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Tratan las santas mujeres de proveer posadas para Jesús y sus discípulos
Cuando terminaron las fiestas del sábado se llevó a cabo una obra por la cual Jesús había principalmente venido a Betania. Las santas mujeres habían sabido con dolor que Jesús y sus discípulos habían sufrido mucha penuria en sus viajes, especialmente en el último apresurado a Tiro, donde les faltó lo necesario, y el mismo Jesús tuvo que comer un pedazo de pan duro que Saturnino había alcanzado a obtener de limosna, que debió Jesús antes ablandarlo en el agua. Las mujeres se ofrecieron para elegir en determinados lugares albergues y posadas, y proveerlas de lo necesario, y Jesús aceptó esta idea. Por eso también había venido Jesús hasta aquí. Como Jesús declaró que desde ahora se proponía enseñar públicamente en todos los lugares, se ofrecieron Lázaro y las mujeres a erigir y arreglar albergues, ya que los judíos de los alrededores de Jerusalén, por instigación de los fariseos, negaban a Jesús y a sus discípulos las cosas que necesitaban. Pidieron entonces a Jesús que señalase los puntos principales de los viajes que emprendería y el número de los discípulos que llevaría, para ordenar los albergues que debían preparar y la cantidad de provisiones que debían almacenar. Jesús señaló los puntos principales de sus viajes apostólicos y el número de los discípulos que llevaría, y así se determinaron quince albergues a erigirse y poner cuidadores de confianza, parientes o conocidos, repartidos en todo el país, a excepción de la tierra de Chabul, cerca de Tiro y de Sidón. Las santas mujeres se reunieron y trataron qué comarcas y qué clase de albergues iba a tomar cada una, y se distribuyeron para buscar los cuidadores, los utensilíos, mantas, vestidos, suelas y sandalias, quiénes cuidarían de los mismos, de su lavado y conservación, no olvidando la provisión de pan y alimentos. Todo esto se hizo antes, durante y después de la comida. Marta parecía que estaba verdaderamente en su oficio. Después se sortearían entre ellas para cubrir los gastos, y cuanto correspondería a cada una de ellas. Después de la comida estuvieron Jesús, Lázaro, los amigos y las santas mujeres reunidos reservadamente en una gran sala. Jesús estaba sentado a un lado del salón en un asiento levantado y los hombres, unos de pie, otros sentados, en torno de Él; las mujeres estaban sentadas en otro lado de la sala, sobre gradas cubiertas de almohadones y esteras. Jesús enseñó sobre la misericordia de Dios para con su pueblo; cómo enviaba un Profeta después de otro; cómo todos estos habían sido desconocidos y maltratados, y cómo este pueblo rechazará también la última gracia; y lo que le sucederá por eso. Como hablara largamente sobre esto, dijeron algunos: «Señor, enséñanos esto mismo en alguna hermosa parábola». Jesús dijo de nuevo la parábola del Rey que manda a su Hijo a la viña, después que los viñateros hubieron matado a los enviados anteriores, y cómo también mataron al Hijo. A continuación, como algunos hombres habían salido de la sala, Jesús se puso a pasear de un lado a otro con algunos. Marta, que iba y venía entre las mujeres, se acercó a Jesús y le habló de nuevo de su hermana Magdalena. después de haber oído las cosas que le contó Serafia, la Verónica.
La parábola de la perla perdida y encontrada
Mientras Jesús se paseaba en la sala con los hombres, las mujeres se sentaron a jugar a una especie de lotería o suerte para ver a quien le tocaba proveer lo que habían tratado. Había allí una mesa con rollos que tenía la forma de una estrella de cinco rayos terminada en una caja alta como de dos pulgadas. En la parte superior de la caja, que estaba vacía y dividida en varios compartimentos. salían de las cinco puntas hacia el medio otros cinco canalitos hondos y cavados. y entre éstos varios agujeros que conducían al interior de la caja. Cada una de las mujeres tenía una cuerda larga con sarta de perlas y otras muchas piedras preciosas consigo, de las cuales, según el juego, mezclaban algunas que apretadas, las metían en uno de los canalitos, después ponía una tras otra una pequeña caja al extremo del canalito, detrás de la última perla y con un golpe de mano arrojaba una pequeña flecha de la caja contra la perla más próxima; con lo cual toda la hilera de perlas recibía un golpe, de modo que algunas saltaban y caían por la abertura o en el interior de la caja o saltaban sobre los otros canalitos. Cuando todas las perlas estaban fuera de las hileras, se sacudía la mesa que estaba sobre rodillos, algún tanto, y con este movimiento las perlas caídas adentro pasaban a otras cajitas pequeñas que se sacaban del extremo de la mesa y que pertenecían a cada una de las mujeres. De este modo sacaba cada una de ellas una cajita y veía lo que había ganado para su empleo o lo que había perdido de su sarta de perlas. La viuda de Obed había perdido a su marido hacia poco tiempo y aún estaba de luto: su marido había estado aquí mismo con Lázaro y Jesús, antes de ir Éste al bautismo de Juan. En este juego de sorteo se les perdió a las mujeres una perla de mucho valor, que había caído entre ellas. Mientras estaban removiendo todo y buscaban con cuidado la perla, después de haberla encontrado con mucho contento de las mismas, entró Jesús y les contó la parábola de la dracma perdida y de la alegría de haberla encontrado; y con esta parábola de la perla perdida y de la alegría de haberla encontrado pasó a referirse a Magdalena. Él la llamó perla más preciosa que otras muchas, que había caído de la mesa del amor al suelo y se había extraviado. «¡Con qué alegría, añadió, vais a encontrar de nuevo esa perla perdida!» Entonces preguntaron las mujeres ansiosas: «¡Ah, Señor! ¿Y esa perla se volverá a encontrar?» Jesús les dijo: «Es necesario buscar con más diligencia de lo que la mujer busca la dracma y que el pastor busca la oveja descarriada». Por estas palabras de Jesús prometieron todas hacer más diligencia para buscar a Magdalena y así alegrarse más que por la perla encontrada. Algunas mujeres rogaron al Señor quisiera recibir al joven de Samaria entre sus discípulos, que le había rogado después de la Pascua en el camino de Samaria. Hablaron de la gran virtud y de la ciencia de ese joven, el cual, creo, estaba emparentado con alguna de esas mujeres. Jesús les contestó que difícilmente vendría: «Está ciego de un lado», explicándoles que estaba demasiado aficionado a sus riquezas. Por la tarde resolvieron muchos hombres y mujeres ir a Bethoron, donde Jesús iría al día siguiente a enseñar. Jesús había estado de nuevo secretamente en la gruta del Huerto de los Olivos, y oró allí con gran ansiedad; después con Lázaro y Saturnino se encaminó a Bethoron, como a seis horas de camino. Era ya una hora después de medianoche. Cruzaron el desierto y cuando estaban como a dos horas de la ciudad viniéronles al encuentro algunos discípulos que habían sido enviados el día antes a Bethoron y estaban en un albergue. Estaban alli Pedro, Andrés, su medio hermano Jonatán, Santiago el Mayor, Juan, Santiago el Menor y Judas Tadeo, que por primera vez había acompañado a los otros; Felipe, Natanael Chased, Natanael el novio de Caná y alguno que otro de los hijos de las viudas. Jesús descansó con ellos en el desierto bajo un árbol durante algún tiempo mientras enseñaba. Volvió a hablar sobre la parábola del Señor de la viña que envía a su Hijo. Luego fueron al albergue y comieron. Saturnino, que había recibido monedas de las mujeres, fue a comprar los alimentos.
Jesús en Bethoron. Fatiga de los discípulos
Hacia las ocho de la mañana llegaron a Bethoron. Unos discípulos se fueron a la casa del jefe de la sinagoga y pidieron las llaves diciendo que su Maestro quería enseñar. Otros recorrieron las calles llamando las gentes al sermón. Jesús entró con los demás en la sinagoga que pronto quedó llena. Comenzó nuevamente la parábola del Señor de la viña, cuyos enviados fueron muertos por los viñateros infieles, y del propio Hijo a quién mataron hasta que el Señor entregó la viña a otros trabajadores. Habló de la persecución contra los profetas, de la prisión de Juan Bautista, y de su propia persecución hasta que pusieran manos en Él. Sus palabras despertaron gran admiración entre los judíos: algunos se alegraron, otros se irritaron y decían: «¿De dónde viene Éste de nuevo aqui? Y eso que nada sabíamos de su venida». Algunos sabiendo que las mujeres se encontraban en un albergue del valle, fueron allá a preguntarles el motivo de la venida de Jesús. Sanó aquí a algunos enfermos de fiebre y abandonó la ciudad. Al albergue habían llegado Verónica, Juana Chusa y la viuda de Obed y habían preparado la comida. Jesús y sus discípulos comieron algo, de pie; luego se ciñeron y emprendieron viaje de inmediato. El mismo día enseñó en la ciudad de Kibzaim y en algunas localidades pastoriles. En Kibzaim no estaban todos los discípulos juntos; se reunieron recién en un edificio junto a una casa de pastores bastante espaciosa, en los confines de Samaria, en el mismo lugar donde María y José, en el viaje a Belén, fueron recibidos después de haber pedido hospitalidad en otros lugares. Aquí comieron y pasaron la noche. De ellos he visto aquí unos quince. Lázaro y las santas mujeres habían vuelto a Betania. Al día siguiente salió Jesús con sus discípulos, a veces juntos, a veces separados, con mucho apuro, a través de grandes y pequeñas poblaciones. Pasaron por Najoth y Gabaa, como a cuatro horas de Kizbaim. En todos estos lugares no dio tiempo al Señor para disponer la sinagoga, sino que enseñaba sobre alguna colina al aire abierto, en algún lugar apropiado y a veces a la vera de algún camino donde podía reunirse la gente. Los discípulos le precedían, entrando en las chozas y casas de los pastores, e invitando a reunirse en un punto donde Jesús podía enseñar. Sólo algunos discípulos quedaban con Él. Todo el día anduvieron con infinito trabajo y fatiga, de pueblo en pueblo. Jesús sanó a muchos enfermos que clamaban por salud. Había entre ellos algunos lunáticos. Muchos endemoniados gritaban detrás de Él, y Jesús les mandaba callar y salir de esas personas. Lo que hacía más pesada esta jornada era la mala voluntad de parte de los judíos y la sorna de los fariseos. Estos lugares cercanos a Jerusalén estaban llenos de gentes que se habían declarado contra Jesús. Sucedía entonces como pasa ahora en los pequeños pueblos, donde de todo se charla y nada se hace. Además de esto la aparición de Jesús con tantos discípulos y su severa enseñanza agriaron más los ánimos. En estos lugares dijo Jesús lo que había dicho en otros: que era el tiempo de la última Gracia y de la postrera llamada; que luego vendría el juicio y el castigo. Hablaba del mal trato a los profetas, de la prisión de Juan y de la persecución que se hacía de su misma Persona. Repetía la parábola del Señor de la viña, que ahora enviaba a su Hijo; que el reino de Dios se acercaba y como el Hijo de ese Rey tomará posesión del reino. Clamó varias veces con ayes contra Jerusalén y contra aquéllos que no quieren aceptar su reino y no hacen penitencia. Estas severas enseñanzas se mezclaban con exhortaciones amorosas y con la curación de muchos enfermos. De este modo se procedía de un lugar a otro. Los discípulos tenían mucho trabajo; traíales todo esto una extraordinaria fatiga. Donde llegaban y anunciaban el sermón de Jesús oían replicar sarcásticas expresiones contra Él: «¡Ya viene Ése de nuevo! ¿Qué es lo que quiere? … ¿De dónde viene? … ¿No se le ha prohibido? … «. También a veces se reían de ellos; gritaban detrás de ellos y se burlaban. Algunos se alegraban del anuncio de Jesús; pero no eran muchos. A Jesús directamente nadie se atrevía a increpar. Pero donde enseñaba y los discípulos estaban cerca, o le seguían en los caminos y calles, todos los gritos se dirigían contra ellos; los detenían a veces y preguntaban. Habían oído a veces mal las palabras de Jesús, o no las habían entendido, y querían una explicación. Después resonaban de nuevo gritos de alegría. Jesús había sanado a algunos enfermos y ellos se irritaban y se alejaban de Él. De este modo se sucedían los días, hasta la tarde, en apuros y trabajos, sin descanso y sin probar bocado. Yo veía como eran al principio flacos y descorazonados los discípulos. A menudo cuando Jesús enseñaba y ellos eran preguntados, se ponían cabizbajos y no entendían lo que realmente se quería de ellos. Y así no estaban contentos con su situación. Ellos pensaban y hablaban: «Lo hemos dejado todo y ahora venimos a parar en este barullo y en esta confusión. ¿Qué es este reino de que habla tan a menudo? ¿Lo alcanzará en realidad?» Esto es lo que pensaban, pero calladamente; aunque se notaba muchas veces que estaban dudosos y desconfiados. Sólo Juan iba del todo despreocupado, como un niño obediente y confiado. Y todo esto a pesar de haber visto y de estar viendo tantos milagros a cada momento. Era admirable ver como Jesús, que conocía todos sus pensamientos y angustias, proseguía imperturbable su misión, sin cambiar de aspecto ni inmutarse, siempre igualmente apacible y seriamente amable. Jesús anduvo ese día hasta la noche; después descansaron, con un pastor, donde no recibieron nada o casi nada al otro lado de un riachuelo que limita con Samaria. El agua del riacho no era potable; el lecho era muy angosto y tenía, no lejos de su nacimiento, al pie del Garizim, un curso rápido hacia Occidente.
Jesús junto al pozo de Jacob
Al día siguiente pasó Jesús el riachuelo, dejando el monte Garizim a la derecha, hacia la ciudad de Sichar. Sólo Andrés, Santiago el Mayor y Saturnino estaban con Él; los demás habían tomado diversas direcciones. Jesús fue al pozo de Jacob al Norte del monte Garizim y al Sur del Ebal, en la herencia de José, sobre una pequeña colina, de donde dista Sichar un cuarto de hora al Oeste en un valle que se extiende en torno de la ciudad. De Sichar hacia el Norte a una hora está situada Samaria, sobre una montaña. Varias sendas abiertas en la roca y entre piedras suben de diversas partes a lo alto de la colina, donde hay un edificio octogonal rodeado de árboles y de asientos de verdor que encierra el llamado pozo de Jacob. Este edificio está rodeado de una arcada abierta, debajo de la cual pueden estar cómodamente unos veinte hombres. Frente al camino a Sichar hay una puerta, generalmente cerrada, que lleva, por debajo de la galería, al pozo de Jacob, que tiene un techo con una abertura a veces cerrada con una cúpula. El interior de esta edificación tiene tanto espacio que se puede andar cómodamente. El pozo está cerrado con un cobertor de madera. Cuando se abre éste se ve un pesado cilindro frente a la entrada, hacia el lado contrario, sobre el borde del pozo, en posición transversal, al cual, por medio de una manivela, está unido el balde para sacar el agua. Frente a la puerta hay una bomba por medio de la cual se puede alzar al agua del pozo, hasta la pared de la casa, que sale por tres canales al Este, al Oeste y al Norte, y se dirigen a pequeñas fuentes hechas afuera. para lavarse los pies los viajeros, para limpieza de sus vestidos y para abrevar sus animales. Era mediodía cuando llegó Jesús con sus tres discípulos a la colina. Mandó a éstos a Sichar para comprar alimentos y subió solo a la colina para esperarlos. Era un día muy caluroso; Jesús estaba rendido y con mucha sed. Se sentó a la vera del camino, cerca del pozo que llevaba de Sichar hacia arriba; parecía, mientras apoyaba la cabeza sobre la mano, esperar que alguien abriese el pozo y le diese de beber. Vi entonces salir una mujer samaritana, de unos treinta años, con el odre colgando del brazo, acercarse y subir al pozo para sacar agua. Su aspecto era hermoso. Ascendió con soltura y vigor, a grandes pasos, la colina del pozo. Su ropa era más distinguida que las comunes y un tanto rebuscada. Llevaba un vestido azul y colorado, con grandes flores amarillas; las mangas, en la mitad del brazo superior e inferior con pulseras amarillas, parecían rizadas en los codos. Tenía una pechera adornada con lazos y cuerdas amarillas; el cuello cubierto con un paño de lana amarilla adornado con abundantes perlas y corales. El velo, de costoso y fino trabajo, que colgaba hacia abajo, podía ser recogido y atado a mitad del cuerpo. Recogido el velo por detrás terminaba en un cabo formando a los lados del cuerpo dos pliegues en los cuales podían descansar cómodamente los brazos con los codos. Si tomaba con ambas manos el velo sobre el pecho quedaba todo el cuerpo cubierto como un manto. La cabeza estaba cubierta de modo que no se veían los cabellos; de la frente salía un adorno que recogía la parte anterior del velo, que podía ser bajado sobre el rostro hasta el pecho. La mujer llevaba una especie de delantal de color más oscuro, que parecía de pelos de camello o de cabra, con bolsillos arriba: lo llevaba en el brazo, de modo que cubría en parte el odre de cuero pendiente de su brazo. Parecía a propósito para estos trabajos de sacar agua a fin de resguardar los vestidos. El odre era de cuero como un saco sin costura; en dos partes estaba abovedado como si estuviera forrado con planchas de madera; las otras dos partes se plegaban como una cartera vacía. En las dos partes tiesas había sujetas dos agarraderas y pasaba una correa de cuero con la cual tenía la mujer sujeto el odre a su brazo. La abertura del odre era angosta; cuando se llenaba formaba como un embudo y se cerraba como las blusas de los obreros. Cuando estaba vacío, el odre colgaba plano del brazo y cuando estaba lleno ocupaba el espacio de un balde lleno. Esta mujer subió ágilmente la colina para buscar agua del pozo de Jacob para sí y para otros. Yo le tengo cariño: me parece bondadosa, ingeniosa y sincera. Se llama Dina, es hija de matrimonio mixto y de la secta de los samaritanos. Vive en Sichar, aunque no es nacida allí. Por su vida pasa por desconocida con el nombre de Salomé. La toleran en esta ciudad a ella y a su marido por su buena índole natural, sincera, amigable y servicial. Debido a los vericuetos del camino no pudo Dina ver a Jesús hasta que estuvo fre nte a Él. Su presencia aquí, donde estaba tan solitario y sediento en el camino del pozo, tenía algo de sorprendente. Jesús estaba vestido con una indumentaria larga y blanca, de lana fina, con ancha faja, como un alba. Era la vestimenta que usaban los profetas. Los discípulos solían llevársela en los viajes. Solía ponérsela cuando aparecía en lugares y solemnidades públicas, para enseñar o profetizar. Al verse frente a Jesús de pronto e inesperadamente Dina dejó caer su velo sobre la cara y permaneció indecisa sin pasar adelante, pues el Señor estrechaba el camino. He podido ver su íntimo pensamiento: «¡Un hombre! ¿Qué quiere aqui? … ¿Es esta una tentación?». Jesús, a quien ella reconoció como judío, la miró amigablemente, con luminosa mirada, y mientras retiraba los pies, porque el sendero era alli muy angosto, dijo le: «Pasa adelante y dame de beber». Esto admiró a la mujer, porque los judíos y samaritanos no estaban acostumbrados sino a miradas despreciativas de unos a otros. Quedó suspensa y dijo: «¿Por qué estás Tú aquí, tan solo, en esta hora? Si me ven contigo habría un escándalo». Replicó Jesús que sus compañeros fueron a la ciudad a comprar alimentos. Dina contestó: «En verdad he visto a tres hombres en el camino, pero poco conseguirán en esta hora. Lo que los siquemitas han preparado hoy lo necesitan para si». Decía esto porque había en Sichar una fiesta o un día de ayuno, y nombró otro lugar donde podrian todavía conseguir alimentos. Jesús dijo de nuevo: «Pasa adelante y dame de beber». Entonces Dina pasó adelante. Jesús se levantó y la siguió hasta el pozo, que fue abierto por ella. Mientras caminaba, dijo Dina: «¿Cómo puedes Tú que eres judío pedirme de beber a mí que soy samaritana?» Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y Quien es el que te pide de beber, le hubieras pedido tú que te diera de beber, y Él te habría dado las aguas vivas». Entonces destapó Dina el pozo, sacó el balde y habló a Jesús, que se había sentado al borde del pozo: «Señor, Tú no tienes recipiente para sacar agua y la fuente del pozo está muy profunda. ¿De dónde sacarás esas aguas vivas? … Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y bebió él mismo de él y sus hijos y sus animales?» Mientras decía estas cosas vi en cuadros cómo Jacob cavaba este pozo y cómo saltó el agua contra su persona. La mujer entendió como si se tratase de fuentes de aguas naturales. Dejó bajar el balde, que cayó pesadamente y luego lo levantó. Alzóse las mangas, que se hincharon en la parte de arriba, y con los brazos descubiertos llenó su odre con el balde, y luego llenó un recipiente de corteza pequeño que tenía y alcanzó el agua a Jesús, que bebió y dijo: «Quien toma de esta agua tiene sed de nuevo; pero quien bebiere del agua viva que Yo le daré a beber, no tendrá ya sed para siempre. Porque el agua que Yo le daré será para él una fuente que se alzará hasta la vida eterna». Dina dijo contenta a Jesús: «Señor, dame de esa agua viva para que no tenga más sed y no tenga que venir hasta aquí a sacar agua con tanto trabajo». Ya estaba conmovida con las expresiones de agua viva: sin entender del todo lo que Jesús quería decirle, tenía ya una idea de que Jesús se refería al cumplimiento de la promesa. Cuando pidió el agua viva ya había experimentado un movimiento profético en su corazón. Siempre he sentido y sabido que las personas con las cuales Jesús tuvo algo que hacer, no estaban como personas particulares, sino que representaban la figura completa de una totalidad de personas o clase de personas con tales sentimientos. Y porque eran así, ya eso expresaba el cumplimiento de los tiempos. En Dina, la samaritana, estaba toda la secta samaritana, separada de la verdadera religión de los hebreos, y una secta separada de la fuente de agua viva, el Salvador. Jesús tenía, pues, sed de la salud del pueblo samaritano y deseos de darle el agua viva de la cual se habían apartado. Aquí se encontraba la parte salvable de la secta de Samaria que deseaba el agua de la vida y que extendía la mano abierta para recibirla. Samaria hablaba, pues, por medio de Dina: «Dame, Señor, la bendición de la promesa, apaga mi sed tan antigua, ayúdame a conseguir esa agua viva, para que tenga consuelo, algo más que con este pozo de Jacob. que es lo único que aún nos une con el pueblo judío». Cuando Dina dijo esas palabras. Jesús contestó: «Vete a casa y llama a tu marido y vuelve aquf». Oí que le dijo esto dos veces, porque no estaba allí para instruirla a ella sola. Era como si dijera a la secta: Samaria, llama, a aquél a quien tú perteneces, a aquél a quien en sagrada unión estás unida. Dina contestó: «No tengo marido». Con esto confesaba Samaria al Esposo de las almas, que ella (la secta) no tenía ninguno a quien pertenecía. Jesús respondió: «Dices bien: seis hombres has tenido, y aquél con quien ahora vives no es tu marido. En esto has hablado rectamente». Era como decir Jesús a la secta: Samaria, tú dices la verdad; con los ídolos de cinco pueblos estabas enredada y tu presente unión con Dios no es una unión matrimonial. A esto respondió Dina, bajando los ojos e inclinando la cabeza: «Señor, veo que Tú eres un profeta». Esto diciendo, bajóse de nuevo el velo, dando a entender la secta samaritana que entendió la misión divina del Señor y se confesó culpable. Como si entendiera Dina las palabras de Jesús: «Aquel hombre con quien ahora vives no es tu marido»; esto es, tu presente unión con el Dios verdadero no es legal; el culto a Dios de los samaritanos ha sido, por el pecado y el amor propio, separado de la alianza de Dios con Jacob. Como si percibiera el sentido de estas palabras, hizo referencia a los pecados del cercano monte Garizim y dijo buscando enseñanza: «Nuestros padres han adorado sobre este monte y vosotros decís que Jerusalén es el lugar donde se debe adorar». Entonces dijo Jesús: «Mujer, créeme, viene la hora en que vosolros ni en Garizim ni en Jerusalén adoraréis al Padre». Con esto quería decir: Samaria, viene la hora en que ni aquí ni en el templo en el Sancta sanctorum habrá que adorar, porque está entre vosotros. Y dijo más: «Vosotros no sabéis lo que adoráis, pero nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salud viene de los judíos». Aquí le dijo una parábola de los brotes infructuosos y salvajes de los árboles que se van todo en madera y hojas y no dan fruto. Con esto quería decir a la secta: Samaria, tú no tienes seguridad de la adoración, no tienes ninguna alianza, ningún sacramento, ninguna prenda de la alianza, ninguna arca de la alianza, ningún fruto. Todo esto, en cambio, lo tienen los judíos; de ellos nace el Mesías. Y continuó Jesús: «Pero viene la hora, y ya está, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; pues el Padre quiere tales adoradores. Dios es espíritu y los que le adoran, deben adorarle en espíritu y en verdad». Con esto quiso decir: Samaria viene la hora y ya está cuando el Padre debe ser adorado por los verdaderos adoradores en el Espíritu Santo y en el Hijo, que es el camino y la verdad. Dina contestó al Señor: «Yo sé que el Mesías viene. Cuando Él venga nos enseñará todas las cosas». Con estas palabras habló aquella parte de Samaria y la secta a la cual se le podía reconocer una participación de la promesa en el pozo de Jacob: Yo espero y creo en la venida del Mesías, Él nos ha de ayudar. Jesús contestó: «Yo soy; Yo, el que hablo contigo». Esto era tanto como decir a todos los de Samaria que deseaban convertirse: Samaria, Yo he venido al pozo de Jacob y tuve sed de ti, agua de este pozo. y ya que tú me diste de beber, te prometí aguas vivas para que no tengas sed; y tú has manifestado que crees y esperas en estas aguas vivas. Mira, premio tu buena voluntad porque has apagado mj sed de ti, con tu deseo de Mí. Samaria yo soy la fuente de las aguas vivas. Yo soy el Mesías, que hablo ahora contigo. Cuando Jesús dijo: «Yo soy; Yo, el que hablo contigo», miróle Dina admirada, temblando de santa alegría. Prontamente se resolvió: dejó su odre allí, y el pozo abierto, y descendió la colina con rapidez, hacia Sichar, para anunciar a su marido y a todos lo que le había sucedido. Estaba severamente prohibido dejar abierto el pozo de Jacob; pero. ¿qué le importaba ya del pozo de Jacob, qué de su odre de agua terrenal? … Había recibido aguas vivas y su corazón, lleno de amor y de alegría, quería llenar a todos de esa agua. Mientras salía apresurada por la puerta abierta de la casa del pozo, pasó junto a los tres discípulos que habían traído alimentos y que llegados momentos antes habían esperado a distancia de la puerta del pozo extrañados de que hablase tan largo con la mujer samaritana. Con todo, no le hicieron pregunta alguna por respeto. Dina dijo a su marido y a otras personas, en la calle, con grande entusiasmo: «Venid arriba al pozo de Jacob; allí veréis a un hombre que me ha dicho todos los secretos de mi vida. Venid, debe ser el Cristo». Se acercaron los discípulos a Jesús y le ofrecieron panes y miel de sus cestas, diciendo: «Maestro, come». Jesús se levantó, abandonó el lugar del pozo y dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». Los discípulos se preguntaban entre sí por si acaso alguno le habría traído alimentos y pensaron secretamente: «¿No le habrá traído de comer la mujer samaritana?» Jesús no quiso demorarse en comer. Se dirigió monte abajo a Sichar, y mientras los discípulos le seguían detrás, comiendo, hablóles, diciendo: «Mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado, para cumplir su obra». Quería decir: convertir las gentes de Sichar, puesto que tenía su alma sed de la salud de ellos. En las cercanías de la ciudad ya venía Dina, la samaritana, al encuentro de Jesús. Se acercó humildemente llena de contento y sincera con Él. Jesús habló todavía con ella, a veces parado, a veces andando. Le descubrió todas sus andanzas y todos sus sentimientos. Ella estaba toda conmovida, y prometió de su parte y de su marido dejarlo todo y seguir a Jesús, que le sugirió varios modos de expiar sus culpas personales y borrar sus pecados. Dina era una mujer franca, nacida de matrimonio mixto, pues su madre era judía y su padre un pagano, y había nacido en un lugar de Damasco. Perdió muy pronto a sus padres y fue criada por una nodriza perversa, de la cual sorbió también las malas inclinaciones. Había tenido ya cinco hombres: éstos habían sucumbido en parte por los disgustos y en parte desplazados por sus amantes. Tenía tres hijas y dos hijos, ya crecidos, que habían quedado entre los parientes de sus padres, cuando Dina abandonó la ciudad de Damasco. Los hijos fueron más tarde discípulos de Jesús, entre los 72. El hombre con el cual vivía ahora era pariente de otro de sus anteriores, un rico comerciante. Se vino con él a Sichar porque era de la secta de los samaritanos; le guardaba el orden de la casa y vivía con él, sin ser casados, aunque en la ciudad se los tenía por casados. El hombre era de fuerte musculatura, de unos 36 años de edad, de rostro encendido y barba rojiza. Dina tenía mucho de parecido con Magdalena en su vida, aunque había caído más hondamente en la culpa. He visto también que en los principios de la mala vida de Magdalena un rival había caído muerto por las iras de otro. Dina tenía un carácter muy franco, generoso, amable y muy servicial, y aunque era alegre y muy movida, en su conciencia no estaba contenta. Vivía ahora más honradamente en compañía de su presunto marido, pero en departamento aparte, en una casa rodeada de un canal, cerca de la puerta del pozo en Sichar. La gente, aunque no trataba mucho con ellos, no los despreciaban tampoco. Ella tenía costumbres algo diferentes de los demás y sus vestidos eran más elegantes que los de las demás mujeres del lugar, cosa que se le perdonaba por tratarse de una extranjera. Mientras Jesús hablaba con la mujer. le seguían los discípulos a alguna distancia pensando: ¿Qué tratará ahora con esa mujer? … Hemos comprado los alimentos con tanto trabajo, y Él ahora ¿porqué no come? Cerca de Sichar la mujer dejó a Jesús y entró apresurada al encuentro de su marido y de muchos otros que habían salido a la puerta para ver a Jesús. Al acercarse Éste, Dina, que estaba a la cabeza de todos, señaló les a Jesús. Las gentes, contentas, clamaron a su vista y le dieron la bienvenida Jesús les indicó con la mano que se callaran, les habló unos minutos con mucha amabilidad y les dijo, entre otras cosas, que creyeran todo lo que les decía Dina. Fue también en esta conversación muy amigable y amable, su mirada era tan escrutadora e impresionante que todos los corazones se sintieron conmovidos y atraídos hacia Él. Con muchas instancias le rogaron que entrara también en su ciudad para enseñarles. Él así lo prometió; pero por ahora pasó de largo. Todo esto aconteció entre las tres y las cuatro de la tarde.