Tomo V — Desde el fin de la primera Pascua hasta la prisión de San Juan Bautista

Sección 1: capítulos I – V

La carta del rey Abgaro — Jesús en Adama, en el Jardín de la Gracia

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Capítulo I

La carta del rey Abgaro

Desde Betania, donde Jesús estuvo algún tiempo como oculto, se dirigió al bautisterio. cerca de Ono. Los arreglos que allí se habían hecho los custodiaba un encargado. Al saber que Jesús iba allá se reunieron los discípulos y mucha gente de los alrededores. Mientras Jesús estaba hablando a la turba, que escuchaba en rueda. parte de pie y parte sentados sobre bancos de madera se acercó un extranjero con seis acompañantes. montados sobre mulos, y llegando a cierta distancia del sitio donde hablaba Jesús, se detuvo, y levantó una tienda. Era un enviado del rey de Edesa, Abgaro, que estaba enfermo. El mensajero le traía regalos y una carta, rogándole fuese allá, para darle la salud. El rey Abgaro tenía un tumor en los pies y caminaba rengueando. Algunos viajeros le habían hablado de Jesús, de sus milagros, del testimonio de Juan y del enojo de los fariseos en la última Pascua, y todo esto lo había llenado de deseos de verlo en su propio país y obtener de Él su curación. El joven mensajero del rey sabía pintar y tenía la orden, si Jesús no podía o no quería acudir, de llevarle por lo menos su rostro en una pintura. He visto que este hombre se esforzaba por acercarse a Jesús y no lo podía conseguir: buscaba ya de un lado, ya de otro de introducirse entre la multitud para escuchar la enseñanza de Jesús y al mismo tiempo pintar su fisonomía. Entonces Jesús mandó a uno de los discípulos que trajese a ese hombre y le diese lugar en una tarima cercana. El discípulo llevó al mensajero al lugar señalado, como también a sus acompañantes, para que pudiesen oír y ver. Los regalos que traían consistían en lienzos, en placas de oro muy finas y unos graciosos corderitos. El mensajero, muy contento de poder ver a Jesús, desplegó su tablero y poniéndolo sobre sus rodillas comenzó a contemplar con admiración a Jesús, mientras trataba de pintar su rostro. Tenía delante de su vista un tablero blanco como de madera de boj. Comenzó primero por grabar con una punta el contorno de la cabeza y de la barba de Jesús, sin el cuello; después pareció que ponía sobre la tabla algo como cera blanda, imprimiéndole forma con los dedos. De nuevo grabó sobre el tablero. dándole forma y aunque trabajó largo tiempo no llegaba a terminar su trabajo. Cada vez que miraba el rostro de Jesús parecía que, lleno de admiración, rehacía el trabajo una y otra vez. Cuando vi que Lucas pintaba, no lo hacía en esa forma, sino que usaba pinceles. El trabajo de este hombre era de altorrelieve, de modo que se podían tocar los contornos del dibujo. Jesús continuó algún tiempo más enseñando y al fin envió a un discípulo que dijese al hombre que se acercase para poder cumplir su mensaje. Entonces el hombre se acercó a Jesús, seguido por los acompañantes, que traían los regalos y los corderitos, detrás de su principal. Llevaba este hombre un vestido corto, sin manto, parecido a uno de los Reyes Magos. En el brozo izquierdo traía su dibujo en forma de un escudo, sostenido por una correa. En la mano derecha llevaba la carta de su rey. Se echó de rodillas ante Jesús, se inclinó profundamente, y dijo: «Tu siervo es el criado del rey Abgaro, de Edesa, que está enfermo y te manda esta carta pidiéndote que recibas sus regalos». Al decir esto se acercaron los siervos con los regalos. Jesús contestó que le agradaba la buena voluntad del rey, e indicó a algunos discípulos que recibiesen los regalos para repartirlos más tarde entre los pobres de esos contornos. Jesús tomó luego la carta, que desplegó ante si, y leyó. Recuerdo sólo que. entre otras cosas, decía la carta: Ya que Él era poderoso para resucitar muertos. le rogaba fuese adonde él se encontraba y le sanase de su dolencia. La carta era, en el medio, donde estaba escrita, más consistente, y los bordes, más blandos, como si fuesen de piel suave, o seda, cerraban la carta misma. Vi que había una cinta colgando. Cuando Jesús leyó la carta dio vuelta al sobre o superficie de la carta y escribió con un punzón, que sacó de sus vestidos y del cual extrajo algo, trazando algunos caracteres al otro lado del pergamino. Las palabras escritas eran bastante grandes; luego cerró la carta. Después hizo traer agua, se lavó el rostro y se pasó la parte más blanda del envoltorio del mensaje sobre su rostro y se lo devolvió al mensajero, el cual lo apretó contra el tablero de su dibujo. Vióse entonces un dibujo perfecto y acabado. El pintor estaba tan contento que tomando el tablero que colgaba de su lado, lo volvió a los espectadores que estaban mirando la escena, se echó delante de Jesús y se marchó en seguida. Algunos de sus acompañantes se quedaron y siguieron luego a Jesús, el cual, después de esto. salió de allí y se dirigió al segundo bautisterio que Juan había abandonado pasando el Jordán. Estos extranjeros se dejaron bautizar ahí mismo. Yo vi que el mensajero llegó a un lugar delante de una ciudad donde había edificios de piedras y hornos de ladrillos y pasó la noche allí. A la mañana siguiente algunos trabajadores vieron una luz, como un incendio y acudieron muy temprano, y vieron que esa maravilla provenía del lienzo que llevaba el mensajero. Se produjo por esta causa un tumulto: tantas fueron las gentes que acudieron allí. El pintor les mostró el cuadro y entonces vi que también el lienzo que Jesús había usado llevaba la misma impresión. El rey Abgaro le salió al encuentro algún trecho en su jardín, y al ver el cuadro y leer la carta de Jesús, quedó muy conmovido. De inmediato cambió de vida y despachó a las muchas mujeres con las cuales pecaba. Más tarde he visto que después de la muerte de ese rey y de su hijo, por causa de un sucesor malo, el cuadro, que estuvo siempre a la veneración del público, fue sustraído por un piadoso obispo junto con una lámpara que ardía delante, y amurallado, y que después de mucho tiempo se volvió a encontrar, y que la figura había quedado grabada también en el ladrillo que lo había ocultado.

Capítulo II

Jesús en los confines de Sidón y Tiro

Desde Ono se dirigió Jesús con sus discípulos hacia el lugar medio de los bautismos, arriba de Bethabara, enfrente de Gilgal, y allí hizo bautizar por medio de Andrés, Saturnino, Pedro y Santiago. Se había congregado una gran multitud. Esta corrida de la gente excitó la admiración de los fariseos. Mandaron cartas a todos los jefes de sinagogas con orden de que les enviasen a Jesús donde quiera lo encontrasen, y detuviesen también a sus discípulos. y los interrogasen sobre su doctrina. Jesús acompañado por algunos discípulos se dirigió, por el camino de Samaria, a los confines de Tiro; los demás discípulos se marcharon cada uno a su pueblo. Por este tiempo Herodes mandó traer a Juan a Kallirrohe y lo tuvo preso en una especie de bóveda del palacio por el término de seis semanas; luego lo dejó en libertad. Mientras Jesús se dirigía a Samaria, pasando por los campos de Esdrelón, volvió Bartolomé del bautisterio de Juan y se dirigió a su pueblo de Dabbeseth, cuando se encontró con algunos discípulos. Andrés le habló con mucho entusiasmo de Jesús. Bartolomé oía con gusto lo que le contaban y con cierto temor reverencial. Andrés, que gustoso solía instruir a otros hombres para hacerlos discípulos, se acercó a Jesús y le dijo que Bartolomé de buena gana le seguiría si lo permitía. Como en ese momento Bartolomé pasaba cerca de Jesús, Andrés señaló a Bartolomé, y Jesús, mirándolo, dijo: «Lo conozco; él me seguirá. Veo mucho de bueno en él y a su tiempo lo llamaré». Este Bartolomé vivía en Dabbeseth, no lejos de Ptolemaida, y era de oficio escribiente. He visto que después se unió con Tomás, y hablando con él de Jesús, lo ganó para la causa aficionándolo al Salvador. En estos viajes apresurados Jesús padeció necesidad. He visto a menudo que Saturnino o algún otro discípulo sacaba un pan de la canastilla y que Jesús lo mojaba antes en agua para poder comer su corteza ya reseca. Llegando a Tiro entró Jesús con los suyos en un albergue cerca de la puerta del campo. Se había retirado a un peñasco alto, porque Tiro es una ciudad grande, edificada tan arriba que mirando desde allá parece que resbalara hacia abajo. Jesús no entró en la ciudad. Se mantuvo en esa parte, junto a los muros, donde había poca gente. El albergue estaba metido en esos gruesos muros, junto a los cuales venía un camino vecinal. Jesús llevaba un vestido pardusco y un manto blanco de lana. Entraba solo en las casas de los más pobres para visitarlos. Con él habían llegado Saturnino y otros discípulos. Los demás apóstoles, Pedro, Andrés, Santiago el Menor, Tadeo, Natanael Chased y todos los discípulos que habían estado en las bodas de Caná, iban llegando de uno a uno a un albergue que estaba en otra parte de la ciudad de Tiro, donde había un sitio de reunión de los judíos. Un dique ancho llevaba a esa parte de la ciudad y estaba cubierto de árboles. A esta casa a la cual estaba unida también la escuela pertenecía un gran parque o lugar de baños, que llegaba hasta el mar y separaba parte de la ciudad de la tierra firme. El parque estaba cercado por una muralla y dentro de él corría un cerco de plantas vivas, recortado en forma de figuras. En medio del parque estaba la cisterna con aguas vivas rodeada de columnas formando un pórtico, con pequeños cuartitos alrededor. Se podía entrar en la cisterna, en cuyo fondo se alzaba una columna con gradas y agarraderas de modo que se podía estar en el agua hasta la profundidad que uno deseaba. Unos judíos viejos vivían en este lugar; provenían de una descendencia despreciada y formaban entre ellos una secta; eran gente buena. Me causaba alegría y emoción el modo con que Jesús saludaba a los discípulos que iban llegando: les daba la mano a cada uno. Ellos se mostraban reverentes y lo trataban con confianza, pero como a un hombre extraordinario y sobrenatural. Se mostraban muy contentos de haberlo encontrado de nuevo. Jesús enseñó largo tiempo delante de ellos y ellos iban contando lo que les había pasado a cada uno. Todos juntos hicieron una comida consistente en panes, frutas, miel y pescados traídos por los discípulos. Éstos habían sido molestados y llamados a juicio por los fariseos, algunos en Jerusalén, otros en Gennebris, preguntándoles en grandes asambleas acerca de la doctrina de Jesús, de sus designios, y por qué le seguían. En estos juicios he visto a Pedro, Andrés y a Juan con las manos atadas; pero ellos lograron desatarse de sus ligaduras con una facilidad que les pareció milagrosa. Se les dejó luego en libertad secretamente y ellos se retiraron a sus respectivos hogares. Jesús los animó a la perseverancia diciéndoles que poco a poco se desobligasen de sus oficios y esparciesen sus enseñanzas entre el pueblo. Les dijo que pronto volvería a estar entre ellos y proseguir su vida pública no bien llegase con ellos a Galilea. Después de haberse despedido de estos discípulos Jesús llevó a cabo una enseñanza y una exhortación muy grande en la escuela y en el lugar de los baños, delante de los numerosos hombres, mujeres y niños que se habían reunido. Les habló de Moisés y de los profetas y de la proximidad del reino de Dios y del Mesías. A este propósito recordó que la sequía de la tierra, la oración de Elías pidiendo lluvia y la nube aparecida y la lluvia misma que siguió, eran señales y figuras de esta proximidad. Habló de la purificación por las aguas y les dijo que fueran al bautismo de Juan. Sanó a varios enfermos que le habían traído en camillas. Vi que a los niños los sumergía, teniéndolos en sus brazos en el agua, donde Saturnino había antes echado un poco del agua que traía en un recipiente y que Jesús bendijo. Los discípulos bautizaban y como había otros más crecidos se introdujeron en el agua, sujetándose de los sostenes allí puestos, y así fueron bautizados. He visto que aquí hacían en el bautismo algo diferente que en otras partes. Muchos de los ya crecidos tuvieron que permanecer alejados. Estos trabajos continuaron hasta la entrada de la noche.

Capítulo III

Jesús en Sichor-Libnath

Cuando Jesús dejó Tiro anduvo sin acompañantes porque había despachado a los dos discípulos con mensajes a Cafarnaúm y a Juan el Bautista. Jesús se dirigió a la ciudad de Sichor-Libnath, a diez u once horas de viaje desde Tiro hacia el Sudeste: era el mismo camino que había hecho al ir a Tiro. El lago Merom con las ciudades de Adama y Seleucia quedaron al Este, a su izquierda. La ciudad de Sichor-Libnath, o Amichores, llamada ciudad «del agua de lluvia». está a pocas horas de Ptolemaida, junto a un lago pequeño y triste, al cual no se podía llegar de un lado por las altas montañas que lo rodean. De este lado sale el arroyo arenoso de Belus, que se echa en el mar, cerca de Ptolemaida. La ciudad me pareció tan grande que me maravilla que se hable tan poco de ella. La ciudad judía de Misael no está lejos de allí. Es este el país que el rey Salomón regaló al rey Hiram de Tiro. Sichor es un lugar libre, bajo el protectorado de Tiro. Hay mucho comercio de animales; veo grandes ovejas de fina lana que nadan en las aguas. Se hacen aquí finos trabajos de lana, que tiñen los de Tiro. No veo agricultura fuera de los árboles frutales. En el agua se cría una especie de cereal de gruesos tallos, del cual hacen pan: creo que no lo siembran. De aquí parte un camino hacia Siria y Arabia; pero no hay hacia Galilea. Jesús había andado por caminos y sendas vecinales hasta Tiro. Delante de Sichor había dos puentes bastante grandes: uno muy alto, servía para pasar cuando todo se inundaba; en otro puente se podía andar por las arcadas que tenía. Las casas estaban situadas en altura, contra las inundaciones. Los habitantes son en su mayoría paganos. Veo varios edificios con puntas y banderitas o pendones que me parece indican templos de ídolos. Me maravilla ver como aquí también viven algunos judíos en grandes casas, a pesar de constituir ellos la minoría y estar oprimidos. Creo que eran judíos huidos de su patria. La casa donde entró Jesús estaba delante de la ciudad; pero lo he visto pasar el río. En la cercanía de la casa había una sinagoga; Jesús había hablado a estas gentes ya antes cuando pasó para ir a Tiro, porque parecía que esperaban su llegada y le salieron al encuentro recibiéndolo respetuosamente. Eran judíos, entre ellos un hombre de edad, con numerosa familia, que habitaba una casa muy hermosa parecida a un palacio, con muchos otros edificios más pequeños adheridos. Este hombre, por respeto, no llevó a Jesús a su propia casa sino a una habitación de al lado, donde le lavó los pies y le sirvió alimento. He visto aquí una gran hilera de gente que venía a buscarse su alimento; eran trabajadores de todas clases, hombres, mujeres y jóvenes, una mezcla de pueblos paganos, donde había mestizos y negros, quizás esclavos de este hombre, que volvían de su trabajo y se reunían en un amplio lugar. Estos hombres traían palas e instrumentos de labor, carritos y pequeños barcos que tenían en el medio un asiento, remos y toda clase de instrumentos de pesca. Habían estado empleados en trabajos de puentes y en la ribera. Estos hombres recibían su alimento en recipientes, aves y hierbas; entre ellos había algunos que comían carne cruda. Jesús se hizo llevar a su presencia. Les habló cariñosamente, y ellos se alegraron mucho de conocer a semejante Hombre. Dos judíos ancianos vinieron luego a Jesús con rollos, y mientras comían preguntaban muchas cosas con curiosidad, porque eran maestros de la juventud. El judío rico, dueño de la casa, se llama Simeón y es de Samaria. Él o sus antepasados se interesaron por el templo de Garizim y se juntaron con los Samaritanos: por esto fueron desterrados y se establecieron aquí. Jesús enseñó todo el día en un lugar público rodeado de columnas en el cual se podía extender una tienda junto a la casa de aquel hombre. El dueño iba de un lado a otro. Se habían reunido muchos judíos de toda clase y condición. No lo he visto sanar, porque no había aquí baldados o enfermos. Los hombres son de aspecto seco, flacos, pero de gran estatura. Jesús, enseñando sobre el bautismo, les dijo que vendrían discípulos que bautizarían. Después fue Jesús con ese hombre al camino por donde volvían los esclavos de su trabajo; les habló, los consoló y les dijo una parábola. Entre ellos había algunos buenos que se sintieron conmovidos. Recibieron su paga y su alimento. Pensé en la parábola donde el dueño de la viña paga a sus trabajadores. Estos peones vivían en casitas apartadas de allí como a un cuarto de hora. Trabajaban para Simeón pagando una especie de tributo. Al día siguiente, habiendo Jesús enseñado todo el día, se acercaron, cuando ya todos los judíos se habían alejado, unos veinte paganos que desde varios días antes querían ser recibidos. La casa de Simeón estaba como a media hora de camino de la ciudad y no les era permitido a los paganos acercarse a más distancia que hasta una columna, como torre. Ahora el mismo Simeón trajo a los paganos, que saludaron muy reverentes y pidieron ser enseñados. Jesús habló con ellos en una sala, tan extensamente, que tuvieron que encenderse las luces. Los consoló, les habló en una parábola de los Reyes Magos y les anunció que la luz de la verdad pasaría a los gentiles.

Capítulo IV

Jesús con varios discípulos en el camino de Tiro

Cuando los dos discípulos mandados por Jesús a Cafarnaúm regresaron a Sichor, le anunciaron el arribo de los cuatro discípulos mandados a buscar. Jesús les salió al encuentro en un camino de tres o cuatro horas, a través de una montaña y se reunieron en un albergue en territorio de Galilea. Además de los llamados, había otros siete, entre ellos Juan y algunas mujeres, entre las cuales reconocí a María Marcos, de Jerusalén, y a la madre de una hermana del novio Natanael de Caná. Los discípulos llamados eran Pedro, Andrés, Santiago el menor y Natanael Chased. Cuando ya oscurecía anduvo Jesús con estos cuatro y los otros discípulos de vuelta a Sichor; los otros siete no llamados volvieron a Galilea. Era una noche espléndida de verano. El aire estaba perfumado y el cielo sereno, tachonado de estrellas. Caminaban unas veces juntos, otras uno delante y los demás detrás. y Jesús en medio de ellos. Descansaron una vez bajo árboles cargados de frutas, en una comarca muy fértil y de ricas praderas. Cuando volvieron a andar se levantó una bandada de pájaros que había volado encima de ellos hasta allí. Eran grandes como gallinas, tenían picos colorados y grandes alas negras, como las que suelen pintar a los ángeles y emitían un clamor como una conversación. Estas aves volaron hasta la ciudad, donde se posaron sobre los juncos de las aguas. Yo los veía correr sobre la superficie. Era hermoso ver, en esa noche tranquila, cuando Jesús callaba, oraba o enseñaba cómo callaban también esas aves y se posaban tranquilamente. De este modo siguieron a la caravana de Jesús a través de la montaña. Simeón les salió al encuentro, lavó los pies a todos, les dio una copa y una refección, y los llevó a su casa. Los pájaros pertenecían al dueño de la casa, y revoloteaban allí como las palomas. Durante el día enseñó Jesús aquí y por la tarde celebraron el sábado en casa de Simeón. Además de Jesús y los discípulos, se habían reunido unos veinte judíos. La sinagoga se hallaba en un porticado subterráneo; tenía escalones y estaba muy bien ordenada. La casa de Simeón estaba en una elevación. Presidía la reunión un cazador, que leía y cantaba. Después enseñó Jesús. Jesús y los discípulos descansaron en esa misma casa. Durmieron pocas horas, porque muy de madrugada los he visto ya en camino a través de sendas tortuosas. en dirección a una pequeña ciudad en la tierra judía de Chabul. Allí vivían judíos exilados que solian reunirse en oración común. Los fariseos no los querían admitir en sus reuniones. Habían tenido largo tiempo el deseo de ver a Jesús entre ellos pero no se estimaban dignos y por eso no le habían mandado mensajeros. Dados los muchos vericuetos del camino anduvieron como cinco o seis horas de camino. Cuando se acercaron a la ciudad judía se adelantaron algunos discípulos para anunciar al jefe de la sinagoga la llegada de Jesús. Aunque era sábado hizo Jesús este camino porque en estas comarcas no observaba Jesús estrictamente este precepto cuando había alguna necesidad. Se fue a los jefes de la sinagoga, que le recibieron muy humildemente; les lavaron a Él y a sus discípulos los pies y les dieron alimento. Después se hizo llevar a todos los enfermos, y sanó a unos veinte de ellos. Entre ellos había algunos completamente encorvados, baldados, mujeres con flujo de sangre, ciegos, hidrópicos, muchos niños enfermos y algunos leprosos. Estando en el camino clamaron algunos endemoniados, y Jesús los libró. Todo procedía con orden y en silencio, sin tumulto. Los discípulos ayudaban a levantar a los enfermos, instruir a las gentes que los seguían y se agolpaban a las puertas. Jesús exhortó a los enfermos a creer, antes de sanarlos, y a mejorar de vida; a otros que eran creyentes los sanó sin más. Levantó los ojos en alto y oró sobre ellos. A algunos los tocaba y a otros pasaba las manos sobre ellos. Lo he visto bendecir el agua y rociar con ella a las gentes y hacer rociar las casas con el agua. En una de estas casas tomaron Jesús y sus discípulos algún alimento. Algunos de los sanados se levantaron y se echaban a los pies de Jesús, le seguían luego como en una procesión y a la distancia. con temor reverencial. A otros les decía que se quedasen en su lugar. A algunos les mandó bañarse en el agua que Él había bendecido: eran niños y leprosos. Luego fue a un pozo de la sinagoga y lo bendijo; para esto bajó algunas gradas y echó también sal, que había bendecido. Enseñó aquí sobre Eliseo, que cerca de Jericó echó sal a las aguas para sanarlas, y dio el significado de la sal. Dijo que los enfermos se lavasen con las aguas de ese pozo cuando tuviesen necesidad. Cuando bendecía, lo hacía en forma de cruz; los discípulos le sostenían a veces el manto, que Él se quitaba y le alcanzaban la sal, que Él echaba en las aguas. Todo esto lo hacía con seriedad grande y santamente. Yo recibí en esta ocasión la advertencia de que los sacerdotes recibían la misma facultad y poder de sanar. Algunos enfermos eran traídos en camillas y Él los sanaba. Jesús llevó a cabo una enseñanza más en la sinagoga y no tomó alimento. Todo el día lo empleó en enseñar y sanar enfermos. Por la tarde, después del sábado, dejó con sus discípulos el lugar, y despidiéndose de los entristecidos habitantes. les dijo que se quedasen, lo que ellos hicieron humildemente. Les bendijo y sanó las aguas porque tenían agua malsana. Había dentro de las aguas víboras y otros animales con gruesas cabezas y colas. Se dirigió con sus discípulos a un gran albergue distante unas horas, sobre una montaña, y allí comieron y descansaron en la noche. Esta posada la habían dejado de lado cuando vinieron. Días después acudieron muchas gentes a la posada con sus enfermos, ya que sabían que Jesús debía llegar. Eran las que vivían en las laderas de la montaña, en chozas y cavernas. En el Oeste vivían, hacia Tiro, los paganos que también se acercaron y en el Este vivían los judíos muy pobres. Jesús enseñó hablando de purificación, de lavarse y hacer penitencia, y sanó unas treinta personas. Los paganos estaban aparte, y Jesús les enseñó cuando los demás se hubieron retirado; los consoló, y su conversación duró hasta la tarde. Esta gente tiene pequeñas huertas y plantaciones en torno de sus cuevas, y se alimenta de leche de oveja con la cual hacen quesos que comen como pan y de las frutas de sus huertas y otras frutas silvestres que venden en el mercado. Llevan agua buena en recipientes a lugares y ciudades donde se detuvo Jesús ayer. Había muchos leprosos y Jesús bendijo las aguas, mandándoles que se bañasen en ellas. A la tarde llegó Jesús de vuelta a Sichor-Libnath, donde enseñó de nuevo y dijo que al día siguiente bautizarían allí. Había en la gran casa de Simeón una fuente redonda y bastante plana rodeada de un borde hundido, donde afluían las aguas sobrantes. El agua tampoco era buena aquí: tenía un sabor desagradable y Jesús la bendijo. Echó dentro sal, como pequeñas piedras, ya que muy cerca había una montaña salitrosa. En esa fuente, que se llenó de agua y se vació repetidas veces para purificarla, se hizo el bautismo de unas treinta personas. Se bautizaron el dueño de casa, los hombres de su familia, otros judíos del lugar, varios paganos de los que habían estado antes con Jesús y algunos de los esclavos de las chozas con los cuales había hablado frecuentemente cuando volvían del trabajo. Los paganos tuvieron que esperar el último turno y hacer antes otras abluciones. Jesús había echado antes en el agua de la fuente un poco de aquella agua del Jordán que traían siempre en los viajes, y bendijo las aguas. Se había dejado también agua en los canales transversales, de modo que los bautizandos podían estar en el agua hasta las rodillas. Jesús enseñó y los preparó durante este tiempo. Los bautizandos aparecieron con mantos largos, oscuros, con capucha sobre la cabeza, especie de vestidos de penitencia. Cuando llegaban a la excavación donde estaba la fuente, se quitaban el manto, permaneciendo cubiertos hasta la mitad del cuerpo con un especie de escapulario que les tapaba el pecho y las espaldas, y les dejaba libres los brazos. Uno de los discípulos le ponía las manos sobre la cabeza y otros sobre las espaldas. El bautizador derramaba varias veces el agua sobre la cabeza con un recipiente pequeño, sacando agua de la fuente, en nombre del Altísimo. Primero bautizó Andrés; luego, Pedro, y más tarde, Saturnino. Los paganos fueron bautizados a continuación de los judíos. Todo esto duró hasta la tarde. Cuando la gente se hubo retirado, iba Jesús caminando apartado de sus discípulos, saliendo del lugar y reuniéndose de nuevo en el camino. Se dirigieron por el Oriente, a Adama, cerca del lago Merom. Descansaron durante la noche en una pradera de mucho pasto, bajo los árboles.

Capítulo V

Jesús en Adama, en el Jardín de la Gracia

Aunque la ciudad de Adama parecía estar cerca, tuvieron Jesús y sus discípulos que andar por un camino algunas horas más lejos para poder pasar por las aguas del lago Merom, lo que hicieron en una balsa preparada para los viajeros. Al mediodía alcanzaron la ciudad de Adama, rodeada de agua por todos lados. Al Este de la ciudad está el lago Merom; el agua rodea la ciudad y se reúne en el lugar de los baños, para entrar nuevamente en el lago. Había cinco puentes a diversas distancias. Las orillas escarpadas del lago, a un nivel bajo, estaban cubiertas de juncos y de plantas; las aguas aparecen turbias hasta el centro del lago, donde corre más claro el río Jordán. En torno del lago veo muchos animales carniceros, que merodean. Cuando Jesús se acercaba al lugar de los baños se llegaron algunos hombres principales de la ciudad, que le aguardaban; le acompañaron a la ciudad y le presentaron al jefe, que habitaba un castillo con un vestíbulo y otras habitaciones situado en un lugar espacioso. El vestíbulo estaba adornado con chapas y baldosas brillantes de varios colores. Aquí lavaron los pies a Jesús y a sus discípulos, les sacudieron los mantos y limpiaron las ropas. Se les trajo abundancia de frutas y de hierbas para comer. La gente de Adama tiene esta costumbre, heredada de sus mayores, de recibir y llevar al castillo a todo extranjero, y allí inquirirle el por qué de su venida. Si le agrada el forastero, lo sirven y atienden, pensando que esto, tarde o temprano, les traerá algún provecho. A los viajeros que no les agradan llegan hasta a ponerlos en la cárcel. Adama y otras veinte poblaciones pertenecen a una comarca bajo uno de los Herodes. Los habitantes de la ciudad eran judíos samaritanos, los cuales por haberse alejado de los demás habían admitido otras aberraciones. No se practicaba, sin embargo, la idolatría. y aún los paganos que habitaban aquí tenían sus ídolos en secreto. Jesús fue conducido por los hombres de la ciudad a la sinagoga, que tenía tres pisos, adonde se habían reunido gran cantidad de personas, los hombres delante y detrás las mujeres. Primero rezaron, pidiendo a Dios que fuera para su mayor gloria lo que iban a entender de la enseñanza de Jesús. Éste habló primero de las promesas, diciendo que todas se habían cumplido, una tras otra. Enseñó sobre la gracia: que no se pierde, sino que pasa a otro que en mérito esté más cerca, cuando por los méritos de los antepasados no pudo pasar a aquel primero, por haberse hecho indigno. Les dijo que por las obras de sus antepasados, que habían hecho un bien, que ellos ni siquiera sabían ahora, todavía gozaban de las consecuencias de esa obra buena. En tiempos lejanos habían sus antepasados recibido en la ciudad a gentes echadas de otra comarca. Jesús y sus discípulos se alojaban en una gran posada, junto a la puerta por la cual habían entrado. En las cercanías de los baños, más al Sur, había un lugar donde se enseñaba. Alrededor de una colina cubierta de verdor se había erigido un sillón para enseñar: era un asiento de piedra. En torno había un gran espacio con cinco hileras de árboles que daban espesa sombra contra los ardores del sol. Era un sitio ameno y lo llamaban el Jardín de la Gracia, porque, decían las gentes, aquí habían recibido una vez una gracia muy grande; como había otro lugar en la parte Norte de la ciudad, de donde, decían, les había venido una gran calamidad en otros tiempos. Los discípulos entraban en las casas y avisaban a la gente que se reuniese en el Jardín de la Gracia porque Jesús quería tener allí una gran reunión. La tarde anterior había tenido lugar un banquete en un pórtico abierto de la casa del jefe de la ciudad, donde se congregaron unas cincuenta personas principales en cinco mesas. Jesús tomó asiento con el principal y los discípulos se distribuyeron entre los demás comensales. Creo que Jesús y sus discípulos habían contribuido con algo en esta comida. Sobre las mesas se veían montones de fuentes con viandas. Jesús enseñaba durante la comida, y a veces se levantaba e iba de una mesa a otra, conversando con unos y otros. Sobre las mesas habían colocado arbolitos en macetas. Cuando se levantaron y dieron gracias, quedaron esas plantas sobre las mesas y todos los comensales se reunieron en torno de Jesús, en semicírculo. Tuvo con ellos una conversación y los invitó para la mañana a un gran sermón en el lugar llamado de la Gracia. Al día siguiente, a eso de las nueve, se dirigió Jesús con sus discípulos al sitio indicado donde ya se habían reunido más de cien personas de las principales de la ciudad. bajo la sombra de los árboles, y en círculos más alejados, cierto número de mujeres. Andando pasaron por el castillo del jefe de la ciudad, que con gran aparato y en traje de etiqueta se dirigía al lugar de la conferencia. Jesús le dijo que no lo hiciera con ese aparato, sino que fuese allá, como los demás hombres, vestido de largo manto y en traje de oración y penitencia. En efecto, estos hombres vestían mantos de lana multicolores y una especie de escapularios, cruzados sobre el pecho, sujetos por los hombros con una correa angosta, que caían por las espaldas en tiras anchas y largas. Estas tiras eran negras y sobre ellas estaban escritos, en diversos colores, los siete pecados capitales. Las mujeres estaban con la cabeza cubierta. Cuando Jesús llegó al sillón, la gente hizo una inclinación profunda y reverente; el jefe y los principales se colocaron cerca del sillón. Los discípulos tenían también cierto número de oyentes aparte, entre ellos mujeres y les enseñaban las cosas oídas a Jesús. Jesús levantó sus ojos al cielo y oró en voz alta a su Padre, del cual viene todo bien, para que entrase la enseñanza en corazones contritos y dispuestos y mandó a la gente que repitiese con Él su plegaria, cosa que hicieron todos. Su gran sermón duró sin interrupción desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Se hizo una pausa solamente cuando trajeron a Jesús una bebida en una copa y un poco de alimento. Los oyentes iban y venían conforme tenían sus ocupaciones en casa. Jesús habló de la penitencia y del bautismo, del cual decía que era una purificación espiritual y una ablución. He visto que hasta Pentecostés no se bautizaba a las mujeres. Los niños y niñas, de cinco a ocho años, fueron también bautizados: pero no mayores. Yo no sé explicar ahora el misterio que todo esto encerraba. También habló Jesús de Moisés, cuando quebró las tablas de la ley, del becerro de oro, de los truenos y de los relámpagos del Sinaí.