barnabás. Jesús permaneció con el discípulo Jonás y otro de Dabrath, y con ellos fuese a una comarca, a media hora, muy fértil, donde había obreros ocupados en la cosecha. La mayoría eran judíos, cuyas chacras estaban en esta región. La comarca es muy hermosa, cultivada algo diferente de lo que se acostumbra entre nosotros. El trigo crece en ciertos lugares altos, hay praderas con frutales y olivares y ganado. Almacenan el agua en los valles. Veo vacas negras, sin cuernos, y toros con jibas, de andar pesado y anchos cuernos: los usan para llevar mercaderías; hay muchos asnos, grandes ovejas y carneros. Las casas y galpones están desparramadas en las praderas. Tienen una muy hermosa escuela y cátedra pública para la enseñanza y un maestro. Acudió gente a la fiesta del Sábado, en la sinagoga de Salamina, junto al albergue, donde enseñó Jesús. El camino es muy ameno. Cuando ven a Jesús, a quien ya conocen, dejan el trabajo, sus instrumentos de labranza y su sombrero de corteza con que se precaven del sol y acuden en grupos. Se inclinan reverentes ante Él; algunos se echan de bruces al suelo. Jesús los saluda, los bendice y ellos vuelven a su trabajo. Como se acercara a la escuela, el maestro le salió al encuentro con algunos principales de la ciudad, llevó a Jesús junto al pozo, le lavó los pies, sacudió y limpió su manto y le ofreció bebida y comida. Con estos hombres y otros que habían venido de Salamina, Jesús pasó de campo en campo, enseñando con parábolas sobre la siembra y la cosecha y la separación del trigo de la cizaña y de la mala hierba que se echa al fuego. Cuando terminaba en un grupo, éste volvía al trabajo, y Jesús pasaba a otro. Los hombres cortaban los haces de trigo y los alcanzaban a las mujeres, que venian detrás de ellos: éstas los ataban y los transportaban a un lugar destinado. Las mieses más bajas, quedaban en pie; pasaban luego mujeres pobres del lugar, que las cortaban y las guardaban, como también las que caían en el suelo durante el trabajo de los segadores. Estas mujeres llevan la cabeza cubierta o no, según sean casadas 0 doncellas, y se protegen contra el sol con un sombrero de corteza. Jesús anduvo así hasta media hora de camino entre estos labradores; después regresó a la fuente de la escuela donde les ofrecieron, a Él y a los suyos, una especie de jugo, miel, panecillos, frutas y bebidas en pequeños recipientes. El pozo de agua es verdaderamente muy bello, y está rodeado de hermosos árboles. Se bajaba a él por muchas gradas y había un fresco muy agradable a pesar del calor del estío. En sitio aparte vivían las mujeres que preparaban la comida a los trabajadores; venían cubiertas con su velo. Jesús les enseñó el Padrenuestro, explicando sus peticiones. Por la tarde se reunieron los segadores en la escuela, donde Jesús explicó las parábolas antedichas, hablando del maná, del pan de cada dia y del pan del cielo. Luego visitó con un maestro y otros las casas de los enfermos, sanando a muchos que yacían en pequeñas piezas pegadas a las viviendas habitadas. De este modo llegó Jesús a casa de una mujer enferma de hidropesía. Su casa era tan pequeña casi como la cama donde estaba tendida. El techo era desarmable. Se acercaron hombres y mujeres y sacaron el techo. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿quieres sanar?» Ella contestó con humildad: “Como el Profeta lo quiera, lo quiero yo también”. Jesús le dijo: “Levántate, tu fe te ha salvado”. Se levantó la mujer y dijo: «Señor, conozco tu gran poder; muchos han querido sanarme y no han podido”. Dio gracias con los de su familia, y alabó a Dios, y muchos vinieron y se admiraban de verla sana. Jesús volvió al lugar de su enseñanza. Mientras tanto he visto en Salamina a Mercuria en gran agitación, paseándose de un lado a otro en el interior de su casa. Lloraba, se estrujaba las manos y permanecía largo tiempo abismada en un rincón. Su marido, que parece un tanto retardado, y su sirvienta, la tenían ahora por loca. Pero Mercuria está llena de arrepentimiento y piensa cómo podrá abandonar esta su vida y juntarse con las santas mujeres de Palestina. Tiene una hija de ocho años, otra de nueve y un niño de cinco. Su casa está junto al templo, es grande, con gruesas murallas, muchas habitaciones para la servidumbre, con terrazas y jardines. La llaman para que vaya al templo, pero ella se resiste diciendo que se encuentra enferma. El templo es un edificio grande, con columnas, cámaras para sacerdotes y bóvedas. Adentro hay una enorme figura de la diosa, que brilla como oro: es un cuerpo de pez, con cabeza y cuernos como de vaca; tiene delante de si otra figura sobre cuya espalda ella pone su corto brazo. El ídolo está sobre una altura y tiene aberturas donde se quema incienso o cosa parecida. Se ofrecen niños mal conformados. La casa de Mercuria es la que fue un día la vivienda del padre de Santa Catalina, que se llamaba Costa. Santa Catalina nació y se crió allí. Su padre era descendiente de un principe de Mesopotamia, premiado por sus servicios en la guerra, con posesiones en Chipre. Estando en Chipre se casó con la hija del sacerdote pagano, a la cual pertenecía Mercuria. Desde niña Catalina estaba llena de ciencia, tenía visiones y era guiada por el cielo. No podía ver ni tolerar a los ídolos y los ocultaba como podía. Por esta causa fue reprendida y encerrada por su padre. Las ciudades de aquí no están formadas como entre nosotros. Hay edificios muy grandes, con terrazas y muros muy gruesos, donde cavan viviendas las gentes pobres. A veces hay sobre los muros caminos y sendas; y hasta se ven árboles sobre ellos. Reina en Salamina mucho orden. Cada clase de habitante tiene sus barrios y calles propias. Hasta a los niños de la escuela los veo reunidos principalmente en algunas calles. En otras calles sólo andan animales de carga. Los filósofos tienen una casa grande para sí, con terrazas y jardines y los veo caminar casi siempre en sus propias calles. Andan reunidos, de a cuatro o cinco, envueltos en sus largos mantos y discuten entre ellos. Veo también que los que vienen toman todos por una calle y los que van lo hacen por otra. Esto lo observo en todas las calles de la ciudad. Aquel lugar donde el gobernador romano recibió a Jesús, es elevado y se sube a él por escalones. Se ven allí tiendas de mercaderes; a un lado está el mercado donde veo árboles muy altos que terminan en punta y en sus ramas anchas suelen sentarse los hombres para descansar. El palacio del gobernador mira en esta dirección.

Capítulo XXXV

Jesús enseña en la ciudad de Cythrus

Cuando al día siguiente Jesús pasaba de nuevo de un campo a otro enseñando a los trabajadores, vi que una niebla espesa cubría la comarca de modo que casi no se veían entre si los labradores. El sol apareció como una placa blanca sin penetrar la espesa niebla que cubría la tierra. Veo muchas gallináceas, codornices y palomas de abultado pescuezo. Hay muchos manzanos con fruta diferente de la nuestra. Jesús volvió a enseñar, en parábolas, del pan de cada día, y sanó a varios niños enfermos que yacían en unas bateas hechas con pieles de animales. Como algunos se desataran en grandes alabanzas por sus palabras, Jesús les dijo: “A aquél que tiene se le dará y a aquél que no tiene se le quitará aún”. Los judíos estaban llenos de dudas y Jesús les aclaraba lo que preguntaban. Temían ellos no tener parte en la Tierra prometida. Decían también que Moisés no necesitó andar por elcamino que anduvo en el desierto: que había otros mucho más cortos. Jesús les dijo que la Tierra prometida no está sólo en Canaán; que el reino de Dios podían conseguirlo sin necesidad de andar tanto tiempo por el desierto; que si ellos murmuraban de Moisés por haberlos llevado tanto tiempo por el desierto, se cuidasen ahora de no andar en el desierto del pecado, de la incredulidad y de la murmuración, y tomasen, en cambio, el camino corto de la penitencia, del bautismo y de la fe. Estos judíos se habían mezclado con los paganos de Chipre, de modo que muchos paganos se hicieron judíos de religión. Con su andar a través de los prados, llegó Jesús con sus acompañantes al camino principal que lleva desde el puerto de Chipre, del Noroeste al Este, a algunas horas de distancia de Salamina. Había aquí un gran albergue para los judíos, donde descansaron. No lejos veíanse galpones y otro albergue con un pozo para las caravanas de los infieles. Este camino está siempre lleno de majeros. Después que lavaron los pies a Jesús y le dieron un refresco, llegaron los otros discípulos que habían quedado en Salamina para bautizar. Los que acompañaban a Jesús eran unos veinte. Jesús enseñó al aire libre a los obreros que volvían de su trabajo. Le trajeron a algunos enfermos que ya no podían ganarse el pan, y como los vio llenos de fe, los sanó, y los mandó a trabajar. Hacia la tarde llegó una caravana de árabes. Venían con bueyes cargados, que caminaban lentamente, unos detrás de otros por el sendero angosto. Traían también asnos y camellos cargados con fardos de algodón. Eran gentes de la región donde habitó Jetró, de color más oscuro que la gente de Chipre y habían venido con las naves trayendo mercaderías. La habían vendido cambiándola con cobre y otros metales y regresaban ahora con sus nuevas mercaderías para embarcarse. Las bestias venían con sus pesadas cargas de cobre y metal para cambiar con otras mercaderías. Las mujeres eran hacendosas y se ocupaban de tejer e hilar, cuando plantaban sus tiendas, sacando el algodón de los fardos de sus bestias de carga. Cuando hubieron descargado sus bestias, saludaron a Jesús y le pidieron permiso para escuchar su enseñanza. Jesús alabó su diligencia y su trabajo y les preguntó con qué fin trabajaban tanto. Con esto los llevó a la noción de Dios Creador y Dador de todo bien, al deber de gratitud para con Dios y a la bondad de Dios que va en busca, como un pastor, de la oveja descarriada y perdida. Les habló con mansedumbre y bondad. Estaban tan contentos que querían regalarle toda clase de objetos. Bendijo a sus criaturas y luego se dirigió con sus acompañantes al Norte, hacia Cythrus, como a cuatro o cinco horas de camino de aquí y a seis de Salamina. El camino iba subiendo. Veo en la comarca olivares y plantaciones de algodón y de otra planta de la cual hacen una especie de seda. Hay por todas partes un arbusto con flores amarillas que dan un hermoso aspecto al paisaje. A la izquierda se contemplan altos árboles sobre las alturas de la montaña. Veo muchos cipreses y arbustos con especia de resina olorosa. A la izquierda de la montaña veo correr un torrente formando cascada. Veo que en las montañas van cavando cuevas, de donde sacan cobre, bronce y un metal blanquizco como plata. Creo que aquí también derriten metales, pues solían decir esas gentes que los montes ardían. Después de cuatro horas de camino, llegó Jesús a un albergue, a media hora antes de Cythrus. Entraron y el padre de Barsabás y otros hombres recibieron al Señor y le prestaron los acostumbrados servicios. Jesús descansó, enseñó y en compañía de los suyos tomó parte en una comida. Cythrus está en el fondo de un valle. Jesús entró por la parte donde se ven talleres de metales. La ciudad tiene habitantes judíos y paganos. En torno se ven muchas casas en medio de huertas y jardines. Yo estaba muy afligida del gran trabajo de Jesús en Cythrus y en otras partes, porque de esto no había noticia alguna en la Sagrada Escritura, como me lo asegura el Peregrino, como tampoco de lo mucho que han hecho después Pablo y Barnabás allí en la isla. Tuve entonces una visión sobre esto, de lo que aún recuerdo lo siguiente. Entre judíos y paganos ganó Jesús en Chipre 570 almas. He visto que la pecadora Mercuria siguió a Jesús con sus hijos, llevándose dinero y cuanto pudo consigo. Se juntó a las santas mujeres y ayudó mucho a las primeras cristíandades y a los primeros diáconos. Vi que fue muerta, como mártir en la primera persecución que se levantó contra los cristianos, antes de la conversión de Saulo, mientras éste andaba de camino a Damasco. Después de la partida de Jesús, muchas otras familias judías y otros convertidos emigraron de Chipre, llevándose cuanto podían; por esto se originaron entre ellos disgustos y comenzaron a despreciar a Jesús, llamándolo embaucador. Tanto judíos como paganos estuvieron de acuerdo en esto y se prohibió hablar más de Jesús. Apresaron a mucha gente y la azotaron, y los sacerdotes de los ídolos obligaban a los paganos convertidos a ofrecer incienso a los ídolos. El gobernador romano, favorable a Jesús, fue destituido y llamado a Roma; y vinieron soldados romanos que custodiaron las puertas, no permitiendo embarcarse ni salir a nadie de la isla. Con la crucifixión de Cristo se perdió del todo su memoria. Si se hablaba de Él era como de un rebelde e impostor y los creyentes que aún quedaban dudaron y se avergonzaron de Cristo. Once años más tarde Saulo y Barnabás no mcontraron ningún rastro de fe en Cristo. No permanecieron mucho tiempo allí, y se llevaron a algunos de la isla. De camino a Cythrus, Jesús enseñó a algunos obreros de las minas, que estaban alquiladas por judíos y paganos. Los mineros tenían un aspecto demacrado, pálido y miserable y se vestían de pieles. Jesús enseñó con parábolas del artífice que purifica el oro y los metales en el crisol. Los paganos judíos trabajaban en dos lados de la mina y oían la enseñanza de uno a otro lado. Había entre ellos algunos endemoniados que trabajaban sujetos con sogas: éstos comenzaron a gritar, a agitarse y a declarar quién era Él y que venía a atormentarlos. Jesús les mandó callar y se aquietaron. Acudieron mineros judíos a quejarse de haber sido robados por otros mineros paganos, y pedían a Jesús que decidiese la cuestión. Jesús hizo cavar sobre terreno judío y se llegó a aberturas de los paganos. Había allí restos del metal blanco, plata o cinc: esto los había atraído. Jesús habló de los bienes ajenos y del escándalo. Los paganos estaban convictos, pero como no estaban presentes los jefes y capataces, nada se hizo en definitiva y los paganos se retiraron murmurando y quejándose. Cythrus es una ciudad hermosa, de mucho movimiento. Viven judíos y paganos y se tratan con más familiaridad que en otros lugares, aunque tengan calles separadas. Los judíos tienen dos sinagogas y los paganos varios templos. Hay también entre ellos casamientos, pero siempre con la condición de que el infiel abrazaba la ley judaica. Desde la ciudad vinieron ancianos y maestros judíos al encuentro de Jesús y dos filósofos paganos que querían, conmovidos ya, escuchar de nuevo la enseñanza de Jesús. Después que lo llevaron a una casa a propósito para lavarle los pies y darle algún refresco y alimento, le rogaron por algunos enfermos que deseaban su visita. Jesús se dirigió a la calle de los judíos y sanó a unos veinte enfermos puestos afuera. Había estropeados que andaban con muletas y otros tan deformes que eran llevados. Los sanados y sus parientes cantaban las alabanzas de Jesús con frases de los salmos: los apóstoles procuraban acallarlos y despedirlos. Jesús se dirigió entonces a la casa del jefe de la sinagoga donde estaban reunidos hombres ilustrados, entre ellos algunos de la secta de los recabitas. Vestían éstos con ropas diferentes de los demás judíos y tenían costumbres más severas, aunque en muchas cosas andaban relajados. Tenían para ellos solos una calle y vivían del trabajo de las minas. Eran de la tribu de aquellos que vivían en el reino de Bazán en Efrón, donde también se ocupaban en trabajos de la montaña. Jesús fué invitado por el jefe a una comida dispuesta para después de la fiesta del Sábado; pero como Jesús había prometido estar con el padre de Barnabás, invitó a ellos a ir con Él allá, y que la comida preparada se sirviese a los mineros y a los obreros pobres del lugar después de la enseñanza en la sinagoga. Ésta se llenó de judíos; los paganos oían desde fuera y desde la terraza. Jesús habló del III libro de Moisés, del sacrificio y de Jeremías, tratando del tiempo de la salud. (III Moisés, 25-26; Jeremías, 23, 6-8). Cuando habló del sacrificio vivo y del sacrificio muerto, ellos preguntaron la diferencia. Después enseñó sobre las ocho Bienaventuranzas. Estaba en la sinagoga un rabino anciano y piadoso, desde mucho tiempo enfermo, que se hacía llevar y ocupaba su lugar. Cuando estaban discutiendo con Jesús, de pronto exclamó el rabino: “Callad, dejadme hablar». Como callaran todos, dijo: «Señor, Tú has ayudado a muchos; ayúdame también a mí; manda que yo vaya a Ti». “Como crees, levántate y ven a Mí”. Se levantó de inmediato el viejo y exclamó: “¡Señor, yo creo!e Sintióse bien, subió las gradas y fué ante Jesús dándole rendidas gracias. Todos los presentes alabaron a Jesús, quien salió de la sinagoga y se dirigió a la casa de Barnabás. El jefe de la casa reunió entonces a los obreros pobres para servirles la comida que Jesús y los suyos habían dejado.

Capítulo XXXVI

La casa paterna de Barnabás

El padre de Barnabás vive en las casas desparramadas al Oeste de la ciudad, formando barrios cercanos a Cythrus. Tiene una casa hermosa con terraza; las paredes son oscuras como pintadas al óleo, o con resina, o cosa parecida. Hay plantas y arcos de flores y ramas; y una galeria en torno de la casa con columnas. Veo viñedos alrededor y en un sitio madera de construcción amontonada. Algunos árboles son muy gruesos. Todo está en perfecto orden, de modo que se puede andar entre estos materiales que creo son para construcción de naves. Veo carros muy largos y angostos con ruedas de hierro para transportar las maderas. Estas carretas son arrastradas por bueyes. No lejos se ve de aquí un bosque sobre una altura. El padre de Barnabás es viudo. Una hermana y algunas criadas atienden al orden de la casa y la comida. Los paganos y los filósofos que acompañaron a Jesús no están en la mesa porque era Sábado. Paseando en los pórticos cercanos comen y oyen la enseñanza de Jesús. La comida consistió en panes, miel, frutas, aves y peces. Había también fuentes con carne, hierbas y ensaladas. Jesús habló de los sacrificios, de la promesa y del cumplimiento de las profecías. Durante la comida llegaron algunos grupos de niños pobres, de cuatro a seis años, apenas vestidos. Traían en canastillos hierbas y frutas, ofreciéndolas a los presentes a cambio de pan o de otros alimentos. Estaban cerca de donde se hallaba Jesús con los suyos. Jesús se levantó, tomó sus canastillos, los vació y los volvió a llenar de alimentos, y bendijo a los niños. Fue una escena tierna y conmovedora en extremo. Todo el día siguiente enseñó Jesús detrás de la casa de Barnabás, donde había una colina muy cómoda con un sitial de enseñanza. Se va a ese lugar por entre caminos de viñedos y parrales. Habló primero a los trabajadores y mineros, luego a los paganos, y por último, ante numerosos judíos casados con paganos. Muchos enfermos paganos habían pedido a Jesús que les permitiera escuchar su enseñanza. La mayoría eran obreros estropeados llevados en sus camillas para escuchar a Jesús. Éste les habló de la oración del Padrenuestro, del crisol que separa la escoria del bronce, y cómo los paganos deben ser podados de la idolatría, como los árboles y la vid, deben ser podados e injertados. Ellos debían reconocer un solo Dios. Les habló del hijo de la familia y del hijo de la sierva y de la vocación de los gentiles a la fe. Habló de los casamientos mixtos, que no deben ser favorecidos, sino sólo tolerados, y esto para convertir a la otra parte y no para perderse: sólo pueden tolerarse cuando ambos contrayentes tienen los mismos sentimientos. Habló más en contra que en favor, alabando a los que se mantenían alejados de los casamientos mixtos. Habló de la responsabilidad de los judíos en la educación de los hijos en la piedad, de la aceptación del tiempo de la salud que había llegado, de la penitencia y del bautismo. Después sanó a los enfermos y comió en la casa de Barnabás. Lo llevaron a la otra parte de la ciudad donde había gran cantidad de cajones con abejas en medio de multitud de árboles y flores. Veo un agua surgente y un lago que se forma allí. Luego fueron a la sinagoga de la ciudad, donde enseñó del sacrificio y la proximidad de la promesa. Estaban de paso algunos judíos sabios que le hicieron toda clase de preguntas y dudas, y Jesús salvó sus dificultades. Se veía que tenian mala intención. Las preguntas se referían a los casamientos mixtos, y a Moisés que había hecho matar a muchos con ocasión del becerro de oro que les hizo Aarón y al castigo por esa causa. El día siguiente me pareció de ayuno o de fiesta para los judíos, pues a la mañana hubo plegarias y enseñanza en la sinagoga. Después salió Jesús fuera de la ciudad por el Norte. Llegaron algunos maestros judíos y recabitas. Era como un centenar de personas. Anduvieron como una hora hacia el lugar que era el centro industrial de la apicultura. A mucha distancia se extendían al sol, a la altura de un hombre, los cestos de mimbres donde hacen sus panales las abejas. Cada grupo de ellos tenía su jardín de flores. Todo estaba cercado y el conjunto parece una aldea. La parte de los paganos se distingue en seguida por los numerosos nichos donde estaban sus ídolos en forma de niño fajado terminando en pez. La aldea consistía en pequeñas casas de los cuidadores de las abejas, donde guardaban los utensilios de su labor. El albergue era un edificio grande con muchas divisiones. Había muchos estrados y colchonetas para descansar. El jefe pagano de los trabajadores proporcionaba a cada uno lo necesario. Los judíos tienen sus lugares aparte y sus reuniones para la oración. Creo que en esta casa tan grande preparan y elaboran la cera y Ia miel, y es como un depósito de la cosecha. Veo muchos arbustos de hermosas flores amarillas. Las hojas son más bien amarillas que verdes y las flores caen al suelo en tal cantidad que lo tapizan de amarillo. Veo que ponen lienzos debajo de los arbustos para juntar las flores, que luego exprimen para hacer colorantes. Los cultivan en tarros y a veces en los huecos de las rocas con tierra. Los veo también en la Judea. Hay aquí mucho algodón. No lejos, quizás una media hora de camino al norte de Cythrus, corre un torrente desde la montaña, atraviesa la ciudad y los alrededores por donde vino Jesús. Unas veces corre al aire libre, otras entubado: creo que echa sus aguas en el acueducto de Salamina. Al principio es un verdadero lago pequeño. Se hablaba ahora de bautizar en este lugar. Veo una gran cantidad de flores silvestres por todas partes. A lo largo del camino hay árboles de naranjas, higueras y pasas de Corinto. Jesús había venido a este lugar para poder hablar y enseñar sin molestias, especialmente a los paganos. Lo hizo durante el resto del día bajo los árboles y entre los jardines. Por momentos estaban sentados, por momentos de pie; Jesús les habló mucho de la oración del Padrenuestro y les explicó las Bienaventuranzas. Habló a los paganos de la crueldad y obscenidad de sus dioses, y cómo se introdujo la idolatría: cómo fue separado Abraham por esta causa para mantener la unidad de Dios en su pueblo. Habló claramente y con severidad a veces. Le escuchaban unos cien hombres. A intervalos se alejaban algunos para tomar alimento en sus casas: pan, miel, fruta y queso de cabras de forma alargada. El dueño de la casa era pagano, pero muy atento y humilde. Por la noche los judíos estaban separados. Jesús enseñaba y rezaba con ellos. Pasaron la noche aquí todos. En Cythrus hay más movimiento que en Salamina, donde se concentra en el puerto y en algunas calles. En la parte donde llegó Jesús hay una gran feria de animales y aves, y en las calles de la ciudad se ven pendientes de los comercios toda clase de telas, mantas y géneros y diversos artículos en venta. En la parte opuesta viven los mineros: se oye el golpear y el martillar, de modo que no se puede escuchar la palabra del vecino. Esto ocurre mayormente en las afueras de la ciudad. Fabrican toda clase de recipientes, generalmente de formas ovaladas, con asas y a veces con tapa. Los tuercen, son puestos luego en el fuego y soplados por medio de largos caños. Por fuera son amarillos y por dentro blancos. En estos recipientes despachan toda clase de jugos de frutas, miel y sirope. Los transportan por agua sobre maderas cruzadas o los llevan arracimados sobre pértigas a su destino. Al día siguiente volvió Jesús a enseñar en el lugar de las abejas. El número de los oyentes fue creciendo hasta algunos centenares. Como Jesús les reprochaba el culto de sus falsos dioses, pintándoles sus modos, formas y significaciones detestables, algunos paganos que habían llegado con sus bastones de caminantes, al escuchar estas cosas contra sus divinidades se irritaron y se marcharon murmurando. Jesús dijo que los dejasen: “Es mejor que se vayan; no sea que de lo que oyen decir se fabriquen algún ídolo más”. Habló proféticamente de la devastación de esta hermosa tierra, de sus ciudades y templos y del juicio que vendría sobre todos estos países. Anunció que cuando la perversidad llegara a su colmo, el paganismo caería en ruinas. Habló también del castigo de los judíos y de la destrucción de Jerusalén. Estos paganos recibían estos avisos con mejor disposición que los judíos, que siempre solían hacer objeciones a las proféticas amenazas de Jesús. Éste aludió a los pasajes de los profetas, los aplicó al Mesías y avisó que había llegado su cumplimiento. Añadió que el Mesías se levantaría en medio de los judíos, que no lo reconocerían, se burlarían de Él, y que cuando Él les dijera claramente que lo era, lo apresarían para matarlo. Esto no gustó a muchos. Jesús les mostró lo que ellos habían hecho antes con todos los profetas, lo que ahora habían hecho con el anunciador y lo que harían después con el Anunciado por Juan Bautista. Los recabitas hablaron a solas con Él sobre Malaquías, al cual estimaban mucho y del cual decían y creían que había sido ángel y no hombre. Narraban cómo se había presentado como niño y recibido por personas piadosas; como desapareció después, de modo que se ignora si ha muerto. Hablaron de sus profecías, sobre el Mesías, y el nuevo sacrificio. Jesús aplicaba todo esto a los tiempos presentes y a un futuro cercano. Desde el lugar de las abejas fue andando Jesús con mucho acompañamiento a la casa de Barnabás y en el camino, de varias horas, se apartaban muchos para ir a sus casas. Muchos de los acompañantes eran jóvenes que se iban a embarcar para ir a Jerusalén a las fiestas de Pentecostés. Quedaban aún muchos en compañía de Jesús. Delante del jardín se habían reunido treinta o cuarenta mujeres y doncellas paganas y unas diez doncellas judías para saludar a Jesús y mostrarle su adhesión. Unas tocaban flautas, cantaban himnos de alabanza y traían guirnaldas de flores y ramos que echaban a su paso; extendían sus mantas. se inclinaban profundamente y ofrecían botellitas y cajitas con perfumes, coronas de flores, hierbas aromáticas y diversos regalos. Jesús agradecía estos obsequios y hablaba con ellas. Le acompañaron hasta la entrada de la casa de Barnabás y depositaron sus regalos en la sala de reuniones. Todo estaba adornado con guirnaldas y flores. Fue un recibimiento semejante al Domingo de Ramos, pero todo más tierno y más familiar. Después se retiraron, porque ya oscurecía. Me llamaron la atención los trajes de esas doncellas: traían unas gorritas tan curiosas, que me recordaban las canastillas que yo, cuando era niña, solía tejer con mimbre. Sobre las gorritas algunas tenían flores y otros adornos que caían sobre la frente. En el cuello llevaban diversos adornos. Tenían varios vestidos muy livianos, de modo que aparecía uno más largo que otro, de colores amarillo, oro, blanco, azul, con rayas o floreados. Los cabellos caían largos sobre los hombros, al final recogidos y con algún adorno. Calzaban sandalias. Las madres alzaban a sus criaturas. Hacía tres horas que estas mujeres esperaban allí a Jesús para obsequiarlo. En la casa de Barnabás hubo una comida, aunque no se sentaron a la mesa, sino que presentaban a cada uno una bandeja con alimentos diversos. Estaban reunidos bastantes ancianos, entre ellos el viejo curado en la sinagoga. El padre de Barnabás es un hombre de recia contextura; se echa de ver que es un trabajador en maderas. A los hombres de aquel tiempo los veo mucho más recios y sanos que los de nuestros tiempos. Después vi a Jesús junto a la fuente, cerca de Cythrus, enseñando en un sitial: preparaba allí a los catecúmenos, mientras los discípulos bautizaban primero a los judíos y luego a los paganos. Jesús habló con los maestros judíos y les dijo, respecto de la circuncisión, que no lo impusiesen a los paganos que se convertían, si no lo pedían ellos; pero que con todo procurasen no dar ocasión de escándalo a los demás judíos del pueblo y no dejarlos juntarse con los judíos en la sinagoga; que en lugar de la circuncisión material, exigiesen a los paganos que se conviertan, la mortificación de las pasiones de la carne, del corazón y de los malos deseos. Añadió que les daría a ellos enseñanza aparte, enseñándoles el modo de orar.

Capítulo XXXVII

Jesús en Mallep

Junto al pozo de Cythrus, donde los discípulos bautizaron, vi varios hombres que, muy reverentes, se acercaron a Él. Esta multitud de seguidores estaban ahora por separarse, tanto los recién bautizados como los demás oyentes. Algunos permanecieron aún en el lugar y a los nuevos les decían que el profeta había enseñado toda la mañana hasta ahora. Jesús se había encaminado a la gran aldea de Mallep en compañía de sus discípulos y de siete recién bautizados filósofos de Salamina. Mallep está habitada por solo judíos, quienes han levantado esta población. Está edificada sobre una altura, desde donde se ve un espléndido panorama hasta el mar. Tiene cinco calles que convergen en el centro, donde han cavado en la roca viva una fuente que recibe agua desde Cythrus. En derredor del pozo hay cómodos asientos y está rodeado de hermosos árboles. De aquí se miran los alrededores, llenos de quintas y árboles frutales. Rodea a la ciudad una doble muralla: la exterior alta y la interior más baja. Muchas viviendas están cavadas en la viva roca y las praderas verdean de flores y de árboles frutales. Es tiempo de cosecha. Los hombres viven del comercio de la fruta seca. También fabrican mantas, alfombras, esteras, y canastos y canastillos para el despacho de las frutas secas. Cuando llegó Jesús le salieron a recibir los maestros de la escuela con los alumnos y muchos del pueblo. Todos estaban vestidos de fiesta. Los niños cantaban y tocaban en sus flautitas y traían guirnaldas de hojas y de flores. Las niñas estaban delante de los niños. Jesús pasaba entre los niños, bendiciéndolos. Luego fue llevado por los maestros y otras personas, unas treinta, a una galería donde le lavaron los pies. Mientras tanto habían colocado a los enfermos, unos treinta, delante de la puerta de las casas, donde Jesús, al pasar, los sanó de sus dolencias, mandándoles que le siguiesen hacia el pozo, en el centro de la población, adonde Él se encaminó. Todos se dirigieron con sus parientes, cantando alabanzas a Dios, al lugar señalado, donde Jesús habló del Padrenuestro, del pan cotidiano y de la obligación de dar gracias a Dios. De aqui pasó a la sinagoga donde habló de la petición: “Venga a nos el tu reino”. Dijo que ese reino era espiritual, que ya estaba entre ellos, que no era como el reino terreno y que lo pasarán mal quienes no lo quieren recibir. Los paganos que lo habían acompañado se mantenían aquí más retirados que en otras poblaciones mixtas. Después tomó parte en una comida que le habían preparado los maestros, en un edificio desocupado expresamente para Él y sus discípulos. Había allí un jefe que proveía lo necesario. A la mañana siguiente volvió Jesús a enseñar en la hermosa sinagoga. Habló del sembrador, de los campos diversos, de la cizaña y del grano de mostaza que da tantos árboles y frutos. Tomó ocasión de la vista de un arbusto que allí crece en abundancia y es de mucha utilidad. El fruto es colorado y negro, y lo exprimen para usarlo como colorante. Los paganos bautizados no entraron en la sinagoga, sino que escuchaban desde afuera. Cuando más tarde estaba Jesús sentado a la mesa con los principales del pueblo, vinieron tres niños ciegos, de unos diez a once años, traídos por sus compañeros. Tocaban unos instrumentos que tenían en la boca y modulaban los tonos con los dedos. No eran flautas, sino instrumentos que daban como un zumbido agradable. Cantaron dulces melodías. Sus ojos estaban abiertos, pero no veían. Jesús les preguntó si deseaban ver, si serían buenos y usarian bien de la vista. Ellos, muy contentos, respondieron: “Si Tú quieres, Señor, puedes ayudarnos. Ayúdanos, como Tú quieras”. Jesús les dijo: “Dejad vuestros instrumentos”. Atrajo a los niños delante de Sí, púsoles sus dedos sobre los ojos y levantando una fuente de frutas, les preguntó: “¿Veis esto?”. Los bendijo y les dio de esas frutas. Ellos, de pronto, vieron; quedaron como aturdidos, y luego, llorando de alegría, se echaron a los pies de Jesús. Se despertó una alegría sin término al ver a estos niños con vista. Volvieron éstos trayendo a sus padres y amigos, que se allegaron contentos a Jesús, tocando y cantando himnos en acción de gracias. Jesús habló a todos diciendo que la acción de gracias es una preparación para recibir nuevas gracias, tan bueno es el Padre celestial. Después de la comida anduvo Jesús con los suyos y con los filósofos paganos en torno de los hermosos alrededores, enseñando a los filósofos y a algunos oyentes. Otros discípulos enseñaban a grupos de personas. Por la tarde volvió Jesús a enseñar en la sinagoga. Al día siguiente visitó a los padres de los niños curados de la ceguera. Eran judíos de la Arabia, del lugar donde había vivido Jetró, suegro de Moisés. Olvidé sus nombres. Habían viajado y estado en Cafarnaúm, donde escucharon la predicación de Jesús y estaban bautizados. Estas familias, unas veinte personas, con las mujeres y los niños, eran comerciantes viajeros que se detenían donde podían trabajar. Solían quedarse algún tiempo en este lugar donde tenían un albergue con sus herramientas de labor los hombres y de tejeduría las mujeres. Los niños ciegos seguían a sus padres, y tocando y cantando se ganaban algunos centavos. Jesús les dijo que no debían llevarlos en sus viajes, sino dejarlos allí y mandarlos a la escuela. Les indicó algunas familias buenas que se harían cargo de los niños. Esto lo había arreglado ya Jesús ayer mismo. Los padres prometieron hacer como Jesús lo indicaba.

Capítulo XXXVIII

Jesús enseña a los filósofos paganos

Jesús anduvo con los suyos y los siete filósofos bautizados por las hermosas praderas que se extienden desde Mallep hasta el pueblo de Sanìfa, por el Sur hacia la montaña. De ese punto, desde Cythrus, viene un torrente, casi oculto en la montaña, cruza Sanifa y va por las praderas en dirección de Mallep. No es el agua que va al pozo del centro de Mallep. Es indescriptible la hermosura de la región comprendida entre estas aguas. Desde Mallep se extienden las casas desparramadas hasta Sanifa. Todo es verde, lleno de árboles frutales y de flores. Jesús anduvo por la parte izquierda del torrente hasta Sanifa. En el camino habló con unos hombres que estaban por embarcarse para la fiesta de Pentecostés en Jerusalén. Les dijo que saludasen a Lázaro y que, fuera de él, no hablasen con otros de su estadía en Chipre. Llegó a la parte norte pasado el torrente cruzó por una aldea llamada Jeppe. La cosecha ha terminado a veo a la gente haciendo montones de haces que luego regalan a los pobres. Jesús habló a los filósofos, ya caminando, ya sentados a la sombra de algún árbol. Les habló de la perversión de los hombres antes del Diluvio, de la salvación de Noé y de la nueva perversión; de la vocación de Abraham y de la guarda de esa raza hasta el tiempo del cumplimiento de la promesa en que el Consolador había venir entre ellos. Los filósofos preguntaban muchas cosas y traían los nombres de algunos de los dioses y héroes antiguos y los grandes hechos que de ellos se contaban. Jesús les dijo que todos tienen algunos dones de la naturaleza y con ellos pueden obrar y hacer cosas útiles; pero que sus hechos estaban mezclados con muchos pecados y cosas perversas. Les mostró la perversión de esos pueblos, que en parte habían desaparecido, y cómo se habían originado esos ridículos ídolos que ellos llamaban dioses, mezclados con previsiones y falsos prodigios obrados por virtud de los demonios; engaños que después pasaban como verdaderos. Los filósofos hablaban de un anciano y sabio rey que había venido de la India, llamado Dsemschid, el cual, con una daga de oro, recibida de Dios, había repartido muchas comarcas y hecho muchas bendiciones: preguntaron a Jesús qué pensaba de ese personaje. Jesús les dijo que Dsemschid había sido un hombre de natural prudente y sabio en las cosas de la tierra, un guia de pueblos que al separarse después de la torre de Babel había guiado a algunas tribus a ciertas comarcas, donde las había repartido por tribus y familias. Les dijo que semejantes guías de pueblos los hubo y que la raza que guió él no había decaído tanto como otras. Por otra parte mostró que muchas cosas que se decían de él eran invenciones y falsedades, que apenas había sido una imagen del verdadero guía de pueblos que en ese tiempo era Melquisedec. Agregó que debían mirar a Melquisedec y a la estirpe de Abraham. Al moverse los pueblos y dispersarse, Dios mandó a Melquisedec para que guiara las mejores tribus, les enseñase a hacer sus viviendas y se conservasen puras en medio de la depravación general, y hacerse dignas de que de ellas naciera un día el Mesías. En cuanto a lo que fuera Melquisedec lo podían ellos entender: era figura de Aquél que había de venir; que ahora era el tiempo de la promesa y que el sacrificio de pan y vino que ofreció Melquisedec era figura del sacrificio que pronto se cumpliría para durar hasta el fin del mundo. Jesús habló tan claramente y con seguridad de Dsemschid y de Melquisedec que estos filósofos quedaron estupefectos y dijeron: “¡Señor, eres un sabio!. Parece que Tú hubieras vivido con ellos en aquellos tiempos y los conoces mejor de lo que se conocieron ellos mismos». Jesús refirióse luego a los profetas mayores y menores, especialmente a Malaquías. Al entrar el Sábado, Jesús fue a la sinagoga con ellos y enseñó del III libro de Moisés, del año del jubileo y del profeta Jeremías. Dijo que cada uno debe cultivar bien su campo para que nuestro hermano, que lo reciba de nosotros, reconozca en ello el amor que le tenemos. Al día siguiente continuó hablando del año jubilar, del cultivo del campo y del profeta Jeremías. Después, con los suyos y muchos acompañantes, judíos y paganos, dirigióse hacia el Sur, a un lugar de baños de las aguas de Cythrus. Había allí una hermosa cisterna y asientos en torno, bajo una techumbre de ramas. Todo estaba dispuesto para los bautismos. Muchos acompañaron a Jesús a un sitial de enseñanza, entre ellos siete novios que habían venido con sus acompañantes y parientes. Enseñó de la caída del primer hombre, de la perversión de la humanidad, de la promesa de la redención, de la depravación, y cómo Dios apartó a algunas razas menos malas. Les dijo que cuidasen de los casamientos, que hereden las virtudes de los padres y cómo debían santificar el estado del matrimonio por las virtudes y la continencia. De este modo vino a hablar del novio y de la novia y de una clase de plantas que hay en la isla, las cuales son fecundadas por otras lejanas y aun fuera de la isla. Así la esperanza, la confianza en Dios y el ansia de la salud mesiánica, y la humildad y la contìnencia, madre de la promesa. De este modo llegó a la significación misteriosa del matrimonio: la unión del Consolador de Israel con su pueblo, diciendo que el matrimonio era un gran misterio. Habló tan hermosamente que no puedo expresarlo. Trató de la penitencia y del bautismo que purifica y quita la mancha de la separación y hace a todos capaces para tomar parte de la salud mesiánica. Jesús se apartó con algunos de los bautizandos para oír su confesión; les perdonó sus pecados y les impuso algunas obras buenas y mortificaciones como penitencia. Santiago el Menor y Barnabás, mientras tanto, bautizaban. La mayoría eran ancianos y algunos paganos; se bautizaron también los tres niños curados de ceguera, que no lo habían hecho con sus padres en Cafarnaúm. Después de la conclusión del Sábado preguntaron algunos filósofos si era realmente necesario que Dios mandara el Diluvio sobre la tierra; por qué había tardado tanto Dios en enviar al Consolador, al Mesías. Él podía haber cambiado las cosas enviando alguno que lo arreglara todo. Enseñó Jesús que eso no estaba en los designios de Dios: que Dios creó a los ángeles con libre voluntad y con dotes celestiales, y que, a pesar de todo, se apartaron de Dios por soberbia, cayendo en un reino tenebroso: que el hombre también estuvo con libre voluntad entre este reino tenebroso y el reino de la luz, y que, sin embargo, se echó en el reino de las tinieblas por la fruta prohibida. Ahora debe el hombre cooperar para que Dios lo ayude a atraerse ese reino de la luz, y Dios se lo conceda. El hombre quiso ser como Dios gustando de la fruta prohibida, y no es posible que reciba ayuda, si el Padre no enviara a su propio Hijo entre ellos, para que por Él sean de nuevo reconciliados con el Padre. El hombre está ahora tan pervertido en todo su ser que necesita de gran ayuda y especial misericordia, para establecer el reino de Dios en la tierra que habita, pues el reino de las tinieblas se esfuerza en todas formas por desechar a este reino de la luz. Les dijo que no era el suyo un reino temporal, sino una renovación, una regeneración y reconciliación del hombre con Dios Padre, y la unión de todos los buenos en un Cuerpo Místico. Al día siguiente enseñó nuevamente en ese lugar. Estaban allí las siete parejas y algunos paganos que habían abrazado la circuncisión, ya que debían casarse con doncellas judías. Otros paganos que simpatizaban con los judíos habían obtenido permiso de escuchar la enseñanza de Jesús. Primero enseñó Jesús, en general, sobre los deberes de los casados, especialmente los deberes de la mujer: que miren a los ojos de su marido y cierren sus ojos a otras personas. Habló de humildad, obediencia, continencia, del trabajo doméstico y de la educación de los hijos. Mientras se apartaban las mujeres para preparar la comida, Jesús dispuso a los hombres para el bautismo. Habló de Elías y de la gran sequía que hubo en sus tiempos y de la nube que trajo la lluvia por la oración de Elías. También hoy había una espesa neblina sobre el campo, como hace unos días: casi no se veían los alrededores. Jesús habló de esa sequía como castigo por la idolatría del rey Acab. La gracia y la bendición se habían alejado: había también sequía y dureza en los corazones. Habló del escondite de Elías, junto al arroyo Karith, a quien el cuervo le traía el pan; cómo llegó hasta la viuda de Sarepta y cómo la ayudó; luego de su victoria sobre los sacerdotes de los ídolos en el Carmelo y de la nube que se deshizo en agua y regó esa tierra. Comparó esa lluvia con el bautismo de ahora, exhortándolos a convertirse y a no permanecer en la dureza y en el pecado como Acab y Jezabel, después de esta lluvia del bautismo que recibían. Mencionó a Ségola, piadosa mujer pagana venida de Egipto, y que, establecida en Abila, había hecho mucho bien y obtenido de Dios gracia y bendiciones. Explicó cómo deben los paganos esforzarse para santificarse y conseguir la gracia de Dios. Estos paganos sabían mucho de Elías y de Ségola. Después del bautismo de los novios, fue conducido Jesús con los suyos, los novios y los rabinos a una comida en la aldea de Jeppe, al Oeste de Mallep, invitados por el maestro de los judíos del lugar, cuya hija era novia de uno de los filósofos de Salamina. Había éste escuchado la enseñanza de Jesús y se había hecho judío, recibiendo la circuncisión. El camino hasta allí iba subiendo; luego se bajaba en medio de una galería de árboles y de plantas. Por Jeppe pasaba el camino que llegaba hasta la población y el puerto de Cirinia, como a dos horas de allí. El otro camino, donde Jesús habló con los árabes, va hacia el puerto de Sapithus, más al Oeste. En Jeppe viven los paganos en una hilera de casas a lo largo de la senda principal. Veo comercio e industria aquí. Los judíos viven separados y tienen una hermosa sinagoga. Veo en los jardines de los paganos ídolos de niños fajados, y en lugar público, en el camino, un ídolo grande con cabeza de buey. Entre los cuernos tiene como un haz; está sentado sobre sus piernas y sus manos delanteras cortas cuelgan por delante. La comida fue muy sencilla: aves, peces, miel, panes y frutas. Las novias y sus doncellas estaban sentadas aparte, con sus velos. Vestían trajes largos; sobre la cabeza tenían coronas con adornos de plumas de color y algodones variopintos. Jesús enseñó, durante y después de la comida de bodas, sobre la santidad del matrimonio; dijo que los hombres debían tener una sola mujer, pues había aquí cierta facilidad en divorciarse para tomar otra mujer. Habló sobre esto con severas palabras, y contó parábolas del banquete nupcial y de los viñadores perversos que maltratan al hijo enviado por el rey. Los tres niños sanados tocaban y cantaban con otros; luego hubo diversos juegos. Anochecía cuando Jesús con los suyos volvió a Mallep. Desde una altura del camino se veía un hermoso panorama, que llegaba hasta el mar de luciente y tranquila superficie. En Mallep todo era movimiento por las bodas de las siete parejas. Parecía que toda la ciudad tomaba parte en la fiesta, pues la gente vive aquí como si fueran hermanos. Pobres del todo no se ven: los que hay viven aparte y son atendidos por la comunidad.

Capítulo XXXIX

Las fiestas de bodas en Mallep

La ciudad estaba edificada con orden y concierto. Parecía una gran torta dividida en cinco partes iguales. Las cinco calles terminan en el centro donde hay una hermosa fuente rodeada de árboles y terrazas. Cuatro partes de la ciudad están cruzadas por dos sendas transversales que van a parar también al centro de la ciudad. En una de estas calles circulares hay un gran edificio donde viven las viudas o personas ancianas que no tienen sostén. Son mantenidas por la comunidad: las que pueden dan enseñanza a los niños y cuidan de los huérfanos. Hay otra casa para viajeros pobres y para extranjeros, mantenida por la comunidad. En las otras partes hay edificios públicos y por el medio corre el acueducto que lleva el agua al centro. Se ve allí un mercado público, albergues y una casa para vigilar a los endemoniados, a los cuales no se les deja vagar sueltos. De estos Jesús sanó a algunos que le habían traído con los enfermos. En otra parte de la ciudad se levanta el gran salón de fiestas, junto a la fuente, formando su techumbre igual altura que la fuente central. La entrada a esta sala no mira a la fuente del centro, sino a otra dirección, donde se encuentra el pórtico de la sinagoga. A este lugar no pueden concurrir cuando quieren los habitantes sino con permiso, en las fiestas establecidas. Toda la mañana estuvieron arreglando y adornando la sala. Jesús estaba en el albergue y acudían a Él hombres y mujeres en busca de consejo, consuelo y enseñanza, pues debido a la convivencia con los paganos se daban muchas ocasiones de dudas y escrúpulos en la conducta práctica. También vinieron las parejas y estuvieron largo rato escuchando sus enseñanzas. Recibió luego a las novias una por una; a quienes confesaba y daba normas de conducta. Les preguntaba por qué se casaban, si habían pensado en los hijos y en su educación, que es fruto del temor de Dios, de la continencia y moralidad. Sobre estas cosas no estaban instruidas. En los caminos se pusieron arcos de ramas, coronas de flores y de frutos y alfombras, y se levantaron galerías y palcos desde los cuales se podía ver la fiesta. Delante de la sinagoga había unos arcos de ramajes con hojas y flores. He visto traer a la casa de banquetes utensilios para la comida: los que contribuían con algunos objetos tenían derecho a tomar parte en la fiesta. Traían los alimentos sobre tablas que luego servían de mesas; eran como ramas o mimbres tejidos: sobre ellos se extendía el mantel y debajo ponían los comestibles que se extraían por los lados. Los comensales estaban como echados sobre alfombras, apoyados en almohadas. Bajo la glorieta donde estaban los casados habían corrido una techumbre de tela. Jesús fue rogado de ir allí con los suyos y como había entre los novios algunos ex paganos, los filósofos y otros paganos se mantuvieron a cierta distancia. Las siete parejas vinieron de distintas direcciones con sus acompañantes, músicos y cantores: niños y niñas coronadas de guirnaldas de flores. También venían los parientes del novio y de la novia. Los novios vestían grandes mantos y fajas anchas con letras e inscripciones: traían calzado blando y en las manos pañuelos amarillos. Las novias tenían vestidos largos adornados con piedras y perlas. Traían velo y sobre la cabeza coronas hechas de seda con plumas de color. Los velos eran de seda y muy vistosos. Llevaban antorchas bastantes largas, que sostenían en las manos con un pañuelo oscuro, y calzaban botines o sandalias blancas. En estos casamientos hechos por los rabinos, he visto usos y prácticas diversas cuyo orden no recuerdo. Leyeron en numerosos rollos, oraciones y las fórmulas del contrato. Las parejas se adelantaban bajo el dosel, y al terminar, los parientes arrojaban sobre ellos granos de trigo con palabras de bendición y de prosperidad. El rabino hería levemente al novio y a la novia en el dedo meñique y mezclaba algunas gotas de la sangre de ellos en un vaso de vino, que luego bebían los esposos. Al concluir el esposo entregaba el vaso por detrás y era puesto en una fuente con agua. De la herida hecha en el dedo corría alguna gota en la palma de la mano y se daban la mano frotando sobre esa sangre. La herida se cubría con una venda blanca y luego se cambiaban los anillos. Creo que tenían dos anillos, uno en el meñique y otro en el anular. Luego ponían un lienzo bordado sobre la cabeza de los esposos. La novia volvía a tomar con el paño oscuro la antorcha que había entregado al acompañante y con la derecha la ponía en la mano derecha del novio, el cual la pasaba a su mano izquierda y de allí a la izquierda de la novia. Por último la devolvían a los acompañantes. En estas ceremonias he visto que bendecían un vaso de vino, del cual tomaban todos los parientes. Cuando estaba casada, la acompañante le quitaba la cinta de la cabeza y le ponía el velo. Entonces vi que el conjunto del adorno del cabello era postizo. Esta ceremonia la hacían entre tres rabinos y duraba tres horas. Luego se dirigía la comitiva de la esposa hacia la sala de fiesta, a través de la galería de ramajes. Los hombres iban detrás mientras los presentes decían palabras de felicitación y augurios. Después de la comida se pasaba a los jardines, junto al acueducto y allí se divertían. Por la tarde hubo en la sinagoga una enseñanza para los recién casados. Después que hubieron hablado los rabinos, pidieron que Jesús dirigiese su palabra a los recién casados. Al día siguiente volvieron las siete parejas al salón de fiestas, entre música y acompañados de todos los invitados. Los discípulos de Jesús estaban entre ellos, pero hicieron esta vez la parte de servidores en las mesas. Presentaron a los esposos tortas y frutas en hermosas fuentes, con adornos de manzanas de oro y hojas doradas entremezcladas con flores. Intervinieron coros de niños y niñas con canto y música: eran extranjeros y trabajaban a cambio de panes y otros comestibles. Luego cantaron los tres niños sanados y otros coros de la ciudad; y por último se inició un movimiento de danza muy particular en una glorieta cuadrada con piso de hojas y flores. Parecía que hubiera tablones movibles sobre un piso vacío. Todo estaba cubierto de hojarasca y de musgo. Los danzantes se tocaban con los pañuelos. Su danza eran movimientos rítmicos y las mujeres y las novias tenían el velo recogido. Se sirvieron algunos refrescos en los cuatro ángulos de la glorieta. Luego entre música y cantos salieron afuera para caminar por los jardines cerca de la fuente. Se inició una serie de juegos, consistentes en carreras, saltos y tiros de objetos al blanco. Los hombres jugaban separados de las mujeres. Se daban premios a los ganadores y penas a los perdedores. Los objetos eran monedas, correas, pañuelos y telas que llevaban al cuello. El que no tenía consigo nada debía obtenerlo de un mercader estacionado en las cercanías. Lo que ganaban los vencedores como lo que perdían los otros, era entregado a los ancianos que lo repartían a los pobres que estaban allí mirando. Las novias y doncellas jugaban por premios de anillos y brazaletes. Las que corrían carreras se ceñían los vestidos, cubriendo sus piernas con otras telas y recogiéndose los velos por atrás, Eran ágiles y esbeltas. A veces se sujetaban con la mano izquierda a la faja de la compañera, formando un círculo que se movía: con la derecha una arrojaba a la otra una manzana amarilla que debía barajar la compañera, y si no lo conseguía debía inclinarse hasta recogerla del suelo sin salirse de la fila. Por último jugaron un desafío entre hombres y mujeres: un círculo de mujeres arrojaba al de hombres frutas amarillas que, al encontrarse y chocar en el aire, reventaban, provocando la risa de unos y otras. Hacia la tarde volvieron a sus casas con acompañamiento festivo. Esta vez los esposos fueron paseados en asnos muy adornados; las mujeres se sentaban de lado. Acompañados de música, canto y aclamaciones volvieron a la sala de fiesta, donde se sirvió la cena. Los novios se dirigieron a los rabinos y pronunciaron en la sinagoga su voto de continencia para determinadas fiestas o ayunos. Se les imponía una penitencia si quebrantaban ese voto. Prometían velar en la noche de Pentecostés y pasarla juntos en oración. Desde la sala de fiestas cada pareja fue llevada a su casa. La persona que llevaba al matrimonio a la casa propia, estaba de pie delante de ella, y los parientes llevaban al otro desde la sala de fiestas a la casa dando antes tres vueltas alrededor. Los regalos de bodas eran llevados jubilosamente a la casa y los pobres del lugar recibían una parte de ellos.

Capítulo XL

La fiesta de Pentecostés. Visión del pasaje del Mar Rojo

En Mallep todo son preparativos para la fiesta, limpiando, adornando y preparando los baños para las purificacionea. La sinagoga y muchas casas están adornadas con enramadas, hojas, festones y flores,y los pisos con hojas y flores. La sinagoga fue también perfumada e incensada y los rollos de las Escrituras están adornados con coronas de flores. Delante están cociendo los panes para esta fiesta y los rabinos bendicen la harina que se emplea. Dos panes tienen que ser de la cosecha del presente año. Para los otros panes y especies de tortas delgadas y largas que se rompen con los dientes, se usa harina que anticipadamente han traído de la región donde Abraham asistió al sacrificio que ofreció Melquisedec. Esta harina fue enviada hasta aqu´en tarros: la llaman la semilla de Abraham. Estos panes eran ácimos y debián estar listos para las cuatro de la tarde. Habia además ciertas hierbas, que eran bendecidas por los rabinos. A la mañana siguiente enseñó Jesús delante de los paganos bautizados y de los judíos ancianos sobre la fiesta de Pentecostés, la ley de Sinaí y el bautismo, diciendo cosas muy misteriosas. Habló mucho de los profetas: de los panes santos que se bendecían en Pentecostés, del sacrificio de Melquisedec y de sacrificio anunciado por Malaquías. Dijo que la institución de ese sacrificio estaba cerca y que cuando volviera esta fiesta, vendría una gracia nueva sobre el bautismo, y que todos los bautizados que habían creído en el Consolador, serían participantes de sus dones y gracias. Como se suscitara entre ellos discusión sobre las cosas dichas, Jesús tomó aparte a unos cincuenta de los mejores dispuestos a creer, despidiendo a los demás para hablarles en otra ocasión. Anduvo con ese grupo selecto por los alrededores de la ciudad y del acueducto, enseñando y aclarando su doctrina. A veces los veía detenerse y formular ellos toda clase de preguntas. Jesús contestaba y a veces levantaba el dedo, como señalando. He visto que cuando hablan, ellos lo hacen con muchos visajes y ademanes con las manos o los dedos. Cuando les habló de la gracia que vendría y de la salud que se consigue sólo por el bautismo y de aquel sacrificio único que se iba a instituir, preguntaron si el bautismo tenía esa gracia que les anunciaba. Les dijo que sí, si perseveraban en la fe y reconocían ese sacrificio que instituiría. Les dijo que hasta los Padres antiguos, que no habían tenido este bautismo, pero que deseaban y esperaban al Mesías en espíritu, recibían ayuda y redención por esa fe en el futuro sacrificio y en este bautismo. Les habló de la oración perseverante, en esta fiesta, que los piadosos israelitas observaron siempre pidiendo el cumplimiento de la promesa del Redentor y Consolador de Israel. Jesús dijo en estas ocasiones cosas muy profundas que ya no me es posible reproducir. He visto luego que trajeron a Jesús y a los suyos alimentos, desde la sala de fiestas al albergue y que más tarde volvió con sus discípulos. Los paganos venidos de Salamina se volvían ahora, y Jesús los acompañó durante un trecho. Los exhortó a no dejarse enredar de nuevo en el culto de sus dioses y a no entregarse a la especulación y que, cuando pudiesen, abandonaran esta tierra de paganos para vivir entre judíos: oí en esta ocasión que les habló de las comarcas de Jerusalén, de la Judea, entre Gaza, Hebrón y Jericó. Les recomendó que viesen a Lázaro, a Juan Marcos, al sobrino de Zacarías y a los padres del discípulo Manahem, a quien había dado la vista. Antes del Sábado, los niños de la escuela fueron a recibir solemnemente a los rabinos para acompañarlos a la sinagoga. Lo mismo hicieron las doncellas con las recién casadas y los jóvenes con los esposos. Jesús fue también con los suyos a la sinagoga. En este culto no hubo predicación: sólo se leía, se oraba y se cantaban salmos. Los panes benditos fueron partidos y distribuidos en la sinagoga. Los conservaban en las casas como cosas benditas contra enfermedades, daños e influencias diabólicas. Muchos judíos, entre ellos los siete esposos, pasaron toda la noche en la sinagoga, en oración. Numerosas personas de la ciudad salían en grupos de diez o doce y se iban a orar al aire libre, a las colinas o a los jardines. Llevaban una antorcha sujeta a un palo largo y a su luz pasaban la noche cantando salmos y rezando. Los discípulos y los paganos bautizados hicieron lo mismo, mientras Jesús se retiró para hacer oración solo. Las mujeres se reunían en sus casas para rezar. El día de Pentecostés se pasaba toda la mañana en la sinagoga en la oración, en el canto y en la lectura de la Torá. También se hacía una especie de procesión. Los rabinos, tomando a Jesús entre ellos, pasaban por los alrededores de la sinagoga, acompañados del pueblo; y, deteniéndose en los cuatro puntos cardinales, pronunciaban bendiciones sobre los campos, sobre la mar y sobre los elementos, hacia todas las regiones. Después de una pausa de dos horas, regresaban a la sinagoga y continuaban la lectura, la oración y el canto. En algunas de estas pausas Jesús preguntaba: “¿Habéis entendido lo leído?” Y explicaba el sentido de lo que se leía. Se leyó desde el pasaje del Mar Rojo hasta la llegada de Israel al monte Sinaí. Yo he visto este hecho y contaré lo que aún recuerdo. Los israelitas estaban acampados en un valle profundo, como a una hora del Mar Rojo. Allí el mar era bastante ancho y había varias islas, como de media hora de camino en su anchura. Faraón los había buscado más al Norte, y como había enviado exploradores, venía ahora sobre ellos, creyendo tenerlos seguros en su poder. Los egipcios estaban muy irritados por haberse llevado los israelitas sus utensilios, muchos ídolos y secretos de su culto idolátrico. Cuando los israelitas los divisaron se llenaron de temor mortal. Moisés oró, les dijo que orasen a Dios y luego les mandó que lo siguiesen. De pronto la nube que siempre los acompañaba, se puso detrás de ellos, tan tenebrosa, que los egipcios no podían verlos. Moisés se adelantó al mar con su vara, que tenía dos brotes y arriba otro, oró, y con su vara hirió las aguas del mar. De pronto aparecieron delante del ala media del ejército, a derecha e izquierda, dos grandes columnas de luz, que parecían tener su raíz en el mar y que terminaban arriba en una llamarada, al mismo tiempo que un viento impetuoso dividía las aguas a lo largo del campamento como hasta una hora de camino. Moisés se adelantó y entró por la bajada suave del fondo del mar, y todo el ejército de los israelitas lo siguió detrás en un ancho como de cincuenta hombres a la vez. Al principio encontraron el fondo un tanto resbaloso; luego caminaron sobre un suelo muelle de hierba. Las columnas de fuego los alumbraba como en plena luz de día. Lo mejor fue que de las islas que estaban allí, como jardines llenos de árboles y de animales, pudieron hacer gran provisión de frutas y animales, pues de otro modo hubieran sufrido escasez de alimento en esos lugares. Las aguas del mar habían quedado a ambos lados, no precisamente como murallas levantadas, sino parecían más bien convertidas en algo semejante a gelatina. He visto que al pasar los israelitas lo hacían con andar apresurado, casi llevados, como quienes bajan una pendiente. Era la medianoche cuando entraron en el mar. El arca con las reliquias de José iba en medio del ejército. Las columnas de luz parecían nacer de las aguas, y se movían allí y en derredor de las islas, iluminando todo el paso a plena luz. Después se perdieron en las alturas en un resplandor. He visto que el agua no se apartó de repente, sino que iba haciéndolo ante Moisés, abriéndose en cuña, hasta el paso completo de los israelitas. Las columnas de fuego reflejaban en las aguas los árboles, los frutos y los animales que había en las islas para que los israelitas se proveyeran. En tres horas pasaron todos milagrosamente, pues hubieran tardado naturalmente nueve horas. A unas seis o nueve horas más arriba se veía una ciudad en la orilla, la cual pereció más tarde en las aguas. Despues de tres horas llegó también Faraón con su ejército a la orilla del mar y por la oscuridad y la neblina tuvo que retroceder de nuevo. Finalmente encontró el vado; sin más se metió con sus hermosos carros y detrás de él todo su ejército. Cuando Moisés, que estaba ya en la orilla opuesta, mandó a las aguas volver a su lugar, el ímpetu de las aguas, la neblina y el fuego de las columnas, acabaron con Faraón y su brillante ejército. El pueblo de Israel cantó el himno de alabanza a Dios cuando vio a la mañana el desastre completo de los egipcios. Las dos columnas de fuego volvieron en la orilla a juntarse en una sola nube, que los guió luego a través del desierto. No me es posible describir la belleza de toda esta escena. Al día siguiente fue Jesús con sus discípulos a dos lugares de la ciudad donde no había estado aún. Se lo habían rogado muchos que vivian allí. Sanó a enfermos, hombres y mujeres, que estaban en lugares preparados para ellos. Consoló y exhortó a algunos atacados de melancolía, a los cuales devoraba una aflicción muy grande. En Mallep estaba todo tan bien organizado que cualquiera que padeciera una desventura podía encontrar allí un refugio sin desmedro del honor de su familia. Algunas mujeres preguntaron cómo debían conducirse: sus maridos les eran infieles y ellas no querían acusarlos por temor al deshonor y a la pena severa que les esperaba. Jesús las consoló y exhortó a la paciencia; les dijo que pensasen lo que les convenía más para no dar sospechas a sus maridos: si preferían que los exhortase Él o alguno de sus discípulos extranjeros. También le trajeron a muchas criaturas para que las bendijera. Por la tarde fue a una gran casa donde habían reunido, en grupos separados, bastantes hombres y mujeres enfermos, de condición distinguida. Había algunos que padecían tan gran melancolía, que lloraban inconsolables. Sanó a unos veinte y les enseñó lo que debían comer o beber y cómo purificarse en las aguas. Después juntó a las mujeres, dándoles una enseñanza, y a los hombres, separadamente, hasta la tarde. Al terminar se dirigió a la sinagoga.

Capítulo XLI

Jesús predica severamente en la sinagoga

La lección versó acerca del libro III de Moisés, 26, y de Jeremías, 17, sobre las maldiciones de Dios a los que no observan sus mandamientos: de los diezmos, de la idolatría, de la profanación del Sábado. La prédica de Jesús fue tan severa que muchos lloraban y gemían. La sinagoga estaba abierta y el timbre de su voz resonaba en las afueras en modo imposible de expresar. Habló de los que esperan en las criaturas y ponen en ellas su confianza, esperando ayuda y contento. Habló de la atracción diabólica de los adúlteros de unos a otros, de la maldición de los que faltan a la santidad del matrimonio, de las consecuencias que recaen sobre los hijos, siendo los padres los mayores culpables. Las gentes estaban tan conmovidas, que muchos decían: “Habla como si el día del juicio fuera inminente». Habló contra la astucia de los que se creen sabios y de sus maquinaciones. Se refirió al proceder de aquellos que frecuentaban las escuelas principales, de las cuales había una allí, donde se aprendían estas argucias y falsa ciencia. Después de esta prédica tan severa vinieron muchos a ver a Jesús al albergue, pidiendo consejo y reconciliación de sus pecados. Había algunos doctores y alumnos de estas escuelas, los cuales preguntaban cómo debían portarse en adelante en sus estudios. También acudieron algunos que tenían negocios y tratos prohibidos con los paganos, porque vivían cerca de donde ellos moraban. Estuvieron aquellos hombres de los cuales se habían quejado sus respectivas mujeres, y otros más. Venían uno por uno ante Jesús, se echaban a sus pies, confesaban su culpa y obtenían el perdón de los pecados. Estaban especialmente preocupados, temerosos de que las maldiciones de sus mujeres pasaran a sus hijos por su culpa, y preguntaban cómo podían impedir el efecto de estas maldiciones. Jesús les dijo que eso se remediaba con el amor y la reconciliación de las que habían dicho esas imprecaciones y con la penitencia de los que habían dado motivo. Tales maldiciones deben ser reconocidas delante del sacerdote y remediadas, para recibir la bendición que ellos pronuncien. Les dijo que las maldiciones no alcanzan al alma, pues el Padre dice: “Todas las almas son mías». Tocan sólo al cuerpo y a los bienes materiales. La carne es la casa y el instrumento del alma, y un cuerpo maldecido refluye en el alma y aumenta el peso ya de por si tan grave. En esta ocasión he visto, en efecto, cómo obra la maldición diferentemente según la intención del que maldice y según el ser de los hijos. Muchos de los que están poseídos y sufren convulsiones tienen su origen en estas maldiciones. Los hijos ilegítimos los veo especialmente con estas fallas e inclinaciones malas tanto en lo material como en lo espiritual. Tienen en si algo de aquello que yo veía que tenían los hijos de Dios que se unían y casaban con las llamadas hijas de los hombres. A menudo son hermosos, despiertos; pero llenos de codicia, de malos deseos; quisieran atraerlo todo a si mismos, no reconocen sus fallas naturales. Llevan el sello de su origen malo en su propia carne y así su propia alma se contamina y está en peligro de perderse. Después que Jesús atendió en particular a cada uno de estos hombres, tuvieron ellos que traerle a sus mujeres. A cada una de ellas les anunció el arrepentimiento de sus maridos y cómo debían reconciliarse con ellos y retirar las imprecaciones que habían pronunciado. Si esto no lo hacían de corazón, vendría sobre ellas la culpa de una mayor caída. Las mujeres lloraban, dieron gracias y prometieron remediarlo todo. A varios de ellos el Señor los reconcilió hoy mismo, llamándolos a su presencia, pidiéndoles su consentimiento, juntándoles las manos, poniendo su estola encima y bendiciéndolos. La mujer de un adúltero reconciliado, quiso quitar solemnemente el efecto de sus maldiciones de la cabeza de los hijos de su infiel marido. cruzando sus manos con las de su marido sobre las cabezas de los hijos habidos con una mujer pagana, y en presencia de Jesús bendijo de corazón a los hijos de su marido infiel. Jesús imponía alguna penitencia a los adúlteros, como una limosna, un ayuno, continencia y oración. El hombre que había pecado con la pagana estaba ahora muy arrepentido. Invitó a Jesús a una comida y Jesús fue a su casa con los suyos. Estaban presentes algunos rabinos. los que, como todos, estaban maravillados de lo que veían, pues ese hombre era tenido por liviano, mundano e indiferente de los sacerdotes y profetas. Era hombre rico, tenía campos que cultivaban sus siervos y su casa no estaba lejos de aquella gran sala donde Jesús habia sanado a sus enfermos. Durante la comida vinieron dos hijitas de la casa, las cuales se acercaron y derramaron un precioso ungüento sobre la cabeza de Jesús. Después de la comida fue Jesús con los demás a la sinagoga para terminar la festividad del Sábado. Jesús siguió su predicación de ayer, pero ya no tan severo, y dijo que Dios nunca abandona a los que en Él confían y le invocan. Después habló de la demasiada afición a los bienes terrenos, y los exhortó, si creían de veras a su palabra, que cuanto antes volvieran a Palestina, dejando la compañía peligrosa de los paganos y siguieran la verdad entre las gentes de su misma nación. Añadió que la Judea era suficientemente grande para mantenerlos a ellos también, aun cuando tuvieran que habitar bajo tiendas antes de establecerse mejor. Añadió que era preferible abandonarlo todo antes que perder el alma con sus aficiones a las buenas casas y comodidades, bienes que conducen al pecado. Para que el reino de Dios venga a ellos era necesario que ellos le fueran al encuentro. Que no se gloriaran de sus cómodas casas y bienes terrenos en este alegre lugar, porque la mano de Dios muy pronto los alcanzaría y perderían todo lo que tenían y sus viviendas serían destruidas. Sabía Él, añadió, que su religión era más de apariencia, que descansaba sobre las comodidades y las riquezas y la indiferencia por las cosas de Dios. Buscaban riquezas de los paganos y trataban por medio de la usura, del comercio, de los trabajos en las minas y de casamientos de atraerse a los paganos. Añadió que todo lo perderían muy pronto. Adivirtióles de los peligros de esos casamientos con los paganos, porque luego se tornaban indiferentes a las cosas de religión y buscaban sólo dinero, bienestar y vivir con más libertad y más licencia de costumbres. Todos estaban conmovidos y muchos pidieron hablar luego con Jesús a solas. Al día siguiente estuvo Jesús en muchas casas amonestando, consolando y reconciliando a los desavenidos. Estuvieron con Él algunas mujeres que se acusaron de tener hijos fuera del matrimonio. Jesús hizo llamar a sus maridos y los volvió a unir con ciertas ceremonias. Los mismos hijos fueron recibidos por el marido y bendecidos, aunque ignoraban la razón de la ceremonia que se hacía con ellos. Para las mujeres fue una gran penitencia tomar a su cargo a los hijos que sus maridos infieles les habían traído; pero lo hicieron de corazón y esto fue motivo de que los hombres tomasen para si y bendijesen a los hijos que le traían algunas mujeres infieles. De este modo se llegó a una cordial reconciliación, se evitó el escándalo y se quitó el mal ejemplo. Muchas personas fueron a ver al Señor con motivo de las palabras severas y de las exhortaciones que habían hecho de que se fueran a Judea. Les había gustado su predicación y se consideraban como judíos de la Diáspora; pero eso de abandonar el lugar y volver a la Palestina no les agradaba. Estaban tranquilos, con vida cómoda, con mucho comercio y teniendo parte en las ganancias de las minas. Se enriquecían, decían ellos, a costa de los infieles; no eran molestados por los fariseos ni oprimidos por Pilatos. Estaban en las mejores condiciones, aunque expuestos a grandes peligros morales por vivir en medio de los paganos. Los campos y posesiones de los infieles lindaban con los de los judíos y las hijas de los paganos se casaban mejor con los judíos, porque éstos no trataban como esclavas a sus mujeres, como era costumbre entre los infieles. Por este motivo las doncellas paganas trataban de ganarse la voluntad de los jóvenes judíos con regalos, visitas y toda clase de seducciones. Aunque se hacían judías, no lo hacían de verdad, sino de conveniencia, y así traían la indiferencia religiosa y la disolución de costumbres en las familias de los israelitas. Los judíos de aquí, no eran tan francos ni hospitalarios como en Palestina: estaban mejor provistos de comodidades y no eran tan recios y decididos: así tenían toda clase de excusas para no salir. Jesús les dijo que también sus padres en Egipto habían tenido campos y casas y que todo lo habían dejado; les repitió sus predicciones de que serían más adelante infelices en este lugar. Los discípulos entretanto, especialmente Barnabás, andaban por los alrededores enseñando y amonestando a la gente. Con Barnabás tenian más confianza y familiaridad; por eso estaba siempre rodeado de grandes grupos de gentes.