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Jesús visita la escuela de Rebeca
Cuando Jesús entró en la escuela estaban las jóvenes haciendo un cálculo sobre la venida del Mesías y todas llegaron con sus cuentas a determinar el tiempo presente. La entrada de Jesús produjo una impresión extraordinaria. Jesús enseñó sobre esto mismo y explicó todo claramente. El Mesías estaba allí y no era reconocido. Habló del Mesías desconocido y del cumplimiento de las señales que deben hacerlo reconocer. De las palabras: «Una Virgen dará a luz un Hijo», habló Jesús en términos oscuros: esto les era difícil comprenderlo ahora. Les dijo que debían considerarse dichosas de vivir en este momento tan deseado por los patriarcas y los profetas, que no lo alcanzaron. Habló de las persecuciones y de los sufrimientos del Mesías, les explicó varios pasajes y les dijo que pusieran atención a lo que había de suceder en la próxima fiesta de los Tabernáculos, en Jericó. Habló de prodigios y de un ciego que había de sanar. Les hizo un cálculo del tiempo del Mesías, habló de Juan y de su bautismo, y preguntó si ellas deseaban también el bautismo. Les enseñó la parábola de la dracma perdida. Estas niñas estaban sentadas en la escuela con las piernas cruzadas, a veces con una rodilla levantada; cada una tenía un banquillo al lado que formaba un ángulo; de un lado se apoyaban lateralmente y sobre la parte más ancha ponían sus rollos cuando escribían; a menudo estaban de pie para escuchar las lecciones. Había en la misma casa una escuela de niños; era una especie de asilo, una fundación para educar niños huérfanos o niños judíos rescatados de la esclavitud, que habían crecido lejos de toda enseñanza judaica. Tenían parte en la enseñanza fariseos y saduceos, y eran recibidas también niñas pequeñas que eran instruidas por otras mayores. Cuando entró Jesús en la escuela de los niños, estaban éstos ocupados en calcular algo sobre la historia de Job y no acababan de salir del paso. Jesús les explicó lo que no entendían y les puso en la pizarra algunos signos para aclararlo. Les explicó también algo que trataba de una medida de dos horas de camino o de tiempo, que ahora no recuerdo, y les habló mucho a los niños del libro de Job, que era desechado por algunos rabinos como verdadera historia, porque los edomitas, de cuyo país era Herodes, se burlaban de los judíos por ser crédulos de la historia de un hombre del país de Edom, donde nadie lo conocía. Decían que lo de Job sólo era una fábula o parábola para entretener a los israelitas en el desierto. Jesús explicó a los niños la historia de Job, cómo sucedió en realidad, y lo explicó al modo de los profetas y maestros de la niñez, como si viera todo ante sus ojos, como si fuese su propia historia, como si hubiese Él visto y oído todo, o como si Job mismo le hubiese contado a Él su historia. Parecíales a los niños que Él había vivido con Job, o que era un ángel de Dios o el mismo Dios. Y esto no les extrañaba a aquellos niños: sentían por momentos que era un Profeta, y sabían algo de Melquisedec de quien nadie sabía lo que era en realidad. Les habló, en una parábola, del significado de la sal y del hijo pródigo. Mientras tanto habían llegado los fariseos, los cuales se irritaron porque Jesús se aplicaba a Sí mismo muchas cosas que decía del Mesías. Por la tarde anduvo Jesús con esos levitas y con los niños delante de la ciudad. Las niñas pequeñas, guiadas por las mayores, venían detrás. Algunas veces se detenía Jesús hasta que llegaran las niñas, mientras los niños caminaban delante. Les enseñaba, haciendo comparaciones con las cosas que veían en la naturaleza. De todas las circunstancias sacaba lección: de la vista de los árboles, de los frutos, de las flores, de las abejas, de los pájaros, del sol, de la tierra, del agua, del ganado y del trabajo del campo. Les habló maravillosamente de Jacob y del pozo que cavó en este lugar; y cómo ahora venía a ellos (a los niños) el agua viva; y lo que significa cegar el pozo, taparlo con basura, como hacían los enemigos de Abraham y de Jacob, y aplicó esto a los que intentan desacreditar los prodigios y las enseñanzas de los profetas, como hacen los fariseos.
Jesús va de Abelmehola a Bezech
Cuando Jesús a la mañana siguiente volvió a la sinagoga, estaban todos los fariseos y saduceos presentes con mucho pueblo. Jesús abrió los rollos y explicó a los profetas. Los fariseos disputaron con Jesús obstinadamente, pero Él los avergonzó a todos. Se había introducido en la sinagoga un hombre con el brazo y las manos baldadas; había deseado tanto tiempo poder acercarse y ahora esperaba que Jesús al salir lo viera junto a la puerta de la sinagoga. Algunos fariseos se irritaron contra él y le mandaron se apartase, y como él se resistiese. intentaron sacarlo a empujones. Él se plantó lo mejor que pudo en la puerta y miraba con aire de piedad a Jesús, bastante distante, por la mucha gente, en un sitial alto. Jesús se volvió al enfermo y le dijo: «¿Qué pides de Mi?» Habló entonces el enfermo: «Señor, te pido que me sanes, porque sé que lo puedes, con tal que lo quieras». Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado; extiende tu mano sobre el pueblo». Y en el mismo momento le vino salud al hombre desde distancia. Extendió sus manos a lo alto y clamó, alabando a Dios. Jesús le dijo: «Vete a tu casa y no hagas tumulto». El hombre contestó: «Señor, ¿cómo podré ocultar un favor tan grande que he recibido?» Salió fuera y publicó por todas partes el prodigio. Acudieron entonces muchos enfermos delante de la sinagoga, y Jesús, al pasar, los sanó. Después de esto estuvo con los fariseos en una comida, porque a pesar de su irritación y de su rabia interna, lo trataron con cortesía exteriormente, para tener ocasión de espiar mejor sus palabras y sus hechos. Por la tarde lo vi todavía sanando enfermos. Durante la mañana estuvo Jesús en la escuela de los niños. Por último lo vi rodeado de las más pequeñas, que estaban juntitas a Él, tocando sus vestidos y tomándole de las manos. Jesús se mostró muy cariñoso con ellas y las exhortó a ser obedientes y a temer a Dios. Las mayores estaban detrás de las pequeñas. Los discípulos, a distancia, estaban extrañados y deseaban que se retirase de ellas. Ellos pensaban, al modo de los judíos, que tal familiaridad no era conveniente para un profeta, y que podría dar que hablar. Jesús desestimó sus vanos temores, y después que hubo exhortado a todos los niños, animado a los más crecidos y fortalecido a los maestros, mandó a uno de sus discípulos que hiciera a cada niña un regalito. Recibieron monedas unidas una con otra, creo que un par de dracmas. Luego bendijo a todas las niñas, abandonó con sus discípulos el lugar y se encaminó al Este, en dirección del Jordán. En el camino enseñó a grupos de labradores y pastores, y llegaron a eso de las cuatro de la tarde frente a Bezech, que está como a dos horas al Este de Abelmehola, en dirección al Jordán. Hay allí dos lugares a ambos lados del río. La comarca es montañosa y quebrada y las casas están desparramadas. Bezech está formada más bien por dos poblaciones. Los habitantes viven como aislados y no tienen mucho comercio; la mayor parte son labradores que trabajan en un terreno pedregoso con mucha fatiga y se ocupan de fabricar instrumentos de labranza, que llevan al mercado, y hacen toscas mantas y telas para tiendas de campaña. Como a hora y media de allí hace el Jordán una vuelta hacia el Oeste, como si quisiese correr hacia el Huerto de los Olivos; pero da luego media vuelta y forma así una península en la ribera Oriental, sobre la cual hay una hilera de casas. Cuando vino Jesús de Galilea a Abelmehola tuvo que pasar un río; ahora desde Bezech hasta Ainón podrá haber cuatro horas de camino al otro lado del río. Delante de la ciudad, Jesús entró en un albergue, el primero de los que las mujeres de Betania habían destinado para Jesús y sus discípulos cuando andaba por esos contornos. Estaba al cuidado del albergue un hombre piadoso y bien intencionado, el cual salió al encuentro de los viajeros, les lavó los pies y les sirvió alimento. Jesús entró en la ciudad donde los jefes de la escuela le recibieron en la calle y entró en las casas de algunos enfermos, dándoles la salud. Se han reunido como unos treinta discípulos en torno de Jesús. Con Lázaro han venido varios discípulos de Jerusalén y de los alrededores y otros de Juan. Algunos venían ahora de Macherus, con un mensaje de Juan para Jesús. Juan le pedía que dijese claramente que era el Mesías y se presentase públicamente. Entre los mensajeros estaba un hijo del viudo Cleofás. Entiendo decir Cleofás de Emaús, pariente del otro Cleofás, marido de la sobrina de María Santísima, y que por eso se llama María Cleofás. Otro de estos discípulos era José Barsabas pariente de Zacarías de Hebrón. Sus padres habían vivido primeramente en Nazaret y ahora en Cana. Entre estos discípulos de Juan acuden otros a mi memoria. Los hijos de María Helí, la hermana mayor de María Santísima, eran discípulos de Juan: habían nacido tan después de su hermana María Cleofás, que apenas eran mayores que los hijos de ésta. Éstos fueron discípulos de Juan y le siguieron hasta la muerte del Bautista; luego se pasaron a Jesús. Los esposos que cuidaban el albergue de Bezech eran piadosos y vivían, según voto que habían hecho, en continencia, aunque no eran esenios. Eran parientes lejanos con la Sagrada Familia. Jesús habló varias veces a solas con estas personas. Todos los discípulos presentes comieron y durmieron en este albergue. Había allí, dispuestos por Lázaro y las mujeres de Betania, utensilios de cocina, mantas, alfombras, camillas, tabiques de separación, suelas, vestidos. Marta tenía, en una casa junto al desierto de Jericó, todo lo necesario para estos albergues. Había allí viudas pobres y algunas arrepentidas que trabajan en eso y se mantenían ellas mismas. Todo esto se hacía en silencio, sin llamar la atención. Pero no era poco trabajo tener todo lo necesrio para tantas personas y vigilar continuamente estos lugares, enviar mensajeros o ir personalmente para ordenar y proveer. Jesús hizo un gran sermón a la mañana sobre una colinita, en un lugar donde los habitantes habían dispuesto un sillón para Jesús. Se habían reunido muchas personas para oír a Jesús, entre ellas unos diez fariseos de los alrededores para espiarlo. Enseñó, con gran mansedumbre y amor hacia el pueblo, que era de buena índole y que por haber oído a Juan y haber sido bautizado por él, ya estaba convertido y mejorado. Los exhortó a permanecer contentos en su estado de pequeñez, a ser compasivos y trabajadores. Habló del tiempo de la gracia, del reino, del Mesías y más claramente de su misma Persona. Habló de Juan, de su testimonio, de su persecución y prisión. Habló del adulterio de los reyes por cuya causa estaba Juan en la prisión. Contrapuso la severidad de los fariseos que habían ejecutado en Jerusalén a algunos adúlteros, que al fin no cometían el pecado tan escandalosamente como los reyes. Todo lo dijo claramente, sin reticencias. Exhortó a cada uno, según su estado, sexo, condición y edad. Un fariseo preguntó si Él entraba ahora en lugar de Juan, si Él era Aquél del cual Juan hablaba. Jesús contestó en general y le hizo notar su doblez y fingimiento. Jesús tuvo aquí una conmovedora instrucción para los niños y niñas. Los exhortó a la paciencia: si otro maltrata, no responder con golpes, sino llevarlo con paciencia, apartarse y perdonar al ofensor. Nada devolver al malo, sino amor doble, y hasta a los enemigos debían quererlos bien. Les dijo que no tocasen los bienes ajenos ni los deseasen, y si otro niño deseaba tener sus plumas, sus útiles de escribir, sus juegos, sus frutas. que les diesen lo que deseaban y aún más, para dejarlos contentos, siempre que pudieran lícitamente dar esos objetos. Sólo los mansos, los compasivos y misericordiosos tendrán asiento en su reino. Y este asiento lo pintó a los niños muy hermosamente, como un trono. Habló de los bienes de la tierra que hay que abandonar para obtener los bienes del cielo. A las niñas les recomendó especialmente no envidiar los trajes de vanidad, la obediencia, respeto y amor a los padres, mansedumbre y temor de Dios. Acabada la enseñanza pública dirigió una alocución a sus discípulos en particular consolándolos con mucho amor y exhortándolos a llevar con Él todo con paciencia y no tener preocupación por las cosas de la tierra. Les dijo que su Padre en el cielo los recompensaría abundantemente y que poseerían el reino con Él. Habló de la persecución que sufrirían Él y ellos, y les dijo claramente: «Si los fariseos, saduceos o herodianos os alaban, entonces pensad que os habéis apartado de mi enseñanza y que ya no sois mis discípulos». Nombró estas sectas con los nombres que les correspondían. Alabó a los habitantes del lugar por su misericordia y compasión, porque toman a menudo a su servicio unos pobres de Abelmehola y trabajadores necesitados. Los alabó también por la sinagoga nueva que habían edificado costeando ellos mismos los gastos, aunque les habían ayudado gentes buenas de Cafarnaúm. Después sanó a muchos enfermos y fue con los discípulos al albergue. Por la tarde se dirigió a la sinagoga, porque había comenzado el sábado.
Jesús enseña en la sinagoga. Se declara Mesías
Jesús enseñó sobre Isaías, 51, 12: «Yo soy vuestro Consolador». Habló contra el respeto humano: que no tuviesen temor de los fariseos y de otros molestadores y pensasen que Dios los ha creado y los mantiene a cada uno. Las palabras: «Yo pongo mi palabra en tu boca», las explicó en el sentido de que Dios mandó al Mesías y que esta palabra de Dios está ahora en la boca del pueblo suyo, ya que el Mesías dice las palabras de Dios, y ellos son el pueblo del Mesías. Todo esto lo explicó tan abiertamente que los fariseos murmuraban entre sí: «Se despacha por el Mesías». Jesús continuó: que Jerusalén despierte de su somnolencia y borrachera, que la ira había pasado y la Gracia estaba allí. Dijo que la sinagoga infructuosa no daba hijos, y nadie rige y guía al pobre pueblo; pero que ahora los destructores, los hipócritas y los opresores serían castigados e irían a la perdición. ¡Que Jerusalén se despierte y Sión se levante! Todo lo declaró en sentido espiritual con respecto a las gentes piadosas, a los penitentes, a los que a través del bautismo del Jordán entran en la tierra prometida de Canaán, que es el reino de su Padre celestial; que ningún impuro, ninguno que no refrene sus pasiones, ningún pecador, pervierta ya a su pueblo. Enseñó de la redención y del nombre de Dios, que será anunciado ahora entre ellos; luego habló de Moisés V, 16, 18, sobre los jueces y empleados, sobre el torcer la justicia y el cohecho y reprobó severamente a los fariseos. Después sanó a muchos enfermos delante de la sinagoga. Al día siguiente volvió a la sinagoga a enseñar de Isaías, 51 y 52, y sobre Moisés V, 16 hasta 3 1. Habló de Juan y del Mesías, de las señales del Mesías en otra forma, y dio a entender claramente que Él era el Mesías. puesto que aquí hablaba a muchos que ya estaban preparados por el bautismo y la predicación de Juan. Trató de Isaías, 52-13 hasta 15, y dijo que el Mesías los había de juntar, que estaría lleno de sabiduría, que sería levantado y honrado, y les dijo que así como muchos se maravillaban de ver a Jerusalén pisoteada y devastada por los paganos, así aparecerá el Mesías entre los hombres, perseguido y despreciado. Él bautizará a muchos paganos y los purificará; los reyes callarán delante de Él cuando sean instruidos y aquéllos a los cuales no llegó su noticia tomarán su enseñanza y le verán. Les recordó todas sus obras y prodigios desde su bautismo, y las persecuciones que padecía en Jerusalén y en Nazaret, el desprecio de los espías y las burlas de los fariseos. Recordó los prodigios de Cana, los ciegos, los sordos, los mudos, los baldados curados y la resurrección de la hija de Jairo de Phasael. Señaló el lugar y dijo: «No es lejos de aquí; id y preguntad y veréis que es así». Les dijo: «Vosotros habéis visto a Juan y le habéis conocido; él os ha dicho que era el preparador de los caminos, el anunciador y precursor. ¿Era Juan acaso muelle, delicado, distinguido? ¿O era uno venido del desierto? ¿Vivía en palacios, comía viandas delicadas, llevaba vestidos finos y hablaba palabras cultas y halagadoras?» Les dijo que Juan era el precursor: «¿No lleva entonces el siervo los vestidos de su Señor? Si el Mesías que esperáis debiera ser un rey poderoso, brillante. rico y vencedor ¿hubiera tenido por precursor a un tal Juan? Vosotros tenéis al Salvador entre vosotros y no queréis reconocerlo. No es según vuestra soberbia idea, y porque no es así, no lo queréis reconocer como Mesías». Después enseñó mucho tiempo aún sobre Moisés V, 18, 19. «Yo les despertaré un profeta de entre sus hermanos, y quien no escucha su palabra en mi nombre, de ése tomaré yo cuenta». Fue una exposición fuerte, y nadie se atrevió a contradecirle. Dijo: «Juan estuvo en el desierto y no iba con nadie. Esto no os agradó. Yo voy ahora de pueblo en pueblo, enseño y sano a los enfermos, y esto tampoco os agrada. ¿Qué clase de Mesías queréis entonces? Cada uno de vosotros quiere otra cosa. Sois como los niños que andan por las calles, que cada uno se fabrica un instrumento diferente para soplar dentro; uno toma un caño profundo de corteza y otro una caña vacía». Y nombró varios juegos de niños, y cómo cada uno pide que le toquen en una u otra forma, en uno u otro tono y a cada uno le gusta sólo su modo propio. Hacia la tarde, cuando salió de la sinagoga, se había reunido una gran cantidad de enfermos. Muchos yacían sobre camillas y se había extendido una techumbre sobre ellos. Jesús iba de uno a otro con sus discípulos, y los sanaba. Había algunos endemoniados, que clamaban y se irritaban. Jesús los libró del demonio mandándoles callar y pasando entre ellos. Había baldados, tísicos, hidrópicos. otros con granos en la garganta, mudos y sordos. Sanó a todos, en particular, imponiéndoles las manos o tocándolos, aunque su modo de obrar era diferente en cada caso. Los curados se sentían bien en seguida, sólo algo cansados y la curación se seguía pronto según la clase de la enfermedad y la disposición de cada enfermo. Los sanados se alejaban cantando salmos de David. Había, empero, tantos enfermos que Jesús no podía llegar a cada uno, y entonces los discípulos ayudaban con alzar, levantar, desatar vendas de los enfermos. Jesús puso entonces sus manos sobre las cabezas de Andrés, Juan y Judas Barsabas, y tomando las manos de ellos en su mano les mandó que hicieran en su nombre con algunos enfermos lo que Él hacía. Ellos lo hicieron así y sanaron a muchos enfermos. Después de esto fue Jesús con sus discípulos al albergue y comieron solos. Jesús apartó una gran parte de los alimentos que sobraron, los bendijo y los mandó repartir a los paganos pobres que estaban en Bezech. Estas caravanas de paganos fueron catequizadas por los mismos discípulos. Procedentes de ambas orillas del Jordán se había amontonado gran multitud de gente en Bezech. Todos los que antes habían oído a Juan querían ahora escuchar a Jesús. Una caravana de paganos, que había querido ir a Ainón, se detuvo para escuchar la enseñanza de Jesús. Bezech está como a tres cuartos de hora del Jordán, junto a una rápida corriente de agua que divide en dos partes el lugar.
Jesús deja Bezech y va a Ainón
Jesús continuó enseñando y sanando delante del albergue. Los que se iban a bautizar, la caravana de los paganos y muchos otros se dirigieron al Jordán para pasar al otro lado. El pasaje estaba a una hora y media al Sur de Bezech, cerca de la ciudad de Zarthan, junto al Jordán, a una hora de Bezech. Del otro lado, entre Bezech y Zarthan, hay un lugarejo llamado Adam. Cerca de Zarthan es donde se paró el Jordán cuando pasaron los hijos de Israel. Alli hizo fundir Salomón cacharros y utensilios; hay todavía algunas de estas industrias y al Oeste de la vuelta que da el Jordán existe un taller instalado en una montaña que se extiende hacia Samaria. Encuentran ahí algo como cobre y bronce. Jesús enseñaba durante el camino. Cuando le preguntaron si pararía en Zarthan, contestó que otros lugares lo necesitan más, que Juan había estado aquí con frecuencia, y que le pregunten a él si había comido sabrosamente en buena mesa y si se había divertido en este lugar. Había allí un vado amplio para pasar el Jordán; después tuerce el Jordán hacia el Oeste. Del otro lado caminaron como dos horas haca~ el Oriente, a la parte Norte de un arroyo que se echa en el Jordán, no lejos de allí. Llegaron a un arroyo junto a Sukkoth, a la izquierda. Descansaron entre Sukkoth y Ainón, a cuatro horas de distancia, bajo tiendas. Cuando pasaron el Jordán pudieron ver a Salem, del otro lado, que hasta ese momento lo había cubierto la ribera montañosa: estaba en medio de la desembocadura Oeste del Jordán, frente a Ainón. En Ainón había una gran multitud de gente. Los paganos se habían extendido entre la colina de Ainón y el Jordán. Habían acudido diez fariseos. de Ainón algunos, otros de diversos lugares, entre ellos el hijo del fariseo Simeón, de Betania. Con todo había entre ellos prudentes y moderados. En la parte Norte de la montaña hacia arriba está Ainón, como pequeña ciudad, como suelen ser las casas de lugares de recreo. En esta parte de la ciudad estaba la desembocadura de la fuente del estanque de los bautismos stluada al Oriente de la montaña. La fuente de agua era llevada en canales de hierro. Esta desembocadura se había cerrado y se abría sólo según la necesidad. Había una casa para el cuidado de la fuente. Delante del lugar vinieron los fariseos, entre ellos el hijo de Simón el leproso, al encuentro de Jesús. Lo recibieron amigablemente, con deferencia y respeto. Llevaron a una tienda a Jesús y a sus discípulos, les lavaron los pies, sacudieron sus vestidos y los refocilaron con pan, miel y bebida. Jesús manifestó que estaba contento, que había allí gente bien intencionada; pero le pesaba que pertenecieran a esa secta de fariseos. Siguió con ellos a la ciudad y entró en un patio donde le esperaba gran multitud de enfermos, extranjeros y del país. Yacían en parte bajo tiendas y en parte en las galerías de la casa. Algunos podían caminar. Jesús sanó a todos con la imposición de las manos y con exhortaciones. Los discípulos ayudaban a traer enfermos, a levantarlos, a desatarlos de sus vendas. Varias mujeres con flujo de sangre estaban a distancia pálidas y veladas. Cuando Jesús terminó con los enfermos, fue hacia ellas, les impuso las manos y las sanó. Había baldados, hidrópicos, tísicos, con granos en el cuello y en el cuerpo, que no eran impuros, además de mudos, sordos y dolientes de todas clases. Este patio terminaba en un corredor de columnas, donde había una entrada. Había muchos espectadores, los fariseos y algunas señoras. Jesús estaba con los fariseos aquí, porque había entre ellos algunos moderados y lo habían recibido bien y sinceramente; por eso les dio aquí ciertas preferencias. Quería mostrarles que no tenían razón en decir que sólo se juntaba con publicanos, pecadores y mendigos. Quería también mostrarles que les daba el honor que les era debido siempre y en todas partes donde se portaban correctamente. Aquí se empeñaron ellos mismos en mantener el orden entre los enfermos y Jesús dejó que hicieran todo como les parecía a ellos.
María de Suphán
Mientras Jesús estaba ocupado en sanar a los enfermos, entró por la puerta trasera del gran corredor una apuesta señora, de mediana edad, vestida a modo de extranjera. Llevaba cubierta la cabeza y los cabellos con un velo delicado, cuajado de perlas. La parte superior la cubría desde el cuello un corpiño que terminaba en forma de corazón abierto por los lados. Este corpiño estaba sobrepuesto como un escapulario, ajustado al cuerpo y cerrado con preciosas correas y adornos de perlas en el cuello y el pecho. De allí caían dos sacos plegados hasta los pies, el uno más corto que el otro, ambos de lana blanca, con adornos de hermosas flores. Las mangas eran anchas y en el hombro traía prendido un manto corto que caía sobre ambos brazos. Cubríase todo con un manto largo de lana blanca. Se acercó muy triste y angustiada, llena de confusión y de pesar; su rostro delgado indicaba llanto y su mirada era extraviada. Quería llegar hasta Jesús, y no podía por la multitud. Los atareados fariseos le salieron al encuentro, y ella les dijo: «Llevadme hasta el Profeta, para que me perdone mis pecados y me sane». Los fariseos contestaron: «Mujer, vete a casa. ¿Qué quieres aquí? Él no querrá hablar contigo. ¿Cómo podrá Él perdonar tus pecados? Él no querrá tratar contigo: eres una adúltera». Cuando la mujer oyó esto, palideció, se entristeció en extremo, se echó en tierra, rasgó su manto de arriba abajo, se quitó violentamente su velo, y gritó: «¡Ah, entonces estoy perdida! ¡Ahora vuelven a posesionarse de mi!... ¡Me desgarran!… ¡Allí están ellos!... » Y nombró a cinco diablos que entraron en ella: el diablo de su marido y los de cuatro otros amantes. Era un espectáculo espantoso. Unas mujeres que estaban allí la levantaron y llevaron a la desolada mujer a su casa. Jesús, que sabía todo esto, no quiso, sin embargo, avergonzar aquí a los fariseos; dejó que hicieran según querían y continuó su enseñanza y sus curaciones con los demás. Su hora aún no había llegado. Se dirigió con sus discípulos, acompañado del pueblo a través de la ciudad, subiendo luego a la altura, al lugar de enseñanza de Juan, en la colina rodeada de casitas y vallados, a cuyo lado estaba situado el castillo medio derruido que había habitado Herodes cuando la predicación de Juan. Todo el contorno de la colina estaba lleno de pueblo que esperaba a Jesús. Éste subió al lugar de la predicación, cubierto con lonas por arriba y abierto por los cuatro costados. Tuvo lugar una gran predicación. Jesús habló de la gran misericordia de Dios con su pueblo, en especial, y con todos, y repasó los textos de los profetas, mostrando la providencia de Dios y demostrando que todo se cumplía ahora en este tiempo y momento. Con todo, no dijo tan claramente que Él era el Mesías, como en Bezech. Habló también de Juan, de sus trabajos y de su prisión. Las muchedumbres eran llevadas y alejadas de allí, por turno, para oírle. Jesús preguntó a algunos grupos por qué querían ser bautizados, por qué habían esperado hasta ahora, qué entendían por el bautismo. Los dividió en clases que debían bautizarse primero y luego los que debían esperar hasta después de recibir mayor instrucción. Recuerdo la contestación de un grupo a la pregunta de por qué habían esperado hasta ahora. Dijo uno: «Porque Juan siempre enseñaba que vendría Uno que era más grande que él y así hemos esperado para recibir mayor gracia». Sobre esto levantaron la mano todos los que eran de la misma idea y formaron así un grupo que recibió de Jesús algunos avisos y la indicación del tiempo en que debían bautizarse. Por la tarde, a las tres, se dio por terminada esta gran enseñanza. Jesús fue con sus discípulos y los fariseos a la ciudad, donde le habían preparado una gran comida en una sala del albergue. Pero cuando Jesús llegó a la sala del festín, no entró, y dijo; «Yo tengo otra hambre», y preguntó, aunque lo sabía perfectamente, por la casa donde vivía la mujer que habían alejado de allí en la mañana. Le señalaron la casa, que no estaba lejos, y dejando Jesús a los demás, entró en el vestíbulo de esa casa. Yo he visto, cuando se acercó Jesús, el terror de la mujer. El demonio que la poseía la arrojaba de un rincón a otro de la pieza: parecía un animal que trataba de esconderse. Cuando Jesús entró al patio y se acercaba adonde estaba la infeliz, salió volando desde su casa y se metió en un sótano, ocultándose en un especie de barril, que era más angosto arriba, y al querer ocultarse, se partió el recipiente con mucho estrépito. porque era un gran tonel de barro cocido. Jesús, al fin, habló, y dijo: «María de Suphán, mujer de … (aquí pronunció el nombre del marido, que yo he olvidado): Yo te mando, en nombre de Dios, que vengas junto a Mi». Vino entonces la mujer, toda envuelta desde la cabeza a los pies. como si el diablo la forzase a envolverse en su propio manto. como un perro que se acerca, esperando ser apaleado; acercóse a Jesús arrastrándose sobre manos y pies. Jesús le dijo: «Ponte en pie». Se levantó en seguida. pero apretó su velo sobre la cabeza y el cuello tan estrechamente como si intentase estrangularse. Díjole entonces el Señor: «Descubre tu rostro». Ella levantó el velo. Tenía los ojos bajos extraviados, como si la forzase el diablo a apartarlos de Jesús. Jesús acercó su rostro al de ella y dijo: «Mírame». Y ella lo hizo así. Jesús sopló sobre ella, y un denso vapor salió de la infeliz a todos lados. Ella cayó de rodillas ante Jesús. Las criadas habían acudido por el ruido del recipiente hecho pedazos y estaban ahora a cierta distancia mirando la escena. Jesús les mandó llevar a la mujer a su casa en una camilla y la siguió con sus discípulos. La encontró allí hecha un mar de lágrimas. Jesús se acercó a ella, le puso las manos sobre la cabeza y le dijo: «Tus pecados te son perdonados». Ella lloraba a mares, y se puso de pie. Luego vinieron sus tres hijos a la pieza: un niño de doce años y dos niñas de nueve y de siete años; éstas tenían un vestido amarillo con adornos y mangas cortas. Jesús se dirigió a los niños, les habló cariñosamente, les preguntó y les enseñó. La madre dijo: «Dad gracias al Profeta; Él me ha curado». Entonces se echaron los niños en tierra, delante de Jesús. Jesús los bendijo y, según su edad, llevó a cada uno de ellos junto a su madre y puso las manos de los niños en las de la madre, y me pareció que con eso quitaba de ellos un baldón, y que ahora eran niños legítimos, pues eran hijos tenidos en su extravío. Jesús consoló a la mujer diciéndole que podía todavía reconciliarse con su marido, y la exhortó a perseverar en la penitencia y en el arrepentimiento y a vivir ordenadamente. Después se fue con sus discípulos a la cena con los fariseos. Esta mujer era de Suphán, de la tierra de Moab, y era descendiente de Orpha, viuda de Cheljón, nuera de Noemí, la que por consejo de Noemí no fue a Belén, para acompañar a Noemí, como Ruth, la otra viuda de su hijo Mahalón. Orpha, viuda de Cheljón, hijo de Elimelech, de Belén, casó de nuevo en Moab y de esta familia era María de Suphán. Era la mujer de un judío y era rica, pero adúltera, y los tres hijos que tenía no eran de su marido. Su marido la había repudiado, conservando sus hijos legítimos. Ella vivía en su casa propia, en Ainón; estaba desde hacía tiempo llena de arrepentimiento y de dolor, se portaba bien y algunas mujeres buenas de Ainón se llevaban muy bien con ella. La enseñanza de Juan Bautista y sus reproches a Herodes por su adulterio la habían confirmado en sus buenos propósitos. Estaba a menudo poseída por cinco demonios, que se habían presentado súbitamente cuando la última vez había ido al patio donde Jesús sanaba, y cuando los fariseos la desecharon, colocándola esa vez al borde de la desesperación. Por su descendencia de Orpha, cuñada de Ruth, tenía esta mujer vínculo con la ascendencia de Jesús, desde David. Me fue mostrado cómo este brazo desviado del río de la descendencia, enturbiado por la culpa, era ahora purificado, y entraba por esa purificación, por medio de Jesús, en la Iglesia. Jesús, como he dicho, entró en la sala del convite con los discípulos, donde estaban los fariseos, y se sentó a la mesa con ellos. Estaban algo amostazados porque Jesús hubiese prescindido de ellos y hubiese Él mismo buscado a la mujer que ellos, delante de tantos, habían rechazado y alejado; pero guardaron prudente silencio porque temían una reconvención de Jesús. Jesús los trató durante la comida con toda consideración y enseñó con parábolas y comparaciones. Hacia la mitad de la comida vinieron los hijos de la Suphanita vestidos de fiesta y entraron en la sala. Una de las hijitas traía un recipiente blanco con agua muy olorosa; la segunda, otro recipiente con esencia de nardo, y el niño otro recipiente. Se adelantaron a la parte abierta de la mesa, se echaron a los pies de Jesús y pusieron sus regalos sobre la mesa. La misma mujer entró luego con sus doncellas, aunque no se atrevía a adelantarse. Llevaba un velo y traía una copa de vidrio transparente y brillante, donde había plantas aromáticas rodeadas de hierbas vivas. Los fariseos miraban contrariados a la mujer y a los hijos. Jesús dijo a la mujer: «Acércate, María». La mujer se acercó humildemente y sus hijos, a quienes dio el regalo, lo depusieron junto a los demás sobre la mesa. Jesús agradeció los regalos. Los fariseos murmuraron, como más tarde con Magdalena pensando: «Esto es desperdiciar; es una prodigalidad, contra la moderación y en daño de los pobres». Lo decían sólo buscando qué reprochar en la mujer. Jesús habló muy amigablemente con ella y con los hijos, a los cuales regaló frutas; y luego salieron. La Suphanita continuaba siempre humilde, detrás de Jesús, y dijo Jesús a los fariseos: «Todos los dones vienen de Dios. Para agradecer lo que es costoso hay que dar lo más costoso también, lo que uno tiene de mejor. Esto no es prodigalidad. La gente que trabaja en la confección de estas esencias, debe también vivir». Con todo, mandó a uno de sus discípulos que el precio de los regalos lo distribuyera a los pobres. Habló todavía del arrepentimiento y la conversión de esa mujer; reclamó para ella el debido respeto, y la consideración también de los demás habitantes de la ciudad. La mujer no dijo una palabra: sólo lloraba de continuo debajo de su velo. Se echó a los pies de Jesús y salió de la sala. Jesús enseñó luego acerca del adulterio y añadió: «¿Quién de entre vosotros se encuentra libre del adulterio espiritual?» Dijo que Juan no pudo convertir a Herodes; pero que esta mujer estaba convertida; y trató de la oveja perdida y hallada. Había consolado a la mujer en su casa, deseándole que salieran buenos estos hijos que Dios le había dado; y le había dado esperanza de agregarse a las mujeres que estaban con Marta y trabajar para el hospedaje de los discípulos. Después de la comida he visto a los discípulos repartir muchas cosas entre los pobres. Jesús se retiró a la parte Oeste de la colina de Ainón, de donde estaba a cierta distancia el campamento de los paganos. Creo que había allí un albergue bajo tiendas, donde enseñó a los paganos. Ainón estaba en el territorio de Herodes, pero pertenecía, como una posesión al otro lado de los límites, al tetrarca Felipe. A pesar de ello, había varios soldados de Herodes enviados para espiar.