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Jesús en la pequeña población de Azo
Después de haber comido se dirigió Jesús, acompañado de varias personas, a un lugar situado a varias horas al Norte, llamado Azo. Se reunieron allí muchas personas. porque por la tarde comenzaban unas fiestas con ocasión de la victoria de Gedeón. Jesús fue recibido delante de la ciudad por los levitas; le lavaron los pies y le dieron alimento. Después fue a la sinagoga y enseñó. Azo era una fortaleza en los tiempos de Jefté; cuando él fue llamado del país de Tob, fue destruida. Ahora Azo era una pequeña ciudad, pero muy limpia, que se extendía en una hilera larga de casas. No tenía paganos y las personas eran buenas, trabajadoras, de sanas costumbres y cultivaban olivares. Los olivares están delante de la ciudad, en las laderas, plantados en orden, artísticamente dispuestos. También preparan aquí telas y tejen. El modo de vivir es como en Arga: los pobladores se tienen por judíos puros de la tribu de Manases, porque viven sin mezclarse con paganos. Todo respira limpieza. El camino lleva por un valle arriba donde está la ciudad al Oeste de una montaña. Cuando Débora era juez, en el tiempo en que fue muerto Sisara por Jahel, vivía una mujer descendiente de la extinguida tribu de Benjamín que se ocultaba largo tiempo en Maspha. Llevaba vestidos de hombre y pudo disimular tan bien su condición que nadie la reconoció. Tenía visiones. profetizaba y sirvió a los israelitas como espía: pero donde eran usados sus servicios siempre salían los sucesos mal. Estaban acampados aquí los madianitas. a los cuales se juntó en traje de soldado y se decía llamarse Anihuem, uno de los héroes que había escapado del desastre de Sisara (Jueces. IV. 17-20). Se había introducido ya en varios campamentos para espiar y ahora estaba en el del capitán de los madianitas, para entregarle, como decía, en sus manos a todo Israel. No tomaba nunca vino, era muy precavida y vivía castamente: pero aquí se emborrachó y fue reconocida como mujer. Se la clavó sobre una madera de pies y manos y se la arrojó en un hoyo, con la expresión y sentencia: «Perezca aquí con su nombre». Desde Azo salió Gedeón para atacar a los madianitas. Descendía de Manases y vivía con su padre en Silo. Estaba entonces Israel en un estado miserable. Los madianitas y otros pueblos paganos invadian el país, arrebataban las cosechas y devastaban el suelo. Gedeón, un hijo de Joás, el primer caballero de Ephra, era muy valiente y muy caritativo. Solía cortar su trigo primero que todos y repartía una parte de lo suyo con los pobres. Lo he visto ir de mañana con el rocío bajo un árbol muy corpulento debajo del cual tenía escondida su era. Era un hombre de buena presencia y robusto. El árbol de roble cubría con sus ramas extendidas una excavación en la roca, disimulada por un borde de piedras que llegaba hasta las ramas del árbol, de modo que de fuera no se sospechaba que había al pie del árbol una gruta donde estaba la era. La rama principal estaba como entretegida con las ramas secundarias. El piso era de piedra dura; alrededor había hoyos donde estaban depositados los recipientes de trigo en vasijas de corteza. Trillaban con un rodillo que se movía a rueda en torno del árbol y había martillos de madera que caían en el rodillo. En la parte superior del árbol había un sitio de donde se podía observar. Los madianitas estaban desde Basan, a través del Jordán, hasta el valle de Esdrelón. El valle del Jordán estaba lleno de camellos que pastaban. Esto le servía a Gedeón para su intento. Por varias semanas estuvo informándose de todo y con sus trescientos hombres se escurrió dentro de Azo. Lo he visto llegar hasta el campamento de los madianitas y escuchar la conversación de una tienda. Decía un soldado a otro: «He soñado que caía aquí un pan desde la montaña y que derribaba la tienda». El otro contestó: «Esto no es buena señal; seguramente Gedeón caerá sobre nosotros». A la noche siguiente Gedeón con pocos soldados entró en este campamento tocando las trompetas, con las antorchas en la mano, mientras otra partida acometía por otro lado. Los enemigos cayeron en la mayor confusión; se mataban unos a otros y así fueron vencidos de todas partes por los hijos de Israel. La montaña de la cual caía el pan, según el sueño del soldado, estaba detrás de Azo; desde aquí en efecto comenzó Gedeón a luchar personalmente. En Azo, pues, se celebraba ahora la conmemoración de su triunfo. Delante de la ciudad hay un roble muy grande en el seno de una colina y debajo un altar de piedra. Entre este árbol y la montaña del cual vio venir el pan rociando aquel soldado, estaba sepultada aquella mujer profetisa. Esta clase de árboles es diferente de nuestro roble: tiene una fruta gruesa con cáscara verde, debajo del cual está metido el carozo duro en una envoltura, como en nuestras encinas. De estos carozos hacen los judíos las cabezas de sus bastones. Había ahora una hilera grande de arcos con ramas de encinas adornadas con toda clase de frutas desde este árbol hasta la ciudad para la gran muchedumbre que acudía a la fiesta Jesús con sus discípulos fue también en una procesión hasta el árbol. Llevaban delante cinco machos cabríos pequeños con coronas coloradas en el pescuezo, que encerraron en cavernas con rejillas en torno de aquella encina. Llevaron también panes y tortas para el sacrificio, mientras tocaban las trompetas. Se leyeron los rollos de la Escritura sobre Gedeón y su victoria y se cantaron salmos de gloria; luego se mataron los machos cabríos para el sacrificio, puestos sobre el altar con las tortas. La sangre era rociada en torno del altar y un levita tenía un caño, con el cual soplaba sobre el fuego debajo del altar en recuerdo de que el ángel había bendecido el sacrificio de Gedeón con una vara. Jesús desarrolló luego una enseñanza al pueblo reunido y así terminó la mañana. Por la tarde fue con los levitas y los principales del pueblo a un valle al Sur de la ciudad donde en torno de un arroyo había un lugar de baños y de recreo. Estaban allí reunidas, en lugar aparte, las mujeres y las jóvenes, entretenidas en diversas diversiones. Se preparó una comida. donde los pobres tenían también su lugar en unas mesas. Jesús se sentó a la mesa de esos pobres. Contó la parábola del hijo pródigo y habló del carnero que mató su padre para él. La noche la pasó Jesús en el techo de la sinagoga bajo una tienda, pues era costumbre dormir en las azoteas. Al día siguiente continuaban las fiestas. Las tiendas y chozas de ramas se dispusieron para la fiesta de los Tabernáculos que venía unos 14 días después. Por la mañana enseñó Jesús en la sinagoga y sanó a muchos enfermos delante de la escuela: eran ciegos, tísicos y algunos endemoniados no furiosos. Después hubo una comida, y Jesús dejó la ciudad acompañado por los levitas y otros. Eran unos treinta los que le acompañaban. El camino llevaba primero por la montaña desde la cual había visto el soldado caer el pan de cebada en el campamento de los medianitas; después bajaron a un barranco a través de una alta montaña y caminaron una hora hacia el Norte en un valle junto a un agradable lago donde había casas pertenecientes a los levitas de Azo. Un río corre desde el lago a través del valle y va al Jordán. A unas seis horas de aquí, al Noreste, está Betha-ramphta-Julias en torno a una montaña. Jesús tomó algún alimento junto al lago. Tenían pescados fritos, miel, panes, botellas con bálsamo: todo esto lo habían llevado consigo. El camino de Azo hasta aquí es como de tres horas. Jesús contó en el camino y aquí parábolas del sembrador y de los campos pedregosos, porque aquí es muy pedregoso el terreno. Como se veían pequeñas canoas en el lago y pescadores con anzuelos, Jesús refirió parábolas de peces y del modo de pescar. Los pescados apresados se distribuían a los pobres.
Jesús en Ephron
A una hora y media está Ephrón, aunque de aquí no se puede verlo, sino las altas montañas que están enfrente. Jesús se separó de la gente de Azo, que eran las mejores de todos sus caminos, y siguió viaje hasta Ephrón. Delante de la ciudad fue recibido por los levitas. Ya habían dispuesto a muchos enfermos en camastros de madera, a los cuales ponían un techo de tela. Jesús sanó a estos enfermos. La ciudad está en la altura, a Mediodía de un pasaje estrecho en el cual corre un arroyo que se desborda a menudo hacia el Jordán, el cual se puede ver desde aquí en el barranco muy lejos. Enfrente hay una montaña alta y angosta, donde la hija de Jefté con sus compañeras esperaba a su padre vencedor, y luego a una señal que recibía con humo desde lejos, volvió apresurada a Ramoth para salir con grande algazara y esplendor al encuentro de su padre. Aquí enseñó Jesús y sanó a muchas personas. Estos levitas pertenecían a una antigua secta de los recabitas. Jesús les reprochó su demasiada severidad y la dureza de algunas de sus ideas y dijo al pueblo que en eso no debían imitarlos. Jesús recordó en esta ocasión a aquellos levitas que habían examinado y mirado injustamente (con demasiada curiosidad) el Arca de la Alianza que devolvían los filisteos, y que fueron castigados. Los recabitas descienden de Jetró, el suegro de Moisés. Vivían bajo tiendas en un tiempo, no cultivaban la tierra y no probaban el vino. Eran generalmente los cantores y los porteros del templo de Jerusalén. Aquellos que en Bethsames habían mirado. contra la prohibición de Dios, el Arca que volvía y fueron castigados con la muerte. eran recabitas que vivían allí bajo tiendas (Reyes, L 6- 15). Jeremías intentó una vez en vano hacerles probar vino en el templo y su observancia a los preceptos de la secta era un ejemplo para los israelitas. Ahora, en tiempos de Jesucristo, ya no vivían bajo tiendas, pero tenían aún costumbres diferentes de los demás. Llevaban un efod (escapulario) de pelos como cilicio sobre la carne y un vestido de pieles y otro blanco y hermoso con una faja muy ancha. Por estos trajes se distinguían de los esenios. Observaban exageradas normas de limpieza y algunas costumbres extrañas en los casamientos y juzgaban por la sangre derramada si una persona debía casarse o no y según estas señales casaban o prohibían el casamiento. Algunos vivían en Argob, en Jabesh y en la Judea. No contradecían a Jesús: eran humildes y recibían los reproches que les hacía. Jesús les reprochó su demasiada severidad contra los adúlteros y asesinos, cuyo perdón y arrepentimiento no querían ellos recibir. Los ayunos los observaban rigurosamente. Junto a la montaña he visto varias fábricas y talleres de fundición y herrerías. Fabricaban ollas y caños para el agua, que hacían en dos partes y las soldaban luego.
Abigail, la mujer repudiada por el tetrarca Felipe
Desde Ephrón anduvo Jesús con sus discípulos y algunos recabitas unas cinco horas al Noreste. hacia Betharamphta-Julias, hermosa ciudad situada en lo alto. Durante el camino enseñó con motivo de un taller de metales donde se extraía el cobre que se trabaja en Ephrón. En Betharamphta había también recabitas y algunos sacerdotes. Los de Ephrón me parece que están subordinados a éstos. La ciudad es grande y espaciosa en torno a la montaña. La parte Oeste está habitada por los judíos y la del Este, en las alturas, por los paganos. Ambas están separadas por un camino de murallas y parque de recreo con avenidas. Arriba, sobre la montaña, hay un hermoso castillo con torres, jardines y árboles. Allá vive una mujer repudiada por el tetrarca Felipe, que recibe de los impuestos recaudados en la ciudad. Tiene cinco hijas ya crecidas consigo y desciende de los reyes de Gessur. Se llama Abigail; es una mujer de edad, de hermosa presencia, fuerte y de carácter muy bondadoso y compasivo. Felipe era de más edad que Herodes de Perea y Galilela. Era un hombre de modales pacíficos y bueno, al modo de los paganos, y medio hermano del otro Herodes nacido de otra madre. Había casado primero con una viuda que tenía una hija. Por ese tiempo el marido de Abigail tuvo que ir a la guerra o a Roma y dejó en la corte de Felipe a su mujer. Ésta fue entre tanto seducida por Felipe, quien luego casó con ella, razón por la cual el marido murió de pena y dolor. Cuando después de algunos años estuvo por morir la primera mujer repudiada por Felipe, rogó ésta al tetrarca que se hiciera cargo al menos de su hija. Felipe, cansado ya de Abigail, casó con su hijastra y relegó a Abigail con sus cinco hijas a Betharam, que se llamaba también Julias en honor de un Emperador romano. Abigail vivía pues aquí entregada a obras buenas; era muy amiga de los judíos, con un gran deseo de la salud y de conocer la verdad. Estaba siempre bajo la vigilancia de algunos empleados de Felipe. Felipe tenía también un hijo; su nueva mujer era mucho más joven que él. Jesús fue recibido bien en Betharam y servido. En la mañana de su llegada sanó a muchos enfermos de los judíos; por la tarde enseñó en la sinagoga, y a la mañana siguiente sobre los diezmos y los primogénitos de Moisés (V, 26-29), y sobre Isaías (cap. 60). Abígail estaba en muy buenas relaciones con los habitantes, que la estimaban; enviaba a menudo regalos a los judíos para servir a los discípulos de Jesús. Por el primer día de Tisri era la fiesta del principio de año y se tocaban toda clases de instrumentos desde lo alto de la sinagoga. Había arpas entre éstos y trompetas con varias aberturas. He visto de nuevo aquel instrumento extraño compuesto de varios otros que había visto en Cafarnaúm: era de fuelles y se soplaba dentro. Todo estaba adornado con frutos, hojas y flores. Había diversas costumbres según las distintas razas o tribus de pueblos. Durante la noche las mujeres, vestidas de largas túnicas, oraban sobre las tumbas, con las luces encubiertas. He visto que todos se bañaban, las mujeres en sus casas y los hombres en los baños públicos. Estaban siempre separados los hombres casados de los jóvenes, como las mujeres casadas de las jóvenes. Estos frecuentes baños entre los judíos procedían con economía, pues no abundaba el agua en todas partes. Por esto he visto que a veces se tendían de espaldas en un recipiente y derramaban el agua sobre el cuerpo con una taza: más bien se lavaban que se bañaban. Hoy se bañaban fuera de la ciudad, en agua completamente fría. También he visto que hoy todos se hacen regalos unos a otros: los pobres fueron generosamente socorridos. Se les dio primero una gran comida, había allí largas hileras de regalos en vestidos, mantas y alimentos que se les repartieron. Cada uno que recibía regalos de un amigo daba algo a los pobres. Los recabitas presentes ordenaban todo y miraban lo que cada uno repartía a los pobres. Tenían tres rollos de escritos, donde anotaban las virtudes de cada donador sin que ellos lo advirtiesen. A uno de los rollos lo llamaban el libro de la vida, a otro el libro de la senda del medio, y al tercero el de la muerte. Los recabitas tenían varias de estas ocupaciones, y en el templo eran los porteros, los encargados de contar y calcular, y especialmente cantores, como lo hacían en la fiesta de hoy. También Jesús recibió regalos de vestidos, mantas y monedas, que hizo repartir entre los pobres.
Jesús con los paganos y con Abigail
Mientras se celebraban estas fiestas fue Jesús adonde estaban los paganos. Abigail le había pedido con mucha instancia y los mismos judíos, a los cuales les hacía muchos favores, le habían pedido que fuera a hablar con ella. Lo he visto, con algunos de sus discípulos, cruzando la ciudad de los judíos. e ir a la de los paganos, por entre un parque, en el centro de la ciudad. que era el lugar de encuentro de judíos y paganos cuando se veían por cuestión de comercio. Allí se había detenido Abigail con sus cinco hijas, con su séquito y con otras muchas jóvenes paganas. Abigail era una mujer fuerte, de elevada estatura, de unos cincuenta años, como Felipe. Tenía en su rostro algo de triste y de ansioso, deseaba salud y enseñanza; pero no sabía qué debía hacer; se encontraba envuelta en compromisos y era vigilada por los espías de Felipe. Se echó a los pies de Jesús, que la levantó; luego la adoctrinó a ella y a todas las presentes, mientras iba y venia de un lado a otro. Habló del cumplimiento de las profecías, del llamamiento de los paganos y del bautismo. De todos los puntos donde había estado Jesús iban grupos de personas a Ainón y eran bautizadas por los discípulos que Jesús había dejado allí: había entre ellos judíos y paganos, que pedían ser bautizados. Andrés, Santiago el Menor, Juan y los discípulos del Bautista bautizaban allí. Del lugar donde estaba preso el Bautista iban y venían mensajes. Jesús recibió de Abigail las acostumbradas muestras de reverencia. Había dispuesto servidores judíos que le lavaron los pies y le dieron la bienvenida. Le pidió humildemente perdón por haber deseado conversar con Él, puesto que hacía tiempo ansiaba la salud y su enseñanza, y le pedía también tomara parte en una fiesta que había preparado. Jesús se mostró sumamente bueno hacia todos y hacia ella en particular. Las palabras de Jesús, como su mirada, la conmovieron profundamente. La enseñanza dada a los paganos duró hasta la tarde. Jesús aceptó la invitación de Abigail y se dirigió a la parte oriental de la ciudad, no lejos del templo de los paganos, lugar de muchos baños, donde se había organizado una fiesta. Los paganos también celebraban el novilunio con especial solemnidad. Antes de llegar Jesús, el camino llevaba a la calle divisoria de judíos y paganos. Allí vio muchos enfermos tendidos en camastros de madera, en las casas abiertas en los muros: eran paganos y estaban tendidos entre paja y tamo. Los paganos tiene aquí muchos pobres. Por el momento no sanó a ninguno. En ese lugar de recreo de los paganos enseñó Jesús largo tiempo a los paganos, en parte caminando y en parte durante la comida. Habló en parábolas de los pájaros, para mostrar sus trabajos inútiles e infructuosos; habló de las arañas que se desentrañan sin provecho, de la solicitud de las hormigas y de las avispas; y contrapuso el trabajo ordenado y fructuoso de las abejas. La comida en la cual tomó parte Abigail, tendida como las demás a la mesa, fue de provecho para los pobres, porque Jesús ordenó que se repartiese entre e llos. Había también grandes fiestas en el templo de los paganos, que era bastante hermoso y tenía cinco partes abiertas, con galerías de columnas, por las cuales se podía ver. En el medio había una cúpula alta. Había ídolos en varias galerías. El principal de estos ídolos se llamaba Dagón: tenía arriba forma de hombre y terminaba como un pez. Otros ídolos tenían figuras de animales; pero ninguna de formas hermosas, como las estatuas griegas y romanas. He visto a doncellas que ponían coronas y guirnaldas a los ídolos, mientras cantaban y danzaban, y a los sacerdotes que ofrecían incienso sobre un trípode. En la cúpula del templo había una maravillosa representación de la noche en movimiento. Se movía una bola luminosa rodeada de estrellas en torno del techo y se podía ver desde afuera y adentro. Parecía representar el movimiento de las estrellas, o la luna nueva, o el curso del nuevo año. La bola brillante caminaba despacio y cuando llegaba a la otra parte, cesaban los cantos de este lado y comenzaban del otro donde llegaba la luna. No lejos de donde Jesús había tomado parte en la comida, había un lugar de recreo donde he visto jugar a las doncellas: estaban ceñidas, las piernas con ataduras y llevaban arcos con flechas y picas pequeñas adornadas con flores; corrían en un espacio adornado con flores y otros artificios; tiraban flechas y arrojaban las picas contra aves sujetas y contra varios animales, como cabríos y pequeños asnos amarrados al palco delante del cual corrían. Había allí, cerca del lugar de la fiesta, un ídolo espantoso con las fauces abiertas, como una bestia, y en lo demás parecido a un hombre con las manos puestas delante; estaba vacío y debajo ardía fuego. Los animales que alcanzaban a matar los ponían en sus fauces y se quemaban allí, cayendo los restos abajo. Los animales que no eran alcanzados, eran tenidos por sagrados y apartados de los demás: se les cargaba, por medio de los sacerdotes, los pecados de los habitantes y lo largaban al desierto. Era algo semejante a lo que practicaban los judíos con el macho cabrío. A no haber allí el sufrimiento de los animales y ese ídolo espantoso, me habría agradado sumamente la ligereza y la habilidad de esas muchachas en el correr y tirar. La fiesta duró hasta la tarde, y cuando salió la luna se sacrificaron los animales. Por la noche estaba todo el templo pagano y el castillo de Abigail lleno de antorchas luminosas. Jesús enseñó después de la cena y se convirtieron muchos paganos, que iban luego al bautismo a Ainón. Por la noche subió Jesús, a la luz de las antorchas, hasta el castillo de Abigail y habló con ella en el vestíbulo de su palacio, bajo columnas. Estaban allí algunos empleados de Felipe. La mujer se hallaba así contrariada en todo, porque era espiada, y dio a entender a Jesús su situación con una mirada que dirigió a los hombres que la observaban. Jesús conocía todo su interior y también la banda que la vigilaba; tenía compasión de ella. Ella preguntó si podía reconciliarse con Dios. Un punto era el que la tenía siempre afligida: su anterior adulterio y la muerte prematura de su marido. Jesús la consoló y le dijo que sus pecados le eran perdonados; que siguiera haciendo obras buenas, perseverando y orando. Ella era de la raza de los jebusitas, paganos que tenían por costumbre abandonar a sus criaturas defectuosas y dejarlas perecer, y muchas supersticiones con motivo de las señales observadas en el nacimiento de los niños. En todos los lugares donde llegaba Jesús, se veían preparativos para la fiesta de los Tabernáculos: se traían artefactos de lata y se hacían tiendas ligeras de campaña y chozas de ramas y hojas en Betharamphta y sobre los techos de las casas. Las doncellas estaban preocupadas en seleccionar flores y plantas y ponerlas en agua o en los sótanos y lugares frescos para conservarlas frescas. Como hay delante de esta fiesta varios días de ayuno, ya se hacen preparativos para las comidas de entonces y los muchos invitados. Las provisiones están repartidas entre varios encargados y se pagan a los pobres que ayudan, y al fin de las fiestas se les da una comida y son recompensados por su trabajo. No se ven en estos lugares públicos casas para comprar o vender mercaderías. En Jerusalén, además de los lugares del templo, hay sitios apropiados con negocios y almacenes; en las otras ciudades, a lo más, hay cerca de la puerta una tienda donde venden mantas, especialmente por donde pasan las caravanas; no se ven gentes que estén sentadas en fondas bebiendo juntas: a lo sumo se ve alguno que otro hombre junto a una tienda, a la entrada de la ciudad, con un jarrón de vino u otra bebida. Pasa un viajero, toma alguna bebida y sigue su camino. Raro será que se quede allí sentado, tomando: por esta causa jamás se ve un borracho por la calle. Hay personas que venden agua: llevan recipiemes de cueros puestos sobre un palo, que apoyan en la espalda, a ambos lados. Los utensilios de cocina y de trabajo de hierro cada cual los va a comprar allí donde se fabrican; viajan en asnos. Al día siguiente pasó Jesús entre la pared divisoria de los judíos y de los paganos y sanó a todos los pobres enfermos paganos que yacían en las cuevas y antros miserables, a quienes los discípulos repartían limosnas. Más tarde Jesús enseñó, a modo de despedida, en la sinagoga. Como en esta fiesta ocurre también la conmemoración del sacrificio de Isaac, Jesús habló del verdadero Isaac y de su sacrificio; pero ellos no lo entendieron. En todos estos lugares habla bien claro del Mesías, pero nunca expresa claramente que Él es ese Mesías esperado.
Jesús en Abila
Jesús anduvo con sus discípulos, acompañado por los levitas, tres horas al Noroeste hacia un barranco donde corre el río Karith, para echarse en el Hieromax, en dirección a la hermosa ciudad de Abila, que está en ese barranco. Los levitas le acompañaron hasta una montaña y luego se volvieron. Eran las tres de la tarde cuando llegó Jesús a las puertas de la ciudad, donde fue recibido por los levitas, entre los cuales había algunos recabitas. Con ellos estaban también tres discípulos de Galilea que esperaban a Jesús. Acompañaron a Jesús, dentro de la ciudad, junto a un hermoso pozo de agua. Era la fuente del arroyo Karith. La casa edificada sobre la fuente estaba sostenida con columnas, en medio de la ciudad, donde estaban la sinagoga y otros edificios. A ambos lados de la ladera de la montaña continuaban los edificios y las casas; las calles estaban trazadas en diagonales o estrellas de modo que de todos los puntos se podía ver este centro donde estaba la fuente. Junto a ella los levitas lavaron los pies a Jesús y a sus discípulos y les dieron la refección que acostumbraban. En los jardines y lugares adyacentes he visto a doncellas y hombres haciendo los preparativos para las fiestas de los Tabernáculos. Desde este lugar fue Jesús con ellos a una media hora de camino afuera de la ciudad, donde había un puente de piedra ancho sobre el río Karith. Había allí un sillón de enseñanza levantado en honor de Elías: la cátedra tenía ocho columnas alrededor sosteniendo la techumbre. Ambas orillas del río estaban arregladas en forma de escalones para los oyentes, y todo estaba lleno de personas deseosas de oír a Jesús, La cátedra consistía en una columna con un sillón arriba. De este modo Jesús al enseñar podía volverse a todos lados, según los casos. Se recordaba ese día a Elías, a quien le había sucedido algo junto al río. Después de la enseñanza hubo una comida en un sitio de recreo y de baños, delante de la ciudad. Con el sábado se cerraba esta fiesta, porque al día siguiente era día de ayuno por la muerte de Godolías (IV Reyes, 22-25). Se tocaron las trompetas. He visto en la ladera de la montaña, al Este de la ciudad de Abila, una única hermosa excavación de sepultura con un jardincito delante, y mujeres de tres familias de la ciudad celebraban alli una conmemoración de muertos. Estaban sentadas, cubiertas con velo, llorando; recitaban salmos de lamentaciones y se echaban a menudo con el rostro en tierra. Mataban hermosos pájaros con plumas de colores, que sacaban y quemaban sobre el sepulcro. La carne de estas aves las repartían a los pobres. El sepulcro era de una egipcia de la cual descendían las mujeres que estaban allí. Antes de la salida de Egipto de los hijos de Israel vivía allí una mujer ilegítima, pariente del Faraón, el cual distinguía a Moisés y a los israelitas haciéndoles grandes favores. Era una profetisa que descubrió a Moisés el escondite donde habían ocultado la momia de José, la última noche que estuvieron en Egipto. Se llamaba Sególa. Una hija de Ségola fue mujer de Aarón: pero se separó de ella y casó luego con Isabel, hija de Aminadab, de la tribu de Judá. Con Aminadab tenía la mujer repudiada una relación que ya no puedo recordar. La hija de Sególa, que fue enriquecida por Aarón y su madre, y que llevó muchos tesoros a la salida de Egipto, siguió a los Israelitas en su salida del país, casó luego con otro hombre y se unió a los madianitas de la descendencia de Jetró. Los descendientes de éstos se establecieron en Abila, vivían en tiendas y el cadáver de esta mujer estaba allí enterrado. Después de los tiempos de Elías se edificó a Abila y entonces se establecieron permanentemente en la ciudad. En los tiempos de Elías yo no veía esta ciudad; o se edificó después, o si estaba antes habría sido destruida en alguna guerra. Vivían ahora aún tres familias de esa descendencia y celebraban la muerte de esta hija de Sególa: su momia había sido traída aquí del desierto y sepultada. Las mujeres ofrecían a los levitas aros y joyas diversas en memoria de la muerta. Jesús habló y alabó a esta mujer, y se refirió también a la compasión de su madre Sególa, enseñando desde el sitial de Elías. Las mujeres oían las palabras de Jesús, detrás de los hombres. En la comida, en ese lugar de recreo y de baños, estaban presentes muchos pobres, y cada comensal tenía que darles una parte de su porción. Al día siguiente he visto a los levitas llevar a Jesús a un gran patio con muchas celdas en derredor, donde había unos veinte ciegos de nacimiento y sordomudos, cuidados por enfermeros y médicos, porque era una especie de hospital. Los sordomudos eran como niños: cada uno tenía un retazo de quinta donde plantaba o se divertía. Se acercaron todos a Jesús y con los dedos indicaban la boca. Jesús se inclinó y escribió con el dedo diversos signos en la arena. Ellos miraban con atención y según lo que escribía indicaban algún objeto de los alrededores: así les hizo entender algo de Dios. No sé si hacía Jesús figuras o letras, y si antes habían sido ya algo instruidos. Después Jesús puso los dedos en sus oídos y les tocó con el pulgar y el índice debajo de la lengua. Se sintieron conmovidos fuertemente, miraban en torno, oían. Lloraron de alegría, hablaron y se echaron a los pies de Jesús, terminando por entonar una melodía sencilla de pocas palabras. Parecía algo a lo que cantaban los Reyes Magos en su viaje a Belén. Jesús fue entonces junto a los ciegos, que estaban silenciosos en una hilera. Oró y puso sus dos pulgares sobre los ojos y de pronto tuvieron vista. Vieron a su Salvador y Redentor y mezclaron sus cantos de alabanza con los sordomudos, que lo alababan y podían ya oír sus enseñanzas. Era un espectáculo amable y sobremanera conmovedor. Toda la ciudad acudió a su encuentro, cuando salió Jesús con los sanados, a los cuales mandó que se bañasen y lavasen. Después fue con los discípulos y levitas, a través de la ciudad, hacia la cátedra de Elías. Se había producido un gran movimiento en toda la ciudad. Habían soltado también, por el anuncio de los prodigios obrados, a algunos endemoniados. Corrían a un rincón de la calle algunas mujeres mentecatas que charlaban, gesticulaban y gritaban hacia Él: «¡Jesús de Nazaret; Tú eres el profeta; Tú eres Jesús; Tú eres el Cristo, el profeta!» Eran mentecatas y locas, de índole tranquila. Jesús les ordenó que callaran, y obedecieron al instante. Les puso las manos sobre la cabeza, ellas se echaron a sus pies, y lloraron, se pusieron silenciosas, se avergonzaron de sí mismas, y fueron sacadas de allí por sus parientes. También algunos endemoniados furiosos se abrieron paso entre la multitud y hacían ademán como si quisieran despedazar a Jesús. Él los miró y ellos acudieron como perros acosados a echarse a sus pies. Con un mandato hizo salir los demonios de ellos. Cayeron como en un desmayo, mientras salía un oscuro vapor de los cuerpos. Pronto volvieron en si: lloraron, dieron gracias y fueron llevados por sus parientes. Ordinariamente les mandaba Jesús que se purificaran. Luego enseñó de nuevo sobre el sitial de Elías, sobre el río, hablando de Elías, de Moisés y de la salida de Egipto. Con ocasión de los sanados, habló de las profecías que anunciaban que en tiempos del Mesías, los sordos oirían, los mudos hablarían y los ciegos verían. Refirióse a aquellos que, viendo los signos, no querían creer.