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Jesús en Ramoth Galaad
Desde Ainón se dirigió Jesús con doce discípulos costeando el río Jabok y sus contornos. Andrés, Santiago y Juan quedaron en Ainón para bautizar en la fuente que estaba al Este de la colinita. El agua venía de la colina a la fuente, llenaba un pequeño estanque detrás, regaba algunas huertas y era apresada en la parte Norte de Ainón, en una fuente desde la cual podía dejársele correr de nuevo al Jordán. He visto a Jesús y a sus discípulos, a una hora al Este de Sukkoth, enseñando en una ciudad al Mediodía de Jabok. Entre los muchos enfermos que sanó había un hombre ciego de nacimiento. Jesús lo tocó con su saliva, sus párpados se abrieron y el hombre tuvo vista. Jesús caminó a través del Jabok que corre en un valle y tuerce después al Este, hasta Mahanaim, ciudad limpia, dividida en dos partes. Jesús se sentó junto al pozo, cerca de la ciudad; pronto acudieron los jefes de la sinagoga y los ancianos de la ciudad, con lavabos, alimentos y bebida. Le dieron la bienvenida, les lavaron los pies a Él y a sus discípulos, derramaron una esencia en su cabeza, les ofrecieron a Él y a sus discípulos una refección y una bebida, y lo llevaron con gran contento y sencillez, a la ciudad. Jesús hizo una breve explicación del patriarca Jacob, de lo mucho que por allí anduvo y sobrellevó. La mayoría de los oyentes tenía ya el bautismo de Juan. Reinaba aquí una vida patriarcal y muchas costumbres sencillas de los tiempos antiguos. Jesús no se detuvo mucho tiempo. Era sólo una demostración de afecto y de honor que hacía a este pueblo. Pasó desde Mahanaim a la parte Norte de Jabok, a una hora al Este del lugar donde se encontraron Jacob y Esaú. El valle formaba allí un recodo. Durante el camino iba enseñando a sus discípulos. Después de algún tiempo repasaron el Jabok a la orilla del Mediodía, no lejos donde se unían dos arroyos y se echaban al Jabok. Caminaron al Este y tuvieron el desierto de Efraín a la derecha. Al Este del monte Efraín está situada, sobre un barranco que mira al valle, la ciudad de Ramoth-Galaad, una ciudad hermosa, limpia y bien trazada, donde había algunos paganos que vivían en calles propias y tenían templo. Había levitas que atendían el culto divino. Un discípulo los había precedido anunciando la venida de Jesús. Los levitas y otras personas distinguidas lo esperaban en una tienda, junto a un pozo, fuera de la ciudad. Lavaron los pies a los recién llegados, les dieron alimento y los acompañaron a la ciudad, donde había muchos enfermos reunidos en una plaza, que pedían ayuda al Señor. A la tarde enseñó en la sinagoga pues era este Sábado, de la fiesta de las ofrendas, un día de tristeza popular con motivo de la recordación de la hija de Jefté, que era de esta ciudad. Se habían reunido especialmente muchas jóvenes de la ciudad y de los alrededores. Jesús y sus discípulos tomaron su comida con los levitas y pernoctaron en casa junto a la sinagoga. En esta comarca no había albergues dispuestos para Jesús y los suyos; en cambio, en Ainón, Kamon y Mahanaim habían sido alquilados con anterioridad. Ramoth está situada como una terraza en una montaña y detrás de ésta, en un pequeño valle, enfrente, está la parte habitada por los paganos. Tienen allí un templo y se conocen sus casas por las figuras que se ven sobre los techos. En el techo del templo también hay un grupo escultórico: en el medio, una figura coronada que llevaba una fuente en la mano y que estaba sobre otra fuente de agua; otras figuras de niños, en torno, sacaban agua y se la derramaban unos a otros. Las ciudades son aquí mucho más limpias y hermosas que las ciudades antiguas judías. Las calles tienen forma de una estrella que convergen en un punto céntrico; los ángulos son redondos, como también los muros que corren en torno. Era una ciudad libre de refugio para los culpables (Deut., 4-43 y Jos., 20-8) y tiene un gran edificio apartado de los demás, donde debían vivir. Ahora está arruinado y parece que ya no se usa para ese fin. La gente se ocupa de fabricar mantas, y bordar flores y animales en las mantas, parte para el comercio y parte para uso del templo. He visto a muchas mujeres y muchachas trabajar en esto en un gran edificio y en tiendas muy largas. Las gentes visten al modo de los antiguos israelitas y son muy limpios. Sus vestidos son de lana fina.
La fiesta de la hija de Jefté
Jesús tomó parte en una gran fiesta que se hacía en conmemoración del sacrificio de la hija de Jefté. Caminó con sus discípulos y los levitas al Este de la ciudad, sobre un hermoso lugar al aire abierto donde se había preparado todo. Estaba reunido el pueblo de Ramoth-Galaad en numerosos círculos. Veíase la colinita con el altar donde había sido sacrificada la hija de Jefté y frente a él un semicírculo de asientos sobre la hierba para las jóvenes y asientos para los levitas y los jueces de la ciudad. Se inició una procesión ordenada hacia las afueras de la ciudad al lugar indicado. Las doncellas de Ramoth y las de otras ciudades de los alrededores llevaban vestidos de luto, y una doncella vestida de blanco y con velo hacía de hija de Jefté. Otro grupo de doncellas iban vestidas de oscuro con la barbilla cubierta; de un brazo llevaban pendientes unos correajes con franjas negras. Eran las que hacían de compañeras llorosas de la hija de Jefté. Delante del cortejo iban niñas echando flores y otras tocaban en flautas unos aires tristes. Conducían también tres corderitos. Era una fiesta y una recordación en forma con toda clase de usanzas antiguas, enseñanzas y cantos; en parte recordaban el triste hecho y en parte eran cantos de salmos y de otros recordatorios del acontecimiento. La que hacía de hija de Jefté era cantada y consolada en coro por las compañeras, y ella misma pedía ser sacrificada. Los levitas y los ancianos celebraron un consejo sobre el caso con cantos apropiados y ella misma se adelantó recitando algunas palabras, donde pedía se cumpliese el voto de su padre. Traían rollos de los cuales leían trozos y otras partes recitaban de memoria. Jesús mismo tomó parte en esta fiesta. Fungía de sumo Sacerdote o juez en el caso; dijo algunas de las fórmulas acostumbradas y otras enseñanzas. Se sacrificaron tres corderos, rociando con la sangre en torno del altar, y la carne asada se repartió entre los pobres del lugar. Jesús habló a las doncellas sobre el tema de la vanidad, y de sus palabras entendí que la hija de Jefté hubiera podido ser declarada libre de la muerte si no hubiese sido tan vanidosa. Esta recordación duró hasta la tarde y varias jóvenes se cambiaban en el papel de hija de Jefté, o Jeftías, porque he visto que ya se sentaba una, ya otra en el banco de piedra, en medio del círculo, y cambiaba en una tienda los vestidos con la doncella anterior. Estaba vestida como la joven Jeftías en su sacrificio. El mausoleo de Jeftías estaba todavía sobre una colinita y el sacrificio de los corderos al lado. Este mausoleo era un sarcófago cuadrado, que se destapaba por arriba. Cuando la grasa y las partes del sacrificio estuvieron quemadas, el resto con las cenizas y los desperdicios se llevaron al mausoleo cercano y lo sostuvieron sobre la abertura de modo que la ceniza y los restos caían en el mausoleo. Cuando se sacrificaron los tres corderitos he visto que se roció con la sangre los contornos del altar mientras las doncellas recibían con un bastoncito un poco de la sangre en el borde final de los largos velos que tenían sobre sus hombros. Jesús explicó: «Jeftías, tú debías haberte quedado en casa para dar gracias a Dios por la victoria que el Señor había concedido al pueblo; pero tú saliste vanidosa buscando ser saludada como hija del héroe y la fama mundana, y saliste con adornos vanos y con gran estrépito buscando celebridad y gloriándote delante de las demás hijas del pueblo». Cuando terminaron estas fiestas todos se fueron a un lugar de recreo cercano donde bajo emparrados y arcos de sombra se había preparado una comida. Jesús intervino también en esta parte de la fiesta y se sentó en una mesa donde eran servidos los pobres del lugar y contó allí algunas parábolas. Las doncellas comieron también en este lugar, pero estaban separadas de los hombres por divisiones. Estando sentados no se veían las mesas de ellas, pero de pie se veían, porque eran de poca altura las divisiones. Después de la comida fue Jesús con sus discípulos, los levitas y muchos otros de nuevo a la ciudad. Le esperaban muchos enfermos, a los cuales sanó, entre ellos lunáticos y melancólicos. Luego enseñó en la sinagoga sobre Jacob y José y la venta de éste a los egipcios, y añadió: «Un día Otro también será vendido por uno de sus hermanos; también Éste recibirá después a sus hermanos arrepentidos y los consolará en el tiempo de la carestía con el pan de la vida eterna». Luego, la misma tarde, preguntaron algunos paganos a los discípulos humildemente si podrían también ellos tener alguna parte en el gran Profeta, y los discípulos se lo dijeron al Señor, el cual les prometió ir mañana a su ciudad. Jefté fue hijo de una mujer pagana echado de Ramoth por los hijos legítimos de su padre y vivió en la cercana comarca de Tob en compañía de soldados y gente de presa. (Ramoth se llama también Maspha). Jefté tenía de su difunta mujer pagana una hija única, de hermosa apariencia, prudente, pero muy vana. Jefté era un hombre decidido, fuerte y de mucha valentía, deseoso de triunfos y mantenía invariable su palabra dada. Aunque era judío de nacimiento era en verdad un guerrero pagano. Era en este caso un instrumento en las manos de Dios. Lleno de ansias de gloria, deseoso de vencer y ser cabeza de su pueblo, del cual había sido echado, hizo el voto solemne de sacrificar a Dios aquella persona que primero le saliera al encuentro de su casa. Como no amaba mucho a los demás de su casa no pensó que podía salirle precisamente su hija. Este voto no agradó al Señor; pero se hizo y su cumplimiento debía servir de castigo a él y a su hija, para acabar con su descendencia en Israel. Esta hija se habría maleado probablemente con la vanidad de la victoria y con la exaltación de su padre; en cambio, entonces hizo dos meses de penitencia y murió por Dios, y esta pérdida trajo al padre al buen camino y a su mejoramiento. He visto que la hija salió al encuentro de su padre a más de una hora de camino de la ciudad con gran acompañamiento de doncellas, con cantos, tocadores de flautas y cítaras. Fue la primera persona que alcanzó a ver al dirigirse a la ciudad. Cuando supo su desgracia, pidió dos meses para pasar en la soledad con sus compañeras, para llorar su muerte como virgen, pues su padre no tendría descendencia en Israel y también para prepararse con la penitencia a la muerte. Salió con varias doncellas a través del valle de Ramoth y se fue a la montaña, y vivió allí dos meses en tiendas de campaña en oración y penitencia. Las doncellas de Ramoth se turnaban para hacerle compañía. Ella lloró allí su vanidad y su deseo de ser alabada. Se celebró en realidad un consejo sobre ella, si podía ser librada de la muerte; pero no era posible porque había sido dedicada por su padre con sagrado juramento, y era un voto que nadie podía desatar. He visto que ella misma pedía se cumpliera el juramento, hablando con gran prudencia y emoción. Su muerte fue acompañada de gran tristeza y sus compañeras cantaban cantos melancólicos en torno de ella. Ella estuvo sentada en el mismo lugar donde estaban las doncellas en la fiesta. Aquí volvió a celebrarse un consejo de sí podía ser rescatada; pero ella nuevamente se adelantó y pidió ser sacrificada y morir, como en efecto se hizo. Tenía blancas vestiduras y estaba envuelta desde el pecho hasta los pies; desde la cabeza hasta el pecho estaba cubierta sólo de un velo transparente blanco, que dejaba ver su rostro, su espalda y su cuello. Ella misma se adelantó al altar. Su padre no pudo despedirse de ella y abandonó el lugar del sacrificio. Tomó una bebida roja en una taza, creo, para quedar como anestesiada. Uno de los guerreros de Jefté tenía que darle el golpe de muerte. Le vendaron los ojos, para significar que no era él un asesino, puesto que no veía a la persona que iba a matar. A ella se la inclinó sobre su brazo izquierdo y él puso sobre su garganta un cuchillo corto y con él le cortó el cuello. Cuando tomó ella la bebida roja, quedó como desmayada, y entonces el guerrero la sujetó. Dos de sus compañeras, vestidas de blanco, tomaron en una taza su sangre y rociaron con ella el altar. Después fue envuelta por sus compañeras y tendida sobre el altar, cuya superficie era un asador. Se encendió el fuego debajo y cuando todo no era más que una masa negra carbonizada, algunos hombres tomaron el cadáver con el asador, lo depositaron en el borde del mausoleo y dejaron que se deslizara dentro teniendo el asador inclinado; luego cerraron el mausoleo. Este mausoleo estaba aún en tiempos de Jesucristo. Las compañeras de Jeftías y muchos de los presentes habían teñido sus velos con su sangre y algunos se llevaban las cenizas. Antes de ser envuelta en su traje de sacrificio había sido bañada y adornada en una tienda por sus compañeras. Era un camino como de dos horas, en la montaña al Norte de Ramoth, donde Jeftías fue al encuentro de su padre con sus compañeras. Cabalgaban en pequeños asnos, adornados con bandas y campanillas que sonaban al caminar. Una cabalgaba delante de Jeftías y dos a su lado; luego seguían los demás con cantos y estruendos. Cantaban el cántico de Moisés con motivo de la perdición de los egipcios. Cuando Jefté vio a su hija rasgó sus vestiduras y quedó desconsolado en extremo. Jeftías, en cambio, no se mostró tan desconsolada; permaneció silenciosa cuando oyó su destino. Cuando salió para el desierto con sus compañeras, que habían llevado alimentos de ayuno, habló su padre por última vez con ella: era esto el principio del sacrificio. Le puso las manos sobre la cabeza, como se hacía con las cosas que habían de ser sacrificadas y dijo estas solas palabras: «Ve, tú no tendrás a ningún hombre». Y ella contestó: «Sí, yo no tendré a ningún hombre». Y no hablaron más. Después de la muerte dedicó a ella y a la victoria un hermoso recuerdo en Ramoth, con un pequeño templete encima y ordenó una fiesta de recordación cada año en el mismo día, para conservar la memoria de su triste juramento para aviso a todos los osados. (Jue.. 39- 40). La madre de Jefté había sido una pagana hecha judía y la mujer de Jefté era hija de una pagana y de un hombre judío nacido fuera de matrimonio. Su hija no estaba cuando fue echado de su patria y vivió en el país de Tob. porque había quedado todo el tiempo en Ramoth con su madre, que entre tanto había muerto. Jefté no había estado aún en su ciudad natal desde que había sido llamado por sus conciudadanos; en el campamento de Mizpha había concertado el plan, juntado gente y no había ido a su casa ni a ver a su hija. Cuando hizo el juramento no pensó en su hija. sino en los parientes que le habían echado de casa: y por eso fue por Dios castigado.
Jesús entre los paganos de Ramoth
Cuatro días duraron las fiestas de la conmemoración de Jefté. Después Jesús fue con sus discípulos al lugar donde habitaban los paganos en Ramoth, que lo recibieron con gran veneración a la entrada de la calle que habitaban. No lejos de su templo había un lugar para enseñar, adonde habían traído a los enfermos y ancianos, a los cuales sanó de sus dolencias. Los que le habían invitado parece que eran sabios, sacerdotes y filósofos; sabían de la venida de los Reyes Magos, cómo habían éstos observado la estrella del Mesías, y pertenecían a esta secta de observadores de astros. Tenían no lejos un lugar apropiado sobre una colina para observar las estrellas, como en el país de los Magos. Habían deseado hace tiempo una enseñanza y ahora la iban a recibir del mismo Jesús. Habló muy profundamente; también se refirió a la Santísima Trinidad, y en esta ocasión oí estas palabras, que me causaron extrañeza: «Tres son las cosas que dan testimonio: el agua, la sangre y el espíritu, y éstas están juntas en uno». Les habló de la caída del primer hombre en el pecado, de la promesa del Redentor y muchas cosas de la conducta de los hombres, del diluvio, del pasaje del Mar Rojo y del Jordán y del bautismo. Les dijo que los judíos no habían poseído toda la Tierra Santa y que muchos paganos habían quedado dentro: que Él venía ahora a tomar lo que había quedado para incorporarlo a su reino; pero no con la espada y la violencia, sino con el amor y la gracia. Conmovió a muchos sobremanera y los envió a bautizarse a Ainón. A otros siete hombres de edad que ya no podían ir allá los hizo bautizar aquí por sus discípulos. Se trajo un recipiente que se puso delante de ellos; éstos entraron en una cisterna de baño, de modo que estaban hasta las rod llas en el agua; sobre el recipiente de agua se puso un pasamanos para apoyarse. Dos discípulos pusieron sus manos en el hombro de los bautizandos y Matías, un discípulo de Juan, les echó el agua, a uno después de otro. Usó una especie de taza con mango para echar el agua sobre la cabeza. Jesús les dijo a los discípulos la fórmula que debían repetir en los bautismos. Los hombres se presentaron limpios, vestidos de blanco. Jesús enseñó luego al pueblo en general sobre la castidad y el matrimonio; a las mujeres les recomendó la obediencia, la humildad y la educación de los hijos. Las gentes se mostraron muy bien dispuestas y lo acompañaron con mucho cariño de regreso. Cuando Jesús volvió a la ciudad de los judíos, sanó aún a los enfermos que estaban delante de la sinagoga. Los levitas no vieron bien que hubiese estado con los paganos. Jesús enseñó en la sinagoga, donde continuaban aún las fiestas de Jefté, sobre el llamamiento de los paganos y cómo muchos de ellos se sentarían en su reino, preferidos a los hijos de Israel; y que Él había venido a incorporar a la tierra de promisión a aquellos paganos que ellos, los israelitas, no habían podido echar de ella, y que esto se realizaba por la gracia, la enseñanza y el bautismo. Habló también de la victoria y del juramento de Jefté.
Las jóvenes celebran la conmemoración de Jeftías
Mientras Jesús enseñaba en la sinagoga, las jóvenes celebraban su fiesta en el monumento de Jeftías, que su padre le había erigido, que luego fue restaurado y adornado ahora con muchas cosas traídas por las jóvenes en su anual recordación. Estaba el monumento en un templo redondo, cuyo techo tenía una abertura. En medio del templo había un templete redondo compuesto de columnas abiertas con una cúpula a la cual se subía por escalones ocultos en una de las columnas. En torno de esa cúpula había una representación de la victoria de Jefté con figuras del tamaño de niños. Esta representación es de una masa delgada, brillante, como de placas de metal; arriba parecía que las figuras miraban dentro del templete. Llegado uno arriba podía estar parado sobre una plataforma de metal, de cuyo medio sale una vara con brotes hacia fuera del techo del templo y desde allí se puede contemplar la ciudad y el paisaje en torno. Esta plataforma era tan ancha que podían dos jóvenes ir alrededor tomando de la mano la vara del centro del templete. En el medio de este mausoleo estaba la figura de Jeftías, de mármol blanco, sentada en una silla, semejante a aquella en la cual estuvo sentada en realidad. La cabeza de esta estatua alcanzaba la primera voluta de la escalera de caracol que subía al templete. En torno de la figura había tanto espacio como para tres hombres juntos. Las columnas del templete estaban unidas con hermosa rejilla. La parte exterior de este mausoleo era de piedras veteadas de varios colores y las volutas de la escala eran cada vez más blancas al subir. En el templo de este monumento celebraban las jóvenes la fiesta de Jeftías, que tenía en la mano un pañuelo junto a los ojos, como si llorara, y la otra hacia abajo sostenía un ramo quebrado o una flor tronchada. Toda esta fiesta procedió con mucho orden. De vez en cuando extendían cortinas en torno del templo y se juntaban en grupos o separadas unas de otra, en oración, llanto y gemidos. Miraban la figura del medio y cantaban alternándose unas con otras. A veces venían delante de la figura, echaban flores, la adornaban con guirnaldas y entonaban cantos sobre la brevedad de la vida. Recuerdo esto: «Hoy a mi, mañana a ti». Alababan la fortaleza de Jeftías y su resignación, y la exaltaban como precio de la victoria. Subían después de a grupos sobre el templete y cantaban cantos de triunfo. Algunas subían a lo alto y mirando a lo lejos pronunciaban el terrible juramento. Luego volvía el cortejo junto al monumento y lamentaba y consolaba a la joven porque debía morir sin descendencia. Todo el acto estaba lleno de acciones de gracias a Dios, con meditaciones sobre la justicia divina. Había muchas hermosas escenas en toda esta representación, alternando la alegría con la tristeza y la devoción. Se llevó a cabo también una comida en el templo, y he visto a las jóvenes, no sentadas a la mesa, sino en grupos sobre escalones con las piernas cruzadas, siempre de tres a tres, en torno del templo teniendo pequeñas y redondas mesitas delante de sí. Los alimentos tenían varias figuras representativas. Una masa de pastelería tenía la forma de un cordero echado de espaldas; en el interior del mismo había hierbas y otros alimentos.
Jesús en Arga
Jesús, después de haber tomado parte en una comida con los levitas, salió con sus siete discípulos y otros acompañantes de Ramoth y se dirigió hacia el Norte, pasando el Jabok y subiendo la montaña como tres horas al Oeste, en la comarca que fue un día el reino de Basan, y llegó a una ciudad en medio de dos montañas puntiagudas. Se llama Arga y pertenece al distrito de Argob, en la mitad de Manases. A una hora y media o dos horas de camino hay, en el lugar donde nace el arroyo de Og, una gran ciudad de Gerasa al Oriente de Arga. Al Sudeste de ésta se ve, situada muy alta, la ciudad de Jabesch-Galaad. El terreno aquí es pedregoso; de lejos parecería que no habría árboles; pero en muchos lugares los espacios están cubiertos con arbustos y plantas variadas. Aquí empezaba el reino de Basan. Arga era la primera ciudad al entrar. La media tribu de Manases se extiende un poco más al Sur. A una hora del río Jabok, al Norte, veo una empalizada que señala los límites. Jesús pernoctó con sus discípulos como a media hora de la ciudad, en un albergue abierto en el camino real que va desde el Oriente hasta Arga. Los discípulos habían llevado comida consigo. Mientras en la noche todos dormían, Jesús se levantó secretamente y fue a orar al aire libre. Arga es una ciudad grande, muy limpia y, como la mayor parte de las ciudades de esta comarca donde habitan paganos con judíos, están las calles trazadas en líneas rectas y convergen en forma de estrella en un punto céntrico. Las gentes tienen otra manera muy diferente de vivir que en Judea y en Galilea y son de mejores costumbres. Hay aquí levitas mandados de Jerusalén y otros centros, que enseñan en las sinagogas y son cambiados de tiempo en tiempo. Cuando la gente no está contenta con ellos, puede quejarse, y los cambian. No se sufren tampoco a gentes de malas costumbres y hay un lugar de castigo adonde son enviadas. He visto que la gente no se ocupa de preparar la comida. sino que hay grandes cocinas donde se cocina, y las gentes van allá a comer o a buscar su alimento. Duermen sobre las azoteas, bajo tiendas que extienden allí. Veo aquí muchas tintorerías, muy finas, especialmente de color violeta. El confeccionar y el tejer grandes y artísticas alfombras es aqui más extenso que en Ramoth. Entre la ciudad y los muros de la misma hay una hilera grande de tiendas donde muchas mujeres están sentadas junto a largas tiras que trabajan y tejen. Debido a este oficio, reina aqui una gran lmpieza desde tiempos muy antiguos. Los olivares se ven en largas hileras. En los valles que se extienden hacia el Jordán hay excelentes praderas con ganado y camellos. Nace en esta región una preciosa madera que se usó en el Arca de la Alianza y los panes de la proposición. El árbol tiene una hermosa corteza plana, sus ramas cuelgan como las del sauce y las hojas son de forma de peras grandes, verdes de un lado y oscuras del otro. Tiene bayas como majoletas, pero más grandes. La madera es muy dura y resistente y se deja cortar como corteza; es de color amarillo pálido; una vez seca es indestructible y muy hermosa. Tiene adentro una médula delgada, pero un corte de serrucho destruye el canal de esta médula y no queda sino una vena rojiza en medio. Trabajan esta madera para hacer mesitas y toda clase de utensilios ensamblados. Comercian también aquí con mirra y otras especias, que veo, sin embargo, que no nacen en esta región: las reciben de las caravanas que a veces quedan durante semanas descansando. cargando o descargando sus mercaderías. Prensan estas especias con la mirra en balas y fardos para embalsamar, según es uso entre los judíos. Veo grandes bueyes y ovejas. Cuando Jesús al día siguiente por la mañana llegó a la ciudad con sus discípulos vinieron los levitas y los principales, muy reverentes, a su encuentro, porque habían sido avisados por algunos discípulos; lo llevaron a una tienda, le lavaron los pies y le dieron alimento. Enseñó en la sinagoga y sanó a muchos enfermos, entre ellos tísicos; a otros enfermos los visitó en sus propias casas. Hacia las tres hubo una comida. Comió con los levitas en un salón y se trajeron los alimentos de la cocina común. Por la tarde enseñó de nuevo en la sinagoga, porque había comenzado el sábado. Por la mañana habló mucho sobre Moisés en el desierto, en el monte Sinaí y en el Horeb, se refirió a la fabricación del Arca de la Alianza y a la mesa de la proposición. Las gentes de aquí habían dado sus ofertas para esos trabajos y Jesús les pintó esas ofertas de entonces como figuras, y los exhortó ahora, en la época del cumplimiento, a preparar sus corazones y sus almas por medio de la penitencia y la conversión al sacrificio, y les mostró su sacrificio y oferta de entonces en relación con su estado presente. Ya no recuerdo como fue. Lo principal de su enseñanza era esto. Yo vi durante la enseñanza de Jesús, muy detalladamente, con toda clase de circunstancias, que en el tiempo de la salida de Egipto, Jetró, suegro de Moisés, y Séfora, mujer de Moisés, con sus dos hijos y una hija, vivían en Arga. He visto que Jetró y Séfora con sus hijos cabalgaron hasta donde estaba él en el monte Horeb. He visto cómo Moisés los recibió con gran contento y contó cómo Dios los sacó de Egipto. He visto a Jetró ofreciendo sacrificio. He visto cómo Moisés mismo gobernaba a los israelitas y cómo Jetró le dijo que instituyera jueces bajo sus órdenes. Después he visto a Jetró volver a su casa, quedando la mujer y los hijos con Moisés. Jetró contó todas las maravillas en Arga, donde mucha gente tomó gran veneración por el Dios de los israelitas. Jetró envió en camellos regalos y ofrendas para los sacrificios, y los de Arga contribuyeron para estos regalos. Estos dones consistían en un aceite muy puro que luego se usó para quemar en la lámpara del Arca, en largos y finos pelos de camello para confeccionar mantas y cobertores, y en maderas de Setim de la cual se hizo el Arca y la mesa de la proposición; Creo que mandaron también una especie de trigo con el cual se hicieron los panes de la proposición: era la médula de una planta como caña, con la cual María cocinaba una sopa para Jesús en Nazaret. Jesús enseñó por la fiesta del Sábado de Isaías y de Moisés, (V, 21 -26). Llegó a hablar sobre Balac, el profeta Balaam. y he visto muchas cosas de ambas personas, pero no puedo ya poner en orden todo lo que vi. En la enseñanza de la tarde habló, con ejemplos de las leyes de Moisés que se leían, de la historia de Zambri, muerto por Fínees junto a los madianitas. (Aquí Ana Catalina contó una serie de prescripciones del IV libro de Moisés, 25-7-8, que ella nunca había oído decir ni leído del libro V, 21-26, y algunas que le llamaron mayormente la atención, como, por ejemplo: si uno saca nidos de pájaros se deben dejar allí a los padres; si uno cosecha debe dejarse los restos para los pobres, y otras cosas sobre las prendas de los pobres y sobre el préstamo. De todas estas cosas habló Jesús, especialmente de no dejar nada sin pagar del salario al obrero, porque los habitantes tenían allí muchos peones. Se alegra mucho de que todo esto, tan conforme a su sentir y modo de ser, esté en la Biblia y lo oye explicar a Jesús). Después del Sábado fue Jesús a visitar el albergue de los paganos, que le habían rogado mucho por medio de los discípulos. Lo recibieron con mucho cariño y humildad. Les habló de la vocación de los infieles; que Él había venido para conquistar a aquellos infieles que los Israelitas no habían podido conquistar ni desalojar de allí. Le preguntaron sobre el cumplimiento de las profecías y de que el cetro sería quitado de las manos de los judíos en tiempos del Mesías. Jesús les enseñó sobre esto. Deseaban ser bautizados y sabían de la venida de los tres Reyes Magos. Les explicó el bautismo, diciendo que era para ellos una preparación para la entrada en el reino del Mesías. Estos paganos tan bien inclinados eran de las caravanas que aguardaban a otras que debían llegar. Eran unas cinco familias y en total 37 hombres. No podían ir al bautismo de Ainón porque temían perder la caravana que esperaban. Preguntaron a Jesús donde les convenía quedarse y Él les indicó este lugar. Nunca oí que haya hablado a los paganos de la circuncisión; sólo de la modestia en las costumbres y que no debían tener más que una mujer. Estos paganos fueron bautizados después por Saturnino y Judas Barsabas, discípulo de Juan Bautista. Entraban en una cisterna de baño y se inclinaban sobre un recipiente grande que Jesús había bendecido. El agua la derramaban tres veces sobre la cabeza. Todos venían vestidos de blanco. Hicieron luego un regalo a Jesús consistente en barritas de oro y aros de oro, porque comerciaban con estos artículos: todo era para la caja común de los discípulos. Se vendió más tarde todo esto y se distribuyó el dinero a los pobres. Después Jesús enseñó aún en la sinagoga, sanó a muchos enfermos allí y tomó parte en una comida en compañía de los levitas.