Tomo VIII — Desde la segunda Pascua hasta el regreso de la isla de Chipre

Sección 4: capítulos XVI – XX

Jesús va a la ciudad de Nobach — Jesús en Argob y en dirección de Betsaida-Julias

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Capítulo XVI

Jesús va a la ciudad de Nobach

Desde aquí se dirigió Jesús con Juan, Bartolomé y otros discípulos al Sur, a tres horas de camino, a la ciudad de Nobach, una de la Decápolis. Judíos y paganos viven en las dos partes de la ciudad que tienen distintos nombres. Estas ciudades de los alrededores están edificadas con piedras negras y brillantes. Jesús enseñó en Nobach y en otras aldeas cercanas. Estaban con Él, Juan y Bartolomé, mientras los demás apóstoles y discípulos se habían desparramado, evangellzancio los alrededores. Jesús preparó a algunos mientras Bartolomé bautizaba. En este lugar había agua negruzca y poco limpia; la hacían correr a otros recipientes de piedra donde la aclaraban y luego a otros cubiertos, donde la conservaban. Los apóstoles echaban el agua que traían consigo y Jesús bendijo esas aguas antes del bautismo. Los catecúmenos se hincaban de rodillas inclinando la cabeza hacia la fuente. Los paganos recibieron a Jesús en Nobach con mucha solemnidad. Le salieron al encuentro con palmas y ramas verdes, ponían tapetes y alfombras bajo sus pies y corrían delante de Él para volver a poner las alfombras que había pisado. En la ciudad de los judíos lo recibieron los rabinos, que eran fariseos. Jesús enseñó en la sinagoga. Era el Sábado de la fiesta del Purim. Luego hubo una comida en la sala de fiestas, donde los fariseos volvieron a discutir y a reprochar que los apóstoles recogían algunas frutas en el camino para comerlas y arrancaban espigas de trigo de los campos. Jesús contó la parábola de los trabajadores de la viña y la del rico Epulón y el pobre Lázaro. Jesús echó en cara a los fariseos que no invitaban a los pobres como era costumbre y ellos se excusaron diciendo que sus entradas eran muy exiguas. Preguntó si habían preparado esta comida para Él y en su honor, y como dijesen que sí, Jesús depositó ante sus ojos cinco placas gruesas de formas triangulares, unidas por una cadenita, que eran monedas de oro, y dijo que repartiesen su valor a los pobres, Mandó buscar por medio de los discípulos a muchos pobres, los hizo sentar a la mesa y les dio alimentos. Jesús enseñaba, consolaba y repartía alimentos a los pobres. Ese dinero era quizás el que se acostumbraba dar al templo o algún regalo de los que se hacían en estos días de Purim. También aquí había la costumbre de regalarse unos a otros frutas, panes, trigo y vestidos. En este día se leía en rollos escritos especiales de la historia de Ester y se leía a los enfermos que estaban en sus casas. Jesús fue dando vueltas por las casas de enfermos y ancianos leyendo el libro de Ester y sanando algunos. He visto en este día fiestas y representaciones hechas por las doncellas y mujeres que en esta fecha adquirían grandes derechos en la ciudad. He visto como vinieron en corporación ante el recinto de la sinagoga, teniendo entre ellas a una coronada como reina y regalaban a los sacerdotes hermosas vestiduras sacerdotales y objetos del culto. En el jardín también tuvieron sus fiestas y elegían de entre ellas, ya a una, ya a otra, como reina y la deponían luego. Tenían una figura, un muñeco, que maltrataban y ahorcaban luego, mientras los niños golpeaban con martillos sobre tablas y le gritaban imprecaciones y maldiciones.

Capítulo XVII

Jesús se dirige a Gaulón y a Recaba

Desde Naboch se dirigió Jesús hacia Gaulón; el camino llevaba por el Oeste a una altura y duró cuatro horas. La ciudad de Gaulón está a un par de horas del Jordán y la habitan judíos y paganos. Jesús se detuvo pocas horas aqui enseñando y sanando enfermos, y se encaminó, por la ciudad de Argos, sobre una altura, hacia la fortaleza de Recaba adonde llegó ya entrada la noche. Descansó con sus acompañantes fuera de la ciudad y esperó la llegada de los otros apóstoles y discípulos, unos quince en total, y entró con ellos en el albergue preparado. Recaba pertenecía a la comarca de los gergesenos y era el punto más septentrional del país y sus habitantes los mejores de ellos. Gaulón era un límite con la región del tetrarca Felipe. La mayor parte de los pobladores habian sido ya bautizados, tanto los judíos como los paganos y sus enfermos habían sido sanados durante el sermón de la montaña. Durante todo el dia Jesús estuvo enseñando, consolando y fortificando en la fe. Se había reunido una gran multitud de todas partes por la fiesta del Sábado y además llegó una caravana desde Arabia. Estas gentes traían enfermos, estropeados, ciegos, mudos, sordos, y se empujaban de tal modo que Jesús salió de la sinagoga después del sermón y se retiró con seis discípulos a una montaña. Algunos apóstoles quedaron allí y se esforzaron en poner orden en esa confusión. Muchos del pueblo siguieron a Jesús y Él enseñó el Padrenuestro, acerca de la manera de orar, de no decir muchas palabras, de no hacerlo en público para ser vistos, de que serían oídos en la oración. Sanó a muchos enfermos allí y volvió más tarde a la sinagoga. En los últimos tiempos había enseñado mucho sobre la oración, tanto en los caminos como en las escuelas. Había algunos discípulos que no habían estado en toda la explicación de las peticiones del Padrenuestro. Habíanle pedido: “Enséñanos a orar, como lo has enseñado a los demás”. Les explicó de nuevo estas peticiones previniéndolos contra el rezo de los hipócritas. La ciudad de Recaba está muy alta y tiene una espléndida vista hacia el lago, sobre Genesaret hasta el Tabor. Más alto que la ciudad hay un edificio cuadrado, sobre una roca, con grandes murallas de piedra, y lleno de cámaras y subterráneos: es la fortaleza y se ven soldados allí. Arriba en la planicie se ven también árboles. Desde aquí al lago habrá cìnco haras de camino, al Sudoeste; dos o tres horas hacia el monte de las Bienaventuranzas, hacia el Oeste, y unas cinco horas hacia Betsaida-Julias. Habrá siete u ocho horas hasta el lugar donde entraron los demonios en los cerdos. Hacia Cesarea de Fìlipa habrá cinco horas de camino; éste pasa por aquí subiendo la montaña para terminar en esa ciudad. Jesús habla mucho en estos días sobre el futuro doloroso que le espera; dice que lo perseguirán en todas partes y lo querrán matar. Una vez dijo que se acercaba su ascensión. Desde la última vez en Cafarnaúm no habló más en público sobre el pan de vida, ni de comer su carne y beber su sangre. Habló esa vez para probar a sus discípulos y apartar a los malos de entre ellos y no tener que llevarlos de un lado a otro. Las alturas de Recaba son muy hermosas, aunque un tanto salvajes; el Noreste es rocoso y sin vegetación. No hay buena fruta como en Genesaret, pero hay mucho trigo, y sobre las colinas y montañas, excelentes pastos. Veo aquí grandes rebaños de asnos y vacas con gruesas astas y trompas negras levantadas; otras de cabezas más inclinadas y cuernos adelante; y muchas con los cuernos quebrados. Veo también muchos camellos, que parecen pequeños a distancia; duermen de pie, apoyados contra un árbol o una roca. Veo también piaras de cerdos en un monte de árboles parecidos a hayas. Nunca he visto que los judíos o los paganos ahumaran la carne; en cambio, veo secar al sol y salar pescados. Arriba escasea el agua; recogen la de la lluvia en cisternas y la llevan de un lado a otro por medio de odres y canales.

Capítulo XVIII

Jesús en Cesarea de Filipo

Desde Recaba se dirigió Jesús con sus acompañantes hacia Cesarea de Filipo adonde llegó a eso del mediodía. El camino hasta allá va siempre en ascenso y es bastante áspero y dificil. Cesarea es muy hermosa; está situada entre cinco colinas; mira de un lado a la montaña; está rodeada de plantaciones, y edificada al estilo pagano, con columnas y pórticos en las calles. Veo aquí siete grandes palacios y muchos templos de ídolos; con todo, los paganos viven separados de los judíos. Delante de la ciudad hay un estanque muy grande y en medio de él una casa, a cuyo alrededor se puede caminar. Brota el agua, llena el estanque y corre al Jordán. En la parte pagana hay un pozo muy bien hecho y un hermoso edificio. Se puede ver la profundidad en el agua clara; creo que viene a través de la montaña, hasta las fuentes de Phiala. Delante de la ciudad veo arcos y pórticos y al agua correr bajo puentes. Jesús fue recibido bien; se lo esperaba, porque las caravanas que pasaron lo habían anunciado. Los parientes de la curada de flujo de sangre le salieron al encuentro hasta el estanque, y Jesús se albergó cerca de la sinagoga, en casa de un fariseo. Acudieron muy pronto enfermos y mucho pueblo. Los apóstoles sanaron a varios enfermos. Están aquí algunos de los fariseos malintencionados que formaban la comisión que estuvo en Cafarnaúm. Jesús enseñó y sanó en una colina fuera de la ciudad. Traían muchos enfermos de varios lugares, los cuales clamaban a veces: “Señor, manda a alguno de tus apóstoles que nos ayuden”. Los fariseos murmuraban porque iba siempre con personas de poca estimación en lugar de rodearse de gente ilustrada. Se repartieron muchas cosas a los pobres, dinero, vestidos, alimentos que proveía Enué, la mujer curada de flujo de sangre que vivía aquí. También el tío de Enué, todavía pagano, daba mucha limosna. Se juntaron de nuevo tres apóstoles y los discípulos que habían sido enviados por Jesús desde Ornitópolis a Tiro, a Chabul y a Aser. Los encuentros son siempre muy tiernos: se dan la mano, se abrazan. Jesús los había citado para reunirse en este lugar. Se les lavó los pies y tomaron parte en la distribución de alimentos y limosnas a los pobres y en la curación de enfermos. Jesús se dirigió con sus discípulos, unos sesenta, a casa del tío de Enué, que los recibió solemnemente, al modo pagano, con ramas, palmas y coronas poniendo alfombras a su paso. Este tío vino con Enué y sus hijas que se echaron a los pies de Jesús. Habían venido hasta Cesarea de Filipo por causa de este anciano que quería y deseaba con otros hombres dejar el paganismo, pero no se resolvían por causa de la circuncisión. Habló a solas con Jesús, el cual nunca lo hizo en público contra esta práctica. Tampoco nunca mandó la circuncisión a los paganos convertidos, aunque no decía abiertamente que se dejase. Cuando encontraba personas con deseos de abandonar el paganismo, les decía que si no se sentían con ganas de incorporarse a los judíos, se hiciesen bautizar y creyesen y practicasen lo que Él enseñaba; así estos vivían apartados de los paganos sin tomar las costumbres judías, sino que vivían como cristianos, orando, dando limosna y practicando lo que Él les había enseñado. Ni aún con los apóstoles habló Jesús jamás de que dejasen la circuncisión, para no escandalizarlos, y así no recuerdo que en algún momento pudieron los fariseos, que espìaban sus palabras, reprocharle que desechaba la circuncisión, ni aún en el tiempo de su Pasión trajeron esta acusación. En el hermoso interior de la casa, en un patio de árboles, adornado de coronas y guirnaldas, habían tendido telas blancas, a modo de tienda, en cuya abertura superior había una corona de flores. Bajo esta tienda se hizo la ceremonia de los bautismos de estos paganos. Jesús los había adoctrinado antes. Habló en particular con cada uno de ellos, que le abrieron su corazón, confesaron sus pecados, y su fe. Jesús les perdonaba sus pecados y fueron bautizados por Saturnino con el agua de una fuente que Jesús había bendecido antes. Hubo una gran comida en la cual tomaron parte todos los discípulos y amigos de la casa. Esta comida fue al modo pagano: las mesas eran más altas que entre los judíos; estaban echados sobre altas poltronas, con los pies hacia afuera y con un brazo se apoyaban sobre un rodete de la poltrona. La mesa tenía hendiduras y muescas y cada uno, platos delante. En el centro de la mesa estaban las fuentes grandes con los alimentos. Enué, curada de su mal, aparece ahora muy cambiada, de hermoso aspecto y llena de salud; estaba al lado de su tío, con su hija de veintiún años; se alejaron de la mesa durante la comida y aparecieron después. A cierto punto de la comida apareció la hija cubierta con el velo, con la madre; se colocaron algo distantes de Jesús. La hija avanzó detrás de Jesús llevando un precioso recipiente blanco con esencias olorosas, lo quebró sobre la cabeza de Jesús, y lo derramó con sus manos sobre los cabellos, a derecha e izquierda, y detrás de las orejas; luego tomó su hermoso velo y formando un bulto con el extremo lo pasó suavemente, secando los cabellos y se alejó. A los pobres se les repartió gran cantidad de alimentos. La casa que habitaba ahora el tio de Enué no era la misma de antes, sino que se había retirado a esta casa, más apartada, para no vivir en medio de los paganos y del culto de los dioses, aunque no estaba la vivienda tampoco dentro del cuartel de los judíos. Enué era hija de un hermano o de una hermana que se habían hecho judíos para casarse con un hombre judío que había muerto ya. Todas sus riquezas las habían heredado de sus padres paganos. Desde el momento que vinieron a habitar aquí los pobres fueron muy favorecidos con el reparto que hizo el anciano de trigo, ropas, mantas y limosnas de todo género.

Capítulo XIX

Jesús disputa con los fariseos

Cesarea de Filipo está a cuatro horas de distancia de Leschem o Lais de donde vino la Sirofenisa hasta Jesús, más al Este, y no es la misma ciudad. Mientras estaba Jesús en Cesarea tenían los paganos de aquí una fiesta que se refería a la bondad de las aguas junto al pozo. Ofrecían incienso sobre trípodes, delante de un ídolo rodeado de muchachas coronadas de flores. Este ídolo parecía como si estuviesen sentadas tres o cuatro figuras unidas por las espaldas. Tenía cabezas, manos y pies; los codos estaban pegados al cuerpo y las manos extendidas. El pozo derramaba agua hacia todos los lados de una fuente. y de un lado corría hacia un lugar cerrado con galerias donde había cisternas para baños. Cuando terminó la fiesta Jesús preparó a varios judíos para el bautismo, que llevaron a cabo los discípulos. Después, con varios discípulos, se dirigió Jesús a la casa de Enué y de su anciano tío; se despidió de esta buena gente que derramaba lágrimas de gratitud y humildad mientras mandaban cantidad de regalos, panes, trigo, vestidos y mantas fuera de la puerta de la ciudad, donde Jesús se detuvo enseñando a los viajeros de las caravanas y repartiendo estos regalos entre los necesitados y los pobres. Este ejemplo de caridad siguieron otros piadosos judíos y los recién bautizados, los cuales medían trigo para repartir a los pobres, como también telas, mantas y panes. De este modo fue este un día de alegría para los pobres. Fue invitado Jesús por los fariseos, con modos muy corteses, a ir a la sinagoga y aclararles varios puntos doctrinarios. Mucho pueblo los siguió. Los fariseos habían pensado toda clase de preguntas capciosas sobre el divorcio. Aquí se practicaba mucho el negocio de los divorcios. Jesús había reprochado a unos, y a otros los había reconciliado. Empezaron a discutir en mala forma con Jesús y le echaron en cara de que permitiese a sus apóstoles tales o cuales cosas. Se había presentado un joven a ellos acusando a Jesús. Este joven era rico y se había ofrecido varias veces como discípulo a Jesús, siendo rechazado siempre. Otras veces le impuso Jesús ciertas condiciones: que dejase padre y madre, diera sus riquezas a los pobres, y otras cosas más. Se había presentado de nuevo a Jesús, pero quería conservar sus riquezas y administrarlas. Jesús nuevamente lo había rechazado. Los fariseos reprochaban a Jesús que imponía cosas imposibles, demasiado difíciles. Este joven dijo además varias cosas que decía haber oído predicar a Jesús y hasta tuvo la osadía de llamar a algunos apóstoles como testigos de lo que decía y que ellos también habían oído. Los apóstoles se encontraron apurados, no sabiendo qué decir porque no estaban prevenidos. Los fariseos decían por esto que Jesús iba con gente ignorante y que como este joven era más instruido no lo quería precisamente porque deseaba tener gente ignorante. Jesús les respondió severamente, y salió con sus discípulos fuera de la ciudad.

Capítulo XX

Jesús en Argob y en dirección de Betsaida-Julias

Delante de la ciudad Jesús instruyó a sus apóstoles y los envió al Este y al Noreste a diversas comarcas lejanas. Tenían que ir a ciudades cerca de Damasco y a la Arabia, donde aún no habían estado nunca. Él, con dos discípulos, se dirigió, dejando el lago Phiala a la izquierda, a la ciudad de Argob, en una altura y a cuatro horas de camino desde Cesarea, y se hospedó con los levitas junto a la sinagoga. Argob está habitada por mayoría de judíos, mientras los pocos paganos son gente pobre que trabaja para los judíos. Los habitantes se ocupan de trabajar el algodón: hombres, mujeres y niños tejen e hilan. Escasea el agua que es traída en canales y odres y guardada en cisternas. Jesús enseñó en un lugar abierto, sanó a algunos enfermos y visitó, enseñó y curó a ancianos y enfermos. La mayoría ya estaban bautizados; no había fariseos aquí. De aquí se disfruta una vista extensa hasta el otro lado de la alta Galilea, el monte de las Bienaventuranzas y Betsaida-Julias. Acompañado de pobladores del lugar y los dos discípulos se fue Jesús en dirección de Recaba, permaneciendo unas dos horas en un albergue, donde solían detenerse las caravanas que tres veces al año pasan por allí. Llegaron cuatro de los discípulos más jóvenes trayendo alimentos. Venían de Jerusalén a través de Cafarnaúm. Desde este albergue se dirigió Jesús hacia la población de la fortaleza de Recaba, donde se había reunido ya una gran cantidad de pueblo y de viajeros de las caravanas. La fortaleza parece cavada en la roca viva. En torno de ella había unas cuantas casas y una sinagoga. Diez y seis discípulos se juntaron aquí con Jesús, de los que desde Cesarea se habían dirigido a diversos poblados; los demás habían ido a lugares más distantes. Estaban aquí Pedro, Andrés, Juan, Santiago el Mayor, Felipe y Santiago el Menor y muchos fariseos. La sinagoga estaba tan llena que tuvieron que permanecer en torno de pie. Jesús habló de Jeremías. Dijo que ahora todos le buscaban y le apretaban, pero que muy pronto todos le abandonarían y le dejarían solo, le burlarían y le maltratarían. Los fariseos comenzaron a disputar violentamente con Él diciendo, como otras veces, que echaba los demonios por virtud de Beelzebub. Jesús los llamó hijos del padre de la mentira, y dijo que el Padre celestial ya no quería ofrendas y sacrificios de sangre. Le oí hablar de la sangre del Cordero, de la sangre inocente que ellos iban a derramar, de la cual eran figura los sacrificios de animales de su rito. Con el sacrificio del Cordero cesaría para siempre el culto de ellos. Todos los que creyeren en el sacrificio del Cordero serían salvos y reconciliados; ellos, en cambio, como matadores del Cordero, serían condenados. Previno a sus discípulos de las maquinaciones de los fariseos en su misma presencia, de modo que estos se irritaron de tal manera que Jesús y los suyos salieron y se dirigieron al desierto. He visto que habían apostado gentes con bastones y palos que debían esperarlo. Nunca hasta entonces había reprochado tan severamente a los fariseos como esta vez. Jesús permaneció con los suyos durante la noche en el desierto, y al día siguiente fueron a Corazin. De nuevo se juntó mucha gente aquí, y le ponían los enfermos en el camino. Sanó a estropeados, hidrópicos y ciegos, mientras iba a la sinagoga. Aquí habló de nuevo Jesús proféticamente de sus futuros padecimientos y persecuciones, entre vivas disputas y contradicciones de los fariseos. Habló de su sacrificio y ofrenda perpetuos, a pesar de lo cual ellos quedaban siempre llenos de pecados y de maldad. Habló del cabrón emisario que ellos suelen cargar con los pecados de todos en Jerusalén y echar al desierto; a propósito de esto les dijo, de modo que no lo pudieron entender, que ellos pronto echarían afuera a un inocente que lleva las culpas de todos y lo matarían a pesar de haber ese inocente hecho tanto por ellos y amarlos tiernamente. Con esto se produjo un gran tumulto y griterío entre los fariseos, y como Jesús se encaminara fuera de la ciudad le siguieron, exigiéndole una explicación. Jesús les dijo sólo que, por ahora, ellos no podían entenderlo. Mientras tanto le habían traído a un sordomudo para que lo sanase: era un pastor de la comarca y buen hombre. Los suyos lo llevaron allí y pedían a Jesús que pusiera sus manos sobre él. Mandó Jesús que lo apartasen de la turba, pero los fariseos lo siguieron. Lo sanó en presencia de ellos, para que vieran que sanaba por la oración y por la fe, con la ayuda de su Padre, y no por obra de Beelzebub. Puso los dedos en sus oídos y con saliva en los dedos tocó la lengua del mudo; miró al cielo, orando, y dijo al hombre: «Abrete». De pronto habló el hombre y oía perfectamente, y dió gracias lleno de alegría. Jesús le mandó no hablase ni hiciese ruido con esa su curación. Cada vez acudía mayor gentío, porque había una caravana de viajeros, y por eso Jesús se dirigió con los suyos a la oficina de Mateo, a dos o tres horas. Como también aquí acudiera la gente, dejó algunos discípulos, y se embarcó en dirección de Betsaida-Julias. Desembarcaron durante la noche y quedaron en soledad al pie del monte de las Bienaventuranzas. Antes de rayar el alba navegaron desde Betsaida hacia la orilla oriental, donde Jesús impartió una enseñanza junto a un peñasco que estaba sobre la oficina de Mateo. Estaban presentes algunos paganos de la Decápolis y turbas de gentes de la caravana. Jesús enseñó sobre la oración, cómo y dónde debían orar, y sobre la perseverancia en la oración. Dijo: “Si un hijo pide un pan, no le dará el padre una piedra, y si pide pescado no le dará un reptil, y si un huevo no le dará un escorpión». Dijo que conocía a algunos paganos, por ejemplo, que tenían tal confianza en Dios, que no pedían nada y sólo se ocupaban de dar gracias por lo que recibían, y añadió: “Si los extraños y siervos tienen semejante fe y confianza, ¡cuánta deberían tener los hijos del Padre!» Habló del deber de dar gracias por la salud recibida, y la mejora de la vida, y también del castigo de los que volvían a sus vicios y que estaban en peor estado que antes. Los oyentes aumentaron de nuevo de tal manera que se alejó de allí, no sin anunciar para el día siguiente un gran sermón en el monte cercano. Estaba éste al Este de la montaña de las Bienaventuranzas. El pueblo acudió de todos lados al monte. Estaban ocupando todas las alturas y todos los valles y esperaban impacientes por qué lado aparecería Jesús, y adónde se había retirado. Habló allí de la séptima y octava bienaventuranzas. Después, para escapar del tumulto de la turba, se dirigió con los apóstoles y discípulos a la barca de Pedro. Navegaron por las orillas del lago, pero no desembarcaron, porque muchos habían subido a las barcas que allí estaban y seguían a la de Pedro.