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Jesús en la Pequeña Séforis
Jesús se dirigió desde Cafarnaúm hacia Nazaret. Los discípulos de Galilea le acompañaron unas cinco horas. Enseñó, durante el camino, acerca de su futura misión, y le pidió a Pedro que saliera de su habitación, cerca del lago, y fuese a su casa de Cafarnaúm, pues hablándole de su oficio le dijo que convenía dejarlo. Pasaron por pequeñas poblaciones y junto a las chozas a orilla del lago. En un campo de pastores salieron a su encuentro algunos endemoniados pidiendo ser librados. Eran dueños de campos, y sólo a intervalos eran afligidos por el demonio; en ese momento estaban en buen estado. Jesús no los libró aún: les dijo que primero tenían que mejorar de conducta, les hizo la comparación de cómo uno teniendo dolor de estómago y deseando curarse, volviese a llenarse de comida. Estos hombres se retiraron confundidos de su presencia. Los discípulos dejaron a Jesús a unas horas de Séforis, y Saturnino volvió con ellos a la casa de Pedro. Con Jesús quedaron sólo dos discípulos de Jerusalén, que querían volverse. Jesús se dirigíó primero hacia la Baja Séforis, una pequeña ciudad, y se refugió en casa de parientes de Ana. Esta casa no es la paterna que está entre Séforis y la Alta Séforis, un lugar separado como de una hora de camino. Pertenecen a Séforis muchas casas desparramadas como a cinco horas de camino. No estuvo en esta ocasión en la Gran Séforis. Allí hay grandes escuelas de todas las sectas y juzgados. En la Baja Séforis no hay mucha gente rica. Trabajan allí en fabricar lienzos. Las mujeres ricas hacen franjas y borlas para el templo. Toda esta comarca es como un jardín, con muchas aldeas y casas desparramadas con sus huertas y avenidas. La Gran Séforis es importante y está edificada en lugar espacioso con castillos y grandes viviendas. La comarca es rica en pozos y buen ganado. Estos parientes de Jesús tenían tres hijos, uno de los cuales, de nombre Colaya, era discípulo de Jesús. La madre hubiera deseado que Jesús tomase también a los demás, y habló de María Cleofás. Jesús le dio buena esperanza. He visto que estos hijos, después de la muerte de Jesús, fueron no sólo discípulos sino consagrados sacerdotes por José Barsabas, en Eleuterópolis, donde él era obispo. Jesús enseñó en la sinagoga donde se había reunido mucha gente de los alrededores. Anduvo con estos parientes por esas comarcas y enseñó en diversos lugares, en pequeñas reuniones, que a veces le seguían y a veces le esperaban en determinado sitio. Cuando volvió, sanó a muchos enfermos delante de la sinagoga y enseñó en ella sobre el matrimonio y el divorcio. Jesús reprochó a los maestros y escribas que añadiesen cosas a los escritos y a un anciano maestro o escriba le señaló en un rollo algo que él había añadido; lo convenció de falsedad y le mandó que borrase la añadidura. El escriba se humilló delante de Él, se echó de rodillas delante de todos, confesó su culpa y dio gracias por la advertencia de Jesús. Jesús pasó la noche en oración. Desde la casa de sus parientes en la Pequeña Séforis fue andando entre la Pequeña y la Gran Séforis en la que fue en otro tiempo posesión de Ana. Llevaba un solo discípulo consigo. Los moradores eran parientes, muy lejanos, por diversos casamientos; sólo había una anciana, enferma de hidropesía, que era pariente bastante cercana; tenía consigo a un pequeñuelo ciego. Jesús oró con la anciana, que repetía las preces. Le puso luego la mano por un minuto en la cabeza y en la región del estómago. Y ella volvió a su estado normal. después de haber estado como desfallecida; no estaba sana del todo; pero poco a poco pudo caminar; con algunas traspiraciones quedó del todo buena. La mujer pidió por el niño que tenía como ocho años de edad y nunca había visto ni hablado; sólo oía lo que se le decía; alabó la piedad y la obediencia del niño. Jesús puso su dedo índice en la boca y sopló sobre los pulgares de sus manos, los mojó en su saliva y los puso sobre los ojos cerrados, orando y mirando a lo alto. El niño entonces abrió los ojos. Lo primero que ve es a Jesús, su Salvador. Fuera de sí de contento se echa a los pies de Jesús, agradeciendo y llorando. Jesús lo exhortó a obediencia y amor a sus padres; ya que siendo ciego había sido obediente, lo fuera ahora que veía a sus padres y no usase nunca sus ojos para el pecado. Llegaron luego los padres, y la gente de la casa, y hubo allí una gran alegría y cantos de alabanzas.
Modo de sanar de Jesús
Jesús no sanaba de la misma manera a todos los enfermos que le presentaban. No sanaba de otro modo que los apóstoles y los santos después y los sacerdotes hasta nuestros días. Él ponía sus manos sobre el enfermo y rezaba con ellos. Él lo hacía más pronto que los apóstoles. Sus curaciones debían ser también modelo para los apóstoles y sucesores. Lo hacía siempre en una forma en relación con la necesidad o gravedad o causa del mal. A los baldados los movía y sus músculos eran desatados y ellos se levantaban sobre sus pies. Si se trataba de miembros quebrados tomaba entre sus dedos la quebradura y los miembros se consolidaban. Si tocaba a los leprosos veía yo que las costras caían y quedaban manchas coloradas, las cuales desaparecían poco a poco según el mérito del enfermo. Nunca he visto que un jorobado se pusiera de repente derecho o que un hueso quebrado se curase de repente. No es que Jesús no pudiera hacerlo así: Él no lo hacía de este modo porque quería que sus curaciones no fuesen como espectáculos teatrales, si no como obras de misericordia; eran como símbolos de su misión: desatar, reconciliar, enseñar, desarrollar, redimir. Y como Jesús pedía la cooperación del hombre para ser participante de la redención, así debían en estas curaciones intervenir la fe, la esperanza, el amor, el arrepentimiento y la mejoría de conducta como cooperación de la salud corporal. A cada estado del enfermo correspondía un modo diferente, en cuanto que cada enfermedad era símbolo de una enfermedad espiritual, de un pecado y de un castigo, así como cada curación era símbolo de un perdón y de una mejoría espiritual. Sólo tratándose de paganos veía yo que sus curaciones eran más espectaculares y raras. Los prodigios de los apóstoles y santos posteriores fueron más visibles y más contrarios al curso normal de la naturaleza; los paganos necesitaban conmoción y admiración; los judíos, sólo ser librados de sus enfermedades. A menudo sanaba con la oración a distancia; a veces con la mirada, desde lejos, con las mujeres que padecían flujo de sangre, las cuales no se atrevían a acercarse y que no lo podían hacer según prescripción judaica. Aquellos preceptos que tenían un sentido misterioso los observaba Jesús; los demás, no.
Los fariseos disputan con Jesús
Después se dirigió Jesús a una escuela que estaba a igual distancia de Nazaret como de la Pequeña Séforis, donde se le unió el discípulo Pármenas de Nazaret. Este hombre había sido compañero de infancia de Jesús y hubiera seguido en seguida a Jesús, como los otros discípulos, si no hubiera tenido que mantener a sus padres de Nazaret con el servicio de mensajero. En esta escuela se hallaban reunidos muchos escribas y fariseos de la Gran Séforis y de la Pequeña y algunos del pueblo. Los fariseos querían disputar con Jesús sobre el divorcio, que Jesús había declarado al maestro en la sinagoga que era añadidura hecha en el rollo de escrituras. Lo habían tomado muy a mal en la Gran Séforis, porque esta añadidura procedía precisamente de la enseñanza de éstos. Los divorcios se hacían allí con suma facilidad y tenían éstos una casa a propósito para las mujeres divorciadas. El maestro convicto de su culpa había copiado de un rollo y había añadido falsas explicaciones por su cuenta. Disputaron largo tiempo con Jesús y no querían entender que debían borrar las añadiduras introducidas en los rollos. Jesús los hizo enmudecer, pero no reconocieron que estaban en error como confesó el doctor primero. Él les probó la prohibición de las añadiduras y por consiguiente la obligación de borrarlas, les probó la falsedad de su explicación fundada en la añadidura y les reprochó severamente la facilidad de los divorcios en la ciudad. Les dijo también en qué casos no es permitido al hombre repudiar a la mujer, y añadió que si una parte no puede de ninguna manera avenirse con la otra, pueden separarse uno de otro por consentimiento mutuo, pero no puede la parte más fuerte repudiar a la otra sin consentimiento y sin culpa. No consiguió nada con ellos, a pesar de que no pudieron contradecir su doctrina; estaban irritados y eran engreídos de su ciencia. El escriba de la Baja Séforis, convencido por Jesús de la falsedad por sus añadiduras, se convirtió y se apartó completamente de los fariseos y declaró a su comunidad que él enseñaría en adelante la ley sin añadidura, y si no lo querían así, se retiraría de ellos. Esa añadidura en la ley del divorcio era la siguiente: «Si una parte de los dos casados tuvo relación antes con algún otro, entonces no subsiste el matrimonio, y aquél que tuvo relación con esa parte puede reclamar esa parte como suya, aun en el caso de que ambos vivan perfectamente de acuerdo». Esta añadidura y su explicación las rechazó Jesús declarando que la ley de la separación y del divorcio es ley dado sólo para un pueblo grosero. Dos de los principales fariseos estaban a punto de declarar una separación semejante para su propia conveniencia y por esto habían introducido esta añadidura a la ley general. Nadie sabía esto; pero lo sabía bien Jesús; por esto les dijo: «¿No estáis vosotros defendiendo con esta añadidura quizás vuestro propio asunto?» Estos fariseos se irritaron sobremanera al verse descubiertos.
Jesús en Nazaret
Jesús se dirigió a Nazaret para llegar a la cual tenía un camino de dos horas. Entró en la casa que había sido, fuera de la ciudad, del esenio ya difunto, Eliud, su amigo. Allí le lavaron los pies, le dieron alimento y le dijeron cuanto se alegraban los nazarenos de su venida. Jesús les respondió: «Esa alegría no durará mucho; pues no querrán oírme lo que les quiero decir». Subió a la ciudad. En la puerta había apostado uno que debía dar el aviso de su llegada. Apenas apareció Él le salieron al encuentro varios fariseos y gente del pueblo. Lo recibieron solemnemente y quisieron llevarlo a un albergue público donde le prepararon una comida de recepción antes del sábado. Él no aceptó y dijo que tenía otras cosas que hacer, y entró en la sinagoga, adonde le siguieron y donde se reunió mucha gente. Era antes del comienzo del sábado. Jesús enseñó de la venida del reino, del cumplimiento de las profecías; pidió el rollo de Isaías, lo abrió y leyó (61 -1 ): «El Espíritu del Señor sobre mí. porque el Señor me ha ungido y me ha enviado para evangelizar a los mansos, para curar a los de corazón contrito y predicar la redención de los esclavos y la libertad a los que están encarcelados». Estas frases las explicó como si se tratase de Él mismo: de que el Espíritu del Señor había venido sobre Él para predicar la salud a los pobres, a los miserables, y cómo debía ser arreglado todo lo injusto, consolando a las viudas, sanando a los enfermos y perdonando a los pecadores. Habló tan hermosamente y tan amablemente que todos estaban llenos de admiración y de alegría, diciéndose entre sí: «Habla como si realmente fuera Él mismo el Mesías». La admiración los había entusiasmado de tal manera que ya se tenían por gran cosa porque Él fuera de su ciudad. Jesús siguió enseñando mientras llegó el Sábado y habló de la voz del que prepara el camino en el desierto y como debe ser reparado lo injusto y allanado lo tortuoso. Después de esto estuvo Jesús con ellos en una comida. Se mostraron muy amigos y dijeron que había muchos enfermos y que se dignase curarlos. Jesús no aceptó y ellos lo llevaron a bien, pensando que a la mañana quizás lo haría. Después de la comida salió fuera de la ciudad, con los esenios. Como éstos se alegraban del buen recibimiento que le habían hecho en la ciudad, Jesús les dijo que esperasen hasta el día siguiente, que ya verían otra cosa muy diferente. Cuando a la mañana siguiente Jesús entró de nuevo en la sinagoga, quiso un judío, al cual le correspondía el turno acostumbrado, tomar los rollos de las Escrituras; pero Jesús los pidió y leyó el libro quinto de Moisés, capítulo 4, de la obediencia a los Mandamientos. y cómo no se debía hacer nada en contra de ellos, y cómo Moisés les explicó a los hijos de Israel lo que Dios mandaba y cómo ellos los observaban muy mal. Entraron también en la lección los diez Mandamientos y la explicación del primero sobre el amor de Dios. Jesús enseñó con severas palabras y les reprochó que añadiesen muchas cosas a la ley para oprimir al pueblo, mientras ellos no observaban ni siquiera la ley. Les reprochó tan severamente que ellos se irritaron, pues no podían negarle que Él dijera la verdad. Murmuraban entre ellos. diciendo: «¿Cómo es que de repente se ha puesto tan osado? … ¡Faltó algún tiempo de aquí y ahora se presenta como si fuera una maravilla!... Habla como si fuese el Mesías. Pero nosotros conocemos bien al que fue su padre, el carpintero, y a Él le conocemos también. ¿Dónde ha aprendido? ¿Cómo se atreve a decirnos esto?» De este modo comenzaron silenciosamente a irritarse cada vez más contra Él, porque se avergonzaban delante del pueblo, al verse reprendidos. Jesús siguió enseñando; a su tiempo salió de la ciudad y se retiró con los esenios. Aquí acudieron a verlo los hijos de un hombre rico, aquéllos mismos que le habían pedido anteriormente que los recibiese entre los discípulos, pero cuyos padres sólo buscaban fama y provecho de ciencia para sus hijos. Pedían que Jesús comiese con ellos. Jesús no aceptó la invitación. Pidieron de nuevo que los recibiese diciendo que ellos habían cumplido lo que les había dicho. Entonces les contestó: «Si vosotros habéis cumplido todo eso, entonces no necesitáis ser mis discípulos; podéis ser vosotros también maestros». Con esto los despachó. Jesús comió con los esenios y enseñó en rueda de familia. Ellos le contaron que eran oprimidos allí. Él les aconsejó ir a vivir a Cafarnaúm, donde Él también se retiraría a vivir en adelante.
Los fariseos se irritan contra Jesús e intentan precipitarlo
Mientras tanto habían hecho consulta los fariseos y habían resuelto que si volvía a hablar tan osadamente como la tarde anterior le mostrarían que no tenía derecho alguno y harían con Él lo que los fariseos de Jerusalén deseaban hace tiempo. Esperaban, no obstante, que se mostraría adulado y que haría prodigios por respeto a ellos. Cuando Jesús llegó a la sinagoga para la conclusión del sábado habían traído algunos enfermos. Jesús pasó entre ellos sin sanar a ninguno. En la sinagoga continuó hablando del cumplimiento de los tiempos, de su misión, del último tiempo de la gracia y de su corrupción y del castigo que sobrevendrá si no se corregían; y de cómo Él había venido para ayudarlos, sanarlos y enseñarles. Entonces se irritaron especialmente cuando dijo: «Vosotros decís: Médico, cúrate a tí mismo. Como has hecho prodigios en Cafarnaúm, hazlos también aquí, en tu patria. Pero no hay profeta acepto en su propia patria». Añadió que los tiempos presentes eran como tiempos de grande hambre, y comparó las poblaciones a pobres viudas. «En tiempos de Elías, prosiguió, había muchas viudas pobres en el país, pero el profeta no fue enviado a ninguna de ellas, sino a la viuda de Sarepta; y en los tiempos de Elíseo había muchos leprosos, y sin embargo no sanó sino a Naaman, que era un sirio». Comparó su ciudad con un leproso, que no sería curado. Los fariseos se irritaron sobremanera de que los igualase con los leprosos; se levantaron de sus asientos. se enfurecieron y quisieron poner las manos en Él; pero Jesús les dijo: «Cumplid lo que vosotros enseñáis sobre el Sábado y no lo quebrantéis; más tarde podréis hacer lo que pensáis hacer». Entonces lo dejaron enseñando y se fueron murmurando, con expresiones de burla. Dejaron sus asientos y se dirigieron a la puerta. Jesús explicó sus últimas palabras y salió de la sinagoga. Unos veinte fariseos le rodearon a la salida y sujetándolo junto a la puerta, le dijeron: «Vamos, ahora ven con nosotros a un lugar alto; allí podrás repetir tu enseñanza y nosotros te contestaremos como se merece». Él les dijo que lo dejasen libre porque los seguiría, y ellos marchaban rodeándole como guardias y mucho pueblo iba detrás. Se levantó un griterío y una serie de burlas no bien concluyó el Sábado. Se enfurecían cada vez más y cada uno quería rivalizar en decir alguna burla más hiriente. «¡Queremos contestarte! ¡Queremos que vayas a la viuda de Sarepta! ¡Conviene que vayas a sanar al sirio Naaman! ¡Si eres Elías, conviene que marches al cielo! Nosotros queremos señalarte un buen sitio. ¿Quién eres Tú? ¿Por qué no has traído a tus secuaces? No tuviste valor de traerlos. ¿No tenías el pan asegurado en compañía de tus pobres padres? … Y ahora que estás saciado, ¿quieres burlarte de nosotros? Nosotros queremos oírte. Debes hablar ahora delante de todo el pueblo, a cielo descubierto, y nosotros te contestaremos». Con estos gritos sarcásticos y burlas fueron subiendo la pendiente de la ciudad. Jesús continuaba enseñando tranquilo, contestando sus sarcasmos con palabras de la Escritura y profundas reflexiones que los avergonzaban en parte y aumentaban su irritación. La sinagoga estaba situada en la parte occidental de la ciudad. Era ya oscuro y portaban algunas antorchas consigo. Llevaron a Jesús a la parte oriental de la sinagoga, y detrás de ella se volvieron a una ancha calle hacia el occidente. Llegaron a una alta pendiente en cuyo lado Norte había un pantano y en la parte del Mediodia formaba una prominencia rocosa sobre un precipicio escarpado. Había alli un lugar donde solían precipitar a los malhechores. Una vez en el lugar pretendian primero preguntar y hacer hablar a Jesús, para arrojarlo luego al precipicio, que terminaba en una estrecha garganta rocosa. Cuando se acercaban al lugar, se detuvo Jesús, que estaba entre los fariseos, como un preso, mientras ellos continuaron su camino, injuriando y denostando al Señor. En ese momento vi dos figuras luminosas al lado de Jesús: éste volvió sobre sus pasos y pasó por en medio del populacho que vociferaba (sin ser visto); luego lo vi caminando tranquilamente junto al muro de la ciudad hasta la puerta por donde había entrado ayer. Entró de nuevo a la casa de los esenios. Ellos no habían estado temerosos por Él; creían en Él y esperaban su llegada. Jesús habló con ellos de su caso: les dijo de nuevo se retirasen a Cafarnaúm: les recordó que les había predicho este suceso de Nazaret y después de media hora abandonó el lugar y partió en dirección de Caná. Nada puede imaginarse de más ridículo que la locura y la confusión que se originó entre los fariseos y demás cuando no vieron más a Jesús entre ellos, a quien creían tener seguro en sus manos. Era un griterío: «¡Alto! ¿Dónde está?» El populacho que venía detrás, avanzaba irresistiblemente. Ellos querían retroceder para ver donde se ocultaba y en el sendero angosto se formó una confusión y un desorden de gritos, de órdenes y contraórdenes, de inculpaciones recíprocas, mientras corrían a todos los huecos y cuevas pensando encontrarlo escondido en algún lugar secreto. Con las antorchas iluminaban todos los rincones y corrían peligro de romperse el pescuezo bajando y subiendo por los riscos en busca de Jesús. Terminaron por insultarse unos a otros culpándose de haberlo dejado escapar. Finalmente se dieron por vencidos y se volvieron calladitos a la ciudad. Jesús ya hacía tiempo que estaba fuera de la ciudad, de modo que tuvieron un nuevo desengaño al custodiar las laderas de la montaña y las salidas de la ciudad. Al regresar quisieron justificar su fracaso, diciendo: «Ya veis qué hombre es éste; un hombre entregado a la magia; un endemoniado; el diablo le ha ayudado; ahora aparecerá en otro rincón del pais para perturbar allí el orden y causar trastorno». A sus discípulos ya les había dicho Jesús que abandonasen la ciudad de Nazaret y le esperasen en un determinado lugar camino de Tarichea. Saturnino y otros discípulos habían sido citados también en este lugar. A la alborada se encontraron todos juntos con Jesús y descansaron en un valle solitario. Saturnino había traído panes y miel. Jesús habló de los sucesos de Nazaret, mandándoles mantenerse serenos y callados para no estorbar su futura misión. Luego anduvieron por sendas solitarias, junto a algunas ciudades, a través de valles, hacia la desembocadura del Jordán en el mar de Galilea. Había una gran ciudad al pie de una montaña al extremo Sur del mar de Galilea, no lejos de la desembocadura del Jordán, en una especie de península. Había un gran puente y un dique para entrar en la ciudad. Entre la ciudad y el mar se extendía una faja de tierra con suave pendiente cubierta de verdor. La ciudad se llama Tarichea.
Jesús sana a los leprosos de Tarichea
Jesús no entró en la ciudad sino que por un sendero lateral se acercó a una muralla del Sur, no lejos de la entrada donde había una serie de chozas habitadas por leprosos. Cuando Jesús se acercó a estas chozas, dijo a los discípulos: «Llamad desde la distancia a estos leprosos para que me sigan, que los voy a sanar. Cuando salgan, apartaos para que no os espantéis y no contraigáis impureza legal y no habléis luego de lo que veáis aquí. Vosotros conocéis la ira de los nazarenos. y no debéis irritar a nadie». Jesús continuó su camino hacia el Jordán. Mientras los discípulos clamaban a los leprosos: «Salid fuera y seguid al profeta de Nazaret. Él os ha de sanar». Cuando vieron que salia la gente ellos se apartaron prontamente de allí. Jesús caminaba lentamente apartado del camino. Cinco hombres de diversas edades salieron de las celdas hechas en las murallas, y seguían a Jesús en fila hasta un lugar apartado, donde se detuvo. Los leprosos vestían túnica larga y blanca, sin correa, llevaban una capucha sobre la cabeza que les cubría también la cara y delante tenía dos tiras de tela negra con dos aberturas para los ojos. El príncipe de ellos se echó al suelo y besó la orla de su vestido. Jesús, volviéndose a él, le puso la mano en la cabeza, oró, lo bendijo y le mandó ponerse a un lado. Luego hizo lo mismo con los cinco. Después descubrieron los rostros y las manos. Las costras de la lepra se desprendía de ellos. Jesús les hizo una admonición sobre el pecado por el cual habían contraído la enfermedad, les enseñó cómo debían portarse en adelante y les mandó no decir que Él los había sanado. Ellos decían: «¡Señor, Tú apareciste tan inesperado entre nosotros! … Tanto tiempo habíamos esperado tu presencia y suspirado por Ti. No teníamos a nadie que representara nuestra miseria y te condujera hasta nosotros. Señor, Tú apareces ahora de repente, ¿cómo quieres que callemos nuestra alegría y el portento que obraste con nosotros?» Jesús les mandó nuevamente que no hablasen del caso hasta que hubiesen cumplido con las prescripciones de la ley; que se presentasen a los sacerdotes para que vieran que estaban limpios y cumplieran con el sacrificio y las purificaciones legales. Sólo entonces podían decir quién los había sanado. Se echaron de nuevo a sus pies y volvieron a sus celdas. Jesús se acercó a sus discípulos en dirección del Jordán. Estos leprosos no estaban encerrados: tenían marcado el sitio hasta donde podían andar; nadie se acercaba a ellos; se les hablaba desde la distancia; se les ponía la comida en fuentes en determinados lugares: estas fuentes no volvían a los sanos, sino que eran enterradas o deshechas por ellos mismos. Se les traía siempre nuevos cacharros de poco valor. Jesús anduvo un trecho con sus discípulos, entre amenos lugares llenos de plantas e hileras de árboles hacia el Jordán donde descansaron y tomaron alimento en un paraje solitario. Pasaron luego el río sobre una navecilla. En diversos lugares del río se ven estos esquives para que uno mismo pueda pasar y eran después llevados a su lugar por hombres que trabajan de trecho en trecho en la playa y habitan en chozas de la ribera. Jesús marchó con sus cuatro discípulos no muy cerca del mar. sino en dirección Este, hacia la ciudad de Galaad. Los cuatro discípulos eran: Pármenas de Nazaret, Saturnino y Tharzissus y su hermano Aristóbulo. Este Tharzissus fue más tarde obispo de Atenas y Aristóbulo ayudante de Barsabas. Yo oí que se hizo esto llamándolo «hermano», pero entiendo que era sólo hermano espiritual. Estuvo mucho con Pablo y Barnabas y creo que fue obispo de Britania. Fueron llevados a Jesús por medio de Lázaro. Eran extranjeros, griegos, me parece y su padre había inmigrado hacia poco tiempo a Jerusalén. Eran comerciantes de ultramar y he visto que los siervos y esclavos de su padre habían venido sobre transportes con sus animales de carga al bautismo de Juan, después de haber escuchado sus enseñanzas. Por medio de estos siervos fueron noticiados los padres de estos jóvenes, que concurrieron con sus hijos adonde estaba Juan; los padres se hicieron bautizar y circuncidar y se establecieron en Jerusalén con toda la familia. Tenían riquezas y dejaron más tarde todo para provecho de la comunidad cristiana. Ambos hermanos eran de alta estatura, algo morenos, diestros y poseían una esmerada cultura. Eran dos hombres jóvenes osados, resueltos y diestros en preparar lo necesario en los caminos.
Conversaciones con los discípulos
Jesús atravesó el arroyuelo que bajaba a la comarca. El profeta Elías había estado también en este lugar. Jesús habló de esto y durante todo el camino enseñó con comparaciones y parábolas tomadas de las cosas que se presentaban a la vista: arbustos, piedras, plantas, lugares y de los estados y ocupaciones de la vida. Los discípulos preguntaban sobre las cosas que habían pasado en Séforis y en Nazaret. Jesús habló del matrimonio con ocasión de la disputa con los fariseos de Séforis, contra el divorcio, y de la indisolubilidad de la palabra dada. Añadió que el divorcio sólo fue permitido por Moisés por tratarse de un pueblo grosero y pecador. Los discípulos interrogaron a Jesús acerca de lo que decían los nazarenos, de que Él no había tenido amor fraterno, pues no había querido sanar a los enfermos en la ciudad paterna, que por eso debía serle más próxima; si no debía, acaso, amarse a los ciudadanos como a nuestros prójimos más cercanos. Les enseñó Jesús intensamente sobre el amor al prójimo con toda clase de comparaciones y preguntas. Tomaba las comparaciones de varios estados de la vida sobre los cuales hablaba, señalando lugares lejanos que se podían ver desde allí y donde se ejercían diversos oficios. Les dijo que los que pretendían seguirle debían dejar padre y madre, aún cumpliendo el cuarto mandamiento. Debían tratar a su ciudad natal, como Él había tratado a Nazaret, y, sin embargo, tener amor al prójimo. Dios, el Padre celestial, es el prójimo más cercano, y es el que le había enviado a Él. Pasó a hablar del amor al prójimo según la gente del mundo, y a propósito de Galaad, adonde iban encaminados. dijo que los publicanos de allí amaban más a aquellos que más dinero les proporcionaban, pagando más impuestos. Señalando luego a Dalmanutha, que estaba a su izquierda, dijo: «Esos fabricantes de tiendas y de alfombras aman a los prójimos que más tiendas y más alfombras les compran, y dejan a sus pobres sin techo y abandonados». Luego tomó una comparación de los fabricantes de sandalias y suelas para los zapatos y la aplicó a los nazarenos que le invitaron por pura curiosidad. Les dijo: «No necesito de vuestras demostraciones de honor, que son como las suelas pintadas en los talleres de los zapateros y que luego se pisan y se llevan sobre el lodo». Y añadió: «Ellos son como los zapateros de aquella ciudad (y señaló una): desprecian a sus propios hijos y los despachan y cuando vuelven del extranjero y han aprendido algo nuevo sobre suelas pintadas, una nueva moda, entonces los hacen venir de nuevo por curiosidad y vanidad, para pavonearse con las nuevas suelas, que luego serán pisadas y arrastradas por el barro como ese mismo honor». Les hizo también una pregunta: «Si uno rompe una suela en el viaje y va al zapatero para comprar otra nueva, ¿le regalan acaso la otra?» De este modo habló también sobre la pesca, la edificación y otros oficios manuales de los contornos. Los discípulos le preguntaron dónde pensaba habitar, si quería edificarse una casa en Cafarnaúm. Él les contestó que no edificaba sobre arena y habló de otra clase de ciudad que deseaba edificar. Yo no entendía bien cuando Jesús hablaba caminando. Cuando les hablaba estando sentado, entendía mejor. Recuerdo que dijo que quería tener una barca propia para ir y venir por el lago, pues deseaba enseñar desde el mar y desde la tierra.